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Chapter 121 - Las Sombras del Sendero

—¡Puts, giaaaa! ¡Puts, giaaaa!

El sonido de insectos aplastados y chillidos agónicos se extendía por el Bosque Susurrante.

Cerca del Sendero Perdido, un grupo de no muertos avanzaba entre la maleza, aplastando con sus enormes mazas de hueso todo cuanto se cruzaba en su camino.

Bajo sus pies descarnados, un líquido verdoso se mezclaba con el barro y el pasto seco. Decenas de arañas habían quedado reducidas a una masa informe; sus cuerpos destrozados apenas podían distinguirse entre la tierra.

Al frente de la horda marchaba un rey esqueleto.

Sobre su cráneo descansaba una corona negra y oxidada, marcada por el paso del tiempo. Una vieja capa desgarrada colgaba de sus hombros huesudos, manchada con restos de sangre ennegrecida, como el recuerdo imborrable de las incontables batallas que había librado.

No era un simple no muerto.

Era el vestigio de una época olvidada.

El rey esqueleto descargó su garrote negruzco contra una criatura salida de la peor de las pesadillas.

La Araña de Rayo Amarillo.

La bestia duplicaba el tamaño del no muerto, rozando los cuatro metros de altura. Su cuerpo era delgado y alargado, mientras que sus largas patas se extendían casi tanto como toda su envergadura.

A pesar de su tamaño, estaba completamente acorralada.

Dos de sus patas traseras habían sido destrozadas por los golpes del rey esqueleto y varios de sus ojos habían estallado bajo la brutalidad de los impactos. Un viscoso líquido amarillento se mezclaba con la sangre ácida que cubría el suelo.

Aquel lugar era su nido.

Las raíces de árboles centenarios se habían entrelazado formando una inmensa cúpula natural, transformando el claro en una fría caverna cubierta de telarañas.

Cientos de huevos colgaban del techo, balanceándose lentamente con cada vibración provocada por el combate.

El rey esqueleto levantó su arma con absoluta confianza.

Para él, aquella batalla ya había terminado.

Con una fuerza descomunal descargó un golpe descendente directo hacia la cabeza de su presa.

Pero, antes de que el garrote la alcanzara, una intensa descarga eléctrica recorrió el cuerpo de la araña.

En un instante...

Desapareció.

El garrote golpeó únicamente el suelo.

El estruendo sacudió toda la caverna y abrió un profundo cráter entre las raíces.

Entonces...

Algo cayó sobre el rey esqueleto.

La Araña de Rayo Amarillo había reaparecido.

La criatura se aferró al cuerpo del no muerto con las patas que aún conservaba, aprisionándolo con una fuerza desesperada.

La electricidad volvió a recorrer su cuerpo.

Esta vez no era una simple descarga.

Una llama amarillenta envolvió por completo tanto a la araña como al rey esqueleto.

El aire se impregnó de un penetrante olor a hueso calcinado. El veneno y la sangre ácida comenzaron a evaporarse, formando una espesa nube tóxica que cubrió toda la cueva.

El cuerpo de la araña empezó a brillar.

Cada vez con más intensidad.

Hasta alcanzar su límite.

Y entonces...

Explotó.

La onda expansiva devoró todo a su alrededor.

La Araña de Rayo Amarillo y el rey esqueleto quedaron reducidos a polvo en un instante. Los pequeños esqueletos que habían estado pisoteando las crías tampoco tuvieron oportunidad de sobrevivir.

La cueva entera rugió bajo la fuerza de la explosión.

Las raíces de los árboles centenarios crujieron mientras la tierra temblaba violentamente.

Y, sin embargo, casi por milagro, los capullos suspendidos del techo permanecieron intactos.

Poco a poco, el polvo comenzó a asentarse.

La neblina venenosa se disipó.

Y el silencio regresó al nido.

Un silencio extraño.

Como si el propio bosque aguardara la llegada de alguien.

Hasta que unos pasos rompieron la calma.

No era una persona.

