Ficool

Chapter 80 - Aurores

El rugido del dragón hizo temblar el campamento.

Leon sintió que las cadenas comenzaban a vibrar con una intensidad alarmante. Las grietas se extendieron por el hielo, multiplicándose a una velocidad que nunca había visto antes.

—¡No, no, no! ¡Aguanta un poco más! —exclamó, extendiendo las manos.

Intentó reparar las cadenas, pero el dragón había recuperado demasiada fuerza. Sus músculos se tensaron, sus alas se abrieron violentamente y, con un último rugido, liberó toda su potencia.

¡CRAAACK!

Todas las cadenas se hicieron pedazos al mismo tiempo.

Los fragmentos de hielo cayeron sobre el campamento como una lluvia de cristales, brillando bajo la luz del sol antes de deshacerse contra el suelo.

Leon se quedó paralizado.

El dragón descendió lentamente hasta quedar frente a él. Sus enormes alas se replegaron mientras su cabeza se inclinaba hacia el muchacho.

Sus ojos estaban llenos de furia.

Leon tragó saliva.

—Oh, vamos… ¿no podemos hablar de esto como personas civilizadas?

El dragón abrió las fauces.

Leon comprendió que no tendría tiempo para esquivar el siguiente ataque. Apenas le quedaba energía, y sus piernas amenazaban con ceder.

Sin embargo, el fuego nunca llegó.

Al otro lado del campamento, el caldero de Severus expulsó una espesa bocanada de humo.

El profesor levantó inmediatamente la cabeza.

La poción estaba lista.

—Por fin.

No perdió ni un segundo. Alzó la varita y realizó un movimiento preciso con la muñeca.

El contenido del caldero se elevó como una masa líquida, suspendida en el aire por su magia. La poción giró sobre sí misma mientras Severus la dirigía hacia el dragón.

La criatura, completamente concentrada en Leon, ni siquiera advirtió lo que se acercaba.

—¡Papá! —gritó Anya.

El dragón abrió la boca, preparándose para lanzar una nueva llamarada.

Fue entonces cuando la poción entró directamente en sus fauces.

La criatura cerró las mandíbulas por reflejo y se tragó el líquido.

Durante un instante, no ocurrió absolutamente nada.

El dragón continuó mirando a Leon con odio, como si todavía pretendiera terminar lo que había empezado.

Entonces parpadeó.

Una vez.

Dos veces.

Su cabeza se inclinó ligeramente hacia un lado.

El dragón intentó dar un paso, pero sus patas no respondieron como esperaba. Sacudió la cabeza, confundido, y emitió un rugido que terminó convertido en un bostezo profundo.

Sus párpados comenzaron a cerrarse.

Intentó mantenerlos abiertos. Incluso agitó las alas para recuperar el equilibrio, pero su cuerpo ya no obedecía.

Finalmente, sus patas cedieron.

¡BUM!

El suelo tembló cuando el dragón cayó de costado, levantando una enorme nube de polvo.

Leon se cubrió la cara con los brazos.

Cuando el polvo comenzó a disiparse, descubrió que la criatura estaba completamente inmóvil.

Unos segundos después, un ronquido profundo resonó por todo el campamento.

El dragón estaba dormido.

Profundamente dormido.

—¡LEON!

Severus dejó el caldero atrás y corrió hacia su hijo.

Leon apenas tuvo tiempo de girarse antes de que las piernas le fallaran. Su padre lo sujetó por los hombros y evitó que cayera al suelo.

Durante unos segundos, Severus lo examinó en silencio, comprobando que seguía consciente.

Después, su expresión se suavizó.

—Bien hecho.

Leon levantó la mirada hacia él. Estaba agotado, le dolía todo el cuerpo y apenas podía mantenerse en pie, pero consiguió esbozar una sonrisa.

—Esos cinco minutos parecían una eternidad.

Severus arqueó una ceja.

—En realidad, tardé cuatro minutos y medio.

Leon lo miró fijamente.

