Ficool

Chapter 46 - Segunda Temporada: Semi finales Parte 1

El pasillo del estadio estaba iluminado por una hilera interminable de luces blancas que zumbaban suavemente contra el techo de concreto. El suelo frío devolvía un eco hueco cada vez que alguno de los pequeños robots médicos se movía sobre sus ruedas metálicas.

Pero en medio de ese corredor, sentado contra la pared, Hades no escuchaba realmente nada de eso.

El ruido del estadio llegaba desde muy lejos.

Como si estuviera bajo el agua.

Miles de voces gritaban, celebraban, discutían lo que acababa de ocurrir en la arena, pero todo aquello llegaba hasta él distorsionado, amortiguado, convertido en una vibración profunda que parecía golpear lentamente las paredes de su cráneo.

Hades tenía la espalda apoyada contra el concreto.

Su respiración era irregular.

Pesada.

Cada inhalación raspaba su pecho como si el aire pesara más de lo normal.

Sus piernas estaban abiertas frente a él, y sus brazos descansaban sobre sus rodillas. Durante un largo momento permaneció completamente inmóvil.

Luego bajó la mirada.

Su mano izquierda estaba manchada de sangre.

La venda había comenzado a oscurecerse otra vez donde la herida se había abierto durante el combate. La tela blanca estaba empapada en algunos puntos, y pequeñas gotas rojas se habían deslizado entre sus dedos hasta secarse sobre su piel.

Hades observó su propia mano.

Durante unos segundos no parpadeó.

Su mente no estaba en el pasillo.

Ni en el estadio.

Ni en el festival.

Estaba en un parque.

La imagen volvió con una claridad que le apretó el pecho.

La hierba húmeda.

La luz amarilla de la farola.

La chapa de All Might brillando entre las hojas.

Y el pequeño cuerpo tendido en el suelo.

— Yūgure...

El nombre apareció en su mente como un susurro persistente que no lograba desaparecer, y Hades apretó lentamente los dedos mientras la piel se tensaba alrededor de la sangre seca que manchaba sus vendas. Recordó con una claridad insoportable el momento exacto en que había levantado la mano para intentar tocarlo, la forma en que sus dedos habían atravesado el recuerdo como si se tratara de humo, y la sensación de impotencia que lo había atravesado cuando comprendió que no podía alcanzarlo, que no podía decir nada, que no podía cambiar absolutamente nada de lo que ya había ocurrido.

Sus dedos se cerraron un poco más sobre sí mismos, y el sonido del vendaje tensándose fue tan leve que casi se perdió en el silencio del pasillo.

—Por favor coopere —dijo el pequeño bot a su lado—. Debemos trasladarlo a la enfermería.

Otro de los pequeños robots se colocó frente a él, su pantalla azul parpadeando mientras extendía un brazo metálico hacia su hombro.

—Su estado físico requiere tratamiento.

Otro robot se acercó desde el lado opuesto.

—La pérdida de sangre es significativa.

Hades no respondió ni levantó la cabeza; sus ojos permanecían clavados en su propia mano mientras el eco del parque volvía a filtrarse en su mente con una claridad cruel. Podía escuchar otra vez los golpes, los gritos, y aquella voz quebrada que lo llamaba desde el suelo con una desesperación que aún parecía atravesarle el pecho.

—Haru... to... no te vayas...

Su respiración comenzó a volverse irregular, más pesada, y su pecho subía y bajaba lentamente como si el aire mismo se resistiera a entrar en sus pulmones. El niño había confiado en él. Habían prometido convertirse en héroes. Habían compartido pan duro en un banco frío mientras miraban el cielo creyendo que algún día todo sería distinto, que el mundo sería un lugar donde nadie tendría que pasar hambre ni estar solo.

Y cuando el mundo finalmente había exigido algo de él...

Hades cerró los ojos con fuerza.

Había corrido.

Un pequeño sonido metálico vibró cerca de su rodilla cuando uno de los robots volvió a intentar intervenir.

—Por favor coopere.

—Debe recibir tratamiento.

—Debe—

—Después... —murmuró Hades finalmente.

Su voz salió baja, tan baja que el robot tardó un segundo en procesarla.

Hades inclinó ligeramente la cabeza hacia adelante mientras su respiración seguía siendo pesada y errática, y dentro de su mente las imágenes se mezclaban unas con otras como fragmentos de vidrio roto: el parque, los golpes cayendo una y otra vez, el bastón de Momo descendiendo durante el combate, las lágrimas en su rostro, el pequeño cuerpo interponiéndose entre ambos, el abrazo, y todas las palabras que nunca había sido capaz de decir.

La culpa se acumulaba dentro de su pecho como un peso invisible que parecía presionar cada uno de sus huesos desde el interior.

Sus dedos se cerraron con más fuerza.

La sangre volvió a filtrarse entre las vendas.

El nombre regresó a su mente otra vez, repitiéndose como un eco que no lo dejaba respirar.

Hades inclinó la cabeza todavía más, hasta que su frente estuvo a punto de tocar sus propias manos, mientras a su alrededor el pasillo permanecía silencioso y los robots intercambiaban pequeños sonidos electrónicos entre ellos, indecisos sobre qué hacer.

Haruto tampoco había dicho nada.

Desde que el recuerdo terminó.

Desde que habían salido del cuadrilátero.

Ni una sola palabra.

El silencio dentro de su mente era tan pesado como el del pasillo, tan profundo que por un momento Hades casi creyó que estaba completamente solo.

Entonces el ruido del estadio volvió a vibrar a lo lejos, un rugido formado por miles de voces que estalló como una tormenta distante. Incluso así, aquel sonido parecía pertenecer a otro mundo, uno del que Hades ya no se sentía parte.

Ya no se sentía un dios.

No se sentía invencible.

No se sentía fuerte.

Sentado contra aquella pared fría, con la sangre filtrándose lentamente entre las vendas y el eco de un nombre repitiéndose dentro de su cabeza, Hades no era más que el mismo niño cobarde que había corrido entre los árboles de un parque.

El niño que había dejado a su amigo atrás.

Fue entonces cuando los altavoces del estadio estallaron de pronto, atravesando el concreto del edificio.

—¡Atención, damas y caballeros!

La voz amplificada de Midnight vibró a través de los pasillos, haciendo que Hades levantara la cabeza apenas un poco.

—¡El siguiente combate está a punto de comenzar!

El murmullo del público creció como una marea por el concreto mientras la voz de Midnight continuaba.

—¡Y esta vez... dos de los luchadores más explosivos de esta generación chocarán por el puesto en la gran final del Festival Deportivo de la U.A.!

El estadio explotó en gritos, aplausos y expectativa, aunque esa energía seguía atravesada por una incomodidad reciente: la multitud aún recordaba al niño aparecido de la nada, las lágrimas de Momo y su retirada silenciosa. Aun así, el combate que venía era demasiado grande, demasiado prometedor y demasiado violento como para no arrastrarlos de nuevo al rugido.

La voz de Midnight volvió a atravesar el estadio.

—¡En la esquina derecha... Katsuki Bakugo!

La multitud respondió con una explosión de energía.

—¡Y en la izquierda... Hades!

Su nombre atravesó el estadio entero mientras miles de voces lo repetían al mismo tiempo, y el eco de ese rugido llegó hasta el pasillo donde Hades seguía sentado. Sin embargo, para él todo aquello seguía sonando lejano, como si lo estuviera escuchando desde el fondo de un lago.

Hades volvió a mirar su mano vendada y la cerró con fuerza. La mancha, antes seca, se humedeció desde el centro de su palma.

Cada respiración apretaba su pecho un poco más mientras el ruido del estadio seguía creciendo y la multitud gritaba con una energía cada vez mayor, esperando el combate que decidiría quién avanzaría a la final.

Finalmente se puso de pie. Sus rodillas temblaron ligeramente mientras el peso de sus errores seguía aplastándole el pecho, y aun así Hades comprendió que ya no caminaba hacia una pelea. Sentía que estaba caminando hacia un juicio.

Cuando dio el primer paso, el sonido de sus botas contra el concreto resonó dentro de su mente como un eco expandiéndose a través de un vacío infinito. Ese espacio silencioso parecía superponerse al rugido ensordecedor del estadio, anulándolo sin borrarlo del todo.

