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Chapter 63 - capítulo 63

Capítulo 63 — Fragmentos de un genio

Dos días.

Eso fue lo que les dije a Hespar y a Reida.

—No me busquen, no me molesten, no me ofrezcan trabajos —enumeré, apoyando el codo en el mostrador del taller.

—¿Vas a encerrarte a beb? —preguntó Hespar sin levantar la vista del yunque.

—Peor —dije—. Voy a leer.

Hespar chasqueó la lengua, ese sonido suyo que podía significar “no me molestes” o “bien por ti”. Me lanzó una bolsita de té negro.

—Para antes de que te explote la cabeza.

En el dojo obtuve menos comedia.

—Si te encierras y dejas de moverte, te oxidas —sentenció Reida, cruzada de brazos.

—Lo compenso cuando salga.

—Si vuelves con ideas raras en la muñeca, las probaré contigo —dijo, lo bastante neutra como para que no supiera si era broma.

Salí de allí con la misma mezcla de respeto y miedo que siente uno antes de meterse al agua fría. Subí a la habitación de la posada, cerré la puerta, bajé la persiana y puse el fragmento de Julian Jalisco sobre la mesa como quien coloca una reliquia robada de un templo.

El papel olía a viejo y caro; a biblioteca con multa por estornudar. La caligrafía era la de alguien que escribe más rápido de lo que piensa, pero que aun así piensa mejor que todos. Empecé por lo obvio: diagramas, rutas y márgenes anotados con letras minúsculas. Lo traduje todo a mi cuaderno en trazos rápidos. Había términos que sonaban a receta de cocina: “calor manso”, “frío obediente”, “martillo que respira”.

Entre las primeras hojas apareció el concepto que me cambió la mañana: doble templado. Nada de fórmulas imposibles para el lector medio; era simple de explicar, no de hacer: un método de forja que “abre” el metal por dentro para que acepte dos grabados de encantamiento en la misma superficie sin pelearse entre sí. Dos sellos que conviven, cada uno con su cama, sin patearse los pies de noche. Si se hace mal, el metal se muere por dentro y no te lo dice hasta que más lo necesitas. Si se hace bien, aguanta el doble con la misma estabilidad.

Dejé que el Ojo de Maná acariciara los trazos. A veces la tinta guarda un eco. Allí también. Había patrones superpuestos, casi invisibles, a la espera de que alguien los viera.

La tarde cayó como piedra y yo seguía clavado. A mitad de la segunda noche lo vi: un patrón en forma de curva rota, repetido en márgenes “decorativos”, que reaccionaba cuando le enviaba un pulso de maná. Probé con una frecuencia baja. Nada. Probé otra. Nada. La tercera casi me vacía el depósito de golpe y me dejó la lengua con sabor a metal. Entonces el papel respiró: una línea de luz finísima serpenteó por entre los trazos y, como si hubiera estado esperando toda la vida ese susurro, reveló una capa oculta.

No fue un “¡ta-dá!”; fue un “si sabías, sabías”. Técnicas de forja y encantamiento anotadas con esa seguridad que tienen los que han fracasado lo suficiente como para aprender. Nada de relatos heroicos. Procedimientos. Pasos. Margen de error: poco. Resultado: alto.

Me recosté en la silla, sudado como si hubiese corrido. Lo único que dije fue:

—Julian Jalisco… eras un genio entre genios.

Y como contrapeso a la revelación, vino el bajón teatral inevitable:

—¡Y esto es solo un pedacito! —me dejé caer boca arriba en la cama—. Un miserable décimo… Si no estás muerto, te mato yo —murmuré al techo. El techo no opinó.

Dormí poco. A la mañana siguiente, con el sol apenas insinuado, ya estaba de nuevo doblado sobre la mesa. Subrayé lo que un herrero normal llamaría locura y lo que un encantador llamaría ambición. El fragmento no hablaba de magia de combate directa. Hablaba de apoyo: anillos, brazaletes, colgantes, capas; cosas que te agarran el cuerpo por los bordes y lo vuelven más capaz. Encantamientos de refuerzo: Fuerza Superior (x2; no un impulso, un nuevo piso), Estabilidad de Maná (control de flujo interno multiplicado por tres), Estamina superior (no infinita, pero sostenida, como respirar mejor). Todo eso con el método correcto y los metales justos.

