Ficool

Chapter 234 - El evangelio de la derrota

El amanecer en Bruselas no trajo luz, solo un cambio en la paleta de grises. La lluvia que había azotado el muelle de Anderlecht durante la madrugada se había transformado en una llovizna fina, casi vaporosa, que se adhería a la ropa y a la piel como una película de aceite frío.

Elias Van den Berg empujó las pesadas puertas batientes de la División de Crímenes Especiales. Sus botas dejaban un rastro de agua sucia y barro industrial sobre el linóleo desgastado. A su lado, Leo Peeters caminaba con su paraguas plegado, su traje gris inmaculado a pesar de haber pasado la noche a centímetros de la muerte. Ninguno de los dos había hablado en el trayecto de regreso desde el canal. Las palabras parecían inútiles ante la magnitud de lo que habían presenciado: cincuenta y dos almas reducidas a polvo para alimentar la vanidad de los dioses, y la sombra de Ingrid Holst dictando el final de la obra.

La sala de detectives estaba inusualmente silenciosa para ser las siete de la mañana. No se escuchaba el tecleo de las máquinas, ni el zumbido de las cafeteras, ni las risas crueles de Jansen y su grupo. Los escritorios estaban ocupados, sí, pero los oficiales mantenían la cabeza agachada, fingiendo leer expedientes que ya sabían de memoria. Había una tensión eléctrica en el aire, el tipo de silencio que precede a una ejecución.

Elias se dirigió hacia su cubículo. Al llegar, se detuvo en seco.

Su escritorio no estaba.

En el lugar donde debía estar su mesa metálica, sus botellas vacías y sus montañas de archivos clasificados, solo había un espacio vacío en el suelo, marcado por cuatro cuadrados limpios donde antes descansaban las patas del mueble. Incluso la silla había desaparecido.

Leo se detuvo junto a él. Su mirada escaneó el espacio vacío, calculando las implicaciones con la frialdad de un superordenador.

—Limpieza perimetral —murmuró Leo, ajustándose las gafas de alambre—. No solo borran la escena del crimen, Inspector. Borran el receptáculo de la denuncia.

—¡De Vries! —El rugido de Elias sacudió la oficina. Varios detectives se encogieron en sus sillas, pero ninguno se atrevió a mirarlo.

Elias cruzó la sala con zancadas largas y furiosas, abrió la puerta de la oficina del Comisario de una patada que astilló el marco de madera y entró. Leo lo siguió de cerca, cerrando la puerta tras de sí con un clic silencioso.

El Comisario De Vries no estaba contando billetes esta vez. Estaba de pie frente a la ventana, mirando hacia el callejón trasero. Tenía un vaso de agua en la mano, y el cristal temblaba levemente contra su anillo de matrimonio. Sobre su impecable escritorio de caoba, había dos sobres manila gruesos.

—¿Dónde diablos está mi escritorio, De Vries? —escupió Elias, avanzando hasta quedar a un metro del Comisario—. ¿Y dónde está el equipo táctico? Tenemos a cincuenta y dos víctimas en un contenedor de Holst-Global en el muelle de Anderlecht. Tengo el número de serie del contenedor. Tengo a una maldita Generación 5 en la escena. ¡Levanta el teléfono y llama a la corte internacional ahora mismo!

De Vries se giró lentamente. Su rostro, normalmente enrojecido y sudoroso, estaba de un tono blanco sepulcral. Las ojeras bajo sus ojos parecían hematomas. Parecía haber envejecido diez años en una sola noche.

—No hay ningún contenedor, Elias —dijo De Vries, su voz desprovista de su habitual arrogancia. Era un susurro vacío.

—No me vengas con esa mierda. Yo estuve ahí. Peeters estuvo ahí.

—No hubo contenedor —repitió el Comisario, apoyando ambas manos en el escritorio como si sus piernas ya no pudieran sostener su peso—. El muelle de Anderlecht fue recalificado anoche a las tres de la madrugada por el Ministerio de Infraestructura. A las cuatro, una cuadrilla de construcción pavimentó la zona con hormigón de secado rápido para construir los nuevos cimientos de un almacén aduanero. No hay acero. No hay cadáveres secos. No hay nada más que una plancha de cemento industrial de tres metros de grosor.

