Ficool

Chapter 69 - Fin de curso

Padre e hijo caminaron en silencio por los pasillos de Hogwarts.

Los estudiantes que pasaban a su lado les abrían el camino instintivamente. Nadie se atrevía a interrumpir al profesor Snape, y mucho menos cuando llevaba aquella expresión severa.

Minutos después, ambos entraron en la oficina de Pociones.

Snape cerró la puerta con un movimiento de la varita.

El silencio volvió a instalarse en la habitación.

León fue el primero en hablar.

—Padre... ese hombre lobo era el profesor Lupin.

Snape asintió lentamente.

—Sí.

León guardó silencio durante unos instantes, procesando la respuesta.

Snape interpretó aquel silencio de otra manera.

Creyó que su hijo se sentía responsable de la muerte de Lupin y estuvo a punto de decir unas palabras para aliviar esa carga.

Pero León habló antes.

—¿En qué estaban pensando Dumbledore y el profesor Lupin? Pudieron haber matado a todos.

Snape cruzó los brazos antes de responder.

—Se tomaron medidas de seguridad. Lupin tomaba la poción Matalobos. Mientras la bebía correctamente, conservaba la razón incluso después de transformarse.

León dejó escapar una sonrisa irónica.

Una sonrisa tan parecida a las que el propio Severus hacía en ocasiones, que por un instante el profesor sintió que se estaba viendo reflejado.

—¿Esa era la única medida, papá? —preguntó León con evidente sarcasmo—. No hubo más contramedidas.

Snape permaneció en silencio.

Él mismo siempre había estado en contra de contratar a Lupin.

En parte por la enemistad que existía entre ambos desde sus años de estudiantes.

Pero, sobre todo, porque consideraba irresponsable poner a cientos de alumnos en riesgo dependiendo únicamente de una poción.

León continuó.

—No estoy en contra de que lo contrataran. Si era un buen profesor. Pero debieron preparar planes de contingencia.

Comenzó a enumerarlos con calma.

—Encerrarlo dentro de una jaula reforzada durante la noche de luna llena. No iba a morir por permanecer encerrado doce horas.

Snape escuchaba atentamente.

—O administrarle una poción para dormir antes de la transformación. Aunque se convirtiera en hombre lobo, seguiría inconsciente durante toda la noche.

El profesor de Pociones no pudo evitar sorprenderse.

Las propuestas eran simples.

Prácticas.

Y, sobre todo, lógicas.

León volvió a mirarlo.

—¿Qué medidas tomaban cuando era estudiante?

Los ojos de Snape se endurecieron.

Viejos recuerdos acudieron a su mente.

La Casa de los Gritos.

La "broma" de Sirius Black.

Y el silencio que siguió después.

—Son cosas que ya quedaron atrás —respondió finalmente con frialdad—. No vale la pena recordarlas.

Durante unos segundos ninguno habló.

Entonces Snape decidió volver al asunto que realmente le preocupaba.

—León...

Su voz sonó más suave de lo habitual.

—No debes sentirte culpable por la muerte de Lupin.

León lo miró con evidente confusión.

—¿Por qué habría de sentirme culpable?

Snape frunció ligeramente el ceño.

León respondió con absoluta serenidad.

—El profesor Lupin decidió no tomar la poción Matalobos.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—En el momento en que se transformó dejó de actuar como Remus Lupin. Delante de mí solo había una bestia guiada por el instinto de matar.

Su voz no transmitía odio.

Solo un análisis frío de los hechos.

—Si alguien debe cargar con la responsabilidad de lo ocurrido, es él mismo. Fue su decisión no tomar la poción.

León bajó ligeramente la mirada.

—No me alegra que haya muerto...

Volvió a levantarla.

—...pero tampoco lo lamento. Él eligió correr ese riesgo, y casi les cuesta la vida a muchas personas.

Snape permaneció en silencio.

No esperaba aquella respuesta.

Había imaginado encontrar a un muchacho atormentado por haber participado, aunque fuera indirectamente, en la muerte de un profesor.

En cambio, encontró a alguien que analizaba los hechos con una frialdad casi idéntica a la suya.

Y, no podía negar que, aquella noche, si él no hubiera llegado a tiempo, el hombre lobo habría matado a León sin dudarlo.

Snape observó a León durante unos segundos más.

Al comprobar que no había culpa ni remordimiento reflejados en su rostro, asintió con discreción.

—Es bueno que no te sientas mal y que esto no te afecte —dijo con calma.

León sonrió levemente.

