Ficool

Chapter 69 - 69

Capítulo 69

El ruido de la caravana ya se me había metido en el cuerpo, como un segundo pulso. Ruedas, cascos, correas tirantes que crujen; el metal contra metal cuando alguien asegura una caja; el susurro de las lonas al tensarse con el viento de la madrugada. Me despierto antes de que amanezca, por costumbre, por necesidad… por la tranquilidad de esos minutos previos, cuando el mundo parece haber olvidado que tiene prisa.

Me incorporé sin hacer ruido. El aliento salía en un hilo blanco, cortito. A mi lado, Alyssra dormía enroscada en la manta, con una mano asomando y los dedos en puño, como si aún sostuviera el bastón que no le dejé llevar a la cama. Tenía un mechón rebelde cruzándole la frente. Me incliné y toqué su hombro.

—Arriba, Alyssra.

La parte de su rostro que veía se arrugó. Abrió un ojo, luego el otro. Tardó dos parpadeos en enfocar y, entonces, la sonrisa pequeña y terca.

—…Al. ¿Bonita mañana?

Una semana atrás, esa sonrisa aparecía solo si le prometía pan. Hoy aparece por costumbre, por juego. No deja de sorprenderme la plasticidad con la que se ha adaptado a mis hábitos, a mis manías y a mis bromas. Yo, que me lleno de ideas y me vacío a la siguiente distracción, la veo repetirme como si construyera una casa ladrillo por ladrillo.

—Bonita mañana —asentí—. Y fría. Vamos.

Se sentó tambaleándose, todavía con los pies peleando contra la manta. Cuando entendió que no era hora de comer, me lanzó la mueca de “sé lo que viene”. Aun así, se puso de pie sin quejarse; sacudió la cabeza y su cabello blanco se electrizó de un modo que me da ganas de tocarle la coronilla para aplanarlo. Me contuve. Si empiezo con esos gestos, termino encariñándome de formas que no sé administrar.

Salimos del perímetro del campamento. La hierba estaba húmeda de rocío y el cielo tenía esa franja pálida donde el sol todavía es promesa. Me ajusté la capa y carraspeé con solemnidad fingida.

—Repaso de regla de oro, Alumnita: jamás hagas exactamente cien repeticiones.

Ella apretó los labios para no reír. Luego, seria, como mandamiento:

—Cien feo. Pelo cae.

—Correcto. Noventa y nueve vale, ciento uno vale. Cien, jamás.

Empezamos a trotar alrededor del campamento. Ya no me sorprende su paso. Se mueve distinto que la primera semana: hay fuerza allí, y no es solo el brazalete de Estamina superior amplificando lo que tiene; es que ella lo empuja. El brazalete es un canal; la voluntad, el agua que lo recorre. Marca el ritmo con los dientes apretados, y cuando ve que yo acelero un poco, no parpadea: acelera conmigo. El suelo hace tic tic tic bajo sus botas pequeñas.

—Al —jadea sin perder la cadencia—. Poquito más.

La miro de reojo. El rostro rojo, el pelo pegado a la frente, ese brillo de obstinación en los ojos.

—¿Más? —pregunto para oírla afirmarlo.

—Sí. Al fuerte. Yo fuerte también.

No lo discuto. Le dejo sumar una vuelta más. Y otra, cuando lo pide sin pedirlo, solo con la cabeza que no se inclina, con las piernas que no ceden. Paramos con los gemelos tensos, pero sin ese ahogo ansioso de los primeros días. Se inclina hacia adelante con las manos en las rodillas, respira tres veces profundo y me mira desde abajo, buscando veredicto.

—Bien —digo. No le doy palmaditas, no exagero—. Ya estás en modo “no te cansas hasta que te lo pido”.

—Yo… poquito cansada —admite con honestidad brutal—. Pero bonita.

Reí bajito. “Bonita” ya es un comodín: puede ser “deliciosa”, “buena”, “me gusta”, “quiero más”, “te entiendo”, “lo hiciste bien”. Me agacho, saco de la bolsa las tiras de carne curada con especias, un par de peras deshidratadas, pan de viaje y un frasquito de miel. Se lo paso por orden, como si fuera ceremonia. Come con esa concentración que me da ternura: muerde la carne, mastica, evalúa, asiente sola, suelta un “bonita” discreto y pasa a la pera, que siempre le roba un “muy bonita” con énfasis.

