Ficool

Chapter 209 - Catástrofe Silenciosa

El coliseo exhalaba sus últimos alientos, gimiendo como una bestia moribunda bajo el peso de su propia destrucción. Las explosiones térmicas que Charles había desatado minutos antes habían comprometido los cimientos de piedra milenaria, y ahora, enormes grietas trepaban por los muros como relámpagos oscuros. El techo de cristal se había hecho añicos, dejando que el cielo gris y plomizo del exterior asomara entre espesas columnas de humo negro. El sonido era ensordecedor: escombros colapsando, acero retorciéndose y los gritos lejanos de los guardias Valmorth que aún luchaban por evacuar a los magnates de las gradas inferiores.

Y en medio de ese apocalipsis de polvo y sangre, Eider permanecía de pie, completamente inmóvil.

La agente de la Asociación de Héroes observó el rastro de destrucción que Ryuusei y Hitomi habían dejado en su huida. Sus ojos, habitualmente dos témpanos de hielo calculadores, ahora estaban vacíos, desprovistos de todo propósito. El peso de las últimas semanas cayó sobre sus hombros con la fuerza de una losa de plomo. Había traicionado su misión, había comprometido su tapadera, y lo peor de todo, había dejado que sus emociones nublaran el estricto código que le habían inculcado desde que no era más que un número de serie en las instalaciones de entrenamiento.

«Ya no hay vuelta atrás», pensó, el sonido de su propia respiración resonando en sus oídos por encima del caos.

Ryuusei se había marchado. La Asociación la consideraría una traidora, o en el mejor de los casos, un activo inútil y defectuoso. Su vida, esa existencia rígida y milimetrada que había defendido con uñas y dientes frente al chico de la máscara del Yin y Yang, de repente le pareció una farsa absurda. Estaba completamente sola. Las mentiras de la Asociación y las promesas rotas de la amistad la habían arrinconado en un callejón sin salida.

Un bloque de mármol se estrelló a diez metros de ella, haciendo temblar las gradas, pero Eider ni siquiera parpadeó. Con movimientos mecánicos, casi hipnóticos, levantó la mano derecha. La pistola reglamentaria, cargada con munición especial anti-poderes, pesaba más que nunca. El metal estaba frío, áspero por el polvo del combate. Sin dudarlo, giró la muñeca y apoyó la boca del cañón directamente sobre su pecho, justo encima de donde latía su corazón.

Apuntar a la cabeza podía dejar un margen de error; un tiro al corazón garantizaría que el motor se apagara de inmediato. Sería un final limpio. El último acto de control de una máquina que decide desconectarse antes de que la desguacen. Su dedo índice se curvó sobre el gatillo. Apretó la mandíbula y cerró los ojos, preparándose para el fogonazo, para el dolor de una fracción de segundo y luego... la nada. El merecido silencio.

Pero antes de que la presión de su dedo venciera el seguro del arma, un peso repentino y frenético aterrizó sobre su hombro izquierdo.

—¡Oye, oye, oye! ¡¿Qué haces?! —chilló una voz entrecortada por el pánico.

Eider abrió los ojos de golpe, la sorpresa rompiendo su trance letal. Se giró a medias y bajó el arma por puro instinto. Allí, encorvado, apoyando una mano en sus rodillas y la otra en el hombro de la agente, estaba Charles. El usuario de cuarta generación estaba cubierto de hollín, sudor y polvo, respirando como si sus pulmones estuvieran a punto de estallar. Evidentemente, acababa de bajar corriendo las escaleras desde el techo tras su demostración de poder destructivo, buscando desesperadamente la salida antes de quedar enterrado.

—¿Estás loca? —jadeó Charles, escupiendo un poco de polvo y mirándola con los ojos muy abiertos, llenos de un terror genuino—. ¡Todo este maldito lugar se está cayendo a pedazos! ¡Tenemos que escapar de aquí ahora mismo o nos van a tener que recoger con pinzas!

Eider lo miró fijamente. Vio el temblor en las manos del chico, el pánico palpable en su postura encogida, esa cobardía casi cómica que contrastaba tanto con el poder abismal que era capaz de desatar. Y, sin embargo, a pesar de estar aterrorizado, Charles se había detenido por ella. No la había ignorado en su huida desesperada.

La tensión en la mandíbula de Eider desapareció. Lentamente, los músculos de su rostro se relajaron y una sonrisa pequeña, casi imperceptible pero cargada de un alivio extraño y melancólico, se dibujó en sus labios. Acomodó un mechón de su falso cabello blanco detrás de la oreja y dejó caer el brazo que sostenía la pistola.

—Tienes razón —murmuró Eider, su voz perdiendo por primera vez ese tono robótico, sonando genuinamente suave—. Gracias, Charles... Estaba a punto de hacer una locura. El ruido... creo que me desorientó por un momento.

