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Chapter 50 - capítulo 50

Capítulo 50 (Preparativos para el Arco de exploración #1)

El sol apenas asomaba sobre los tejados de Delarus cuando me desperté con un largo bostezo. La noche anterior había llegado tarde, recibido por Mela, Max y Pelusa, pero mis padres estaban fuera por trabajo. La casa se sentía igual que siempre… y al mismo tiempo distinta. Tal vez era yo quien había cambiado después de tantos meses en Roa.

Bajé las escaleras con la vaga esperanza de encontrar algo de desayuno ya listo, y ahí estaban: Aelinne y Zakhal, sentados en la sala, hablando en voz baja. El simple hecho de verlos de nuevo hizo que algo en mi pecho se relajara. No importaba cuántas mansiones lujosas visitara, mi hogar era aquí.

—Así que el niño volvió entero —dijo mi padre, con su típica media sonrisa—. Ya es un logro considerando que estabas con los Boreas.

—Oh, vamos… no fue tan malo —respondí—. No hubo problemas serios. Entrené bastante y… conocí gente interesante.

Me senté frente a ellos y resumí mi estancia en Roa: las prácticas con Ghislaine, las aventuras con Eris y Rudy, mi ingreso en el Gremio de Magos y en el Gremio de Artesanos/Encantadores.

—Aquí todo el conocimiento mágico pasa por canales más… privados —explicó Aelinne con una ligera sonrisa—. La política local prefiere tener un control más cerrado sobre lo que se enseña y lo que no.

—En otras palabras, monopolio —murmuré.

Zakhal se rió, pero no contradijo la afirmación.

Entonces les hablé de la esfera negra en Roa, esa anomalía que absorbía maná de forma inquietante. No entré en demasiados detalles, pero sí lo suficiente para que entendieran que no era algo común.

Mi padre se puso serio por un momento.

—El mundo está lleno de cosas como esa. Algunas son inofensivas, otras… no. Lo importante es tratarlas con extrema precaución. Y nunca, nunca asumir que porque no haga nada hoy, no lo hará mañana.

Aelinne intervino, desviando la conversación.

—En Delarus todo ha estado tranquilo. El actual señor de la ciudad mantiene la paz y, de hecho, suele pedirme consejo en asuntos administrativos.

No me sorprendió. Mi madre tenía una habilidad para manejar personas que rozaba lo sobrenatural.

Zakhal asintió.

—Mis negocios marchan bien. Todo completamente legal y en orden —dijo, mirando de reojo a Aelinne con un gesto que no supe si era broma o advertencia.

—Eso suena… sospechoso —comenté, medio sonriendo.

—La sospecha es buena, Alerion —respondió él—. Mantente así y vivirás más tiempo.

Nos quedamos un momento en silencio, con la familiaridad del hogar llenando el ambiente. Después de meses lejos, esta charla sencilla, casi rutinaria, me recordó que antes de seguir explorando, había algo más valioso que cualquier mapa o grimorio: saber dónde siempre podía regresar.

El resto del día lo pasé organizando las cosas que traje de este viaje, según Mela, ya me dejó descansar la noche anterior, y es hora de que organice mi basura o ella la arrojará a la basura.

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Me desperté al día siguiente con la sensación de que algo húmedo y frío me tocaba la cara. Abrí un ojo y ahí estaba Mela, con su expresión de “no voy a dejarte dormir más” y una cuchara llena de agua goteando.

—Arriba, jefe —dijo, antes de volcarme el contenido en la frente.

—…Voy a devolverte esto multiplicado por diez —murmuré, sentándome mientras el agua me bajaba por la nariz.

—Amenazas vacías. Vamos, que tu madre quiere verte en el desayuno —replicó con una sonrisa inocente que no le creía ni un segundo.

Cuando llegué al comedor, Aelinne ya estaba sirviendo té y Zakhal leía algo parecido a un informe. El ambiente olía a pan recién horneado, y mi estómago decidió que podía perdonar la agresión acuática de Mela.

—Ayer me dijiste que habías investigado mucho en Roa —empezó mi madre—. ¿Y ahora qué? ¿Cuál es tu próximo plan?

No lo pensé demasiado.

—Quiero estudiar dragones.

La cuchara de mi padre se detuvo a medio camino.

—¿Dragones…? —repitió, como si estuviera evaluando si lo decía en serio.

