Alice.
Me quité la venda despacio.
Muy despacio.
—Mierda… —murmuré apenas el aire tocó la piel.
El hilo tiró. Los puntos ardieron como si alguien los hubiera calentado con fuego directo. Apreté los dientes, apoyando la mano libre contra el lavabo para no perder el equilibrio.
Respira.
Solo respira.
Volví a limpiar la zona con cuidado, el algodón empapado en antiséptico arrancándome un siseo involuntario.
—Mierda, mierda, mierda…
Me puse los puntos yo misma. Mal iluminada, con pulso tembloroso y el cuerpo al límite. No había sido un trabajo bonito, pero seguían cerrados. Eso era lo importante.
Volví a vendar, asegurando bien, presionando lo justo para que no sangrara de nuevo.
En unas horas tenía que ir a la escuela.
Tres días.
La suspensión solo había durado tres malditos días.
Hoy era miércoles.
Levanté la mirada hacia el espejo. Mi reflejo se veía… funcional. Ojeras marcadas. El cabello aún húmedo, recogido de cualquier forma. El raspón en la mejilla seguía ahí, violisaceo, obstinado.
Cerré el botiquín con un poco más de fuerza de la necesaria.
Me llevé la mano al abdomen con cuidado, comprobando que la venda estuviera firme bajo la camiseta larga que ya había elegido mentalmente.
Ropa larga.
Mangas largas.
Nada ajustado.
La herida del brazo izquierdo estaba peor de lo que quería admitir. Cada vez que lo movía, sentía ese tirón profundo, recordándome que no estaba bien. Que no debería estar caminando, mucho menos dando clases.
La cabeza… nadie lo notaría. Un golpe leve.
Solo tenía que evitar agacharme rápido, evitar movimientos bruscos.
Evitar que alguien me tocara.
—Genial —murmuré—. Exactamente lo que hace una maestra de secundaria todo el día.
Miré de nuevo el espejo, enfocándome ahora en el raspón de la mejilla.
Eso sí era un problema.
Suspiré y abrí el cajón inferior del mueble del baño. Lo que encontré me arrancó una sonrisa irónica.
Maquillaje.
Nuevo.
Casi intacto.
—Claro… —murmuré—. Porque yo uso esto todos los días.
Corrector. Base. Algo que parecía polvo compacto.
Apliqué con torpeza, con cuidado de no presionar demasiado. El raspón no desapareció del todo, pero se suavizó.
Parecía… un accidente menor. Algo explicable.
Esperaba que sí.
Me recosté un segundo contra la pared, cerrando los ojos.
No muestres dolor.
No reacciones.
No llames la atención.
Solo entra al aula.
Saluda.
Da clase.
Como si no hubieras salido caminando de una explosión.
Abrí los ojos.
—Solo unas horas —me dije en voz baja—. Puedes con esto.
Me enderecé, ajusté la ropa larga y apagué la televisión.
El silencio fue casi un alivio.
Hora de volver a ser la miss Alice.
****
Lily.
Mis abuelas insistieron en traerme hoy.
—Solo para asegurarnos de que entras bien —dijo la abuela Teresa mientras el coche se detenía frente a la escuela—. Después de todo lo que pasó…
—Y porque nos gusta verte llegar —añadió la abuela Luna con una sonrisa orgullosa.
Antes de que pudiera decir nada, ya tenía un beso en la frente… y otro en la mejilla.
—Pórtate bien, corazón —dijo la abuela Luna—. Y hazle caso a esa miss Alice de la que tanto nos hablas.
—Claro que sí —respondí rápido, sonriendo—. Siempre.
La abuela Teresa ya estaba revisando mi mochila por tercera vez.
—Cuadernos, lonchera, estuche… —murmuraba—. ¿La libreta de ciencias?
—Abuela…
—Aquí está —dijo satisfecha—. Muy bien.
Mientras tanto, la abuela Luna me acomodó el suéter, estirándolo un poquito.
—Te ves encantadora.
Sentí cómo me ardían las mejillas.
—Abuela… no digas eso aquí —susurré—. Es la entrada de la escuela.
Ambas rieron, como si eso fuera exactamente lo que querían provocar.
—¡Liiily!
Reconocí la voz al instante.
—¡Abi! —dije, girándome.
Abi venía corriendo hacia mí, agitando la mano, con su mochila rebotando en la espalda. Se me iluminó la cara sin darme cuenta.
—¡Hola! —nos dijimos casi al mismo tiempo.