—No te preocupes, papá.

Después cambió de tema con total naturalidad.

—Pero... ¿quién de los dos llevara a Anya ahora?

Snape comprendió enseguida a qué se refería.

—Tu ve en el tren, Yo la llevare —respondió—. Después iremos a encontrarte a la estación de londres.

León asintió.

—Claro, papá.

Ya con la conversación terminada, se dirigió hacia la puerta.

Antes de salir, volvió la cabeza un instante.

—Gracias... por venir a buscarme al bosque.

Snape permaneció inmóvil detrás de su escritorio.

—Eres mi hijo —respondió con sencillez—. No iba a dejarte allí.

León sonrió con sinceridad.

—Lo sé.

Abrió la puerta y abandonó la oficina.

Mintras tanto en la oficina del director reinaba el caos.

—¡Suéltenme! ¡Lo mataré! ¡Juro que mataré a Peter! —rugía Sirius Black mientras forcejeaba con todas sus fuerzas.

Cuatro aurores lo sujetaban con firmeza para impedir que se abalanzara sobre Peter, quien también estaba custodiado y mantenía la cabeza baja, incapaz de mirar a Sirius.

—¡Cobarde! ¡Traidor! ¡Maldito seas, Peter! —seguía gritando Sirius, con la voz cargada de años de odio y rencor.

Peter solo temblaba sin decir ninguna palabra.

Los retratos de los antiguos directores observaban la escena con distintas expresiones.

Uno de ellos no tardó en intervenir.

—¡Compórtate como un Black! —bramó Phineas Nigellus Black desde su retrato—. Estás avergonzando el nombre de nuestra familia. Pareces una bestia.

Sirius giró la cabeza hacia el cuadro.

—¡Cállate! ¡Solo eres un retrato!

Phineas frunció el ceño con indignación.

—Y aun así tengo más dignidad que tú.

—¡Basta! —intervino Dumbledore con voz firme.

El director dio un paso al frente.

—Sirius, debes calmarte. Dentro de poco se celebrará un juicio. Es tu oportunidad para recuperar la libertad.

Sirius respiraba agitadamente.

—¿A quién le importa el juicio? ¡Quiero matarlo ahora!

Los aurores reforzaron el agarre al sentir que intentaba liberarse de nuevo.

Dumbledore mantuvo la calma.

—Piensa en Harry.

Aquellas tres palabras bastaron.

La rabia de Sirius comenzó a disiparse poco a poco.

Su respiración se volvió menos agitada.

Finalmente cerró los ojos.

—...Harry...

Al ver que por fin se había tranquilizado, Cornelius Fudge soltó un largo suspiro de alivio.

—Muy bien. Llévenlos al Ministerio por la Red Flu. Quiero que ambos permanezcan bajo máxima vigilancia hasta el juicio.

—Sí, ministro —respondieron los aurores.

Uno tras otro comenzaron a introducir a los prisioneros en las llamas verdes.

Cuando llegó el turno de Sirius, este levantó la vista hacia Dumbledore.

Quiso preguntar por Remus.

Necesitaba saber si había sobrevivido.

Sin embargo, al ver presentes a Fudge, Amelia Bones, Bartemius Crouch y varios aurores, decidió guardar silencio.

Si mencionaba a Lupin, podrían descubrir que Hogwarts había contratado a un hombre lobo como profesor.

Así que simplemente dijo:

—Dile a Remus que hablaremos pronto.

Dumbledore sintió un ligero peso en el corazón.

—Lo haré.

Sirius asintió una sola vez.

Entonces desapareció entre las llamas verdes.

Poco después, Peter Pettigrew también fue trasladado bajo una fuerte escolta.

La oficina quedó finalmente en silencio.

Solo permanecían Dumbledore y los retratos de los antiguos directores.

Phineas fue el primero en romper el silencio.

—No le dijiste lo que ocurrió con Lupin.

Dumbledore permaneció unos instantes contemplando las brasas apagadas de la chimenea.

—Todavía no es el momento de que lo sepa.

Phineas lo observó con atención.

—¿Por qué?

—Porque primero necesito que Sirius recupere su libertad. Si se enterara ahora de la muerte de Remus, intentaría escapar o haría alguna imprudencia. No puedo permitir que eso suceda antes del juicio.

Phineas guardó silencio unos segundos.

Finalmente asintió.

—Haz lo que creas conveniente.

Dumbledore no respondió.

Solo dirigió la mirada hacia la ventana de su despacho.

Aquel día se había corregido una injusticia de doce años.