Mientras avanzaba por el pasillo, los pequeños robots médicos se movían frente a él intentando bloquearle el camino, sus pantallas azules parpadeando con insistencia mientras repetían advertencias programadas que hablaban de lesiones abiertas, pérdida de sangre y protocolos médicos que exigían su retirada inmediata.

—Recovery Girl exige su presencia, Recovery Girl exige su presencia —repetía uno de los robots, tratando de detener sus pasos.

—No estás en condiciones.

—Acompáñenos a la enfermería.

Hades no respondió a ninguna de esas advertencias.

Continuó caminando hasta que finalmente alcanzó el arco que conectaba el túnel con la arena del estadio. Al cruzarlo, la luz de la tarde lo golpeó con fuerza en los ojos y durante un breve instante todo se volvió blanco ante su vista. El brillo del cielo abierto descendía sobre el campo como un foco gigantesco, pero incluso esa cegadora claridad no consiguió detener sus pasos. Sus ojos tardaron apenas un segundo en adaptarse mientras seguía avanzando hacia el cuadrilátero.

En el centro del estadio, Bakugo ya estaba allí.

El sudor empapaba su uniforme deportivo y pequeñas chispas saltaban de vez en cuando entre sus dedos mientras abría y cerraba las manos, como si su propio cuerpo estuviera ansioso por liberar la energía acumulada. Su respiración era intensa, pero la sonrisa que se dibujaba en su rostro no tenía nada de cansancio. Era la sonrisa de alguien que llevaba esperando ese momento desde el comienzo del torneo.

La multitud respondió con un rugido inmediato cuando lo vio.

Miles de voces gritaban desde las gradas, y el ambiente del estadio se llenó de una tensión eléctrica que parecía vibrar en el aire. El público sabía perfectamente lo que estaba a punto de ocurrir. Dos de los combatientes más destructivos de su generación estaban a punto de enfrentarse, y nadie dudaba de que el cuadrilátero terminaría convertido en escombros antes de que uno de ellos quedara en pie.

Entonces Hades apareció en la arena. No corrió hacia el centro del campo, no levantó la mirada hacia las gradas ni respondió al rugido del público; simplemente avanzó con la cabeza apenas inclinada, el cabello oscuro cayéndole sobre el rostro y la venda de la mano izquierda teñida ya de un carmesí apagado.

Su expresión era completamente vacía, una quietud emocional tan absoluta que contrastaba violentamente con la tormenta de energía que dominaba el estadio.

Desde el otro extremo, Bakugo lo observó con el ceño fruncido.

Había esperado ese combate.

Había imaginado ese momento muchas veces.

Pero lo que estaba viendo no coincidía con nada de lo que había anticipado.

—Oye, bastardo —gritó finalmente, su voz cargada de esa agresividad natural que parecía formar parte de su respiración—. He esperado por esta revancha durante mucho tiempo.

Mientras hablaba, su cuerpo adoptó una postura de combate casi instintiva. Flexionó ligeramente las rodillas y llevó ambas manos hacia atrás, listo para impulsarse en cualquier dirección con una explosión si la pelea comenzaba de forma abrupta.

Hades no respondió. No ajustó la postura, no tensó las piernas, no dio ninguna señal de querer disputar el ritmo. Mucho menos separó la vista del suelo. Se limitó a detenerse frente a él y levantar los puños con una lentitud que parecía más mecánica que consciente.

Desde las gradas, algunos murmullos comenzaron a recorrer al público.

Midnight observó la escena desde el borde del campo mientras hacía girar lentamente su fusta entre los dedos, evaluando el extraño silencio que parecía haberse instalado entre los dos combatientes.

—¿Concursantes listos? —anunció finalmente.

El estadio contuvo la respiración.

Midnight levantó el brazo y dejó que una breve pausa se extendiera en el aire antes de pronunciar la orden.

—¡Peleen!

Bakugo se movió en el mismo instante.

Una explosión estalló desde sus palmas y su cuerpo salió disparado hacia adelante con una velocidad brutal, como si el aire mismo hubiera sido empujado fuera de su camino. Mientras avanzaba, su mano derecha ya se movía hacia adelante preparada para corregir su trayectoria si Hades intentaba esquivar o responder con algún contraataque.

Pero Hades no hizo ninguna de esas cosas.

En lugar de retroceder, dio un paso hacia adelante.

El golpe de Bakugo se estrelló contra su rostro con un impacto seco que resonó en todo el estadio. El sonido del golpe fue lo suficientemente fuerte como para cortar momentáneamente el rugido del público mientras la cabeza de Hades se inclinaba hacia un lado por la fuerza del impacto.

Durante un segundo, el tiempo pareció quedarse suspendido, hasta que Hades volvió a enderezarse, acomodándose los lentes con una mano.

Al hacerlo, un temblor breve le cruzó la mandíbula y el vidrio de sus lentes vibró sobre el puente de su nariz.

Bakugo frunció el ceño, pero antes de que pudiera procesar completamente lo que acababa de ocurrir, lanzó otro golpe, esta vez dirigido directamente al estómago. El impacto volvió a conectar con una precisión brutal, haciendo que el cuerpo de Hades se sacudiera hacia atrás. Pero incluso entonces, Hades no reaccionó como debería hacerlo un combatiente. El aire se le cortó en seco. Por un instante, el abdomen se le contrajo de forma violenta y un espasmo le dobló apenas la cintura, pero aun así volvió a erguirse.

No retrocedió para recuperar distancia, no levantó la guardia y ni siquiera intentó activar su quirk.

En lugar de eso, continuó avanzando lentamente, como si cada golpe fuera algo que estaba dispuesto a aceptar.

Intentó lanzar un golpe propio.

Su puño se movió hacia el rostro de Bakugo con una velocidad sorprendentemente lenta. El movimiento salió tarde, mal alineado, arrastrando la torpeza de un cuerpo que empezaba a resentir cada golpe acumulado.

Bakugo se inclinó apenas unos centímetros hacia un lado y el ataque pasó completamente de largo. El siguiente golpe de Bakugo conectó directamente contra su mandíbula.

La multitud empezó a murmurar con confusión.

Bakugo retrocedió medio paso mientras observaba a Hades con una expresión cada vez más irritada. Había peleado contra muchos oponentes en su vida, algunos débiles y otros peligrosos, pero jamás había visto a alguien enfrentarse a él de esa manera.

—¿Qué demonios estás haciendo? —gruñó finalmente, preparando otro golpe.

Hades no respondió.

Sus puños se levantaron otra vez y volvió a avanzar hacia él.

Bakugo insistió con una secuencia brutal de golpes cortos, rodillazos y ataques compactos que hicieron temblar el cuerpo de Hades sin arrancarlo de esa quietud enferma. Cada impacto lo sacudía; cada vez parecía que por fin iba a caer o reaccionar, y sin embargo volvía a enderezarse. No era resistencia limpia ni instinto de combate, sino una autodestrucción obstinada que convertía cada paso hacia adelante en una manera de seguir castigándose por algo que solo él podía ver.

Desde las gradas comenzó a crecer un murmullo extraño, un rumor inquieto que no se parecía al entusiasmo que normalmente acompañaba los combates del festival. Los espectadores habían venido esperando una pelea explosiva, un intercambio brutal entre dos combatientes conocidos por su capacidad destructiva, pero lo que estaban viendo se parecía demasiado a otra cosa.

Bakugo giró sobre sí mismo y lanzó una patada lateral que impactó contra las costillas de Hades con suficiente fuerza como para empujarlo medio paso hacia un lado. El golpe habría derribado a muchos de los estudiantes que habían participado en el torneo, pero Hades apenas reaccionó. Esta vez tardó más en volver a erguirse. La respiración le salió torcida, con un silbido áspero, y durante un instante una de sus manos pareció buscar el costado herido antes de volver a cerrarse en puño.

Hades intentó responder con un golpe torpe, lento, sin velocidad ni verdadera intención, y Bakugo lo esquivó con una facilidad humillante. La respuesta llegó de inmediato con un puñetazo descendente que cayó directamente sobre la mejilla de Hades. Esta vez algunas gotas de sangre escaparon de su labio y cayeron sobre las baldosas blancas del cuadrilátero. Al volver la cabeza, tardó un instante más en reenfocar. Uno de los lentes se le desalineó apenas, y el mundo pareció inclinarse un segundo antes de volver a ordenarse.