—Hoy tres vueltas grandes, treinta sentadillas, treinta y… —me mira— noventa y… nueve.

—Cien jamás —digo, serio.

—Cien jamás —repite, y me saca la lengua un segundo, fugaz, como si su cuerpo todavía estuviera aprendiendo a permitirse la broma.

Hacemos el resto de la rutina: abdominales, planchas (donde tiembla y aprieta la mandíbula hasta que le digo “suficiente”), flexiones de brazo con el bastón como barra. Cuando cuenta, se salta números si ve que me pongo cómodo. Si me pongo demasiado serio, ella también. Si le sonrió, se esfuerza más, como si el rojo cálido que me imagina le diera energía.

Cuando el campamento despierta —fogoneros levantando chispas, carreteros revisando ruedas, mercaderes atando las cortinas de las carretas—, la llevo un poco más allá, a un claro sin demasiado viento.

—Magia —anuncio, y su espalda se endereza sola.

No tengo que recordarle el anillo; lo lleva puesto y me lo muestra con un gesto orgulloso, como lo haría un niño con una medalla. Sus dedos lo tocan como si le deseara suerte a un compañero.

—Hoy recitas tú sola y yo miro —digo—. Si necesitas, te señalo la respiración.

—Yo poder —responde con ese tono de “si fallo, repito hasta no fallar”.

Coloca las piernas como le enseñé, abre la mano derecha, respira hondo. Yo abro mis ojos demoníacos. El flujo en ella es todavía un río joven, con curvas y remolinos. Pero fluye. Se activa con su voz:

—Llama pequeña, ven a mi mano: enciende.

La chispa aparece demasiado rápido; la corriente se le acelera al final, como si su corazón le metiera prisa a la magia. El fuego salta, lametón caprichoso, y roza un mechón del cabello blanco. El ínfimo chisporroteo me eriza la nuca por reflejo; ya estoy soltando un soplo sin canto y el agua apaga con un siseo corto.

Ella se toca el mechón, mira la punta tostada, me mira… y sonríe con orgullo.

—Grande. Bonita.

Me masajeo el puente de la nariz para disimular la risa.

—Bien. Demasiado entusiasmo al final. Respira conmigo: cuatro adentro, cuatro afuera. Otra vez.

Repite. Y repite. Y repite. A la cuarta, la llama es un guisante naranja que descansa tranquila sobre sus dedos. No tiembla. La observa como si fuera un animalito recién adoptado. Cuando la apaga, mira la punta de los dedos, asombrada de sí misma. No aplaude. No me pregunta si estuvo bien. Solo dice:

—Al ver. Yo bonita.

—Tú trabajaste. El anillo ayuda, pero no sustituye tu cabeza —contesto, y veo cómo el azul en ella —si pudiera verlo— se estira satisfecho.

Guardamos el silencio un poco. El campamento terminó de moverse; la caravana empieza su marcha. Volvemos a nuestro lugar, a nuestro carro, a ese pedazo de lona donde duermen nuestras bolsas cuando no es noche.

—Bastón en el descanso, ¿sí? —le digo.

—Sí. Jomrán —contesta, convencida de que “home run” es una técnica sagrada.

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A media mañana, la caravana avanza como una oruga larga por el camino. El sol ya calentó lo justo para ablandar hombros. Un carretero bosteza sin pudor, los guardias charlan de a ratos y callan cuando los ve el capitán de escolta. Un niño de otro carro se asoma y saluda con la timidez curiosa que tienen los niños al ver a otra niña que no habla como ellos. Alyssra levanta la mano y devuelve un “hola” mudo.

El bastón de acero mágico pesa lo suficiente para que ella lo respete, pero no tanto como para rendirse. Le muestro otra vez la postura —pies abajo, muñecas sueltas, hombros relajados— y la dejo sentir el equilibrio. Le lanzo una piedra del tamaño de un huevo. No llega. Segunda piedra: la golpea, pero el bastón vibra de manera desagradable y ella arruga la cara.