Pero el precio había sido demasiado alto. Lupin había muerto, y pronto tendría que ser él quien se lo dijera.

En otro lado del castillo.

Harry, Ron y Hermione caminaban por los pasillos del castillo.

Minutos antes habían intentado hablar con el director para pedir permiso y visitar a Sirius Black, pero la gárgola que custodiaba la entrada les había transmitido un mensaje.

—El profesor Dumbledore dice que no se preocupen. Él se encargará de todo. Además, el ministro ha decidido acelerar el proceso, así que es mejor no intervenir.

Los tres se habían marchado con sentimientos encontrados.

Harry rompió el silencio.

—¿Qué hacemos ahora?

Hermione miró por una de las ventanas del castillo antes de responder.

—Deberíamos preparar nuestras maletas. El Expreso de Hogwarts saldrá esta tarde.

Ron suspiró.

—Supongo que tienes razón.

Continuaron caminando sin rumbo fijo hasta que divisaron una enorme figura a lo lejos.

—¡Es Hagrid! —dijo Harry.

Los tres cambiaron de dirección para acercarse a él.

Mientras descendían por el sendero hacia su cabaña, la mirada de Harry se posó en el jardín.

Allí seguían clavadas en el suelo la estaca y la gruesa cadena donde había permanecido atado Buckbeak.

Los tres redujeron el paso.

Aquel lugar les recordó inmediatamente la ejecución del hipogrifo.

—Ni siquiera le hemos dado el pésame... —murmuró Hermione con tristeza.

Ron bajó la cabeza.

—Con todo lo que ha pasado... ni siquiera lo pensamos.

Harry respiró hondo.

—Vamos.

Los tres llegaron frente a la puerta de la cabaña.

Harry levantó la mano para llamar.

Antes de que pudiera hacerlo, desde el interior comenzaron a escucharse fuertes golpes.

¡BUM!

¡CRASH!

Algo pesado parecía estar moviéndose dentro de la casa.

Los tres intercambiaron miradas.

—¿Qué estará haciendo? —preguntó Ron.

La curiosidad pudo más que la prudencia.

Harry abrió la puerta de golpe.

Los tres se quedaron inmóviles.

Frente a ellos, un enorme hipogrifo gris levantó la cabeza y lanzó un fuerte chillido.

—¡Buckbeak! —exclamó Harry.

Ron abrió tanto los ojos que parecía incapaz de pestañear.

—¿Cómo... cómo está vivo?

Hermione dio un paso adelante sin apartar la vista del animal.

—Nosotros vimos cómo lo ejecutaban...

Hagrid soltó un largo suspiro.

Sabía que, después de aquello, ya no podía seguir ocultándolo.

—Bueno... supongo que ya no tiene sentido guardar el secreto.

Los tres lo miraron atentamente.

—El profesor Dumbledore creó un Buckbeak falso.

Hubo unos segundos de absoluto silencio.

—¿Qué...? —preguntó Harry.

—El hipogrifo que ejecutaron era una creación mágica del profesor Dumbledore. El verdadero Buckbeak nunca estuvo en peligro.

Hermione frunció el ceño, intentando comprender.

—Pero... cuando el hacha cayó, la magia debería haberse disipado. La ilusión tendría que haber desaparecido.

Hagrid sonrió con orgullo.

—Estás hablando de Albus Dumbledore. Es el mago más poderoso que he conocido. No solo creó una copia perfecta de Buckbeak, sino que incluso hizo que sangrara como si fuera real.

Los tres quedaron completamente sorprendidos.

—¿Entonces... todo era falso? —preguntó Ron.

—Así es.

Hermione volvió a pensar en la escena.

—Pero... después enterraron el cuerpo.

Hagrid no pudo evitar reír.

—Claro que sí.

Los tres esperaron la explicación.

—Lo que enterramos fue una calabaza.

Hubo un largo silencio.

Después Hagrid soltó una carcajada.

—Una calabaza encantada, para ser exactos. Los del Ministerio estaban tan convencidos de que Buckbeak había muerto que jamás se les ocurrira comprobar qué habra dentro de la tumba.

Ron terminó riéndose también.

—¡No puedo creer que engañaran al Ministerio con una calabaza!

Hagrid se cruzó de brazos, orgulloso.

—Y nunca se enterarán, mientras ninguno de nosotros abra la boca.

Harry sonrió por primera vez en mucho tiempo.

Después de tantos acontecimientos trágicos, saber que Buckbeak seguía con vida era, al menos, una buena noticia.

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