Elias sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Miró a Leo, pero el enano no mostraba sorpresa; ya había previsto este resultado.

—¿Los pavimentaron? —La voz de Elias se quebró, la furia dejando paso al horror absoluto—. ¿Vertieron cemento sobre cincuenta y dos personas? ¡Había uno que seguía vivo hace un par de horas, maldita sea!

—¡No había nadie! —gritó De Vries de repente, golpeando el escritorio con el puño. Sus ojos se llenaron de lágrimas de terror y humillación—. ¡Entiéndelo, Van den Berg! Recibí una llamada a las tres y cuarto. No fue del alcalde. No fue del Ministro de Justicia. Fue de la oficina privada de Klaus Holst.

El nombre cayó en la habitación como una bomba de plomo. Elias se quedó paralizado.

—Klaus Holst no llama a comisarías de distrito —dijo Leo, rompiendo su silencio, su voz grave resonando en la oficina—. Eso implica que la operación de cosecha de su hija era de extrema prioridad. Y que nosotros éramos un riesgo inaceptable.

De Vries asintió frenéticamente, secándose el sudor de la frente con la manga de su camisa. —El asistente del señor Holst fue muy claro. Me dijo que el muelle necesitaba... "renovación". Me felicitó por el buen trabajo de la División de Crímenes Especiales, y sugirió amablemente que el Inspector Van den Berg y su nuevo compañero podrían sufrir... "estrés postraumático severo" si continuaban trabajando en la zona sur de la ciudad.

El Comisario señaló los dos sobres manila sobre el escritorio.

—Mi escritorio... —murmuró Elias.

—Lo mandé al incinerador del sótano hace una hora —confesó De Vries, bajando la mirada—. Con todos tus cuadernos, tus notas y las copias de seguridad de las cámaras de tráfico. Si Holst pide limpieza, yo tengo que entregarle la lejía. Adentro de esos sobres hay cincuenta mil euros para cada uno. Dinero limpio, transferido desde una cuenta en las Islas Caimán a nombre de la Fundación Benéfica Holst. Es un subsidio por riesgo laboral.

Elias miró el sobre. Cincuenta mil euros. Era el precio de cincuenta y dos vidas. Menos de mil euros por alma. Era la compra del silencio más obscena que había visto en su vida, y en Bélgica, la competencia por la obscenidad era feroz.

La bilis subió por la garganta de Elias. Agarró el sobre, sintiendo el peso del papel moneda. Por un segundo, la idea de sacar su revólver y volarle la cabeza a De Vries cruzó su mente con una claridad embriagadora. Podría matarlo, tomar el dinero, huir a Sudamérica y beber hasta morir en una playa.

Pero antes de que pudiera ceder a la locura, sintió un dolor agudo en el pecho.

Elias se encorvó, soltando el sobre, y se llevó la mano al corazón. No era un infarto. Era una punzada fría, eléctrica, que se extendía por sus costillas como si hilos de cristal estuvieran creciendo debajo de su piel. Era la firma biológica de la 5ta generación. El residuo del aura de Ingrid Holst. Ella le había dejado una pequeña cicatriz invisible en su sistema nervioso durante su encuentro en el contenedor, un recordatorio físico de su propiedad sobre su vida. Soy la dueña de tus latidos, parecía decirle el dolor.

—Elias... —De Vries dio un paso atrás, asustado—. Toma el dinero. Tómalo y vete a casa. Cierra el expediente.

Leo caminó tranquilamente hacia el escritorio. Sus pequeñas manos tomaron ambos sobres manila. Con una precisión clínica, abrió el suyo, verificó los billetes, y luego recogió el de Elias.

—Aceptamos la donación de la Fundación Holst, Comisario —dijo Leo, su tono tan cortés que resultaba venenoso—. El Inspector Van den Berg y yo comprendemos perfectamente la nueva topografía del muelle de Anderlecht. Un excelente lugar para construir. Que tenga un buen día.

