Ficool

Chapter 4 - Capítulo 4 - Memento Mori I. Claro de Luna.

En el continente Solangea predominaban dos filosofías antiguas: la tradición del Sol y la tradición de la Luna —aunque ambas compartieran un mismo origen—.

La primera afirmaba que caminamos a ciegas, que el sendero es incierto, y que debemos permitir que una luz mayor nos guíe.

La segunda, en cambio, sostenía que el camino siempre ha estado frente a nosotros; solo hay que observar con detenimiento, pero sin forzar nada.

Gretta no estaba familiarizada con ninguna de las dos. Su padre las veía como dos caras de la misma moneda —una moneda petulante, artificial y apática—; su madre, como algo anticuado, o cuando no claramente irrelevante.

Aun así, ambas tradiciones, en su abstracción, intentaban ofrecer una mirada un poco más clara a la ironía de vivir. Y Gretta, sin proponérselo, pronto conocería de primera mano la ambigüedad que habita entre nuestros deseos y lo que, por capricho del destino, termina ocurriendo.

...

Algunas correas mal puestas sobre los ganchos, unos cajones de cargamento para monturas esperando su turno para apilarse bien, y varias bolsas de semillas aún sin atender. Gretta apenas acababa de volver de otra diligencia, pero el desorden que había dejado por la mañana seguía ahí. No debía ser así… aunque, en su frustración, había olvidado ser cuidadosa. Su mente estaba en cualquier parte menos en el establo.

​—¡Kyaaah, kyaaah!

​—Espera un poco, Centa —murmuró sin paciencia—. Limpiaré tu nido en un minuto.

​En realidad, sus tareas no eran muchas; para el almuerzo ya habría terminado y tendría la tarde libre. Pero no lograba mantenerse tranquila. ¿Cómo iba a saber que ese collar de conchas era una propuesta matrimonial? ¿Quién inventa semejantes tradiciones? Faltaban solo unas horas para que el día acabara, y al siguiente era su cumpleaños.

​Y, obviamente, Jared no se lo iba a perder.

​Al entrar al establo abrió la puerta del nido de la Grulla Listural. Pero al notar el desorden que había ignorado en la mañana —a causa del enojo— dejó la puerta abierta sin siquiera darse cuenta.

​Y vaya error.

​—Kyaaah… —insistió el ave, inquieta, acompañando su reclamo con un aleteo fuerte.

​—¡Basta, Centa! —gruñó Gretta sin volver la mirada.

​Estaba tan sumida en sus pensamientos que no escuchó los pasos lentos, pesados, con un propósito claro, entrando al nido del ave. Entonces un golpe seco irrumpió en el establo. Ya no era solo el reclamo de una grulla, sino de dos. La segunda salió volando a un metro del suelo cuando Harold irrumpió justo a tiempo para evitar algo peor. Gretta se volvió al fin, desconcertada, aterrizando poco a poco en la realidad.

​Tras cerrar la puerta del nido con una calma precisa, Harold se giró hacia su hija.

​—¿Qué está pasando, Gretta? —preguntó con esa severidad tranquila que solo él lograba—. Eres distraída, sí… pero no descuidada.

​—¿El huevo está bien? —preguntó ella, esquivando la cuestión, entre apenada y preocupada.

​—Centa y el huevo están bien… pero pudo terminar muy mal —respondió Harold, acercándose con paciencia—. Si no quieres hablar conmigo del tema, al menos háblalo con tu madre. Es el tercer descuido desde que recibiste ese collar.

​El rostro de Gretta se encendió de inmediato. Frunció el ceño, incapaz de decidir si sentirse más avergonzada o más molesta; quizá ambas. La noche en que regresaron del faro, justo después de la cena, Loretta la había llevado a platicar a solas sobre el regalo de Jared, pues era evidente que no entendía su verdadero significado. ¿Y cómo iba a imaginarlo? Sí, todas las señales estaban ahí… pero ninguna le había parecido lo que realmente era.

​—Hablaré con mamá después de terminar —murmuró, intentando sonar convincente.

​—No. —La respuesta de Harold fue inmediata y cortante, con una firmeza que rara vez usaba con ella.— Ve a hablar con ella en este momento. Yo me encargaré del granero.

