Ficool

Chapter 77 - Capítulo 75

EVAN.

Todos se habían dispersado. Cada quien en su respectiva misión, como si esta casa ya fuese una colmena en plena actividad. Cerré la puerta con cuidado tras de mí y dejé el bote de pintura al lado de la pared más amplia de la habitación que habíamos elegido para frijolito. También solté los rodillos, brochas, la cinta azul y los plásticos para el suelo. Teníamos todo preparado como si fuéramos artistas a punto de comenzar nuestro mural.

Lucía estaba sentada en una de las sillas que trajimos de la villa, con las piernas cruzadas y una mano acariciando con suavidad su vientre. Me estaba observando con una sonrisa suave, como si la idea de este pequeño cuarto cobrando vida le hiciera olvidar el cansancio.

—¿Sabes? —dijo ella mientras miraba las paredes blancas— El color olivo… realmente quedará bien aquí. Es cálido, tranquilo. Es como estar envueltos en hojas.

Me agaché para abrir el bote, y el olor de la pintura fresca me golpeó de inmediato. No era desagradable, pero sí fuerte.

—Sí, también lo creo —dije, mezclando con una paleta de madera—. ¿Quieres que pinte algo especial? ¿Unos árboles? ¿Montañas? ¿Algún animalito del bosque?

Lucía ladeó la cabeza, pensativa, con esa expresión que siempre pone cuando se le cruzan veinte ideas al mismo tiempo y quiere hacerlas todas.

—Algo de bosque sí… —murmuró, levantándose con cuidado y caminando hacia la pared más grande—. Mira, aquí podríamos hacer algo como un claro, ¿no? Un espacio como si hubiera una entrada a un bosque desde la ventana. Algo que se vea natural, pero acogedor.

—Podemos usar el olivo como base —le dije, apuntando al bote—. Y este otro verde más claro como iluminación entre las ramas, ¿te parece? Luego agregamos tonos más oscuros para dar profundidad. Un zorro, tal vez. ¿O un conejito?

Ella me miró y sonrió con ternura.

—¿Y si ponemos una luna? Chiquita. Como escondida entre las ramas. Y unas estrellas. Que se vea que aunque es un bosque, nunca está solo.

Me detuve un momento, viendo la emoción en sus ojos. Me acerqué y le tomé la mano.

—Nunca va a estar solo, Lucía. Lo prometo.

Ella apretó mis dedos y asintió. Luego me soltó y fue por su libreta de apuntes, esa que tenía todo —desde las medidas del refrigerador hasta los colores exactos de las cortinas— y comenzó a esbozar algo en una hoja limpia.

Me senté a su lado, observándola, y le señalé una de sus líneas.

—Ese tronco podría ser más grueso. Si lo hacemos ancho, podríamos usarlo para esconder una repisa.

—¡Sí! —dijo, emocionada— Y ahí pondríamos cuentos. Sus primeros libros. Fotos… pequeños detalles.

La habitación aún no tenía nada, pero ya se sentía llena. De planes. De futuro. De amor.

Me levanté, tomé la brocha más pequeña y me acerqué a la pared, delineando con cinta lo que sería la base del bosque. Luego volteé a verla.

—¿Lista?

—Lista —dijo, con la brocha en mano.

Y así comenzamos a pintar, entre risas, manchas en la ropa, gotas en la nariz de Lucía, y el sueño de que, algún día, frijolito abriría los ojos en ese cuarto… y se sentiría en casa.

**

Por suerte que habíamos cubierto todo con el plástico. Ya tenía gotas de pintura por todos lados, una línea verde sobre el suelo, algunas salpicaduras en mis zapatos y una mancha sospechosa en la manga de Lucía que no se había dado cuenta aún, pero eso no importaba. La habitación ya comenzaba a tener vida. En apenas una hora, una de las cuatro paredes ya mostraba las primeras formas de árboles y hojas, con la base olivo extendiéndose como un suave manto que iba a ser el bosque de frijolito.

Solo una pared iba a tener dibujos, lo demás sería más sobrio, con colores suaves y detalles pequeños, pero Lucía ya estaba planeando en su mente más de lo que había dibujado en la libreta. Lo conocía. Esas pausas mientras pintaba, esos silencios con mirada soñadora... ya tenía en mente hasta los marcos de las fotos.

Yo seguía delineando las primeras ramas con el pincel más fino cuando escuchamos el sonido familiar de un auto estacionarse. Lucía se enderezó de inmediato, limpiándose un poco las manos en una toallita antes de acercarse a la ventana. Se asomó, sonriendo.

