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Chapter 235 - La Culpa del Sobreviviente

El vapor espeso y oscuro ascendía en espirales desde la taza de cerámica descascarada que Sergei Volkhov sostenía entre sus enormes y callosas manos. El aroma áspero del café negro, sin azúcar y molido de forma tosca, llenaba el pequeño cubículo que le servía de habitación. Era temprano, esa hora incierta donde la noche aún se resiste a morir y el amanecer es solo una promesa gris en el horizonte helado. Volkhov le dio un sorbo a la bebida hirviente, dejando que el calor le quemara la garganta, un recordatorio físico y punzante de que estaba vivo, de que había despertado un día más.

Se acercó a la ventana de cristal reforzado de su cuarto y clavó la mirada en el paisaje exterior. Las majestuosas y brutales montañas de Alberta, Canadá, se alzaban como colmillos de hielo contra el cielo plomizo. El viento aullaba, arrastrando ráfagas de nieve en polvo que chocaban contra el fuselaje exterior de la estructura. Volkhov suspiró, un sonido ronco que empañó levemente el vidrio. Por más que observaba ese paisaje imponente, su mente aún se negaba a procesar del todo la absurda y monumental realidad de su refugio.

Estaban en la Base Genbu. Y la Base Genbu no era un búnker subterráneo, ni una instalación militar secreta escondida en una ladera. Estaba incrustada en el interior del caparazón de una tortuga gigante.

Una criatura de proporciones mitológicas, un leviatán de tierra que respiraba, que latía, y cuyo caparazón masivo albergaba corredores de acero, tecnología de punta y habitaciones donde ahora dormían los últimos renegados del mundo. A veces, en el silencio absoluto de la madrugada, Volkhov juraba que podía sentir el pulso lento y tectónico del corazón de la bestia resonando a través del suelo metálico bajo sus botas. Él, un hombre forjado en la brutalidad del mundo real, en la sangre y la pólvora de los conflictos humanos, habitaba ahora en las entrañas de un milagro biológico. Era una idea de no creer. Un caparazón que los separaba del escrutinio del mundo entero.

Volkhov se alejó de la ventana y encendió el pequeño monitor de pared que servía como su único enlace con el exterior. La pantalla parpadeó, sintonizando automáticamente los canales internacionales de noticias. Esperaba ver lo de siempre: discursos políticos vacíos, fluctuaciones en los mercados del bloque oriental, quizás algún reporte de escaramuzas fronterizas. En cambio, lo recibió una voz grave, apresurada y solemne de un presentador de noticias.

Los gráficos en pantalla mostraban el ranking global de seguridad internacional, un índice que las naciones usaban como estandarte de orgullo. Volkhov levantó una ceja. Canadá, el país que los albergaba, el bastión inquebrantable de la tranquilidad norteamericana, ya no era el país más seguro del mundo. Habían caído al segundo lugar.

El primer lugar lo ocupaba un territorio que, hasta hacía apenas unos días, se conocía en los mapas como Noruega. Pero Noruega ya no existía. Las imágenes que el noticiero comenzó a reproducir mostraban un paisaje redibujado por la furia de los dioses. Un país entero, con sus fiordos, ciudades y montañas, había sido alterado a nivel geológico y estructural, rebautizado de la noche a la mañana como "Thorius City". El cambio no había sido político, sino el resultado cataclísmico de un incidente que ya estaba grabado con fuego en la historia de la humanidad.

La pantalla mostró los archivos de video en crudo. El cielo noruego, teñido de un rojo apocalíptico. Y allí, colisionando con una fuerza que hacía temblar la corteza terrestre, estaban los artífices de la destrucción. Por un lado, una aberración escamosa de un tamaño inabarcable, el gran Dragón Thorius de Irlanda, rugiendo llamas que evaporaban lagos enteros, comandado por la figura imponente del Rey Arthur. Por el otro lado, envuelto en un aura de luz cegadora y poder puro, Aurion. El héroe número uno de Japón. El héroe número uno del mundo.

Volkhov observó la colisión en la pantalla. Las ondas de choque derribaban edificios enteros como si fueran castillos de naipes. La escala de poder era simplemente incomprensible, una demostración de fuerza que escapaba a cualquier lógica militar tradicional. Eran deidades colisionando. Y por pura suerte de la humanidad, Aurion había ganado. Thorius City se erigía ahora sobre las cenizas de Noruega, un monumento a la victoria del héroe japonés y una advertencia permanente para el resto del globo.

