Ficool

Chapter 63 - Patronus

En los corredores del castillo, las conversaciones giraban alrededor del reciente ataque de los dementores y, una vez más, del hecho de que Harry Potter se había desmayado.

Mientras tanto, en la oficina de Severus Snape, el profesor observaba a Leon con una expresión extraña, como si estuviera debatiéndose entre tomar una decisión difícil o seguir postergándola.

—Padre, ¿por qué me llamaste tan temprano? —preguntó Leon.

Al ver a su hijo, Snape dejó de dudar.

—Leon, debes entender que los dementores son criaturas mágicas guiadas por sus instintos. A pesar de las órdenes y regulaciones del Ministerio, esas criaturas no tienen el menor reparo en ignorarlas cuando lo consideran necesario.

Leon lo escuchó con atención. Después del ataque ocurrido durante el partido, comprendía perfectamente a qué se refería su padre.

—Por eso aprenderás el encantamiento Patronus —continuó Snape mientras sacaba un libro de uno de los estantes—. Toma este libro y estúdialo. Este fin de semana comenzaremos las prácticas.

—De acuerdo, padre —respondió Leon.

Los días transcurrieron con normalidad.

Siempre que alguien veía a Leon, lo encontraba con un libro en la mano, leyendo atentamente.

Astoria, que se encontraba sentada junto a él en la sala común, no pudo contener su curiosidad.

—Leon, ¿qué libro lees? —preguntó.

Leon levantó la vista y le explicó todo lo relacionado con el encantamiento Patronus y las clases particulares que recibiría de su padre durante el fin de semana.

Astoria quedó impresionada.

El Patronus era un hechizo avanzado y extremadamente difícil. Ella también quería aprenderlo, pero sabía que el profesor Snape difícilmente accedería a enseñarle algo que no formaba parte del programa de estudios.

Leon notó la mirada de envidia que ella le lanzaba y sonrió.

—Si tanto miedo te da preguntarle a mi padre, yo puedo enseñarte.

Astoria abrió los ojos sorprendida.

—¿De verdad harías eso?

—Claro. Me servirá para repasar. Pero tendrás que comprarte este libro.

—¡Ahora mismo lo haré!

Sin perder un segundo, Astoria se levantó y salió corriendo en dirección a la torre de las lechuzas para enviar una carta a sus padres.

Mientras tanto, en la mesa de Gryffindor, Oliver Wood parecía un muerto viviente.

Su equipo había sido descalificado y con ello sus esperanzas de ganar la Copa de Quidditch prácticamente habían desaparecido.

—Vamos, Oliver, anímate. Ya pasó —dijeron Fred y George.

Pero Oliver no respondió.

Solo permanecía inmóvil, mirando fijamente su plato.

—Sigue así desde esta mañana, ¿verdad? —preguntó Angelina Johnson.

—Sí —respondió George—. Incluso durante las clases. Los profesores lo han dejado pasar, pero esta tarde tenemos Pociones con Snape.

Fred y Angelina comprendieron inmediatamente la gravedad del asunto.

—Tengo una idea —dijo Angelina.

Tomó un vaso de agua y se lo arrojó directamente al rostro.

Oliver ni siquiera reaccionó.

—Parece que no funcionó —comentó Angelina decepcionada.

Un poco más alejados, Ron Weasley y Hermione Granger discutían.

La derrota del equipo había provocado una grieta entre ambos.

—¡Solo quería ayudar! —decía Hermione indignada.

—¡Pues hubiera sido mejor que no te metieras! —respondió Ron—. ¡Por tu culpa nos descalificaron! ¡Y de paso mantén a tu gato alejado de Scabbers!

La mesa de Gryffindor estaba dividida.

Una mitad pensaba que Ron tenía razón, aunque pocos se atrevían a decirlo abiertamente.

La otra mitad culpaba a Harry por no haber sido capaz de lanzar correctamente el hechizo.