Leo agarró la manga de la gabardina de Elias, tirando de él hacia la puerta. Elias seguía respirando con dificultad por el dolor fantasma, pero se dejó guiar. Salieron de la oficina, cruzaron la sala de detectives bajo la mirada silenciosa de los demás, y salieron de la comisaría hacia la lluvia incesante de Bruselas.

El caso no estaba cerrado. Estaba enterrado bajo toneladas de cemento. Y los asesinos estaban celebrándolo en un rascacielos.

Esa noche, el apartamento de Elias era una tumba.

Estaba sentado en el suelo de su sala, con la espalda apoyada contra el sofá mugriento. La única luz provenía de la ventana, donde el gigantesco letrero de neón rojo de "Holst-Global" parpadeaba en la niebla, proyectando sombras sangrientas sobre las paredes vacías.

Tenía una botella de whisky barato a su lado, medio vacía, y su revólver desarmado sobre sus rodillas. Estaba limpiando las piezas metálicas con un trapo aceitoso. Lo hacía metódicamente, buscando en el ritual mecánico algo de cordura.

El dolor fantasma en su pecho había disminuido, pero no había desaparecido. Era como tener una astilla de hielo clavada cerca del corazón. Sabía lo que era. Había leído informes médicos clasificados sobre los supervivientes a encuentros con la 5ta y 6ta generación. Lo llamaban "Resonancia Traumática". Las habilidades de alteración de la realidad o de conexión simbiótica de estos seres eran tan abrumadoras que el cuerpo humano normal no podía procesarlas sin sufrir un cortocircuito.

Elias sabía que, a partir de ahora, cada vez que Ingrid Holst estuviera en la ciudad, cada vez que ella usara su poder en algún lugar, él lo sentiría. Lo habían convertido en una antena de radio para la crueldad.

Levantó la vista hacia el letrero de neón.

—Me quitasteis a Sarah —susurró Elias al aire vacío—. Y ahora queréis que respire cuando vosotros me deis permiso.

El nihilismo que lo había protegido durante siete años se había fracturado. En la película Se7en, el detective Somerset dice que el mundo es un buen lugar por el que vale la pena luchar, y luego admite que solo está de acuerdo con la segunda parte. Elias ni siquiera creía en la segunda parte. Bélgica no valía la pena. Los Puros no valían la pena. Todos eran un rebaño marchando al matadero.

Pero el recuerdo del hombre en el contenedor, el mecánico que había rasgado el metal con sus uñas mientras sus órganos se volvían polvo, se negó a desvanecerse. El hombre no había escrito el nombre de su asesina pidiendo justicia; lo había escrito para arruinarle la vida a la mujer que se la estaba quitando. Era un acto final de puro rencor humano.

Elias ensambló el tambor del revólver con un chasquido seco. Lo cargó con seis balas de punta hueca, giró el cilindro y lo guardó en su funda. No iba a dispararle a Klaus Holst. No era estúpido. Pero iba a estar listo para el día en que los dioses sangraran.

Su teléfono desechable, el que estaba sobre la mesa de la cocina, vibró.

Elias se levantó pesadamente, agarró el teléfono y leyó el mensaje.

"Diner de San Gery. Quince minutos. Trae tu mente, deja tu hígado."

Era Leo.

El Diner de San Gery era una cafetería decadente abierta las veinticuatro horas, un lugar donde los taxistas con insomnio y las prostitutas de bajo nivel se refugiaban de la lluvia. El café sabía a agua de batería y las luces fluorescentes emitían un zumbido de mosquito constante.

Elias empujó la puerta de cristal, haciendo sonar la campanilla desafinada. Vio a Leo sentado en una de las cabinas del fondo, la más alejada de las ventanas. El enano estaba sentado sobre su maletín de aluminio para alcanzar la altura adecuada en la mesa. Frente a él había una taza de té negro intacta y una computadora portátil blindada, de grado militar.

Elias se dejó caer en el asiento de vinilo rojo frente a él, suspirando pesadamente. El camarero se acercó, dejó una taza de café negro sin preguntar, y se retiró rápidamente.

—No sé qué estamos haciendo aquí, Peeters —dijo Elias, frotándose la barba—. No hay caso. De Vries destruyó mis notas y el muelle es ahora una pista de aterrizaje para gaviotas. Se acabó. Ganaron.