—¿Me estás diciendo que casi me convierto en el almuerzo de un dragón por treinta segundos de diferencia?

—Te estoy diciendo que cumpliste con tu parte del trato.

—Papá…

—Leon.

—Eso no es una respuesta.

—Y, sin embargo, es la única que recibirás.

Leon dejó escapar una risa cansada y apoyó parte de su peso contra su padre.

A pocos metros de ellos, el dragón continuaba roncando. Cada respiración producía un sonido tan profundo que parecía proceder de una criatura mucho más grande que él.

Leon lo observó durante unos segundos y luego volvió la mirada hacia Severus.

—Papá, esa poción… ¿era un Filtro de Muertos en Vida?

—Sí.

Leon abrió los ojos con asombro.

—¡Es increíble! Normalmente se tarda una hora en preparar uno.

Severus miró brevemente el caldero que había dejado atrás.

—Lo sé. Sin embargo, la poción que preparé no es perfecta. Su efecto será suficiente para mantener al dragón dormido hasta que lleguen los aurores, pero no me atrevería a garantizar cuánto tiempo permanecerá inconsciente.

Leon volvió a mirar al enorme animal.

El dragón soltó otro ronquido.

El muchacho guardó silencio.

Espero que ese dragón no termine en coma para siempre.

Después recordó cuánto líquido había visto salir del caldero.

Aunque, pensándolo bien, para dormir a una persona normalmente basta con una cucharadita…

Miró a su padre de reojo.

¡Papá le hizo beber todo el caldero!

Leon imaginó por un instante a los aurores llegando al campamento y encontrando a un dragón que no despertaría ni con una trompeta al lado de las orejas.

Bueno… al menos no podrá comerse a nadie mientras duerme.

—¿Qué ocurre? —preguntó Severus al notar su expresión.

—Nada, papá.

—Esa respuesta suele significar que estás pensando algo que no deseas compartir.

—Aprendo del mejor.

Severus entrecerró los ojos.

—Qué insolente.

Pero Leon pudo notar que la comisura de los labios de su padre se había elevado ligeramente.

—¡PAPÁ! ¡LEON!

Anya salió corriendo de su escondite.

Severus apenas tuvo tiempo de abrir los brazos antes de que la pequeña se lanzara contra ambos, rodeándolos en un abrazo tan entusiasta que Leon tuvo que esforzarse para no perder el equilibrio.

—¡Son increíbles! ¡Los dos son increíbles! —exclamó ella—. ¡Han derrotado al dragón!

—Técnicamente, lo hemos puesto a dormir —señaló Leon.

Anya se apartó lo suficiente para mirarlo.

—¡Pues lo han dormido de una manera increíble!

—No puedo discutir eso.

La pequeña volvió a abrazarlos, apretándose contra ambos como si quisiera asegurarse de que ninguno fuera a desaparecer.

Severus permaneció rígido durante un instante.

No estaba acostumbrado a recibir abrazos de aquella manera, mucho menos en medio de un campamento lleno de prisioneros liberados y junto a un dragón que roncaba como una locomotora.

Sin embargo, terminó apoyando una mano sobre la cabeza de Anya y otra sobre el hombro de Leon.

—Ya está. Estamos bien —murmuró—. Los dos estamos bien.

Aquellas palabras parecieron ser todo lo que Anya necesitaba escuchar.

Mientras tanto, los prisioneros comenzaron a salir de sus escondites.

Primero fueron unos pocos aplausos tímidos. Después se sumaron más manos, hasta que todo el campamento resonó con vítores y gritos de alegría.

—¡Lo consiguieron!

—¡Estamos libres!

—¡Viva el mago!

Algunos se abrazaron entre sí. Otros lloraban de alivio. Los niños que habían permanecido escondidos detrás de los adultos comenzaron a salir, mirando con incredulidad al dragón dormido.

Leon sonrió al verlos.

Aquellas personas habían pasado quién sabía cuánto tiempo atrapadas en aquel lugar, obligadas a trabajar en condiciones terribles y sin saber si algún día podrían volver a sus hogares.