Charles soltó un suspiro largo, pasándose la manga de su sudadera gris por la frente para secarse el sudor sucio.

—No te culpo, este lugar es una pesadilla de arquitectura y malas decisiones —respondió el chico, mirando hacia el techo donde una de las estatuas de gárgolas acababa de desprenderse—. ¡Vamos, Ryuusei y Hitomi ya deben estar a medio camino!

Eider dio un paso atrás, negando lentamente con la cabeza, aunque la sonrisa no abandonó su rostro.

—Avanza tú primero —le indicó, señalando el pasillo de evacuación que se abría a espaldas de Charles—. Yo tengo que recuperar un equipo de comunicaciones que dejé en los vestuarios de servicio. Ve, corre. No dejaré que me aplasten, te lo prometo. Te seguiré en un minuto.

Charles dudó. Miró el pasillo oscuro, luego la estructura colapsando a su alrededor, y finalmente a Eider. Mordió su labio inferior, divido entre su instinto de supervivencia que le gritaba que corriera a máxima velocidad, y la culpa de dejarla ahí.

—¿Segura? —preguntó él, encogiéndose de hombros—. Mira que yo no soy ningún héroe, si me voy, no voy a volver por ti si se cae el techo.

—Estoy segura —afirmó Eider, asintiendo con firmeza.

Charles asintió de vuelta. Retrocedió un par de pasos hacia la salida, pero antes de darse la vuelta por completo, la miró una vez más.

—Oye... —empezó Charles, rascándose la nuca con nerviosismo—. Sé que las cosas se pusieron raras con Ryuusei hace un rato... y sé que eres de los chicos del gobierno y todo eso. Pero... muchas gracias por cuidarnos la espalda estas semanas. Gracias por ser mi amiga, Eider. Ten cuidado.

Y con esas palabras, Charles se dio la vuelta y desapareció corriendo por el pasillo, sus pasos perdiéndose en el eco de los derrumbes.

Eider se quedó paralizada. El arma en su mano pareció pesar una tonelada de repente. Su mente se quedó completamente en blanco, como si un cortocircuito hubiera quemado todos sus protocolos de procesamiento.

Amiga.

La palabra resonó en su cráneo, rebotando contra las paredes de su adoctrinamiento. Eider parpadeó rápidamente, sintiendo un nudo agudo y doloroso formándose en su garganta. Ryuusei tenía razón en cierta parte. Ella jamás se había abierto con él, ni con Hitomi, ni con Charles. Había construido un muro de hielo y reglas de conducta entre ella y el resto del mundo, asumiendo que todos eran herramientas, porque así la habían tratado a ella toda su vida. Sin embargo, Charles, el chico que más miedo tenía de morir, la había llamado amiga en medio del fin del mundo.

Un sentimiento cálido e incómodo floreció en su pecho. Tal vez, solo tal vez, este no era el fin para ella. Tal vez había algo más allá del manual de la Asociación.

Pero antes de que pudiera permitirse sobrepensar de más, antes de que pudiera siquiera formular la idea de correr tras Charles y alcanzar al grupo de Ryuusei, una voz conocida cortó el aire empolvado.

—¡Agente Eider! ¡Por aquí!

Eider se tensó. El instinto la hizo girar sobre sus talones, ocultando rápidamente la pistola detrás de su espalda. A lo lejos, sorteando los escombros y saltando sobre los cadáveres de los samuráis del Clan Kurogane, venía corriendo un joven vestido con el inmaculado traje táctico de asalto de la Asociación de Héroes. Su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás de forma impecable, y su rostro mostraba una mezcla de urgencia y genuina alegría.

Era Yusuri Tenma, un conocido suyo de la academia de formación, un agente de rango inferior pero de reputación intachable.

Antes de que Eider pudiera articular una palabra, Tenma llegó hasta ella y, saltándose cualquier protocolo de contacto físico de la Asociación, la envolvió en un abrazo apretado y eufórico.

Eider abrió los ojos de par en par, su cuerpo poniéndose rígido como una tabla bajo el toque. Mantuvo los brazos extendidos a los lados, completamente sorprendida por la invasión de su espacio personal.

—¡Por todos los cielos, Eider, qué alivio verte con vida! —exclamó Tenma, separándose de ella pero manteniéndola agarrada por los hombros—. Cuando reportaron la explosión masiva en el palco, pensé que habías caído junto con la guardia de los Valmorth.

—Tenma... —logró decir Eider, recuperando su postura fría y profesional casi por reflejo automático—. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Cómo irrumpieron en el coliseo?

