[Eiren]
Me dejé caer en el sillón de la sala, sintiendo el calor que todavía quedaba del fuego del hogar, aunque ya apagado, y sosteniendo la copa con cuidado. Garren estaba enfrente, recargado en su sillón, con esa expresión de curiosidad que siempre parecía guardar tras su enorme barba, y detrás de él, mi padre reía suavemente, mientras mi madre sonreía con cierta preocupación. Joren estaba a mi lado, sosteniendo su copa, aunque mamá le había limitado un poco la cantidad, y las niñas dormían en sus habitaciones, dejando la sala tranquila para la conversación.
—Entonces… —comenzó Garren, dejando la botella a un lado y mirando a Joren— ¿de verdad no piensas en entrar a alguna academia? Dicen que tienes potencial para ser caballero.
Joren soltó un suspiro y negó con la cabeza, encogiéndose un poco de hombros.
—No —dijo con firmeza—. Muchos del pueblo lo dicen, pero ¿para qué? Si entras a una academia siendo plebeyo, no serías más que un soldado sin rango. Recibir órdenes de algún noble mimado… no gracias. No sé qué haría.
Garren arqueó una ceja, claramente sorprendido por la sinceridad de Joren.
—Bueno, eso tiene sentido —respondió—. Pero, ¿y si tuvieras la oportunidad antes de los 25? ¿Cuatro años más?
—Tal vez —respondió Joren encogiéndose de hombros de nuevo—. Pero por ahora, aquí la vida es buena. No tengo que demostrar nada.
Mi madre intervino, mientras Garren giraba la mirada hacia ella.
—¿Y las niñas? —preguntó Garren—. ¿Alguna ha pensado en su futuro?
—Miriel y Alenya alguna vez dijeron que les gustaría tener magia y entrar a una academia para magos —respondió mamá con un suspiro—. Pero sería lo mismo que Joren. Nuestra familia es plebeya, no pueden subir más. Yo ni Roderic tenemos herencia mágica que puedan despertar. Duele un poco… que no puedan cumplir esos sueños.
—Claro, por eso esperamos que Eiren acepte la propuesta de Keny —intervino papá, mirando hacia mí—. Que vaya al Este, que busque al conde Vion y acepte su patrocinio. Nadie quiere que se quede aquí con su talento y no lo aproveche.
Garren me miró fijamente, levantando una ceja, claramente interesado.
—¿Y tú qué piensas de eso? —preguntó—. ¿Quieres ir?
Lo miré, bajando la vista hacia el suelo, apretando la copa entre mis manos.
—Ni siquiera sé quién soy —dije en voz baja—. No sé mi pasado, así que… ¿cómo podría pensar en un futuro?
—¿Qué tiene que ver tu pasado con eso? —preguntó Garren, confundido.
Lo miré fijamente, respirando hondo antes de hablar, y sentí las miradas de mi padre y mi madre sobre mí, llenas de preocupación y algo de resignación.
—En estos siete meses… —empecé con voz temblorosa— han regresado flashes de recuerdos. Y ninguno es bueno… —mis palabras se quebraron un poco—. En esos recuerdos… peleaba contra otros magos. Y los… los mataba.
Los ojos de Garren se abrieron de par en par, dejando la botella a un lado mientras me miraba con incredulidad.
—¿A qué te refieres con eso? —preguntó, inclinándose hacia mí.
Mi madre suspiró profundamente, mientras mi padre apretaba la mandíbula.
—Él cree… —dijo mi madre con suavidad— que esos recuerdos le muestran algo que le hace pensar que es un asesino.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda mientras miraba la superficie de la mesa, recordando cada detalle de esos recuerdos: el frío del bosque, la nieve bajo mis pies, la sensación de mis dagas de hielo cortando y congelando todo a su alrededor, los gritos de quienes no podían escapar. Todo volvía a mí con una claridad que dolía.
—Es… —comencé, mi voz ronca— Es como si mi cuerpo recordara cosas que mi mente no debería… recordar. Y cada vez que lo hago… siento que lo que hice fue real. Que soy un asesino.
Garren se recostó, sorprendido y pensativo, mientras mi padre suspiraba y mi madre acercaba su mano a la mía, apretándola con fuerza.