—Muñeca. No pelees contra el bastón; acompáñalo —le digo, poniéndole los dedos donde deben ir.

Tercera piedra: la parte con un chasquido y la mitad sale disparada como si tuviera prisa por conocer el horizonte. Alyssra lo sigue con la mirada hasta que deja de verlo.

—¡Home run! —le grito como si fuese entrenador de un deporte que nadie más aquí comprende.

—Jomrán bonita —dice, repitiéndolo para guardarlo como un amuleto verbal.

Me aguanto la tentación de hacerle golpear veinte más solo para escucharla decir “jomrán”. Está sudando. Se pasa el dorso de la mano por la frente y deja una línea de polvo. Se ve contenta. Se ve contenta de estar cansada. Es un lujo que no todos conocen.

—¿Agua? —pregunto.

—Un poco. Yo poder más… poquito.

—Un poco más —concedo.

Lanza, golpea, falla, vuelve a golpear. No maldice. No hace pucheros. Mira mi ceja levantada y busca mi risa como quien busca viento para la vela. Cuando la tiene, sopla.

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A la hora del mediodía, hacemos alto en una arboleda. Las sombras se agrupan como gente alrededor de una buena historia. Los cocineros improvisados prenden fogatas y hierven agua; dos comerciantes discuten sobre cómo atar mejor una carga de jarras; un guardia se saca el peto y le frota el hombro a otro que se queja del peso. El capitán da la vuelta como si estuviera contando cabezas, no vaya a ser que la hora de comer infle la caravana con un pasajero no invitado.

Preparo nuestra pequeña fogata, esa que alimento con madera fina y viento apenas leído. Alyssra me mira como si cada chispa fuera una criatura mítica. Le paso un trozo de pan y queso salado; se sienta en cuclillas, el cuerpo como un resorte amable, comiendo y mirando alrededor con avidez de cachorra. De pronto, sus ojos se fijan en un caballo. Se levanta, deja el pan en su rodilla, se acerca.

—Al —me llama sin gritar—. Casco… feo.

Me da un vuelco leve el pecho. La sigo. Señala el casco con la seriedad de un juez. Está gastado en un borde, y la herradura muestra una fisura que yo quizá hubiera visto más tarde. Llamo al carretero. El hombre resopla, va a revisarlo, chasquea la lengua, me mira con un “gracias” que no quiere verbalizar por orgullo. Le guiño a Alyssra.

—Útil —digo.

—Útil —repite, y se queda mirando cómo cambian la herradura. Observa. Aprende por mirar, como quien roba un sabor con los ojos.

Para justificar que no todo es útil —y porque me divierte—, repito otro de mis dogmas falsos:

—Si ves un pato mirarte fijo, mira una nube. Los patos odian perder.

—Patos… orgullosos —dice, muy seria.

—Y nunca confíes en una silla coja —añado.

—Porque… filósofo —contesta sin parpadear, y casi me atraganto con el agua.

Nos reímos. No del chiste, sino del eco del chiste volviendo a nosotros. Uno de los guardias se nos queda mirando con una sonrisa en los labios, como quien ve a un padre con su hija… y aparta la vista por pudor. Alyssra me mira de reojo, como si hubiera leído en su gesto algo que no sabe nombrar, y pronuncia muy bajito:

—Al… rojo.

No necesito preguntarle qué significa. Para ella, yo soy un panel de colores cambiantes: azul brillante cuando enseño con paciencia; rojo cálido cuando me río; gris pálido cuando me encierro en el silencio. A veces me gustaría preguntarle qué soy cuando no soy, cuando mi cabeza se borra a sí misma entre una idea y la siguiente. Pero no le pregunto. Ella no necesita cargar con esa pregunta.

Comemos más. Compartimos una pera deshidratada; insiste en darme el trozo más grande. Yo le devuelvo la mitad. Jugamos un rato a empujar con los dedos los trozos hacia la otra mano como si la mesa fuera tablero. Pierdo a propósito una vez; gana sin darse cuenta.

—Bonita —sentencia, y se chupa el dedo de miel.

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Por la tarde, la caravana vuelve a andar. Me acomodo la bolsa a la espalda y, mientras camino junto al carro que nos toca custodiar hoy, empiezo la lección siguiente.