Ahora eran libres.

Y eso era lo que importaba.

Anya levantó la cabeza y miró a su padre.

—Papá, ¿escuchas? ¡Todos están felices!

—Sí, Anya. Lo escucho.

—¡Es por nosotros!

Severus observó a la niña, luego a Leon y, finalmente, a las personas que los rodeaban.

No sabía qué decir.

Había acudido a aquel lugar con un único objetivo: encontrar a Anya y llevarla de regreso a casa. No había esperado aplausos, agradecimientos ni reconocimiento alguno.

Simplemente había hecho lo que consideraba necesario.

Sin embargo, los prisioneros continuaban vitoreándolos.

Un hombre de mediana edad se acercó, todavía con la ropa cubierta de polvo. Se detuvo frente a Severus y le tendió una mano.

—No sé cómo agradecerle lo que ha hecho por nosotros.

Severus contempló la mano extendida como si se tratara de un objeto desconocido.

Después estrechó la mano del hombre.

—Agradezca que su familia pueda volver a verlo.

El hombre asintió emocionado.

—Lo haré. Se lo prometo.

Otra persona se acercó para darles las gracias. Después otra. Y otra más.

Leon respondió con sonrisas y comentarios tranquilos, mientras Anya aceptaba los elogios con el entusiasmo de alguien que acababa de convertirse en la protagonista de una de sus aventuras imaginarias.

Severus, en cambio, parecía cada vez más desconcertado.

Había enfrentado magos oscuros, criaturas peligrosas y situaciones que habrían hecho retroceder a muchas personas.

Pero aquello era diferente.

No sabía cómo reaccionar cuando tantas personas lo felicitaban sinceramente.

Leon se dio cuenta y sonrió con picardía.

—¿Qué pasa, papá? ¿No estás acostumbrado a que te den las gracias?

—Estoy perfectamente acostumbrado a recibir agradecimientos.

—Claro.

—Leon.

—Por supuesto, papá.

Anya soltó una risita.

Severus suspiró, preguntándose en qué momento había terminado siendo objeto de las bromas de sus propios hijos.

Sin embargo, cuando miró a Leon y a Anya, ambos sonreían.

Y, por primera vez desde que había comenzado aquella pesadilla, Severus permitió que una sonrisa genuina apareciera en su rostro.

A su alrededor, el campamento entero celebraba su libertad.

A pocos metros, el dragón continuaba roncando tranquilamente, completamente ajeno a que acababa de convertirse en el ser más profundamente dormido de toda Florida.

Una hora después, los destellos de luces mágicas anunciaron la llegada de los aurores de la MACUSA.

La noticia de lo ocurrido se había extendido con rapidez. Los reportes de explosiones, disparos, magia de gran intensidad y el avistamiento de un dragón habían provocado una movilización considerable de las autoridades mágicas estadounidenses.

Cuando los duendes responsables de mantenerlas murieron, los encantamientos que impedían localizar el campamento se desvanecieron. De pronto, aquel sitio que había permanecido oculto durante tanto tiempo quedó expuesto a los sistemas de detección mágica.

Y las autoridades no tardaron en encontrarlo.

Varios equipos de aurores se desplegaron por el campamento. Algunos comenzaron a atender a los antiguos prisioneros, mientras otros aseguraban la zona y examinaban los vehículos abandonados. Un grupo especializado se acercó al dragón dormido, aunque ninguno parecía demasiado entusiasmado con la idea de aproximarse a una criatura de semejante tamaño.

Uno de los aurores incluso se detuvo a una distancia prudente cuando escuchó un ronquido particularmente fuerte.

—¿Está vivo? —preguntó, mirando al animal con cautela.

—Por desgracia para sus oídos, sí —respondió Leon.

El auror lo miró, sin saber si el muchacho hablaba en serio.

Severus decidió intervenir antes de que su hijo comenzara a hacer comentarios adicionales.

—Está bajo los efectos de una poción somnífera. Recomiendo que no intenten despertarlo hasta que un especialista haya examinado su estado.

