Ficool

Chapter 73 - capítulo 73

POV: Rudeus

Ubicación / marco temporal breve: Continente Demonio, cercanías de una ciudad portuaria; casi dos años desde Fittoa.

No recuerdo si fue ayer o la semana pasada cuando el mar empezó a oler más cerca. En el Continente Demonio el viento cambia de pared y el calendario se vuelve sospechoso. Lo que sí recuerdo: el primer rugido vino desde las piedras y no desde la garganta de la criatura.

—Dos a la izquierda, uno grande atrás —dijo Ruijerd sin subir la voz.

—Los pequeños son míos —Eris adelantó la pierna como si el suelo le debiera respeto.

Yo asentí y abrí la mano. El aire cargó la punta de los dedos. Nada de discursos: medir, lanzar, guardar.

El primero saltó con demasiada confianza. Le regalé una lanza de roca y la confianza se hizo agujero. El segundo giró por fuera, rápido, mirando a Eris. Mal plan.

—Ni se te ocurra —murmuró ella, y el cuchillo corto silbó. El monstruo esquivó el filo por instinto, pero no la ráfaga: una llamarada seca, sin canto, le lamió el lomo y lo empujó a mi alcance. Terminé el trabajo con una cuña de tierra.

El grande llegó por el centro. Ruijerd no se movió hasta el último paso. Cuando lo hizo, el mundo pareció rendirse: punta, giro, retirada; una danza que no requería testigos. El monstruo cayó con esa dignidad torpe que tienen los vencidos.

Respiré. El cuerpo pide celebraciones justo cuando conviene contar bolsillos. Revisé el gasto de maná. Bien. Eris se sacudió el antebrazo y yo noté el tirón en su respiración.

—¿Cómo estuvo? —preguntó, directo al grano que le importaba.

—Fino —dije—. La llamarada para abrir distancia funcionó. Bebe agua.

Ruijerd clavó la lanza y observó los alrededores.

—No bajes la guardia por el puerto. Las ciudades atraen más peligros que los llanos.

—Lo sé —respondí. Y lo sabía. La gente tiene más imaginación que los monstruos.

Caminamos hasta ver techos superpuestos como fichas mal acomodadas. La ciudad portuaria se construía con la certeza de que el viento jamás sería amigo: cuerdas, tablones, piedras bajas. Las banderas eran trozos resignados de tela. Para entonces, o tal vez después, ya el mar estaba a un grito.

La posada quedaba en una calle que olía a sopa y sal. Entramos con la discreción que habíamos ensayado. Monedas sobre la mesa; regateo justo; un cuarto con paredes de madera cansada. Dejé la mochila junto al catre y me quité las botas como si me perdonara por unas horas.

—¿Comemos ahora o después? —preguntó Eris.

—Ahora —dijo Ruijerd—. Después es mañana o dentro de tres días, y no pienso discutir con el hambre.

—Estoy de acuerdo —respondí.

Pedimos algo caliente. Había carne con especias que no me importó entender, pan aceptable y una olla que prometía más de lo que podía cumplir. Eris comió como quien hace inventario de músculos. Ruijerd masticó mirando la puerta, el reflejo en la ventana y el borde de mi vaso, todo al mismo tiempo. Yo pensé en el puerto, en precios y en pasajes. Pensé en el pasado también, como si el recuerdo pudiera comprar botes.

Esa noche dormí con la mente todavía puesta en números. O eso creí. El cuarto se volvió blanco de un modo familiar. Siempre empiezo mirando mis manos; por costumbre, para verificar si siguen siendo mías.

—Buenas noches —dijo una voz como si me conociera mejor que yo.

—Buenas noches —respondí.

Hitogami no camina. Flota, como los problemas sin factura que de pronto llegan a tu puerta. Sonreía con ese gesto de vendedor de promesas. Ya no me sorprendo; tampoco confío, pero escucho. Me ahorro disgustos.

—Mañana ayuda a alguien hambriento —dijo, directo—. No lo pienses demasiado.

—Ya veo.

—Te gustan los atajos que no huelen a truco, ¿no?

—Me gustan las soluciones que sirven —dije—. Ya que estamos… ¿puedes darle un mensaje a Alerion Zakhal?

Lo dije con naturalidad. No sé cuándo fue la última vez que pensé en él. Quizá cuando Eris lanzó su primera llamarada sin cantos y creyó que nadie veía su sonrisa.

Hitogami inclinó la cabeza. La sonrisa siguió ahí, pero era otra.

