Capítulo 70
Los portones de Delarus no suenan como los de Ars. No rechinan; suspiran.
—Al —susurra Alyssra, pegada a mi codo, los ojos muy abiertos—. Colores… muchos.
Tiene razón. Delarus es una paleta agitada: carretas, pregones, telas colgando de balcones, harina en el aire y niños que atraviesan la calle como si fueran flechas con patas. Max me siente antes de vernos. Lo sé porque un bulto gris sale disparado desde el callejón y me escala por la espalda como un bandido que me tuviera confianza. Lo atrapo por inercia con una mano, y Max me responde con un chillido indignado de “no necesito que me atrapen, humano”.
—Hola, Max —le digo, y me regala el único ronroneo que concede a cambio de honorarios en caricias.
Pelusa —diosa de las esperas, reina de los lugares exactamente donde uno necesita pisar— me corta el paso con majestuosidad de barrera mágica. Se frota en mi pecho como si quisiera bendecirme o quitarme el polvo del camino.
—Pelusa —saludo, inclinando la cabeza con la solemnidad que me exige.
Alyssra observa la escena con la espalda un poco rígida. Las mascotas nunca son neutrales: para ella, los animales tienen colores más puros que la gente. Max, hoy, es un mercurio curioso; Pelusa, un dorado perezoso. Lo interpreta como “amistosos, pero con reglas”.
—Son familia —le digo en voz baja, estirando la mano para que los huela—. Max es el notable que trepa, Pelusa es la estatua que cobra peaje de caricias.
—Familia… bonita —resuelve ella, y alarga su mano con cautela. Max le concede un olfateo escéptico. Pelusa no pierde la oportunidad de reclamar tributo: roza su mano y se queda ahí, bloqueando el avance como quien dice “primero paga, luego pasa”.
La casa nos recibe con ese olor a madera vieja, a hierro y a sopa que lleva horas. No tuve tiempo de dudar si tocar o entrar: la puerta se abrió como si hubiera estado conteniendo un comentario desde la mañana.
—¿Y bien? —La voz de Zakhal llega antes que su figura—. ¿Te trajo el viento o te acordaste de que en esta casa se cena a horas decentes?
Mi padre aparece con los brazos cruzados y la sonrisa de quien quiere fingir que no está contento. La frente canalando una rayita de burla, los ojos diciendo “apúrate y dame un abrazo que no pienso pedir”.
—Volví completo —respondo, abriendo los brazos. Nos palmoteamos la espalda como si fuéramos herreros probando la resistencia del metal.
—“Completo”, dice —masculla Zakhal sin soltarme del todo—. A ver… —Se separa y me mira de arriba abajo—, mm. Dos orejas, diez dedos. Orgullo poco, eso siempre viene bajo. No te puedo devolver, defectuoso te fuiste.
—Te extrañé también —contesto, y él me golpea el hombro con cordialidad poco disimulada.
Aelinne aparece detrás, midiendo con la mirada antes de entregar el abrazo. Mi madre huele a cuero aceitado y a hojas secas. Me acoge con los brazos, y con la barbilla, me encaja la cara para ver si duermo bien, si como, si miento.
—Estás más alto —miente porque así lo siente—. Y más flaco —diagnostica con precisión implacable.
—Compensa —dice Zakhal—. La altura compensa toda clase de cosas. La flaqueza no compensa nada; solo hace ruido.
—Hola —respondo con un gesto casi militar. Y entonces, inevitable, sus ojos se van hacia la sombra que es Alyssra a mi lado.
No se esconde, pero tampoco se adelanta. Da un paso, mis dedos rozan su antebrazo, y eso le basta. Se planta. Me mira un segundo, yo le devuelvo el azul tranquilo, y se presenta.
—Alyssra Zakhal —dice claro. La “k” la muerde con cuidado, como si fuera la primera vez que la prueba.
Aelinne apenas pestañea. Zakhal hace un sonido de garganta que se usa para decir “ajá” cuando uno se ha quedado sin palabras listadas. Luego él reacciona primero: le ofrece la mano. Ella la toma con firmeza.
