Ficool

Chapter 76 - Capitulo 74

EVAN.

Todos estaban ya acomodados en la sala. Las mochilas y maletas descansaban cerca de las escaleras, y el aire acondicionado hacía su magia contra el calor de agosto. Caminé hacia la cocina y tomé unas cuantas botellas de agua del refrigerador, quitando las etiquetas con los pulgares, y las llevé conmigo mientras regresaba al centro de la sala.

—Aquí tienen —les ofrecí, una a una.

Thomas tomó una y murmuró un gracias antes de beber como si hubiera cruzado un desierto. Patricia lo siguió. Cristian y Emma se acomodaron en uno de los sillones más grandes, y mis padres estaban en el sofá, el que Isabel siempre mantenía inmaculado, como si nadie jamás pudiera sentarse ahí… pero hoy sí.

—¿Y cómo les fue en el vuelo? —preguntó Isabel mientras se acomodaba en el sillón de enfrente con una pierna cruzada.

Mi padre, con ese gesto relajado que siempre tenía después de viajes largos, suspiró.

—Algo incómodo, como siempre. No fue tanto tiempo de Chicago a Nueva York, pero sí agotador. Thomas se sigue mareando cada vez que volamos, y Emma se duerme en cuanto subimos. Lo normal.

—Siempre es así —dijo Armando, tomando asiento junto a Isabel—. Lo importante es que llegaron bien. Y enteros.

—Enteros, sí, pero con hambre —añadió Emma desde el otro lado con una sonrisa.

Mi madre sonrió, tomando la botella con ambas manos.

—Y ustedes, ¿cómo están con sus trabajos? ¿Mucho movimiento?

Isabel suspiró. Un suspiro de esos que llevan semanas encima.

—Agotada. No he hecho mucho trabajo médico últimamente, más allá de papeleo y organización. Entre reuniones, permisos y la planificación del viaje... bueno, eso ha sido suficiente por ahora.

Mi padre arqueó una ceja, curioso.

—¿Viaje?

Armando se inclinó un poco hacia él, como si hablara con un viejo colega, aunque era la primera vez que se conocían.

—Sí, en dos días nos vamos a África occidental. Estaré allá unas tres semanas con un equipo de ayuda médica. Isabel insistió en acompañarme.

Mi madre se giró hacia ellos con una mezcla de asombro y… preocupación.

—Eso me parece increíble… pero también peligroso. Sé que no tengo mucha experiencia con estos temas, pero… se sabe que en esas regiones hay situaciones complicadas.

—Por eso vamos —respondió Isabel con calma, pero firmeza—. Para ayudar. Las condiciones allá son duras, sí. Pero si nosotros no vamos… ¿quién?

Armando asintió.

—Tendremos protocolos de seguridad. No es nuestra primera vez. Sabemos a lo que vamos, y nos aseguramos de estar aquí a tiempo para conocer a nuestro nieto o nieta.

Yo me quedé en silencio por unos segundos, observándolos.

Eso era algo que siempre me dejaba en pausa. La manera en la que la familia de Lucía, mi nueva familia, vivía su vida con tanto propósito. Sin buscar aplausos. Solo… porque podían ayudar. Porque debían hacerlo.

Y porque era lo correcto.

Mi madre miró a Isabel con un nuevo respeto en la mirada.

—Espero que todo vaya bien. Y si necesitan algo desde Chicago, por favor, cuenten con nosotros.

—Lo haremos —respondió Isabel con una leve sonrisa.

Y ahí, en esa sala llena de personas que hasta hace poco vivían en mundos tan distintos, sentí… que todo empezaba a encajar.

Mi madre me miró como si esperara un anuncio oficial. Lo hizo con esa dulzura firme que tenía desde que era niño, como si supiera que tenía algo más que decir.

—Bueno, mi niño —dijo, con esa voz que usaba cuando quería que hablara claro—. Estamos aquí por algo. ¿Cuál es el plan?

Lucía y yo nos miramos por un segundo. Ella sonrió con esa expresión cómplice que siempre me dejaba sin defensas. Asentí y tomé aire.

—Hace dos días fuimos al centro comercial a ver cosas para la casa y para el bebé. Ya saben, cunas, muebles, pintura, lo básico. Pero antes de comprar nada, decidimos ir a la casa y tomar bien las medidas de los espacios —expliqué, alzando un poco las cejas—. No queríamos terminar quejándonos después de que el mueble favorito no cupiera por un centímetro.

