Ficool

Chapter 19 - Capítulo 18

[Eiren]

La fiebre por fin había cedido un poco desde ayer por la mañana. Lo suficiente para que mi cuerpo dejara de temblar como si lo hubieran sumergido en agua helada, pero no lo bastante como para devolverme la calma. Aún sigo en mi habitación. No me atrevo a salir. No después de lo que vi.

Miro mis manos. Una y otra vez. Abro y cierro los dedos como si, al hacerlo, fueran a materializarse las dagas que sentí tan reales en aquel recuerdo. Juraría que aún noto el frío de su filo, el peso en mi agarre, y el reflejo que devolvían. Ese reflejo… una máscara cubriendo mi rostro, mis propios ojos mirándome desde detrás de ella: cafés, hundidos, con ojeras profundas, tan distintos de los que me devuelven el espejo cada mañana.

Me estremecí.

El recuerdo no era un sueño cualquiera. Mi cuerpo se movía con una precisión que no reconozco como mía. Una violencia fría, sin dudas, sin vacíos. La forma en que mi magia fluía… era brutal. Perfecta. Como si hubiera nacido para eso.

Y yo lo vi, lo sentí: ese poder me hacía letal.

Compararlo con lo que soy ahora es como poner un abismo entre dos orillas. Yo, el que casi muere hace unos días apenas intentando sostener una variación; y él… o más bien, yo mismo, en ese otro tiempo, desatando corrientes de hielo como si fueran extensiones de mi propia respiración.

Resoplé, cerrando los ojos.

Hay algo más. Sí, en mis recuerdos esa magia se desplegaba de un modo distinto. No era lo mismo que ahora. Hoy tengo los nodos que creé tras leer el libro que me dio Garren y las notas que Keny me mostró; mi estructura es otra, mi base es distinta. Es obvio que la técnica cambió… pero aun así, mi cuerpo recuerda.

Lo siento en los huesos, en los músculos, en la sangre que corre demasiado rápido cada vez que intento empujar mi maná un poco más allá.

Mi cuerpo sabe cómo mover la magia. Pero mi mente no lo entiende.

Ahí está la grieta. El muro que me impide ir más lejos, el que me deja a medio camino entre lo que era y lo que soy.

Y eso me consume. Porque sé que en ese abismo está escondida la verdad de quién fui… y de quién podría volver a ser.

Extendí la mano frente a mí y, sin pensarlo demasiado, dejé que el maná se concentrara en mi palma. El aire de la habitación se enfrió al instante, una bruma blanca escapó de mis dedos y, con un chasquido leve, la daga de hielo tomó forma.

La observé. El filo era transparente, atravesado por vetas de escarcha que parecían moverse en espirales bajo la superficie, como si respiraran. Nada en ella era normal: se sentía demasiado real, demasiado viva.

Incliné el arma, buscando mi propio reflejo en la superficie helada. Y ahí estaba: mi rostro, pero no del todo mío. Había algo distinto, una sombra detrás de mis ojos, un cansancio que no debería pertenecerme y, aun así, estaba ahí, como si hubiera esperado a este momento para revelarse.

Bajé la mirada un segundo. Y entonces lo vi.

El mechón. Ese maldito mechón plateado que había aparecido hace meses. Solo que ahora… parecía más largo. Más notorio. Como si no se tratara de un accidente aislado, sino de una huella que se extendía conmigo, lenta pero inevitable.

Toqué el mechón con la mano libre, apretándolo entre los dedos. No pude evitarlo: en cuanto lo hice, su rostro vino a mi mente. Ella. Esa mujer de cabello plateado y ojos casi blancos, más claros que el hielo, que me sostenía entre la lluvia. Esa voz que me llamaba hijo.

Todo tenía sentido… demasiado sentido.

Si me llamaba hijo, si lo repetía con tanta certeza, ¿cómo negar lo obvio? Podía ser ella. Podía ser mi madre. Mi madre biológica.

Y, sin embargo…

—Neyreth… —susurré, mirando mi reflejo en el filo de la daga.

El nombre me salió más áspero de lo que quería, como si me quemara la garganta al pronunciarlo. Y entonces, sin pensarlo, solté una risa seca, rota, que resonó demasiado fuerte en el silencio de la habitación.

—Neyreth… —repetí, dejando que el sonido se quedara flotando en el aire—. Suena tan… falso. Tan irreal.

