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Chapter 51 - capítulo 51

Capítulo 51 - Preparativos.

La luz de la mañana se filtraba a través de las cortinas de mi habitación, proyectando franjas doradas sobre la mesa donde había extendido una lista a medio escribir. Tenía más tachaduras que líneas legibles, pero era mi guía para no olvidar nada antes de partir.

Saqué una pluma, mojé la punta en tinta y repasé cada punto en silencio.

—Mapas… revisados. Herramientas de encantamiento… en la caja. Pociones… —hice una pausa, frunciendo el ceño—. Maldita sea, me falta una de regeneración rápida.

Mientras pensaba si debía fabricarla yo mismo o comprarla, la puerta se abrió sin llamar.

—¿Ya revisaste si llevas muda suficiente o vas a andar por Ars con las mismas ropas de siempre? —Mela se apoyó en el marco con una sonrisa que no parecía una sonrisa.

—Mela, son ropas encantadas, resisten más que yo.

—Sí, sí… y seguro en la capital te dirán que te ves “misterioso y exótico” —dijo, con tono seco—. Aunque yo digo que te terminarás metiendo debajo de la falda de alguna "mujercita" de la capital.

—Claro, es lo único que me preocupa… —respondí con sarcasmo, volviendo a la lista.

Ella entró, tomó el papel y lo miró por encima.

—¿Dragones, runas, pociones? Esto no parece lista de viaje, parece receta para meterte en problemas.

—Depende del punto de vista. —Sonreí mientras le arrebataba la hoja—. Si vuelvo con un dragón domesticado, podrías presumirlo como mascota.

—Sí, hasta que te lo confisquen por “motivos de seguridad pública” —negó con la cabeza, saliendo de la habitación.

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Bajé al patio para encontrarme con Max, mi lagarto de seis ojos, que descansaba al sol como si el mundo no tuviera problemas. Su piel, moteada de tonos verdes y grises, brillaba con cada rayo de luz.

—Escucha, compañero —me agaché a su lado—. No puedo llevarte a Ars.

Max abrió un ojo, luego el otro, como si esperara una broma.

—No es que no quiera, pero eres… técnicamente, una especie de monstruo. Y la capital tiene reglas estrictas con criaturas no domesticadas oficialmente.

Él soltó un sonido bajo, mezcla de gruñido y resoplido. Era casi una queja.

—No me mires así. Te dejaré a cargo del patio. Y no comas los cristales de maná… otra vez.

Su mirada, llena de desdén, me siguió mientras me alejaba. Pelusa, la pantera, apareció entonces, caminando con la elegancia que la caracterizaba. Me observó fijo, luego soltó un leve bufido.

—¿También quieres algo?

Se acercó y empujó mi pierna con la cabeza, mirándome como si pudiera entenderla.

—¿Recuerdos? ¿De la capital? —pregunté, sonriendo. Ella agitó la cola, confirmando mis sospechas—. Está bien, algo brillante para ti.

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Antes de partir, debía visitar el gremio de aventureros. El aire dentro del edificio estaba impregnado de olor a cuero y metal, con el ruido constante de botas y voces mezclándose en un caos familiar. Me acerqué al mostrador, donde el recepcionista hojeaba unos papeles.

—Ah, Dragonroad. Ya tengo los resultados de tu última misión.

Me entregó una placa renovada, con un brillo metálico y una letra grabada más intrincada: rango A.

—Impresionante para tu edad… y en solitario, además. Pero recuerda, el rango viene con responsabilidades. Misiones más peligrosas y más atención sobre ti.

Asentí. No necesitaba que me lo recordara; ya había sentido ese peso antes.

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El mercado de Delarus estaba en su máximo apogeo. Puestos de telas, especias y armas competían por llamar la atención de los transeúntes. Me detuve en un tenderete especializado en ingredientes raros. El vendedor, un hombre de barba canosa, me mostró una caja con cristales de maná color azul claro.

