Ficool

Chapter 25 - Capitulo 24

[Eiren]

La lluvia seguía cayendo como un martillo. La noche había tragado el resto del día y nos dejaba a todos empapados, cubiertos de barro, sangre coagulada y escarcha. La fortaleza detrás de mí no era más que un esqueleto partido: muros reventados, columnas astilladas, vitrales hechos polvo. Donde antes hubo orden ahora sólo había violencia petrificada: fuego derritió secciones y el hielo de mi magia dejó esculturas retorcidas sobre cuerpos destrozados.

Me apoyé con la espalda contra una piedra caliente todavía por el fuego, las dagas pesando en mis manos. Una de ellas tenía la empuñadura tiznada de sangre seca. Sentí dos puntas clavadas: una flecha me había atravesado el brazo y otra el muslo; las había partido para que las astillas quedaran dentro y no me arrancaran todo al moverse. Respiré. Un jadeo seco. El costado me dolía donde la explosión me había roto costillas. Cada inhalación era un latigazo.

A mi alrededor, una media docena de hombres encapuchados se acercó en círculo. Algunos estaban cojos, a uno le faltaba una mano; otros tenían quemaduras que casi dejaban su piel como pergamino negro y reseco. Les brillaban los ojos con la misma mezcla que siempre ve en los verdugos: hambre por terminar algo que empezaron. Miller, el hombre que había activado el círculo de fuego, avanzó entre ellos con la chaqueta quemada, la cara manchada de hollín y sangre. Sonreía como si estuviera en un triunfo cuidadosamente planeado.

—Mira la masacre que dejaste, Cuervo —dijo Miller, y su voz cortaba más que el viento—. Míralo todo.

—Deja ya las estupideces —escupí, intentando incorporarme un poco para que me doliera menos—. Yo no hice esto. Tú apareciste en el salón justo cuando iba a cumplir mi misión. ¿O acaso te olvidaste?

Miller se echó a reír, una risa seca y amarga. Se inclinó, recogió una copa rota del suelo y la sostuvo como si fuera una evidencia.

—¿De verdad te crees que vamos a tragarnos eso? —dijo, mirándome con desprecio—. Aquí todos vimos lo mismo: atacaste junto al noble, le tendiste la trampa a la Orden. Nos vendiste.

Mi garganta se cerró.

—¡Eso no es cierto! —murmuré, pero la lluvia lo devoró.

Uno de los encapuchados, con la voz más queda, preguntó:

—¿Por qué alguien nos traicionaría, Miller? 

Miller alzó la mirada, orgulloso, y sacó del interior de su capa un pequeño rollo de pergamino manchado. Lo desenrolló con parsimonia, como si fuese un trofeo.

—Las pruebas ya están en la Orden —dijo con esa calma que envenena—. Documentos, testimonios, mapas de la fortaleza. Lo di todo al líder personalmente. Cuando las vea, pedirá tu cabeza sin pensarlo dos veces.

—¿Qué dices? —la incredulidad me golpeó como una marea—. ¿Mapas? ¿Testimonios? ¡Eso fue una emboscada! —traté de explicarlo, pero mi voz sonaba débil, rota—. ¡Tú la orquestaste! ¡Tú y los que no les gustaba que yo avanzara!

Miller ladeó la cabeza como si yo hablara en otro idioma.

—¿Yo? ¿Orquestar? No seas ridículo. Si yo quisiera algo, ya lo habría hecho sin tanta parafernalia. Yo sólo hice lo que debía: traje la verdad al líder. Y si el líder quiere una cabeza que empuje la moral… —señaló su propia garganta con la punta del dedo—. Ahí estás tú, Cuervo.

—Eres un cobarde —gruñí—. Has estado celoso desde que me promovieron por encima de ti. Te la pasas lloriqueando por los rincones diciendo que tu eras mejor en las misiones.

—Lloriqueando —repitió Miller con asco—. No confundas mi estrategia con tus delirios. La Orden necesita orden, y los traidores deben caer. ¿Qué creemos más verosímil? ¿A ti, que estabas en el lugar con el noble, o a mí, que luché junto a los hermanos contra tu traición?

Otro mago, con la capucha levantada lo justo para que el fuego de su brazo iluminara su mandíbula, escupió:

—Tenemos testigos que te vieron entrar por la puerta trasera con el noble. Dijeron que te vieron hablar con él antes de que comenzara la carnicería.