—Cuando llueva, envuelve el filo con tela grasa —le digo—. No tanto por el filo como por el mango. Una mano mojada se resbala más de lo que crees.

—Envuelve. Bonita tela. No mojada —dice, haciendo un sobreentendido que es más dibujo que gramática.

—Para encender fogata con viento, lee el soplo. Mira las hojas y no el humo. Las hojas cuentan la dirección verdadera.

Ella gira la cabeza y escanea. Un mechón le cae sobre la ceja; se lo sopla con un puchero. En vez de ayudarla, espero a que se lo quite sola. Lo logra con una sacudida de su cara diminuta.

—Viento… allá —señala.

—Exacto.

—Al azul —agrega, sin más, y sigue caminando.

A media tarde, cuando las voces se planchan contra el calor y los carros parecen más pesados, hay un crujido más fuerte que los demás. Una rueda de uno de los carros vibra y se ladea; los caballos se encabritan, el carretero lanza una maldición que le sale como un estornudo. Los guardias de adelante ya dan la orden para detener ese tramo. Me acerco; Alyssra me sigue, no por curiosidad, sino por hábito: donde yo, ella.

—¡La rueda! —resopla el carretero—. El eje va a ceder si la seguimos forzando.

Agacho la cabeza bajo el carro, toco la madera, siento el punto donde la tensión está mal distribuida. Podría reforzar con una pequeña runa, temporaria, para que aguante hasta el próximo campamento. Miro alrededor: nadie me presta atención salvo Alyssra, que me observa como si yo estuviera a punto de contarle un secreto.

—Dame tu cuchillo, por favor —le digo. Me lo entrega al instante, sin preguntar para qué. Marco dos líneas discretas y dibujo un patrón de encaje que canalice el peso hacia el borde más sano de la rueda. La runa es mínima, casi invisible; cuando termine el día, el desgaste lo habrá borrado.

—Prueba ahora —le digo al carretero.

Empuja el carro apenas. La rueda gira sin el chillido de antes. El hombre me mira con recelo, con ese respeto desconfianzudo hacia lo que no entiende pero lo beneficia. Asiente y escupe a un lado para equilibrar su masculinidad con su gratitud.

—Gracias —dice, y sigue.

Alyssra me tira de la capa. No fuerte. Apenas una pregunta.

—Al… ¿yo aprender… cosas así?

—Cuando sepas distinguir cuándo arreglar algo y cuándo dejarlo romperse —respondo—. Hay cosas que no merecen arreglos temporales. Hay cosas que se tienen que romper del todo para que valga la pena el reemplazo.

Se queda quieta procesando. Asiente, más por fe que por comprensión. Me mira con la cabeza ladeada, como si con eso pudiera ver mi respuesta desde otro ángulo.

—Al gris… un poquito —susurra.

Le sonrío para cambiarle el color. Funciona. Lo sé, porque el gesto le afloja los hombros.

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En el último tramo de la tarde, cuando la luz ya no es navaja sino manta, repaso vocabulario mientras caminamos. Lo hago como juego, con reglas que invento sobre la marcha.

—Dime tres cosas “bonitas” que no sean comida —le propongo.

—Al —dice, sin dudar.

—No cuenta. Yo soy… “Al”. Busca otra cosa.

Mira alrededor, elige.

—Cielo… bonita. Fuego… bonita. Bastón… bonita —y lo levanta un poco, como si me estuviera enseñando una flor.

—Dime tres cosas que no te gustan.

Aprieta los labios. Piensa. Sus ojos se vuelven hacia atrás, como si rebuscara en un cajón.

—Hambre… fea. Calvo… feo. Pato orgulloso.

Casi tropiezo de la risa.

—Eso último es mi culpa —admito.

—Culpa bonita —dice, y sigue.

Me pide que le enseñe otra palabra. Le gustan las palabras. Le he visto coleccionar algunas como piedritas brillantes. Hoy le enseño “terca”.

—Terca es… obstinada. Como cuando sigues aunque te diga que pares. Como cuando decides que aprenderás aunque nadie te lo pida.