Lucía rió suavemente y añadió:

—Ayer fuimos a pagar la mitad de la casa. Ya está a nuestro nombre… bueno, al suyo, porque por fin pudo hacerlo. Oficialmente será nuestra.

Mi madre abrió mucho los ojos, y mi padre sonrió de lado, con ese orgullo que no necesitaba palabras. Emma y Thomas se incorporaron un poco más, atentos.

—También compramos las pinturas —continué—. Rodillos, brochas, cintas… todo está aquí guardado en la villa, esperando.

—¿Y qué están esperando ahora? —preguntó Thomas, ya imaginándose la parte pesada.

—Que descansen, coman algo, se hidraten bien… —respondí mientras me apoyaba contra el respaldo del sofá—. Y luego nos vamos todos a la casa para empezar a pintar. Hoy podríamos avanzar bastante. Si acabamos rápido, descansamos tranquilos esta noche y mañana Lucía y yo regresamos al centro comercial a comprar los muebles.

Lucía giró el rostro hacia mi madre y sonrió con ese brillo suave que se le formaba cuando estaba emocionada de algo nuevo.

—Y… cuando estemos allá hoy, podría mostrarte el jardín. Isabel tiene ideas que quiere compartir contigo —dijo, extendiendo su mano para tomar la de mi madre—. Dice que quiere plantar algunas cosas y quiere tu opinión.

Mi madre se llevó una mano al pecho, como si le acabaran de decir que le tocaría elegir el final feliz de una película.

—¿El jardín? ¡Por supuesto! —respondió emocionada—. Ya vi la foto que Isabel me mandó por WhatsApp… pero no hay nada como verlo en persona. Me encantaría ayudar.

—También pensábamos plantar algo que marcara este nuevo inicio —añadí—. Un árbol o algo que dure. Algo simbólico.

Mi padre asintió.

—Me gusta eso. Una raíz firme… y viva.

Emma apoyó la barbilla en su mano, con una sonrisa soñadora.

—¿Van a hacer una inauguración? ¿O algo así?

—Cuando terminemos todo —dijo Lucía con una pequeña carcajada—. De momento, inaugurarán con pintura en la ropa y muchas quejas por el calor.

Todos rieron, incluso Thomas, que ya parecía resignado.

Paula, Ana y Sofía guiaban a mis hermanos y a sus parejas por el pasillo de las habitaciones como si fueran guías turísticas con exceso de energía. Escuchaba las voces mezcladas desde la sala, risas, pasos acelerados en la madera del segundo piso y frases como:

—¡Esta tiene mejor vista!

—¡Mira, esta cama es enorme!

—¡No te robes las almohadas, Emma!

Lucía sonreía mientras acariciaba suavemente su vientre, y yo simplemente observaba, dejando que la escena se grabara en mi memoria como otra postal de este nuevo capítulo. Cuando bajaron de nuevo, mi madre tomó la palabra, mirando a Isabel con gratitud.

—Gracias de nuevo por permitirnos quedarnos aquí, Isabel —dijo, colocando una mano sobre el hombro de mi suegra—. Sé que no era el plan, y no queremos ser una carga.

Isabel negó con una sonrisa amable, como siempre tan tranquila y directa a la vez.

—No son ninguna carga, Emily. De hecho, estábamos pensando en proponerles que se quedaran mientras Armando y yo estamos fuera. Así las niñas no se quedan solas, tienen compañía, alguien que las vigile… y más ahora que Evan y Lucía pronto se mudarán oficialmente a su casa, y bueno, también con la llegada próxima de frijolito —dijo con una mirada cómplice hacia Lucía.

Mi madre miró a papá un segundo, luego volvió a mirar a Isabel.

—Pues… lo pensaré. Ya sabes cómo es esto, los chicos y sus parejas están de vacaciones, no sabemos si se puedan extender tanto tiempo. Pero lo hablaré con ellos esta noche y mañana les confirmamos, ¿está bien?

—Perfecto —dijo Isabel, dándole un pequeño apretón de manos—. Así también podrán ver el proceso de la casa, estar cerca del bebé… y bueno, disfrutar de estar juntos.

—Tienes razón —dijo mi madre—. No todos los días se tiene la oportunidad de compartir esto. Y menos cuando el destino te arranca tanto tiempo durante tantos años.

