Capítulo 66
Las últimas semanas me enseñaron una aritmética sencilla: menos encargos, más caros, menos gente, más paz. Dejé de decirle que sí a cualquiera con monedas y pasé a escoger como escoge un cirujano: solo aquello que justifica abrir el cuerpo. Si el pedido no me daba un problema nuevo que resolver —algo que me mordiera la nuca cuando intentara dormir—, lo rechazaba con educación. La ironía fue que, cuanto más selectivo me ponía, más gente quería mi trabajo. El encanto universal de lo difícil.
Los mensajeros empezaron a llegar con lacre en los sobres y pasos silenciosos. Había frases que se repetían: “por recomendación de…”, “hemos oído…”, “sería un honor…”; detrás de esa espuma había un puñado de encargos que sí valían mi tiempo.
El de Grabell fue el tipo de petición que resume a una persona: “algo que aparte de un solo golpe todo lo que me estorbe”. Le hice un colgante austero: disco oscuro, borde matizado, nada que llamara atención hasta que tenía que llamarla. El corazón del artefacto era un sello de repulsión que, al activarse, soltaba una onda expansiva limpia, sin rebote, capaz de rechazar ataques físicos de rango Rey y devolver parte del golpe al tonto que lo lanzó. No era un botón de pánico infinito: una vez por semana. Cargadores de milagros no existen; existen las cuentas que pagas después. Lo templé con el método doble de Julian Jalisco: calor manso por fuera y frío obediente por dentro, contraflujos que dejan un cable tensado en el metal. Si te pasas un milímetro, el colgante finge obedecer hasta el peor momento y muere como un cobarde. No me pasé.
El pago de Grabell pesó menos que lo que valía: un grimorio de barreras (rango Santo) y otro de fuego (rango Rey). Los abrí con el Ojo de Maná medio encendido: tinta asentada, estructuras viejas pero vivas, un par de diagramas que olían a obsesión de alguien que no duerme cuando no entiende. Los acaricié con el respeto que se le tiene a un animal que todavía puede morderte.
Gaius me pidió menos pompa y más precisión: guantes con Estabilidad de maná x3 y enfriamiento interno para manos que tienen que sostener hechizos largos sin temblores. La parte divertida fue esconder el circuito de frío sin entumecer los dedos ni matar la sensibilidad fina. Lo resolví con un respiro de metal —así lo llamaba Julian: “deja respirar al metal”— y rutas de disipación que se activan solo cuando sube cierto umbral. Gaius pagó con una joya que cualquier coleccionista mataría por exhibir y que yo preferí no exhibir: un cristal de eco, capaz de almacenar un hechizo completo y liberarlo más tarde, intacto. Lo miré pensando en todas las formas idiotas de usarlo y en las dos o tres inteligentes que ya estaba anotando en el cuaderno.
Ariel vino como quien pide un caramelo y te pone a construir un reloj. Quería unos aretes. Hice dos piezas pequeñas con dos funciones discretas: barrera activa contra venenos y un campo social tenue que yo llamo “presencia amistosa”: baja el filo de la conversación, abrillanta primeras impresiones. Nada de control mental: no hago basura peligrosa para niñitas de palacio. Ella pagó con nombres: compradores, vendedores, apodos que siempre aparecen en la periferia del mercado negro. También me obsequió un frasco de perfume que debe costar más que mi ropa entera. Lo guardé en el cajón de “alquimia”. Si huele tan caro, seguro arde bonito.
A gente que el salón ignora también le hice cosas. Un noble anciano se llevó un bastón con asistencia de equilibrio y un campo repelente contra objetos pequeños que vuelan rápido (la gente subestima la velocidad: a veces un canto rodado bien lanzado tumba a un hombre que soportó espadas). Una mercenaria veterana se fue con un brazalete de Estamina superior y resistencia al frío para el norte. A ambos les expliqué lo mínimo: mis piezas se casan con su primer dueño. Si alguien más intenta usarlas, se convierten en carbón humilde. Nadie protestó. La gente que vive mucho entiende la cortesía de un “no”.
Mientras tanto, empecé a fabricar lotes: piezas con mi firma, mismas garantías, preparados para el intermediario. Los guardé en cajas selladas, todas iguales por fuera, todas diferentes por dentro. El rincón del taller parecía un pequeño ejército listo para marchar. No conté las ganancias antes de tiempo, pero era obvio: en pocas semanas había acumulado más dinero y recursos que en meses de encargos medianos. El mérito no era del azar. Era de Julian Jalisco, mi hermano del alma que me enseña desde la tumba con una caligrafía apurada y márgenes llenos de migas de genio.
Con esa seguridad en el bolsillo —y el rango Santo ya ajustado al cuerpo como un abrigo que al fin te queda— hice algo que en mí significa cambios: empecé a preparar la salida.