—Agentes especiales de las divisiones tácticas de la Asociación de Héroes están aquí —explicó Tenma, hablando rápido, con la adrenalina a tope—. Recibimos el aviso de inteligencia. Vinimos con órdenes directas para atrapar a Ryuusei Kisaragi y a su equipo. Tenían acorralada la zona este y norte, pero... el maldito bastardo se nos escurrió. Al parecer ya se fue, aprovechó los túneles subterráneos de los rebeldes mestizos.

Eider sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal, aunque su rostro permaneció impasible. Ryuusei había logrado salir. Estaba a salvo, al menos por ahora.

—Por cierto —continuó Tenma, frunciendo ligeramente el ceño y cruzándose de brazos, adoptando un tono un poco más burocrático—, ¿cómo va tu misión de infiltración? Llevas casi cuatro semanas sin enviar un solo informe detallado sobre los movimientos de Ryuusei o cómo encontrar su base de operaciones. El presidente de la Asociación está empezando a ponerse un poco enojado con el silencio de radio. Tienes suerte de ser tú, si fuera cualquier otro, ya habrían mandado a un escuadrón a interrogarte.

Las palabras de Tenma fueron como clavos martillados en el ataúd de Eider. El presidente estaba impaciente. Su tapadera había terminado, pero ellos aún no lo sabían.

—¿Y bien? —preguntó Tenma, sacándola de sus pensamientos—. Los equipos de extracción ya están asegurando la zona exterior. ¿Ya te vas con nosotros de regreso a los cuarteles, o aún tienes que completar alguna fase de tu misión de encubierto?

Eider miró a Tenma. Vio en sus ojos esa devoción ciega a la Asociación, esa fe absoluta en las reglas y los rangos que ella misma había defendido a capa y espada hasta hacía apenas unos minutos. Si decía que iba con ellos, la llevarían a una sala de interrogatorios. Le exigirían la ubicación de la base Genbu, le exigirían las identidades del equipo de Ryuusei, y cuando descubrieran que había tenido a Ryuusei a punta de pistola y lo había dejado escapar... sería su fin.

—Me tengo que quedar —respondió Eider, su voz plana, controlando cada inflexión de sus cuerdas vocales—. Aún no he asegurado las coordenadas finales. Hay información vital que la familia Valmorth dejó atrás en la confusión. Necesito recopilarla antes de que los equipos forenses borren las pistas.

Tenma sonrió ampliamente, sus ojos brillando con una admiración no disimulada.

—¡Claro que sí! —exclamó, asintiendo vigorosamente—. Sabía que dirías eso. Eres la mejor, Eider. Nunca dejas cabos sueltos y siempre das lo mejor de ti para la Asociación. No me extraña que seas la favorita de los altos mandos.

Eider forzó sus músculos faciales para dibujar una sonrisa falsa, tan vacía y plástica que habría engañado a cualquiera en la corporación.

—Debo continuar, Eider —dijo Tenma, dándose golpecitos en el auricular de su oreja—. Tengo que reunirme con mis compañeros en el sector tres. Me han ordenado que vaya a reportar oficialmente la muerte de Hiroshi Valmorth. El alto mando va a perder la cabeza cuando se enteren de que Kisaragi mató a un primera línea de sangre. Nos vemos en la base cuando termines.

Tenma se dio la vuelta, dispuesto a salir corriendo hacia la arena destrozada. Pero, en un movimiento rápido e impulsivo, Eider estiró la mano y lo agarró firmemente por la manga de su chaqueta táctica.

El tirón lo detuvo en seco. Tenma se giró, confundido.

—Tenma, espera —murmuró Eider, bajando la vista por un segundo antes de clavar sus ojos gélidos en los de él—. Una pregunta teórica... ¿Sabes qué pasa exactamente con los agentes encubiertos que no llegan a completar sus misiones al cien por ciento? Los que... fallan, o dejan que los objetivos escapen a propósito.

Tenma parpadeó, desconcertado. La cercanía de Eider, el agarre en su manga y la inusual vulnerabilidad en su tono de voz lo tomaron con la guardia baja. Un ligero rubor tiñó sus mejillas, pues era la primera vez que la inquebrantable, fría y perfecta Agente Eider mostraba aunque fuera un ápice de emoción humana frente a él.

—Eider... ¿qué clase de pregunta es esa? —respondió Tenma, riendo nerviosamente e intentando desviar la mirada—. Es la regla número uno. Nos la mencionan desde el primer día en las cápsulas de adoctrinamiento.

—Dila —exigió Eider, apretando el agarre en la tela.

Tenma tragó saliva, su sonrisa desvaneciéndose ante la intensidad de la mirada de su compañera.

—Todo agente de alto nivel que no llega a completar una misión crítica, que compromete a la Asociación o demuestra lealtades divididas... es considerado un riesgo para la seguridad nacional —recitó Tenma, su tono volviéndose sombrío—. Los matan, Eider. Ejecución sumaria y borrado de registros. Fingen un accidente en el campo de batalla para no manchar el prestigio de la institución.