—¿Está... dejándose golpear? —preguntó alguien en las gradas.

—No... eso no tiene sentido —respondió otro espectador—. Ese tipo peleó como un demonio antes.

En la sección reservada para los estudiantes de la clase 1-A, varias miradas se cruzaron con incomodidad.

Tsuyu inclinó apenas un poco la cabeza mientras observaba la pelea con sus ojos grandes y atentos.

—Esto no se ve bien, kero. Hades no está intentando defenderse.

A su lado, Kaminari se inclinó hacia adelante sobre la baranda con el ceño fruncido.

—No es solo eso... ni siquiera está reaccionando. Es como si estuviera... aceptando los golpes.

Kirishima, con los brazos cruzados sobre el pecho, apretó los dientes mientras veía cómo Bakugo conectaba otro puñetazo directo al rostro de Hades.

—Eso no está bien —gruñó, claramente incómodo con la escena—. Una pelea debería ser un choque entre dos personas que se enfrentan de verdad. Esto se siente... raro.

Hades volvió a intentar responder.

Su puño se levantó otra vez, esta vez dirigido hacia el estómago de Bakugo.

El movimiento volvió a ser lento.

Predecible.

Bakugo atrapó su muñeca en el aire con un gesto rápido y la apartó hacia un lado mientras su otra mano se estrellaba contra el rostro de Hades con un puñetazo ascendente. Soltó su muñeca y retrocedió un paso.

Cuando Hades volvió a levantar los puños, lo hizo con una fracción de segundo de retraso. El hombro izquierdo ya no subía igual, y la mano vendada tembló apenas antes de cerrarse otra vez.

En la pantalla gigante que transmitía el combate hacia el resto del estadio, el rostro de Hades apareció por un instante en primer plano. La sangre que salía de su labio se mezclaba con el sudor que corría por su piel, y aun así su expresión seguía siendo exactamente la misma: vacía, distante, como si el combate que se desarrollaba ante miles de personas no tuviera nada que ver con él.

En los vestidores femeninos, varias estudiantes se habían reunido frente a una de las pantallas que transmitían el combate.

Ochako estaba de pie con las manos apretadas contra el pecho mientras observaba la escena con evidente preocupación.

—Esto... no está bien —murmuró.

Akemi permanecía apoyada contra la pared con los brazos cruzados, su mirada fija en la pantalla mientras analizaba cada movimiento con una intensidad silenciosa. Su expresión, normalmente relajada, se había endurecido.

En ese momento la puerta del vestidor se abrió.

Momo entró todavía con el cabello ligeramente húmedo después de haberse lavado el rostro. Su mirada fue arrastrada hacia la pantalla por el sonido del combate, justo a tiempo para ver como el puño de Bakugo volvía a impactar contra el rostro de Hades.

Momo frunció el ceño.

—¿Qué está...?

Pero no terminó la frase.

En el cuadrilátero, Bakugo observó cómo Hades seguía de pie, pero ya no había nada limpio en su postura. La sangre le marcaba el labio y el mentón, la respiración le salía corta, y una de sus piernas parecía absorber el peso con más dificultad que la otra. Aun así, seguía avanzando.

La distancia entre ambos se había reducido a poco más de un brazo. A esa distancia, Bakugo podía ver con claridad cada corte abierto en su cara y esa mirada hundida que parecía estar mirando cualquier cosa menos a su oponente.

Su mandíbula se tensó.

Durante un segundo pareció que iba a golpearlo sin decir nada más.

Pero entonces el aire alrededor de su mano derecha chisporroteó y explotó apenas.

No era una detonación grande, ni una de esas explosiones que levantaban el suelo o lanzaban a alguien a través del aire. Era un estallido corto, comprimido, diseñado para transferir todo el impacto hacia el puño.

La explosión empujó su brazo hacia adelante y el puñetazo se estrelló contra el rostro de Hades con un sonido seco que se expandió por todo el estadio.

—¿Acaso eso es todo? —escupió con desprecio mientras su mano derecha volvía a chisporrotear—. ¡Así es como piensas pelear!

Bakugo siguió descargando sobre él una serie de golpes cortos reforzados por pequeñas explosiones, demasiado contenidas para destrozarlo de inmediato, pero suficientes para sacudirle el cuerpo una y otra vez.

Hades no intentaba bloquear, esquivar ni responder. En su rostro solo quedaba una quietud amarga, una especie de desinterés hostil que volvía todavía más insoportable su inmovilidad.

Al ver esa expresión, Bakugo recordó de golpe cómo había peleado Hades hasta entonces: con agresividad, con hambre, con una violencia que se parecía demasiado a la suya. Había esperado que esa revancha lo llenara de emoción. Pero la actitud de Hades le revolvía el estómago.

Otra chispa estalló en su palma y el puño de Bakugo volvió a salir disparado hacia adelante. Los impactos se sucedieron en una cadencia brutal, cortos y secos, reforzados por explosiones demasiado pequeñas para matar, pero suficientes para sacudir a Hades una y otra vez.

—¡Un héroe no baja la cabeza mientras pelea! —gruñó, cada palabra cargada de irritación.

El siguiente golpe fue acompañado por otra explosión corta que empujó su puño hacia el pecho de Hades, haciendo que el torso del muchacho se sacudiera por la fuerza del impacto.

—¡Un héroe no entra a un combate para dejarse aplastar!

Bakugo volvió a detonar su palma y lanzó otro puñetazo directo a la mandíbula. El impacto levantó pequeñas partículas de polvo del suelo del cuadrilátero mientras el rostro de Hades se inclinaba hacia atrás.

Su respiración era pesada ahora, no por cansancio sino por la rabia que se estaba acumulando en su pecho. Cada inhalación inflaba sus pulmones como si estuviera tragando fuego, y cada exhalación salía entre dientes apretados mientras pequeñas chispas estallaban en sus palmas. Sus manos se abrían y cerraban con un crujido seco, como si sus propios huesos estuvieran protestando por la tensión que cargaba en los brazos.

Frente a él, Hades seguía de pie, pero vacío.

La sangre de los cortes en su rostro se había mezclado con el sudor que corría por su barbilla. Sus hombros estaban caídos, su guardia levantada sin convicción, y su mirada perdida en algún punto del suelo como si el combate que estaba ocurriendo frente a miles de personas no tuviera nada que ver con él.

Bakugo lo observó durante un segundo largo.

Luego su mano derecha explotó.

El golpe salió disparado hacia el abdomen de Hades acompañado por una detonación corta que comprimió el aire alrededor del puño. El impacto fue brutal, lo suficiente como para hacer vibrar el torso del muchacho.

Bakugo dio un paso más hacia adelante.

Toda su atención estaba en la figura frente a él.

—Déjame preguntarte algo... —gruñó finalmente, su voz baja y áspera mientras otra chispa estallaba entre sus dedos—. ¿Para qué demonios entraste a esta academia?

La siguiente explosión acompañó un puñetazo directo al estómago.

El impacto le arrancó un gruñido y una bocanada de saliva.

—Todos los que están aquí lo saben —continuó mientras su mano izquierda volvía a estallar—. Nadie entra a la U.A. por accidente.

El golpe impactó en las costillas.

—Todos vienen por lo mismo...

Esta vez el puño descendió contra el hombro de Hades.

—¡Todos queremos convertirnos en héroes!

La mano de Bakugo salió disparada y le atrapó el rostro desde los pómulos, obligándolo a alzar la cabeza a la fuerza.

—¡Te dije que me mirases cuando te hablo!

Fue entonces cuando Bakugo se encontró de frente con el vacío de su mirada. En aquellos ojos carmesí no quedaba nada que se pareciera a la rabia, al orgullo o siquiera al dolor; solo una ausencia helada, algo que lo enfureció más que cualquier insulto.

—¡Entonces dime algo! —gritó, exigiendo que él se centrase—. ¿Por qué demonios estás aquí si vas a actuar así?

Hades se tambaleó un paso, absorbió el golpe, volvió a enderezarse y levantó los puños otra vez.