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Fui a la zona de herreros a ver al enano que a veces le fabrica piezas a Hespar. Sus golpes sonaban como si un tambor hubiera aprendido a hablar. Me vio entrar, escupió a un costado por costumbre y no detuvo el martillo.
—Necesito una armadura ligera de viaje —dije—. Conjunto completo. Y cada pieza tiene que aceptar encantamientos sin llorar después.
Abrí la bolsa y dejé caer en su mesa metales que harían llorar a un aprendiz y salivar a un maestro: cortes de magiaacero oscuro, plata lúcida de buen brillo, y dos lingotes de un acero caprichoso que solo se deja domar cuando cantas en el tono correcto.
—Nada de adornos inútiles —añadí.
—Si quisieras adornos inútiles te mandaría a la corte —refunfuñó, que en idioma de enanos significa “aceptado”.
Nos entendimos rápido: flexible, resistente, compartimentada para que yo pueda grabar en botas, grebas, rodilleras, fajín, pechera, manguitos, guantes y casco. Él se encargaría de que el metal tuviera “respiración”; yo de que los sellos no hicieran ruido entre sí. Le dejé también forros y cintas con fibras que no absorben maná a lo loco. No quiero una esponja viviendo en mis axilas.
Con eso marchando, fui a por armas. En una tienda de confianza probé una espada larga que se llevaba bien con mi cadera. Quiero decir: cuando la desenvainas y el peso cae justo donde debe, el cuerpo sonríe solo. Encontré también una espada corta con carácter de cuchillo honesto y un bastón de acero mágico que hace de canal y de martillo. Le di dos golpes de prueba a un poste de entrenamiento y el dueño me miró como si acabara de golpear a su madre.
—Estoy comprobando calidad —expliqué, absolutamente serio.
Pagó gustoso con mi dinero.
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El intermediario llegó como llegan los terremotos educados: sin pedir permiso, sin disculparse, con la certeza de que alguien hablará de él después. Cerró la puerta con esa delicadeza que tienen los que abren otras más complicadas y dejó un saco en la mesa.
—Pago justo —dijo, y luego sacó algo envuelto en tela aceitosa.
Era otro fragmento del libro de Julian Jalisco. No esperé a que su mano terminara el gesto. Se lo arrebaté con una rapidez que no disimuló nada. Me salió la sonrisa mala, esa que no conviene que te vean si quieres conservar reputación de muchacho decente. Si ese pedazo de papel hubiera sido una pierna de mi novia, yo la habría acariciado igual.
—Deberías cobrar entrada por esa cara —comentó, divertido.
—Deberías cobrar más por esto —repliqué, sincero.
Dejó también una tarjeta negra con vetas metálicas que vibró apenas la toqué.
—Tres días —dijo—. Subasta.
—¿Alguna recomendación para no aburrirme?
—Que vayas.
Nos dimos la mano como siempre: apretón corto, ninguna promesa romántica. Cuando se fue, Hespar —que había fingido trabajar en el cuarto de atrás— asomó la cabeza con el martillo en la mano.
—Sigue sin gustarme su cara —dijo.
—A mí me siguen gustando sus regalos.
—Eso es lo que no me gusta.
—A mí me preocupa todo —respondí, y no era broma.
Guardé el papel bajo el cuaderno con la portada que amenaza impotencia a los curiosos y me di permiso para no trabajar un par de días.
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Invité a Isolte a salir. Nada rimbombante: caminar sin prisa, puestos de comida, un juego de puntería en el que no hice trampa con el maná (mucho). Le llevé dos regalos: un amuleto útil —un respiro de muñeca para estabilizar movimientos finos cuando está cansada— y una pulsera que solo servía para verse bien y brillar si quería. La pulsera le gustó más que el amuleto. Lo admito: a mí también me gustan las cosas que brillan cuando decido que brillen.
—Me voy a ir de Ars —dije, a mitad de una calle donde nadie nos miraba.
—¿Cuándo?
—Pronto.
No dijo nada durante unos pasos. Miró un escaparate con la atención de alguien a quien no le importa lo que ve. Luego respiró.
—Sabía que no eras de quedarte —dijo, y fue todo.
No pedí permiso para abrazarla. Tampoco pedí perdón por no pedirlo. Nos quedamos así hasta que un vendedor de pan nos pidió que comprásemos o nos apartáramos. Compré. No es buena idea irritar a la gente que alimenta ciudades.
—Te voy a traer un regalo cuando vuelva —le prometí.
—Trae un cuento —dijo—. Los regalos se rompen.
—Te traeré los dos.
Se fue con la pulsera escondida bajo la manga como si fuera un secreto que otro podría robarle en la mirada.