Otra risa seca escapó de mis labios, pero se quebró antes de hacerse fuerte. El hielo en la hoja empezó a resquebrajarse bajo mi presión, hasta que un crujido sordo llenó el silencio.

—Eiren…

La voz me atravesó como un rayo. Mis ojos se levantaron de golpe y ahí estaba Miriel, de pie en la puerta. Sus manos pequeñas apretaban el marco de madera como si temiera entrar más de lo necesario. Tenía la bufanda aún puesta, y su cabello oscuro caía en ondas despeinadas sobre sus hombros.

—¿Qué… qué estás haciendo? —preguntó, y pude notar cómo su mirada se fijaba en la daga de hielo que aún sostenía.

Yo tragué saliva, mi garganta áspera, y cerré la mano con más fuerza hasta que la daga se hizo añicos, desapareciendo en vapor blanco.

—Nada —mentí con torpeza, desviando la vista hacia el suelo.

Ella dio un paso más dentro de la habitación, con cautela, como si yo fuera un animal asustado que podría salir corriendo en cualquier momento.

—Te escuché reír… —dijo, su voz temblaba apenas, pero no era miedo, era preocupación—. No era una risa normal, Eiren.

Me froté la cara con ambas manos, sintiendo todavía la humedad fría del hielo en la piel.

—No sé… no sé qué me pasa, Miriel —confesé, con un suspiro entrecortado—. Veo cosas que no entiendo… recuerdos que no son míos… y siento… siento que hay algo en mí que no debería estar.

Ella frunció el ceño y se acercó un poco más, hasta sentarse en el borde de mi cama.

—Siempre dices eso —replicó en voz baja—. Pero tú eres mi hermano, ¿no?

Me quedé mirándola, sin saber qué responder. El mechón plateado cayó sobre mis ojos, recordándome otra voz, otra palabra, ese nombre que no quería aceptar.

—¿Hermano…? —pregunté, casi como si yo mismo dudara—. ¿De verdad puedes decirlo tan fácil, sabiendo lo que soy?

Miriel se cruzó de brazos, inflando apenas las mejillas, como solía hacer cuando se sentía desafiada.

—Sí —respondió con firmeza—. Porque mientras estés aquí, en esta casa, con mamá, papá, Joren, Alenya y conmigo… eres Eiren. No importa lo demás.

La fuerza en su tono me hizo bajar la mirada. Podía sentir cómo mis labios temblaban, intentando decir algo que se atascaba en la garganta.

—Ojalá fuera tan sencillo… —susurré.

Miriel, sin pedir permiso, tomó mi mano. Su piel estaba tibia, viva, contrastando con el frío que aún me rodeaba.

—Entonces hazlo sencillo —dijo, apretando mis dedos—. Para mí, solo eres Eiren. Y no pienso llamarte de otra manera.

Finalmente, ladeó la cabeza y preguntó:

—Oye, Eiren… ¿has pensado en lo que dijo Keny?

—¿En qué exactamente? —pregunté, aunque en el fondo sabía de qué hablaba.

—Lo de viajar al este… —su voz bajó un poco, como si temiera que alguien más escuchara—. Encontrarte con ese… ¿cómo era? El Conde Vion.

Rodé los ojos y me dejé caer un poco hacia atrás en la almohada.

—Ah, eso.

Miriel asintió, sin soltarme.

—Y aceptar el patrocinio para entrar en una academia —continuó—. Keny insistió mucho en que sería lo mejor para ti.

Me quedé en silencio unos segundos, observando cómo el vapor de mi propio aliento se disipaba en el aire helado de la habitación.

—No lo he pensado —confesé, apretando los labios.

—¿Nada? —insistió ella, arqueando una ceja.

—Nada —repetí, mirándola ahora de frente—. No quiero irme de aquí.

Miriel suspiró, cruzando las piernas sobre el borde de la cama.

—Sabes que mamá y papá dicen que allá tendrías más oportunidades. Que aquí… bueno, aquí no hay academias, ni maestros de verdad. Solo aventureros de paso y soldados que se creen sabios porque saben lanzar un par de hechizos.

—Y aun así —dije con un poco más de fuerza—, no quiero irme.

Ella inclinó la cabeza, estudiándome como si buscara un hueco en mis palabras.