—Te extrañé muchísimo —dijo ella—. Pensé que no íbamos a volver nunca.
—Yo también —respondí—. Fue raro estar tantos días en casa.
Me giré hacia mis abuelas.
—Ellas son Abi —les dije—. Mi mejor amiga.
—Mucho gusto —dijo Abi muy formal, aunque se notaba que estaba emocionada.
—Encantadas —respondió la abuela Luna—. Así que tú eres la famosa Abi.
—La que siempre sale en las historias —añadió la abuela Teresa con una sonrisa suave.
En ese momento, la mamá de Abi se acercó.
—Buenos días —saludó—. ¿Ustedes deben ser las abuelas de Lily?
—Así es —respondió la abuela Teresa—. Un gusto.
—Vaya semana la que nos tocó —dijo la mamá de Abi suspirando—. Entre las noticias y lo del hospital…
—Horrible —asintió la abuela Luna—. Una no deja de pensar en los niños.
—Y en los maestros —añadió la mamá de Abi—. Pobres, también.
Abi de pronto se estiró sobre la punta de los pies y miró hacia la izquierda.
—¡Mamá! —dijo—. ¡Mira! ¡Ahí viene la miss Alice!
Giré la cabeza.
Y la vi.
Estaba bajando del autobús escolar.
—Sí… —murmuré—. Es ella.
No sé por qué, pero algo se sentía diferente.
Caminaba despacio. No con prisa, no distraída… solo lento. Como si cada paso estuviera medido. Llevaba ropa larga, mangas largas, aunque no hacía tanto frío. Su mochila colgaba de un solo hombro.
—¿No se ve rara? —susurró Abi.
—Un poquito… —admití.
Abi no esperó más.
—¡Miss Alice! —gritó, y salió corriendo.
—¡Abi! —dijo su mamá—. ¡Despacio!
Pero ya era tarde.
Abi la abrazó fuerte, como si no la hubiera visto en años.
—¡La extrañé mucho!
La reacción de la miss fue inmediata.
—Ah— —soltó un sonido ahogado, casi un gemido.
Se tensó. Sus hombros se endurecieron y, con cuidado, separó un poco a Abi.
—Abi… —dijo, intentando sonreír—. Hola.
Yo fruncí el ceño.
La mamá de Abi se acercó rápido.
—Lo siento mucho —dijo—. Ha estado esperando verla toda la semana. ¿Se encuentra bien?
La miss se llevó una mano al abdomen, casi sin pensar.
—Sí —respondió—. Todo bien. Solo… hice ejercicio después de muchos años y mi cuerpo lo está resintiendo.
Abi la miró con culpa.
—¿Le dolió?
—Un poco —admitió—. Pero ya pasó.
Entonces levantó la vista y me miró.
—Buenos días, Lily.
—Buenos días, miss Alice —respondí.
—¿Hicieron las actividades que les dejé?
—Sí —dijimos Abi y yo al mismo tiempo.
—Algunas estaban difíciles —añadió Abi.
—Y otras no tanto —dije yo.
La miss sonrió un poco más.
—Me alegra oír eso.
Me giré hacia mis abuelas.
—Miss Alice —dije—, ellas son mis abuelas.
—La abuela Luna, mamá de mi papá.
—Y la abuela Teresa, mamá de mi mamá.
—Mucho gusto —dijo la miss, inclinando un poco la cabeza.
—El gusto es nuestro —respondió la abuela Luna con amabilidad.
Pero la abuela Teresa…
No dijo nada al principio.
La miró.
La miró demasiado.
Sus ojos recorrieron el rostro de la miss Alice con una atención que me hizo sentir rara.
Como si estuviera buscando algo. Como si estuviera recordando.
—¿Abuela? —murmuré.
Ella parpadeó, como saliendo de un pensamiento profundo.
—Perdón —dijo al fin—. Mucho gusto, señorita.
—El gusto es mío —respondió la miss, con una sonrisa educada… aunque algo tensa.
No sabía por qué, pero en ese momento sentí un escalofrío.
Algo en la expresión de mi abuela Teresa era… difícil de descifrar.
No era alegría.
No era enojo.
Era otra cosa.
La miss se quedó mirando a mis abuelas unos segundos más.
No fue una mirada rápida ni educada. Fue… fija. Como si estuviera intentando ordenar algo en su cabeza. Sus ojos pasaron primero por la abuela Luna y luego se detuvieron en la abuela Teresa, apenas un instante más de lo normal.
Después parpadeó y, como si recordara de pronto dónde estaba, carraspeó suavemente.