Eran varias.

Venían desde la entrada de la cueva.

Cuatro figuras encapuchadas emergieron lentamente de la oscuridad.

Al llegar al lugar donde antes se alzaba el rey esqueleto, una de ellas se agachó para observar los restos esparcidos por el suelo.

—Qué pena... Era uno de mis juguetes favoritos —dijo con una voz suave, aparentemente femenina.

La figura extrajo un viejo grimorio oculto bajo su abrigo y lo apoyó sobre la tierra.

Al instante, una tenue energía de color cian comenzó a desprenderse de los alrededores, fluyendo lentamente hacia las páginas del libro.

Otra de las siluetas habló con evidente impaciencia.

—Persica, no tenemos tiempo para esto. Nuestra misión era encontrar el cristal de la Araña de Rayo Amarillo.

Su voz destilaba molestia.

—Espero que ese ataque suicida no lo haya destruido. Deberíamos haber acabado con ella nosotros mismos. Fue un error dejar este trabajo en manos de tus juguetitos.

—Lamilla, todavía no sabemos si el cristal fue destruido o no. No saques conclusiones apresuradas —respondió una voz anciana.

El hombre observó los restos de la batalla con calma antes de continuar.

—Además, habría sido demasiado peligroso entrar en su guardia con todas esas toxinas. La marioneta de Persica cumplió su propósito. Si hubiéramos recibido ese último ataque, probablemente ninguno de nosotros seguiría con vida.

—Está bien, maestro... —respondió Lamilla, aunque la inconformidad seguía reflejándose en su tono.

El último integrante del grupo recorrió el bosque con la mirada.

—Me adelantaré. Buscaré el cristal por aquella zona.

Sin esperar respuesta, desapareció entre los árboles.

Persica cerró el grimorio una vez terminó de absorber la energía residual y se puso de pie.

Luego dirigió la mirada hacia Lamilla.

Bajo la capucha apenas podían distinguirse unos ojos de un intenso color púrpura.

—Lo siento, señorita Lamilla. Debí haber terminado con la araña antes.

—Ya, ya... —la interrumpió el maestro con una sonrisa serena—. No te culpes, pequeña.

El anciano apoyó una mano sobre su hombro.

—Es tu primera misión fuera de la secta. Estás aquí para equivocarte, aprender y crecer. Nadie nace siendo un gran nigromante.

Persica bajó la cabeza con humildad.

Lamilla, en cambio, frunció el ceño y cruzó los brazos.

—Aun así, recuerda una cosa.

Persica levantó la vista.

—Nunca subestimes a tus enemigos.

La joven asintió con respeto.

—Lo recordaré, señorita Lamilla.

El anciano contempló a ambas durante unos segundos antes de darse la vuelta.

—Bien. Continuemos. Debemos encontrar ese cristal y regresar a la secta cuanto antes.

Su expresión se volvió más severa.

—También tendremos que informar que no hallamos ningún rastro del lich.

Suspiró con cierta decepción.

—Qué lástima... Me habría gustado llevar una criatura así a la Secta de Hueso.

—Quizá algún aventurero desesperado inventó el rumor para mantener alejados a los demás —comentó Lamilla mientras reanudaba la marcha.

El maestro permaneció pensativo durante unos instantes.

—Puede ser...

Los tres continuaron internándose en la oscuridad del Bosque Susurrante hasta desaparecer entre los árboles.

---

Mientras fuerzas desconocidas se movían entre las sombras del bosque, Arthur acomodaba su equipaje junto a una pequeña fogata.

El crepitar de las llamas rompía el silencio de la noche mientras trabajaba con los restos de las bestias que había cazado durante el día.

De todos aquellos despojos, solo una parte tenía verdadero valor.

El veneno.

Con extremo cuidado sostuvo una de las bolsas venenosas de una araña y realizó un pequeño corte.

No podía permitirse el más mínimo error.

Un movimiento en falso bastaría para que el líquido atravesara sus guantes y acabara con su vida en cuestión de segundos.

