Ficool

Chapter 16 - Capitulo 15

Grace.

El agua corría con un murmullo constante mientras enjuagaba los platos uno por uno.

Plato.

Vaso.

Cubierto.

El sonido era casi hipnótico… o al menos debería haberlo sido.

Pero no lo era.

Mis manos se movían solas, por pura memoria muscular, mientras mi cabeza estaba en otro sitio. Muy lejos de la cocina. Muy lejos de esta casa.

—Mamá —dijo Lily desde la mesa—, la miss Alice dijo...

No levanté la vista de inmediato.

—Lo se, cariño.

—Dice que tal vez vamos a ir a una feria de ciencias a una preparatoria —dijo, con esa emoción contenida que le brillaba en la voz—. ¿Te imaginas?

Sentí un pequeño pinchazo en el pecho.

—Eso suena divertido —respondí, forzando una sonrisa que ella no podía ver.

—¡Y resulta que es la escuela de Luke! —añadió, girándose hacia su hermano—. ¿Por qué nunca nos dijiste que tu escuela hacía esas cosas?

Luke alzó los hombros desde el sillón.

—Porque no sabía que iba a ser tan pronto… y porque no pensé que les importara.

Michael soltó una risa baja desde el sofá, sin despegar los ojos de la televisión mientras cambiaba de canal.

—Claro que importa —dijo—. Tu hermana está emocionada porque tú vas a presentar algo, genio.

—¿En serio? —preguntó Lily, mirándolo con ojos enormes.

Luke se removió incómodo.

—Bueno… sí. Voy a presentar con mi equipo.

—¡Eso es increíble! —dijo ella, casi saltando en su silla—. ¡La miss Alice va a ver tu proyecto!

Mi mano se detuvo un segundo sobre el fregadero.

Alice.

El nombre me atravesó como una astilla.

Seguí lavando, apreté un poco más de lo necesario el plato que tenía entre las manos.

—Es raro que hagan una feria de ciencias al inicio del semestre —comenté, más para mí que para ellos.

—Sí —respondió Michael—, pero supongo que quieren impresionar a los nuevos.

Asentí, aunque no estaba escuchando del todo.

Porque mi mente volvió, inevitablemente, a la mesa del comedor.

Al sobre médico.

A la carta.

A esa frase fría y clínica que todavía podía leer con solo cerrar los ojos.

No existe compatibilidad genética.

Cerré el grifo de golpe.

El silencio fue breve, incómodo.

Michael levantó la vista.

—¿Todo bien?

—Sí —mentí—. Solo… terminé.

Se levantó del sofá y se acercó un poco, apoyándose en la encimera.

—Grace…

No lo miré.

Tomé una toalla y empecé a secarme las manos con movimientos lentos, casi mecánicos.

—No puedo dejar de pensar en ello —dije al fin, con la voz más baja—. En la prueba.

Michael suspiró.

—Ya pasó.

—No —negué, con un hilo de rabia que no pude ocultar—. No pasó. Mi madre fue a la escuela de mi hija. Habló con la directora. La convenció de darle una gasa con sangre.

—Grace…

—Me dejó creer —continué, ahora mirándolo—, por unos días, que esa mujer… que Alice… podía ser Beatriz.

Mi garganta se cerró al decir el nombre.

—¿Sabes lo que se siente eso? —pregunté—. Volver a imaginarla viva. Pensar que la tenía frente a mí todos los días. Que hablaba con Lily. Que la cuidaba.

Michael bajó la mirada.

—Lo sé.

—No, no lo sabes —dije, con la voz temblorosa—. Porque tú no la llevaste nueve meses dentro. Tú no sentiste cómo se te rompía el cuerpo cuando te dijeron que estaba muerta. Tú no la enterraste creyendo que había algo mal contigo.

Mis manos empezaron a temblar.

—Y todo porque mi madre decidió que tenía derecho a saber… aunque me destrozara en el proceso.

Michael dio un paso más cerca.

—Ella también perdió a una nieta.

—¡No así! —exclamé en un susurro furioso, mirando de reojo a Lily para asegurarme de que no nos escuchara—. Ella no fue la que tuvo que firmar un acta de defunción con el nombre de su hija.

Me apoyé en la encimera.

—Y ahora… ahora resulta que ni siquiera era verdad.

Silencio.

Michael me puso una mano en la espalda.

—La carta decía que no había compatibilidad —dijo con cuidado—. Eso es lo único real ahora.

Cerré los ojos.

