Ficool

Chapter 10 - Capítulo III —Bajo la luz roja del cuartel

El ardor la atravesó antes de que pudiera entender qué había pasado.

Eolka sintió el dolor extenderse como una serpiente sobre su pecho. Intentó incorporarse, pero la visión se le nubló, como si el mundo se negara a quedarse quieto bajo sus pies.

Instintivamente llevó una mano al vientre. La armadura ligera cedió bajo sus dedos, deshaciéndose en fragmentos finos, que no ofrecía resistencia.

Cuando apartó la mano, el rojo ya estaba allí. No brotaba: se había quedado, atrapado entre los pliegues del guante de cuero.

La embestida la había lanzado contra el suelo con una violencia que le arrancó el aire. Durante un instante, todo se redujo a un ruido apagado y sombras deformes. No recordaba el golpe ni a la bestia. Solo el peso de su cuerpo contra la tierra y un zumbido grave que parecía venir desde todas partes.

Al parpadear, respiró con fuerza. El aire le quemó por dentro, como si algo se hubiese roto y aún no terminara de acomodarse en su lugar.

La noche seguía fuera de sitio. Las sombras se desplazaban lentas, deformadas, como si no respondieran al mundo, sino a una voluntad ajena.

Poco después, entre el roce de las hojas, alguien dijo su nombre.

No una vez. Las necesarias.

Hasta que un tirón en el brazo la sacudió de nuevo.

—Capitana… —la voz temblaba—. Necesitamos sus órdenes.

Al apoyar una rodilla en el suelo, el ardor no cedió; al contrario, se intensificó.

Cuando alzó la mirada, la formación apenas se sostenía. En el centro, los niños que no habían logrado escapar se encogían unos contra otros.

Al frente, cuatro guerreros mágicos sostenían la línea defensiva, como si el cuerpo recordara el entrenamiento antes que la mente. Detrás de ellos, cuatro magos conjuraban un hechizo.

Cuando Eolka volvió en sí, lo primero que vio fueron las espadas: todas apuntando hacia la oscuridad.

El golpe seguía zumbando en su cabeza. La sensación de haber sido arrojada seguía ahí, como si el suelo aún no hubiera terminado de aceptarla. Pensar costaba. Ordenar, aún más.

Entonces lo notó.

Nadie atacaba. Nadie avanzaba.

Estaban esperando.

Y si su equipo esperaba… era porque algo, ahí fuera, ya se había movido.

—¡Cierren filas! —dijo con voz de mando—. Activen la barrera.

La orden se acató de inmediato. La magia se desplegó, elevándose hasta cerrarse en una cúpula de luz pálida que los aisló de la noche. Bajo ese resplandor, los rostros quedaron expuestos: miradas tensas, mandíbulas apretadas. El miedo no tenía espacio para esconderse, ni en los guerreros ni en los niños.

Durante unos segundos, la presión en el aire cambió.

Pero la seguridad no duró.

Algo se movió en los bordes de la luz. No una silueta clara, sino un desplazamiento antinatural, como si la sombra de una roca se hubiera deslizado sin que nada la proyectara. Luego otra. Y otra más.

La bestia no se mostraba. Se ocultaba en las sombras.

—Mantengan posición —ordenó Eolka.

El golpe llegó desde afuera.

No fue un choque frontal, sino algo peor: un impacto preciso, concentrado en un único punto. La barrera se deformó, como si algo la empujara… y entonces se rompió como cristal.

Uno de los guerreros fue arrancado de la formación de un mordisco. Su cuerpo desapareció en la oscuridad antes de que alguien pudiera reaccionar. El grito no se apagó de inmediato: se estiró y se desgarro, lo bastante cerca como para obligarlos a escuchar; lo bastante lejos como para que fueran en su ayuda.

Durante ese lapso suspendido, la sombra no avanzó.

Esperó.

Luego, el grito se cortó de golpe.