Mi corazón dio un vuelco. Palabras frías y calculadas. Pruebas fabricadas podían hacerlo todo real para quienes no querían ver otra cosa. Quería gritar, quería vomitar la verdad, pero una parte de mí, golpeada por el estallido, tambaleaba: no podía recordar con claridad ese momento entre el noble y la trampa. Había fragmentos, sí: el brillo de un anillo, la sombra de una voz. Pero nada coherente. Eso era lo que Miller esperaba: que la duda se instalara.

—¡Basta! —dije con más fuerza de la que sentía—. Pregunten al líder. Si hay pruebas, que las muestre. No me creerán sólo por lo que diga un envidioso; que lo prueben.

Miller se acercó, tan cerca que pude oler el humo en su respiración.

—¿De verdad crees que el líder necesita pruebas? —susurró—. Las pruebas están con él. ¿Crees que alguien haría todo esto en un día? No. Esto se orquestó meses. Cartas, favores, promesas... y cuando llegó la oportunidad, la ejecutaron. ¿Tú crees que te iban a dejar ir? —escupió la palabra como si supiera el resultado de algo escrito—. No. La Orden necesitaba un sacrificio. Necesitaban un traidor para afirmar la lealtad del resto. Y ahora, si te mato aquí, mi promoción está asegurada.

Mi estómago dio un vuelco. La vileza era tan descarada que me faltaron las palabras.

—Eres un asqueroso —escupí entre dientes.

Rían algunos; otras miradas se endurecieron. Uno de ellos, más viejo y con una voz como grava, dijo:

—Cuidado, muchacho. No todos valoran demostrar algo con sangre. 

—¿Y si no lo hizo? —preguntó una voz temblorosa entre los presentes—. ¿Y si esto fue una trampa?

Miller apretó los labios. Su sonrisa se volvió una mueca.

—Si quieren vivir para descubrir la verdad, deben ayudarme a cortarle la cabeza ahora. Solo así el mensaje será claro.

—¡Están locos! —rugí, y al hacerlo mis dagas tintinearon en mis manos—. ¡Yo no traicioné a nadie! ¡Miren los cuerpos! ¡Miller! ¿Por qué lo hiciste? —la pregunta salió de mi garganta como una botella rota—. ¿Por qué nos montaste esto?

Miller se tapó el rostro con la manga por un instante, y cuando la bajó, su expresión era de un hombre que disfrutaba su papel.

—¿Tú qué crees? —dijo—. ¿Que solo por celos? Yo busqué el favor del líder por años. Tú eras su favorito. Me lo quitaste. Ahora oportunidad y orden. Matar al traidor y demostrar lealtad, eso me sube de rango más que cualquier otra cosa.

—Estás describiendo una farsa —murmuré—. Llevaste evidencia a la Orden, sí, pero ¿quién validó esas pruebas? ¿Quién las falsificó?

—Eso no me compete —replicó Miller con indiferencia—. Yo solo ejecuté mis deberes. Si alguien forjó pruebas, lo hará parecer más legítimo. —Se acercó y toda la sombra de su figura pareció agrandarse—. ¿Quieres dar tu último discurso, Cuervo, o nos libramos de esto ahora?

Mi cuerpo dolía y mi mente ardía. La lluvia martillaba sobre las piedras. Los cadáveres crujían por donde la noche enfriaba la sangre. Yo estaba rodeado, herido, con las probabilidades en mi contra y con mi propia memoria hecha polvo por el estallido. Aun así, me quedaba algo: rabia. Rabia contra Miller. Rabia contra la Orden que era capaz de tragarse su propia justicia por un ascenso.

—Si me matan —dije, voz baja y firme—, no tendrán el honor que creen. No soy un traidor por mi gusto. Si buscan verdad, no encontrarán paz escupiendo sangre.

Miller rió con una suerte de malicia triunfante.

—Entonces morirás sin gloria. —Hizo una seña. Sus compañeros alzaron manos; la lluvia pareció caer con más fuerza como si el cielo oyera el acuerdo.

Se organizaron en instantes, recitando palabras, manos formando sellos invisibles. La magia vibró en el aire y la noche se iluminó por runas que surgían en el barro como flores negras.

—Si quieren matarme —susurré, y levanté las dagas con todo lo que me quedaba de fuerza—, háganlo. Pero no me doblegaré con mentiras. Que lo sepan todos, Miller: te romperé antes de que me entregues.

Ellos respondieron con un coro de conjuros. La lluvia cantó más fuerte.

Preparados para cortarme la vida en nombre de la Orden, se lanzaron hacia mí.