Eider soltó la manga de Tenma lentamente. En su mente, conocía esa regla de memoria. Había dormido con esa espada de Damocles sobre su cuello durante años. Pero su cerebro, en su afán de protegerla de la desesperación absoluta, simplemente no quería aceptarla como una realidad inminente. Escucharlo de la boca de otro agente destruyó la última barrera de negación que le quedaba.

Al ver cómo el rostro de Eider perdía color, Tenma se apresuró a intervenir, rompiendo la tensión con una sonrisa tranquilizadora.

—Pero oye, ¡no te preocupes por esas cosas! —le dijo, dándole una palmada amistosa en el hombro—. Eso es para los novatos mediocres o los traidores. ¡Eso nunca te va a pasar a ti! Fuiste la mejor alumna de nuestra promoción, los instructores te ponían de ejemplo. Eres impecable. Bueno, te dejo, ¡ten cuidado con los escombros!

Sin esperar respuesta, Tenma dio media vuelta y salió corriendo a paso ligero hacia el corazón del coliseo, su figura desapareciendo rápidamente entre las cortinas de polvo y humo negro.

Eider se quedó sola de nuevo. El silencio relativo del pasillo se sentía opresivo. Su respiración se aceleró mientras analizaba las variables en su cabeza como una computadora sobrecalentada.

Si seguía a Ryuusei y a su equipo, él estaría furioso. Le había apuntado a la cabeza, lo había llamado hipócrita y había rechazado su ayuda frente a todos. Ryuusei era impredecible, y Hitomi probablemente intentaría matarla nada más cruzar la puerta. Pero, por otro lado, si regresaba a la Asociación, las mentiras caerían por su propio peso tarde o temprano. Descubrirían su fracaso. La llevarían a una habitación blanca sin ventanas, la atarían a una silla y le pondrían una bala en la nuca para preservar "el prestigio institucional".

Estaba atrapada entre el fuego cruzado del odio de sus aliados y la ejecución de sus superiores.

Sin embargo, a medida que la palabra "amiga" de Charles volvía a resonar en su mente, una chispa de rebeldía pura e inexplorada se encendió en su interior. En la vida siempre hay otro camino. No tenía que ser la sombra de Ryuusei, ni el perro faldero del presidente de la Asociación. Podía ser ella misma. Podía sobrevivir bajo sus propias reglas.

El rostro de Eider se endureció. Sus ojos recuperaron un brillo gélido, pero esta vez no era el vacío de una máquina, era la determinación absoluta de un depredador acorralado. Ya tenía un plan.

Giró sobre sus talones, guardó la pistola en su funda táctica, se ajustó el cinturón y salió corriendo a toda velocidad hacia los túneles de escape secundarios, alejándose tanto de los Valmorth como de los hombres de la Asociación.

Al otro lado del complejo perimetral, ya muy lejos del alcance de las explosiones del coliseo, la realidad era mucho menos heroica y mucho más miserable.

Charles corría por los senderos exteriores que conectaban las zonas de evacuación. Sus pulmones ardían y sus piernas, poco acostumbradas al ejercicio cardiovascular intenso sin la adrenalina del peligro inminente, se sentían como gelatina. Ryuusei y Hitomi, con sus físicos sobrehumanos y su entrenamiento de combate, se habían adelantado brutalmente; ya estaban bastante lejos, casi fuera de su línea de visión, perdiéndose entre los altos setos de los jardines exteriores de la propiedad Valmorth.

Para empeorar las cosas, el cielo finalmente cumplió su amenaza. Empezó a llover.

Al principio fueron unas pocas gotas gruesas y frías, pero en cuestión de segundos, se desató un aguacero torrencial. El agua helada empapó rápidamente la sudadera gris de Charles, pegándosela a la piel y mezclando el polvo del coliseo para crear una capa de barro pestilente sobre su ropa.

—Genial... simplemente genial —murmuró Charles entre dientes, temblando de frío mientras intentaba acelerar el paso—. Detesto correr. Detesto la lluvia. Y detesto a los clanes asesinos. Si salgo de esta, me voy a mudar a un desierto y nunca volveré a salir de mi casa.

El terreno exterior había sido destrozado por la evacuación masiva, convirtiendo los elegantes jardines en un lodazal traicionero lleno de escombros de las paredes perimetrales. En su prisa por intentar no perder de vista a Ryuusei, Charles pisó un trozo de mármol liso cubierto de barro mojado.

Su pie resbaló con violencia. Charles soltó un grito ahogado mientras perdía el equilibrio y caía de espaldas, golpeándose los codos y el coxis contra la tierra húmeda con un golpe sordo.