—Por eso la quemé —murmuré—. Porque no quiero volver a verla. Porque no quiero que los niños sepan que dudamos. Que hicimos una prueba. Que abrimos esa herida otra vez.

—No lo sabrán —aseguró—. Lo prometimos.

Asentí despacio.

Desde la mesa, Lily hablaba animada con Luke sobre la feria, sobre experimentos, sobre carteles de colores y presentaciones.

La miré.

Tan viva.

Tan aquí.

Y aun así…

El odio volvió a arder, lento, espeso.

No hacia Alice.

No hacia el doctor muerto.

Sino hacia mi madre.

Por haber traído esa gasa.

Por haber sembrado esa esperanza.

Por haberme hecho volver a perder a Beatriz… una vez más.

Seguí ahí, apoyada en la encimera, dejando que el murmullo de la casa me envolviera sin realmente tocarme.

Lily reía. Luke le explicaba algo con las manos, exagerando los gestos como siempre hacía cuando se emocionaba. Michael volvió al sofá, pero esta vez no encendió el volumen de la televisión; la dejó como un fondo borroso de luces y sonidos sin sentido.

Yo respiré hondo.

Una vez.

Dos veces.

No quería llorar. Estaba cansada de llorar por alguien que, oficialmente, nunca existió.

Volví al fregadero y acomodé los platos ya secos, uno sobre otro, con cuidado excesivo.

El orden me ayudaba a no desmoronarme.

Cada cosa en su sitio. Cada pensamiento, al menos intentándolo.

—Mamá —dijo Lily al rato—, ¿crees que la miss Alice vaya a ir con nosotros al paseo?

—Seguramente sí —respondí, girándome apenas—. Si su grupo va, ella tendrá que acompañarlos.

—Es buena maestra —añadió Luke, sin mirarme—. Se nota que sabe mucho.

Sentí ese tirón extraño en el pecho. No dolor. Algo más incómodo.

—Sí —dije—. Eso parece.

Michael me observó de reojo. Lo supe sin necesidad de mirarlo. Él también pensaba en lo mismo, aunque ninguno de los dos iba a decirlo en voz alta.

Alice.

La mujer que no era mi hija.

La mujer que se parecía demasiado a mí.

La mujer que había hecho que mi madre cruzara una línea imperdonable.

Tomé el trapo de la mesa y limpié una mancha inexistente.

—Lily —dije, procurando que mi voz sonara normal—. Cuando termines esa tarea, ve preparando tu mochila para mañana.

—¿Sí hay clases? —preguntó.

—Sí. Todo volvió a la normalidad.

"Normalidad".

La palabra me supo amarga.

Lily asintió y volvió a concentrarse. Luke bostezó, estirándose en el sillón.

Michael se levantó y se acercó otra vez, esta vez sin tocarme. Solo estando ahí.

—¿Vas a poder dormir hoy? —preguntó en voz baja.

Me encogí de hombros.

—No lo sé.

No le dije que cada vez que cerraba los ojos veía esa carta ardiendo en la estufa.

No le dije que, por un segundo, al quemarla, había deseado que el fuego también borrara la duda.

No le dije que una parte de mí, la más egoísta, la más rota seguía preguntándose si la prueba había sido correcta, si la muestra era realmente de Alice, si todo había sido una cadena de errores desde el principio.

Porque decirlo en voz alta lo haría real.

Y yo ya no tenía fuerzas para otra realidad distinta a esta.

—Voy a darme una ducha —murmuré—. Necesito despejarme.

Michael asintió.

Subí las escaleras despacio. Cada peldaño parecía pesar más que el anterior. En el pasillo, pasé frente a la habitación de Lily. La puerta estaba entreabierta. La luz de su lámpara iluminaba la mitad del pasillo.

Me detuve.

La observé unos segundos sin que ella se diera cuenta. Su frente fruncida de concentración. El mechón rebelde cayéndole sobre la cara. Ese gesto tan suyo… tan mío.

Tragué saliva.

—Buenas noches, mamá —dijo sin levantar la vista.

—Buenas noches, cariño.

Cerré la puerta con cuidado y seguí caminando.

En el baño, el espejo me devolvió una imagen que no me gustó: ojeras marcadas, los ojos apagados, la boca tensa. Me apoyé en el lavabo y me quedé mirándome.

Veinticinco años atrás, otra mujer había mirado un espejo parecido, con los brazos vacíos y el corazón roto.

Y hoy…

Hoy yo estaba aquí. Con dos hijos. Con una vida que había seguido adelante a pesar de todo.

Me enderecé.

No iba a permitir que una prueba, una gasa y una sospecha destruyeran lo que aún tenía.