**

La lluvia me golpeaba como látigos, mezclándose con la sangre y el barro que cubrían mis manos, mis dagas, mis piernas. Cada paso que daba era un esfuerzo, pero no podía detenerme. No podía. Cada uno de esos bastardos de la Orden estaba confabulado con Miller, todos ellos esperando que cayera como un muñeco de trapo, y yo no iba a dárselo tan fácil.

—¡No me van a atrapar! —grité entre jadeos, mientras extendía el hielo desde mis manos y pies, formando dagas, espinas, cuchillas que surgían del suelo y de los árboles rotos, apuntando a cada encapuchado que intentaba acercarse.

Ellos atacaban desde todos lados. Algunos apenas podían caminar, con miembros partidos o quemados, pero aun así se lanzaban sobre mí. Un arquero herido apenas se levantaba y ya estaba disparando flechas imbuidas de fuego azul que chispeaban al caer sobre la nieve. Las esquivé y bloqueé con un estallido de hielo, que hizo saltar astillas por todos lados. Un brazo fue cortado a la mitad mientras la daga que había surgido de mi brazo izquierdo perforaba el estómago de otro. La sangre se mezclaba con el hielo derretido; el olor era denso, metálico.

—¡Muévanse, malditos traidores! —rugí, lanzándome sobre un grupo de tres, enterrando dagas en la yugular de uno y en el ojo de otro. El tercero apenas alcanzó a gritar antes de caer de rodillas, congelado por un hechizo que brotó de mis manos.

Miller apareció entonces, como siempre, al centro del caos, sonriendo con esa mezcla de arrogancia y crueldad. Su fuego azul iluminaba la noche, y los círculos mágicos que dibujaba en el suelo y el aire hacían que la lluvia chispeara como cristales de energía. Susurros de cantos en un idioma que ni yo comprendía se mezclaban con los rugidos de los demás magos. Él no venía solo, todos ellos parecían seguirle la corriente, lanzando hechizos sin coordinación, pero lo suficientemente peligrosos para mantenerme ocupado.

Tuve que moverme entre los restos del bosque y las rocas, saltando sobre troncos quemados y raíces congeladas, sintiendo cada corte, cada punzada de flechas, cada quemadura. Mis dagas de hielo surgían solas de mis manos, formando espadas, lanzas, púas que brotaban desde el suelo y desde los árboles que quedaban en pie. Cada uno de esos bastardos que intentaba atacarme pagaba con sangre y carne. Un brazo aquí, una pierna allá. Sus gritos se mezclaban con el rugido de la lluvia.

—¡Miller, esto es por tu asquerosa traición! —grité mientras me lanzaba a bloquear un círculo de fuego que venía directo hacia mi cabeza. El impacto me empujó contra un árbol, y la corteza astillada me rasguñó la espalda. Pero no caí. Nunca caí.

El fuego azul de Miller crepitaba, envolviéndose a su alrededor como un manto de destrucción. Sus manos dibujaban círculos que brillaban con intensidad sobre el barro, y los magos de la Orden lo seguían como si fuera un dios. Era un caos absoluto: magias chocando entre sí, explosiones de hielo y fuego que volaban a un lado y otro. Cada ataque que me lanzaban era mortal, pero yo tenía que sobrevivir. Tenía que demostrarle a todos, especialmente al líder de la Orden, que no podía manipularme, que no podían culparme de lo que no hice.

Corrí entre troncos rotos, esquivando proyectiles, lanzando dagas que surgían como fantasmas de hielo directo a cuellos, pechos, ojos. Algunos magos se lanzaban a mi alrededor intentando rodearme, pero yo era un huracán helado. Cada impacto de mi magia los mutilaba; uno cayó con la mitad del brazo congelada y rota, otro con la espalda abierta por una daga que no había pedido salir. Miller estaba furioso, sus ojos ardían, pero yo podía sentir que incluso él empezaba a dudar; el poder que había concentrado en ese ejército improvisado apenas podía igualar la locura que yo sentía.

—¡No importa cuántos se pongan en mi camino! —grité, lanzándome por el barro resbaladizo, con el agua mezclándose con la sangre y el hielo—. ¡Si quieren matarme, tendrán que morir primero!

Miller se lanzó directo hacia mí, su fuego azul envolviendo su brazo, formando una espada llameante que podía cortar el acero. Sus círculos mágicos flotaban a su alrededor, y los otros magos lo seguían, lanzando proyectiles que explotaban al contacto con el hielo. Moví mis nodos con rapidez, liberando la tercera variación con cuidado: una ola de frío que recorrió el suelo y el aire, levantando un viento helado que rompía los ataques de los demás y me protegía de su fuego.