—¿Por miedo? —preguntó suavemente.

Me mordí el labio.

—No lo sé… Tal vez. O tal vez es porque… —me callé un momento, y respiré hondo—. Porque aquí estoy con ustedes. Y allá… allá sería estar solo, rodeado de desconocidos.

—Eso no suena a ti —replicó, con un leve fruncir en el ceño.

—¿Y cómo sabes cómo sueno yo? —respondí, un poco a la defensiva.

Miriel me apretó la mano con más fuerza.

—Porque llevo viéndote más de un año. Porque eres mi hermano, aunque quieras discutirlo. Y sé que, en el fondo, siempre quieres protegernos.

—…

No respondí. Solo bajé la mirada a mis manos otra vez. Ella tenía razón en parte, pero también estaba equivocada.

—Mamá también está preocupada —añadió—. Dice que tu magia está creciendo tan rápido que llegará un punto en que ni ella ni papá podrán ayudarte.

—¿Y eso significa que debo huir al este? —pregunté con amargura.

—No huir —corrigió Miriel, con firmeza—. Aprender. Crecer. Volverte más fuerte para que no tengas que seguir… enfermandote cada vez que fuerzas tus límites.

Sentí un nudo en la garganta.

—Pero si me voy… —empecé, y luego tragué saliva—. Si me voy, ¿qué pasa si un día regreso y ustedes ya no están?

Miriel parpadeó, sorprendida.

—¿De dónde sacas eso?

—De nada —mentí, sacudiendo la cabeza—. Solo es lo que pienso.

Ella me miró en silencio un largo rato. Luego, con un suspiro, se recostó contra mí, apoyando su frente en mi hombro.

—Eres terco, ¿sabes?

—Lo sé.

—Pues piensa en ello, aunque sea —dijo, casi en un murmullo—. No te estoy pidiendo que decidas ya, pero al menos… piensa. Por mí.

Miriel suspiró y se apartó apenas, lo suficiente para mirarme de frente otra vez. Sus labios formaban una línea delgada, como cuando estaba a punto de rendirse en una discusión.

—Está bien, Eiren. Te lo dejaré entonces… —dijo en voz baja.

Yo alcé una ceja, esperando la trampa detrás de esas palabras.

—¿De verdad? —pregunté, casi incrédulo.

—Sí —afirmó, aunque su expresión dejaba claro que no lo soltaba del todo—. Pero asegúrate de pensarlo de todas formas. No es algo que puedas enterrar bajo la nieve y olvidarlo.

Me quedé callado, observando el reflejo del mechón plateado en la daga que aún tenía apoyada al lado de la cama.

—Miriel…

—Es como dicen mamá y papá —me interrumpió suavemente, aunque sus ojos brillaban con esa firmeza que rara vez mostraba conmigo—. Hay un mundo allá afuera. Gigante. Lleno de cosas que ni siquiera imaginas. Y desde aquí, desde este pueblito entre montañas, no lo vas a descubrir.

—…

Apreté los labios, incómodo con lo cierto que sonaba eso.

—No quiero que pienses que lo digo porque quiero que te vayas —añadió de inmediato, como si leyera mi mente—. Yo… quiero que estés aquí. Que nos sigas molestando, que sigas haciendo esas tonterías de hielo en la plaza y que te enfermes menos, si es posible.

Me reí con un bufido ronco, bajando la cabeza.

—Vaya petición.

—Pero no soy ciega, Eiren —continuó ella, ignorando mi broma—. Sé que lo que tienes no es normal. Y si quieres entenderlo… de verdad entenderlo… este no es el lugar.

Sus palabras me atravesaron más de lo que quería admitir. Cerré los ojos un instante, oyendo cómo el viento azotaba las ventanas heladas.

—Lo pensaré —dije al fin, en un susurro.

Miriel sonrió apenas, como si esa pequeña concesión fuese suficiente por ahora.

—Eso me basta —murmuró, apretando de nuevo mi mano.

****

El día transcurrió lento, demasiado lento.

Yo había mejorado bastante: la fiebre había cedido, los escalofríos se habían ido y ya podía moverme sin sentir que me iba a caer en cualquier momento. Pero por dentro, mis pensamientos no se calmaban.

Me quedé sentado en la cama, con la manta aún sobre los hombros, mirando el ventanal empañado por la escarcha.

