Ficool

Chapter 79 - Cadena

Leon miró a su padre, sorprendido por aquella petición. Sin embargo, en los ojos de Severus no había duda alguna. Confiaba en él.

Aquella confianza lo conmovió más de lo que esperaba.

—¡Claro que sí! —respondió Leon con determinación.

Una poderosa ventisca de hielo lo envolvió. El aire descendió de temperatura y los cristales de escarcha se arremolinaron a su alrededor, reuniéndose hasta formar una nueva figura. Las patas robustas, el torso humanoide y el enorme mazo aparecieron uno tras otro, dando forma a otro centauro de hielo.

—¡Tú puedes, Leon! —gritó Anya, apretando los puños.

El centauro salió disparado hacia el dragón, que volaba a poca altura sobre el campamento. Cuando estuvo lo bastante cerca, Leon hizo que su creación saltara y embistiera a la criatura con todo su peso.

El impacto resonó por el lugar.

El dragón retrocedió en el aire, rugiendo de furia. Antes de que Leon pudiera aprovechar la oportunidad, abrió las fauces y lanzó una enorme bola de fuego.

Las llamas envolvieron al centauro.

El hielo se agrietó y se desmoronó en cuestión de segundos. Los fragmentos cayeron al suelo mientras el dragón recuperaba el equilibrio, convencido de que había acabado con su adversario.

Pero entonces, una nueva ráfaga helada surgió detrás de él.

Otro centauro apareció entre los remolinos de nieve. Esta vez llevaba un largo bastón de hielo que alzó por encima de su cabeza antes de descargarlo contra el costado del dragón.

El golpe fue tan fuerte que la criatura perdió el equilibrio y cayó al suelo, levantando una nube de polvo.

—¡Ahora! —exclamó Leon.

El centauro se lanzó sobre el dragón, golpeándolo repetidamente con el bastón. Sin embargo, la criatura reaccionó con una velocidad aterradora. Su cola barrió el terreno y golpeó al centauro, destrozándolo de un solo movimiento.

Leon cayó de rodillas cuando su creación desapareció.

Respiraba con dificultad. Su cuerpo comenzaba a pasarle factura por el esfuerzo de mantener aquellas construcciones de hielo, pero no podía permitirse detenerse. Todavía tenía que darle tiempo a su padre.

Se incorporó, tambaleándose ligeramente, y volvió a levantar la mirada hacia el dragón.

No iba a rendirse.

Mientras tanto, Severus había colocado un caldero sobre el suelo, en una zona relativamente protegida del campamento.

Los rehenes lo observaban con desconcierto.

¿De verdad pretendía preparar una poción en medio de aquel combate?

El dragón rugía a pocos metros, el suelo temblaba con cada uno de sus movimientos y dos jóvenes estaban arriesgando sus vidas para contenerlo. Sin embargo, el mago parecía haber olvidado todo aquello.

Su atención estaba concentrada por completo en el caldero.

Severus sacó numerosos ingredientes de su traje y comenzó a clasificarlos con movimientos precisos. Sus manos se desplazaban con rapidez mientras cortaba las hierbas, trituraba algunas raíces y medía cuidadosamente las cantidades.

El cucharon removía la mezcla por sí solo, siguiendo el ritmo que él le había impuesto.

No podía cometer ningún error.

Un ingrediente añadido demasiado pronto podía arruinar la preparación. Una temperatura incorrecta podía retrasarla. Y no disponía del lujo de repetir el proceso.

Severus levantó la varita y apuntó hacia las llamas que calentaban el caldero.

—¡Incendio!

El fuego aumentó de intensidad.

La poción comenzó a hervir con mayor rapidez, desprendiendo un vapor espeso que se elevaba en espirales sobre el recipiente. Severus examinó el color de la mezcla y añadió una nueva porción de hierbas sin apartar la mirada.

Tenía que conseguirlo.

Solo necesitaba que Leon resistiera un poco más.

Anya contemplaba el combate con las manos apretadas contra el pecho.

Cada vez que el dragón golpeaba una de las construcciones de su hermano, sentía que el corazón se le encogía. Quería ayudarlo, quería hacer algo, pero sabía que acercarse a aquella criatura solo conseguiría ponerla en peligro.

Así que se quedó donde estaba, siguiendo cada movimiento de Leon con la mirada.

—Vamos, hermano… —susurró—. Tú puedes.

Leon, por su parte, comprendía que no podía continuar utilizando su magia elemental de hielo al mismo ritmo. Cada construcción exigía una enorme cantidad de energía y el dragón parecía capaz de destruirlas con unos pocos golpes.