Su palma volvió a estallar, y el siguiente golpe se hundió en el pecho de Hades con una explosión breve que le sacudió el torso.

—¿Crees que esto es un juego? —escupió Bakugo, soltándolo del rostro—. ¡Esto no es un maldito juego!

Bakugo respiró hondo, sus ojos ardiendo de ira y convicción.

—¡Un héroe pelea! —rugió al fin—. Un héroe no sube aquí para dejar que lo despedacen. ¡Un héroe pelea con todo lo que tiene, incluso cuando sabe que puede perder!

Le sujetó los hombros con ambas manos, el calor acumulándose en sus palmas como una amenaza contenida.

—Pero tú... —murmuró, apretando su agarre—. Ni siquiera te dignas a hacer un movimiento.

El silencio en el estadio se volvió denso.

Bakugo levantó su mano derecha, apretándola con furia detrás de él.

Pero esta vez no golpeó de inmediato.

Sus ojos se clavaron en el rostro de Hades con una intensidad brutal.

—¡Así que respóndeme de una vez! —exigió, con la mano brillando de naranja detrás del cuerpo—. ¿Para qué demonios viniste a este lugar?

Fue entonces cuando, por primera vez desde que el combate había comenzado, Hades levantó la mirada por sí mismo, consciente de que su cuerpo ya estaba al borde. La respiración le salía rota, los hombros habían perdido firmeza y el simple acto de mantenerse erguido parecía exigirle una voluntad que no le quedaba para nada más.

Durante un instante, el estadio desapareció de la mente del muchacho y sus pupilas se dilataron de inmediato.

En su lugar apareció un parque frondoso y cálido, donde los columpios viejos crujían suavemente y los asientos, cubiertos de pintura descascarillada, parecían restos de una infancia demasiado lejana.

Un niño pequeño estaba de pie frente a él levantando orgullosamente una pequeña chapa de All Might que brillaba bajo el sol de la tarde.

—¡Vamos a ser héroes!

La voz del niño se filtró en su memoria con una claridad dolorosa.

—¡Seremos el mejor dúo de héroes de todos los tiempos!

El recuerdo golpeó su pecho con más fuerza que cualquiera de los puñetazos que había recibido.

En el presente, Bakugo vio cómo la mirada de Hades finalmente se levantaba; sus labios se separaron y, con una exhalación profunda, por fin respondió:

—Yo... quiero ser un héroe.

Aquella confesión, arrancada con esfuerzo desde lo más hondo de su pecho, hizo estallar la rabia de Bakugo. El aire alrededor de su brazo se comprimió mientras su puño avanzaba como si hubiera sido disparado desde un arco.

—¡Entonces deja de comportarte como un maldito cadáver!

El golpe desgarró el aire en línea recta directo hacia el mentón de Hades con la explosión empujando todo el peso del impacto.

—¡Porque ahora mismo...!

El puño conectó.

La detonación retumbó en el aire.

—¡Tú no eres un héroe!

El cuerpo de Hades cayó de espaldas sobre el cuadrilátero con un golpe seco que resonó en todo el estadio.

Durante un instante, el mundo pareció detenerse.

Nadie gritó.

Nadie habló.

Los lentes rodaron por las baldosas blancas hasta detenerse varios metros más allá.

En los vestidores femeninos, Momo apartó lentamente la mirada de la pantalla. Sus manos se cerraron sobre sus piernas mientras se sentaba junto a Ochako sin decir una sola palabra, recordando con una claridad dolorosa los días en que Hades caminaba por el parque mientras el pequeño Yūgure corría detrás de él hablando sin parar sobre héroes, sueños y promesas que parecían imposibles de romper.

En el cuadrilátero, el cuerpo de Hades permanecía inmóvil.

En el cuadrilátero, el cuerpo de Hades permanecía inmóvil.

La oscuridad no lo recibió con silencio, sino con el eco del golpe.

Primero fue eso: la sensación brutal de haber sido arrancado del mundo por un puño que todavía seguía subiendo a través de su mentón, de su cráneo, de sus recuerdos. Luego vino la caída. No una caída física, sino algo más sucio y más profundo; una pérdida de peso y dirección, como si el suelo hubiera dejado de existir y su conciencia descendiera a través de una grieta abierta entre sus propios huesos. Cuando Hades volvió a abrir los ojos, el estadio ya no estaba allí. No había cuadrilátero, ni gradas, ni rugido del público. Solo quedaba la Galería.

Se extendía ante él como un corredor inmenso, cubierto por una penumbra densa que parecía respirar. Los cuadros colgaban a ambos lados como heridas clavadas en la pared: marcos altos, viejos, algunos intactos, otros resquebrajados, todos cargados con escenas de su vida que no necesitaban moverse para seguir estando vivas.

Más al fondo, cubiertos por telas rojas que caían como carne abierta, estaban los que aún no podía mirar de frente. El aire era frío, pero no con el frío del invierno; era el frío de los sitios donde una verdad lleva demasiado tiempo esperando.

Hades respiró hondo, y el aire le raspó la garganta incluso allí.

Al otro lado del corredor, de pie bajo la luz pálida que descendía desde ninguna parte, estaba Haruto.

Su sola existencia allí bastaba para revolverle el estómago a Hades con una violencia peor que cualquier golpe de Bakugo. Era él, y no lo era. El mismo rostro, la misma raíz en los ojos, la misma herida vieja convertida en otra forma de vida. Durante un segundo ninguno de los dos habló. Se limitaron a mirarse con ese odio íntimo que solo puede existir entre dos mitades obligadas a compartir la misma culpa.

Hades fue el primero en moverse.

No caminó hacia él. Fue directamente a por él.

El impacto del primer puñetazo no sonó como debería haber sonado un golpe en un lugar sin carne ni hueso reales, pero aun así resonó en la Galería como si hubiera estallado dentro de un ataúd. Haruto retrocedió un paso, no por debilidad, sino por la violencia desesperada con la que Hades se le vino encima.

El segundo golpe salió todavía peor, cargado con años enteros de rabia mal tragada. Luego llegó un tercero, y otro más, y otro, y pronto ya no parecía una pelea, sino un derrumbe humano tomando forma de puños.

—¡Cobarde! —le escupió Hades, agarrándolo del cuello de la camisa para estrellarlo contra uno de los marcos—. ¡Cobarde de mierda! ¡Lo dejaste allí! ¡Lo escuchaste gritar tu nombre y huiste como una rata!

Haruto le devolvió el empujón con la misma violencia, y por un instante ambos se trabaron el uno contra el otro como perros peleando por el mismo pedazo de carne podrida. Hades intentó volver a golpearlo, pero Haruto esta vez sí respondió, y su puño le cruzó el rostro con una fuerza que lo hizo tambalearse.

—¡Y qué quieres que te diga! —rugió Haruto, con la respiración rota—. ¿Que no lo sé? ¡Que no escuchaba su voz cada vez que cerraba los ojos!

Hades volvió a lanzarse, y esta vez ambos cayeron al suelo entre el eco de marcos estremecidos. La tela roja de uno de los cuadros cercanos se agitó como si algo detrás quisiera salir. Hades alcanzó a montarse sobre él y le descargó otro golpe, luego otro, con una furia tan desordenada que ya no distinguía entre castigo y súplica.

—¡Tú corriste! —le gritó con la voz desgarrada—. ¡Tú lo dejaste morir! ¡Tú lo abandonaste!

Hades intentó apartarse, incorporarse de una vez y romper ese contacto, pero entonces vio a Haruto jadeando debajo de él, mirándolo con una expresión que no era de defensa, sino de cansancio.

Y esa expresión fue peor.

Porque no había orgullo en ella. No había justificación. No había siquiera rabia suficiente para oponerle un muro. Solo había dolor. Un dolor viejo, gastado, humillante. El mismo que Hades había querido arrojarle encima durante tanto tiempo como si pudiera librarse de él pasándoselo a otro.

Haruto le aferró la camisa y lo mantuvo allí, encima de él.

Hades apretó los dientes y trató de zafarse, pero Haruto no lo soltó. No tenía la violencia seca de Hades ni esa crueldad afilada que él usaba para herir; lo suyo era otra cosa, una desesperación más triste, más humana, y precisamente por eso resultaba más difícil de soportar.