—Tienes mirada limpia —dice mi padre, con esa inexplicable cualidad suya de hacer cumplidos como si fueran diagnósticos—. Y postura de “me caigo pero me levanto”. ¿Comes?
—Mucho —responde Alyssra, segura. La respuesta le gana una risa a Aelinne, una de esas cortas y sonoras.
—Entonces es familia —declara mi madre, y se aparta hacia la cocina como si eso resolviera varios temas a la vez—. Mela, pon más platos.
—Ya puse —grita Mela desde el cuarto contiguo—. Y más pan. Siempre más pan, con Alerion esto es matemáticas.
Max se ha enrollado en mi nuca como una bufanda presuntuosa. Pelusa se digna cruzar el umbral; Alyssra le hace una reverencia tan sincera que Pelusa, sorprendida por obtener más de lo que pidió, le permite pasar sin peaje extra.
Antes de que alguien me pida explicaciones, saco la bolsa de regalos. Preparar estos encantos me tomó noches en Ars; pensarlos, media vida. Empiezo por Zakhal.
—Para ti —saco un anillo de plata tosco pero pesado—. Resistencia física aumentada —no tanto como para volverte irresponsable— y detección de ilusiones leves. Si algo quiere jugar con tu cabeza, te dará comezón aquí —le toco el dorso de la mano—. Rasca y levanta la guardia.
—Sirve —dice, y se lo pone como si formara parte de sus dedos desde siempre.
Aelinne recibe un broche discreto, con la forma de una hoja plegada.
—Barrera elemental y almacenamiento menor. No más de lo que puedas lanzar tú misma, pero lo justo para parpadear y no quedarte sin herramientas. Y esto —le muestro un compartimento oculto—, por si los oficiales te hacen preguntas que prefieras no responder.
—No me hacen preguntas —corrige ella—. Se las hago yo. —Pero sonríe cuando se lo prende en la capa, y le queda como si nunca le hubiera faltado.
—Para Mela… —levanto un cuchillo de cocina, la hoja honesta, sin pretensiones—. Nunca pierde filo, corta cualquier material alimenticio y no corta dedos —la miro—. Costó que no cortara dedos.
—Si corta dedos pero no los míos, también me sirve —responde Mela, entrando con las manos en la cintura—. Gracias, niño.
—No terminé —saco dos pequeños tesoros—. Para Max: collar de flujo de maná. Si no lo veo, supongo que está portándose mal. Para Pelusa: pendiente de temperatura y antiinsectos. Tu pelaje es territorio sagrado; que no vuelva a ser invadido por criaturas rastreras.
Max intenta usar su habilidad de invisible y la transición es más fluida. Pelusa bosteza, se deja colocar el pendiente como si le estuvieran coronando y luego se sienta, perfectamente en el sitio donde es imposible no tropezar.
—Generoso —comenta Zakhal, con tono neutro. “Generoso” en su boca es equivalente a “vales más de lo que aparentas”.
—Yo comer —declara Alyssra, con autoridad nueva.
—Tú comerás —confirma Aelinne—. Aquí se come hasta que el estómago entiende que hay mundo fuera de él.
La cena es un equilibrio perfecto entre regaños y risas. Aelinne sirve, Mela ordena, Zakhal pregunta. Las noticias están en la comida: el guiso tiene un gusto más especiado que el mes pasado —Aelinne consiguió un proveedor decente—, el pan subió mejor —Mela cambió de levadura—, el queso tiene menos humedad —aprendieron a curarlo mejor. Alyssra prueba, mastica y asiente con ese “bonita” aplicado a cada bocado que aprueba la vida.
—No le enseñes tus malos hábitos —me advierte mi madre cuando me ve soplar la sopa para enfriarla con un truco mínimo de viento—. Que aprenda los buenos y, si todavía le sobra espacio, entonces pruebas con los tuyos.
—Sí, capitana —respondo, llevando la cuchara a la boca sin magia.
Zakhal nos mira de reojo con una satisfacción disimulada. Cuando mi madre se levanta a buscar la jarra, me habla igual de bajo:
—Tienes otra forma de mirar —dice—. Como si lo que antes te importaba ahora importara distinto. No digo que más. Digo que distinto.