Sus palabras resonaron. Miré el rostro de mi madre… y entendí el peso que ella cargaba también. El tiempo perdido. El miedo. El dolor de no saber. De imaginar lo peor.

Y ahora… nos tenía de vuelta. Nos tenía a todos.

Lucía me miró, leyéndome el pensamiento como siempre. Me apretó la mano con suavidad.

—Estás pensando demasiado —susurró.

—Siempre lo hago —le respondí, bajito, y sonreí.

Mientras el resto hablaba sobre horarios, maletas y la pintura que usaríamos, yo solo pensaba en cómo… poco a poco… todo esto se sentía como hogar.

Y no el lugar. No las paredes. Sino la gente que llenaba el espacio con su calor, sus voces y su cariño.

Mi gente.

Escuchamos los pasos bajando por la escalera antes de que aparecieran todos de nuevo en la sala. Paula fue la última en aparecer, con ese tono animado que siempre usaba para burlarse sin que sonara a burla.

—Y por cierto —dijo con una sonrisa—, la villa tiene su propio gimnasio. Aunque sinceramente, casi no lo usamos… el único que lo aprovecha es Evan.

Rodé los ojos, entre risas.

—Con algo tengo que perder el tiempo —dije encogiéndome de hombros.

Papá se acercó por detrás y me dio un par de palmadas en el hombro, firme, como solo él sabía hacerlo.

—Ese tiempo lo vas a perder más pronto de lo que crees, hijo. Cuando nazca ese bebé, olvídate del gimnasio —dijo con una media sonrisa, entre broma y advertencia paternal—. Lo que vas a levantar no serán pesas… serán pañales, biberones y berrinches.

Todos rieron. Incluso Thomas, que ya parecía haber olvidado el mareo del vuelo, se cruzó de brazos y añadió:

—Oye, eso cuenta como cardio. No subestimen a un bebé a las tres de la mañana.

—Y tú ni hijos tienes —le respondió Emma de inmediato.

—¡Pero tengo sobrinos de nuestros primos!—se defendió él, alzando las manos.

—No es lo mismo cuidar a un sobrino dos horas que vivir con uno —dije, riendo suavemente mientras miraba a Lucía.

Ella me miró de regreso, su sonrisa era tranquila, pero sus ojos decían otra cosa: emoción, nervios, ilusión… amor. Todo mezclado. Como un torbellino que me envolvía desde el primer día.

Me acerqué a ella, tomando su mano con cuidado.

—Bueno, por ahora no hay pañales ni berrinches —dije—. Pero sí hay brochas, rodillos y una casa que necesita color.

—Y comida —añadió Lucía, levantando una ceja con toda la calma del mundo—. Porque si ustedes no recuerdan, yo tengo antojos y frijolito tiene hambre.

—¿Ya estamos comiendo por dos? —preguntó Robert desde el sofá.

—No, estamos comiendo por tres —dijo Ana desde la cocina—: Lucía, frijolito y Evan que nunca dice que no.

—¡Hey! —protesté con una carcajada—. A mí no me metan en eso. Yo solo acompaño por solidaridad… y porque las papas fritas estaban buenísimas.

Entre bromas, risas y voces que se superponían, el ambiente se volvió… familiar. Orgánico. Cálido.

****

Llegamos en tres autos. El de Lucía, donde veníamos ella, Ana, Sofía, Paula y yo; el de Paula, con Thomas al volante junto a Emma, Patricia y Cristian; y por último el de Armando, con mis padres y los suyos. El trayecto fue tranquilo. Algunas bromas, una que otra pregunta sobre el vecindario, y mucha ilusión disfrazada de conversaciones cotidianas.

Nos estacionamos con facilidad en el garaje que, aunque todavía estaba vacío, ya se sentía como un buen inicio.

Apenas apagué el motor, Thomas bajó del auto de Paula, silbando con una expresión entre asombro y aprobación.

—Este lugar realmente es bonito —dijo, girando sobre sus talones mientras recorría con la vista la fachada.

Pero fue mi madre quien se quedó más quieta. No por desaprobación… sino por lo contrario.

Sus ojos se clavaron directamente en el jardín. Todo ese espacio verde, abierto, con árboles pequeños en los bordes y el sonido tenue de las hojas moviéndose con el viento. La vi dar un paso, y luego otro. Sus ojos brillaron. Lo noté.

—Mamá —le dije acercándome—. ¿Qué piensas?