—¡Ay! ¡Maldita sea! —se quejó el chico, cerrando los ojos con fuerza y frotándose la espalda baja—. Solo quiero una cama caliente y un ramen... ¿Es mucho pedir?

Gruñendo, abrió los ojos y apoyó las manos en el barro para intentar levantarse. Pero el movimiento murió en su cuerpo cuando levantó la vista.

Frente a él, a escasos dos metros de distancia, la lluvia no tocaba el suelo.

Las gruesas gotas de agua se detenían en el aire, desviadas por un campo de fuerza invisible y asfixiante que deformaba el espacio mismo. De pie, en el centro de esa anomalía gravitatoria, estaba Constantine Valmorth.

Era la primera vez que Charles veía al líder supremo de la facción central en persona y tan de cerca. Era imponente. A pesar del caos, Constantine lucía inmaculado. Su traje a medida estaba perfecto, su postura era la de un emperador, y sus ojos... sus ojos destilaban un odio tan profundo y gélido que Charles sintió que el corazón se le detenía. La presión en el aire era tan densa que a Charles le costaba respirar estando simplemente cerca de él.

Constantine lo miró hacia abajo, como si estuviera observando a un insecto patético que se arrastraba por su jardín.

—Tú... —la voz de Constantine era aterciopeladamente letal, un susurro que cortó el sonido de la tormenta—. Venías corriendo desde los túneles de escape. Eres uno de los perros callejeros de Kisaragi.

Charles tragó saliva, sus manos temblando violentamente sobre el lodo. Quiso retroceder arrastrándose, pero sus músculos no le respondían.

—Yo... yo solo pasaba por aquí, señor... me perdí buscando el baño —tartamudeó Charles, su voz aguda y quebradiza por el pánico extremo.

Constantine no se inmutó ante el patético intento de humor. Dio un paso lento hacia adelante.

—Dime a dónde se fue John Valmorth, mi hermano traidor, y a dónde huyó la escoria de Ryuusei Kisaragi —ordenó Constantine, extendiendo una mano hacia Charles—. Dímelo ahora, y tal vez te permita morir rápido.

El terror se apoderó de Charles. Las lágrimas empezaron a mezclarse con la lluvia que le caía en el rostro. Si delataba a Ryuusei, estaría condenando a la única persona que lo había aceptado en su equipo; si no hablaba, este monstruo lo mataría. Decidió aferrarse a la única defensa que conocía: la ignorancia.

—¡No lo sé! —lloriqueó Charles, encogiéndose sobre sí mismo en el barro, negando con la cabeza tímidamente—. ¡Se lo juro por mi vida, señor! ¡Los perdí de vista hace mucho, no tengo idea de a dónde fueron! ¡Por favor, déjeme ir!

Constantine lo observó en silencio durante un segundo que pareció eterno. El líder Valmorth no necesitaba máquinas ni tortura prolongada para obtener la verdad. Su quinta generación, la Soberanía de Gravitón, le permitía sentir las fluctuaciones más microscópicas en la presión arterial, el bombeo del corazón y las vibraciones de las cuerdas vocales del entorno. Percibió el pico de adrenalina y el latido irregular en el pecho del chico.

Era una mentira.

—Patético —escupió Constantine con asco.

Con un simple y frío movimiento de muñeca, el aire a la altura del cuello de Charles colapsó. Dos gruesas cadenas formadas por gravedad hipercomprimida se materializaron de la nada, envolviéndose alrededor de la garganta del chico como serpientes de acero negro.

Las cadenas tiraron hacia arriba, levantando a Charles del suelo embarrado por el cuello.

Charles empezó a patalear violentamente en el aire, agarrándose el cuello con ambas manos, intentando inútilmente aflojar un agarre que desafiaba las leyes físicas. Su rostro comenzó a tornarse rojo, luego púrpura. Sus ojos se inyectaron en sangre mientras la falta de oxígeno quemaba sus pulmones.

Constantine apretó el puño, disfrutando ver cómo la vida abandonaba a esa escoria.

Pero Constantine cometió el mismo error que cometían todos los que juzgaban a Charles por su actitud cobarde: subestimó a la cuarta generación.

Mientras la asfixia llevaba a Charles al borde del desmayo, el pánico animal de la inminente muerte sobrepasó su control consciente. El bloqueo mental que le impedía usar su poder se rompió en mil pedazos. Sus pupilas desaparecieron, siendo reemplazadas por un resplandor blanco e incandescente. La energía termodinámica pura y cruda, el límite fundamental de las explosiones, corrió por sus venas en lugar de sangre.

En un espasmo de agonía y supervivencia ciega, Charles levantó su mano derecha, temblorosa, y apuntó directamente a la cara de Constantine, formando la figura de una pistola con su dedo índice y pulgar.

