Ficool

Chapter 5 - Capítulo 5— Corazón inocente.

Ante la luz de la luna y el canto de los grillos. La noche se había vuelto más fría dentro de la choza. El fuego verde bajo el caldero flotante crepitaba débilmente, lanzando sombras verdes y temblorosas sobre las paredes de madera retorcida. El aire olía a hierbas chamuscadas, sangre seca y el leve ozono que aún quedaba de los hechizos anteriores.

Jherka seguía encadenado a la viga, los grilletes mágicos emitiendo un brillo tenue que le entumecía los músculos como un veneno lento. El dolor de la caída desde quince metros aún latía en su espalda y costillas, aunque el traje había absorbido la mayor parte del impacto. Respiraba con lentitud, controlando cada inhalación para no alertar a su captora. En su muñeca derecha, las cuchillas retráctiles zumbaban casi inaudiblemente, cortando fibra por fibra las cadenas con una precisión quirúrgica.

Thamara estaba sentada en un taburete a pocos metros, los brazos cruzados, la boca todavía hinchada y con cortes frescos que habían dejado rastros de sangre seca en su barbilla. No parpadeaba. Sus ojos, brillantes de furia contenida y agotamiento, no se apartaban de él ni un segundo. Cada tanto se tocaba la mandíbula, como si el recuerdo de la mano enguantada de Jherka tapándole la boca aún quemara.

El silencio era pesado, roto solo por el burbujeo ocasional del líquido púrpura en el caldero y el crujir casi imperceptible de las cadenas bajo el filo oculto.

Entonces, Thamara rompió el mutismo.

—¿Tú de dónde vienes? —preguntó, la voz baja pero cargada de desconfianza.

Jherka levantó lentamente la cabeza, dejando que sus ojos brillaran bajo el casco.

—¿Y a qué viene esa pregunta ahora? —respondió con una incredulidad fingida.

—Simple: tu vestimenta y tu presencia son totalmente desconocidas para mí. Además, emites una energía extraña que me resulta imposible de entender.

Jherka ladeó la cabeza, una sonrisa cínica curvándose bajo el casco.

—Jojo, me halagas mucho… pero yo no soy un objeto para tus experimentos, chica.

Esas palabras fueron la chispa. Thamara avanzó como una tormenta. Con el brazo derecho lo levantó por el casco hasta tenerlo casi a la altura de su cabeza. Descargó una bofetada brutal con toda su ira acumulada.

Paf.

El impacto resonó seco en la choza. Jherka quedó inmóvil por un segundo, el casco vibrando, la visión nublada por el golpe.

—¡¿Crees que tienes derecho a hablarme así?! —gritó ella, su rostro a centímetros del suyo, mostrando una mueca de asco—. ¡Ustedes, los supuestos salvadores de nuestra tierra, son más que bastardos invasores!

Después de esa "cálida bienvenida", Jherka procesó el dolor sordo en su mandíbula. No comprendía del todo el origen de tanto odio, pero estaba claro que provenía de aquellos "héroes" que ella tanto detestaba.

Cuando ella se separó, su mirada se dirigió a la mesa donde estaban sus armas. Jherka quedó genuinamente sorprendido: sus herramientas habían desaparecido. Sin que Bay-ohma emitiera ninguna alerta. Sin rastro de cómo lo hizo.

—Maldición… ¿cómo sustrajo eso sin que el traje lo detectara?

Thamara dio un paso más cerca, sosteniendo uno de los dispositivos robados en su mano temblorosa.

—De las muchas cosas que les robé a ellos, las tuyas son algo que jamás creí ver —dijo, fascinada—. Tus armas y herramientas son tan raras… y fascinantes.

Al instante, la IA se manifestó en el casco de Jherka: un mensaje escrito flotando en su visor.

Mi señor, es ahora o nunca. Libérese ya. Tiene que recuperar sus cosas y aniquilar a la amenaza.

Jherka sonrió bajo el casco. Thamara, confiada, intentó activar el dispositivo, presionando botones al azar con el ceño fruncido.

—Oye, pervertido… ¿cómo se usa esto? —preguntó con voz autoritaria.

No hubo respuesta.

Thamara levantó la vista. El prisionero ya no estaba encadenado. Las cadenas yacían cortadas en el suelo sin un solo ruido.

Una expresión de incredulidad, miedo y desesperación cruzó su rostro. ¿Cómo se liberó? ¿Dónde está?