​Gretta se quedó quieta, procesando el peso de aquella orden. Sabía que su padre no levantaba la voz, pero cuando hablaba así… no había mucho margen para discutir. Recordó la conversación con Loretta: cómo, al escuchar la explicación completa sobre la tradición de Listuria, primero se había quedado sin aire, luego se había puesto roja, pálida y roja otra vez, y al final había subido corriendo a su cuarto para desahogarse con la única que la escucharía sin interrumpirla ni juzgarla: su rosa.

Otra vez el mechón rebelde le bailaba sobre la frente mientras Harold cruzaba los brazos. Gretta intentó apartarlo con un soplido, dejando escapar en él parte de su congoja antes de retirarse.

Desde aquella noche había evitado el tema, pero evadirlo no lo hacía desaparecer. De cualquier forma tendría que afrontarlo tarde o temprano, y su tiempo se agotaba. Había colgado el collar junto a sus muñecas: en el fondo, quería recordarse antes de dormir que, aunque hubiese sido por error, había hecho una promesa.

Ya en la casa, encontró a su madre tomando té y tarareando. Esa tranquilidad casi le indignó. Si algo caracterizaba a Loretta era que difícilmente algo lograba perturbarla.

Gretta se quedó unos segundos más en la puerta trasera, intentando ganar un poco de tiempo.

—Entra, hija —ordenó Loretta sin voltear siquiera; sabía que estaba ahí—. Siéntate conmigo un rato.

—¡Yo no quiero casarme con Jared! —soltó Gretta, arrastrando las palabras y los pies al acercarse.

Loretta dejó escapar una risotada que hasta hizo a Harold levantar la cabeza desde el establo. Y ahí estaba Gretta, ya sentada a su lado, observando cómo su madre disfrutaba descaradamente del momento. Sin duda, la más cruel de la familia.

—No tienes que casarte, cariño —dijo Loretta, limpiándose una lagrimilla fruto de la risa.

—Pero usé el collar toda la tarde después de que me lo dio… Incluso fui a su casa con él puesto, y toda la familia Vicker y los sirvientes me vieron.

—Y escuché que te tomó la mano —añadió Loretta, empeñada en la tortura.

Gretta hizo un puchero.

—La verdad no recuerdo bien… creo que sí. Pero como amigos. O al menos así lo sentí yo —terminó, desviando la mirada.

—¿Y crees que eso ya te compromete a casarte?

—Me compromete a aclararle a Jared lo que siento —respondió Gretta, agarrándose la melena roja mientras dejaba caer la frente en la mesa—. Y lo va a lastimar. Él es… como mi hermano menor.

Loretta le dio un sorbo a su té, rodeada de esa aura impasible que la caracterizaba.

—Sí lo amo… —continuó Gretta, levantando la cabeza—, pero no como él quisiera.

—Te entiendo, cariño —respondió su madre con suavidad—. Quieres ser sincera, pero no quieres lastimarlo.

Gretta la miró fijamente, como esperando que Loretta revelara una solución mágica, un truco, algún camino secreto para salir de aquel lío sin herir a nadie. Sus grandes ojos esmeralda se sostuvieron en los de su madre sin siquiera parpadear. Hasta que Loretta, al fin, habló.

—Mira, hija…

Poniéndose de pie, Loretta caminó hacia uno de los muebles altos de la cocina. Rebuscó unos segundos y sacó algo con mucho cuidado, un pequeño tesoro que hizo que Gretta abriera aún más los ojos.

Colocó sobre la mesa un sencillo collar hecho de conchas, distinto al que Jared le había regalado.

—Esto me lo regaló tu padre cuando tenía tu edad.

Gretta tomó el collar de conchas con delicadeza, como quien sujeta un tesoro invaluable —y sin duda lo era—. Estaba algo gastado, con un poco de suciedad acumulada en rincones difíciles de limpiar, pero en general se conservaba en perfecto estado.

En apariencia era sencillo, pero su valor no tenía precio.

—No tengo una solución para tu dilema, hija —dijo Loretta, tomando la mano de Gretta con esa ternura que solo una madre sabe dar—, pero amor es amor. Sé que sabrás resolverlo desde ese sentimiento… y si actúas con amor, sé que harás lo correcto.