—He visto su futuro —dijo—. Está… demasiado entretenido para mi gusto. Loco, si te surge un adjetivo rápido. Prefiero no tocarlo.

—Sólo quiero que sepa que seguimos vivos —insistí.

—Y yo prefiero no involucrarme con él. Ayuda a la hambrienta. Eso sí puedo decirte.

El blanco empezó a deshilacharse por los bordes.

—Hasta pronto, Rudeus.

Desperté con la misma pared de madera, el mismo ruido de muelles a lo lejos. La luz en la rendija me dijo que el día había empezado o estaba terminando desde hacía rato. Me lavé la cara y bajé. Eris ya estaba con la espada en el regazo, hablando con la cuchilla como si fuera un animal orgulloso. Ruijerd bebía algo que olía a hierbas y paciencia.

—Salgo al mercado —dije.

—Trae pan —pidió Eris.

—Y asegúrate de que alguien vigile tu espalda —añadió Ruijerd.

—Eso intento desde que nací —respondí, y me puse la capa.

El mercado era una conversación alta: voces, tablas, golpes. El mar empuja la vida hasta los puestos y la recoge otra vez, con capricho. Caminé entre sacos húmedos y cubos con cosas que te miraban como si no estuvieran de acuerdo con tu respiración. Compré pan, un par de frutas duras y cosas que podían fingir ser queso.

Entonces la vi. Era pequeña de un modo que no pedía compasión, sólo pan. Tenía los ojos demasiado grandes para el resto de la cara y las manos muy quietas. Evitaba mirarme a los ojos con un entrenamiento que no parecía de niña.

—Toma —dije, y le ofrecí medio pan.

—¿Por qué? —preguntó sin mirarme.

—Porque tengo otro medio —respondí.

Lo tomó, mordió, cerró los ojos como si pensara palabras que no tenía. Esperé. No puse cara de héroe. He aprendido que las caras también cuestan.

—¿Algo más? —pregunté.

—Sí —dijo con la boca pequeña, y luego sus ojos cambiaron—. Una presentación decente.

La niña se estiró como si recordara todos los huesos de golpe. No era una niña. O lo era sólo a conveniencia. Sus pupilas se contrajeron con una alegría que no era infantil. Se puso las manos en la cintura con la autoridad de quien firma leyes con una zanahoria.

—¡Ja, ja! Te lo dije, muchacho, buen corazón, buena comida. Soy Kishirika Kishirisu, Primera Emperatriz Demonio, Reina de los Ojos y de los Problemas Divertidos.

Tragué saliva, la mitad por educación y la otra mitad por costumbre.

—Encantado —dije—. Rudeus Greyrat.

—Lo sé, lo sé —canturreó—. Me gusta tu pelo. Por compensación, te daré una recompensa. Elige con cuidado; hoy estoy generosa y además de buen humor.

Había escuchado historias. Un nombre no te hace un Dios, pero ayuda. No quería plata; prefería algo que se afilara con el uso.

—Un ojo —dije.

—¿Cuál?

—El que mira un poquito hacia delante.

Kishirika sonrió como si esperara ese pedido desde hacía generaciones.

—Aceptado.

La rapidez me encontró desprevenido. La Emperatriz acercó la mano, y antes de que pudiera retroceder ya me había tocado la sien y el mundo hizo un ruido como de cuerda tensa que se rompe. No grité. Creo.

El dolor fue breve, cortante, con sabor a metal. Parpadeé. Todo estaba igual, pero cada cosa tenía un hilo. Moví la cabeza y los hilos se adelantaron un instante, mostrando dónde estarían. No era clarividencia; era anticipación bien colocada.

—Primer consejo —dijo Kishirika—: usa un parche o limita el tiempo. Te marearás. Entrena con movimientos simples antes de confiarte en peleas largas.

—Entendido —dije, apretando los dientes para que no se me cayera la dignidad—. Gracias.

—No hay de qué. Me gustan los chicos que alimentan a las chicas hambrientas. Solo dime si necesitasalgo más. Estoy en racha.

Respiré. Aprovechar la racha; regla de vida. Pregunté por mi familia, una por una. Paul. Zenith. Lilia. Norn. Aisha. Pregunté por Sylphy. Pregunté por Ghislaine. La Emperatriz decía sus ubicaciones aproximadas con esa seguridad traviesa de quien lee un mapa que ella misma dibujó.

La pequeña con el cabello verde está bien, parece trabajar como guardaespaldas.

Apreté la mandíbula para no interrogar con desesperación. A veces el silencio compra mejor que las monedas.