Leo no levantó la vista de la pantalla. Sus pequeños dedos tecleaban a una velocidad vertiginosa.

—Ellos ganaron la escaramuza física, Inspector. Eso era inevitable. Las reglas de la biología están de su lado —dijo Leo, deteniendo sus manos y cerrando la computadora portátil con un movimiento seco—. Pero la guerra logística acaba de empezar.

Leo deslizó por la mesa un pequeño disco duro externo, no más grande que una caja de cerillas. Elias lo miró sin tocarlo.

—¿Qué es esto?

—Es el "Archivo Muerto". O como lo he bautizado en mi servidor encriptado: Protocolo H. —Leo se ajustó las gafas, sus ojos azules fijos en los de Elias—. Mientras De Vries incineraba su escritorio, yo estaba subiendo las fotografías en alta resolución del contenedor, de la máquina extractora y de la firma de Ingrid Holst a una red de servidores fragmentados en la Dark Web, rebotando la señal a través de satélites inactivos rusos. Ni siquiera los analistas corporativos de Holst-Global pueden rastrearlo.

Elias abrió mucho los ojos. —¿Tienes las fotos? ¿Y de qué nos sirve eso si ningún juez en Europa las va a aceptar?

—No es para los jueces, Elias. Es para los monstruos. —Leo tomó un sorbo de su té frío—. He pasado el último día cruzando los números de serie de las máquinas que fotografié en el contenedor con las importaciones aduaneras de la Fundación Holst. El cilindro de condensación vital no fue fabricado aquí. Fue importado de los clanes farmacéuticos de la 4ta Generación en Asia.

Leo se inclinó ligeramente hacia adelante.

—Están acumulando vitalidad humana pura, Elias. Cientos de contenedores como ese deben existir en toda Europa. Pero la cantidad de "elixir" que están extrayendo no es para uso personal. No es para que los ricos vivan más. Están almacenando combustible. La firma molecular del suero es tan volátil que, si se inyecta en alguien de la 1ra o 2da generación... podría forzar una evolución genética.

Elias sintió que el aire se volvía más pesado. —¿Estás diciendo que los Holst están intentando crear una generación artificial? ¿Armas biológicas?

—Estoy diciendo que los dioses tienen miedo de perder su lugar en el cielo, y están construyendo un arsenal —corrigió Leo—. Esta información vale miles de millones, y también es nuestra sentencia de muerte. Pero es nuestra única moneda de cambio. Si alguna vez encontramos a alguien con el poder suficiente para enfrentar a la Dinastía Holst, alguien que necesite destruir su imperio... nosotros tendremos los planos estructurales para hacerlo caer.

Elias miró el pequeño disco duro. Era el equivalente digital de la caja de Pandora. Si Klaus Holst supiera que ese objeto existía, la ciudad entera sería arrasada. Y, sin embargo, Elias sonrió. Fue una sonrisa triste, rota y cínica, pero era la primera sonrisa real en siete años.

—Así que vamos a ser archiveros del apocalipsis —dijo Elias, guardando el disco duro en el bolsillo interior de su gabardina, justo sobre el pecho, donde aún latía el dolor fantasma de Ingrid.

—Vamos a ser los ojos del abismo, Inspector. Jugaremos el papel que De Vries y el sistema nos han asignado. Seremos los detectives fracasados, borrachos e inútiles de la División Especial. Firmaremos sus papeles falsos, limpiaremos sus escenas del crimen y aceptaremos su dinero de soborno. Los dejaremos creer que nos han domado.

Leo extendió su pequeña mano sobre la mesa.

—Y mientras ellos miran hacia las estrellas para pelear contra otros dioses, nosotros seremos las termitas pudriendo los cimientos de su castillo. Cuando el edificio caiga, nos aseguraremos de que los Holst estén en el último piso.

Elias miró la mano de Leo. Ya no vio a un enano. Vio a la mente más peligrosa de Bruselas. Un hombre que había tomado el trauma absoluto y lo había convertido en un arma matemática.

El gigante extendió su mano masiva y envolvió la de Leo en un firme apretón.

—Trato hecho, compañero. Brindemos por la derrota de hoy.