—Me hice amigo de algunas prioridades —le respondo, y él no hace más preguntas. Me toca el antebrazo con el dorso del puño. “Bien”.
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Las semanas siguientes se deslizan como el filo de una navaja limpiamente afilada. No se sienten cortas; se sienten precisas. Delarus tiene ritmos: la guardia cambia con puntualidad de campana, los mercados tienen días de mariscos y días de telas, y los chismes llegan en oleadas predecibles. Yo me dejo llevar por ese compás y meto mis variaciones.
El primer fin de semana, Zakhal me saca al patio de entrenamiento con una sonrisa malvada.
—A ver, Santo del Dios del Agua —pronuncia “Santo” como quien dice “señorito”—. Deja la magia en la mesa. Trae solo tus manos.
—¿Madre se entera y nos apila los dos para guardar herramientas? —pregunto, sacudiendo los hombros.
—No si pierdes rápido —responde.
Empezamos con una ronda lenta. Mi cuerpo trae memoria, sí, pero el suyo es memoria. Él no avanza rápido, pero cuando avanza, no hay espacio para el error. Me intenta un agarre al hombro; libero, giro cadera, busco su pierna. Él me deja creer, me da una falsa apertura, caigo en ella.
—Te dije que tu orgullo venía bajo —se burla, mientras me pone bocarriba sin violencia.
Me levanto, sacudo el polvo y me sonrío a mí mismo.
—Otra.
—Sin magia, niño.
—Sin magia —confirmo.
Perdí contra mi padre por pura técnica. Lo acepto con gracia hasta que aparece mi madre con su trenza recogida y la mirada de domingo.
—Yo también —dice, dejándose la capa de capitana en la silla, como quien deja un título en un perchero.
La duelo con respeto ceremonial. No me confío. Me acorta la distancia y me corrige la postura con la mano antes de tumbarme con la otra. El suelo huele a hierba aplastada.
—Baja el centro, Alerion —dice sin regodeo—. ¿Qué clase de Santo es uno que deja la pelvis en el aire?
—Uno que aprende —respondo, tosiendo una risa. Los dos se ríen un poco. Alyssra, sentada en el borde del patio, memoriza con la mirada como si cada movimiento fuera una palabra nueva. Cuando mi madre me ayuda a levantarme, Alyssra murmura, fascinada:
—Al… gris… poco. Rojo… un poquito.
—Rojo por vergüenza ajena —apunta Mela desde la ventana.
—Por orgullo ajustado —corrige Aelinne, y me da un golpecito con el nudillo en el esternón—. Bienvenido al mundo donde el cuerpo miente si no lo educas todos los días.
Esa noche, con la espalda entera recordándome de quién soy hijo, comienzo formalmente el entrenamiento de Alyssra en magia sin canto. Lo intenté en la caravana, pero ahora tengo tiempo, agua, descansos, y la mirada severa de Aelinne cuando me paso con la ambición.
—Sin canto —le digo a Alyssra, sentados frente a un cuenco de barro con agua—. Solo respiración, intención y flujo.
Ella se coloca derecha. Acomodo mis ojos demoníacos para verla por dentro. Ahí está el río: le falta cauce, pero la voluntad la tiene. La guío con palabras cortas, sin contaminarla con mis gestos. Cuando la veo trabarse, uso lo que me hace peligroso: intervengo en su maná sin reemplazarlo. No empujo; acompaso. Es como poner una mano sobre un hilo y hacerlo danzar sin tocarlo.
—Así —susurro—. Al… agua… adentro. No afuera. No quieras ver el resultado. Quiere sentir el paso.
Al principio, nada. Luego, el agua en el cuenco levanta medio dedo, tambalea y cae como un niño que se pone de pie y se sienta porque no conoce la palabra “equilibrio”. Alyssra no se frustra. Me mira con una línea de pregunta en la boca. Yo asiento. Repite. El agua se alza otra vez, ahora tiembla menos. Su respiración encuentra mi ritmo. Yo bajo el ritmo un poco para ver si ella me persigue. Me persigue.