Podía ser alegre y tener hábitos sádicamente juguetones, pero desde su serenidad tan transparente sabía escoger palabras que tranquilizaban, o tal vez era Gretta quien encontraba paz en esa calma inamovible.

La tarde avanzó con otro sabor. Gretta sentía que su carga se había diluido; no desaparecido, pero sí vuelto más fácil de llevar. Tras la cena —y de disculparse con su padre por lo ocurrido horas antes— subió a su habitación. Allí la esperaban sus muñecas, los dibujos del cielo, las piedras de colores, la rosa… y el collar de conchas, el nuevo integrante entre sus cosas. "Por encima de todo, es mi amigo", pensó antes de tomarlo y dejarlo sobre la mesa.

—Creo que ya sé qué hacer —le dijo a su rosa, mientras abría la ventana—. Solo espero que sea lo correcto.

La rosa, como siempre, permaneció impasible. Una leve brisa la hizo bailar, dando la impresión de que asentía. Gretta apoyó la cabeza en el borde de la ventana y se quedó viendo las estrellas un rato. Como siempre, eso le traía paz.

—¿Crees que Jared sea un buen prospecto?

Esta vez, el viento no sopló.

Observó los pétalos un momento más, como si esperara que la rosa respondiera por ella.

Los bordes ya comenzaban a teñirse de un azul suave que armonizaba a la perfección con la pequeña ágata que había encontrado en la caleta; la piedra descansaba en la base de la maceta como si hubiese pertenecido allí desde el principio.

"Tal vez la rosa sepa algo que yo no", pensó, acariciando con cuidado uno de los bordes. Con aquel pensamiento rondándole, sus ojos se cerraron antes de que pudiera darse cuenta.

...

—¡Shhh!... tranquila, pequeña…

—La voz era un susurro, apenas un roce, discreto y respetuoso.

—En el dolor hay enseñanzas… No nos gusta, es verdad… pero aprendemos más de él que de la alegría…

...

El día al fin había llegado.

Un sonido de pasos subiendo por las gradas la hizo abrir los ojos. La brisa, con su sabor tenue a sal, le besó las mejillas otra mañana.

"Me quedé dormida con la ventana abierta… otra vez", pensó, frotándose los ojos mientras trataba de desperezarse.

—Buenos días, soñadora —saludó una voz familiar desde el marco de la puerta.

La silueta estóica, segura y bohemia de Kyrel la observaba, recostando un codo contra la pared como si la habitación fuera suya desde siempre.

—Kyrel… ¿qué haces en mi habitación? —preguntó Gretta, aún más dormida que despierta.

—Tu mamá me dio permiso —respondió Kyrel con aquella voz un poco nasal que la caracterizaba, cargada de esa mezcla de ironía y complicidad que la hacía tan única.

Aunque Kyrel fue la primera en llegar, pronto comenzaron a llegar más invitados.

Los Vicker fueron los siguientes:

Jarnad, con su personalidad escandalosa que llenaba cualquier habitación sin intención de presumir, simplemente por ser demasiado jovial;

Eydis, siempre correcta, pero con un brillo alegre que solo Jarnad sabía despertar;

Dallia, ligeramente excéntrica, aunque no tanto como su padre, y que seguía ignorando por completo el peso de la palabra "matrimonio";

y finalmente Jared, tranquilo, casi ingenuo, perfectamente desentonante junto a su familia.

Sus ojos se iluminaron al ver el collar de conchas en el cuello de Gretta. No lo comentó, pero su mirada fue suficiente para hacerle sentir un leve calor en las mejillas.

También llegaron un par de compañeras de la escuela —por llamarlas amigas—. Gretta nunca había sido muy popular… o más bien adaptada.

Mientras las demás jóvenes suspiraban esperando que algún chico les regalara un collar de conchas, Gretta solía tener la mente en otras cosas.

Quizá si hubiese encajado mejor entre ese rebaño, se habría enterado antes de lo que aquel collar significaba.

Aun así, portarlo despertaba una envidia palpable entre las visitantes, que estaban allí más por la fama de la cuchara de Loretta que por la celebración en sí.

Pero Hermes aún no llegaba.