El gigante ruso apagó el monitor de un manotazo. El silencio regresó a la habitación, pero el eco de esa batalla resonaba en su cabeza. Apuró el resto del café, tomó su pesado abrigo de invierno, su equipo táctico y su rifle de francotirador, y salió de la habitación. Necesitaba aire frío. Necesitaba pisar tierra firme.

Caminó por los pasillos silenciosos de la Base Genbu hasta llegar a la esclusa de salida. Las compuertas se abrieron con un siseo neumático, y el viento helado de Alberta lo golpeó en el rostro como un látigo de hielo. Volkhov cerró los ojos, disfrutando de la crudeza del clima, y se internó en la inmensidad del bosque nevado.

Mientras sus botas crujían sobre la nieve virgen, los pensamientos tácticos reemplazaron su asombro matutino. Estaban vivos, sí. Estaban a salvo en la tortuga, también. Pero todo el grupo, desde Ryuusei hasta la pequeña Aiko, se encontraban viviendo como absolutos ilegales en Canadá. Su existencia allí era un secreto de Estado, mantenido bajo la estricta y precaria protección del Primer Ministro de Canadá, Sterling.

No era un acto de caridad. En el tablero de ajedrez mundial, donde monstruos como el Dragón Colosal o Aurion podían decidir el destino de un país en una tarde, Canadá estaba peligrosamente indefensa. La nación norteamericana no contaba en sus filas con héroes de 4ta generación, ni de 5ta generación, y mucho menos se había producido el milagro biológico de que naciera alguien de la mítica 6ta generación dentro de sus fronteras. Canadá era un gigante de cristal en un mundo de martillos.

Por eso Sterling los ocultaba. El Primer Ministro había impuesto una tarea monumental sobre los hombros del equipo: ellos eran, en las sombras, la última línea de defensa del país. Si alguna calamidad que superara las defensas convencionales tocaba suelo canadiense, ellos tendrían que salir del caparazón de Genbu y derramar su sangre. Todo ese peso monumental caía en ellos, un grupo de parias y mercenarios. Y lo que más le irritaba a Volkhov, lo que le arrancó un gruñido molesto mientras apartaba una rama cubierta de escarcha, era el simple y mundano hecho de que Ryuusei aún no les pagaba.

Volkhov ajustó la correa de su rifle. Debía despejar su mente. Se encontraba en una zona boscosa que, tras revisar cuidadosamente los mapas topográficos y las regulaciones locales, sabía que era una zona de caza permitida, no una reserva ilegal. En su posición, lo último que necesitaba era atraer a los guardabosques de Sterling por cazar en propiedad federal prohibida. Podría meterse en problemas absurdos que pondrían en riesgo a todo el equipo.

Caminó durante casi una hora, el silencio del bosque roto únicamente por el crujido de sus pasos y el viento silbando entre los abetos. El frío le calaba los huesos, y por un momento, la blancura infinita del paisaje canadiense se superpuso con otra blancura, mucho más antigua, mucho más amarga. Mientras buscaba el rastro de un venado entre los troncos oscuros, su mente viajó en el tiempo, arrastrada por la marea implacable de los recuerdos.

Volvió a tener cinco años de edad.

El frío de Alberta se transformó en el frío punzante y miserable de Daguestán, una de las regiones más agrestes, olvidadas y castigadas por la pobreza de toda Rusia, un estigma que el territorio cargaba hasta el día de hoy.

Volkhov recordó la sensación de la madera áspera bajo sus pies descalzos y el olor a leña húmeda. Recordó el día en que su cuerpo cambió. A esa tierna edad de cinco años, su genética había hecho clic. Había despertado sus poderes. No había sido un despertar glorioso digno de un héroe de leyenda; no poseía poderes fantásticos como controlar la tierra, desatar tormentas de nieve o invocar fuego. No tenía habilidades elementales. Simplemente era un niño que, de la noche a la mañana, descubrió que poseía mejoras físicas extraordinarias. Era una 1ra generación pura. Su fuerza se multiplicó, su velocidad superaba a la de los hombres adultos, y sus reacciones eran espantosamente rápidas. Para un niño de cinco años, levantar una mesa de roble con una mano era un juego divertido, una curiosidad inocente.