—Nadie dice que no puedas ser… —dijo mi madre con voz firme pero suave—, lo que fuiste en esos recuerdos. Pero aquí… eres nuestro chico. Nuestro Eiren. Y mientras estemos aquí, eso es lo que importará.
Garren todavía parecía incrédulo, pero asintió lentamente.
—Hm… interesante —murmuró—. Entonces tu entrenamiento de magia y tu… tus habilidades… Todo eso que has hecho en estos meses, ¿está conectado con esos recuerdos?
Asentí con la cabeza, sin levantar la vista.
—Sí… todo está conectado —dije en voz baja—. Y mientras más recuerdo… más entiendo lo que soy capaz de hacer. Y más miedo me da.
Joren me dio un pequeño golpe en el hombro, tratando de suavizar el ambiente.
—No estás solo —dijo—. Aunque lo que recuerdes sea terrible, no significa que no puedas cambiar lo que haces ahora. Aquí estamos contigo.
Garren me miró por fin, más calmado pero con la mirada firme.
—Está bien, Eiren —dijo—. Entonces lo que importa es cómo manejas todo eso ahora. Y de eso es de lo que quiero escuchar mientras me cuentas todo lo que has aprendido estos meses.
Suspiré y levanté la mirada, sintiendo que por primera vez podía hablar de esos recuerdos sin sentirme completamente abrumado, aunque la culpa y el miedo seguían ahí, apretando mi pecho.
Mi madre asintió, apretando mi mano un poco más, y mi padre me dio una palmada ligera en la espalda, asegurándome que no importaba lo que esos recuerdos mostraran, yo seguía siendo su hijo.
El ambiente en la sala se volvió más ligero, aunque en mi interior, los recuerdos todavía chispeaban, listos para salir a la superficie, mientras empezaba a relatar cada uno de los eventos, cada avance, cada experimento que había hecho con mi magia en los últimos siete meses.
*
Asentí levemente, sintiendo la tensión en la sala mientras Garren me miraba con los ojos muy abiertos. No pude evitar notar cómo la botella temblaba ligeramente en su mano mientras escupía el trago de licor, claramente impactado.
—¿Cómo diablos…? —balbuceó, sin poder terminar la frase—. Todos… todos necesitan hacer cánticos, runas, círculos… ¡y solo los de La Llama Silente, magos experimentados y especializados en batalla que invocan sin pronunciar palabra, ni siquiera ellos pueden hacerlo sin esas cosas! ¡¿Y tú dices que no necesitas ninguna de esas tres cosas?!
—Sí —dije, levantando mi mano lentamente—. No necesito cánticos, ni runas, ni círculos.
Garren retrocedió un paso, incrédulo.
—¿Qué? No… no puede ser… —dijo, temblando levemente de emoción y sorpresa—. ¡Eso es imposible!
Concentré mi mana, sintiendo cómo fluía a través de los nodos que había creado en mi cuerpo. Tomé un poco de aire, y frente a todos, formé una lanza de hielo en mi mano. El frío recorrió la sala, haciendo que mis padres se estremecieran levemente. La lanza era sólida, brillante, perfecta.
Garren abrió la boca, y por un instante no dijo nada, solo observaba con incredulidad.
—¡¿Qué demonios…?! —exclamó finalmente—. ¡Eso se formó sola en tu mano! Y… ¡es sólida! ¡Demasiado sólida!
Deshice la lanza lentamente, dejando que se evaporara en el aire.
—No es difícil en realidad —dije, encogiéndome de hombros—. Ese libro que me diste me ayudó mucho, y también el cuaderno de notas de Keny. Combiné eso con lo que recordaba de mis recuerdos… y lo hice.
Garren frunció el ceño, incrédulo, pero escuchaba con atención.
—¿Recuerdos? —preguntó—. Espera… ¿quieres decir que todo eso… lo inventaste tú?
—Sí —respondí—. Incluso el libro tenía un "Hechizo de bajo nivel", y hace un par de meses terminé creando un iceberg en el patio trasero. Me costó dos semanas de gripa, y tuve que quitar todo ese hielo… aunque sí hice un poco de dinero con eso.
Garren se reclinó, claramente pensativo, mientras sus ojos recorrían la sala.
—Por supuesto que tienes que ir a una academia —dijo finalmente—. Ese potencial, esa habilidad… debe ser medida y clasificada. Podrías hacer muchas cosas buenas con eso.