Las horas pasaron con buen ritmo. Loretta había decorado todo inspirado en la tradición del sol, pero muy a su estilo: adornos rústicos, canciones temáticas, aunque sin los rituales formales. Una fiesta sencilla, perfecta para Gretta.

—Entonces… ¿piensas seguir mi ejemplo, Greh? —preguntó Dallia, abrazándola del cuello con inoportuna familiaridad.

Lo único que obtuvo fue una sonrisa nerviosa, algo incómoda. Por fortuna, Jared no estaba lo suficientemente cerca como para escuchar aquella insinuación.

Con la tarde avanzando, los invitados —y un par de no tan invitadas— comenzaron a marcharse. Jared prefirió quedarse un rato más, con la excusa de escuchar las historias de Hermes.

Jarnad aprovechó para molestar a Harold con una mirada juguetona, insinuando que las razones del muchacho eran otras. Harold respondió ignorándolo con estudiada maestría.

El sol comenzaba a bajar, pintando el horizonte de tonos cálidos.

—¿Hermes sí vendrá, papá?

Gretta apenas terminó de pronunciar la pregunta cuando una figura se dibujó en la entrada de la casa: un hombre alto, anciano, enigmático, apoyado en un elegante bastón de madera, con una gabardina oscura —aunque no negra— y un amplio sombrero.

—Muy buenas tardes —saludó con naturalidad.

—Bienvenido a esta, tu casa, Hermes —respondió Harold, saliendo a recibirlo.

Kyrel, que aún no se había ido, jugueteaba con el pomo de su espada. Hermes alzó la mirada hacia ella; hubo algo en ese intercambio mudo, aunque imposible de descifrar.

—¡Hola, Hermes! —exclamó Gretta lanzándose a abrazarlo.

—Tan dulce como siempre, jovencita… Bonito collar —dijo al notarlo, aunque no le dio mayor importancia.

Luego de saludar a todos, Hermes se acercó con discreción a Harold y puso en sus manos una pequeña caja de madera. La expresión del anfitrión, aunque contenida, delató un leve pesar. Lo poco que no logró disimular.

En algún punto de la velada, Hermes advirtió cómo Harold intentaba ocultar su tos habitual, esa que siempre aparecía con la caída del sol.

—¿Te sientes bien, Harold? —preguntó con sincera inquietud.

—Solo los años, viejo amigo… nada más —respondió Harold guardando en su bolsillo el pañuelo, donde un rastro de sangre comenzaba a secarse.

Un par de horas después, ya entrada la noche, Gretta, Jared y Kyrel se acomodaron alrededor de Hermes, ansiosos por escuchar una de sus historias —al menos los más jóvenes. Los ojos de ambos chicos brillaban con anticipación.

—Muy bien —comenzó Hermes—. Esta vez, como ya están más crecidos, les contaré algo un poco más lúgubre.

"Hace muchos años existió un vampiro fornido y poderoso. Su nombre era Mourian…"

Aquel nombre resonó en la mente de Gretta con un eco extraño.

"Temido por muchos, amado por muy pocos… quizá por nadie. Su voz era como un llamado desde la tumba, casi tan intimidante como sus colmillos. Mourian tenía una mirada oscura y fría, tanto como su corazón. Mirarlo a los ojos daba la certeza de no salir con vida."

Kyrel chasqueó la lengua al escuchar aquel inicio.

Jared se inclinó hacia adelante, fascinado.

Gretta abrazó sus rodillas, como buscando un pequeño refugio ante la historia, aunque sin dejar de escuchar.

Desde la cocina, Harold prestaba atención en silencio, con una concentración pesada, casi tensa. Sus ojos estaban fijos en la espalda de su hija, siguiendo cada movimiento, cada reacción. Ni siquiera se volteó para recibir la taza de té que su esposa le ofrecía.

Pero almenos esa noche, en esa casa, nada pasó.

Terminada la historia, ya era hora de despedirse. Jared se desperezó con una tranquilidad que a Gretta tomó por sorpresa; ella aún sentía el miedo trepado en la espalda y la sombra de los colmillos de Mourian en el cuello. Al parecer, Jared era más valiente de lo que su corta estatura dejaba ver.