—Me golpeas como si yo hubiera elegido dejarlo allí —continuó Haruto, respirando mal, cada palabra saliéndole como un trozo de carne arrancada—. Me escupes encima todo esto como si fueras distinto, como si fueras mejor, como si tú hubieras sido otra cosa en ese parque. Pero no estabas afuera mirándome correr, ¿entiendes? ¡Tú eras yo! ¡Tú estabas ahí conmigo! ¡Tú tuviste miedo conmigo!

La última frase no sonó como una acusación. Sonó peor. Sonó como una verdad sucia que llevaba demasiado tiempo encerrada.

Haruto negó una vez, todavía respirando mal.

—No. —La respuesta salió baja, pero firme—. No voy a callarme para que sigas usándome como escondite.

Haruto lo sostuvo con la mirada, respirando fuerte, con el dolor todavía temblándole en el cuerpo, pero sin bajar los ojos. Cuando volvió a hablar, ya no había rabia en su voz. Había algo peor.

—Cada vez que me llamas cobarde, escupes tu propio nombre.

Las palabras le pegaron a Hades peor que cualquiera de los golpes.

—¡Tú fuiste el que lo dejó! —volvió a rugir, aunque la voz ya no le salió con la misma solidez—. ¡Tú fuiste el cobarde! ¡Tú...!

Pero la frase se le deshizo en la boca.

Porque incluso antes de terminarla, ya la estaba oyendo de vuelta dentro de sí, rebotando por toda la Galería como si los marcos, las telas rojas y los recuerdos colgados en las paredes se la devolvieran con una crueldad exacta.

Y en cada eco, la mentira se volvía más difícil de sostener.

Hades logró soltarse al fin y retrocedió un paso torpe. Haruto tardó un instante más en incorporarse, pero cuando ambos volvieron a quedar frente a frente, la distancia entre los dos ya no tenía nada de pelea limpia. Aun así Hades avanzó, como si la pura obstinación pudiera sostenerlo allí donde la rabia empezaba a fallarle. Sin embargo, cuando intentó cerrar la mano, los dedos no obedecieron.

Fue entonces que la Galería crujió.

No fue un sonido grande. Fue algo peor. Un gemido seco, profundo, como si la madera vieja de los marcos se hubiera tensado al mismo tiempo bajo una verdad que ya no quería seguir encerrada. A ambos lados del corredor, varias pinturas vibraron apenas dentro de sus marcos. Una de las telas rojas del fondo tironeó con violencia, sacudiéndose sobre el cuadro que cubría, y entonces Hades volvió a escuchar su propia voz.

Cobarde.

La palabra no salió de su boca esta vez. Le volvió desde las paredes. Esta vez ya no sonaba como un insulto. Sonaba como una sentencia.

Hades se dobló apenas, llevándose una mano al abdomen como si aquello pudiera contener la náusea, y cuando trató de enderezarse otra vez, el corredor entero pareció inclinarse un segundo bajo sus pies.

—Cállate... —alcanzó a escupir, pero la orden salió rota, sin la fuerza brutal de antes.

Haruto se quedó donde estaba, respirando mal, con el dolor todavía marcado en la cara y en la forma en que sostenía el cuerpo, pero sus ojos no se apartaron de él.

—Atrévete —murmuró, con una dureza triste que hizo más daño que un grito—. Atrévete a llamarme cobarde otra vez.

La frase le atravesó el pecho a Hades con una violencia absurda.

Quiso responderle de inmediato. Quiso lanzarse otra vez sobre él. Quiso volver a odiarlo con toda la comodidad salvaje de antes, pero el cuerpo ya no iba al mismo ritmo que su rabia. Volvió a levantar el brazo y esta vez el hombro le tembló visiblemente. La mano no terminó de cerrarse. Los nudillos apenas se tensaron antes de aflojarse otra vez, y esa debilidad mínima, ridícula, humillante, le revolvió el estómago más que cualquier golpe recibido afuera.

El corredor volvió a crujir.

Hades apretó los dientes hasta sentir dolor en la mandíbula. Miró a Haruto, luego miró su propia mano a medio cerrar, y en ese gesto incompleto entendió algo que todavía no podía decir, pero que ya le estaba pudriendo la garganta desde adentro. No era claridad. No era alivio. Era asco. Asco de seguir empujando aquella culpa hacia adelante cuando el lugar entero, su cuerpo entero, la Galería entera, no hacían más que devolvérsela.

Se quedó allí, suspendido, temblando.

—No... —escupió Hades, con la respiración rota, negando una verdad que ya le estaba trepando por la garganta como bilis—. No. Tú... tú fuiste...

La frase volvió a pudrirse antes de nacer.

El puño, que había alzado con la intención de descargarlo sobre Haruto, empezó a temblarle con una vibración miserable, casi vergonzosa. Los dedos no terminaron de cerrarse; quedaron tensos a medias, como si incluso su propia mano se negara a seguir esa mentira hasta el final. El corredor crujió alrededor de ambos. Haruto se quedó quieto, con el pecho subiendo y bajando, viéndolo como se mira a alguien que se está ahogando en un pozo que cavó con sus propias manos.

—Entonces... dilo...—murmuró al final, con una voz baja, cansada, infinitamente más cruel por no necesitar gritar—. Si todavía quieres seguir llamándome cobarde, dilo mirándote.

Las palabras le entraron a Hades peor que cualquier golpe.

Quiso responderle con furia, pero cuando abrió la boca solo salió aire. Lo intentó otra vez, apretando tanto la mandíbula que sintió un pinchazo seco cerca del oído. Su voz apareció entonces, pero no como él la quería: apareció rota, temblorosa, convertida en una réplica miserable de la rabia que intentaba sostener.

—Tú... —murmuró, y el eco se lo devolvió de inmediato.

Hades dio un paso atrás sin darse cuenta. Después otro. Seguía con el brazo levantado, pero ya no había amenaza real en esa postura; solo una resistencia torpe, humillante.

Volvió a mirar a Haruto. Volvió a mirar su propia mano mal cerrada. Volvió a oír el eco.

Y por primera vez, la palabra le dio miedo.

Hades tragó saliva, pero no consiguió bajarla. Quiso volver a hablar con rabia. Quiso escupir otra vez una negación limpia. Pero cuando abrió la boca, lo único que salió fue una sílaba rota.

—No...

La voz le tembló.

Apretó los dientes de inmediato, avergonzado hasta de ese sonido miserable, y negó con la cabeza una vez, luego otra, como si ese gesto pudiera borrar la forma en que el eco de la Galería seguía devolviéndole su propia mentira convertida en algo irreconocible.

—No... —repitió, esta vez más bajo, más ronco, pero tampoco le sirvió.

Sus ojos volvieron a clavarse en Haruto. En ese rostro que era suyo y no lo era. El brazo que todavía mantenía a medio alzar empezó a bajar otro poco, no por decisión, sino porque el cuerpo ya no podía sostenerlo con la misma convicción vacía de antes.

—No eres... —murmuró entonces, y la frase volvió a quebrársele en la boca.

Calló un segundo. Respiró mal. El aire le raspó el pecho.

—No eres... otro.

La última palabra le salió tan baja que casi pareció que la había dicho el corredor por él.

Hades se llevó una mano a la boca para contener otra arcada seca que le subió desde el estómago. El asco ya no era solo por lo que recordaba. Era por la forma en que había necesitado partirse en dos para seguir viviendo, y por la cobardía todavía mayor de seguir fingiendo que aquella otra mitad era la única culpable.

Negó otra vez, porque se dio cuenta de que estaba negando lo que acababa de oír salir de sí mismo.

—No... —repitió una tercera vez, y esta vez la voz ya no le salió con rabia, sino con algo mucho peor: vergüenza.

Los dedos que tenía contra la boca bajaron lentamente hasta su mentón. Le temblaban. Miró a Haruto. Miró su propia mano.

Y entonces, con el rostro torcido por una mezcla de asco, humillación y una comprensión que todavía le hería más de lo que lo liberaba, dejó escapar al fin las palabras que llevaba forcejeando desde hacía varios latidos.

—No tiene puto sentido...

Bajó la mano y se la quedó mirando.

Apretó los dedos.

Quiso volver a cerrar el puño.