Transcribí en inglés —mi inglés— con letras compactas, y en la portada del cuaderno escribí: “Manual que si lees sin permiso, sufrirás de impotencia el resto de tu vida.” Exagerado, sí. Eficaz, también.

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Pasaron dos meses que podrían describirse con tres palabras: taller, dojo, libro. La ciudad se movía por encima, yo por debajo.

En el taller, reduje encargos. Hespar me miró de reojo, pesó las monedas de la semana y no dijo mucho. Los trabajos que tomaba los entregaba con esa compostura tranquila que le gusta a los clientes ricos: un anillo que “hacía sentir el brazo más ligero” (no les expliqué lo de Fuerza Superior; la gente agradece la magia que sienten antes que la que entienden), un colgante para una guardaespaldas con problemas de temblores finos (“Estabilidad de Maná”, tres veces el control; le cambió la cara), una pulsera para una artesana mayor que se agotaba rápido (“Recuperación”; volvió a cantar sin quedarse sin aire). Eran extremadamente caros, sí. Y eran justos. El conocimiento vale lo que consigue cambiar. Tampoco olvidé dejar un mecanismo de seguridad, cada artículo solo funciona con su respectivo propietario, de lo contrario se autodestruyen.

—Empiezas a parecerte a esos “maestros” que pasan y la gente les abre camino —bufó Hespar una tarde.

—¿No te gusta tener un maestro en tu taller?

—Me gusta cobrarle el alquiler —dijo, y me arrojó un paño—. Seca eso antes de que manche.

En el dojo, Reida decidió que era momento de sacarme de la cuerda floja y ponerme sobre el agua. Flow. No una técnica, un estado. El primer día no me explicó nada: simplemente se movió. Ella es de esas personas que empiezan y el mundo entiende que tiene que hacerse a un lado. Entró con la guardia alta, respiración inaudible, pies que parecían no tocar el suelo. Yo hice lo que pude para no quedarme mirando.

Al segundo intercambio me di cuenta de que intentar “parar” sus golpes era como intentar frenar un río con la palma. No tenía caso. Había que acompañarlo, entrar en su curva, salir con él. Me obligué a escuchar con el cuerpo: hombros sueltos, cadera viva, muñeca que no pelea, mirada que no se fija en una sola cosa. Mis viejas manías del Dios del Norte querían interponerse con sus rigideces útiles. Las empujé al asiento de atrás.

—Respira sin hacer ruido —dijo Reida al pasarme por un lado como viento caliente—. Si te escuchas, ya llegaste tarde.

Fallé, claro. Me barrí torpe y casi beso el tatami. Ella no se rió. Nunca se ríe cuando enseña en serio. Me extendió la mano, me levanté y volvimos.

No estaba partiendo de cero. Lo supe en el tercer día, cuando un corte suyo vino alto y yo ya había salido por el costado sin pensarlo. No era gracia; era práctica acumulada. Reida inclinó un centímetro la cabeza, una aceptación en su idioma.

—Tienes la base. No lo arruines creyéndote listo —dijo.

Lo “atrevido” me salió solo:

—Entonces, ¿me está diciendo que soy un prodigio humilde?

—Te estoy diciendo que cierres la boca y repitas —respondió.

Isolte observaba a ratos, cruzada de brazos, picándose una mejilla con el pulgar. Entrenamos juntos después. Ella corrige con la franqueza de una patada.

—Antes te escapabas por fuerza bruta —dijo—. Ahora te escabulles. Me cae peor.

—Eso es un elogio.

—Eso es una amenaza —me apuntó con la punta del arma, pero sonreía.

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Por las noches, el libro. No romantizaré: hubo frustraciones. El método de doble templado en papel es precioso; en metal, es cruel. Lo probé con magiaacero oscuro y plata lúcida en escalas diminutas: anillos, aretes, placas del tamaño de una uña. Hubo piezas que cantaron al martillo y otras que se agrietaron por dentro sin avisar. La proporción era la que debía: la que no te deja creer que mandas.

Con los ojos rojos y las manos oliendo a resina, anotaba porqués al margen: “demasiado rápido el frío”, “sello A se come respiración del B”, “si la plata no está destilada de verdad, llorará después”. Y, de tanto repetir, hubo noches en que el metal aceptó la voluntad. Un anillo de Fuerza Superior que no sentía como un “empujón”, sino como si tu cuerpo hubiera nacido con esa fuerza. Un brazalete de Estabilidad que calmó una torpeza que yo ni sabía que tenía. Una pequeña lámina de Recuperación que me permitió levantarme sin jurar en idiomas.