Constantine abrió los ojos con sorpresa al sentir la inmensa acumulación de energía, pero era demasiado tarde para expandir su campo gravitatorio.

Charles disparó.

¡BAM!

Una ráfaga focalizada de detonación termobárica salió disparada del dedo de Charles a la velocidad del sonido. El rayo de luz blanca impactó de lleno en el rostro de Constantine, vaporizando su campo protector, destrozando su mandíbula y volándole por completo la mitad inferior de la cabeza en una explosión de carne quemada y hueso astillado.

Pero el daño ya estaba hecho y la inercia no perdonaba.

En el exacto milisegundo en que el disparo de Charles destrozaba la cabeza de Constantine, el líder Valmorth, en un último espasmo reflejo de agonía y furia, apretó su puño al máximo. Las cadenas gravitatorias alrededor del cuello de Charles se contrajeron con la fuerza de un agujero negro microscópico.

Hubo un chasquido húmedo y espantoso. Las cadenas cortaron la carne, el músculo y la columna vertebral como si fueran mantequilla caliente.

La cabeza de Charles se separó limpiamente de sus hombros.

El cuerpo del chico cayó pesadamente al barro espeso, inerte, mientras su cabeza rebotaba a un par de metros de distancia, bañada por la lluvia incesante. Al mismo tiempo, el cuerpo mutilado de Constantine Valmorth se desplomó hacia atrás, su rostro convertido en un cráter humeante, chocando contra los escombros del muro de su propia mansión.

El silencio volvió a adueñarse de los terrenos, interrumpido únicamente por el constante repiqueteo de la tormenta golpeando la carne destrozada de los dos combatientes. La lluvia lavaba la sangre, pero en el mundo de la quinta y la misteriosa cuarta generación, la muerte rara vez era el final del juego

La lluvia caía con la furia de un océano que hubiera decidido ahogar al mundo. En el patio principal de la mansión Valmorth —antiguo monumento al poder y la arrogancia de Torben y Laila Valmorth— ya solo quedaba un paisaje de lodo rojo, cráteres humeantes y fragmentos de mármol que parecían huesos rotos. El aire olía a ozono quemado, tierra mojada y sangre.

El sonido de la carne reconstruyéndose a sí misma era obsceno, un chasquido húmedo acompañado de tendones que se estiraban y huesos que volvían a encajar. Charles Blake, usuario de la cuarta generación —, terminó de conectar su cabeza a su cuello con un crujido final. Se levantó tambaleante, escupiendo un gargajo de lodo y sangre. Sus ojos, normalmente evasivos y casi tímidos, estaban desorbitados por un pánico que nunca había sentido en toda su vida.

Nunca le habían arrancado la cabeza. Y definitivamente nunca había esperado que doliera tanto volver a ponérsela.

A pocos metros, Constantine Valmorth terminaba su propia regeneración. Los huesos de su mandíbula se recolocaron con un chasquido seco y elegante. La piel perfecta de su rostro volvió a cubrir el cráneo como si nada hubiera pasado. A diferencia de Charles, Constantine no parecía asustado. Parecía ofendido. Como un dios al que un mortal hubiera escupido en los zapatos. La lluvia ni siquiera lo rozaba: a cinco centímetros de su piel, las gotas se desviaban por un campo gravitatorio invisible, manteniéndolo seco, impecable y eternamente superior.

Charles, en cambio, era un desastre andante. Su sudadera favorita —la gris con capucha que había comprado con el 40 % de descuento en una liquidación— pesaba como una armadura de plomo y chorreaba una mezcla repugnante de sangre y barro.

—Genial… —murmuró con ironía amarga, tirando de la tela empapada—. Justo lo que necesitaba: que mi única prenda decente termine pareciendo el souvenir de una zona de guerra. Si sobrevivo, juro que le pediré factura al destino.

Constantine lo miró con un desprecio que podría haber congelado el mismo infierno. Levantó una mano y dos cadenas de acero reforzado levitaron del suelo, vibrando con el poder absoluto de su Soberanía de Gravitón.

—¿Te das cuenta de lo patético que eres, mestizo? —su voz cortó la tormenta como un látigo—. Hasta el cielo llora por tu muerte inminente. Esta lluvia apagará tu fuego inútil antes de que siquiera roce mi piel. Aquí, bajo la tormenta, mi gravedad es la única ley que importa. Tu energía… es solo vapor.

Charles parpadeó, frotándose el agua de los ojos con el dorso de la mano.

—Disculpe, señor Valmorth… me entró agua en el oído cuando mi cabeza rodó por el patio. ¿Dijo fuego? Porque yo no uso fuego. Uso detonaciones. Pero claro, para un tipo que cree que el mundo gira a su alrededor, supongo que todos los poderes menores se ven igual.

—¡Silencio! —rugió Constantine.