Harry, por su parte, estaba más de acuerdo con Ron de lo que quería admitir, pero prefirió guardar silencio.

Harta de la situación, Hermione se levantó para marcharse.

Fue entonces cuando vio a Leon Snape.

El muchacho sonreía tranquilamente mientras leía un libro.

Hermione sintió cómo la ira volvía a crecer dentro de ella.

Estaba convencida de que se estaba burlando de su desgracia.

Sin embargo, Leon ni siquiera la había notado.

En realidad, estaba tan concentrado en el libro sobre el Patronus que trataba de recordar experiencias felices que pudieran servirle durante las futuras prácticas.

Pero cuanto más lo intentaba, más se daba cuenta de algo curioso.

La mayoría de sus recuerdos felices tenían un elemento en común.

Anya.

Su pequeña hermana aparecía en casi todos ellos.

Su primer abrazo.

Su emoción al entrar en Hogwarts.

Su felicidad al obtener el 100% de ganancias en las apuestas.

Incluso las noches en Spinner's End, viendo televisión mientras discutían sobre cuál era el mejor dibujo animado.

Leon cerró lentamente el libro, y verifico la hora, aun le quedaba 20 minutos para próxima clase.

Las clases siguieron su curso hasta que llegó el fin de semana.

Como ya era costumbre, Leon salió de Hogwarts para recoger a Anya en la academia Smeltings. Mientras tanto, Gemma Farley y varios alumnos mayores de Slytherin se encontraban algo decepcionados. Desde que el profesor Snape había dejado de abandonar el castillo los fines de semana, ya no podían organizar las fiestas clandestinas en la sala común. Ahora era Leon quien viajaba a recoger a su hermana, mientras el jefe de la Casa permanecía en Hogwarts.

Después de encontrarse con Anya, los dos hermanos decidieron pasar un rato en el centro comercial antes de regresar.

Mientras hacían tiempo, se detuvieron frente al escaparate de una tienda de electrodomésticos. Varias personas observaban un televisor donde transmitían un programa infantil. Anya se quedó mirando con curiosidad, mientras Leon permanecía a su lado disfrutando del ambiente muggle.

Cuando el programa terminó, ambos continuaron paseando por los pasillos del centro comercial.

Fue entonces cuando pasaron frente a una juguetería.

Leon caminaba distraído hasta que algo captó por completo su atención.

Se quedó inmóvil.

En el escaparate había una colección completa de figuras articuladas de los Power Rangers. Los muñecos podían mover brazos y piernas, incluían armas intercambiables e incluso realizaban pequeñas poses de combate al presionar un mecanismo.

Los ojos de Leon brillaron.

Aquellos juguetes habían sido uno de sus mayores deseos en su época en el orfanato. Nunca había podido comprarlos.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—¿Te gustan? —preguntó Anya al verlo tan concentrado.

Leon asintió sin apartar la vista del escaparate.

—Siempre quise tener unos.

Sin pensarlo dos veces, entró en la tienda.

Pocos minutos después salió con una bolsa llena de figuras.

Anya sonrió al verlo tan feliz.

—Nunca te había visto así, hermano.

Regresaron a Spinner's End, donde Loky recibió las compras antes de acompañarlos mediante la Red Flu hasta Hogwarts.

Las llamas verdes los dejaron en la oficina del profesor Snape.

Apenas dejaron las bolsas sobre una mesa, Leon sacó las figuras.

Durante unos segundos simplemente las contempló.

Luego comenzó a moverlas como si hubiera vuelto a tener cinco años.

—¡Power Ranger Rojo, al ataque!

—¡No podrás vencerme! —respondió Anya, levantando otra figura y haciéndola chocar contra la de su hermano.

Los dos comenzaron a recrear combates imaginarios por toda la oficina.

Las figuras saltaban sobre el escritorio, se escondían detrás de los libros y luchaban encima del sofá entre risas.