—Entendido.

El auror anotó aquella información y se alejó para transmitirla a sus compañeros.

Poco después, otro miembro de la MACUSA se acercó a Severus. Era un hombre de mediana edad, vestido con el uniforme oficial de los aurores y con una placa que identificaba su rango.

—Profesor Snape, supongo.

—Soy el auror encargado de coordinar la extracción de los supervivientes. Hemos recibido varios informes sobre lo sucedido aquí. Por lo que nos han contado los prisioneros, usted y su hijo fueron responsables de detener a los secuestradores y neutralizar al dragón.

—Los informes parecen correctos.

El auror le tendió la mano.

—En nombre de la MACUSA, quiero agradecerle su intervención. Sin su ayuda, no sabemos cuánto tiempo más habría permanecido este lugar oculto ni cuántas personas habrían terminado aquí.

Severus estrechó su mano brevemente.

—Me encontraba buscando a mi hija. Lo demás fue una consecuencia de las circunstancias.

—Aun así, profesor, ha hecho mucho más de lo que cualquiera habría podido exigirle.

Severus no respondió. Prefería terminar aquella conversación antes de que se prolongara innecesariamente.

El auror, sin embargo, tenía otras instrucciones.

—Tendremos que acompañarlos a la sede de la MACUSA para registrar sus declaraciones y aclarar algunos detalles de lo sucedido.

—¿Es estrictamente necesario?

—Me temo que sí. Se trata de una operación de gran magnitud, profesor. Hubo numerosos desaparecidos, un asentamiento clandestino, criaturas mágicas y un dragón. Necesitamos un informe completo.

Severus cerró los ojos durante un instante.

Naturalmente.

Había esperado que, después de rescatar a Anya y detener a los responsables, pudiera regresar a su hotel, recoger sus pertenencias y marcharse.

Al parecer, las autoridades estadounidenses tenían otros planes.

—Muy bien —aceptó finalmente—. Pero espero que el procedimiento sea breve.

—Haremos todo lo posible.

Leon se inclinó ligeramente hacia su padre.

—Eso significa que vamos a estar aquí un buen rato, ¿verdad?

—No ayudes.

—No he dicho nada malo.

—Precisamente.

Anya, que había escuchado la conversación, levantó la cabeza.

—¿Vamos a ir a otro sitio?

—Sí, Anya —respondió Severus—. Tenemos que hablar con los aurores.

La niña observó a los agentes que trabajaban alrededor del campamento y después miró a los antiguos prisioneros.

Parecía estar pensando en algo.

—Papá, ¿qué va a pasar con ellos?

Señaló al grupo de personas que estaban siendo atendidas por los equipos de rescate.

El auror que los acompañaba siguió la dirección de su dedo y sonrió con amabilidad.

—No tienes que preocuparte, pequeña. Nosotros nos encargaremos de los no magos. Los llevaremos a un lugar seguro y nos ocuparemos de todo lo necesario para que puedan regresar a sus hogares.

—¿Y no volverán a estar encerrados?

El hombre se agachó un poco para quedar a su altura.

—No. Nadie volverá a obligarlos a trabajar en esa mina.

Anya pareció tranquilizarse.

—Está bien.

Leon y Severus intercambiaron una mirada.

Ambos comprendían lo que aquella explicación significaba en realidad. Para proteger la existencia del mundo mágico, la MACUSA probablemente recurriría a sus procedimientos habituales con los no magos que habían presenciado demasiada magia: borrar o modificar sus recuerdos.

No era una cuestión que pudieran discutir delante de Anya. La niña ya había sufrido suficiente durante los últimos días y, por el momento, lo importante era que aquellas personas estuvieran a salvo.

Severus le acarició brevemente el cabello.

—Vamos, Anya. Nos están esperando.

La pequeña asintió y tomó su mano.

Leon caminó al otro lado de su padre, todavía agotado por el combate. Antes de abandonar el campamento, volvió la cabeza hacia los prisioneros.