Pero ese juego de niños sentenció a su sangre. Todo cambió drásticamente a los tres días siguientes.

El recuerdo era tan vívido que Volkhov detuvo su marcha en el bosque canadiense, su respiración formando densas nubes blancas. En su memoria, era de noche en Daguestán. Estaba sentado a la mesa con su familia. Era una cena profundamente humilde, el epítome de la pobreza digna: cuencos de madera con leche tibia y pedazos de pan duro que debían remojar para poder masticar. Su padre estaba sentado a la cabecera; Volkhov aún podía ver sus manos curtidas, llenas de cicatrices por el trabajo físico extremo y mal remunerado que realizaba de sol a sol para mantenerlos vivos. Su madre, una ama de casa de rostro cansado pero de sonrisa perpetua y cálida, repartía el pan. A su lado, sus cuatro hermanos mayores reían y se empujaban, peleando por las migajas.

A pesar de la miseria, a pesar de que el invierno se colaba por las rendijas de las paredes de madera, el pequeño Volkhov de cinco años era inmensamente feliz. Estaba rodeado de su manada. Era un niño profundamente agradecido por esa leche, por ese pan, por la mano de su madre acariciando su cabello.

Pero esa noche, el infierno pateó la puerta de su hogar.

El estruendo de la madera astillándose fue ensordecedor. Fuerzas especiales, hombres vestidos de negro táctico, con el rostro cubierto por pasamontañas y armados con fusiles de asalto, irrumpieron en la pequeña casa de Daguestán. No eran soldados del gobierno actual; eran fanáticos, remanentes de una sombra histórica. Eran personas que aún albergaban en sus pechos la ideología fanática de la vieja Unión Soviética, hombres que no aceptaban el cambio geopolítico, que se negaban a ver morir su imperio. Su plan maestro era desestabilizar el país y asesinar al presidente. Para lograrlo, necesitaban armas que no pudieran ser rastreadas. Buscaban niños recién despertados con poderes, carne fresca y maleable para lavarles el cerebro y convertirlos en la vanguardia de su revolución roja.

El caos fue absoluto. Los gritos de su madre llenaron la pequeña choza. Sus hermanos, instintivamente, intentaron correr hacia la puerta trasera. Los soldados no dudaron. El sonido ensordecedor de los disparos automáticos destrozó la tranquilidad de la cena. El pequeño Volkhov, paralizado por el terror, con el pedazo de pan aún en la mano, vio cómo las balas atravesaban los cuerpos de sus cuatro hermanos, arrojándolos al suelo de tierra como muñecos rotos, la sangre mezclándose con la leche derramada.

Uno de los soldados se abalanzó sobre Volkhov. Su madre, movida por la fuerza primordial y salvaje que solo posee quien ve a su cría amenazada, se interpuso, golpeando al hombre armado con sus puños desnudos. Fue un acto de amor inútil y hermoso. El soldado, enfurecido, sacó su cuchillo táctico y, en un movimiento rápido y brutal, apuñaló el rostro de la mujer. El pequeño Volkhov gritó con todas las fuerzas de sus pulmones al ver cómo a su madre le arrebataban un ojo de cuajo para apartarla de su camino, dejándola caer al suelo en un charco de su propia sangre, agonizando por defenderlo para que no se lo llevaran.

Pero el castigo más dantesco estaba reservado para el patriarca. El padre de Volkhov había agarrado un hacha de leñador y había logrado herir a uno de los intrusos. Como represalia, los soldados lo acorralaron. Ante los ojos horrorizados de un niño de cinco años, rociaron a su padre con combustible para lámparas. Volkhov aún podía escuchar el sonido del fósforo encendiéndose, el rugido inmediato de las llamas devorando la carne de su padre. El hombre fue bañado en fuego, sus gritos de agonía fundiéndose con el crujir de la madera ardiente de la casa, una antorcha humana que se retorcía en el suelo hasta quedar reducida a un montículo de cenizas humeantes y carne carbonizada.

En cuestión de minutos, la felicidad humilde se había convertido en un osario.

De la familia de siete, solo quedaba él, temblando, cubierto con la sangre de su madre. El comandante del escuadrón, un adulto de mirada fría y cicatriz en la mejilla, se acercó al niño, ignorando el olor a muerte de la habitación. Lo agarró por el cuello de su camisa andrajosa y lo levantó del suelo.