—Yo… terca —dice con un orgullo que le infla los cachetes.

—Sí. Terca bonita. Terquedad bien usada salva vidas.

—Terca… bonita —repite, para adherirlo.

La escucho tararear un ritmo sin melodía. Es el compás de su zancada lenta en las últimas horas. La caravana también tararea. Las lonas golpean, el cuero suspira, los caballos mascullan.

—Al —me llama de pronto—. Si yo… hago magia… grande… y pelo cae… ¿feo?

—Feo —digo serio—. Calvo es feo. La magia grande sin control también.

—Ciento uno… bonita —concluye, hábil como siempre para encontrar un borde cómico.

El chiste nos acompaña un buen rato.

---

La noche cae antes de que lleguemos al claro que el capitán eligió para acampar. La orden tiene la voz gastada de quien ha dicho lo mismo toda la vida. Paramos. Las fogatas brotan como luciérnagas disciplinadas. Huele a leña, a grasa, a cansancio. Encuentro un hueco y lo reclamo con la autoridad de quien tiene una niña pegada al codo que probablemente duerma antes de terminar su cena si la dejo sentada.

—Revisión del día —anuncio como maestro aburrido de escucharse y encantado de su alumno.

—Revisión —repite, con esa gravedad juguetona.

Sacamos el cuenco, lo llenamos con sopa de viaje reforzada con carne de las tiras. Rompo el pan con los dedos; ella se queda mirando la miga como si fuese un mapa. Comemos a la vez. Luego, sin que lo ordene, se sienta con la espalda recta, los muslos cruzados, las manos sobre las rodillas. La pose concentrada que usa cuando sabe que vamos a recontar.

—Carrera —empieza—: dos, más poquito. Cien… feo. Ciento uno… bonita.

—Sentadillas —sigo—: treinta y nueve… que no son cuarenta.

—Planchas… —mueve la boca como si masticara la palabra— feo bonito.

—Magia —aporta—: “Llama pequeña, ven a mi mano: enciende”. Grande feo. Pequeña bonita. Respirar… bonita.

—Bastón —digo—: jomrán bonita.

—Caballo… casco —se acuerda—: útil.

—Rueda —completo—: remiendo temporal.

—Pato orgulloso —dice, y me tiene que ver esconder la cara en la sombra para no escupir la sopa.

En algún momento, mientras enumeramos, alguien del carro vecino nos escucha y suelta una risita discreta. El capitán pasa y nos mira de reojo. A veces me pregunto qué historias se cuentan sobre nosotros por las noches, cuando los demás también necesitan inventar cuentos para hacer el camino más llevadero. “El joven con ojos raros que entrena a una niña con disciplina de monje y chistes de borracho”. No suena mal.

—Al —dice ella de pronto, con seriedad nueva—. Yo… hoy fuerte. Mañana… más fuerte.

—Mañana más fuerte —repito, sin teatralidad. Lo digo para mí también.

La observo a la luz de la fogata. La hebra chamuscada ya no se nota tanto; el resto del cabello la disimula. Tiene la piel limpia: la hice lavar con agua tibia antes de comer aunque protestó que “no sucia”. Está cansada. Se le nota en los párpados, en el peso de los codos sobre los muslos, en la lentitud con que me devuelve la cuchara. Pero bajo ese cansancio hay un brillo nuevo, una firmeza que no le vi el primer día en la posada de Ars. Allí, su mirada buscaba el suelo. Ahora, me sostiene la mirada y me devuelve, con su vocabulario reducido, la certeza de que entiende el mundo lo suficiente para querer más.

—Alyssra —digo, y hago una pausa. Ella levanta la cabeza por completo; me pone toda su atención en la cara—. Estoy orgulloso.

Parpadea. No entiende la palabra. La dije varias veces en días pasados, pero no la amarró todavía. Me doy cuenta tarde.

—Orgulloso es… —busco—. Cuando ves a alguien que quieres hacer algo difícil, y te gusta tanto que sientes… —la mano quiere hacer un gesto— que creces —termino, mal.

Ella traza el gesto en el aire, copiándome, y lo clava con su traducción.

—Al… grande. Azul grande. Rojo… un poquito.