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Con el trabajo quieto y la salida en la cabeza, decidí gastar el resto del tiempo en algo que sí me hace dormir mejor: gente. Fui a un orfanato administrado por personas decentes —no santos; decente alcanza en este mundo— y dejé dinero suficiente para que los niños dejen de temblar por la noche. No pedí que pusieran mi nombre en ninguna placa. Pedí cuentas y risa. Prometieron ambas.
Esa misma noche hice lo que se tiene que hacer cuando pones la mano en una casa: limpiar alrededor.
La sombra se movía como si conociera de memoria los huecos de cada pared. No silbaba, no hacía discursos, no llevaba capa que flameara al viento. En la esquina de la cisterna, dos hombres que habían venido a estropear la válvula —pagados por alguien a quien no le gustan los niños que comen— se quedaron dentro del almacén con el pestillo cerrado por fuera. Nadie vio al fantasma. Al amanecer, los encontraron sentados en el suelo, cada uno con un pan en la mano, sin recordar nada.
En la calle lateral, un ladrón con mirada curtida tanteó las ventanas. Se acostó detrás de un barril para esperar y se despertó en otro techo, con una nota clavada al lado: “Corre mejor”. Lo hizo. No volvió.
En el muro de al lado, alguien pintó: “Bajo protección”. La frase duró una semana. No porque la borraran, sino porque la gente empezó a decirla sin necesidad de verla.
Me gusta ese tipo de leyenda porque trabaja sola. La gente empieza a portarse mejor por una mezcla de miedo y orgullo. Yo me limito a sazonar la olla.
Por las tardes me sentaba a jugar con la banda de niños que se multiplica cuando no me fijo. Construimos un castillo con cajas de fruta, discutimos sobre el tamaño correcto de los dragones (“muy grandes”, votación unánime), y escuché los rumores nuevos sobre el fantasma.
—Mi tío dice que el fantasma se vuelve invisible para robar pasteles —aseguró uno, con la seriedad de un magistrado.
—Se roba calcetines —lo corrigió otro—. Para que la gente se enoje buscando.
—También habla con los gatos —añadió una niña—. Por eso los gatos miran las esquinas.
—A veces estornuda y desaparece —dijo el más pequeño, orgulloso de su aportación científica.
—Y si lo miras de frente, te regala buñuelos —concluyó una voz sabia que olía a azúcar.
Les dije muy en secreto que había escuchado que el fantasma colecciona cucharas de madera de criminales y que a veces las deja en su cama ordenadas por tamaño. Uno gritó ¡puaj! y todos rieron. Compré pan dulce y nos lo comimos sentados en el escalón. Cuando se fueron, dejé en la pared un dibujo de Pelusa —mi pantera— hecho con carbón. La leyenda requiere mascotas.
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De tanto en tanto volvía al taller para tocar papel. El fragmento de Julian que me había robado del intermediario me tenía las manos calientes. Copié sus ideas en mi cuaderno en inglés, con letras apretadas como hormigas que se creen civilizadas. Apilar refuerzos sin peleas, vínculos que se intensifican con el uso sin deformar al dueño, y un truco que casi me hace morderme la lengua: anillos hermanos. La idea era simple de escribir, difícil de hacer: dos piezas que se reconocen y comparten carga a distancia limitada. Si aprendes a respirar con dos metales a la vez, puedes hacer que uno amortigüe cuando el otro se aprieta. Cerré el cuaderno con el instinto sano del que no quiere regalar su próximo truco en voz alta.
Hespar, que nunca pregunta lo que no quiere saber, dejó un tazón de té a mi lado.
—Si sigues riéndote así, van a pensar que te volviste loco —gruñó.
—Ya tienen razón para pensar que soy otra cosa —dije.
—Lo sé —respondió, y se fue a martillar algo que probablemente no necesitaba martillar.
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El segundo día lo dediqué a revisar rutas. Si me voy de Ars, no quiero volados sentimentales; quiero caminos limpios. Miré mapas que nunca están actualizados y pregunté a gente que siempre está. Un cochero me dijo que la carretera hacia el este había estado tranquila “salvo por un grupo de idiotas que creen que esconderse en los árboles te hace invisible”. Un vendedor de sal afirmó que el sur olía a dinero y a problemas con uniforme. Un aventurero borracho me aseguró que en el norte habían visto un dragón. Le compré otra copa solo por la intención. El dragón siempre está en otro lado.
De noche, hice de fantasma otra ronda. Nada espectacular. A un extorsionador de puestos le explicaron las rodillas por qué no debía meterse con la señora que vende sopa. A dos muchachos que jugaban a ser matones les asusté solo lo suficiente como para que tengan una buena historia y malas ideas que se disuelvan solas. A veces basta con mover la piedra que iban a lanzar para que caiga en el pie correcto.