—Extraídos del norte, señor. Pureza garantizada.

—Cinco de estos y tres raíces de selphia —pedí.

Mientras guardaba las compras, noté que las calles de Delarus eran un reflejo de su posición estratégica: mercaderes de Fittoa, emisarios de Ars y caravanas de paso hacia Notos. Una intersección viva entre culturas.

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De regreso a casa, encontré a mi madre esperándome en la sala.

—En la capital, las alianzas políticas son como el clima: cambian rápido y pueden ahogarte si no prestas atención.

—Lo tendré en cuenta.

—Y recuerda —añadió con una sonrisa—, a veces ayudar a la persona correcta trae más beneficios que cualquier misión de rango A.

Antes de que pudiera responder, mi padre apareció cargando una caja. Dentro, una herramienta de encantamiento que yo había fabricado para un cliente habitual. El hombre, parado en la entrada, intentaba regatear.

—Mira, muchacho, puedo pagarte la mitad…

—Claro, pero entonces le retiro el encantamiento de estabilidad térmica —respondí sin levantar la vista.

El cliente palideció, luego suspiró y pagó no solo el precio original, sino un extra “por la molestia”.

—Buen negocio —comentó mi padre, sonriendo mientras cerraba la puerta.

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Con la lista casi completa, el día en Delarus llegaba a su fin. Afuera, el cielo adquiría un tono anaranjado mientras la ciudad se preparaba para la noche. Ars me esperaba…

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Amaneció con el canto de las campanas de la iglesia de Delarus, ese sonido hueco que siempre me recordaba que la ciudad despertaba antes que yo. Me vestí con ropa de viaje: chaqueta de cuero reforzada, botas resistentes y una capa ligera con encantamiento de aislamiento. No era lo más elegante, pero en la ruta lo práctico valía más que lo vistoso.

En la cocina, el olor a pan recién horneado me recibió antes que la voz de mi madre.

—Antes de que te vayas, hay algo que debo darte —dijo, colocando un sobre lacrado sobre la mesa.

Lo tomé y vi el sello azul con forma de gota.

—¿La sede del estilo del dios del agua? —pregunté.

—Exacto. Está dirigida al actual “dios del agua”. —Me miró con una mezcla de orgullo y seriedad—. Es un viejo conocido. Si pasas por el dojo, quizá puedas pulir tu esgrima.

Asentí. Era un regalo valioso; el acceso a maestros de ese calibre no se daba todos los días.

Mi padre entró entonces, cargando una bolsa de cuero pesada. El tintineo metálico no dejaba lugar a dudas.

—Monedas de oro, para gastos grandes —dijo, dejándola frente a mí—. Y mapas. —Desplegó varios pergaminos sobre la mesa, con rutas marcadas en tinta roja—. Aquí está la entrada principal a Ars, las zonas comerciales y los barrios donde no deberías poner un pie, a menos que busques problemas.

—Gracias —respondí, enrollando los mapas con cuidado.

Nos miramos un instante en silencio. Siempre había sido así: él me apoyaba sin adornos, pero sus gestos decían más que cualquier discurso.

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La caravana con la que viajaría esperaba en la plaza central. Había tres carruajes grandes, cargados de mercancías, y una docena de caballos ensillados. Comerciantes, ayudantes y un par de aventureros se preparaban para la salida.

El maestro de caravana, un hombre ancho con barba trenzada, hizo un conteo rápido antes de dar la orden. Me ubiqué en el segundo carruaje, junto a las cajas de provisiones.

A medida que nos alejábamos de Delarus, las murallas quedaban atrás, y con ellas la rutina conocida. El paisaje inicial era una sucesión de campos cultivados y pequeñas aldeas, donde los niños corrían tras la caravana para pedir golosinas o noticias.

A la hora de descanso, un joven se acercó con un cuaderno bajo el brazo.