Afuera del Diner de San Gery, la lluvia seguía lavando la suciedad de las calles, empujando la basura hacia las alcantarillas atascadas.

Apostado al otro lado de la calle, bajo la sombra proyectada por un edificio de oficinas abandonado, había un sedán negro de vidrios polarizados. El motor estaba apagado, pero el interior conservaba el calor.

En el asiento trasero, un joven de 19 años observaba la fachada iluminada de la cafetería. Su rostro, iluminado tenuemente por la luz de una tableta digital, era pálido, afilado, y poseía una calma impropia de alguien de su edad. Vestía una chaqueta oscura sobre una camisa abotonada hasta el cuello. No había insignias corporativas en él, ni el aura arrogante de las Generaciones. Era un humano Puro.

Vance.

A través de la ventana mojada de la cafetería, Vance podía ver claramente al Inspector Van den Berg, una montaña de músculo y alcoholismo, dándole la mano a Leo Peeters, el prodigio de bolsillo de la policía.

Vance deslizó el dedo por la pantalla de su tableta. Tenía abiertos los perfiles psicológicos, financieros y policiales de ambos detectives. Había hackeado los servidores de De Vries horas antes de que este borrara los archivos, solo por diversión. Había leído el informe preliminar sobre el contenedor en Anderlecht y sabía exactamente lo que la familia Holst había intentado ocultar.

El joven abogado esbozó una sonrisa lenta, una sonrisa que no llegó a sus ojos, tan negros y profundos como un abismo sin fondo.

El gigante roto y el arquitecto microscópico, pensó Vance. Sobrevivieron a la vista de Ingrid Holst. Eso es estadísticamente fascinante.

Vance apagó la pantalla de su tableta. Su mente, forjada en la oscuridad de la "Sagrada Purga" y afilada en las mejores escuelas de leyes subterráneas de Europa, ya estaba calculando las trayectorias de los próximos diez años.

Él sabía que la guerra contra las Generaciones Superiores no se iba a ganar con misiles ni con ejércitos de resistencia Puros. Las sectas de lunáticos que veneraban a los asesinos en los graneros no entendían el juego. Para matar a un rey como Ryuusei o a un emperador de la 6ta generación, no atacas el trono. Destruyes las leyes que sostienen el trono. Creas precedentes. Orquestas el odio público.

Y para mover esas piezas legales, Vance iba a necesitar sabuesos. Perros que no temieran caminar por el infierno, que odiaran a los dioses tanto como él, pero que estuvieran lo suficientemente marginados por el sistema como para ser desechables si las cosas salían mal.

Elias y Leo eran perfectos. Eran hombres envenenados por el rencor, y Vance sabía cómo administrar ese veneno. No se acercaría a ellos todavía. Dejaría que se cocinaran en su propio odio, que recolectaran información y que se creyeran los dueños de su pequeño Protocolo secreto. Y, cuando el momento adecuado llegara, cuando la caída de los ídolos fuera inminente, Vance aparecería en la División de Crímenes Especiales, no como un enemigo, sino como un impecable asesor legal enviado por el Ministerio de Justicia. Sería su aliado. Su salvador.

Y luego, los usaría para desatar el caos.

Vance levantó un pequeño comunicador hacia sus labios.

—Inicien el Protocolo de Seguimiento Pasivo para los sujetos de la División Especial de Bruselas —ordenó, con una voz suave pero carente de cualquier calor humano—. Que vivan su vida. Que resuelvan sus casos inútiles. Pero quiero saber qué comen, qué respiran y qué sueñan. No interfieran. Estos dos... van a ser muy valiosos para nuestro juicio final.

El chófer en el asiento delantero asintió en silencio y encendió el motor del sedán.

El vehículo negro se alejó lentamente por la calle adoquinada, deslizándose entre las sombras y el neón sangriento de la ciudad, dejando atrás la cafetería donde los dos detectives terminaban su café amargo.

El caso del contenedor estaba cerrado, pero los archivos del dolor recién comenzaban a abrirse. En Bélgica, la ley había muerto hacía mucho tiempo, y lo que caminaba en su lugar en la oscuridad era algo mucho, mucho peor.

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