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Chapter 56 - capítulo 56

Capítulo 56

El amanecer en Ars traía un murmullo más bajo que el de ayer, como si la ciudad aún estuviera decidiendo a qué ritmo empezar. Crucé las calles casi vacías con una bolsa ligera y el recuerdo fresco del día anterior en el dojo.

El taller de Hespar ya estaba abierto, con el aroma metálico y seco que dejaban las primeras horas de trabajo. Hespar, inclinado sobre un banco, repasaba el filo de una herramienta con gestos mecánicos, de alguien que ya lo ha hecho diez mil veces.

—Puntual otra vez —dijo sin apartar la vista del trabajo—. Me gusta eso.

Dejé la bolsa a un lado y me acerqué. Él me señaló un conjunto de piezas sobre la mesa: un amuleto de defensa estándar, pero con un grabado que presentaba pequeñas grietas en la superficie.

—Diagnosticar fallas es más difícil que crear desde cero. Vamos, dime qué le pasa.

Tomé el amuleto, pasé los dedos por el borde y dejé correr un hilo mínimo de mi magia por las runas. El flujo tropezaba en tres puntos, desviándose como un arroyo que se bifurca en piedra rota.

—Las líneas de unión no están alineadas. El metal base y la aleación de la capa superior responden distinto al calor mágico.

Hespar asintió, con media sonrisa.

—Correcto. Eso lo aprendí a los quince, pero tú lo has visto en segundos.

Pasamos la mañana en un intercambio casi rítmico: él mostraba piezas con problemas; yo señalaba la causa y proponía ajustes. No había prisa ni tensión, solo el sonido de herramientas y el olor tenue a aceite. En algún momento entró un mercader robusto con chaleco de lana, dejando escapar una mirada curiosa hacia mi trabajo. No dijo nada, pero se quedó observando un rato antes de encargar un pedido.

Cuando el sol se filtró más vertical por la ventana, Hespar dejó las herramientas y me miró con un gesto que no era halago vacío.

—Si mantienes este ritmo, en un par de semanas podrías dominar todo lo que sé de encantamiento avanzado. Y cuando llegue ese momento, tendrás encargos que no confiaría a casi nadie.

Guardé la última herramienta en su sitio.

—Entonces no voy a aflojar.

—Eso espero —dijo, volviendo a su banco—. No todos los días aparece alguien que aprende así de rápido.

Salí del taller con la sensación de que, además de avanzar, me estaba adaptando al ritmo dentro de esa ciudad.

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Llegué al dojo con la tablilla-sello que me había dado Reida. El encargado en la entrada la miró apenas un instante antes de dejarme pasar al tatami de observación. Desde allí, la vista abarcaba todo el piso principal.

Rygan ya estaba en posición: alto, de hombros anchos, la guardia sólida de quien prefiere aguantar y golpear fuerte. Isolte, más ligera y rápida, giraba el peso sobre las puntas de los pies, midiendo el ritmo.

El gong sonó. Rygan cortó el flujo de pasos de Isolte con cada avance, obligándola a retroceder o esquivar. Ella intentaba abrir huecos con cambios de ángulo, pero él se cerraba como una puerta pesada.

Mantén el flujo, pensé. Si él dicta el ritmo, todo se vuelve cuesta arriba.

El primer punto fue para Rygan con un golpe limpio al hombro. El segundo, para Isolte, que logró colarse por el flanco con una finta rápida. El tercero… duró más. Ambos buscaban el error del otro hasta que Rygan lo provocó: un amago de abrir la guardia que llevó a Isolte a entrar de frente, directo a un contraataque que le robó el último punto.

2–1 para él.

Bajó del tatami con el sudor en el cuello, pero el pulso controlado. Me acerqué cuando se quitó la máscara de entrenamiento.

—Dos cosas —le dije—. Cuando él corta tu paso, cambias de dirección demasiado tarde; tienes que hacerlo antes de que cierre. Y no sigas un amago de frente, rodea.

Ella asintió, sin discusión.

—Mañana lo probamos.

Una de sus amigas, la de siempre con sonrisa traviesa, murmuró lo suficiente para que oyéramos:

—Parece que estos dos ya entrenan como pareja.