—¿leon porque pueden moverse? Pregunto Anya quien hacia que los muñecos hicieran poses

—son por las articulaciones respondio león quien hacia que su muñeco tambien hiciera poses.

Por primera vez desde que había llegado a ese mundo, Leon se olvidó completamente de Hogwarts, de Sirius Black, de los dementores, de las clases e incluso de las apuestas de Quidditch.

Simplemente estaba jugando.

Como un niño.

En ese momento, la puerta de la oficina se abrió lentamente.

Severus Snape acababa de regresar.

Su intención era recordar a Leon que ese día comenzarían las prácticas del encantamiento Patronus.

Sin embargo, al asomarse al despacho, se quedó inmóvil.

Observó a su hijo riendo mientras hacía pelear a dos figuras de acción con una energía que jamás le había visto mostrar.

Anya también reía sin parar.

Leon incluso imitaba las voces de los personajes mientras inventaba ataques exagerados.

Snape permaneció varios segundos en silencio.

Nunca lo había visto actuar así.

Normalmente, Leon hablaba con una madurez impropia de su edad. Siempre parecía estar pensando varios pasos por delante de todos, como si cargara un peso invisible sobre los hombros.

Pero ahora...

Ahora solo veía a un niño.

Un niño feliz.

Una leve sensación de calidez recorrió el pecho de Severus.

Sin hacer el menor ruido, volvió a cerrar la puerta.

—El Patronus puede esperar unas horas —murmuró para sí.

Se alejó por el pasillo con una pequeña curva en las comisuras de los labios, casi imperceptible.

Dentro de la oficina, las risas de Leon y Anya continuaron resonando entre las viejas paredes de piedra, ajenas a la silenciosa decisión de su padre de concederles un poco más de tiempo para disfrutar simplemente de ser hermanos.

Las clases continuaron con normalidad. Sin embargo, cuando caía la noche, dos aulas de Hogwarts permanecían ocupadas.

En el aula de Defensa Contra las Artes Oscuras y en el aula de Pociones, una misma palabra resonaba una y otra vez.

—¡Expecto Patronum!

Harry Potter entrenaba junto al profesor Lupin, mientras que, en las mazmorras, Leon practicaba bajo la estricta supervisión de Severus Snape.

Noche tras noche repetían el encantamiento.

Una y otra vez.

—¡Expecto Patronum!

Al principio, no ocurría absolutamente nada.

Después, apenas unas débiles chispas plateadas escapaban de las puntas de sus varitas.

Los días fueron pasando y, con mucha práctica, ambos lograron finalmente producir una tenue neblina plateada que brotaba de sus varitas antes de desvanecerse en el aire.

Lupin sonrió satisfecho.

—Muy bien, Harry. Has progresado bastante. Creo que ha llegado el momento de practicar con algo más real.

Harry lo miró con inquietud.

—¿Un dementor?

—No —respondió Lupin con calma—. Un dementor sería demasiado peligroso. Utilizaremos un boggart. Casualmente atrapé uno hace unos días. Mañana veremos cómo reaccionas frente a él.

Harry respiró con alivio y asintió.

Al día siguiente, ambos entrenamientos tomaron caminos diferentes.

En el aula de Defensa Contra las Artes Oscuras, Harry esperaba frente al viejo armario donde el boggart permanecía encerrado.

Mientras tanto, al otro extremo del castillo, Severus Snape y Leon abandonaban Hogwarts y caminaban en silencio por el sendero que conducía hasta las enormes rejas de entrada.

A pocos metros de ellas, varios dementores flotaban inmóviles, cumpliendo la vigilancia ordenada por el Ministerio.

De vuelta en el aula de Defensa Contra las Artes Oscuras, Lupin abrió lentamente el armario.

La criatura salió envuelta en oscuridad.

Ante los ojos de Harry, el boggart adoptó inmediatamente la forma de un dementor.