Lo que dijo Miriel…

Que allá afuera había un mundo que yo no podía descubrir desde aquí.

Que si quería respuestas, debía salir.

No podía sacarlo de la cabeza.

Y junto a eso, la otra maraña de recuerdos que me perseguía.

El nombre. Ese maldito nombre que no parecía mío y que, sin embargo, encajaba en mí como si siempre lo hubiera llevado escondido en la piel: Neyreth.

La mujer de ojos casi blancos sujetándome en el precipicio. Sus labios pronunciándolo como si fuese lo más natural del mundo. Hijo.

Apreté las sábanas entre mis manos, recordando.

Los cuerpos. Los gritos. El bosque nevado. El fuego negro rompiendo el hielo. La máscara en mi rostro que no dejaba ver nada más que mis propios ojos cansados.

La manera en que mi magia fluía en ese recuerdo era tan distinta a como fluye ahora… antes parecía un torrente que se desbordaba sin detenerse, mientras que ahora es como un río que yo mismo diseñé, con canales, nodos, estructuras que inventé para sostenerla.

¿Entonces… antes de perder la memoria, de verdad era más débil? ¿O acaso usaba un método tan brutal que ahora no puedo reproducirlo?

Mis dedos fueron a mi cabello sin pensarlo.

El mechón plateado. Ese extraño recordatorio que apareció cuando mi magia se desató en el almacén hace meses. Ahora lo sentía más largo, más visible, como si cada paso que daba en el control de mi mana lo hiciera crecer.

Lo enrosqué en mis dedos, observándolo a la luz grisácea que se colaba entre la escarcha del cristal.

Y lo vi. Otra vez. La imagen de ella. La mujer que me sostuvo. Sus ojos helados, su voz quebrada, la fuerza con la que no me dejó caer.

—Madre… —susurré, con un nudo en la garganta que no pude tragar.

Me eché hacia atrás, mirando el techo.

El presente y el pasado eran como dos piezas que no encajaban: aquí no sentía frío, aquí el invierno era casi cálido para mí, el aire gélido se sentía como brisa de verano sobre la piel. Pero en aquel recuerdo… sí lo sentía. Me ardía la garganta al respirar, los huesos se entumecían, y aun así peleaba como si no tuviera otra opción.

¿Qué diablos me pasó?

¿Qué soy ahora que no era antes?

Me cubrí los ojos con el antebrazo, hundiéndome en el colchón.

Las palabras de Miriel se mezclaban con las de aquella mujer.

"Hay un mundo allá afuera."

"No te sueltes, hijo."

Y yo, atrapado entre dos realidades que no terminaban de unirse, sin saber si debía agradecer que seguía vivo… o temer que tarde o temprano la verdad me alcanzaría.

Me levanté de la cama despacio, los músculos resentidos todavía de la fiebre, pero con esa sensación rara de ligereza que me deja la magia cuando está calmada. Caminé hasta la ventana, apoyando la palma contra el vidrio frío. Para cualquiera, tocarlo sería como hundir los dedos en el hielo… pero para mí, era apenas un frescor agradable, casi como si el invierno mismo me aceptara.

Alcé la mano, y con un simple gesto moví los dedos como si estuviera barriendo el aire. Afuera, unos copos que descendían lentamente cambiaron su trayectoria, danzando en un remolino breve antes de volver a caer. Sonreí, incrédulo de lo fácil que era manipular algo tan pequeño, tan insignificante.

Y entonces, una idea absurda me atravesó.

—¿En serio estoy envidiando a un copo de nieve? —reí para mí mismo, sacudiendo la cabeza.

Pero era cierto. Había algo en ellos… esa calma, esa naturalidad en su movimiento.

Nacen de una nube, viajan, descienden, se acumulan unos con otros, y al final desaparecen cuando el invierno termina. No tienen que preguntarse quiénes son, no cargan con culpas, no recuerdan nada. Viven y se extinguen sin más.

Yo no.

Seguí el descenso de la nieve, y de golpe lo hermoso del invierno me pareció cruel.

Sí, es hermoso. Fascinante, incluso. Los árboles cubiertos de blanco, los techos del pueblo brillando como plata al sol.

Pero también es un asesino.

El invierno mata. Allá afuera, cualquiera puede morir enterrado en esa misma calma que parece tan pura.

Y entonces, una punzada me atravesó el pecho.