Un suspiro frío le rozó la nuca. El fuego verde del caldero proyectó una sombra alargada detrás de ella: la silueta inconfundible de Jherka.

Thamara comenzó a mover las manos lentamente, murmurando en una lengua extraña. Sus dedos brillaron con energía azulada.

Pero Jherka fue más rápido. Como una chispa, la sujetó por ambas manos, se las cruzó a la espalda con fuerza y le agarró la quijada con su mano enguantada, apretando lo suficiente para que sintiera el peligro.

—Escúchame, miserable criatura —susurró amenazante junto a su oído—. Si haces un movimiento o intentas una palabra, te aseguro que tu mandíbula saldrá volando. Ahora suelta eso… y comenzarás a explicarme qué es esa energía que llamas "magia" y cómo es realmente este mundo.

Thamara se quedó rígida, la respiración agitada, los ojos abiertos de par en par. Ella sentía cómo la sometió con rudeza, su cuerpo presionado contra el de ella desde atrás, la pelvis firme chocando contra sus glúteos en un roce que enviaba ondas de calor y terror por su espina. Thamara, atrapada en esa cercanía brutal, presintió la posibilidad de ser abusada: su aliento metálico cerca de su cuello, el agarre de esos dedos alienígenas en su quijada, tirando ligeramente hacia atrás como si reclamara posesión. Su cara se sonrojó con un fuego que no podía controlar, lágrimas calientes rodando por sus mejillas, delatando una inocencia que se mezclaba con un pulso acelerado, un calor traicionero que subía desde su vientre. Esperaba la muerte, o algo peor, pero su cuerpo traidor respondía con un temblor que no era solo miedo.

Jherka, inmóvil por un segundo, analizó sus signos vitales con el traje: pulso cardiaco disparado, niveles hormonales en pico, una mezcla de terror y algo más primitivo que lo intrigaba. Notó que su posición era de contención absoluta, su armadura rozando la tela del vestido de ella, sintiendo el calor suave de su piel a través de la tela fina. Un resoplido de humor lívido escapó de su casco, y acercó su cabeza hasta su oído, el aliento cálido filtrado por el visor rozando su cuello expuesto.

—Tranquila, hembra —susurró con voz metálica, profunda, vibrando contra su piel—. No haré eso contigo… aunque tu cuerpo parece pedirlo de otra forma.

Thamara se tensó más, un jadeo ahogado escapando entre sus dedos, su pecho subiendo y bajando rápido, rozando accidentalmente contra el agarre de él. El sonrojo se intensificó, un calor traidor extendiéndose por su cuerpo, mezclando pánico con una chispa inconfesable de algo prohibido.

—Soltaré mis dedos de tu boca y liberaré tus manos sin dañarte… —continuó él, su voz un ronroneo bajo que enviaba escalofríos por su espalda—. ¡Pero! Haz un movimiento estúpido y te juro que lo haré aquí mismo, te tomaré con fuerza hasta que grites… y después te asesinaré. ¿Tenemos un trato?

Ella asintió lentamente, los ojos cerrados con fuerza, el corazón latiéndole en los oídos, un pulso caliente en su piel donde él la tocaba. Jherka aflojó los dedos de su quijada y liberó sus manos con esa promesa fría, ella retrocedió un paso tambaleante, frotándose la mandíbula con una mano temblorosa. El calor de su contacto aún ardía en su piel, un recordatorio humillante de cuán cerca había estado del abismo. Lágrimas de rabia y alivio se mezclaron en sus ojos, pero no dejó que cayeran más; en cambio, levantó la barbilla con desafío, aunque su voz salió ronca y entrecortada.

—¿Un trato? —escupió, su sonrojo ahora de furia más que de miedo—. ¿Crees que soy tan estúpida como para confiar en un monstruo como tú? Me has humillado, amenazado… y ahora ¿finges misericordia? ¿Qué clase de juego es este?

Jherka se cruzó de brazos, su casco impasible reflejando la luz verde del caldero. No se movió, solo la miró con esos ojos brillantes que la hacían sentir escaneada como un objeto.

—No es misericordia, hembra —dijo con esa voz metálica y calmada que la ponía de los nervios—. Es pragmatismo. Matarte ahora no me da respuestas. Y tú… pareces lo suficientemente inteligente para saber que pelear de nuevo solo te matará a ti. Así que, ¿tenemos un trato? Explícame esa "magia" tuya y cómo funciona este mundo de mierda, y te dejo vivir.

