Ficool

Chapter 122 - Conflicto de intereses

—¿Qué hacemos, maestro?

La voz de Lamilla apenas fue un susurro. Delicada, fría y casi imperceptible, se perdió entre el murmullo del bosque.

El anciano no apartó la vista del combate que se desarrollaba a lo lejos.

—Por ahora... observar.

Respondió con el mismo tono sereno.

Sus ojos recorrieron lentamente a los cuatro encapuchados que acosaban al aventurero.

—Por sus vestimentas, son miembros del Sol Sangriento.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—No los subestimen. Muchos de ellos son especialistas en trampas y venenos. Son más peligrosos de lo que aparentan.

Lamilla volvió la mirada hacia el enfrentamiento.

El joven acorralado retrocedía mientras esquivaba los ataques de los mercenarios.

—Pero, maestro... ese aventurero ya consiguió debilitarlos un poco. Si les damos tiempo para recuperarse, quizá perdamos la mejor oportunidad.

El anciano asintió lentamente.

—Es cierto.

Su expresión permaneció inmutable.

—Nosotros también perdimos a uno de los nuestros. Nuestra formación ya no tiene la misma eficacia.

Guardó silencio unos instantes.

—Aun así, prefiero evitar un enfrentamiento directo.

Sus ojos brillaron tenuemente.

—Esperaremos.

—Que ese aventurero haga el trabajo más difícil por nosotros.

Una leve sonrisa apareció en su rostro.

—Cuando ambos bandos estén exhaustos... decidiré si vale la pena intervenir.

Persica y Lamilla intercambiaron una breve mirada antes de asentir en silencio.

Los tres permanecieron ocultos entre la espesura, observando desde la distancia.

A varios kilómetros de allí, el estruendo del combate se extendía por el Bosque Susurrante.

Arthur luchaba desesperadamente por mantenerse con vida.

Todo había comenzado apenas unos minutos antes.

Tras comprender que no tenía posibilidad alguna de vencerlos, intentó escapar internándose entre los árboles.

Fue inútil.

Aquellos hombres parecían disfrutar de la persecución.

Lo siguieron sin apresurarse, como si estuvieran cazando a una presa destinada a caer tarde o temprano.

En apenas unos minutos terminaron por darle alcance.

Uno de ellos blandió su espada.

El tajo cruzó el aire con un silbido seco.

Arthur apenas alcanzó a girar el cuerpo.

La hoja rozó su espalda y abrió una larga rasgadura sobre la armadura de cuero.

El impacto fue brutal.

Sintió como si un martillo le hubiera golpeado la columna.

Su cuerpo salió despedido varios metros antes de estrellarse violentamente contra el tronco de un árbol.

La corteza se resquebrajó bajo el impacto.

Arthur cayó de rodillas.

Durante un instante, el mundo entero dio vueltas.

Apretó los dientes y volvió a incorporarse sin apartar la vista de sus enemigos.

Respiraba con dificultad.

Cada inhalación le quemaba el pecho.

La presión del golpe parecía haber comprimido sus pulmones.

Una bocanada de sangre escapó de su boca y salpicó el suelo cubierto de hojas.

Frente a él, los cuatro encapuchados avanzaban sin prisa.

No había tensión en sus movimientos.

Solo diversión.

Como si aquello no fuera una pelea...

Sino un simple juego.

Arthur limpió con el dorso de la mano la sangre que le corría por la barbilla.

No podía vencerlos.

La diferencia de poder era demasiado grande.

Aun así...

Todavía tenía una oportunidad.

Los observó con atención.

Reían.

Conversaban entre ellos.

Lo miraban igual que un cazador contempla a una presa herida.

Estaban jugando.

Arthur aferró con fuerza ambas espadas.

"Mientras sigan jugando conmigo..."

"Todavía tengo una oportunidad."

Exhaló lentamente.

Entonces dejó caer una rodilla al suelo.

Su respiración se volvió aún más pesada.

Escupió otra bocanada de sangre y levantó la vista con una expresión cargada de rabia.

—Malditos...

Su voz sonó quebrada.

—¡No moriré aquí!

Con enorme esfuerzo volvió a ponerse de pie.

Su cuerpo temblaba.

Sostenía las espadas como si apenas pudiera mantenerlas en alto.