—Bueno, creo que es hora de ir a casa —afirmó con soltura—. Muchas gracias por la historia.

Hermes aceptó el cumplido con un gesto simple.

—Te acompaño, muchacho —se ofreció Harold.

—No se preocupe, señor Harold —rechazó Jared, con una seguridad brillante—. Conozco el camino, hay luna llena, no me perderé.

Hermes intercambió una mirada con Kyrel, un destello de inquietud cruzando entre ambos. Luego agregó:

—Bueno… recuerda lo que dicen las tradiciones: no guíes tu camino acompañado solo por la luna.

—¡Ven! Te acompañaré —intervino Kyrel, dando un paso al frente—. Estaré de vuelta en cuanto el chico llegue a salvo.

Gretta no entendía tanta preocupación por su amigo. Él había ido y venido por ese camino toda su vida; seguramente podría recorrerlo a ojos cerrados sin tropezar. Además, era evidente que ella tenía más miedo esa noche, incluso dentro de su propia casa.

Pero sentía la obligación de hablar con claridad. No quería seguir alimentando la fantasía de su compañero de infancia.

—Jari… sobre el collar, yo…

—Está bien, Gretta —la interrumpió Jared—. No tienes que decirme nada. Seré un año menor que tú, pero no soy tan ingenuo como todos piensan. Veo que no me miras igual, pero no me molesta… te demostraré que no soy solo un niño.

La sonrisa rebosante de confianza congeló cualquier intento de respuesta.

—Mira, si me aceptas —continuó—, y tampoco estás obligada a hacerlo… asiste a la boda de Dallia usando ese collar. Si no lo haces, tampoco cambiará nada entre nosotros.

Gretta se quedó muda, impresionada. ¿En qué momento su amigo maduró tanto?

Junto a las escaleras, Harold ya no sabía qué sentir. ¿Habría ensayado frente al espejo? El chico estaba mostrando un carácter que él mismo tardó años en forjar, el mismo carácter que lo había llevado hasta Listuria. Loretta lo rodeó por la cintura, y él le devolvió el gesto con un brazo alrededor de los hombros.

Sin palabras, Gretta le ofreció a Jari un cálido abrazo. Ya era difícil hablar con honestidad; hacerlo frente a todos se sentía casi imposible. Pero así, con una naturalidad desconcertante, aquel chico ingenuo —su compañero en tantas búsquedas de piedras y conchas— le entregó la más sencilla y honesta de las soluciones.

Por último, Gretta depositó un tibio beso en su mejilla. Para Jared, aquello fue lo más cercano al cielo.

Kyrel colocó una mano en su hombro y carraspeó suavemente, intentando romper la burbuja sin brusquedad.

—¿Nos vamos, Jared?

La figura de la espadachina y el chico descendiendo la colina emanaba un aura casi etérea bajo la luz de la luna llena. Gretta se tomó unos segundos más para verlos marcharse. Unos minutos después —que apenas se sintieron—, Kyrel ya estaba de vuelta.

---

A la mañana siguiente.

El grito desgarrador de una mujer atravesó Listuria y llegó hasta la colina de los Rizz. Un solo llamado que decía demasiado:

—¡Jareeeed, no Jared!

Gretta abrió los ojos sobresaltada. Un vacío frío y amargo le oprimía el pecho; la sensación había llegado tan de golpe que ni siquiera tuvo tiempo de darse cuenta de que ya había despertado.

Tal vez estaba allí incluso antes de despertar.

Había sido la voz de Eydis. Y, de pronto, la inquietud se convirtió en certeza con la misma rapidez con que pasas la página de un libro. No sabía explicarlo, pero estaba segura de que algo había ocurrido.

Bajó las gradas casi sin tocar los escalones.

Sus padres estaban a la mitad de su rutina matutina, aunque lo cotidiano ya no parecía rutinario. Notó la confusión plasmada en sus rostros, se notaba fresca, recién posada en ellos. Hermes se encontraba sentado a la mesa junto a Harold; fruncía el ceño apenas, pero lo suficiente para notarse. No parecía tan confundido, más bien tenía una pizca de resignación.

—Papá, esa fue…

—¡Eydis! —terminó Harold por ella.