Los que veían al fantasma rara vez lo veían dos veces. Algunos juraban que era alto; otros, bajo; una mujer dijo que llevaba vestido. Un hombre con dientes de oro vendía amuletos “aprobados por el fantasma” y los niños los usaban para correr más. La delincuencia bajó dos dedos en el barrio del orfanato. Nadie escribió un informe. La ciudad se acomodó sola un centímetro.
El tercer día llegó con esa quietud rara que a mí me indica que algo quiere empezar. Recogí el encargo del enano: una armadura que parecía pedir ser usada. No brillaba como un juguete —gracias—; tenía el mate justo para que la vista se calme. Probé piezas: el ajuste de las grebas, la libertad de los hombros, el peso del pecho. Perfecta para mi plan: grabarla de arriba abajo con lo que importa.
—No le pongas plumas —gruñó el enano por compromiso.
—Solo por dentro —le respondí, y casi se ríe.
En la tienda de armas, afiné el filo de la espada larga, firmé la corta con una runa escondida que únicamente yo sabría leer, y medí el bastón con una cinta que no mide centímetros, mide suerte. La gema que Eris me había regalado hacía tiempo por fin encontró un hogar.
Quedaba una cosa antes de la subasta: Isolte. Pasé por el dojo a la hora en que los adoquines se enfrían más rápido que las cabezas. Estaba sola, repitiendo un corte que yo conozco bien. El ritmo era limpio.
—Me voy después de la subasta —dije, sin rodeos.
—Lo sé —respondió sin detenerse.
—¿Cómo?
—Porque has estado guardando cajas —apuntó con la barbilla en dirección imaginaria al taller—, has pasado más tiempo mirando mapas que espejos, y te pusiste esa cara de “aprendí algo nuevo y me queda chico el cuarto”.
—¿Molesta?
—Sí —soltó, y por primera vez en mucho tiempo la vi fallar un gesto—. Pero no lo suficiente para pedirte que te quedes.
Así era ella, decía lo que pensaba.
—Cuando vuelvas —dijo—, te voy a ganar un asalto por preguntar.
—Cuando vuelva, te voy a mentir diciendo que me dejé.
—Mejor.
Salí antes de que la memoria se hiciera pegajosa.
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La noche anterior a la subasta, mi habitación era un taller sobre la mesa y un mapa en el suelo. Alineé el equipo como si fuera a juzgar un concurso: espada larga a la izquierda, corta a la derecha, bastón paralelo, armadura por piezas con etiquetas —mis etiquetas, que no lee nadie más—. Al lado, dos piezas que no van a ningún otro: un anillo de Fuerza Superior que no empuja, sube el piso; y un brazalete de Estabilidad que me calmaba un nervio que ni sabía nombrar hace dos meses. Todo con vínculos afinados.
Abrí el fragmento de Julian sobre un peso para que no se cierre por capricho y me puse a subrayar con un pulso mínimo de maná. La idea de los anillos hermanos me coqueteaba con descaro. No iba a llegar para esta subasta, pero ya estaba vivo en mi cabeza.
Afuera, la ciudad soplaba aire de pan que llega tarde y conversaciones que no necesitan final. Pensé en lo andado: el salón donde me midieron príncipes, la subasta donde aprendí a mirar sin comprar, los niños que inventan historias mejores que las mías, Isolte brillando solo si quiere, Hespar gruñendo con cariño, el enano y su manía de no reír aunque quiera. Me reí yo, por si se le pegaba.
Me quedó una última tarea. Saqué una caja pequeña del cajón. Dentro, la tarjeta del intermediario. La volteé: detrás, un trazo que al Ojo de Maná le gusta. Llevaba la firma del mismo aura que había sentido aquella noche en la primera subasta —el hombre que “mide destinos”— y el olor a lugares donde los nombres no son nombres. Bien. No me gusta llegar a ciegas a los bailes.
Guardé la tarjeta en el bolsillo interior, apagué la lámpara y me quedé de pie —no acostado— mirando la ventana abierta medio palmo. En ese espacio cabe un mundo si sabes usarlo. Ars me había dado exactamente lo que vine a buscar: conocimiento, contactos y medida. Podría quedarme y seguir acumulando, sí. O podría hacer lo que escribí un día, con demasiadas ganas, en la contraportada de mi cuaderno: ser pionero.
El hombro me pidió cama; la cabeza, papel. Elegí hacerle caso a los dos: me tiré a dormir con el peso de la espada al alcance y el fragmento de Julian abierto, como quien deja un libro junto a la mesa por si se levanta de madrugada a beber agua y termina leyendo otras dos horas. Antes de cerrar los ojos, repasé una lista sin tinta:
—No cometer estupideces —murmuré—. No prometer cosas que me hagan prometer más. No matar gente aburrida. No dejar que el ego me haga decir “sí” cuando quiero “no”.
El resto vendría solo.