—¿Tú eres Alerion Dragonroad? —preguntó, un poco tímido.

—Depende de quién lo pregunte.

—Soy Lener, cartógrafo en formación. Trabajo para el señor Dufres, el comerciante del primer carruaje. —Se señaló a sí mismo con cierta formalidad—. Escuché que has viajado mucho y… bueno, siempre estoy buscando datos nuevos para mis mapas.

Me encogí de hombros.

—Si tienes preguntas, pregunta. Pero no garantizo que todas mis rutas sean… seguras.

Durante el almuerzo, Lener y yo intercambiamos información: rutas con menos impuestos, aldeas donde se podían conseguir suministros raros, y advertencias sobre zonas infestadas de bestias mágicas. Su cuaderno pronto estaba lleno de anotaciones rápidas.

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No habíamos avanzado más de un par de jornadas cuando llegó el primer contratiempo. Desde una loma cercana, un grupo de bandidos apareció gritando, armados con espadas oxidadas y arcos.

—¡Rápido, protejan la carga! —rugió el maestro de caravana.

Me adelanté, evaluando el terreno. No eran muchos, pero el problema estaba en que bloqueaban el paso por el camino estrecho. Decidí probar una idea que llevaba tiempo trabajando: una variante de mi magia de salto.

Concentré el maná, fijé la posición de dos de los bandidos más cercanos y liberé el hechizo. Un destello azul los envolvió y, en un abrir y cerrar de ojos, se encontraron tres metros más abajo, en un lodazal junto al camino. Sus gritos indignados se mezclaron con las carcajadas de los mercaderes.

Intenté con un tercero, pero esta vez el cálculo falló: su espada quedó en el suelo, mientras él apareció con las manos vacías al otro lado del sendero. Era un recordatorio claro: a más de cinco metros, la magia de salto era… impredecible.

El resto del grupo, viendo el desastre, huyó sin mirar atrás.

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La ruta hacia el sureste nos llevó a través de bosques de pinos y colinas suaves. Cada atardecer, el cielo se teñía de un rojo intenso, como si el horizonte estuviera ardiendo. Una noche, en una posada de un pueblo intermedio, escuché a dos viajeros hablar en voz baja sobre criaturas extrañas vistas cerca de la “mandíbula inferior” de la Cordillera del Wyrm Rojo.

—Dicen que son sombras aladas, más grandes que cualquier wyvern —susurró uno.

—Bah, cuentos para asustar a los niños —respondió el otro, aunque su tono no sonaba tan convencido.

Guardé la información en silencio. Estaba muy lejos de mi ruta actual —más de un mes en carruaje—, pero los rumores tenían la costumbre de tener un grano de verdad.

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Con cada jornada, el paisaje cambiaba. Los caminos se ensanchaban, el flujo de gente aumentaba, y empezaban a aparecer patrullas con el estandarte real: un dragón dorado sobre fondo azul. Era la antesala de Ars.

La capital estaba cerca, y con ella, una etapa completamente nueva.

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El último tramo del viaje fue distinto. Las aldeas se volvían más grandes y ricas, los caminos estaban mejor pavimentados y, a cada hora, pasábamos más comerciantes, nobles y aventureros en dirección a la capital.

Y entonces, al doblar una colina, Ars apareció ante nosotros.

No era solo una ciudad: era un monumento. Murallas tan altas que hacían sombra incluso con el sol en lo alto, y lo bastante anchas como para que cabalgara un pelotón entero por encima. Las puertas principales, reforzadas con metal y grabadas con relieves de dragones y héroes antiguos, se abrían para dejar pasar el incesante flujo de gente.

Los guardias, con armaduras que parecían recién pulidas, revisaban cada carruaje. Su disciplina y la forma en que sus ojos evaluaban a cada persona dejaban claro que entrar a Ars no era un derecho, sino un privilegio.