Asiento. Porque, sí, me siento un poco más grande. Y un poco rojo. Y un poco menos gris.

Las conversaciones alrededor se vuelven murmullo. Un bebé llora; la madre arrulla con un canto que no conozco. Un perro —de esos que siempre aparecen desde no sé dónde en cada campamento— ladra dos veces y se echa. Enciendo una pequeña esfera de luz encima de nosotros para remendar el hueco de la noche que la fogata no alcanza. Alyssra la mira con devoción, pero no con el hambre de “muéstrame magia” que veía antes en otros niños. La mira con el hambre de “yo también podré” que viene de otro sitio.

—Duerme —le digo. No lo ordeno; lo propongo, como si le ofreciera un trato.

Se arropa. Duda medio segundo. Se arrastra un poco y apoya la coronilla en mi muslo, como lo ha hecho en las noches en que la fatiga le adelanta al sueño. No se pega; no me abraza. Justo la confianza que acepta mi calor sin exigírmelo.

—Al… —murmura. Los ojos ya casi cerrados—. Bonita.

No le pregunto qué es bonita: la noche, la sopa, el día, la llama, jomrán, mi risa, el color que me asigna cuando no le miento. Tal vez todo.

Le paso los dedos por el mechón para apartárselo de la cara, lo justo para que respire sin cosquillas. Me quedo sentado, espalda contra la rueda, escuchando el coro de resuellos, el crepitar, las conversaciones que lentamente se apagan. Pienso en lo ingenuo que sería decir que el mundo está bien solo porque ella ahora come carne con miel y puede dormir en paz. No está bien. Yo lo sé; lo he visto. Y, sin embargo, hoy fue un día bueno. Repetitivo, predecible, nuestro.

Mi cabeza quiere correr hacia listas y planes: Delarus está cerca; tendremos que decidir ruta a la Cordillera del Wyrm Rojo; revisar recursos; ajustar encargo; practicar “Escudo de Agua” hasta que ella pueda sostenerlo con un suspiro. La cabeza corre. La conversación con Hespar —ese gruñón con manos de artesano— vuelve sin que lo invite: su mirada cuando me vio salir de Ars con otra persona al lado. El mercado negro, Gaius, la subasta, el precio que no se paga con monedas. Todo se amontona en un segundo y me tapiza el interior con pensamientos que no suman.

Siento el peso liviano de su cabeza y, sin forzarme, vuelvo al presente. A mi mano en su cabello, al latido que se acompasa con su respiración, al bosque que hace ruidos de bosque. Azul. Rojo. Nada de gris.

Me prometo una cosa pequeña: mañana repetiré el chiste de las cien repeticiones con una variación para hacerla reír antes de la carrera. Le diré que si hace exactamente 100, también vendrán patos filósofos a darle discursos. Me verá serio y fingirá creerme y luego se reirá y dirá “pato orgulloso”.

Me río en silencio. Cierro los ojos apenas. Dejo la luz suspendida encima, un brillo tierno, como una estrella perezosa vigilando. La campana del capitán da un toquecito leve —una señal de ronda completada— y, por una vez, siento que el mundo me deja estar quieto en él.

Alyssra suspira, y el suspiro me calienta la tela de los pantalones donde descansa. Me susurra algo, entre dormida y niña:

—Al… colores… bonitos.

No contesto en voz alta. Porque no sé cómo se dice “gracias” en el idioma de quien ve el alma en colores. Pero le aprieto apenas el cabello, con la esperanza de que entienda el gesto.

Mañana repetiremos. Madrugar, correr, el “cien” prohibido, el pan con miel, la chispa que será un poco más dócil que hoy, el bastón que vibrará un poco menos, el “jomrán” que ya es una seña privada, las lecciones útiles y las inútiles que sin embargo la enseñan a reír, el caballo y su casco, la rueda que no conviene arreglar dos veces. Y, entre medio, cosas que no sé todavía: pequeñas variaciones de ruta, voces nuevas, miradas que pesan, ofertas de trabajo que quizá valga la pena o no. Todo eso. Pero lo importante es que cuando diga “arriba, Alyssra”, ella abrirá un ojo y dirá “¿bonita mañana?” y el día tendrá su forma.

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