Uno de los encapuchados soltó una carcajada.

—Mírenlo...

—Todavía cree que puede hacer algo.

Arthur respiró hondo.

Clavó la mirada en ellos.

—¡Reciban... mi ataque más fuerte!

Con un rugido impulsó todo su cuerpo hacia delante.

—¡¡Aaaaah!!

Rayos como serpientes envolvieron sus piernas.

Camino Veloz.

Su velocidad aumentó de golpe.

En un abrir y cerrar de ojos apareció frente a uno de los mercenarios.

Las dos espadas descendieron al mismo tiempo con una precisión letal.

La velocidad del ataque tomó por sorpresa al encapuchado.

Pero solo por un instante.

Una espada de acero ennegrecido se interpuso en el último momento.

¡Clang!

Las hojas chocaron con violencia.

El impacto hizo vibrar el aire.

El mercenario sonrió bajo la capucha.

—Rechazo.

Una fuerza invisible explotó entre ambos.

Arthur sintió el impacto de lleno.

Era como intentar detener una ola gigantesca con las manos desnudas.

Su cuerpo salió despedido hacia atrás.

Pero, justo antes de perder el equilibrio, su mano se deslizó discretamente hasta la bolsa que llevaba al cinturón.

Tres pequeñas esferas de acero cayeron al suelo.

Un instante después...

¡Boom!

Las explosiones envolvieron la zona.

Una espesa nube de humo cubrió el campo de batalla.

Arthur atravesó varios árboles antes de estrellarse contra el suelo.

La armadura terminó de romperse.

Varias ramas le desgarraron la piel durante el impacto.

El habitual sabor metálico volvió a llenar su boca.

Escupió sangre.

Todo su cuerpo protestaba de dolor.

A unos metros, uno de los mercenarios soltó una carcajada.

—Ese maldito...

—Así que también le gustan las herramientas mágicas.

Su risa se volvió aún más siniestra.

—No te preocupes...

—Yo tengo unas mucho más divertidas.

Mientras la nube seguía expandiéndose, otro de los encapuchados levantó la voz.

—¡No lo pierdan de vista!

—Está usando el humo para escapar.

Uno de ellos sacó un pequeño orbe de color verde.

En cuanto vertió maná en él, una corriente de aire comenzó a girar alrededor de la esfera.

El viento aumentó rápidamente de intensidad.

En pocos segundos, la niebla artificial fue barrida por completo.

Los cuatro buscaron a Arthur con la mirada.

Allí estaba.

Entre los árboles caídos.

Con enorme dificultad logró ponerse de pie...

Pero apenas dio un paso antes de desplomarse nuevamente sobre el suelo.

Los mercenarios se relajaron.

Uno de ellos soltó una risa burlona.

—Qué pena...

—Pensé que podríamos divertirnos un poco más.

Luego giró la cabeza hacia uno de sus compañeros.

—Ve.

—Dale el veneno.

El aludido sacó un pequeño frasco de cristal de entre sus ropas y comenzó a caminar con cautela.

Otro lo detuvo con una advertencia.

—No bajes la guardia.

—Podría esconder algún pergamino... o una última trampa.

El encapuchado siguió avanzando.

Cinco metros.

Cuatro.

Tres.

Entonces Arthur abrió los ojos.

No hubo advertencia.

No hubo vacilación.

La sombra bajo su cuerpo se deformó.

Paso Sombrío.

Arthur desapareció.

El encapuchado apenas alcanzó a tensar el cuerpo.

Una fracción de segundo después, Arthur reapareció detrás de los otros tres mercenarios.

Sus piernas aún chispeaban con restos de Camino Veloz.

Su mirada se clavó en el miembro cuya presencia mágica sentía más débil.

No tendría otra oportunidad.

Sujetó la espada con ambas manos.

Y descargó todo lo que le quedaba.

—¡Corte Profano!

Una cuchilla de luz negra brotó de la hoja.

El ataque descendió con una velocidad imposible.

El mercenario apenas comenzó a girarse.

Fue demasiado tarde.

La energía oscura atravesó su cuerpo.

Carne.

Hueso.

Sangre.

Todo cedió ante aquel filo imposible.

Durante un instante, el mercenario permaneció inmóvil.