—¡Así que usas tu maldito truco de hielo otra vez! —gritó Miller mientras su espada chocaba contra la mía, y la fuerza del impacto hizo que saltara unos metros hacia atrás, raspando mi brazo con el filo y dejándome con la palma sangrando.

No podía parar. No había espacio para dudar. Los cuerpos de los magos heridos caían a cada segundo: dagas de hielo incrustadas en cuellos, costillas partidas, sangre congelándose en el aire. La lluvia ya no era un alivio; era un telón que mezclaba la suciedad, la sangre y el hielo en un mosaico de muerte.

—¡Muévanse, inútiles! —gruñó Miller, intentando rodearme—. ¡Hoy se acaba!

—¡Hoy es tu fin, hijo de puta! —le respondí, extendiendo mis manos y liberando hielo que brotaba desde mis muñecas y antebrazos como llamas heladas. Golpeé a los que intentaban acercarse, y el suelo bajo ellos se volvió una trampa: agujas de hielo surgían y los lanzaban por los aires, algunos cayendo con brazos rotos, otros con costillas perforadas.

Los magos comenzaron a retroceder, algunos incluso intentando escapar, pero yo no les daba respiro. Cada movimiento era mortal, cada instante una danza de vida o muerte. Miller avanzó de nuevo, y yo lo recibí con dagas de hielo que surgieron de mis brazos, clavándose en su torso; sus ojos se abrieron de sorpresa, y un grito de furia se mezcló con el estruendo de los demás.

Me moví entre los cuerpos, saltando sobre restos de soldados y magos caídos, esquivando un último ataque que habría sido letal si no fuera por un giro rápido que me salvó. Mis músculos ardían, el frío en mi cuerpo era intenso, pero la adrenalina me mantenía vivo. Sabía que si caía ahora, toda la mentira de Miller se volvería verdad ante los ojos de la Orden.

—¡Vas a pagar por esto, Cuervo! —gritó Miller, mientras su fuego azul se extendía como un huracán.

—¡Tú y toda tu Orden van a arder! —le respondí, y con un movimiento de mis brazos levanté un muro de hielo que surgió del suelo, estallando sobre ellos y bloqueando un ataque masivo de círculos y magia de fuego—. ¡Hoy no muero por tus mentiras!

El bosque alrededor se convirtió en un infierno helado: cuerpos mutilados, fuego azul mezclándose con nieve y escarcha, gritos ahogados, magia chispeando en todas direcciones. Miller y sus cómplices retrocedieron un instante, dudando, y ese fue el momento que aproveché para ganar terreno hacia el bosque más profundo. La noche me cubría, la lluvia golpeaba mi rostro y mi cuerpo herido seguía avanzando, esquivando cada hechizo, cada proyectil, cada intento de atraparme.

—¡Corre, maldito! —gritó Miller, pero yo ya estaba lejos, entre troncos y rocas, respirando con dificultad, pero vivo. Esta pelea no había terminado, pero mientras mis dagas de hielo brillaban bajo la lluvia, supe que yo no sería el traidor que ellos querían pintar.

El bosque estaba tragándose el sonido de la batalla, como si la lluvia quisiera borrar cada grito, cada chispa de magia que aún ardía en el aire.

El vapor subía del suelo, mezclado con la sangre y el olor metálico del acero. Mis pulmones ardían. Mis piernas temblaban. Apenas podía mantenerme de pie, pero el instinto seguía empujándome.

Entonces los vi.

Entre la niebla y los relámpagos, cinco figuras avanzaban. Sus armaduras eran distintas a las de la Orden; negras, cubiertas de símbolos tallados que brillaban como brasas cada vez que el rayo iluminaba. No eran nuestros.

Uno levantó la mano y el aire crujió.

—¡Rayen surth! —gritó.

El hechizo me golpeó como una lanza. La electricidad recorrió mi cuerpo, haciéndome soltar un alarido. Caí de espaldas, el olor a carne quemada llenando mis sentidos. Mis músculos se contrajeron, y cuando intenté respirar, sentí sangre subir por mi garganta.

Antes de que pudiera reaccionar, algo se movió detrás de mí.

Un golpe seco, brutal.

El impacto me lanzó contra el suelo, arrastrándome varios metros, rompiendo raíces, ramas y huesos por igual. El lodo me cubrió la cara, la lluvia se mezcló con la sangre que me goteaba del oído.