—Como yo… —murmuré.

Sí. Yo también era como ese invierno. Hermoso o extraño a los ojos de alguien, pero en el fondo… peligroso. Mortal.

Soy un asesino. No puedo negarlo.

Me llevé la mano al cabello, tirando con fuerza de ese mechón plateado como si pudiera arrancar el recuerdo junto con él.

Los maté.

Lo recuerdo demasiado bien. A los soldados en el bosque, a los hombres en el campamento, al que llevaba aquella armadura negra. Lo hice sin titubear. Sin culpa en ese momento. La calma que sentí al matarlos me aterra más que la sangre misma.

Mis padres… no, Roderic y Liana… dicen que no importa. Que aunque yo haya sido un asesino, para ellos sigo siendo su hijo. Que no necesitan saberlo todo, que basta con que siga aquí.

Pero a mí sí me importa.

Me importa demasiado.

Porque no se trata solo de lo que hice. Se trata de lo que soy.

Y aunque aquí, en este pueblo, el año pasado nadie vino a buscarme… ni un forastero merodeando, ni una cara sospechosa entre los mercados, ni un murmullo de que alguien me reconociera… eso no significa nada.

No significa que estoy a salvo.

Allá afuera hay alguien.

Lo sé. Puedo sentirlo.

Alguien que debe recordarme. Alguien que tal vez perdió algo o alguien por mi culpa. Y esa persona, tarde o temprano, vendrá a buscarme.

Y cuando lo haga, no solo me encontrará a mí.

Apoyé la frente contra el vidrio helado, cerrando los ojos.

No me da miedo morir.

Lo que me aterra es que, cuando llegue ese día, también hagan daño a ellos. A Roderic, a Liana, a Miriel. A la familia que me abrió los brazos cuando yo no tenía nada.

Me estremecí, no de frío, sino de un presentimiento que me carcomía desde lo más hondo.

El invierno puede ser hermoso, sí… pero también puede arrasar.

Y yo… yo soy igual que ese invierno.

Volví a la cama, el colchón aún tibio por el rato que había estado ahí. Me senté en el borde, mirando mis manos, girándolas, apretando los dedos hasta que los nudillos se pusieron blancos, abriéndolos otra vez. Una y otra vez. Como si con ese gesto pudiera sentir algo distinto, arrancar alguna verdad escondida en la piel.

Las cerré con más fuerza.

El reflejo de aquel bosque volvía, siempre volvía. Cerré los ojos y lo dejé entrar, aunque me revolvía el estómago. Las pisadas sobre la nieve, el humo del campamento ardiendo, las voces apagadas de los que corrían antes de que mis dagas de hielo los alcanzaran. Y lo peor de todo: esa facilidad, esa calma con la que mi cuerpo se movía.

No era como ahora. No.

Ahora, cuando uso mi magia, siento cada nodo que formo, cada corriente de mana que se abre paso como si estuviera empujando agua en un cauce nuevo. Tengo que pensar, calcular, contener para que no se me escape. Es mío, sí, pero siempre tengo que obligarlo a obedecer.

Allí… en ese recuerdo… no había esfuerzo.

El mana fluía solo, como si mi cuerpo ya supiera el ritmo, la forma, los caminos exactos. Se movía con precisión, como un instinto que no necesitaba órdenes.

—El cuerpo recuerda lo que la mente olvida… —susurré.

Ya ni sé cuántas veces me he repetido esa frase en estos meses. Es un eco constante, una sentencia que me persigue.

Lo peor es que parece verdad.

Mi cuerpo se mueve con esa familiaridad extraña, como si aún quedaran fragmentos de un pasado que desconozco. Pero mi mente… mi mente está en blanco. Como si me hubieran robado el mapa y dejado solo la brújula rota.

Intenté reproducir ese flujo en mi interior, empujando el mana para que siguiera la misma cadencia de aquel recuerdo. Pero era torpe, discontinuo, errático. No era la danza fluida de antes. Era como forzar una llave en una cerradura equivocada.

Abrí los ojos, frustrado, con un ardor en el pecho.

—No… no encaja.

Me dejé caer hacia atrás en la cama, respirando hondo, con el mechón plateado cayendo frente a mis ojos.

Lo único que tengo es esto: un cuerpo que insiste en recordarme lo que fui… y una mente que me obliga a olvidarlo.

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