—¿Tienes poderes, escoria? —preguntó el hombre, su voz un eco metálico.

El pequeño Volkhov, ahogado en lágrimas, aterrorizado más allá de lo que la mente humana puede procesar, habló. En su ingenuidad, pensó que la verdad podría salvarlo.

—S-sí... —tartamudeó el niño, el llanto cortando sus palabras—. Tengo un poco más de fuerza... corro rápido. Soy una 1ra generación...

El adulto lo miró con desdén y soltó una carcajada cruel. No le creyó. Pensó que un niño sobreviviendo en medio de esa carnicería debía esconder algo más poderoso, alguna anomalía latente. Miró a sus hombres, señaló al niño y dio la orden.

—Golpeen a este mocoso. A ver si es verdad que resiste todo. Si muere, no servía.

Lo tiraron al suelo de tierra manchado de sangre. Y durante dos horas interminables, los soldados patearon, pisotearon y golpearon con las culatas de sus fusiles el pequeño cuerpo de cinco años de Volkhov. Fue una sinfonía de crueldad. Le rompieron costillas, le fracturaron los brazos, destrozaron su piel hasta dejarla irreconocible. Un niño normal habría muerto en los primeros diez minutos por el daño a los órganos internos. Pero Volkhov era de 1ra generación. Sus mejoras físicas rudimentarias no le permitían defenderse, pero su biología se negaba obstinadamente a morir. Su cuerpo absorbía el daño, reparando apenas lo suficiente para mantener su corazón latiendo. Al terminar las dos horas, el comandante asintió, satisfecho de ver al niño aún respirando a través de la masa de carne destrozada. Se lo llevaron arrastrando, un trofeo de guerra para ser entrenado.

La memoria de Volkhov saltó al siguiente infierno: el viaje hacia la base secreta de aquellos locos soviéticos.

Estaba tirado en el suelo de metal helado de la parte trasera de un camión de transporte militar, temblando, envuelto en una oscuridad casi total que olía a diésel y a su propia sangre. Cada bache en la carretera le arrancaba un gemido de dolor agónico. El pequeño Volkhov lloraba. Había visto lo peor que un ser humano podía presenciar. Las imágenes de sus hermanos cayendo, el ojo mutilado de su madre, los alaridos de su padre quemándose vivo, se repetían en un bucle infinito detrás de sus párpados cerrados.

En esa oscuridad, el niño miró hacia el techo de metal del camión y habló con Dios. Le preguntó a la nada si estaba viendo todo lo que acababa de pasar. ¿Estaba Dios en Daguestán esa noche? Y la culpa, una culpa venenosa y corrosiva, comenzó a enraizar en su joven alma. Se preguntó en voz baja por qué había dicho la verdad. ¿Por qué le dijo a ese hombre que tenía poderes? ¿Acaso lo dijo porque, en el fondo de su corazón infantil, no quería terminar masacrado como sus padres o sus hermanos? ¿Acaso su instinto animal y su deseo de sobrevivir eran más grandes y fuertes que el amor puro que sentía por su familia?

Volkhov sollozaba en la penumbra del camión, torturado por el "y si...". Y si mejor hubiera dicho que no tenía poderes. Si hubiera mentido, el destino probablemente habría sido otro. Tal vez le habrían disparado en la cabeza en ese mismo instante, y habría muerto junto a ellos en su hogar, como debía haber sido. Su mente infantil batallaba con la teología del sufrimiento. Porque si Dios realmente existe, pensó el niño de cinco años, es un ser cruel e inoperante, un espectador que no hace absolutamente nada para mandar un rayo divino y matar a esos hombres que masacraron a los inocentes y lo habían raptado.

Pero, al mismo tiempo, en un torbellino de contradicciones que amenazaba con volverlo loco, el pequeño Volkhov cerró los ojos hinchados y le agradeció a ese mismo Dios por dejarlo vivo. Porque, bajo toda la culpa y el horror, la verdad más profunda de su ser era que él no quería morir. Quería seguir respirando, incluso si el aire le quemaba los pulmones rotos.