Sentí el calor pegajoso detrás de la oreja, la sangre bajando hasta el cuello.

Gruñí. Me levanté tambaleante, apretando las dagas con lo que me quedaba de fuerza.

Y entonces, Miller cayó desde lo alto. Su fuego azul iluminó todo el claro. Aterrizó con una sonrisa satisfecha, justo frente a los recién llegados.

—Así que… —tosí, escupiendo sangre—. No solo con los tuyos, ¿eh, Miller? ¿Te vendiste también afuera de la Orden?

Miller soltó una carcajada ronca.

—¿Y por qué no? —respondió, limpiándose la sangre del labio con el pulgar—. Hay muchos que te quieren muerto, Cuervo. Algunos por tus "éxitos", otros por tus métodos. Tú mismo mataste a más gente por orden que todos nosotros juntos. ¿Y ahora lloras traición?

—Tú planeaste esto. —Lo señalé con mi daga, la voz rota, pero firme—. Fuiste tú quien armó la emboscada. No me digas que esto es justicia, porque no lo es. Es venganza. Y ni siquiera la tuya… solo querías mi lugar.

—No seas tan dramático —replicó, levantando una ceja—. Llámalo… oportunidad.

Cada uno de estos hombres tiene un motivo para verte morir. ¿Por qué negárselo?

Los cinco magos se alinearon detrás de él. Uno giraba cadenas de energía entre sus manos. Otro, con una vara de hueso, murmuraba oraciones antiguas. Todos completos, sin heridas, sin agotamiento.

—Esperaron a que me desgastaran —dije con una sonrisa amarga—. Bonito plan, Miller.

—No lo tomes personal, hermano —su voz se tiñó de falsa calma—. Al fin y al cabo, eras el favorito del líder. ¿De verdad creíste que eso iba a durar?

La risa se me escapó entre los dientes. Estaba cansado, quemado, con una flecha todavía incrustada en el muslo. Pero en el fondo, una calma extraña me cubría el pecho.

—¿Sabes, Miller? —dije bajito—. Tengo una manía suicida. Así que si muero aquí… me los llevo conmigo.

Sus ojos se endurecieron.

—Entonces muere.

Extendí la mano. El frío me respondió como un viejo amigo.

El aire empezó a vibrar. La lluvia se congeló a mi alrededor, suspendida a mitad de su caída. El suelo bajo mis pies se cubrió de escarcha, extendiéndose como un pulso helado.

El canto salió de mis labios, roto, pero firme.

—Sírhen vel'raen… aeth'na vor… fros'tael…

El círculo mágico se abrió bajo mí, girando como un ojo de cristal. Capas de luz azul y blanca se levantaron del suelo, iluminando el bosque como un amanecer gélido.

Los árboles crujieron. Las gotas se convirtieron en fragmentos de hielo.

Uno de los enemigos lanzó un rayo. Lo desvié con la palma, el impacto me partió la piel, pero su energía se congeló antes de alcanzarme, cayendo al suelo en forma de cristales.

Otro invocó fuego. Respondí con una ola de escarcha que apagó su hechizo al instante.

—¡No lo dejen recitar! —gritó Miller.

Pero ya era tarde.

El círculo se elevó, un remolino de hielo, maná y furia.

—Fros'tael rhein na'thir! —grité.

El estallido congeló el aire. Columnas de hielo salieron disparadas en todas direcciones, atravesando árboles, armaduras, carne. Uno de los magos perdió el brazo; otro fue partido en dos, su sangre hirviendo al contacto con el frío extremo.

El suelo tembló. La escarcha se extendía como una bestia viva, trepando por sus piernas, mordiéndolos, devorando el calor.

Miller resistía al centro, su fuego azul expandiéndose como un aura viva. El choque de ambas magias hizo que el bosque se dividiera en dos mundos: uno de hielo y otro de fuego.

Cada paso dolía. Cada respiración ardía. Pero seguí avanzando.

—¡Esto no termina aquí, Miller! —grité.

—Tienes razón —respondió con una sonrisa torcida—. Termina allá… en el río.

Su fuego explotó.

El impacto me lanzó por los aires. Sentí mi cuerpo romper ramas, golpear rocas, hasta que todo fue oscuridad.

El último sonido que escuché fue el rugido del agua. Y luego, silencio.