Después...

Su cuerpo se deslizó lentamente en dos mitades.

La sangre brotó como una cascada y tiñó el suelo del bosque.

Nadie habló.

Incluso los otros mercenarios tardaron una fracción de segundo en comprender lo que acababan de presenciar.

Arthur jadeó.

Había usado su carta de triunfo.

Y todavía quedaban tres enemigos.

Sin esperar reacción, activó nuevamente Paso Sombrío y Camino Veloz.

Su cuerpo protestó de inmediato.

Un dolor agudo recorrió sus canales mágicos como si estuvieran desgarrándose desde dentro.

Aun así, avanzó varios metros.

Solo necesitaba escapar.

Solo unos metros más.

Pero antes de poder desaparecer otra vez, unas espinas de acero brotaron del suelo y atraparon sus piernas.

Arthur cayó de bruces.

Uno de los encapuchados llegó hasta él en un instante y lo pateó con furia.

—¡Pequeña rata!

La bota se hundió en sus costillas.

—Te subestimé.

Otra patada le hizo escupir sangre.

—No pensé que guardaras una carta de triunfo tan poderosa.

Arthur levantó ambos brazos para protegerse del siguiente golpe.

Entonces ocurrió.

El hechizo de camuflaje parpadeó.

La ilusión de carne desapareció por un instante.

Y sus brazos huesudos quedaron expuestos.

Los tres mercenarios se quedaron inmóviles.

El siguiente golpe nunca llegó.

—¿Qué demonios...?

—¿Un no muerto?

Uno de ellos negó lentamente.

—No. Solo siento energía de muerte en esos brazos.

Su voz se volvió más fría.

—Quizá está maldito.

El líder escupió a un lado.

—No importa.

Sacó nuevamente el frasco y lo destapó.

Un aroma dulce, casi floral, se extendió por el aire.

—Es increíble que algo que huela tan bien pueda ser tan letal.

Otro soltó una risa baja.

—Ábranle la boca.

—Quiero verlo sufrir.

Arthur intentó levantarse.

Sus músculos apenas respondieron.

Su cuerpo había llegado al límite.

Entonces...

El suelo tembló.

Varios esqueletos emergieron de la tierra y se abalanzaron contra los tres mercenarios.

Las figuras del Sol Sangriento retrocedieron de inmediato.

Desde entre los árboles aparecieron tres siluetas envueltas en túnicas grises.

En sus pechos brillaba un emblema de huesos cruzados.

El anciano al frente dio un paso adelante.

—Déjenlo.

Su voz fue tranquila, pero firme.

—No tenemos intención de luchar.

Hizo una breve pausa.

—Pero, si es necesario...

Sus ojos brillaron con un fulgor helado.

—Lucharemos.

Uno de los encapuchados soltó una carcajada áspera.

—Así que la Secta de Hueso también ronda estos lugares.

El líder del Sol Sangriento levantó el frasco de veneno.

—Lamentablemente, no puedo aceptar su petición.

Su voz destilaba odio.

—Ese maldito asesinó a uno de nuestros miembros.

—Y, además...

—Tengo asuntos pendientes con ustedes.

El anciano no mostró sorpresa.

—Era de esperarse del Sol Sangriento.

Una energía oscura brotó de su cuerpo.

La presión mágica se extendió por el bosque como una ola silenciosa.

Su capucha salió despedida hacia atrás.

Su rostro quedó al descubierto.

Pupilas de un azul opaco.

Profundas ojeras negras.

Rasgos casi cadavéricos.

Cabello gris pálido recogido en una coleta.

Lamilla, a su lado, no apartó la vista de Arthur.

Sus ojos púrpura permanecían fijos sobre los brazos huesudos del joven.

Había curiosidad en su mirada.

Y algo más.

Una inquietud imposible de disimular.

El aire se volvió opresivo.

Las hojas dejaron de moverse.

Hasta el Bosque Susurrante pareció contener el aliento.

Arthur, herido y exhausto, permanecía inmóvil entre ambos bandos.

Nadie volvió a moverse.

Durante un breve instante, reinó un silencio absoluto.

Luego, el maná comenzó a desbordarse.

El verdadero combate estaba a punto de comenzar.

Fin del capítulo.

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