Las cadenas salieron disparadas como serpientes negras. Charles soltó un grito ahogado y se lanzó al suelo, resbalando sobre el barro con la gracia de quien nunca quiso estar ahí. Las cadenas destrozaron el muro detrás de él, lanzando esquirlas de piedra.

El chico gateó desesperado, pero no gritó pidiendo piedad como antes. En cambio, entre dientes, masculló:

— la próxima vez que Ryuusei me diga "acompáñanos a una aventura con una maldita familia loca", le respondo que SE JODA

Constantine aumentó el radio gravitatorio. De pronto, el mundo entero se volvió plomo. La gravedad se multiplicó por cincuenta. Charles sintió que sus rodillas cedían con un chasquido doloroso y su cara se hundió en el lodo.

—No puedo respirar ¡Ayuda! —susurró contra la tierra—. Señor Valmorth, en serio… ¿podemos declararlo empate técnico? Yo me voy a casa, usted se queda con su ego intacto, todos felices.

—No hay empates con los Valmorth —respondió Constantine, caminando lentamente hacia él, zapatos impecables aplastando la hierba muerta—. Solo sumisión… o muerte. Y tú ya me has aburrido lo suficiente.

Charles sintió el terror verdadero. La presión le aplastaba los pulmones. Intentó activar su Detonador Digital, pero apenas levantó el dedo índice cuando una gota de lluvia cayó directamente sobre la chispa. Se oyó un patético "pfft" y un hilillo de humo negro.

Constantine soltó una risa fría.

—¿Eso es todo? ¿La supuesta Cúspide del Poder Crudo se apaga con una llovizna? Qué decepción.

Charles miró su dedo mojado. Tenía frío. Tenía hambre. Tenía miedo. Y, sobre todo, estaba harto.

El pánico extremo se convirtió en combustible. El Aura de Chispas se activó. Miles de micro-detonaciones blancas brotaron de su piel. Cada gota que tocaba su cuerpo se convertía en una bomba termobárica instantánea.

¡PUM-PUM-PUM-PUM-PUM!

El patio se llenó de explosiones de vapor a presión extrema. La fuerza combinada actuó como un ariete invisible que destrozó la prisión gravitatoria. Charles salió disparado hacia el cielo como un cohete defectuoso, gritando mientras giraba sin control.

—¡¿Cómo demonios se frena esto?! —aulló, más frustrado que aterrado—. ¡Física, te odio!

Cayó de espaldas sobre el techo de un cobertizo de jardinería, rompiendo tejas y soltando un quejido seco.

—Mi pobre espalda… —murmuró, frotándose la espalda baja—. Si sobrevivo, me voy a dormir por tres días seguidos

Pero ya había entendido la mecánica. El agua era incompresible. El vapor ocupaba 1.600 veces más volumen. No necesitaba fuego. Necesitaba presión.

Constantine levitó, rodeado de un aura negra de gravedad pura.

—Pura suerte de imbécil —siseó—. Veamos si tu vapor detiene esto.

Con un gesto, arrancó cincuenta toneladas de la fachada oeste de la mansión. El bloque de mármol y concreto flotó sobre él, bloqueando la lluvia, y lo lanzó contra Charles como un martillo celestial.

El chico levantó la vista. La sombra del edificio lo cubrió por completo.

¡CRAAASH!

El cobertizo desapareció bajo miles de kilos. El polvo y el barro formaron una nube asfixiante.

Constantine sonrió, sacudiéndose una mota imaginaria de la solapa.

—Basura eliminada.

Pero entonces, bajo los escombros, se escuchó un sollozo ahogado.

Charles estaba atrapado en un hueco entre vigas cruzadas, inmovilizado. No podía mover los brazos. No podía generar chispas. El pánico lo devoraba.

"Me voy a morir aquí", pensó, hiperventilando. "Y lo peor es que nunca le conté a Ryuusei que le robé aquel sándwich de atún la semana pasada. Morir por un sándwich… qué forma tan patética de pasar a la historia."

A través de una grieta vio a Constantine acercándose con la cadena lista para rematarlo.

Charles cerró los ojos. Odiaba pelear. Odiaba el ruido. Pero odiaba más sentirse inútil. Recordó los entrenamientos. Recordó la habilidad que se negaba a usar porque le daba miedo perder el control.

Abrió los ojos. Sus pupilas se volvieron blanco cegador.

THE OBSERVER'S GAZE: CELESTIAL FRAGMENTATION

El tiempo se detuvo. Cada gota de lluvia en un radio de treinta metros quedó suspendida en el aire. Y entonces, diez mil gotas detonaron simultáneamente.

No fue una explosión. Fue un muro de aniquilación térmica y acústica. El aire se rasgó. La luz blanca cegó el patio entero. El campo gravitatorio defensivo de Constantine se deshizo como papel mojado.