En la parte trasera de ese camión, Volkhov lloró hasta secarse. Se dio cuenta de que la verdad era irrelevante. Ya no le importaba si debía creer en Dios o no. Si el universo era un mecanismo ciego, o si había un creador sádico mirando. Si el destino quería que pasara esta tragedia abismal, entonces iba a pasar y no había fuerza en la Tierra que pudiera detenerlo. Pero antes de dejar que la inconsciencia se lo llevara, juntó sus manitas rotas en la oscuridad, y con un hilo de voz, rezó una última oración desesperada: que por favor, sus padres y sus hermanos estuvieran juntos en el paraíso, lejos del frío de Daguestán, lejos del fuego, lejos del dolor. Que ellos estuvieran en un lugar con leche tibia y pan infinito.

Ese niño piadoso murió durante los siguientes años.

Así pasaron los años en su cautiverio. Fue sometido a un entrenamiento militar espartano, torturado física y psicológicamente por la facción soviética para ser el asesino perfecto. Descubrieron que sus atributos de 1ra generación no solo lo hacían fuerte y rápido, sino que su coordinación ojo-mano alcanzó niveles inhumanos. Había desarrollado la aterradora habilidad de nunca fallar. Con un cuchillo, con una pistola, con un rifle; si Volkhov ponía el ojo en el objetivo, el objetivo moría. Era una máquina de matar matemática.

Pasaron los meses hasta llegar al clímax del plan de sus captores. Al final, el grandioso grupo con la ideología de la vieja Unión Soviética intentó ejecutar su golpe. Y su plan fracasó miserablemente. Las fuerzas leales al gobierno los emboscaron y todos los líderes cayeron presos, desmantelando la célula terrorista para siempre. Todos cayeron, menos él. Volkhov, aprovechando el caos, usó las mismas habilidades que ellos le habían forjado a base de palizas para desaparecer en las sombras. Había huido, convirtiéndose en un fantasma armado en un mundo de vivos.

Un chasquido de ramas rompiéndose devolvió a Volkhov al presente en el gélido bosque de Alberta.

Dejó de pensar. Empujó a Daguestán, el fuego, la sangre y el camión de vuelta a la bóveda blindada de su mente. Sus ojos se enfocaron. A unos docientos metros, entre los troncos oscuros, se encontraba un ciervo. Era un animal majestuoso, de astas amplias, respirando tranquilo, ajeno a la muerte que acechaba en la nieve.

Volkhov levantó su rifle de francotirador. El movimiento fue fluido, mecánico, sin el menor atisbo de duda. Apoyó la culata contra su hombro, miró a través de la mira telescópica y colocó la retícula en forma de cruz exactamente entre los grandes ojos oscuros del animal. La habilidad de nunca fallar, nacida de los huesos rotos de su infancia, se activó. Exhaló lentamente, dejando que el mundo exterior se redujera únicamente al objetivo.

El gatillo cedió. El estruendo del disparo rompió la calma del bosque, espantando a las aves en kilómetros a la redonda.

A docientos metros, el ciervo se desplomó instantáneamente, muerto antes de que sus rodillas tocaran la nieve. Un tiro perfecto en la cabeza. Limpio. Sin dolor.

Volkhov bajó el arma, colgándosela en la espalda. Caminó a paso tranquilo hacia donde había caído su presa. Al llegar, miró el cuerpo inerte del animal. Suspiró, sacó su cuchillo táctico del cinturón y se arrodilló. Con movimientos precisos y ensayados mil veces a lo largo de su miserable existencia, comenzó a despellejar al ciervo. La sangre caliente le manchó las manos y los antebrazos, un calor fugaz en medio del invierno canadiense.

No sintió lástima por el animal. Era el orden natural. El fuerte sobrevive, el débil alimenta al fuerte. Era la única lección que la vida, y los hombres de negro en Daguestán, le habían enseñado.

Al terminar, Volkhov se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano ensangrentada. Se puso de pie, su enorme figura recortándose contra los árboles. Levantó la vista hacia el cielo gris y opresivo de Alberta, el mismo cielo ciego que había estado sobre Rusia la noche que lo perdió todo. Su rostro, marcado por cicatrices y endurecido por los años, no mostró ninguna emoción mientras pronunciaba las palabras que se habían convertido en su única religión, el mantra de un hombre que sobrevivió al infierno pero perdió su alma en el proceso.

—Que tenga que pasar lo que tenga que pasar.

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