—En el gremio de magos de Roa encontré registros que indican que los dragones pueden usar un tipo particular de magia. No sé cuál, pero si es verdad, sería… bueno, increíble. Y quiero verlo por mí mismo.

Aelinne no se sorprendió demasiado.

—Si ese es tu objetivo, espera dos semanas. Será tu cumpleaños número doce. Un buen presagio para empezar algo así. Además, tendrás tiempo para prepararte.

—¿Presagio? —pregunté, arqueando una ceja.

—Las fechas importan más de lo que crees, Alerion —respondió ella con esa sonrisa enigmática que siempre me dejaba más preguntas que respuestas.

Zakhal dejó el informe a un lado.

—Espera unos días. Conseguiré algunos mapas con rutas hacia la Cordillera del Wyrm Rojo y otros puntos importantes. Y, un consejo… —hizo una pausa para mirarme fijamente—. Antes de ir tras dragones, sube tu rango de aventurero a A.

—¿Porqué? —pregunté.

—Si no puedes manejar los problemas que vienen con ese rango, mucho menos podrás acercarte a un dragón y salir vivo —respondió con total seriedad.

Guardé silencio un momento, evaluando sus palabras. Sabía que tenía razón, pero parte de mí quería salir ya y ver qué encontraba. Aun así, me limité a asentir.

—Está bien. Esperaré.

El resto del desayuno transcurrió con conversaciones más ligeras, incluyendo la queja de Mela porque “no me apunto a las cacerías locales” y la insistencia de mi madre en que debía ir con ella a un par de reuniones “para recordar modales en público”.

Si algo me quedaba claro, era que las dos semanas hasta mi cumpleaños no iban a ser tranquilas.

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Pasé los siguientes días inmerso en un mar de mapas, pergaminos y anotaciones.

Zakhal cumplió su palabra y me consiguió información de varias fuentes: rutas de caravanas, senderos usados por aventureros y hasta registros antiguos de comerciantes que alguna vez cruzaron la Cordillera del Wyrm Rojo.

En mi escritorio, los papeles estaban ordenados por zonas:

Ruta norte: más larga, pero con menor riesgo de bandidos.

Ruta este: directa, pero atravesaba regiones donde la fauna incluía bestias mágicas de rango A.

Ruta sur: prácticamente abandonada; los pocos registros mencionaban ataques de criaturas gigantes.

Me concentré en la Cordillera del Wyrm Rojo y sus alrededores. Los informes coincidían en que no era un territorio fijo de dragones, pero sí un área de paso para cazadores solitarios y, a veces, parejas que anidaban en las zonas más altas.

Encontré menciones a dos puntos clave: la Mandíbula Superior y la Mandíbula Inferior, formaciones rocosas que, vistas desde el aire, parecían colmillos de piedra. Según las leyendas, ahí se libraron batallas antiguas contra dragones, y todavía se podían hallar huesos de tamaño monstruoso.

Mi objetivo inicial era claro:

1. Confirmar si los dragones rojos de la zona eran tan inteligentes como decían.

2. Evaluar sus hábitos y su magia.

3. Determinar si eran aptos para la domesticación… aunque esa idea seguía sonando más ambiciosa que realista.

También investigué el clima: inviernos implacables, veranos cortos y vientos fuertes casi todo el año. Un dragón que viviera ahí debía tener una resistencia física impresionante… y probablemente una paciencia limitada con intrusos.

El problema no era encontrar rutas. Era sobrevivir en ellas.

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Tres días después, cerré el último mapa y me recliné en la silla.

La conclusión era evidente: no estaba listo.

A pesar de todo mi entrenamiento, enfrentarme a un dragón adulto en ese momento sería una apuesta demasiado arriesgada. Y si moría, todos esos años de preparación se perderían.

Respiré hondo y cambié el enfoque:

—Primero… equipo.

En el gremio de artesanos sabía que podía fabricar y encantar herramientas con precisión, pero Roa y Delarus tenían recursos limitados. La capital del reino de Asura era otra historia: allí podría encontrar materiales raros, forjas de primera y encantadores dispuestos a compartir técnicas a cambio de un buen precio.

Si todo salía bien, podría salir de la capital con armaduras, armas y talismanes adaptados para mis métodos de combate… y para lo que fuera que me encontrara en las montañas.

La idea me devolvió algo de tranquilidad. No era una retirada, sino un movimiento táctico.

Esa noche, marqué en mi calendario personal:

“Próximo destino: Capital de Asura(Ars)".

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