Quiso levantarlo otra vez, volver a cubrirse con la rabia, volver a escupirle algo más a Haruto, cualquier cosa que le permitiera seguir parado del lado fácil de esa ruptura. El brazo empezó a subir, apenas unos centímetros, y entonces se detuvo porque algo dentro de él se negó.

La mano se quedó suspendida a media altura, temblando con una debilidad obscena.

Hades apretó los dientes. Intentó forzarla un poco más. El hombro respondió con una sacudida mínima, ridícula, y nada más. Hades giró la cabeza y volvió a mirar a Haruto que ya se había puesto de pie.

Lo vio de pie frente a él, respirando fuerte, con la camisa torcida, el rostro marcado por los golpes y esa tristeza insoportable todavía clavada en los ojos. Ya no había distancia suficiente para seguir tratándolo como un basurero aparte.

Ya no había distancia suficiente para seguir tratándolo como un recipiente ajeno para toda esa podredumbre.

Ya no había violencia bastante limpia para sostener la mentira. Y lo que le revolvió el estómago no fue descubrir que Haruto tenía razón, sino darse cuenta de que seguir escupiéndole encima todo aquello empezaba a parecerle algo sucio. Cobarde.

Hades soltó el aire de golpe, como si lo hubiera estado reteniendo sin darse cuenta. Después volvió a llevarse la mano al rostro, esta vez cubriéndose los ojos por un segundo, no para esconderse de Haruto, sino para reunir el valor miserable que hacía falta para decir en voz alta algo que llevaba demasiado tiempo pudriéndose dentro de él.

Hades abrió la boca, pero la primera vez no salió nada. Tragó saliva con dificultad.

—No puedo... —murmuró al fin, y la frase le salió rota, incompleta, como si incluso su propia boca rechazara ayudarlo—. No puedo seguir haciendo esto.

Bajó la mirada hacia el suelo de la Galería, como si los cuadros, las telas y esa luz enferma que caía desde ninguna parte fueran todavía más soportables que los ojos de Haruto.

—No puedo seguir... —volvió a intentarlo, respirando mal— seguir hablándote como si... como si fueras otra cosa.

La última parte se le quebró.

Cerró los ojos un instante. Negó una vez con la cabeza, no porque rechazara la verdad, sino porque le daba asco haber llegado a ella por fin. Cuando volvió a mirar a Haruto, ya no había furia en su rostro. Solo quedaba la vergüenza desnuda de alguien que ya no podía sostener su propia mentira.

—Porque si te sigo escupiendo todo esto a ti... —dijo, y la voz se le endureció apenas—, si sigo llamándote cobarde... si sigo actuando como si tú fueras el único que corrió...

Se interrumpió.

Las palabras le dejaron un sabor insoportable en la boca.

Apretó la mandíbula. Se secó la boca con el dorso de la mano. Luego soltó una risa rota, miserable, llena de repugnancia.

—Entonces soy un cobarde todavía peor —escupió al fin—. Porque te usé para no nombrarme.

El silencio que siguió a eso no tuvo nada de alivio.

Hades bajó la cabeza apenas, como si incluso después de haberlo dicho no pudiera sostener el peso completo de lo que acababa de admitir.

—Si te odio a ti... me estoy odiando a mí.

El silencio que cayó después fue breve, pero suficiente para partirle algo dentro.

Haruto bajó la mirada. Cuando habló, lo hizo en voz baja.

—Si —murmuró, alzando apenas la mirada—. Y eso no va a cambiar.

La frase cayó entre los dos con una crueldad limpia. Sin consuelo. Sin adorno. Precisamente por eso funcionó. No hubo triunfo en su tono. Ni alivio. Solo una tristeza desnuda.

Hades soltó una risa rota, amarga, casi enferma.

—No me jodas. —Se secó la boca con el dorso de la mano, como si quisiera borrarse el sabor de lo que acababa de admitir—. No lo digas como si eso arreglara algo. No arregla nada. Él sigue muerto. Nosotros seguimos siendo el pedazo de mierda que corrió.

Hades apretó los dientes hasta que la mandíbula le dolió.

A unos pasos de ellos, una de las telas rojas se estremeció. No se rasgó. No cayó del todo. Solo tembló, como si el lugar hubiera sentido que acababan de rozar una verdad que llevaba mucho tiempo pudriéndose debajo.

Haruto se puso de pie entonces, despacio, y durante un segundo ambos quedaron uno frente al otro de nuevo, pero ya no como enemigos. Tampoco como aliados. Más bien como dos hombres atrapados dentro de la misma culpa, obligados a mirarse sin la comodidad del odio proyectado.

—Si quieres seguir castigándote, hazlo —dijo Haruto al final—. Puedes quedarte aquí hasta que todo se pudra más.

Hades soltó otra risa seca.

—Claro que te importa.

Haruto no respondió enseguida. En vez de eso, giró apenas la cabeza hacia uno de los cuadros cercanos.

No estaba cubierto por un velo rojo. Era pequeño, casi humilde comparado con otros. La pintura mostraba un día soleado, de esos que duelen más en la memoria que la lluvia. Y allí estaba Yūgure, sonriendo con una pureza intolerable, levantando su pequeña chapa de All Might con el orgullo absurdo y hermoso de quien todavía cree que el mundo puede arreglarse si uno se vuelve lo bastante fuerte para abrazarlo.

Hades dejó de respirar por un segundo.

No era la muerte. No era la sangre. No era el parque al final.

Era antes.

Y eso lo destruyó más.

Porque Yūgure todavía sonreía allí como alguien que no sabía lo que iba a venir. Como alguien que todavía podía decir vamos a ser héroes sin que el peso de la realidad le aplastara la boca.

Haruto habló sin apartar los ojos del cuadro.

—No se lo debes a mí.

Hades tragó saliva. Le costó.

—Lo sé.

—Ni siquiera se lo debes al dolor.

Esa vez Hades no respondió.

Entonces Haruto lo miró de frente.

—Se lo prometimos...

La frase no sonó grande. No fue un grito ni una revelación. Fue algo mucho más peligroso: fue precisa.

Hades parpadeó.

En medio de toda aquella Galería hecha de culpa, trauma y recuerdos podridos, la promesa cayó como una piedra en agua quieta. No pertenecía al pasado remoto, ni al parque, ni a la muerte de Yūgure. Pertenecía al presente. A la parte de él que todavía respiraba afuera. A la promesa reciente. A la deuda todavía viva.

Haruto dio un paso hacia él.

—Se lo prometimos a Intelli —repitió, y esta vez cada palabra pareció golpear con más fuerza—. Que ganaríamos. Que no nos romperíamos aquí. Que llegaríamos hasta el final.

Hades desvió la mirada hacia el cuadro de Yūgure otra vez.

La sonrisa del niño seguía allí, inmóvil y luminosa, tan insoportable como una bendición.

El nombre de Intelli lo arrastró primero al presente, al combate que seguía existiendo afuera, al hecho brutal de que quedarse allí equivalía a perder. Después vino lo otro: Yūgure, no como herida, sino como dirección.

Hades cerró los ojos con fuerza.

Cuando volvió a abrirlos, la rabia no había desaparecido. La culpa tampoco. Pero algo había cambiado de sitio.

Ya no quería quedarse allí.

Ya no quería seguir recibiendo golpes solo para pudrirse por dentro.

Seguía siendo el mismo niño que corrió.

Pero tal vez, precisamente por eso, todavía estaba obligado a levantarse.

—Después de esto... —murmuró, y la frase le salió tan baja que casi se la tragó el aire de la Galería—, tengo... tenemos que hablar con él.

Haruto lo observó en silencio.

Hades apretó los puños.

—Con Intelli.

Haruto asintió una sola vez.

No hacía falta decir más.

La Galería entera pareció contener la respiración. Los cuadros vibraron apenas dentro de sus marcos. A lo lejos, las telas rojas siguieron quietas, esperando otro día. Y el pequeño cuadro de Yūgure, bajo esa luz imposible, continuó ardiendo con la belleza sencilla de una promesa infantil que se negaba a morir.

Entonces todo empezó a romperse.

No como antes, con violencia ciega, sino con la brusquedad de una realidad reclamando lo que todavía le pertenecía. La luz se agrietó. Los marcos se sacudieron. El suelo desapareció bajo sus pies.