—Es perfecto… —respondió bajito, como si no quisiera romper la magia del lugar—. Hay tanto césped, tanta luz… aquí pueden crecer cosas hermosas. Árboles, flores… niños.

Sonreí. No pude evitarlo. Me volví hacia Lucía, que caminaba a mi lado, bajando con cuidado y siendo ayudada por Paula.

—¿Lo ves? —le dije—. Te dije que a mamá le encantaría el jardín.

—Sí, pero no pensé que la haría llorar —respondió Lucía con una sonrisa suave, viendo cómo Emily se limpiaba disimuladamente una lágrima del borde del ojo.

Armando salió del auto también, estirándose un poco y sacudiendo el polvo de los pantalones.

—Bueno —dijo mientras se acercaba—, no es la casa más lujosa, pero tiene lo que importa: espacio, luz y potencial. Aquí pueden construir un hogar de verdad.

—Ese es el plan —dije—. Y ya está todo listo. Ayer firmamos la primera parte del contrato y esta semana, con los papeles nuevos, se terminará el proceso.

—¿Y ya decidieron los colores? —preguntó mi padre, bajando del auto junto a Isabel.

—Claro —respondió Lucía, sacando su libreta de la mochila—. Todo está anotado. Colores, distribuciones, medidas… No me pasé cinco horas midiendo como para no tener un plan.

—Eso me gusta —dijo Emily mientras se acercaba a nosotros, todavía mirando el jardín de reojo—. Tienen una visión. Y si tienen visión… tienen futuro.

Caminamos juntos hacia la puerta principal. Yo saqué la llave que nos habían dado tras la primera firma, sintiendo el pequeño peso metálico en la palma de mi mano.

Apenas abrí la puerta, todos entraron con curiosidad. Era como si hubiéramos desbloqueado un nuevo nivel en este juego de vida que llevábamos construyendo a trompicones, pero con mucho amor. Lucía, con su voz firme y esa libreta suya en la mano, tomó el control:

—Arriba, en cada puerta hay una nota amarilla indicando qué habitación será cuál: la principal es la nuestra, la que tiene la ventana más grande y vista al jardín. La de frijolito está justo al lado, luego está la oficina, y las otras dos son de invitados —dijo, y todos comenzaron a dispersarse por la casa como niños en una búsqueda del tesoro.

—¿Invitados? —dijo Sofía, frunciendo el ceño desde la escalera—. ¡Oye, eso no es justo! Cada una de nosotras ya tenía una habitación asignada cuando vimos la casa, ¿ahora resulta que solo dos de las tres tendrán habitación?

—¡Exacto! —añadió Ana con una expresión de fingido drama—. Esto es discriminación fraternal. ¿Qué será lo próximo? ¿Rotar las camas como castigo?

—Podemos hacer rifas, ¿no? —dijo Paula con una sonrisa burlona mientras subía las escaleras—. O dormir las tres juntas como en los viejos tiempos... cuando había apagón y miedo.

Armando, que se quedó a mi lado viendo cómo sus hijas discutían casi por deporte, se llevó una mano a la frente y resopló.

—Espero que eso haya sido una broma. Las tres tienen su habitación bien establecida en la villa, ¿o ya olvidaron que aún viven con nosotros? Este lugar será la casa de Lucía y Evan. Tendrán que abordar el ala y dejar el nido en algún momento… y eso no significa invadir el espacio de su hermana y su cuñado.

—¡¿Cuñado?! —soltó Thomas desde el pasillo, con una carcajada—. ¡Te ascendieron, bro!

—Me lo gané a pulso —le respondí, alzando las cejas con orgullo—. Y con pintura, medidas, trámites legales y mil hormonas emocionales flotando a mi alrededor.

Lucía giró hacia mí y me lanzó una mirada entre divertida y resignada.

—¿Hormonas emocionales, eh?

—Dije lo que dije —le guiñé un ojo mientras tomaba de su bolso la cinta métrica.

Emily apareció detrás de nosotros, mirando las escaleras con expresión curiosa.

—¿Y la habitación de frijolito es…?

—La que tiene la nota que dice "nuestro caos en crecimiento" —respondió Lucía con una sonrisa—. Pensé que era más tierno que solo poner "bebé".

—¿Y la oficina? —preguntó Robert, ya con su botella de agua en mano—. ¿Van a trabajar desde aquí?