—Supongo que… —dijo— todos deben seguir bastante conmocionados por lo que ocurrió. No ha sido una semana fácil para nadie. Y menos para los niños.
La mamá de Abi asintió de inmediato.
—Muchísimo —respondió—. En casa no se habla de otra cosa. Abi incluso llegó a preguntarme si yo era realmente su mamá… si no había sido cambiada.
Abi bajó la mirada, avergonzada.
—Pero claro —continuó su mamá—, revisamos todo, hablamos, y le aseguré que no fue así.
Yo tragué saliva.
Y sin pensarlo, sin medirlo, lo dije.
—Mis papás sí fueron víctimas de ese doctor —solté—. Tenían una hija antes que Luke y yo. Una hermana mayor… que yo no sabía que existía.
El silencio cayó de golpe.
La miss Alice se tensó visiblemente. Sus hombros se endurecieron y su respiración cambió, apenas, pero lo noté. La mamá de Abi me miró sorprendida, y Abi abrió los ojos como platos.
—¿Una hermana…? —murmuró Abi.
Sentí una mano firme sobre mi hombro.
—Lily —dijo la abuela Luna en voz baja, apretándome un poco.
Como diciendo: no aquí.
—Lo siento —dije rápido—. No debí decir eso.
La miss dio un paso hacia mí. Luego otro. Se inclinó un poco para quedar a mi altura y, al hacerlo, dejó escapar un pequeño gemido que intentó disimular apretando los labios.
—Está bien —dijo con suavidad—. De verdad. A veces… guardar las cosas duele más que decirlas.
Me miró directo a los ojos.
—Si necesitas hablar de eso algún día —continuó—, soy todo oídos. No voy a juzgarte ni a contárselo a nadie.
Sentí algo raro en el pecho. Como si se me aflojara un nudo.
—Gracias —murmuré.
Ella sonrió un poco más.
—Y… —añadió— si esa hermana mayor te conociera, estoy segura de que te querría muchísimo. Te mimaría, te cuidaría… —hizo una pausa—. Ojalá algún día puedas conocerla, incluso si ahora suena imposible.
No supe qué responder.
La abuela Teresa dio un paso al frente entonces.
—Disculpe —dijo, observando a la miss con atención—. ¿De dónde es usted?
La miss levantó la mirada hacia ella.
—Del extranjero —respondió—. He viajado bastante.
—¿Y qué edad tiene? —preguntó mi abuela, sin rodeos.
—Veinticinco.
Sentí que la abuela Teresa se tensaba apenas.
—¿Tiene familia? —insistió.
La sonrisa de la miss se volvió más pequeña, más controlada.
—No —dijo—. Soy huérfana desde que nací.
—Oh… —murmuró la abuela Luna—. Lo siento mucho.
La miss negó con la cabeza.
—Está bien. De verdad. Los padres de Lily ya me hicieron esas preguntas —añadió con naturalidad—. Y bueno… casi todo el mundo las hace.
Miré a mis abuelas.
La abuela Luna parecía simplemente apenada.
Pero la abuela Teresa…
Seguía mirándola como si hubiera visto un fantasma.
La miss respiró hondo, como si ese pequeño intercambio le hubiera quitado más energía de la que quería admitir. Se enderezó despacio, con cuidado, y esbozó una sonrisa educada que parecía sostenerse por pura fuerza de voluntad.
—Bueno… —dijo, juntando las manos frente a ella—, si no hay más preguntas, ¿qué les parece si entramos? Las clases ya van a iniciar.
Hizo una pausa mínima y añadió, con un tono ligeramente más honesto:
—Y, para ser sincera, mi cuerpo agradecería mucho sentarse un rato.
La mamá de Abi frunció el ceño de inmediato.
—¿Está segura de que se siente bien, miss? —preguntó—. Se la ve un poco pálida.
La miss soltó una pequeña risa.
—Prometo que no me voy a desmayar frente a los alumnos —dijo—. Solo… retomé actividad física después de años. Mi cuerpo no está muy contento conmigo.
Abi levantó la mano como si estuviera en clase.
—¿Entonces no fue por mi abrazo? —preguntó, preocupada.
La miss la miró y suavizó la expresión.
—No, Abi —respondió—. Tu abrazo fue inesperado, pero bonito. Solo me tomó por sorpresa, eso es todo.
Abi sonrió, aliviada.
La abuela Luna asintió.
—Claro, no la entretenemos más —dijo—. Ya bastante tiene con tantos niños.