Algunos levantaron las manos para despedirse. Otros inclinaron la cabeza en señal de agradecimiento.

Leon les respondió con una sonrisa.

Después siguió a su familia.

La sede de la MACUSA era muy diferente de los edificios gubernamentales que Leon había visto en el mundo no mágico.

El lugar estaba lleno de actividad. Brujas y magos con uniformes oficiales recorrían los pasillos, varios ascensores mágicos transportaban a los empleados entre los distintos niveles y, a lo lejos, se escuchaban conversaciones que parecían no terminar nunca.

Anya caminaba junto a Severus, mirando todo con curiosidad.

—Papá, ¿aquí trabajan todos los magos de Estados Unidos?

—No todos. Esta es la sede principal de su gobierno mágico.

—¿Entonces es como el Ministerio de Magia de Inglaterra?

—En términos generales, sí.

Leon observó a un grupo de aurores que pasaba cargando varias cajas llenas de documentos.

—Parece que tienen mucho trabajo.

—Y nosotros estamos contribuyendo a aumentarlo —respondió Severus secamente.

Finalmente, los condujeron a una sala de interrogatorios. A diferencia de lo que Leon había imaginado, no era una habitación oscura ni especialmente intimidante. Había una mesa amplia, varias sillas y una ventana que daba a uno de los niveles interiores del edificio.

Un hombre corpulento, de cabello entrecano y expresión seria, los esperaba al otro lado de la mesa.

Se levantó al verlos entrar.

—Profesor Snape. Soy McGregor, jefe de aurores de la MACUSA.

Severus inclinó ligeramente la cabeza.

—Señor McGregor.

El jefe de aurores señaló las sillas.

—Por favor, tomen asiento. Intentaremos que esto sea lo más rápido posible.

Leon se sentó junto a Anya, mientras Severus ocupaba la silla frente al funcionario.

McGregor abrió una carpeta y examinó varios documentos antes de comenzar.

—Según nuestros informes, usted llegó a Florida acompañado de sus dos hijos. Durante su estancia, su hija fue secuestrada y usted inició una búsqueda que lo condujo hasta el campamento clandestino.

—Correcto.

—¿Cómo consiguió localizarlo?

Severus explicó el uso de su Patronus y las dificultades que había encontrado debido a las protecciones mágicas. También describió cómo él y Leon habían utilizado sus propias habilidades para seguir el rastro hasta la mina.

McGregor escuchó con atención, tomando notas de vez en cuando.

—¿Y las lechuzas? —preguntó cuando Severus mencionó la ayuda de sus animales mágicos.

—Poseen una capacidad de orientación particularmente útil para localizar a sus destinatarios.

El jefe de aurores anotó aquella respuesta.

Después dirigió su atención a Leon.

—Me han informado de que utilizaste una forma de magia elemental para crear construcciones de hielo.

Leon asintió.

—Sí.

—¿Y esas construcciones fueron capaces de enfrentarse a soldados armados y destruir varios vehículos?

—No todos mis ataques funcionaron a la primera.

McGregor levantó la vista de sus notas.

—No te he preguntado eso, muchacho.

—Entonces sí.

El jefe de aurores lo observó durante unos segundos, aparentemente intentando decidir si Leon estaba siendo insolente o simplemente respondía de manera literal.

Severus intervino.

—Mi hijo cuenta con habilidades mágicas poco comunes. Sin embargo, no considero necesario profundizar en sus particularidades mientras no exista una razón legítima para hacerlo.

McGregor sostuvo su mirada.

—Entiendo, profesor. No pretendemos entrometernos en asuntos privados. Necesitamos conocer los detalles relevantes para nuestro informe.

—En ese caso, le sugiero que se concentre en los acontecimientos del campamento.

Un silencio breve se instaló en la habitación.

Finalmente, McGregor cerró la carpeta.

—Muy bien. Creo que tenemos suficiente información para comenzar nuestra investigación. Quiero agradecerles de nuevo su colaboración. Lo ocurrido podría haber tenido consecuencias mucho peores si ustedes no hubieran intervenido.

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