Tenía que cambiar de estrategia.

Sacó su varita.

—¡Conjuntivitis!

El hechizo salió disparado hacia los ojos de la criatura.

El dragón inclinó la cabeza y lo esquivó con sorprendente facilidad, como si conociera de antemano aquella maldición.

Leon frunció el ceño.

—¿En serio? ¿También conoces ese hechizo?

No recibió respuesta, salvo un rugido que hizo vibrar el aire.

Leon lanzó una sucesión de hechizos aturdidores y cortantes. Los destellos iluminaron brevemente el campo de batalla, pero apenas consiguieron algo más que rebotar contra las resistentes escamas del dragón.

La criatura ni siquiera pareció inmutarse.

Entonces abrió las fauces.

Leon reconoció el peligro y echó a correr justo cuando una corriente de fuego barrió el terreno.

Las llamas lo persiguieron.

El dragón giró la cabeza, siguiendo cada cambio de dirección del muchacho y obligándolo a correr de un lado a otro. El calor se extendió por el campamento, haciendo que los prisioneros retrocedieran en busca de refugio.

Leon saltó sobre unos restos de madera y se deslizó por el costado de una estructura derrumbada. Sin embargo, el dragón continuó siguiéndolo, barriendo el terreno con su aliento abrasador.

—¡Maldita sea! ¡Deja de seguirme!

Leon vio varias piedras dispersas cerca de una pared rocosa.

Una idea cruzó su mente.

—¡Engorgio!

Las piedras aumentaron de tamaño, convirtiéndose en grandes bloques irregulares. Leon utilizó uno como apoyo, subió de un salto y se impulsó hacia una roca mucho más alta.

Aterrizó detrás de ella justo cuando las llamas pasaban por encima.

El calor hizo que la superficie de la piedra se calentara, pero el muchacho permaneció agachado, intentando recuperar el aliento.

Su corazón golpeaba con fuerza contra el pecho.

No podía seguir esquivando eternamente. Tampoco podía permitir que el dragón descubriera dónde estaba y lo obligara a abandonar su escondite.

A través de una pequeña abertura entre las rocas, Leon observó a la criatura.

El dragón caminaba lentamente, olfateando el aire y moviendo la cabeza de un lado a otro. Sus ojos buscaban cualquier señal de su adversario.

Leon apretó la varita.

Cinco minutos.

Eso era lo que su padre necesitaba.

No sabía qué estaba preparando Severus, pero confiaba en él. Si le había pedido que contuviera al dragón durante aquel tiempo, debía de tener una razón.

El muchacho tragó saliva y respiró profundamente.

—Vamos, Leon —se dijo en voz baja—. Solo tienes que mantenerlo ocupado.

Entonces levantó la varita y apuntó hacia el terreno situado al otro lado de la criatura.

—¡Bombarda!

La explosión sacudió el suelo.

El dragón giró bruscamente la cabeza hacia el estruendo y rugió al descubrir que su presa había vuelto a atacarlo. Abandonó su búsqueda y se dirigió hacia la columna de polvo levantada por el hechizo.

Leon aprovechó aquellos segundos para cambiar de posición, desplazándose por detrás de las rocas.

Su plan no consistía en vencer al dragón.

Todavía no.

Solo tenía que impedir que llegara hasta su padre.

Y, por el bien de todos, esperaba que Severus supiera exactamente lo que estaba haciendo.

La batalla estaba llegando a un punto crítico, pero había algo que ni Severus ni Leon habían comprendido todavía.

El dragón se estaba volviendo más fuerte.

Durante el tiempo que había permanecido encadenado en las profundidades de la mina, sus músculos se habían debilitado por la falta de movimiento. Su cuerpo, acostumbrado a vivir en espacios reducidos, había perdido parte de la fuerza que poseía en libertad.

Sin embargo, ahora que podía moverse, volar y extender sus alas, aquella fuerza comenzaba a regresar poco a poco.

Y con cada minuto que pasaba, la criatura se volvía más peligrosa.

Detrás de la enorme roca, Leon observó cómo la superficie comenzaba a enrojecerse debido al calor de las llamas. El fuego había golpeado la piedra repetidamente y, aunque todavía resistía, no tardaría en dejar de ser un refugio seguro.

Leon apretó los dientes.

No puedo seguir así.

Había probado los hechizos que conocía. Sus construcciones de hielo no eran suficientes, y su varita tampoco parecía capaz de atravesar las escamas del dragón.

Por primera vez desde que había comenzado el combate, sintió que se estaba quedando sin opciones.