No eran juguetes para blandir en combate como si lanzaras hechizos. Eran apoyos; cimientos nuevos bajo las mismas piernas.

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La ciudad, por su parte, seguía inventándome. El fantasma ya era mercadería. En el mercado del oeste, un vendedor con dientes de oro me sacó de un bolsillo un amuleto con una máscara tosca.

—Protección del Fantasma —dijo—. Garantía de que no te tocan ni el bolsillo.

—¿Incluye devolución si me asaltan? —pregunté.

—Incluye que los asaltantes no vuelvan —guiñó.

Me lo ofreció por un precio que hubiera hecho llorar a un santo. Lo miré con el Ojo de Maná. Tenía un sellito de calma emocional para el portador, poco más. No le dije que yo era el producto original. Pagué una moneda chica, por la anécdota y porque la artesanía, aunque inútil, era simpática. El hombre me bendijo con palabras que seguramente se inventó sobre la marcha.

Había amuletos en todas partes. Había también “hermanos del Fantasma” ofreciendo “protección” por una suma mensual, y yo consideré, muy en serio, cobrarles impuestos por usar mi marca. El crimen, sin embargo, bajó en los callejones por donde yo caminaba. Eso sí me lo quedé como satisfacción privada. De noche, cuando el aire enfriaba rápido, había tabernas donde contaban que el fantasma se enfrentó a una banda entera él solo, que volaba sobre un grifo negro, que robaba almas con un beso. Yo escuchaba con la copa en la mano, masticando pan duro y conteniendo la sonrisa.

Una tarde decidí colaborar con la literatura oral. Compré una máscara de mujer, una peluca, un velo. En un callejón me los puse, me saqué la barba falsa que me había dibujado esa mañana por pura diversión, y entré a un bar con la voz alterada por magia.

—¿Hay algún criminal o violador presente? —pregunté con tono dulce.

El silencio fue una estatua. Un vaso dejó de moverse a mitad de camino. Nadie rió. Nadie dijo “yo”. Tampoco nadie preguntó “¿por qué?”. Fue un ejercicio social curioso. Di dos pasos hacia atrás y, con mi magia de salto, me elevé diez metros hasta el techo contiguo. Ya me sale seguro a esa distancia si soy el objetivo. Los de abajo se quedaron con la boca abierta. Yo me quité la peluca, la sacudí y me reí solo bajo el cielo.

Esa noche, al pasar por la plaza, dos niños jugaban a ser “fantasma y criminal”. El “criminal” corría con los brazos altos; el “fantasma” lo señalaba con una cuchara de madera y gritaba “¡chas!”. Me pidieron que arbitara. Les compré buñuelos y, de paso, pasé por un puesto a recoger mantas baratas. Las llevé a la esquina del barrio donde dormían con puertas abiertas por pobreza y confianza. Con un par de puntadas y “Estabilidad” mínima, las encanté para que retuvieran el calor. No era gran cosa, pero los dedos dejaron de ponerse morados. Me senté en el escalón y les conté una historia de “mi juventud en tierras lejanas”: un chico que no recordaba qué iba a hacer cada vez que entraba a una habitación (no mentí del todo), una casa con una pantera gigante (técnicamente cierta), y un padre que regateaba hasta con las sombras (sin comentarios). Se durmieron a mitad del dragón de azúcar. Bien.

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La confianza se me notaba. No el tipo de confianza que pide pelea, sino el que camina como si ya hubiera sobrevivido a suficientes. Un cliente me lo dijo de frente.

—Tienes aire de noble joven viajero —comentó, probándose un anillo. Le quedaba grande el dedo, pequeña la idea.

—Prefiero el aire de quien llega puntual —le respondí, y le ajusté el tamaño con una sonrisa.

Isolte lo notaba en el tatami. Me atacaba con dos puntos de rabia añadida, yo devolvía con dos puntos de malicia sostenida.

—Ahora te ríes antes de esquivar —dijo un día, jadeando.

—Es que a veces ya sé que me vas a pegar —le guiñé, y recibí el golpe que merecía, amortiguado por la Estabilidad nueva en la muñeca. Nos reímos los dos.

Reida, espectadora y juez, me cortó una vez a media broma.

—La seguridad es buena. El descuido, no. No confundas.

—Sí, maestra.