La abuela Teresa tardó un segundo más en reaccionar. Finalmente carraspeó.
—Sí… por supuesto —dijo—. Gracias por hablar con nosotras.
La miss inclinó ligeramente la cabeza.
—Gracias a ustedes por confiarme a Lily.
Sentí un calor raro en el pecho cuando dijo mi nombre.
—Vamos, Lily —dijo Abi, jalándome un poco de la manga—. Si llegamos tarde, luego se enoja el profe de la siguiente clase.
—No me enojo tan fácil —respondió la miss, caminando despacio hacia la entrada—. Pero sí tomo lista.
Abi se enderezó de inmediato.
—¡Entonces sí hay que correr!
—Caminar —corrigió la miss—. Con calma.
Antes de entrar, volteé una vez más.
La abuela Luna me sonrió y me hizo un pequeño gesto con la mano.
La abuela Teresa… seguía mirando a la miss Alice.
No sonreía.
Tenía esa expresión que usan los adultos cuando algo no encaja, pero todavía no se atreven a decirlo en voz alta.
La puerta de la escuela se cerró detrás de nosotras.
Y las clases comenzaron.
****
Alice.
Me senté en la silla del escritorio con más cuidado del que me habría gustado admitir.
El metal frío del respaldo me recorrió la columna y, por un segundo, sentí cómo mi cuerpo protestaba en bloque: el abdomen tirante bajo las vendas, el brazo izquierdo aún sensible, el golpe en la cabeza latiendo como un recuerdo que no se quiere ir. Apreté los dientes y solté el aire despacio, acomodándome hasta encontrar una postura que no doliera… demasiado.
Uno a uno, los alumnos fueron entrando.
El murmullo llenó el aula: mochilas arrastrándose, risas contenidas, saludos rápidos, sillas moviéndose. Los grupos ya estaban armados, casi de manera natural, como si el salón hubiera encontrado su propio orden en apenas unos días.
Lily y Abi se sentaron juntas, como siempre. Cabezas inclinadas, cuchicheos, risitas suaves. Las vi desde mi lugar y no pude evitar que una punzada —mezcla de cansancio y algo más profundo— me atravesara el pecho.
Maldita sea.
El abrazo de Abi todavía me dolía. No por ella, claro. Por lo que mi cuerpo cargaba debajo de la ropa larga, por lo que no podía permitirme mostrar. Había sido un gesto inocente, cálido… y yo había reaccionado como alguien hecha de cristal roto.
Me pasé una mano por el abdomen, disimulando, y luego la dejé caer sobre el escritorio.
Respira. Estás aquí. Da clase. Eso es todo.
Pero no lo era.
Porque mientras los niños se acomodaban, mi mente regresó, inevitable, a la entrada de la escuela.
A las abuelas de Lily.
A mis abuelas biológicas.
El pensamiento seguía siendo extraño, incómodo, como una prenda que no termina de quedarte bien. Nunca las había imaginado. Nunca me había permitido hacerlo. Eran conceptos abstractos, datos genéticos en un archivo robado, coincidencias en una prueba de sangre.
Y de pronto… ahí estaban. Dándome la mano. Ajustándole la ropa a Lily. Mirándome.
Sobre todo Teresa.
La forma en que me observó no fue casual. No fue curiosidad amable ni simple comparación. Fue… análisis. Como si algo en su cabeza hubiera empezado a moverse, a buscar una forma, un patrón.
Esa mujer es peligrosa, pensé. No por mala. Por perspicaz.
Y eso me inquietaba más que cualquier agente de Helix.
Bajé la mirada un momento, fingiendo revisar unos papeles que no necesitaban revisión.
Lily sabe.
No todo. No la verdad completa. Pero sabe algo. Sabe que hubo una hermana mayor. Una hermana "muerta". Un nombre. Beatriz.
Yo.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
Durante años, mi vida había sido mitad mentira, mitad verdad. Huérfana: cierto. Extranjero: cierto. Viajar mucho: cierto. Lo que nunca decía era el por qué. Ni el cómo. Ni el precio.
Y ahora, con la confesión de O'Connor, con hospitales explotando, con familias removiendo tumbas que creían selladas para siempre… esa mentira se volvía frágil.
Si fui una víctima de esos intercambios —y lo fui—, entonces ya no era solo una sombra bien entrenada. Era una pieza perdida que el mundo estaba empezando a buscar.
¿Quién sabe qué sucederá ahora?
¿Qué pasará cuando alguien una los puntos?
¿Cuando alguien mire un poco más de cerca?