Y justo antes de que el mundo lo expulsara de allí, Haruto habló una última vez.

—Ve... hermano.

Solo eso.

Pero en esa sola frase había más dolor, más rabia, más humillación compartida y más fe rota de la que cualquier discurso podía cargar.

Y Hades obedeció.

El cuadrilátero quedó en silencio...

El cuerpo de Hades no se movía. La sangre se había abierto paso desde la boca hasta el pómulo y se estaba secando en capas desparejas sobre la piel, mientras el pecho subía apenas, mal, como si cada respiración tuviera que empujar algo desde dentro antes de salir.

Sus gafas cayeron cerca de su mano vendada, oscurecida por la sangre reseca y recién abierta.

A pocos pasos de él, Bakugo se mantenía con los hombros tensos, todavía atravesado por el calor violento del combate. El sudor le corría por la sien, y pequeñas chispas saltaban aún de sus palmas como un reflejo residual de la rabia que seguía cargando en el cuerpo.

Su mandíbula se mantenía tensa a pesar de lo irregular que era su respiración.

—Tsk... que pérdida de tiempo —escupió, poniendo sus manos en los bolsillos y dándose la vuelta.

Midnight entró al cuadrilátero con rapidez, la fusta recogida en una mano y el micrófono en la otra. Su cara se había endurecido por la preocupación de ver a otro alumno caer de tal manera.

Se arrodilló junto a Hades, y por un segundo su expresión se endureció todavía más. Lo llamó por su nombre una vez, y luego otra, sin obtener respuesta. Colocó dos dedos en la garganta de Hades, tratando de encontrar el pulso. La cercanía le permitió ver lo que desde fuera solo parecía un cuerpo vencido.

En las gradas altas, Mirko soltó un chasquido seco y tiró su bolsa de chips hacia atrás sin importar a quién impactaba.

—Me largo —soltó, sin molestarse en bajar la voz—. Ese teatrillo barato me decepcionó más que su anterior pelea con la niña rica —terminó, rascando su cabello por reflejo y poniéndose de pie con brusquedad.

A su lado, Hawks alzó apenas una ceja, todavía sentado, con el codo apoyado sobre la rodilla y una bolsa de palomitas descansando entre las piernas. La observó un instante con esa media sonrisa suya, más ladeada que divertida.

—Vaya... —murmuró, dejándose ir contra el respaldo—. Creí que estabas interesada en él.

Ella no respondió. Ya había dado medio paso para irse.

Entonces Hawks volvió la mirada hacia el cuadrilátero, entornando un poco los ojos. Su expresión no perdió del todo el aire burlón, pero debajo de él había algo más atento.

—Aunque... —añadió, metiéndose un puñado de palomitas a la boca sin apuro—, yo que tú no abandonaría la apuesta aún.

Los pasos de Mirko se detuvieron.

No regresó a su asiento, pero tampoco siguió caminando. Solo giró lo suficiente para lanzarle una mirada cargada de impaciencia.

Hawks alzó apenas los hombros.

—Llámalo intuición. Pero... —sus ojos volvieron al cuerpo caído de Hades—, creo que esto aún no termina.

Mucho más arriba, en el palco VIP, Nezu entrelazó los dedos frente al hocico y observó la escena con los ojos entornados. Su expresión seguía siendo la de siempre, pero la quietud de su postura delataba un fastidio real bajo la superficie.

—Esto se salió del margen previsto... —murmuró, más para sí mismo que para nadie más.

De vuelta en el cuadrilátero, Midnight se incorporó lentamente y alzó la mirada hacia el público. El estadio seguía, suspendido en una espera incómoda, como si miles de personas se hubiesen olvidado de cómo reaccionar juntas. Respiró hondo, dejó salir el aire por la nariz y llevó el micrófono cerca de los labios, todavía dudando un segundo antes de cerrar aquello de una vez.

—El concursante Hades ha quedado inconsciente —anunció, tomando un momento para suspirar—. Por lo tanto, el ganador de este combate es—

—Alto.

Pero no alcanzó a terminar. Ya que el cuerpo de Hades se incorporó de golpe con una brusquedad sucia, como si lo hubieran jalado de golpe.

El movimiento no fue elegante, ni remotamente heroico.

Fue feo. Violento. Instintivo.

Se sentó de golpe y de su boca salió una mezcla de aire y sangre que cayó oscura sobre las baldosas blancas. Durante un segundo se quedó así, inclinado hacia adelante, una mano apoyada en el suelo, la otra buscando sostenerse en una realidad que todavía no terminaba de regresar a foco.

El estadio entero inhaló al mismo tiempo.

Midnight retrocedió medio paso por pura sorpresa antes de volver a acercarse.

—¡No te muevas! —ordenó de inmediato—. No estás en condiciones de seguir.

Hades no volvió a hablar.

Tenía la cabeza gacha, los hombros subiendo y bajando con una respiración fragmentada, la sangre resbalándole desde la boca hasta el mentón. Su visión estaba borrosa. El cuadrilátero se inclinaba sobre sí mismo cuando intentaba enfocar, y los dedos de su mano se deformaban entre más apretaba la vista.

Apoyó más peso en el brazo, intentó levantarse y por un instante las rodillas le fallaron, obligándolo a quedarse medio doblado. El estadio entero estaba ahí, pero él ya no lo sentía como antes. Lo único que encontraba dentro del caos de formas y luz era una presencia fija, una espalda detenida al otro extremo del cuadrilátero.

El rubio se había quedado inmóvil apenas escuchar el sonido seco del cuerpo incorporándose detrás de él. No se había girado todavía. Solo se había detenido, con una tensión nueva trepándole por la espalda, como si alguien estuviera reteniéndolo contra su voluntad.

Midnight seguía hablándole, intentando cerrarle el paso, pero Hades apenas la registró. Escupió otro poco de sangre, levantó la cabeza con esfuerzo y, aunque la vista le temblaba, clavó los ojos en la figura al fondo.

—Se lo prometí... —murmuró, con una voz tan baja que casi se quebró en el aire.

Midnight frunció el ceño, tratando de descifrar las débiles palabras de Hades.

—Ya es suficiente muchachito, la pelea acabó.

Hades apoyó una rodilla, luego la otra pierna, y terminó de ponerse de pie con una torpeza dolorosa, más cerca de un herido negándose a caer que de un combatiente listo para continuar. La cabeza le palpitaba con cada bombeo del corazón y el mundo seguía desenfocado por la ausencia de los lentes. Pero aun así exigió a mantenerse en pie aunque tuviera las piernas temblorosas.

—No... —exhaló, mordiéndose el labio inferior—, no... —repitió, su voz carraspeando por la sangre—. ¡No perderé! —terminó, sus pupilas variando entre rojas y verdes.

Bakugo se giró entonces.

Lo hizo despacio al principio, con la molestia encendida todavía en la cara, pero en cuanto sus ojos encontraron a Hades en pie, cubierto de sangre, tambaleándose y aun así sosteniéndole la mirada, algo cambió apenas en su expresión.

No fue emoción.

Fue incredulidad irritada, casi ofensiva, como si una parte de él quisiera enfurecerse todavía más por el simple hecho de que aquel maldito bastardo se negara a quedarse en el suelo.

Midnight se interpuso, parándose en frente de Hades y sujetándolo de los hombros, dispuesta a cortar aquello de una vez.

—Ni siquiera puedes mantenerte en pie. Debes ir a la enfermería de inmediato.

Pero Hades ya había empezado a decidir a ignorar las palabras de la maestra.

Enderezó apenas el cuello. El aire volvió a entrarle en los pulmones como vidrio molido, y todo su cuerpo protestó al mismo tiempo: el pecho, las costillas, la mandíbula, las piernas mal sostenidas, la sangre todavía fresca en la boca. Alzó apenas la cabeza, y abrió la boca como si fuera a escupir sangre otra vez. Pero no hizo eso.

Lo que salió fue una voz rota, arrancada desde un lugar mucho más hondo que el dolor.

—¡Equipamiento de cadáver...!

Y entonces se detuvo. No fue una pausa limpia. Fue un desgarro. Un parón en el tiempo que pareció durar horas.