El líder Valmorth gritó —un sonido agónico que quedó ahogado por el trueno—. Su cuerpo salió despedido, girando sin control, mientras la onda expansiva le destrozaba el traje, le quemaba la piel y le fracturaba varias costillas. Chocó contra la fuente central, partiéndola en dos.

Los escombros que aprisionaban a Charles salieron volando pulverizados.

El chico quedó de rodillas en el barro, respirando agitado. Sus ojos aún brillaban con ese blanco sobrenatural y venas oscuras latían en sus sienes.

—No… no quería llegar a esto… —murmuró, frotándose los ojos para apagar el brillo—. Me duele la cabeza como si hubiera aprobado un examen de física cuántica a la fuerza.

En la fuente rota, el agua burbujeaba. La regeneración de quinta generación trabajaba frenética. Constantine se levantó, tosiendo sangre negra, los ojos inyectados en ira pura.

—¡TE VOY A DESOLLAR VIVO! —bramó—. ¡VOY A COMPRIMIR TUS ÁTOMOS HASTA QUE NO QUEDES NI EN LOS RECUERDOS!

La gravedad colapsó. Todo empezó a flotar hacia el cielo. Constantine estaba perdiendo el control, creando una anomalía que amenazaba con convertirse en un agujero negro localizado.

Charles supo que era ahora o nunca.

Se puso de pie, zapatillas hundidas en el barro. Juntó las palmas y extendió ambos índices hacia el suelo lodoso que los separaba. No usaría la lluvia. Usaría la conductividad del terreno mismo.

Su rostro se volvió inexpresivo, una máscara de concentración letal que contrastaba con todo lo que había mostrado hasta entonces.

—Señor Valmorth… usted me llamó sabandija. Tiene razón. Soy cobarde. Pero las sabandijas sabemos una cosa que los dioses nunca aprenderán: cómo sobrevivir bajo la suela de quien nos pisa. Y usted… está parado justo encima de mi punto de fuga.

Cerró los puños, dejando solo los índices apuntando hacia abajo. El brillo blanco viajó por sus brazos hasta las yemas.

ZERO POINT VERDICT: THE SILENT CATASTROPHE

No gritó. No hubo "boom".

En el punto exacto bajo los pies de Constantine, la tierra simplemente dejó de existir. Durante un microsegundo se formó una esfera negra de vacío absoluto.

Y luego el silencio se rompió.

Una columna titánica de energía blanca y cruda erupcionó desde el subsuelo. Atravesó el campo gravitatorio como si no existiera. Subió cientos de metros, partiendo las nubes de tormenta y evaporando la lluvia en un radio de un kilómetro.

Constantine fue engullido. Lanzado hacia la atmósfera como un meteoro al revés. La onda de choque aplanó el jardín y derribó las paredes exteriores del ala este.

Charles salió despedido por el retroceso y se estrelló contra el tronco de un viejo roble. Cayó al barro, exhausto. Su sudadera estaba quemada en los bordes. Su reserva de cuarta generación, casi vacía.

El pilar de luz se desvaneció.

Segundos después, un cuerpo carbonizado cayó del cielo con un golpe húmedo. Constantine Valmorth seguía vivo —la tenacidad de la quinta generación era absurda—, pero destrozado. Piel negra, costra humeante, respiración silbante.

Charles, apoyado contra el roble, lo miró con un ojo entreabierto.

—Gané… —susurró con una sonrisa torcida y dolorida—. Creo que hoy me he ganado al menos dos sándwiches extra. Si es que Ryuusei no me mata primero por arruinarle la mansión.

Pero la paz duró lo que dura un suspiro.

Pasos firmes se acercaron entre el humo y la llovizna que volvía a caer.

Charles levantó la mirada, el terror regresando a su cuerpo agotado.

Entre la bruma emergió John Valmorth. Traje desgarrado, postura regia, ojos fijos en el cuerpo humeante de su hermano. En su mano derecha llevaba el Segador de Almas, la guadaña ancestral cuya hoja oscura absorbía la luz y emitía un zumbido grave que resonaba en los huesos.

John se detuvo al borde del cráter de cristal fundido. Observó la destrucción masiva y luego miró a Charles, aún tirado contra el árbol.

—Vaya… —dijo con una sonrisa genuina de sorpresa y respeto—. Tienes mi respeto, chico. Cuando te dije que te divirtieras con él, no imaginé que lo convertirías en carbón tú solo. Eres mucho más aterrador de lo que pareces.

Charles tragó saliva, labios temblando.

—Señor John… ya no me queda energía ni para calentar agua para un ramen instantáneo. Si va a matarme, hágalo rápido, por favor. Tengo mucho sueño y muy poca dignidad restante.

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