Isolte apenas giró la cabeza, sin perder compostura.

—Si quieres probar con él, te lo cedo mañana —replicó con calma.

La otra fingió retroceder, riendo por lo bajo.

Isolte volvió a mí.

—Mañana, después de mi cruce con Rygan, entrenamos juntos. Reida lo sugirió.

—Está bien.

En sus ojos había algo entre desafío y aceptación. No era la primera vez que entrenaba con alguien de mi nivel, pero sí la primera que lo proponía con tanta franqueza.

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Por la tarde, el aire del barrio de los gremios estaba cargado de incienso barato y pergamino viejo. Entré al gremio de magos y el murmullo de plumas, pasos y hojas pasadas llenaba el salón.

En la sección de tablones de investigación, las paredes estaban cubiertas de avisos y listados. Entre ellos, dos me llamaron la atención: hechizos de rango santo de viento y tierra. Justo lo que buscaba.

Un bibliotecario de túnica gris, con gafas en la punta de la nariz, se detuvo a mi lado.

—Interesado en estos, ¿eh? Solo disponibles para Maestros Asociados o superiores.

—¿Me puedes confirmar mi rango?

—Investigador. Dos niveles por debajo.

Le agradecí y me quedé mirando los listados un momento más. Subir dos rangos por la vía habitual significaba meses, quizá un año. Yo no tenía tanto margen.

En mi cabeza, la solución se dibujó sola: aportar algo que nadie más pudiera.

Salí del gremio con la idea flotando y, en lugar de ir directo a la posada, decidí desviarme. Mis pasos me llevaron a calles más estrechas, con fachadas viejas y faroles de aceite que empezaban a encenderse. Era una parte de la ciudad a la que no había ido antes.

Entre puestos de comida callejera y pequeños talleres, vi escenas que decían mucho de Ars: un herrero afinando el filo de una espada con cuidado obsesivo, un vendedor ambulante intentando convencer a un noble de que su “piedra de la suerte” había sido bendecida por una sacerdotisa… y, en un callejón, un niño metiéndose una manzana bajo la camisa antes de salir corriendo.

Lo seguí por capricho, manteniendo la distancia. Era ágil y conocía bien los recovecos; dobló varias esquinas hasta llegar a un patio trasero con un viejo basurero de madera. Allí lo esperaban cuatro niños más, de unos seis o siete años, visiblemente desnutridos: dos niñas y dos niños.

Sin ceremonias, el mayor partió la manzana en trozos y la repartió. Los pequeños comieron en silencio, como si fuera un festín.

Me acerqué despacio. El niño mayor me miró con desconfianza y se interpuso delante de los demás.

—No tenemos nada —dijo, como si eso fuera un escudo.

Levanté una mano, indicándole que no iba a hacerles daño. Con un simple gesto mágico, creé una tina de agua caliente frente a ellos; el vapor subió suavemente en el aire frío.

—Báñense. Evita enfermedades.

Sacando algunas monedas de cobre y plata de mi bolsa, las puse en su mano.

—Úsalas con sabiduría —añadí, mirándolo a los ojos.

No dije más. Giré sobre mis talones y me alejé. A mis espaldas, escuché un susurro de sorpresa y el chapoteo tímido de pies entrando en el agua.

De vuelta en la posada, encendí la lámpara y extendí papel limpio. La noche olía a aceite y tinta fresca. Empecé a bosquejar dos tesis:

1. Magia de Rayo Avanzada — más que un elemento, un filo de energía pura. Extremadamente rara, requiere un control fino que pocos pueden sostener más de unos segundos.

2. Magia Peso — manipulación de la masa neta de un objeto o persona, ajustándola durante un tiempo limitado, siempre que no haya perturbaciones bruscas.

Ambas serían inéditas para el gremio. Si pasaban la revisión de varios expertos, justificarían el salto directo a Maestro Asociado. Debía dejar esa condición clara desde el inicio.

A la luz temblorosa, escribí el primer párrafo de la de Rayo. Afuera, la ciudad se apagaba; dentro, mi mesa se llenaba de diagramas y notas.

Dos tesis, dos rangos, pensé. No hay otro camino más rápido.

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