¿Cuando Teresa deje de mirar… y empiece a preguntar?
Levanté la vista justo cuando Lily me miró.
Nuestros ojos se cruzaron por un segundo.
Verdes.
El mismo verde.
Aparté la mirada primero.
Golpeé suavemente el escritorio con los nudillos para llamar la atención.
—Muy bien, chicos —dije, forzando firmeza en la voz—. Tomen asiento. Vamos a empezar.
Porque, por ahora, eso era lo único que podía hacer.
Seguir enseñando.
Seguir fingiendo.
Seguir viva.
Me levanté despacio.
Primero las manos sobre el escritorio. Luego el peso, con cuidado, como si mi cuerpo fuera una estructura mal ensamblada que podía venirse abajo si me movía mal. Sentí el tirón inmediato en el abdomen y apreté la mandíbula, manteniendo la respiración pareja.
No te veas débil.
No aquí.
Aun así, no pasó desapercibido.
El silencio del salón duró apenas un segundo antes de que una mano se alzara.
—¿Sí, Hugo? —dije, girando un poco el torso para mirarlo.
Hugh… Hugo. Siempre atento. Demasiado.
—Miss… —frunció el ceño—. ¿Qué le pasó?
Varias cabezas se giraron hacia mí al mismo tiempo.
—¿Cómo que qué me pasó? —pregunté, fingiendo no entender.
—Pues… —se encogió de hombros—. Se ve… mal. ¿Está enferma?
Un murmullo inmediato recorrió el salón.
—¿Está enferma?
—Mi mamá dice que si los profes faltan es porque están enfermos...
—¿Se va a ir otra vez?
Sonreí. Una sonrisa suave, ensayada, que me había salvado más veces de las que podía contar.
—Estoy bien —dije—. No estoy enferma.
—Pero se ve cansada —insistió Hugo, sincero, no malintencionado.
—Eso es porque hice ejercicio —respondí.
Hubo un segundo de silencio absoluto.
Luego…
—¿Ejercicio? —preguntó una niña del fondo—. ¿Pero por qué?
—Sí —agregó otra, sin ningún filtro—. Si es bonita y tiene bonito cuerpo… ¿para qué necesita hacer ejercicio?
Sentí cómo mi cerebro se detenía un segundo completo.
Abi se tapó la boca.
Lily se hundió en su asiento.
Yo solté una risa corta.
—Gracias… creo —dije—. Pero el ejercicio no es solo para verse bien. Es para estar sana.
—¿Sana de qué? —preguntó otro niño.
—De la edad —respondí sin pensar—. Estoy cerca de los treinta.
—¡¿Treinta?! —exclamaron varios al mismo tiempo.
—¡Mi mamá tiene treinta y dos!
—¡Mi tía tiene treinta y corre maratones!
—¡Eso no es viejo!
—Exacto —asentí—. Por eso hay que mantenerse en buenas condiciones.
Otra mano se levantó.
—Miss —dijo una niña cerca de la ventana—. ¿Y por qué trae ropa larga? Hace calor.
Suspiré por dentro.
—Porque tengo frío.
Algunos me miraron incrédulos.
—¿Con este calor?
—Yo estoy sudando…
—Mi mamá dice que el frío es psicológico—
Levanté una ceja.
—Si alguien más hace preguntas personales —dije con voz peligrosa—, los pondré a hacer ejercicios difíciles… y no los ayudaré.
Hubo risas nerviosas.
—¡No, miss!
—¡Ya no pregunto!
—¡Cambiemos de tema!
—Excelente decisión —asentí—. Entonces…
Me enderecé lo mejor que pude.
—¿Quién hizo las actividades que les dejé el lunes?
La mayoría de las manos se levantaron. No todas, pero sí más de las que esperaba.
—Yo hice ciencias.
—Historia también.
—Geografía estaba fácil.
—Matemáticas… más o menos.
—Solo hice dos.
—Yo intenté matemáticas pero me rendí.
Asentí, recorriendo el salón con la mirada.
—Está bien. No era para que hicieran todo perfecto —dije—. Era para que pensaran, no para torturarlos… todavía.
Algunas risas.
—Vamos a empezar con ciencias e historia —continué—. Matemáticas las veremos con calma. Prometo no traumatizarlos.
Abi levantó el pulgar.
Lily sonrió apenas.
Y por un momento… solo por un momento… el dolor, las mentiras, Helix, el hospital, las explosiones y los fantasmas se quedaron afuera.
Aquí, en este salón, solo era la miss Alice.
