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Chapter 116 - El susurro de lo divino

Una espada surcaba el aire en el centro de un amplio patio. No había oponente, pero cada corte, preciso y elegante, dibujaba una estela invisible. Era un ataque letal ejecutado sin la menor intención de arrebatar una vida: una danza marcial que no dejaba marca alguna en el aire.

Una delicada mano, de piel traslúcida y blanca como el jade más puro, aferraba la empuñadura con firmeza. Los dedos se tensaron y la fuerza recorrió los hombros, la espalda, el torso y las piernas, hasta enraizar sus pies al suelo.

La figura permanecía inmóvil.

Una suave brisa acariciaba su cuerpo de apariencia frágil, mientras la holgada túnica blanca que lo envolvía evocaba una pureza imperecedera.

Con una inhalación profunda en tres tiempos, su cuerpo alcanzó el límite de la tensión.

Antes de exhalar, cambió la postura. Sujetó la espada con ambas manos y la sostuvo en diagonal, apuntando hacia la tierra.

Con una exhalación de seis tiempos, vació por completo sus pulmones.

En el último hilo de aliento, una voz suave susurró:

—Purfachio.

La espada se movió de nuevo, esta vez a una velocidad casi imperceptible para el ojo humano. Un corte ascendente liberó un rayo de luz tan brillante como el sol; el resplandor surcó el cielo y partió las nubes a kilómetros de distancia.

La figura quedó inmóvil, exhausta, con la respiración agitada. Se sentó en posición de loto y apoyó la espada sobre sus muslos antes de cerrar los ojos. En su mente, comenzó a repetir un mantra para recuperar el sosiego:

"Purga la oscuridad, y guía sus almas,

ante aquellos que no juzgan, solo abrazan".

Poco a poco, su respiración se volvió más tenue hasta fundirse con el entorno. Llegó un punto en que el sonido del viento era más perceptible que su propia existencia.

Aquel era un lugar apartado, casi imposible de alcanzar. Sin embargo, quien lograra llegar contemplaría una belleza inaudita, una belleza casi sacra.

Pero incluso aquellos que más codiciaban esa gracia daban un paso al costado.

No era su belleza lo que la hacía destacar.

Era su fuerza.

Rosya Mereona.

La Santa de la Espada.

El arma más poderosa de la Iglesia.

Mientras Rosya permanecía en calma, los pasillos de la sede eclesiástica eran todo menos tranquilos: pasos apresurados, voces tensas y un constante ajetreo llenaban el ambiente.

En un gran salón ostentoso, decorado con estatuas de oro y murales excéntricos, un grupo de altos dignatarios discutía asuntos de suma importancia.

Alrededor de una gran mesa rectangular, no más de diez personas revisaban pergaminos mientras murmuraban entre sí. Todos vestían túnicas blancas impecables.

Uno de ellos se puso de pie. La sala enmudeció al instante.

Su mirada recorrió a los presentes hasta detenerse en el cabecilla de la reunión. Tras una profunda reverencia, habló:

—Saludos, Su Santidad. Hoy traigo a discusión un asunto de suma importancia: el tesoro de la Cueva Meteorito.

Los presentes asintieron con gravedad, como si el tema ya hubiera sido debatido con anterioridad.

El hombre conocido como Su Santidad respondió con un leve asentimiento. Su expresión, desprovista de toda emoción, parecía perdida en la nada. A pesar de su aspecto centenario —arrugas profundas y un cabello blanco apenas visible bajo un suntuoso sombrero papal cubierto de extraños grabados—, irradiaba una autoridad absoluta.

—¿Están todos de acuerdo en tratar este asunto hoy? —preguntó el Papa.

Tras la aprobación unánime, continuó:

—Bien. Continúe.

—Como sabrán, hace una semana un poder desconocido despertó en la Cueva Meteorito, cerca de Trimbel. Aún no hemos enviado una expedición oficial, pero nuestras fuentes sugieren que no se trata de un simple tesoro natural, sino de…

El hombre vaciló un instante.