—Es el auto de papá —dijo, con voz suave—. Y parece que también están mamá, tus papás y mis hermanas…

Y sí, apenas unos segundos después escuchamos la voz de Isabel desde la entrada, clara y firme:

—¡Ya regresamos!

El eco de pasos sobre la escalera nos alcanzó rápido. Eran muchos. Y justo cuando terminé de repasar uno de los bordes del tronco más grande, la puerta se abrió.

Isabel fue la primera en entrar, con su bolso colgado y las llaves en la mano. Su rostro se iluminó al vernos allí dentro, con las brochas en mano y todo el caos organizado de pintura a nuestro alrededor. Detrás de ella estaban mi madre, Emma, Patricia, Ana, Sofía… todas con bolsas y más bolsas que venían cargadas de tierra, pequeñas macetas, semillas y rollos de manguera.

—¡Ay, por Dios! —dijo mi madre con una sonrisa amplia— Esto ya parece otra habitación. ¡Evan, Lucía, está quedando precioso!

Lucía se sonrojó un poco, bajando la vista mientras se limpiaba las manos.

—Solo es la base aún… pero ya va tomando forma.

—¿Ese árbol va a ser el grande del centro? —preguntó Isabel, acercándose para ver mejor la pared— ¿O van a agregar más profundidad en los lados?

—Ese será el principal —respondí—, y los otros irán como sombras más tenues, para dar un poco de perspectiva. Queremos agregar también algo de luz con el otro tono de verde, y bueno, ya sabes, un zorro escondido por ahí, una luna… cosas simples.

—¿Simples? —dijo Ana, entrando con una caja de flores pequeñas— ¿Están pintando un bosque encantado y lo llaman simple?

—¡Yo quiero pintar una mariposa! —añadió Sofía—. Una, nomás. En la esquina.

Todas empezaron a entrar una a una, mirando los detalles, señalando las manchas, sugiriendo cosas. Emma se acercó a Lucía con cuidado, poniendo una mano sobre su hombro.

—¿Y ya decidieron si va a haber nombre en la pared?

Lucía negó suavemente.

—No hasta que nazca. Frijolito es suficiente por ahora —dijo, acariciando su vientre.

Mi madre no dijo nada en ese momento. Sólo caminó hacia la pared, la observó en silencio, y luego se giró hacia nosotros. Tenía los ojos brillosos.

—Mi primer nieto… —susurró—. Y va a tener el cuarto más bonito del mundo.

Me acerqué a ella y le puse una mano en la espalda, apretando apenas. La emoción que se le asomaba era la misma que yo sentía desde que empezamos a pintar. Desde que empecé a imaginar que, dentro de poco, ese pequeño o pequeña estaría aquí, durmiendo bajo las ramas pintadas, entre los colores que escogimos juntos.

—Y apenas vamos empezando —le dije.

Lucía me miró y sonrió. El cuarto aún no estaba terminado, pero ya se sentía lleno de amor.

***

LUCÍA.

Ya había comenzado a atardecer.

Las paredes ahora tenían vida. Colores nuevos, suaves, que aún olían a fresco. Las habitaciones estaban pintadas, incluso los baños aunque el de visitas quedó con un tono más oscuro del que pensábamos, pero a mamá le encantó así que no hubo quejas.

La luz del sol que se filtraba por las ventanas alargaba las sombras y hacía que los verdes en la habitación de frijolito parecieran más profundos, más reales. Como si el bosque que Evan estaba pintando realmente existiera… y esperara, con paciencia, la llegada de nuestro pequeño.

Mamá, mi suegra Emily y mis hermanas se habían pasado toda la tarde afuera, bajo el sol, dándole forma al jardín. Tiraron tierra, hicieron espacio para las plantas, colocaron los rollos de manguera, pusieron protección contra el sol y buscaron las mejores posiciones para las macetas. Mi suegra incluso ya había hecho un pequeño dibujo en su libreta, algo parecido a una "guía del jardín". Qué organizada es.

También nos trajo comida. O bueno, trajo la cuenta, el ticket y la tarjeta que Evan le dio cuando se ofreció a acompañar a mamá y mis hermanas a hacer esas compras. Regresó con todo lo necesario: comida suficiente para alimentar a un ejército, protectores solares, sombrillas de jardín, guantes de jardinería nuevos, bolsas de tierra y, por supuesto, unas cuantas cosas extra que no estaban en la lista, porque es Emily, y no puede evitar consentir a medio mundo, incluido su hijo.

Yo, por otro lado… me cansé. Sí, lo admito.