—Sí —respondí mientras caminábamos al pasillo de las habitaciones—. Lucía quiere tener su escritorio y espacio para sus cosas, y yo también. Eventualmente tendré que volver a estudiar y ella a trabajar, así que una oficina compartida nos será útil. Y además… siempre quise tener una pared para pegar planos y mapas sin que alguien me dijera que parecía un loco conspiranoico.

—Porque sí lo pareces —murmuró Emma con una sonrisa, mirando una de las habitaciones.

—¿Y en cuál pintamos primero? —preguntó Patricia, mientras entraba con Cristian a ver la habitación de invitados.

Lucía alzó su libreta como si fuera una general de batalla:

—Primero la de frijolito. Luego la nuestra. Después los baños. Todo lo demás… depende del ánimo y de cuántos cafés nos tomemos.

Robert se acomodó la gorra, sonriendo de lado.

—Entonces… ¿quién trajo brochas?

Y así, entre bromas, discusiones tontas de hermanas y planes llenos de color, comenzó la primera gran transformación de esta casa.

La nuestra.

Estábamos bajando las cajas con pinturas, brochas, rodillos y todo el arsenal para empezar la batalla contra esas paredes blancas que nos esperaban. Cristian, Thomas, Patricia, Emma, mi padre y Armando me acompañaban, cada uno con algo en las manos, entre risas y algún que otro comentario.

De repente, escuché la voz emocionada de mi madre desde adentro.

—Parece que ya vio la habitación de frijolito —comenté con una sonrisa mientras miraba a Lucía que me daba una idea de cómo quería que quedara todo.

—Claro que está feliz —dijo mi padre, apoyando un bote de pintura sobre una mesa improvisada—. Es su primer nieto… y del hijo menor, nada menos —añadió, mirándome con media sonrisa mientras echaba una ojeada a Emma y Thomas.

Ellos, como si fueran actores en una comedia ya ensayada, cruzaron miradas con sus respectivas parejas.

Emma se giró hacia Cristian, que le devolvió una sonrisa pícara con esa cara de "no estoy diciendo nada, pero lo estoy diciendo todo".

Thomas, por su parte, le dedicó a Patricia una mirada similar, con un toque de travesura.

Ambas chicas, claro, enrojecieron de inmediato.

—No empiecen —murmuró Patricia, cubriéndose la cara con una hoja de plástico.

—Todavía —añadió Emma con una risita, fingiendo indiferencia.

—Bueno —interrumpió Thomas, agarrando un rodillo—. Yo me encargo de la habitación de invitados que da al frente.

—Y yo de la otra habitación —añadió Emma con una sonrisa cómplice.

—Los baños me quedan —dijo Patricia con determinación.

—Entonces la oficina es mía —dijo Cristian.

Observé la pintura que teníamos en mano, cada bote con la etiqueta del espacio que le correspondía.

—Cada bote tiene su lugar, así que no hay pierde —comenté, mirando a todos—. Armando y yo nos encargaremos de la habitación principal.

—No —intervino mi suegro rápidamente—. Mejor tú y Lucía se encargan de la habitación del bebé. Tu padre y yo podemos hacer la principal.

—Gracias —le respondí, sintiendo la confianza.

Justo cuando pensé que ya todos estaban ubicados, vi pasar a mi madre, a Isabel y a mis cuñadas caminando hacia el garaje con paso decidido.

—¿Nos prestan un auto? —preguntó mi madre, sacando sus llaves del bolsillo como si no necesitara permiso.

—¿A dónde van? —pregunté, arqueando una ceja.

—Ya hablamos con Lucía —respondió Isabel—. Vamos a comprar todo lo del jardín de una vez. Semillas, macetas, tierra, herramientas. Así mañana, cuando ustedes se vayan a comprar los muebles y cosas del bebé, nosotras ya estamos listas para ponernos con la parte verde.

Saque mi billetera y le extendí la tarjeta a mi madre.

—Aquí tienen una tarjeta para que usen lo que necesiten, incluso bebidas, protección solar, cualquier cosa.

Mi madre frunció el ceño un poco, dudando.

—No es necesario, hijo.

—Sí lo es mamá —respondí firme—. Es nuestra casa. Nadie más que Lucía y yo podemos gastar en cosas para nuestro hogar.

Después de un momento de duda, mi madre finalmente tomó la tarjeta con un suspiro.

—Está bien, gracias.

Armando, mientras tanto, entregó las llaves de su auto a Isabel.

—Con esto ya pueden moverse sin problema —dijo—. Así aprovechan mejor el tiempo.

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