Alice no era Beatriz.

Eso era lo único que importaba ahora.

Y aunque el nudo en el pecho no desapareció, al menos esa noche decidí no alimentarlo más.

****

???

Corría.

No pensaba, no planeaba, solo corría.

El aire me quemaba los pulmones y el corazón me golpeaba las costillas como si quisiera salirse. Giré bruscamente a la derecha y choqué contra una pared húmeda, áspera, la pintura descascarada raspándome el hombro. Apenas sentí el dolor. Me impulsé de nuevo y seguí.

¿Cómo…?

¿Cómo diablos me encontraron?

Habían pasado años. AÑOS. Cambié de nombre, de ciudad, de rutina. Nunca usé tarjetas, nunca un patrón fijo. Siempre efectivo, siempre de noche, siempre mirando por encima del hombro. No hablaba con nadie. No confiaba en nadie.

Samuel decía que era paranoico.

Samuel está muerto.

El callejón se estrechó. Las luces parpadeaban arriba, amarillas, enfermas. El olor a orina y basura me revolvió el estómago. Mis zapatos resbalaron sobre algo viscoso y casi caigo.

—Mierda… —jadeé.

Un contenedor de basura apareció frente a mí.

Lo empujé con todo el cuerpo al girar y la chatarra, bolsas y botellas se desparramaron con un estruendo.

Entonces lo escuché.

El silbido seco.

El impacto.

¡CLANG!

La bala golpeó metal, no carne.

—¡JODER! —grité sin querer.

Mi mano reaccionó antes que mi cabeza. Giré el brazo hacia atrás, sin mirar, y disparé.

Una vez.

Dos.

El retroceso me sacudió el hombro. No sabía a quién le estaba disparando. No quería saberlo. Solo necesitaba ganar segundos.

Seguí corriendo.

Las imágenes me golpeaban mientras avanzaba: el hospital, las salas blancas, los formularios falsificados, las cunas vacías. Los bebés que nunca debieron salir de ahí. Los pagos en sobres gruesos. Las llamadas nocturnas.

—Solo es papeleo —decía O'Connor—. Nadie sale lastimado.

Mentiroso hijo de puta.

Doblaba esquinas sin sentido, salía a calles más abiertas, volvía a meterme en sombras. El sudor me empapaba la espalda. Sentía el arma pesada en la mano, inútil y necesaria al mismo tiempo.

Escuché pasos.

Más de uno.

No eran policías comunes. No gritaban órdenes. No pedían que me detuviera. Avanzaban con precisión, con silencio.

Eso fue lo que me heló la sangre.

—No… no, no, no… —susurré.

Esto no era por el doctor.

Esto era por todo.

Por lo que sabíamos.

Por lo que hicimos.

Por lo que nunca debió existir.

Tropecé otra vez, esta vez cayendo de rodillas.

El pavimento me arrancó piel. Sentí el sabor metálico de la sangre en la boca.

Me levanté como pude.

"Corre", me gritaba la cabeza.

"Es inútil", respondía otra parte de mí.

Samuel siempre decía que Helix no perdonaba errores.

Yo creí haber escapado.

—¡Ya no corras! —la voz rebotó en el callejón, firme, sin prisa—. Sabes que ya no hay nada que puedas hacer.

No me detuve.

—¡TRABAJAMOS JUNTOS! —grité mientras corría, la garganta hecha fuego—. ¡Hicimos esto juntos! ¿¡Por qué me quieren muerto!? ¡Hice todo lo que me pidieron! ¡TODO! ¡Lo que O'Connor me pedía!

Mis pasos sonaban torpes, desordenados. El eco me devolvía mi propio pánico.

La voz respondió, ahora más cerca, demasiado tranquila para la situación.

—Nadie quiere matarte.

Solté una risa rota, histérica.

—¡No me jodas!

—Queremos que no hables —continuó—. Igual que O'Connor. Para que la gente no haga preguntas. Ya sabes cómo funciona este trabajo.

—¡YO NO HABLÉ! —grité—. ¡Nunca! ¡Me quedé callado todos estos años!

El dolor llegó antes de que pudiera terminar la frase.

Un impacto seco. Brutal.

—¡AAAH! —mi pierna cedió, el mundo se inclinó.

Miré abajo. Sangre. Caliente. Demasiada.

—¡MIERDA! —me tambaleé, apretando los dientes.

Me obligué a levantarme, cojeando, arrastrando la pierna. Cada paso era una descarga eléctrica que subía hasta la cadera.

—¡Sigan hablando! —escupí—. ¡Así son de valientes!