Después de un par de horas ayudando con la pintura en la habitación de frijolito, me rendí. Las piernas me dolían un poco, el vientre empezaba a pesar, y entre el calor, el olor a pintura y los pasos arriba y abajo, me di cuenta de que podía ayudar más sentada que de pie. Así que me dejé caer en la silla que dejamos en la esquina del cuarto, bebí algo de agua fría, me quité los zapatos y me puse a observar.

A él.

Evan, con las mangas recogidas, la coleta mal hecha y una mancha de pintura en la mejilla, estaba completamente concentrado en la pared. Se agachaba, medía con la mirada, trazaba líneas, se detenía a comparar los tonos, y luego volvía a pintar. Como si supiera exactamente qué estaba haciendo, aunque yo sabía que improvisaba el diseño mientras avanzaba. Tenía esa cara de concentración tan suya… seria, enfocada, con los labios apretados y los ojos medio entrecerrados.

Y aún así, se veía tranquilo. Feliz.

Lo miré por un buen rato sin decir nada. Solo el sonido de las brochas, del viento entrando por la ventana y los murmullos de mi familia afuera llegaban hasta aquí. Me llevé una mano al vientre, acariciando suavemente.

—Tu papá está haciendo esto para ti, ¿sabías? —murmuré en voz baja, como si frijolito pudiera escucharme.

Él, como si me hubiera oído, volteó un momento. Me sonrió. Esa sonrisa chueca que solo me dedica a mí.

—¿Ya estás dormida ahí o solo finges que estás supervisando?

—Superviso con los ojos del alma —dije, sin moverme.

Soltó una risita breve y volvió a la pared.

En ese instante, con el sol tiñendo de naranja las paredes recién pintadas, con mi familia trabajando en el jardín, con el olor a pintura y tierra, con Evan arrodillado frente a una pared dibujando árboles para un bebé que aún no conocíamos… supe que no cambiaría este momento por nada en el mundo.

Mi suegro entró primero, seguido de mi padre y Thomas, ambos con las camisetas algo manchadas de pintura y el sudor brillando apenas sobre sus frentes. Traían los rodillos colgando en una mano y botellas de agua en la otra.

—La cocina ya quedó lista —dijo Armando, sacudiéndose las manos como si acabara de terminar una cirugía importante—. El pasillo también. Solo nos falta la sala, pero… —volteó a ver a Thomas.

—Los rodillos ya están medio mezclados de tantos colores —añadió Thomas, medio riendo mientras dejaba el suyo a un lado—. Si los usamos otra vez, capaz que en lugar de blanco termina naranja con verde. Mejor esperamos a que estén limpios o usamos otros.

—Tiene razón —dijo Robert con una sonrisa mientras entraban por completo a la habitación—. Así que decidimos que era hora de inspección.

Ambos se detuvieron justo en la entrada, mirando lo que Evan había logrado en tan poco tiempo. La pared del fondo ya estaba cubierta por un bosque en tonos verdes, el color olivo como base, y algunos trazos más claros que comenzaban a dar forma a árboles, ramas y un cielo apenas sugerido. Evan, aún con la brocha en la mano, se giró un poco y los saludó con un movimiento de cabeza.

—¡Oh, esto se ve…! —Thomas dejó salir una exhalación baja, casi de sorpresa—. No sabía que podías hacer esto, enano.

—Tampoco yo —respondió Evan sin dejar de trabajar, con una media sonrisa.

—Está quedando precioso —dijo mi suegro, avanzando con cuidado para no pisar nada—. Muy natural, muy suave para un bebé. Este cuarto tendrá calma.

—Justo lo que quiero que sienta frijolito —susurré, apoyando las manos sobre mi vientre.

Me miraron, y por un momento, hubo un silencio tranquilo en la habitación. Solo el golpeteo suave de las brochas, el sonido del viento afuera, y el murmullo de las voces lejanas de mi madre y mis hermanas en el jardín.

—Gracias, de verdad —les dije, alzando la vista hacia ambos.

—¿Por qué, hija? —preguntó mi suegro con curiosidad sincera.

—Por ayudarnos tanto —respondí—. Por estar aquí. Por hacer que esto se sienta como un verdadero hogar.

Armando se acercó, y con esa calidez suya, me apoyó la mano en el hombro con cariño.

—Este es su hogar, Lucía —dijo con firmeza—. De los dos… y de frijolito también. Y cuando nazca, va a crecer sabiendo que fue esperado con amor desde antes de respirar por primera vez.

Thomas asintió, sonriendo, y se inclinó para revisar el bote de pintura.

—¿Y si les ayudo un poco mientras tanto? Yo no sé dibujar arbolitos, pero si me das instrucciones puedo rellenar fondos.