Thamara dudó, su respiración aún agitada. Parte de ella quería invocar un hechizo rápido e incinerarlo allí mismo, pero el recuerdo de su fuerza brutal la detuvo. ¿Por qué no lo hizo? ¿Por qué se detuvo? pensó, un escalofrío recorriéndole la espina. Era como si él viera a través de ella, calculando cada latido de su corazón. Al final, bajó las manos, el brillo mágico en sus palmas desvaneciéndose.

—Está bien —murmuró, su voz temblando de ira contenida—. Pero si me traicionas, te juro que mi último aliento será para maldecirte: La magia… nace de los grandes espíritus, seres que mantienen el orden natural en este mundo. Tienen contrapartes oscuras: hechicería negra, invocaciones prohibidas. Se manifiesta con palabras, gestos, voluntad pura. No es un objeto que puedas robar o controlar con tus… juguetes extraños. Es algo vivo, dentro de quien la usa.

Jherka la escuchó en silencio, procesando cada palabra como datos en su traje. —Suena a energía mal etiquetada… pero si es manipulable, me sirve.

—Y los héroes… —continuó él, notando cómo ella se tensaba—. ¿Por qué los odias tanto? No pareces el tipo de persona que teme sin razón.

Thamara tragó saliva, su expresión endureciéndose. ¿Por qué preguntaría eso? ¿Es otra trampa? Pero algo en su tono, no burlón sino curioso, la hizo responder, aunque con voz quebrada.

—Todo comenzó hace cinco años, cuando el equilibrio de los espíritus se debilitó. Eso provocó que muchas criaturas nativas y poderosas empezaran a atacar sin control a los humanos. Reinos, pueblos y aldeas fueron destruidos poco a poco. Nadie sabía el motivo. Hasta que un grupo de hechiceros y brujas buscó una solución. Mi padre propuso al rey de Troynia invocar guerreros o héroes de otros mundos para que lucharan por nosotros, con la promesa de que la paz llegaría al amanecer.

Hizo una pausa, limpiándose una lágrima que se escapó.

—Pero no sabíamos el error que estábamos cometiendo. Mi padre fue asesinado por el primer invocado… y mi madre fue culpada injustamente.

Jherka la observó en silencio, sin interrumpir.

—Creíamos que nos salvarían del mal —continuó ella, la voz quebrándose—. Pero nos dimos cuenta de que trajimos algo peor. Mi madre escapó de las celdas con otras brujas y nos dirigimos al bosque del oeste. Pero uno de los héroes invocados nos encontró… vi cómo abusó de mi madre. Ella me ocultó para que no fuera la siguiente. No comprendía la hostilidad hacia nosotras… hasta que él la asesinó. Y a las demás brujas las capturaron para llevarlas al reino.

Sus manos temblaron.

—Ese día juré que haría pagar con dolor y sangre a esos bastardos invasores.

Jherka inclinó la cabeza, sin empatía pero con interés calculado.

—Ahora comprendo todo —dijo con voz calmada—. Sí, tuviste suerte de escapar y establecerte en este lugar. Aunque no tengo claro el nivel de hostilidad y odio hacia los tuyos… tal vez a esos tipos se les subió la avaricia y el poder.

Thamara levantó la vista, genuinamente sorprendida. Por un instante, la rabia en sus ojos se suavizó, reemplazada por una mezcla de confusión y algo parecido al alivio.

—Aunque así fuera… no puedo dejarte ir —respondió ella, la voz temblando ligeramente—. Tu sola presencia delataría mi ubicación. Si alguien te ve, me encontrarán… otra vez.

Jherka se llevó la mano al casco en un gesto de fastidio exagerado.

—Y dale con eso —reafirmó, casi rodando los ojos bajo el visor—. Bien, entonces… ¿cuál es tu nombre?

Thamara parpadeó, desconcertada por la pregunta tan casual en medio de tanta tensión. Abrió la boca, dudando.

Pero antes de que pudiera responder, Jherka alzó la cabeza hacia la ventana. Un gruñido bajo y pasos pesados se acercaban desde el bosque.

—Al parecer tenemos visitas —dijo con calma, pero su postura se tensó.

Fin del capítulo.

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