—No me importa eso en realidad —respondí, encogiéndome de hombros—. Sobre irme… bueno, sí lo estoy pensando. Hace un par de meses, Miriel y yo hablamos.
Garren arqueó una ceja, intrigado.
—¿Miriel? —preguntó—. ¿Y qué dijo?
—Dijo algo que me tocó un nervio sensible —respondí, mirando el techo un momento—. Me dijo que si me quedaba en el pueblo, nunca descubriría quién soy realmente. Que hay un mundo allá afuera, y yo… —hice una pausa, respirando hondo—. No quiero quedarme sin saber quién soy.
Mi madre sonrió suavemente, sorprendida.
—Wow —dijo—. Una niña de trece años diciendo algo así… y es mi hija. Me sorprende.
Garren frunció el ceño, recordando algo, y me miró con una sonrisa traviesa.
—Y además —dijo—, el grupo de aventureros que recogí cuando venía… van hacia el Oeste. Podrías ir con ellos a mitad del camino.
Lo miré, dudando, sintiendo un peso en el pecho.
—No lo sé —dije con sinceridad—. Tengo miedo… miedo de describir algo que no debería, o de recordar algo que no pueda controlar.
Garren suspiró, como si entendiera la gravedad de mis palabras, y luego se recostó en su sillón, cruzando los brazos.
—Bueno —dijo finalmente—. Eso es comprensible. Pero no puedes quedarte encerrado aquí para siempre. Al final, tendrás que enfrentarlo. Solo… asegúrate de estar preparado antes de dar ese paso.
—Lo sé —dije, bajando la vista—. Pero también sé que si voy a descubrir quién soy, será a mi manera… y a mi tiempo.
Garren se quedó observándome en silencio por unos segundos más, la expresión en su rostro era una mezcla de fascinación y preocupación. Aún tenía la botella en la mano, pero ya no bebía. Parecía haber olvidado el licor por completo.
—Sabes… —dijo finalmente, soltando un suspiro mientras dejaba la botella sobre la mesa—. Aunque me encantaría que me enseñaras eso que haces… creo que mejor olvidemos todo lo que dije sobre academias, órdenes y demás.
—¿Por qué? —pregunté, ladeando la cabeza, genuinamente confundido—. Hace un momento dijiste que debía ir, que mi potencial debía medirse.
Garren me miró fijamente, apoyando los codos sobre las rodillas y entrelazando las manos.
—Sí, lo dije —respondió con tono serio—. Pero cuanto más pienso en lo que acabas de mostrarme… más me convenzo de que sería un error. No porque no seas capaz, sino porque eso que haces… es tuyo, Eiren. Es algo que nadie más entiende, algo que podría volverse peligroso si cae en las manos equivocadas.
Mi madre frunció el ceño, algo confundida.
—¿A qué te refieres, Garren?
Él suspiró, girándose hacia ella.
—A que esto no es magia común. Lo que él hace no tiene precedentes. Los magos del reino usan tres caminos: cánticos, runas y círculos. Y aun así, la mayoría apenas puede controlar una fracción de su poder sin arriesgar su vida. Pero Eiren... —me miró de nuevo— él creó algo nuevo.
Yo parpadeé, sin saber si tomar eso como un elogio o una advertencia.
—Tú hablaste de esos "nodos" —continuó Garren—. No tengo ni idea de qué demonios son, pero según lo que me explicaste… suenan como canales o puntos donde concentras y distribuyes tu maná, ¿no?
Asentí.
—Más o menos. No son visibles, y tampoco existen en el cuerpo de otros magos. Tuve que... fabricarlos.
Garren soltó una risa sin humor.
—Exacto. Fabricar estructuras de maná dentro del cuerpo… ¿tienes idea de lo que eso significa? —Negó con la cabeza—. Cualquier intento fallido podría matarte. Si alguien más intenta replicar eso sin entenderlo como tú, terminaría... —chasqueó los dedos— muerto.
—Ya lo sé —respondí con calma—. Casi muero varias veces durante el proceso.
Mi madre soltó un pequeño jadeo.
—¿Qué dijiste?
—Tranquila, mamá —dije con una sonrisa ligera, intentando restarle gravedad—. Ya no me pasa. Aprendí a estabilizarlos.