Gretta los miró en silencio. Su mirada se desvió hacia la puerta… y luego regresó a ellos. Harold se puso de pie de golpe.

—Déjame ir primero, hija —suplicó al deducir la intención que tomaba forma en el rostro de su hija.

Gretta dio un paso hacia la salida.

—Gretta, mejor escucha a tu padre —insistió Loretta.Antes de que dijera esa última línea, ya estaba corriendo.

Al cruzar el umbral hacia el patio, se detuvo en seco.

Kyrel estaba allí.

¿Había pasado la noche en la casa?

¿Y el faro?

No importaba.

Hechó a correr nuevamente colina abajo, pero Kyrel la interceptó del brazo.

—Espera, Gretta.

—¡Suéltame ahora mismo, Kyrel! —ordenó, con una mirada que no era la habitual.

La espadachina sintió algo más profundo en esos ojos. Obedeció sin replicar; reconocía a alguien más en su mirada.

Gretta siguió su carrera sin mirar atrás, bajo la mirada atónita de Kyrel y Hermes, que apenas salía de la casa.

En el pueblo, una estela roja cruzó la calle adoquinada mientras algunos vecinos, alarmados por el mismo grito, se asomaban a sus puertas y ventanas. Subió la pendiente con una fuerza que no le pertenecía. Gretta giró a la izquierda, hacia la ruta de los cocos; el llanto de Eydis empezaba a hacerse audible. Aceleró. El empedrado vibró bajo sus pies.

Frente a la casa Vicker, alguien trataba —sin éxito— de consolar a Eydis.

Gretta buscó desesperada algún indicio de lo ocurrido. Entonces vio a uno de los sirvientes, pálido, acercarse desde el camino que continuaba hacia el faro.

—Señorita Gretta… por favor, no vaya.

Fue lo único que necesitó escuchar.

Echó a correr nuevamente.

El aire salado se volvía más frío conforme más se acercaba a la costa. El sonido del mar, —aquel que la arrullaba por las noches— le gritaba que se regresara, lo ignoró como a todo lo demás.

Desde la distancia, la anciana del muelle observaba la escena. Inmóvil. Silenciosa.

Al doblar el último tramo antes de la playa, vio una figura arrodillada sobre la hierba. Era Jarnad.

Aquel hombre grande, siempre ruidoso y jovial, estaba con las manos y las rodillas clavadas en el suelo, llorando sin aliento, su espalda encorbada sin control.

Gretta frenó en seco.

Unos pasos más adelante, una roca color amatista brillaba tenue entre la bruma de la mañana.

Sintió algo fracturarse en su interior.

De repente todo se apaciguó, todo guardó silencio.

Casi todo.

Jarnad seguía ahí, pero ya no lo escuchaba. Aunque si escuchaba el mar; suave e indiferente. No, quizá incluso algo cruel. Algún pajarillo matutino elevó su canto, haciendo coro con el mar. No reconoció la especie, su amigo si lo reconocería. Sintió deseos de preguntarle, aunque nunca le interesaron esos temas.

El viento sopló algo fuerte, tal vez más de lo justo. El césped acarició los bordes de la amatista. Gretta detuvo su mirada sobre la piedra. Tenía el tono adecuado, ni muy rojo ni muy púrpura: como la había soñado. justo sobre ella, suspendidos en el aire, meciéndose apenas con aquella brisa, un par de zapatos. Los reconoció, pero quizo meditar en ellos un poco más para cerciorarse. La suela algo gastada, un poco abierta en un costado. Dedicó unos segundos más a definir los granos de arena aferrados al cuero. La excusa que fuera con tal de posponer el avance.

Sus ojos subieron lentamente.

De sus manos colgaban unos delicados dedos. Delgados y pálidos, dolorosamente pálidos.

Subió un poco más, esta ves no quiso detenerse, se apresuró a omitir la forma y textura de la cuerda.

Y allí estaba.

Su rostro inmóvil, sus pupilas perdidas en algún punto muy lejos ya de su alcance. La cuerda alrededor de su cuello, descendía desde una rama torcida, tensándose con el peso insoportable de esa mañana. El mar insistente se negaba a guardar silencio.

El viento movió su cabello como si intentara despertarlo. Pero fué inútil.

Jared ya no estaba allí.

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