Ficool

Prólogo

El sol empezaba a ponerse, trazando líneas ámbar que se filtraban entre las ramas secas de los pocos árboles que aún quedaban en pie. La peste había matado incluso a la vegetación; las moscas se daban un festín. La superficie de la calle —alguna vez lodosa— era ahora gris, seca, y muerta.

Anastasia Rizz dio un paso corto y lento, tratando de ver, escuchar, sentir algún rastro de vida. La tierra reseca crujió al engullir la suela de su zapato.

Un poco más atrás, un grupo de fieles seguidores —miembros de la familia Rizz— la acompañaba con respeto y devoción. Sus rostros, deformados en muecas de desagrado, no reflejaban rechazo hacia ella, sino hacia el insoportable hedor que emanaba de las casas y las calles. Casi en cada vivienda podía encontrarse al menos un fallecido por aquella misteriosa enfermedad que había arrasado el norte del continente Solangea.

Ocasionalmente, algún cuerpo mal cubierto con una manta les obstaculizaba el paso.

Hollen Rizz, quien sería el jefe de la familia si Anastasia no estuviera allí, adelantó el paso.

—Mi señora… ya habíamos evacuado este pueblo hace dos semanas. Lo único que queda es muerte hacia donde se mire. —Sus ojeras denunciaban el agotamiento de seguirla durante meses.

Sin volverse, Anastasia levantó una mano, exigiendo silencio con ese solo gesto. Avanzó otro paso; el suelo volvió a crujir. Estaba segura de que aún quedaba alguien… o algo. Su instinto había insistido durante los últimos tres días, y ella siempre terminaba cediéndole.

—Este fue uno de los más afectados —intervino Kyrel, unos pasos detrás de Hollen—. Enterramos a muchos más de los que lograron sobrevivir.

Era apenas una joven de diecisiete años, pero servía a la familia Rizz desde hacía tiempo. Una rara excepción: inmune a la peste pese a no llevar sangre Rizz. Mascaba la raíz de alguna planta para controlar el estrés y el cansancio. A cada lado de su cintura descansaba una larga daga curva.

El crujido del siguiente paso de Anastasia llenó el aire una vez más. Su capa ondeaba con furia, empujada por el viento que descendía desde las montañas. Su larga cabellera negra bailaba al mismo ritmo. Del cuello le colgaba un collar de plata, y en su centro descansaba un medallón con una piedra oscura, casi ónix, de la que emanaba un fulgor inquietante.

Se quedó quieta por un momento.

Entonces lo sintió.

Un pulso débil.

Un olor a sudor y tierra mezclados.

Una joven mente inconcistente.

Había alguien vivo.

Sus pupilas se contrajeron; sus sentidos se afinaron en un instante. Alcanzó a escuchar una respiración tenue, apenas un hilo. Flexionó las rodillas, afirmó los pies contra el suelo… y cortó el aire con su cuerpo.

Tras un estruendo breve, donde un instante antes estaba la señora Anastasia solo quedaba un pequeño cráter. La tierra y el polvo caían alrededor.

Dos casas. Cuatro. Siete.

Se desvió. Serpenteó entre callejones, dejando una estela a su paso, hasta detenerse frente a un cobertizo.

—Está aquí —murmuró, nadie la escuchó, ya estaban demasiado lejos. Empujó la puerta con cuidado. El olor era más intenso allí.

Se agachó sin hacer ruido, ocultando incluso el brillo de sus colmillos. Apartó unas tablas, luego un par de pacas de paja. Y entonces lo vio.

Un niño.

No tendría más de siete años. Estaba acurrucado en el fondo, como un animal herido. El cabello oscuro y enmarañado le cubría el rostro, pegado por el sudor. Temblaba; respiraba con dificultad. Ni siquiera parecía advertir su presencia.

Anastasia extendió la mano con lentitud, como quien se acerca a un cervatillo asustado. No dijo nada. Solo esperó.

El niño se movió apenas. Murmuró algo inaudible, sin abrir los ojos. Llevaba días sin comer ni beber, sostenido únicamente por la voluntad.

Una mente fuerte, a pesar de su estado. No había bubones, ni fiebre, ni señales de peste.

Solo hambre, sed… y miedo.

La marcha de los Rizz comenzaba a hacerse audible a lo lejos.

—¡Por aquí! —gritó Marko al encontrar el notorio rastro que Anastasia había dejado a su paso. Con apenas dieciséis años, era el hijo mayor de Hollen y el más joven del escuadrón.

Cuando los demás llegaron, Anastasia salía del cobertizo con el pequeño entre los brazos.

—Preparen un lugar para él —ordenó—. Agua limpia y sopa caliente. Nada más.

A pesar del cansancio acumulado, varios Rizz se movilizaron de inmediato, obedeciendo con disciplina casi reverente.

Hollen posó una mano en el hombro de su hijo.

—Bien hecho, muchacho.

—Es más pequeño que mi hermano Rokko, papá —murmuró el joven Rizz, aún sorprendido.

—Mucho menor, hijo —asintió Hollen, apoyando la otra mano sobre el pomo de su falcata—. Rokko tiene apenas doce.

En un breve destello de conciencia, el niño recostó su frente contra el regazo de Anastasia. Por un instante, confundió el calor de sus brazos con el refugio amoroso de su madre. Ese gesto fugaz logró conmover a la vampira ancestral.

"No sé si fue suerte o destino que te encontrara… pero ahora estás a salvo."

Ni siquiera Anastasia Rizz, con todo su poder, podía imaginar —o siquiera sospechar— cuánto cambiaría el rumbo de la historia aquel simple acto de altruismo. Pero la rueda del destino había iniciado su marcha en ese mismo lugar, en ese mismo instante. Y sería su siguiente vida la que cargaría con las decisiones que estaba por tomar en los años venideros, antes de morir.

Otra vez.

Y volver a nacer sin memoria, cincuenta años después.

Otra vez.

Aquí empieza todo.

Aquí empieza el Réquiem.

More Chapters