Luego pregunté por Alerion Zakhal. La Emperatriz abrió más los ojos, divertida.

—Ese chico interesante.

—¿Dónde? —pregunté, cuidando la voz como si fuera una lámpara. No sabía que me importaba hasta que formulé la pregunta.

—Cordillera del Wyrm Rojo —dijo—. Encima del cadáver de un dragón. Tiene mucho maná… pero menos de una quinta parte del tuyo. Le gusta compensar con objetos bien hechos. Encantamientos de alto nivel, varios encima. Y está recolectando núcleos mágicos de dragones. Ya tiene… mmm… varios. No los cuenta; los pesa.

Imaginé la escena y la cuerda tensa en mi cabeza chasqueó sola.

—¿Algo más? —pregunté.

—Sí. Un caballo me miró directamente cuando lo miré a él. Y posó. No bromeo. Se acomodó el cuello como si fuera un cuadro. Me ofendió un poco lo bien que le salió.

Me cubrí la boca con el dorso de la mano para que la risa no hiciera ruido.

—Entendido.

Le di las gracias con la formalidad que la situación pedía.

Regresé con el mundo todavía sujetado por hilos que no se veían. El ojo nuevo me avisaba de los pasos medio segundo antes de oírlos; me avisaba del vaso que alguien dejaría torcido en la barra; de las monedas que se caerían del bolsillo del mercader gordo dentro de dos latidos. Tuve que parpadear más lento para no marearme.

En la posada, Eris estaba limpiando la espada. Ruijerd había extendido un paño para revisar la lanza, gesto por gesto, como si estuviera desarmando una historia.

—¿Y bien? —preguntó Eris sin adornos.

—Hay buenas y mejores —respondí, y me senté—. La Emperatriz Demonio me dio un ojo que ve un instante en adelante. Se llama Ojo de la Previsión, y sí, marea. Necesito un parche o práctica corta.

Levanté la mano derecha como si fuera clase.

—Ejemplo: ahora vas a levantar la ceja izquierda.

Eris parpadeó, confusa, y su ceja izquierda subió por pura curiosidad. Me miró como si le hubiera robado una carta del mazo.

—Trampa —dijo.

—Herramienta —corrigió Ruijerd—. Útil. Siempre que recuerdes por qué la usas. No para presumir.

—Sí, señor —respondí.

Bebí agua. No sé si fue en ese momento o más tarde cuando les conté lo demás. La memoria hace lo que puede con los bordes.

—Pregunté por mi familia. Está dispersa. Sylphy está bien. Ghislaine… en marcha, como siempre.

Eris apretó el trapo con fuerza.

—¿Y Alerion? —preguntó.

—Cordillera del Wyrm Rojo —dije—. Según la Emperatriz, está encima de un dragón muerto. Usa muchos objetos encantados. Está recolectando núcleos de dragón. Ya tiene varios. Y su caballo posa para desconocidos.

Eris no sonrió, pero sus ojos lo intentaron. Un orgullo antiguo asomó la cabeza.

—Bien —dijo— yo también debería poder hacer eso.

—Puedes —afirmé.

Ruijerd escuchó sin interrumpir. Luego dijo lo que tenía que decir.

—No cambien lo que funciona por modas. Si el fuego abre distancia, úsalo para eso. Si la espada decide el final, que decida la espada. Y no olviden que los barcos también exigen decisiones.

Nos quedamos un rato en silencio. El mar golpeaba muelles y conversaciones ajenas. El ojo anunciaba pequeños cataclismos: un plato a punto de caer, un camarero a punto de tropezar, una puerta que rebotaría. Tuve que cubrirme el ojo nuevo con la mano para que el mundo se calmara. Me puse un paño como parche improvisado.

—¿Nos vamos mañana? —preguntó Eris.

—Mañana, o cuando el viento cambie —dije—. Al puerto. Ver precios reales, no rumores.

—No te entretengas regateando por deporte —añadió Ruijerd.

—Regateo por sobrevivir —dije—. El deporte me cae mal.

Dormí por partes. Hubo un segundo sueño blanco, quizá esa misma noche o la siguiente. Hitogami apareció sin ruido, como si hubiera estado esperando detrás de los párpados.

—¿Funcionó la ayuda? —preguntó.

—Funcionó —dije—. Y sí, fue ella.

—Kishirika hace lo que quiere cuando tiene hambre.

—Quiero insistir con lo del mensaje —solté—. Para Alerion.

—No —dijo, y su sonrisa esta vez fue delgada—. Él y yo… mejor cada uno en su carril. Si le digo algo de tu parte, abriré una puerta que no quiero abrir. Tú tampoco.