Avancé tres pasos más.

El segundo disparo fue peor.

—¡JODER! —la otra pierna colapsó.

Caí de frente, el arma se me escapó de la mano. Golpeé el suelo con los puños, rabioso, desesperado.

—¡HIJOS DE PUTA!

Agarré la pistola a ciegas y disparé.

Una.

Dos.

Tres.

Nada.

No vi a nadie.

La oscuridad del callejón era espesa, tragándose todo. Solo quedaban los sonidos.

Pasos.

Lentos.

Controlados.

Cercándose.

—No… —susurré—. Por favor…

Los pasos se detuvieron.

Entonces los vi.

Arriba del edificio, una silueta recortada contra el cielo. Detrás de mí, sombras moviéndose.

Y frente a mí…

Un hombre salió de la oscuridad.

Cabello negro.

Ojos negros.

La mitad del rostro cubierta por un pasamontañas.

Me apuntaba.

—Espera —dije, levantando las manos con dificultad—. Espera… no tienes que hacer esto.

Silencio.

—Yo… yo guardé el secreto —continué, la voz quebrándose—. No dije nada. Nunca dije nada del trabajo de O'Connor. Nunca hablé de los niños, ni de los hospitales, ni de los pagos.

Tragué saliva.

—Si no fuera porque él… —mi voz tembló—. Si no fuera porque O'Connor se suicidó… dejando esa maldita carta… esto no estaría pasando.

El hombre dio un paso más cerca.

—Eso fue un error —dijo por fin—. Uno muy grande.

—¡YO NO ESCRIBÍ ESA CARTA! —grité—. ¡YO NO LA QUISE! ¡ÉL DECIDIÓ HABLAR!

—Y ahora —respondió con calma— hay consecuencias.

—Piedad… —murmuré—. Por favor. No quiero morir.

Mis manos temblaban. El arma pesaba como plomo inútil.

—Me quedaré callado —prometí—. Como siempre. Me iré. Desaparezco. Nadie volverá a saber de mí.

El hombre inclinó un poco la cabeza, como si me estudiara.

—Ya no funciona así.

—¡Por favor! —la palabra salió rota—. Yo… yo solo seguí órdenes.

Hubo un silencio largo.

Demasiado largo.

—Eso es lo que todos dicen.

El sonido metálico al amartillar el arma fue lo último que escuché con claridad.

Y en ese instante entendí algo que Samuel siempre supo y yo me negué a aceptar:

En este trabajo,el silencio no se recompensa.

Se asegura.

***

???

El cuerpo quedó inmóvil.

No hubo espasmos.

No hubo último intento de huida.

Solo silencio.

Bajé el arma despacio, sin apartar la vista de él.

Exhalé, largo.

La sangre comenzaba a extenderse por el asfalto, oscura, espesa. No sentí nada. Ni alivio. Ni culpa. Solo el cierre limpio de un pendiente más.

Levanté la mirada hacia el borde del edificio.

Hice la seña con la mano.

Retirada.

Una silueta respondió con el mismo gesto y desapareció.

Entonces escuché pasos detrás de mí.

No me sobresalté.

Giré apenas la cabeza.

Era él. El que lo había estado persiguiendo antes de que yo terminara el trabajo. Tenía el arma baja, el rostro tenso, respiración aún agitada por la carrera.

—Ya está —dijo—. El trabajo está hecho.

Miró el cuerpo, luego a mí.

—Solo falta ocultarlo.

Asentí una vez.

—Háganlo entonces.

Él frunció el ceño, como si esperara algo más.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo —repetí—. Aún faltan objetivos por encontrar… y callar.

El hombre apretó la mandíbula.

—Siempre igual contigo.

—Porque siempre es igual —respondí.

Me di media vuelta.

Escuché cómo daba órdenes a los otros, cómo se movían alrededor del cadáver, cómo el callejón volvía a llenarse de actividad contenida, eficiente.

Yo ya no formaba parte de eso.

Caminé sin prisa, guardando el arma bajo la chamarra. Saqué el celular antes de llegar a la esquina.

Marqué el número.

Contestaron al segundo tono.

—El encargo está hecho —dije sin rodeos—. Vamos de regreso.

Silencio al otro lado.

Luego, su voz.

—Buen trabajo, hijo mío.

Cerré los ojos un instante.

—Siempre, madre.

No hubo respuesta inmediata. Nunca la había.

Colgué.

Guardé el celular y seguí caminando, perdiéndome entre las luces lejanas de la calle principal, mientras detrás de mí el pasado era borrado, como siempre.

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