***

La nieve me calaba por completo. No era el frío habitual al que mi cuerpo estaba acostumbrado; cada copo que caía me recordaba que mi cuerpo estaba al límite. Escarcha se pegaba a mi piel, mis músculos ardían, y cada movimiento me hacía sentir que me iba a romper por dentro. Las quemaduras de los hechizos de Kyot y la tensión de la tercera variación me habían llevado más allá de cualquier límite que conociera.

Kyot estaba frente a mí, congelado por la magia que apenas me quedaba para sostenerme. Sus brazos y piernas atrapados por hielo, su cabeza caída hacia adelante, con sangre brotando de su boca. El silencio entre nosotros era pesado, apenas roto por el viento que agitaba los árboles destruidos del bosque, algunos quemados, otros aún cubiertos de escarcha.

Respiré con dificultad y apreté los dientes, obligándome a mantener la voz firme mientras le decía:

—Fue Miller… —mis palabras salieron con un hilo de aire entrecortado—. Fue él quien lo planeó todo. Plantó las pruebas contra mí, se alió con el noble que me mandaron a eliminar esa noche… fue una trampa que él orquestó. Se rodeó de gente que me tenía rencor… todo… todo fue para matarme.

Kyot movió apenas un poco la cabeza, con los ojos entrecerrados, un hilo de sangre bajando por su mejilla. Su voz, débil y rasposa, se abrió paso:

—Eso… no es excusa… —dijo—. Matar docenas de nuestros hermanos…

Mi puño tembló, mi cuerpo ardía de cansancio y furia. Grité, dejando que cada palabra se saliera de mi garganta como un golpe:

—¡Miller, maldita sea! ¡Fueron ellos, Kyot! ¡Esa gente que dices que maté estaba aliada con Miller! Eran soldados del noble… y parte de la Orden que él manipuló… ¡apenas salí vivo de ahí!

Me quedé jadeando, la nieve mezclándose con la sangre en mi rostro, la escarcha cubriéndome como un caparazón de dolor. Kyot apenas me miraba, aún entre la confusión de su estado.

—No recuerdo nada… —continué, con la voz quebrada—… de antes de esa noche. Apenas… acabo de recordar todo lo que pasó. Caí en el río… y fui encontrado por la gente de este pueblo… me cuidaron, me dieron un nombre, comida… un techo… una familia…

Kyot parpadeó, su respiración aún entrecortada, y murmuró:

—Yo… también era tu familia…

Lo miré con ojos cansados, intentando no derrumbarme mientras sentía cada músculo arder:

—Tal vez lo fuiste… —dije con voz baja—. Tal vez… aunque no lo recuerde. Siento… lo que sea que pasó después de mi supuesta traición. Siento lo que hiciste… y lo siento yo también…

Un sonido me distrajo. La voz de Garren y de otros se acercaba desde la distancia del bosque, mezclándose con el viento, con el crujir de la nieve bajo sus pies. Su presencia me dio un poco de fuerza, pero apenas un poco.

Con la última chispa de magia que me quedaba, extendí mis manos hacia Kyot. Sentí cómo el hielo que lo mantenía atrapado comenzaba a agrietarse y caer en fragmentos sobre la tierra quemada y congelada.

—Vete… —dije, con la voz rasposa—. No tengo más fuerzas…

El hielo cedió y Kyot cayó hacia atrás, libre de la prisión que mi magia había mantenido. Mi cuerpo cedió también. Sentí cómo mis rodillas se doblaban y la tierra me recibía con un golpe seco.

El frío, el dolor, la escarcha y la sangre se mezclaban en una sensación extraña, casi tranquila, mientras los copos de nieve seguían cayendo sobre nosotros. Kyot quedó frente a mí, respirando con dificultad, y yo no podía hacer más que mirarlo.

—Dime… —susurró apenas, su voz temblando—… ¿de verdad todo fue Miller?

Asentí con la cabeza, incapaz de hablar más. Mi cuerpo estaba exhausto, mi magia agotada, pero dentro de mí había algo que ardía más que cualquier hielo: la verdad.

El bosque estaba silencioso, cubierto por la nieve y los restos de la batalla, y mientras caía, sentí que por primera vez desde hace mucho… podía descansar un instante. Pero sabía que esto no había terminado.

—Ahora… sabes la verdad —dije con un hilo de voz—. Ahora… entiendes por qué todo pasó…

Kyot me miró, y en sus ojos, entre el dolor y la confusión, vi que algo había cambiado. Algo se había roto y, tal vez, algo empezaba a comprender.

El silencio volvió, pesado, helado. Solo nosotros y la nieve.

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