Entonces miró hacia el cielo.

El dragón había dejado de lanzar fuego. Lentamente, extendió sus alas y se elevó sobre el campamento, buscando a su adversario.

Leon permaneció arrodillado detrás de la roca, respirando con dificultad. Sus brazos temblaban por el esfuerzo y apenas podía mantener la varita levantada.

Habían pasado tres minutos.

Solo tres.

Todavía necesitaba ganar otros dos.

El dragón giró la cabeza y localizó al muchacho. Sin embargo, antes de lanzarse sobre él, su mirada se desvió hacia otro lugar.

Había más presas.

Los prisioneros permanecían acurrucados cerca de las ruinas, demasiado asustados para moverse. Un poco más lejos, Severus continuaba trabajando junto a su caldero, completamente concentrado en la poción que estaba preparando.

El dragón evaluó la situación.

Aquella presa escurridiza ya le había hecho perder demasiado tiempo. ¿Por qué continuar persiguiéndola cuando podía capturar a muchas otras?

Con un poderoso movimiento de sus alas, giró en dirección a los prisioneros.

—¡Papá! —gritó Anya al verlo acercarse a Severus.

Leon levantó la cabeza.

—¡No!

El muchacho salió de detrás de la roca, ignorando el calor que le rozaba la espalda.

—¡Eh! ¡Dragón estúpido! ¡Estoy aquí!

Pero la criatura no se detuvo.

Severus no levantó la mirada. Sus manos continuaron moviéndose sobre los ingredientes, mientras el cucharon removía la poción con rapidez.

No podía interrumpir el proceso.

Si se equivocaba en aquel momento, todo habría sido en vano.

Leon sintió que el pánico amenazaba con apoderarse de él. Tenía que detener al dragón, pero ¿cómo podía hacerlo si sus hechizos apenas conseguían llamar su atención?

Piensa, Leon. ¡Piensa!

Buscó desesperadamente en su memoria. Recordó los libros que había leído, los hechizos que había practicado y las técnicas que había aprendido de Severus.

Nada parecía servir.

Hasta que un recuerdo apareció en su mente.

El dragón antes de ser liberado.

Las cadenas que lo mantenían sujeto. Sus patas inmovilizadas. Su cuerpo incapaz de desplazarse libremente.

Leon abrió los ojos.

—¡Eso es!

Juntó las manos frente a su pecho y comenzó a reunir la magia que todavía le quedaba. Una fina capa de escarcha se extendió por sus dedos, y el aire a su alrededor descendió de temperatura.

—¡Cadena de Andrómeda!

De sus manos surgieron varias cadenas de hielo que salieron disparadas hacia la criatura.

Las primeras se enroscaron alrededor de su pata trasera. Otras alcanzaron su mandíbula y rodearon su hocico, impidiéndole abrir las fauces con normalidad.

El dragón rugió, sorprendido por aquella nueva estrategia.

Sacudió la cabeza y tiró de las cadenas, intentando liberarse. El hielo crujió bajo la presión de sus músculos, y las primeras grietas aparecieron en su superficie.

Leon extendió las manos.

—¡Aguanta!

Las grietas se cerraron. Nuevas capas de hielo se formaron sobre las cadenas, reforzándolas antes de que pudieran romperse.

El dragón volvió a tirar.

Las cadenas resistieron durante unos segundos más.

Pero la criatura estaba recuperando su fuerza a una velocidad alarmante. Sus músculos se tensaron y el hielo comenzó a resquebrajarse nuevamente.

Leon reparó las grietas una y otra vez.

Entonces el dragón dejó de forcejear.

Leon sintió un escalofrío.

La criatura había comprendido algo: seguir tirando de aquellas cadenas no le permitiría liberarse con la suficiente rapidez.

Así que cambió de estrategia.

Sus enormes alas se desplegaron y comenzaron a batir con fuerza.

—Espera… ¿qué estás haciendo? —murmuró Leon.

El dragón se elevó.

Las cadenas se tensaron de inmediato, arrastrando al muchacho hacia delante. Leon clavó los pies en el suelo e intentó resistirse, pero pronto comenzó a deslizarse por la tierra.

Un instante después, sus pies dejaron de tocar el suelo.

—¡Maldición! ¡Maldición, maldición!

El dragón continuó ascendiendo, llevándose a Leon consigo.

El muchacho apretó los dientes mientras intentaba mantener las cadenas intactas. Si perdía la concentración, la criatura quedaría libre y podría dirigirse directamente hacia Severus y Anya.

Pero su magia se estaba agotando.