Garren me miró con una mezcla de incredulidad y cansancio.
—Por los dioses, Eiren… —se llevó la mano al rostro—. Mira, te lo diré claro. Si eso que inventaste llega a oídos de una academia o una orden mágica, no te van a dejar en paz. Algunos querrán aprenderlo, otros querrán poseerlo. Y los más peligrosos… querrán borrarlo.
—¿Borrarlo? —preguntó Joren, inclinándose un poco hacia adelante.
—Sí —respondió Garren, girándose hacia él—. Si algo como esto pone en duda los métodos establecidos de control mágico, muchos lo verán como una amenaza. Nadie quiere un mago capaz de romper las reglas sin necesitar cánticos ni runas. Y menos si no pueden controlarlo.
Me quedé en silencio. No había pensado en eso. Para mí, los nodos eran solo… un descubrimiento personal, algo que me había permitido entender mi magia y sobrevivir a esos extraños recuerdos que me atormentaban. Pero en manos de otros… sí, podría ser un desastre.
Garren se recostó un poco y exhaló.
—Así que, escucha mi consejo —dijo finalmente, con voz firme—: guárdatelo. No se lo enseñes a nadie, no lo anotes en ningún lado. Ni siquiera a alguien de confianza. Este método… es tuyo, y debería quedarse contigo. Al menos hasta que entiendas del todo lo que puede hacer.
—¿Crees que sea tan peligroso? —pregunté en voz baja.
—No creo. Lo sé —respondió él sin dudar—. He visto magos destruirse por intentar manipular el flujo de maná sin preparación. Tú no solo lo manipulaste: lo moldeaste dentro de ti. Eso es algo que ni los magos del Consejo se atreverían a intentar.
Mi padre asintió lentamente, con el rostro serio.
—Tiene razón, hijo. Si esto puede ser peligroso, es mejor mantenerlo en secreto hasta que sepas manejarlo por completo.
—Y además —añadió mi madre, con un tono más suave—, es algo que te pertenece. Lo descubriste tú, con esfuerzo. No dejes que otros lo usen para su propio beneficio.
Garren sonrió levemente al escucharla.
—Exactamente. Llámalo instinto o precaución, pero si yo fuera tú, no compartiría ni una palabra de cómo lo haces. Ni con un mago, ni con un rey.
Hubo un breve silencio. El fuego de la chimenea crepitaba, y el aire frío que había traído la lanza de hielo ya se había disipado.
Finalmente asentí.
—Está bien —dije con voz tranquila—. No lo compartiré. Lo guardaré para mí.
Garren sonrió, aunque su expresión seguía cargada de advertencia.
—Bien. Porque si lo haces… —tomó de nuevo la botella y le dio un trago corto—. Serías el mago más buscado de todo el continente.
Mi padre soltó una pequeña risa nerviosa.
—Eso suena más como una amenaza que un cumplido.
Garren levantó la botella en un gesto de brindis.
—Depende de quién lo vea, Roderic. Depende de quién lo vea.
Me quedé mirando el fuego por unos segundos, pensativo.
Tal vez Garren tenía razón. Tal vez esto que había creado… no era algo que el mundo estuviera listo para conocer.
Y quizás, aún no lo estaba yo tampoco.
El ambiente se volvió más tranquilo, el sonido del fuego llenaba los espacios entre las respiraciones, y el licor empezaba a hacer efecto en el rostro de Garren, que tenía las mejillas ligeramente coloradas. Yo seguía mirando las llamas, absorto en mis pensamientos, hasta que algo me vino a la mente, algo que me había estado dando vueltas desde hacía semanas.
—Garren —dije, rompiendo el silencio.
Él levantó la vista, medio distraído, todavía sosteniendo la botella.
—¿Hm? ¿Qué pasa, chico?
—¿Alguna vez has escuchado el nombre Neyreth?
El rostro de Garren cambió casi de inmediato. Se enderezó un poco, como si el nombre lo hubiera sacado de su estado relajado.
—¿Neyreth...? —repitió en voz baja, tocándose el mentón con dos dedos. Cerró los ojos, murmurando por lo bajo, como si tratara de revolver archivos mentales enterrados en algún rincón olvidado—. Neyreth... Neyreth... —repitió varias veces más, con el ceño fruncido.