El aire se volvió helado.

La desesperación comenzó a invadirlo.

Harry sintió cómo todos sus recuerdos felices desaparecían, sustituidos por el eco de gritos y el llanto de una mujer.

Con enorme esfuerzo levantó la varita.

—¡Expecto Patronum!

No ocurrió nada.

La niebla plateada que había conseguido producir el día anterior desapareció antes siquiera de salir de la varita.

Harry cayó de rodillas, respirando con dificultad.

Lupin reaccionó de inmediato.

—¡Expecto Patronum!

Un brillante lobo plateado surgió de su varita y embistió al falso dementor.

El boggart retrocedió de inmediato y regresó al armario, cuya puerta volvió a cerrarse de golpe.

Harry respiraba agitadamente.

—Lo siento, profesor... No pude hacerlo.

Lupin negó con la cabeza.

—No te disculpes. Lo has hecho mejor de lo que esperaba para ser tu primer intento frente a un boggart convertido en dementor. Seguiremos practicando.

Harry asintió, todavía recuperando el aliento.

Mientras tanto, frente a las rejas de Hogwarts, Severus observaba atentamente a su hijo.

—¿Estás listo? —preguntó con voz tranquila.

Leon dio un paso al frente.

Uno de los dementores levantó lentamente la cabeza.

Como si hubiera encontrado una presa.

La criatura comenzó a deslizarse hacia él.

El aire se volvió gélido.

Una escarcha cubrió la hierba.

Pero Leon permaneció completamente inmóvil.

No había miedo en su rostro.

No había dudas.

Solo concentración.

Cuando el dementor estuvo lo bastante cerca, levantó su varita.

—¡Expecto Patronum!

La neblina plateada surgió con rapidez.

Pero esta vez no se disipó.

Frente a los ojos de Snape, el vapor comenzó a condensarse hasta formar una barrera plateada y luminosa.

El Patronus incompleto chocó contra el dementor, obligándolo a detener su avance.

La criatura emitió un chillido apagado antes de retroceder lentamente.

Severus permitió que una leve sonrisa apareciera en su rostro.

Leon lo había conseguido.

Todavía no era un Patronus corpóreo, pero había logrado materializar suficiente poder para rechazar a un dementor.

Era un avance extraordinario para alguien de su edad.

Sin embargo, había algo que Snape desconocía.

Mientras la mayoría de las personas quedaban paralizadas por el frío sobrenatural y la desesperación que irradiaban los dementores, Leon apenas percibía esos efectos.

Sobre todo, el frio, no le afectaba en lo mas minimo.

—Es suficiente por hoy —dijo Snape.

Con un leve movimiento de la varita hizo que el dementor se alejara lentamente de las rejas. La criatura, privada de cualquier oportunidad de acercarse, terminó deslizándose entre la niebla hasta desaparecer.

Leon dejó escapar un suspiro y bajó la varita.

El esfuerzo mental había sido mucho mayor de lo que imaginaba.

Ambos comenzaron a regresar al castillo en silencio.

El viento otoñal soplaba con fuerza sobre los terrenos de Hogwarts, haciendo crujir las ramas de los árboles del Bosque Prohibido.

Tras caminar unos metros, Snape introdujo la mano en un bolsillo de su túnica.

—Toma.

Leon levantó la vista.

Su padre le tendía una tableta de chocolate.

La observó con cierta sorpresa antes de tomarla.

—¿Chocolate?

Snape continuó caminando con las manos detrás de la espalda.

—Es el mejor remedio después de una exposición prolongada a un dementor. Ayuda al cuerpo a recuperarse.

—Gracias, padre.

Sin decir nada más, rompió la tableta por la mitad.

Luego extendió una de las mitades hacia Snape.

—Toma.

Snape bajó lentamente la mirada hacia el chocolate.

Durante un instante pareció debatirse consigo mismo.

—Es para ti.

—Lo sé.