Podía sentirlo.

Cada reparación le exigía un esfuerzo mayor que la anterior. Sus brazos temblaban y las cadenas comenzaban a debilitarse en varios puntos.

No podría mantenerlas así durante mucho más tiempo.

Entonces, mientras era arrastrado por el aire, Leon miró hacia el suelo.

Allí estaban los restos de sus centauros de hielo.

Fragmentos de sus cuerpos, pedazos de los bastones y del enorme mazo que habían utilizado durante el combate. También quedaban cristales congelados que se habían formado cuando había empleado su ataque de Polvo de diamante.

Miles de pequeños fragmentos de hielo estaban dispersos por el campamento.

Leon dejó de forcejear por un instante.

Una idea comenzó a tomar forma en su mente.

Hasta aquel momento, siempre había utilizado su magia de la misma manera: primero creaba hielo y después lo manipulaba.

Pero ¿por qué necesitaba crear más hielo si ya tenía tanto a su alrededor?

Sus ojos se iluminaron.

No tengo que crear más.

Solo tengo que controlar el que ya existe.

Leon miró todos los fragmentos dispersos por el terreno. Cada uno de ellos contenía hielo que podía manipular, siempre que consiguiera extender su magia hasta ellos.

No necesitaba formar otra construcción gigantesca. Tampoco tenía que gastar energía creando nuevas cadenas desde cero.

Solo debía utilizar lo que ya había creado.

Era una apuesta arriesgada. Nunca había intentado controlar tantos fragmentos simultáneamente, y hacerlo mientras mantenía sujeto a un dragón que recuperaba su fuerza podía dejarlo completamente exhausto.

Pero no tenía otra opción.

Leon cerró los ojos durante un instante y concentró toda su atención en el hielo esparcido por el campamento.

Respiró profundamente.

Después extendió ambas manos.

Los fragmentos comenzaron a brillar.

Primero fueron unos pocos. Luego decenas. Finalmente, todo el hielo disperso por el terreno emitió un resplandor azulado que iluminó las ruinas de la mina.

Los prisioneros levantaron la cabeza.

Anya dejó de respirar por un instante.

—¿Leon…?

Una vibración recorrió el suelo.

De cada fragmento surgieron finas hebras de hielo que se retorcieron y alargaron, transformándose en cadenas. Algunas nacieron de los restos de los centauros; otras brotaron de los cristales que había dejado el Polvo de diamante.

Todas comenzaron a elevarse.

El dragón rugió cuando sintió que algo se enroscaba alrededor de sus alas.

Una cadena se cerró sobre una de ellas. Otra rodeó su torso. Varias más se aferraron a sus patas, mientras nuevas cadenas se extendían hacia su cola y su cuello.

En cuestión de segundos, decenas de cadenas de hielo lo envolvieron desde distintas direcciones.

La criatura intentó batir las alas, pero cada movimiento provocaba que más cadenas se tensaran alrededor de su cuerpo.

Leon abrió los ojos.

Estaba pálido y le costaba respirar, pero una sonrisa decidida apareció en su rostro.

—¡Te tengo!

El dragón rugió con tanta fuerza que el sonido resonó por todo el campamento.

Tiró de las cadenas, intentando romperlas. Algunas comenzaron a agrietarse, pero otras ocuparon su lugar, reforzando los puntos debilitados. Leon ya no dependía únicamente de la magia que podía producir en aquel instante: estaba utilizando todo el hielo que había creado durante la batalla.

Y había muchísimo.

Los prisioneros contemplaron la escena con la boca abierta.

Hacía apenas unos momentos, el dragón parecía invencible. Ahora se encontraba suspendido en el aire, sujeto por una red de cadenas heladas que se extendía desde el suelo hasta sus enormes alas.

Incluso Severus levantó brevemente la mirada hacia aquella demostración de magia.

Sus ojos se abrieron ligeramente al comprender lo que Leon había hecho.

El muchacho no había aumentado simplemente la cantidad de hielo que podía crear.

Había encontrado una manera de aprovechar su entorno y reducir el gasto de energía necesario para controlar sus construcciones.

Una aplicación completamente distinta de su habilidad.

Severus volvió la mirada hacia el caldero.

La poción estaba casi lista.

—Resiste un poco más, Leon —murmuró.

En el aire, Leon apretó los dientes mientras las cadenas crujían bajo la presión del dragón.

Había conseguido detenerlo.

Pero ahora debía mantenerlo inmovilizado hasta que su padre terminara.

Y el dragón no tenía ninguna intención de rendirse.

 

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