Pasaron unos segundos largos, llenos de silencio expectante.
Finalmente, negó con la cabeza y soltó un pequeño suspiro.
—No. No me suena de nada. Ni como nombre de lugar, ni como familia, ni como título. ¿Por qué lo preguntas?
Antes de que pudiera responder, fue mi padre quien intervino.
—Porque... ese nombre lo recordó hace poco —dijo, mirando el fuego con un semblante más serio—. Un recuerdo. No fue claro, pero alguien lo llamaba así.
Garren giró la cabeza hacia mí, con los ojos entrecerrados.
—¿Alguien te llamó Neyreth en tus recuerdos?
Asentí despacio.
—Sí. No recuerdo su rostro, ni el lugar, ni nada más… solo la voz. Era… —me llevé una mano al pecho, buscando las palabras— era como si me hablara alguien cercano, pero también distante. No sé cómo explicarlo.
Garren apoyó los codos en las rodillas, pensativo.
—¿Y crees que ese podría ser tu verdadero nombre?
Me quedé callado unos segundos antes de responder.
—No lo sé con certeza —dije finalmente—. Pero... la forma en que vino el recuerdo… cómo sonó esa voz, cómo me sentí cuando lo escuché... —miro hacia el suelo— hay una posibilidad de que sí lo sea.
Mi madre me observaba en silencio, con una expresión entre preocupación y ternura.
—¿Y cómo te sentiste al oírlo? —preguntó en voz baja.
—Confundido —respondí—. Y... triste. Era como si ese nombre llevara algo detrás, algo que perdí y no logro recordar.
Garren soltó un resoplido, apoyándose en el respaldo de la silla.
—Bueno… eso sí que complica las cosas. Neyreth, ¿eh? —repitió, saboreando el nombre en voz alta—. Tiene un tono... extraño. No suena como un nombre plebeyo, eso te lo aseguro.
Mi padre asintió.
—Yo también lo pensé. Podría ser un nombre noble… o extranjero. No pertenece a este reino, al menos no a los nombres comunes que se escuchan por aquí.
Garren chasqueó la lengua, frunciendo el ceño.
—Y si lo fuera… significaría que no solo perdiste la memoria, Eiren. Podrías haber perdido una identidad que alguien no quiere que recuerdes.
Eso me dejó helado.
—¿A qué te refieres con eso?
—A que a veces —dijo, alzando un dedo—, cuando alguien desaparece y reaparece sin recuerdos, no siempre es por accidente. Tal vez alguien te borró esos recuerdos a propósito. Y si ese nombre proviene de alguien poderoso, o peligroso... —me miró con seriedad— podría ser mejor no decirlo en voz alta hasta estar seguro de lo que significa.
Mi madre apretó su copa con algo de fuerza.
—¿Estás diciendo que alguien podría haber hecho esto a propósito?
—No lo afirmo —respondió Garren, calmado—. Pero lo dejo sobre la mesa. He visto cosas raras en mis viajes, Roderic lo sabe. Hay magos y órdenes que juegan con la mente como si fuera arcilla. Si ese nombre te pertenece… o perteneció a alguien importante, podría tener peso.
Yo respiré hondo.
—Entonces… ¿crees que debería callarlo también?
Garren asintió lentamente.
—Hasta que sepas quién eras, sí. Guarda ese nombre. No lo digas fuera de estas paredes. Al menos, no todavía.
Mi padre, con tono firme, apoyó una mano en mi hombro.
—Sea quien hayas sido, hijo… ahora eres Eiren. Eso es lo que importa. Lo que fuiste antes no cambiará lo que eres para nosotros.
Tragué saliva, sintiendo un nudo formarse en mi garganta.
—Lo sé… pero… —miré el fuego— siento que ese nombre me llama. Como si esperara que lo recordara.
Garren se cruzó de brazos.
—Entonces, cuando llegue el momento, lo sabrás. Pero no te apresures. A veces, los nombres cargan más historia de la que uno puede soportar.
Mi madre asintió suavemente.
—Y hasta entonces, eres Eiren. Nuestro Eiren.
Sonreí apenas, agradecido, pero una sombra de duda permanecía en mi mente.
¿Neyreth...? ¿Quién eras antes de ser yo?