—No me llames maestra.

—Sí, Reida.

Asintió una vez y eso fue todo.

Más de una invitación social llegó con tinta elegante. Las dejé en pausa. El fragmento de Jalisco me mordía la nuca cada noche. Elegí trabajar menos y estudiar más. “Ya irás a salones cuando te sobren semanas”, me dijo Hespar. “Por ahora te sobran ideas. Úsalas”.

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El día clave empezó como otro. Reida, después de un intercambio en el que pude sentir el filo del Flow por debajo de la piel —ese instante donde no empujas y, sin embargo, pasas—, guardó su arma y me miró con ojos que, para cualquiera, eran iguales a los de siempre.

—Habrá un evento en el castillo real —dijo.

—¿Qué clase de evento?

—El tipo de evento donde la gente se pierde con educación.

—Qué ganas de ir —murmuré.

—Qué ganas de no ir —corrigió.

No le di vueltas. Fui a trabajar, sudé lo justo, y volví a la posada con la expectativa baja. En la puerta de mi habitación, una carta sellada esperaba, apoyada con cuidado para que cualquiera que pasara supiera que alguien había recibido algo. La cera llevaba el sol de Asura y, en el reverso, un nombre dibujado con esa caligrafía que te enseñan los tutores privados: Gaius Anemoi Asura.

La abrí con la punta del cuchillo y leí en voz baja. Era una invitación a una fiesta en el castillo, fecha próxima, etiqueta recomendada (“presentable”, decía, lo que para un noble es como decir “no te caigas en público”). Al pie, una línea que no era protocolo: “Se ha hablado bien de su trabajo en encantamientos y de su entrenamiento constante. Sería grato contar con su presencia”. El sello interno —que los ojos de la gente normal no ven— llevaba, además, un trazo de aura que reconocí: la misma textura firme que el aura de aquel hombre en la subasta, el supuesto santo que me habló sin mirar.

Guardé la carta en el forro de la chaqueta. Me permití dos hipótesis: o alguien del taller o del dojo había susurrado mi nombre en una oreja lista para oír, o los tentáculos de la subasta habían sido más largos de lo que creí. Ambas cosas podían ser ciertas. Las ciudades grandes son telarañas; fingir que no lo son es cómo te quedas pegado.

Pensé en peligros y en oportunidades. El viejo yo —el que se dejaba llevar por la prudencia como por una manta caliente— habría dicho “no vayas”. El yo de ahora, con el peso de un anillo de Fuerza en el dedo y un latido más tranquilo en la muñeca, sonrió.

—Si todo se pone feo, siempre puedo esconderme detrás de Reida —dije, solo por el gusto de imaginarle la cara a un príncipe al ver a Reida cruzar un salón—. A ver entonces quién le tiene miedo a quién.

Apoyé la espalda en la ventana abierta. Ars respiraba en la calle, esa mezcla de pan tardío, piedra caliente y conversaciones que no necesitan final. Me vi, dos meses atrás, dudando de si valía la pena seguir el hilo de una invitación clandestina. Me vi ahora, con el fragmento de un genio en mi mesa, con niños que no tiritaban tanto por la noche, con calles que se dejaban caminar mejor porque un fantasma las sacudía de vez en cuando. ¿Más atrevido? Sí. ¿Menos cauteloso? Un poco. Pero no estúpido. La cuerda floja se cruza mirando al frente, sin menear los brazos de más.

En la mesa me esperaba el anillo de prueba, el brazalete y la lámina. Toqué cada uno como quien cuenta amigos.

—Mañana trabajamos otra tanda —les dije, como si me respondieran—. Y pasado, bailamos en un palacio.

El deseo de correr al taller a medianoche me mordió el talón. Lo dejé morder y no lo solté. Cerré la ventana, dejé la carta a la vista por pura vanidad —que mis ojos la vieran apenas despertara—, y me metí en la cama con esa vigilia feliz de los que tienen demasiado que hacer al día siguiente.

Afuera, alguien sopló una flauta sin talento. Un perro ladró a algo que solo los perros ven. Una pareja discutió por monedas. Me quedé dormido contando marcas de martillo en la mente y repitiendo el pulso que abre el papel justo en el punto donde vive el secreto.

Ars, por su lado, no prometía calma. Yo tampoco se la pedí. Bastaba con que siguiera cumpliendo su parte: darme herramientas con las que pueda trabajar.

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