La barrera volvió a cerrarse con un estremecimiento sordo, como si nada hubiera ocurrido.

El miedo se filtró en la formación, lento y espeso, recorriendo la sangre antes de que alguien pudiera contenerlo.

—Vamos… a morir —susurró uno del equipo, llevándose la mano a la cabeza.

Las sombras comenzaron a moverse.

No como figuras definidas, sino como tirones que se deslizaban bajo árboles y rocas, rozando el suelo, cambiando de lugar en el instante exacto en que alguien intentaba fijarlas con la mirada. Varios retrocedieron al mismo tiempo, convencidos de que la bestia emergería desde abajo.

Las armas siguieron cada destello oscuro, cada desplazamiento fugaz. Las espadas giraban. Las varitas se alineaban.

Pero el ataque enemigo nunca llegaba donde lo esperaban.

Cuando giraban, la barrera cedía en otro punto. Algo irrumpía solo para retirarse de inmediato. No era un asalto caótico. La criatura los forzaba a girar tarde, a romper la formación, a moverse justo cuando no debían.

Un sector del campo mágico se resquebrajó con un sonido agudo, como vidrio sometido a demasiada presión. Uno de los magos avanzó por reflejo para sellarla, sin embargo, una boca enorme atravesó la fisura.

La criatura lo atrapó en un solo mordisco y lo arrancó del interior de la cúpula. Los dos guerreros que lo tenían que proteger apenas alcanzaron a alzar sus armas; la sangre les salpicó el rostro y los brazos cuando el cuerpo desapareció en la oscuridad.

El grito llegó después.

El alarido se sostuvo, deformado por el dolor y el pánico, lo bastante cerca como para arrastrar miradas… y manos que se tensaban sin permiso.

Detrás, los niños seguían temblaban. Algunos se cubrían la boca para no gritar. Otros se aferraban entre lágrimas, comprendiendo que su fin estaba cerca.

Eolka no miró el vacío dejado atrás. Observó los intervalos. El ritmo.

No buscó a la bestia. Buscó el patrón.

Las sombras no eran solo cobertura.

Eran la ventaja de la bestia.

Un hilo de sudor le recorrió la sien, pese al ardor que aún le quemaba el costado. Respiró despacio, obligando al miedo a quedarse quieto.

—Iluminen todo —ordenó, con voz firme—. Que no quede oscuridad.

Dos magos avanzaron sin intercambiar palabra. Formaron un círculo y unieron las manos, inclinando la cabeza mientras recitaban en silencio. La magia se concentró entre sus palmas: primero un pulso débil; luego, un resplandor creciente que les trepó por los brazos, hasta alzarse como un pequeño sol.

Después, estalló.

El resplandor se expandió por el terreno, borrando cada sombra posible.

La noche retrocedió.

Y entonces la vieron.

La bestia emergió del terreno iluminado, enorme, imposible de ocultar. Su cuerpo lupino estaba cubierto de marcas brillantes. Seis colas se desplegaron tras ella, cada una trazando un círculo en el aire: fuego, tierra, trueno; energías superpuestas que giraban con un zumbido capaz de hacer vibrar el suelo.

El lobo alzó la cabeza y gruñó.

No con furia.

Si no con hambre contenida.

Aún sostenía entre las fauces el cuerpo del mago. Lo mordió de nuevo, con una lentitud deliberada, triturando hueso y carne ante todos. El grito de los niños se quebró en un sonido húmedo, y el pánico se propagó al instante.

Algunos niños retrocedieron, pero la barrera les impedía salir.

Otros bajaron las armas, incapaces de apartar la mirada.

Eolka sintió aquella presencia aplastarle el pecho. La rabia le tensó el brazo herido; apretó el puño ensangrentado hasta que el dolor la ancló al presente.

No apartó la mirada.

—Ganen tiempo —ordenó, en voz baja.

La bestia dio un paso al frente.

Y el combate, por fin, reclamó su precio.

More Chapters