—Me basta con saber que no quieres.

—Me alegra que te baste.

El sueño terminó como quien cierra una ventana por el viento. Abrí los ojos con el paño todavía en su lugar. Respiré. Me vestí. Bajé.

La mañana, o algo parecido, nos recibió con olor a cuerda húmeda y aceite de lámpara. Caminamos hasta los muelles para entender lo que íbamos a pagar. Fichas de madera marcaban rutas y barcos con nombres que eran promesas o insultos, según el humor del capitán. Pregunté, escuché, hice cuentas, sonreí lo justo. Eris miraba el ancho del mar con una mezcla exacta de ansiedad y desafío. Ruijerd, a un paso detrás, evaluaba puestos de guardia, accesos, posibles emboscadas. Cada uno hace lo suyo y el grupo se sostiene.

—Este cobra por pasajero y por arma —dije.

—Que lo intente —murmuró Eris.

—No tendrá que intentarlo —respondí—. Le pagaremos con número y con calma. Si nos estafan aquí, nos estafan tres veces en el agua.

—Hay otro barco —añadió Ruijerd—. Capitán con ojos de comerciante, no de bandido. Pregunta por papeles más que por músculos.

—Ese me gusta —dije—. También porque los papeles los puedo inventar más fácil que otros músculos.

Recorrimos dos, tres muelles. O tal vez el mismo muelle varias veces. El ojo nuevo me ayudaba a evitar empujones y a robarle medio segundo a las discusiones. Lo guardé cada tanto: parche arriba, parche abajo. Si lo usas todo el tiempo, el mundo te cobra con mareo. Aprenderé a manejarlo; aprendí a manejar cosas peores.

En un recodo del puerto, un niño hacía equilibrios sobre un tablón. Iba a caer. Lo vi caer antes de que cayera, lo sujeté por el pescuezo del saco y lo regresé a su propio paso. La madre me miró con un agradecimiento que intentó esconder tras un regaño.

—Gracias —dijo al final.

—De nada —respondí.

Son gestos. Sostienen más que un barco.

Volvimos a la posada con números que parecían posibilidades. Comimos algo que se presentaba como sopa y se defendía como agua caliente con ambición. Eris me miró por encima del cuenco.

—Quiero pelear otra vez antes de subir a un barco.

—Puedes pelear con los precios —dije.

—Eso es tu trabajo —replicó, y yo asentí porque no valía la pena corregir un reparto que nos funciona.

Ruijerd dejó el cuenco y habló sin levantar la voz.

—Si luchan, que sea por necesidad y no por aburrimiento. En el mar los errores se vuelven definitivos.

—Entendido —dijimos los dos.

El resto fue preparar mochilas y revisar equipo. Ajusté el paño, miré un rato el mundo con un ojo y luego con el otro. El futuro inmediato es un juego de niños cuando no hay espadas cerca. Me pellizqué la ceja y me eché en la cama. Pensé en Alerion un momento: en los núcleos de dragón, en los objetos encantados, en el caballo que posa. Pensé en Eris y en su fuego sin cantos, en su cuerpo reclamando la cuenta al final de cada combate. Pensé en Sylphy, dondequiera que estuviera, y en mi familia como un mapa que alguien dejó bajo la lluvia.

—Mañana —dije, pero no me creí. Podría ser pasado mañana. O cuando el viento cambie de pared.

Dormí con esa promesa elástica en la boca.

Más tarde, o después, salimos a ver de nuevo el puerto. Las gaviotas originales de este costado del mundo no gritan como las de mi memoria; hacen un ruido más áspero, como si insultaran en un idioma que todavía no estudio. Tomé el cuaderno. Hice una lista. La mitad eran números, la otra mitad eran maneras de decir “paciencia”.

No sé en qué momento exacto decidimos el barco. Tal vez cuando Ruijerd asintió sin palabras; tal vez cuando Eris apretó el cinturón una muesca más; tal vez cuando vi una cuerda en el suelo y supe que no se soltaría si la pisaba ahora. El ojo ayuda, pero no manda. Me puse el paño. Les indiqué la puerta.

—Cuando el viento cambie —dije.

—Cuando cambie —repitió Eris.

—Y si no cambia, lo empujamos —añadió Ruijerd, con esa calma que no presume.

Salimos. El puerto tenía la misma cara de antes, o una parecida. Guardé la lista. Pensé en dragones muy lejos y en gente muy cerca. El mar respiró. Creo que respondimos a su ritmo sin darnos cuenta.

More Chapters