—Evan ya tiene su equipo de producción —dije riendo suavemente—. Yo solo superviso, pero tú puedes sumarte si pasas la prueba.

—¿Cuál prueba?

—Que no me arruines la pared.

Reímos todos suavemente, y por unos minutos, el cuarto de frijolito se llenó de ese sonido tan especial.

—¡Ya es hora de comer! ¡Bajen ya, que se enfría! —gritó la voz de Emily desde la planta baja, resonando por toda la casa como si tuviera un megáfono incorporado.

Me giré hacia la puerta de la habitación de frijolito, apenas aguantando la risa. Thomas soltó una carcajada y Evan dejó la brocha en el balde con un suspiro exagerado.

—Eso sonó como amenaza —bromeó él, sacudiéndose las manos—. Mejor vamos antes de que mi mamá suba y nos dé con una cuchara de madera como cuando era niño, o eso es lo que recuerdo.

—¿Te pegaban con cuchara? —pregunté, divertida, mientras me levantaba con algo de esfuerzo de la silla. Evan fue enseguida a ofrecerme su mano.

—Nah… pero la sacaba del cajón con una seriedad que uno entendía solito.

Thomas se rió mientras salía primero. Yo tomé la mano de Evan y salimos despacio del cuarto, dejando las brochas y rodillos bien acomodados para seguir más tarde. Ya olía a comida. Ese tipo de aroma casero que baja desde la cocina y se cuela por los pasillos, cálido y lleno de hogar.

En las escaleras se nos unió Emma, también con algo de pintura en la frente. Cristian venía detrás de ella, revisando su celular, mientras Patricia venía riendo con Paula por alguna broma. Mis hermanas parecían contentas, probablemente porque se encargaron de la parte del jardín, lejos de los botes y el desorden.

Bajamos todos como una pequeña manada cansada y hambrienta, y al llegar al comedor… wow.

La mesa estaba llena. Emily e Isabel habían sacado todo lo que habían comprado: había pasta, ensaladas frescas, pan caliente, jugos fríos y frutas ya cortadas. Todo parecía dispuesto como si fuera una pequeña fiesta sin motivo.

—Pensamos que después de tanto pintar y ensuciarse, merecían una comida decente —dijo mi mamá, sentándose junto a mi papá que ya estaba sirviéndose jugo como si llevara esperándonos media hora.

—Esto se ve increíble —dije mientras Evan me ayudaba a sentarme—. Y huele aún mejor.

—Lo cocinamos con amor… y con prisa —bromeó Emily desde la cabecera, sirviendo a Thomas un plato bien lleno—. ¡Así que disfruten mientras pueden!

Las risas llenaron la mesa de inmediato. Todos comenzaron a servirse, a pasarse platos, a hablar a la vez. Por un momento, solo por ese instante, no había nada más en el mundo.

Solo nosotros. Familia.

Y al mirar de reojo a Evan, con su sonrisa tranquila mientras le servía un poco más de ensalada a Emma, supe que ese era el tipo de escenas que frijolito recordaría, aunque no las viera: el tipo de ambiente en el que crecería.

—¿Y qué van a comprar mañana exactamente? —preguntó Thomas mientras se limpiaba la boca con una servilleta—. Porque según escuché… no es poca cosa.

Evan y yo nos miramos, casi al mismo tiempo, y respondimos en coro con una sonrisa que parecía ensayada:

—Todo.

Las risas no se hicieron esperar. Evan levantó su vaso de jugo y agregó:

—Vamos a empezar por arriba. Las camas de todas las habitaciones, lo más pesado primero, para que al subirlo ya no haya que volver a moverlo. Luego los muebles más decorativos para el pasillo central de arriba. Ah, y las cámaras.

—¿Cámaras? —repitió Patricia—. ¿De seguridad?

—Sí —dije—. Queremos cubrir entradas, jardín, la puerta principal, trasera y… bueno, no mucho más. Sin parecer paranoicos pero sí cuidadosos.

—Yo puedo ayudar con eso —dijo Patricia, dándole un pequeño codazo a Thomas—. En mi antiguo trabajo manejábamos sistemas de cámaras, incluso hice instalaciones.

Evan se volteó hacia ella, visiblemente agradecido.

—Gracias. En serio. Será de gran ayuda, no quiero pagar extra por instalación si podemos hacerlo bien nosotros.

—De nada. Aunque sí voy a cobrar con comida —añadió Patricia, cruzándose de brazos con una sonrisilla burlona.