—Sin canto —recuerda, orgullosa, y vuelve a probar. Lo logra: un susurro de agua que hace una ola pequeña hacia la pared del cuenco.
—Eso —digo, con el corazón lleno—. Eso. No más.
Se le iluminan los ojos como cuando le dije “bonita” por primera vez y entendió que la palabra podía aplicarse a cosas que no eran cosas. Me toma la mano un segundo, apoya su frente en mis nudillos, y la suelta como si se hubiera concedido un premio.
Las semanas se pueblan de escenas así. Aelinne le enseña modales con la paciencia feroz que usa con los reclutas: saludar con la barbilla, mirar a los ojos sin retar, agradecer con la mano en el pecho. Zakhal la lleva a regatear al mercado; sin querer, intimida a un comerciante que pretendía engañarla y ella, inocente, no entiende por qué el hombre baja el precio a la mitad. Mela le da cuchillos sin filo los primeros días; luego le ofrece uno verdadero y la mira cortar cebollas con obsesión religiosa. Max la hace perseguir un cordel como si estuviera entrenando para cazar ilusionistas. Pelusa decide que su regazo es una recompensa justa y deja que duerma ahí.
—Delarus… colores… bonitos —dictamina Alyssra una tarde, con Pelusa roncando en su falda.
—Delarus es un gato que siempre cae de pie —responde Mela, probando una salsa—. Tú aprende a caer, y ya estás de la ciudad.
Recibo cartas, claro. La primera es de Eris. La reconozco por la agresión de la letra, como si hubiera querido tallar el mensaje en el papel. La abro con ese cuidado que uno tiene cuando sabe que el contenido puede saltar y morder.
“Alerion —comienza, sin ‘querido’, sin florituras. Bien—. Esta semana partí dos troncos con un solo corte. El maestro dice que estoy obsesionada con la simetría, pero yo le dije que la simetría es la única manera decente de partir las cosas. Me peleé con un idiota que me dijo que la espada no es para niñas. Ahora sabe que la espada es para quien la levanta. Si me dices que te hiciste más fuerte, te pego. Si no te hiciste más fuerte, también te pego. ¿Cómo está tu lenguaje de mierda? ¿Alyssra te entiende? Dile que si come poco, no la invito a pelear. —E”
Me río solo y escondo la carta como si fuera algo que pudiera avergonzarme. Le respondo la misma noche, con la tinta apurando lo que la boca le diría a su cara.
“Eris. Me hice más fuerte y más flaco, y perdí contra mis padres a manos limpias. Puedes pegarme por eso y solo por eso. Alyssra come como si se estuviera preparando para tu mesa. Te rebanaría una cebolla con la mirada. Si partiste dos troncos con un corte, recuerda que la madera aprende. No te confíes. Semana próxima, te mando un cuchillo que corta solo lo que tú decidas, por si te da por cocinar la furia. —A”
La carta de Rudeus es un informe con alma. Hay números, hay hechizos anotados, hay una anécdota en la que Sylphy le escribe una carta donde condunde apabra "querido" con "esposo".
“Alerion. Probé el patrón de viento que me mandaste y lo adapté a una forma que usa bordes flexibles. Creo que se puede aplicar a proyectiles no convencionales. Sylphy aprendió a imitar la pronunciación de un anciano y ahora hace bromas que me parece mal alentar pero me hacen reír igual. ¿Encontraste buena tierra para trabajar? ¿Qué tal Delarus? Te debo una visita si no me pierdo antes. —R”
Le contesto con gusto y con veneno amistoso:
“Rudy. Bordes flexibles es una manera elegante de decir que el viento te obedece cuando no lo asustas. El proyecto de proyectiles no convencionales me interesa; hablamos de eso cuando te hartes de ser formal. Dile a Sylphy que su imitación me salvó de un oficial pesado en Ars: los ancianos son llaves que abren puertas cerradas y rompen dientes cuando hace falta. Ven a Delarus cuando aprendas a no perderte. Si te pierdes, pregúntale a Max; él siempre encuentra mi mesa. —A”