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Cuando fue mi turno, uno de los guardias tomó mis papeles y revisó el sello del gremio de aventureros.

—Rango A —comentó, arqueando una ceja—. No todos los días vemos uno por aquí tan joven. ¿Motivo de la visita?

—Trabajo y estudio —respondí, con la voz neutra.

El hombre me observó unos segundos más, luego asintió y devolvió mis documentos.

—Bienvenido a Ars, Dragonroad. Mantente en el lado correcto de la ley y no habrá problemas.

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Atravesar las puertas fue como entrar a otro mundo. Las calles principales estaban pavimentadas con piedra gris y flanqueadas por edificios de varios pisos, algunos de madera y otros de ladrillo fino. Carretas cargadas de mercancías, músicos callejeros, vendedores de comida y mensajeros a caballo se mezclaban en un caos que, de alguna forma, funcionaba.

El contraste era evidente: al alejarse de las avenidas, los callejones mostraban barrios más pobres, con casas apretadas y paredes agrietadas. A un lado, perfumes caros; al otro, el olor de pescado viejo y aguas estancadas.

Era la capital del reino, pero también un recordatorio de que incluso aquí, todo era igual.

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Mi primera parada fue la sede del Gremio de Artesanos y Encantadores. El edificio, de piedra clara y puertas dobles de bronce, respiraba autoridad. Dentro, el aire olía a aceite de herramientas y pergamino viejo.

Tras mostrar mi identificación, una recepcionista me condujo a una sala donde un hombre mayor, con gafas diminutas y manos manchadas de tinta, revisó mis credenciales.

—Rango intermedio, eh… —murmuró—. Aquí en Ars, eso significa que puedes aceptar encargos que en provincias serían considerados de alta paga. Si cumples los requisitos, podrás subir a avanzado y acceder a técnicas más exclusivas.

—Eso es lo que busco —dije.

—Entonces te convendrá conocer a algunos de nuestros maestros encantadores. Pero no trabajan gratis —añadió con una sonrisa seca—. Asegúrate de tener la bolsa llena antes de pedirles que te enseñen algo.

Tomé nota mental. Por ahora, no tenía sentido precipitarme; primero debía establecerme y evaluar qué trabajos me convenían.

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Al salir del gremio, me dejé llevar por el bullicio de la zona comercial. Puestos de joyas, tiendas de ropa, talleres de armas… todo competía por llamar la atención. Había mercaderes gritando ofertas, bardos narrando hazañas exageradas y aprendices corriendo con paquetes más grandes que ellos mismos.

Fue entonces cuando un cartel, colgado afuera de un taller de artesanos, me detuvo:

“COMPRAMOS ESCAMAS Y COLMILLOS DE WYVERNS”

No pude evitar sonreír. No decía “dragones”, pero era un recordatorio claro de que, en esta ciudad, las piezas de criaturas mágicas no solo tenían valor, sino demanda constante. Si lograba obtener materiales raros de la Cordillera del Wyrm Rojo, podría financiar más de un año de investigación.

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Mientras el sol se ocultaba y las farolas mágicas empezaban a encenderse, decidí que lo más sensato era buscar una posada. Pregunté a un vendedor de especias y me indicó un lugar decente cerca de la plaza de los gremios: “La Jarcia Plateada”.

La fachada estaba bien cuidada, con un letrero de madera que mostraba una cuerda enrollada en espiral. Dentro, el ambiente era cálido, con mesas de roble y un fuego encendido en la chimenea. Pagué por una habitación para una semana; suficiente para planear mis siguientes movimientos.

Esa noche, recostado en la cama, escuché el murmullo lejano de la ciudad. Ars no dormía. Y yo tampoco pensaba hacerlo mucho: tenía demasiado por hacer.

La capital no era solo un destino intermedio. Era la base desde la cual decidiría si mi camino me llevaría hacia el norte, al oeste o al noroeste… directo hacia el territorio de los dragones.

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