Cuando terminó de extraer el veneno, selló el recipiente y lo guardó. Después sacó de su mochila un pequeño cubo negro del tamaño de una nuez.

Concentró una pequeña cantidad de maná en el objeto y lo arrojó al suelo, a unos metros de distancia.

En cuestión de segundos, el cubo comenzó a expandirse.

Su tamaño aumentó hasta alcanzar tres metros de alto por tres de ancho, revelando en su interior el cadáver de una enorme cobra.

Arthur no pudo evitar esbozar una leve sonrisa.

—Realmente es bastante útil. Cuando me hablaron de esto en la tienda de ingeniería mágica no imaginé que terminaría siendo tan importante... Para situaciones como esta, tener uno marca una enorme diferencia.

Después de sacar el cuerpo de la serpiente, volvió a inyectar maná en el dispositivo.

El cubo recuperó su tamaño original y Arthur lo guardó nuevamente.

—Almacén táctico... Qué increíble invento.

Sin perder tiempo, comenzó a desollar a la cobra mientras la carne que había puesto sobre el fuego se cocinaba lentamente.

Aunque el Bosque Susurrante era un lugar extremadamente peligroso, Arthur había tomado todas las precauciones antes de internarse en él.

Antes de partir, compró varios cubos de almacenamiento y una barrera de camuflaje.

Esta no solo ocultaba la presencia de quienes permanecieran en su interior, sino que también aislaba el olor y el sonido. Además, si alguien atravesaba la barrera, él lo percibiría de inmediato.

Gracias a ello había elegido un rincón apartado del Sendero Perdido para pasar la noche.

No era el lugar más cómodo.

Pero sí uno de los más seguros.

---

Al amanecer, Arthur apagó la fogata y guardó cuidadosamente su equipo.

Su objetivo seguía siendo el mismo.

Encontrar cualquier rastro de la caravana desaparecida.

No había avanzado más que unos pocos pasos cuando unas carcajadas quebraron el silencio del bosque.

—Jajaja...

Arthur se detuvo en seco.

Entre los árboles comenzaron a emerger cuatro siluetas encapuchadas.

Sus rostros permanecían ocultos bajo las sombras, pero la tranquilidad con la que caminaban resultaba inquietante, como si aquel bosque les perteneciera.

Uno de ellos soltó una risa.

—Otro aventurero perdido en este lugar... Parece que la suerte decidió sonreírnos otra vez.

Una segunda voz respondió con diversión.

—No esperaba encontrar entretenimiento tan temprano.

La tercera figura inclinó ligeramente la cabeza mientras observaba a Arthur.

—Qué bien... Justo necesitábamos nuevos sujetos para probar nuestros venenos.

Arthur sintió cómo todos los músculos de su cuerpo se tensaban.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

Aquellas voces.

Aquellas túnicas.

Aquella manera de hablar.

Los recuerdos regresaron de golpe.

El claro cubierto de sangre.

Los cuerpos sin vida de los aventureros de rango Plata.

La joven maga retorciéndose en el suelo mientras el veneno consumía lentamente su cuerpo.

Y las risas.

Aquellas malditas risas.

Arthur cerró la mano alrededor de la empuñadura de su espada hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

No había ninguna duda.

Eran ellos.

Los asesinos que habían convertido la muerte en un simple pasatiempo.

Una de las figuras ladeó la cabeza con curiosidad.

—Vaya... Parece que nuestro pequeño aventurero nos tiene miedo.

Nadie respondió.

El bosque volvió a quedar en silencio.

Solo se escuchaba el murmullo del viento entre las copas de los árboles.

Entonces, una sonrisa se dibujó bajo la capucha de la figura encapuchada.

—Entonces dime...

Hizo una breve pausa.

—¿Jugarás con nosotros?

Arthur desenvainó lentamente su espada.

El acero reflejó la tenue luz de la mañana.

No respondió.

No hacía falta.

El bosque ya había decidido quién sería la próxima presa.

Fin del capítulo.

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