Leon sonrió ligeramente.

—Pero estuvimos los dos bajo el mismo frío.

Snape permaneció unos segundos en silencio.

Finalmente aceptó el trozo.

—...Gracias.

Era una palabra que raramente salía de sus labios.

Los dos continuaron caminando.

Sin prisas.

Sin necesidad de hablar.

Mientras comían el chocolate, el frío que los había acompañado durante el entrenamiento comenzó a desaparecer poco a poco.

Por primera vez en muchos años, Severus Snape descubrió que compartir un simple trozo de chocolate con su hijo resultaba sorprendentemente reconfortante.

Y, aunque jamás lo admitiría en voz alta, aquel silencioso paseo de regreso al castillo terminó convirtiéndose en uno de los momentos más tranquilos que había vivido desde que comenzó el curso.

Al día siguiente se disputó el partido de Quidditch entre Gryffindor y Ravenclaw.

Harry había recibido como regalo una Saeta de Fuego y, tras superar la minuciosa inspección de la profesora McGonagall, pudo utilizarla por primera vez en un partido oficial. Su antigua Nimbus 2000 había sido prestada a Angelina Johnson.

La diferencia fue abrumadora.

Con la velocidad de la Saeta de Fuego, Ravenclaw nunca tuvo una oportunidad real. Harry atrapó la Snitch Dorada con facilidad y Gryffindor consiguió una victoria aplastante.

En las tribunas, Draco Malfoy motraba una expresion con una mezcla de envidia y frustración.

La Saeta de Fuego era la mejor escoba del mundo, muy superior incluso a las Nimbus 2001 de Slytherin.

Aun así, terminó consolándose con un pensamiento.

Aunque Gryffindor hubiera ganado aquel encuentro, nunca podría alzarse con la Copa de Quidditch. Gracias a la descalificación del partido anterior, Slytherin seguía teniendo una ventaja imposible de alcanzar.

Al día siguiente, durante el almuerzo, Leon, Astoria y Daphne comían tranquilamente en la mesa de Slytherin.

La conversación era relajada hasta que Pansy Parkinson apareció con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Tengo un chisme buenísimo! —anunció con entusiasmo.

Daphne, Tracey Davis y Millicent Bulstrode levantaron la vista al instante. Incluso Draco, que se encontraba sentado unos lugares más allá, se acercó por curiosidad, seguido de Crabbe y Goyle.

Pansy sonrió satisfecha al convertirse en el centro de atención.

—Anoche Weasley y Granger tuvieron una pelea enorme en la sala común de Gryffindor, delante de todos.

Los presentes escuchaban atentos.

—¿Y ahora qué pasó? —preguntó Daphne.

—El gato de Granger se comió la rata de Weasley. Él perdió los estribos y Potter, como siempre, se puso del lado de su mejor amigo.

Varias risas recorrieron la mesa de Slytherin.

Mientras Pansy seguía adornando la historia con todo tipo de detalles, el rumor comenzó a extenderse rápidamente hacia las demás mesas del Gran Comedor.

En pocos minutos, estudiantes de Hufflepuff y Ravenclaw ya cuchicheaban entre ellos.

Astoria miró a Leon con sorpresa.

—¿Puedes creerlo?

Leon siguió cortando tranquilamente su comida antes de responder.

—¿Qué tiene de sorprendente?

Astoria parpadeó.

—Pues... que hayan vuelto a pelear.

Leon soltó una pequeña risa.

—Ni que fuera una novedad. Si no me equivoco, esta ya es la tercera vez que Weasley y Potter dejan de lado a Granger cuando tienen un problema con ella.

Astoria reflexionó unos segundos.

—Ahora que lo dices... tienes razón.

Y, mientras el rumor seguía propagándose por el Gran Comedor, la discusión entre los tres amigos de Gryffindor comenzaba a convertirse en el tema de conversación de todo Hogwarts.

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