—…un objeto divino. Un fragmento de un dios antiguo.

Un silencio pesado cayó sobre la sala.

—¿Qué grado de certeza tiene esa suposición? —preguntó el Papa.

—Un veinte por ciento —respondió el hombre.

Una mujer se levantó de inmediato.

—¡Es demasiado bajo! No podemos movilizar recursos basándonos en una probabilidad tan escasa. Y la mazmorra está por abrirse; reducir nuestras fuerzas ahora sería un error estratégico.

—Comprendo sus dudas —intervino el hombre—, pero esta información proviene directamente del Oráculo.

Un murmullo recorrió la sala.

El Papa volvió a hablar.

—Si proviene del Oráculo… entonces ese veinte por ciento es suficiente. Si realmente se trata de un objeto divino, debemos obtenerlo, incluso si eso implica sacrificar a nuestros mejores guerreros.

Su voz no cambió. Su rostro tampoco.

Pero la sala se volvió más fría.

Algunos asintieron con firmeza. Otros desviaron la mirada.

—Obispo Marsel —ordenó—, seleccione el equipo de avanzada. Si la probabilidad aumenta aunque sea un diez por ciento, envíe también a las fuerzas de choque. Debemos hacernos con ese tesoro.

Uno de los obispos dudó antes de hablar.

—Su Santidad… ¿realmente es tan valioso como para arriesgar a nuestras fuerzas más selectas?

El Papa se incorporó.

Su sola presencia llenó la sala.

—Incluso si tuviéramos que sacrificar a cada miembro de la Iglesia, el esfuerzo valdría la pena. Un objeto divino no es una simple reliquia: es la energía cristalizada de un dios. Bestal obtuvo uno hace siglos, y gracias a él se convirtió en la mayor potencia del continente.

Hizo una pausa breve.

—Si este fragmento es superior… quien lo obtenga dominará estas tierras. Esto no es una búsqueda. Es una carrera por la supremacía.

Otro obispo intervino:

—¿Y si un aventurero de rango Adamantita o un líder de facción lo consigue primero?

El Papa negó lentamente.

—Nadie puede portar algo así sin ser cazado por todas las organizaciones, la realeza y el gremio. Nadie puede enfrentarse al mundo entero.

Su voz se endureció apenas un grado.

—Debemos prepararnos para lo peor.

Silencio.

—La reunión ha concluido.

El Papa recorrió un largo pasillo flanqueado por estatuas hasta llegar a una cámara oculta.

En su interior, un enorme altar se alzaba frente a la estatua de una diosa.

El anciano se arrodilló.

—Mi diosa, Meliora… me postro ante usted para recibir su bendición en esta nueva búsqueda de la divinidad. Guíe a nuestros guerreros en su misión.

El altar vibró.

Un instante después, un grito desgarrador llenó la cámara.

El Papa cayó al suelo, inmóvil.

Durante un breve segundo, una marca oscura apareció en la palma de su mano… y luego desapareció.

Con esfuerzo, volvió a incorporarse y se arrodilló de nuevo.

—Gracias, mi diosa —susurró.

Al salir de la cámara, el silencio era absoluto.

La estatua seguía intacta.

Como si nada hubiera ocurrido.

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Esa misma tarde, un grupo de guerreros con túnicas blancas y doradas abandonó la gran catedral.

Al mismo tiempo, podían apreciarse más y más formaciones partiendo desde Month, todas avanzando hacia un mismo destino.

Aunque lo más llamativo era un bisonte dorado que atravesaba las puertas de la ciudad. Sobre su lomo, un pabellón se alzaba con elegante solemnidad.

Nadie se atrevía a interponerse en su camino. No era por el bisonte en sí, sino por el símbolo grabado en su estandarte…

Fin del capítulo

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