—Eso se paga fácil —intervino mi mamá con una carcajada, sirviendo un poco más de pasta en su plato—. Aquí nunca falta comida.

—Igual queremos que la habitación de frijolito quede lista cuanto antes —continué—. Así mis papás pueden verla bien antes de irse. No queremos estar moviéndolos ni haciéndolos cargar cosas un día antes de que salgan.

—Qué considerado —comentó mi suegra, Emily, con ese tono que mezclaba sarcasmo y ternura tan característico suyo—. Un ángel de yerno, de veras.

—Aprendí de los mejores —replicó Evan, lanzándole una mirada divertida a Armando e Isabel.

Mi papá solo levantó una ceja, como diciendo "no te hagas el simpático", y mi mamá sonrió, tocándome el hombro con cariño. Esa conexión… era nueva, era cálida. Me encantaba.

—Después de terminar arriba —continuó Evan, mientras separaba los cubiertos—, nos bajamos: la sala, la cocina… y después el exterior.

—¿Exterior? —preguntó Cristian, interesado.

—Sí —respondió Evan—. Quiero poner una cerca perimetral. Nada exagerado, pero sí algo que rodee el patio trasero. Para seguridad, privacidad y… bueno, por si frijolito decide correr cuando aprenda a caminar.

—Y porque planeas tener un perro —le recordé, dándole un pequeño codazo—. No se hagan, él también quiere un pastor alemán.

—Confirmado —dijo Evan, con orgullo—. Un perro, pero no hasta que frijolito crezca un poco.

—¿Y todo eso en un día? —preguntó Emma con una ceja levantada.

—No. Ni de broma —reí—. Pero sí planeamos avanzar lo más posible. Aunque tengamos que regresar otro día por lo que falte.

La conversación siguió entre bromas, ideas, sugerencias… y planes. Muchos planes.

**

Ya con la panza llena y el ánimo más tranquilo, todos nos levantamos a revisar lo que habíamos hecho durante el día. Aún con el cansancio encima, queríamos asegurarnos de que ninguna pared quedara mal pintada o a medias. Subimos, bajamos, inspeccionamos con la ayuda de las luces del atardecer entrando por las ventanas.

Y no, no hubo quejas.

Las habitaciones estaban perfectas. Cada trazo, cada pared, cada tono. Incluso los baños tenían un acabado limpio, gracias a Patricia. Solo quedaba pendiente la sala, pero eso sería para otro día.

Mientras todos hacían su última ronda por la casa, Evan y yo estábamos en la cocina, limpiando la mesa provisional que usábamos para comer. Él pasaba una toalla húmeda mientras yo revisaba mi libreta, tachando tareas completadas con satisfacción. El sonido del plumón al rayar era música para mis oídos.

—Hoy se avanzó más de lo que esperaba —murmuré, más para mí que para él.

—Lo sé —respondió Evan desde el otro lado de la mesa—. Estoy agotado, pero con la sensación de que realmente estamos haciendo algo... grande.

Le sonreí. Su cara lo decía todo: ojeras leves, cabello alborotado, pero los ojos brillantes. Estaba feliz. Y yo también.

Entonces escuchamos los pasos de mi madre bajando por las escaleras. Cuando cruzó la puerta de la cocina, se cruzó de brazos con su típica pose de "ya terminé de supervisar".

—Bueno… —dijo con voz firme pero relajada—. Todo quedó excelente. Muy bien hecho todos, pero ahora veámonos en un espejo: estamos sudados, manchados de pintura y medio muertos. Así que es hora de regresar a la villa y darnos un buen baño, ¿de acuerdo?

—Amén —dijo Thomas desde la sala, donde también alcanzó a oírla—. No siento los brazos desde hace como una hora.

Todos soltamos una carcajada.

—Sí —añadí yo, estirándome un poco—. Lo de hoy fue demasiado productivo, y nos lo ganamos. Una ducha larga y directa a la cama.

—Mañana se viene lo pesado —dijo Evan, tomando las llaves del carro—. Así que es mejor que todos estén con energía o no habrá almuerzo… y los conozco, llorarán.

Mi mamá negó con la cabeza con una sonrisa divertida y dijo, caminando hacia la salida:

—Eres peor que tu padre cuando dice que va a cocinar y termina pidiendo comida. Vámonos, gente. Todos a los autos.

En minutos la casa se vació poco a poco. Cerramos bien las puertas, apagamos luces, y una vez afuera, me giré a verla. Ahí estaba. Nuestra casa. Aún sin muebles, aún con olor a pintura, pero… nuestra.

Respiré hondo.

Faltaba poco para que frijolito conociera su primer hogar.

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