Midnight dio un paso atrás por puro instinto, sintiendo un escalofrío recorriéndole la columna. Bakugo tragó en seco. En las gradas, miles de ojos se clavaron sobre él sin entender lo que estaba por hacer.

Hades bajó apenas el mentón. La sangre le resbaló desde la boca. Y cuando volvió a alzar la voz, ya no sonó como alguien pidiendo seguir en pie.

—Yūgure...

El sonido que respondió no se pareció a una activación normal de quirk.

Fue un crujido interno. Enfermo. Como si algo antiguo hubiese despertado atrapado dentro de él y quisiera salir rompiéndolo todo desde adentro.

El guantelete emergió en su brazo derecho como de costumbre. Pero no se detuvo ahí.

La pieza entera se tensó sobre su antebrazo con una vibración seca, y luego empezaron a abrirse grietas oscuras desde la muñeca hacia arriba, ramificándose por la superficie. El hueso cedió en pequeñas fracturas violentas, como una costra demasiado débil para contener lo que llevaba debajo.

Y de aquellas grietas brotó metal.

Creció desde el interior de la estructura rota con una violencia biológica que hizo que varias personas en las gradas se removieran, incómodas. Fragmentos óseos emergieron abrazando el antebrazo de Hades, curvándose alrededor del músculo como si quisieran encapsularlo, y luego se clavaron con pequeños chasquidos húmedos a la altura de la muñeca y el codo.

Hades se dobló apenas al sentirlo. No por dramatismo, sino porque el dolor le atravesó el brazo como una descarga viva. La mandíbula chasqueó al cerrarla de golpe.

Las placas irregulares siguieron extendiéndose, reforzando muñeca, antebrazo y parte del bíceps con una estructura demasiado orgánica para resultar tranquilizadora. Entonces, desde esa misma masa blanca y quebrada, nacieron formas nuevas: dedos largos, huesudos, deformes, que se cerraron sobre su propio brazo con una precisión casi íntima, solo para sujetarlo y mantenerlo unido.

El estadio seguía mirando el brazo derecho cuando el izquierdo crujió también.

Y aquello fue peor.

Porque ahí no había guantelete que se rompiera primero. No había carcasa previa a punto de abrirse. Solo la visión imposible de algo naciendo donde antes no debía haber nada. Sobre la manga desgarrada, a lo largo del antebrazo izquierdo, empezaron a levantarse estructuras blancas, torcidas, con un crecimiento espasmódico y brutal, como si el hueso estuviera encontrando camino a través de la carne y la tela al mismo tiempo. Brotaron a tirones, abrazando muñeca y antebrazo, trepando hasta el codo, repitiendo la misma lógica monstruosa del lado derecho sin copiarla del todo.

Cuando la formación se ancló en ambos brazos por completo, Hades ya no podía controlar su postura, y tuvo que encorvarse hacia delante. El sudor y la sangre se mezclaban en la piel mientras aquellas estructuras terminaban de abrazarle parte de los hombros, aferrándose a él como si lo estuvieran vistiendo y devorando al mismo tiempo.

Pero... cuando ambas estructuras se completaron. Pequeños fragmentos afilados crecieron a la altura de la mandíbula y desde detrás de las orejas, curvándose hacia adentro. No fue una explosión grotesca ni una lluvia de púas. Fue algo peor: una invasión silenciosa. Que reptó hasta los tímpanos y los selló con una estructura familiar a la de pequeños dedos.

En ese momento, para Hades, el sonido murió. No fue un silencio limpio.

Fue una amputación instantánea del mundo.

La boca de Midnight siguió moviéndose frente a él, pero ya no llegó nada. El estadio desapareció. El aire dejó de tener voz. Incluso su propio latir pareció hundirse en una profundidad muda, lejana, como si el mundo hubiese quedado detrás de un cristal imposible de romper.

No quedó nada, salvo la presión del hueso abrazándole los brazos, el latido espeso dentro del cuerpo y, al frente, la figura de Bakugo recortada con una nitidez brutal contra todo lo demás.

Midnight dio un paso adelante, horrorizada y furiosa al mismo tiempo.

—¡No, no, no! ¡Se termina aquí!

Se llevó una mano al auricular de inmediato.

—Director, necesito apoyo para neutralizar a Hades. Su quirk empezó a—

La respuesta de Nezu llegó casi al instante, cortando sus palabras.

—Continúe el combate.

Midnight se quedó rígida un segundo, atragantándose con su propia saliva.

—¿Perdón?

En su palco, Nezu seguía observando con una atención que ya no intentaba disimular. Su curiosidad era demasiado aguda para resultar tranquilizadora.

—Tomaré la responsabilidad absoluta de este encuentro —dijo con calma, prendiendo su teléfono y marcando a varios números—.Si hay una descompensación real, el encuentro se terminará y All Might intervendrá.

Midnight apretó la mandíbula con fastidio visible.

—Esto es un festival escolar, por dios. Son solo niños—

—Y también son estudiantes de la U.A. —interrumpió, con una tranquilidad que solo logró irritarla más—. Mantenga el combate bajo supervisión total. Tiene autorizado usar su quirk en caso de ser necesario.

Midnight cerró los ojos un segundo, soltó un suspiro cargado de molestia y volvió a mirar a Hades quien ni siquiera parecía registrar su presencia.

No había nada en su postura que demostraba que prestaba atención a algo que no fuera su contrincante.

Bakugo lo sintió antes de pensarlo. La furia que llevaba arrastrando desde antes empezó a cambiar de forma. Naciendo así una sensación cada vez más desagradable de que la pelea que había querido desde el principio apenas acababa de empezar.

Midnight alzó la voz de nuevo, ya sin el menor entusiasmo.

—Por orden del director, y bajo supervisión especial... —anunció, claramente disgustada hacia todo el público—, el combate continuará.

El estadio tardó un segundo en reaccionar.

Luego el ruido regresó de golpe, desordenado, incrédulo, mucho más nervioso que triunfal. Los maestros empezaron a moverse. Cementoss se aproximó desde la entrada de los estudiantes, caminando hacia Midnight. All Might en cambio, dio un salto desde las gradas y aterrizó junto a ellos con el gesto sombrío.

Los tres se mantuvieron quietos, sin decir palabra alguna. Sus miradas se centraron únicamente en Hades. El cual no les prestó atención. No escuchó el estruendo de la llegada de All Might.

No escuchaba nada. No sentía nada salvo el dolor, la presión del hueso sujetándolo desde ambos lados del cuerpo.

Al otro extremo del cuadrilátero, Bakugo se mantuvo firme, sus puños cerrados empezaron a soltar chispas anaranjadas. Soltó un suspiro y no esperó una señal de Midnight, ni el comentario de las gradas, ni la conclusión de nadie. Lo único que vio fue a Hades todavía de pie al otro extremo del cuadrilátero, envuelto en aquella estructura ósea imposible, y eso le bastó para salir disparado hacia adelante con una explosión corta, brutal, que reventó el aire detrás de él.

Su cuerpo se inclinó hacia el frente con esa agresividad feroz que parecía natural en él. Enderezó la mano derecha, cerrada en un gancho directo al rostro, antes de encadenar el resto.

Pero esta vez a diferencia de antes que solo recibía golpes. Hades levantó su mano izquierda, abriéndola en el último instante y atrapó la muñeca de Bakugo con la palma entera, cerrándose sobre ella como un cepo. Al mismo tiempo, deslizó la pierna derecha hacia adelante, metiéndose dentro del espacio del golpe, y giró el tronco con una violencia seca que convirtió todo el avance del rival en apertura.

El codo derecho salió disparado como un martillo corto. Impactando de lleno contra el estómago de Bakugo.

El golpe fue pesado. El aire escapó de los pulmones de Bakugo en un gruñido áspero mientras su torso se sacudía. Rompiendo su impulso de golpe. Desde su mano atrapada, soltó una explosión para liberarse. El impacto generado, hizo que Hades perdiera el agarre por completo.

Bakugo aprovechó para retroceder arrastrando los pies sobre las baldosas.

Pero Hades no le dio tiempo para recomponerse.

Dio un salto hacia el frente, tratando de cortar distancia. Pero al aterrizar, su rodilla crujió por la presión acumulada, la postura de Hades se tambaleó lo suficiente como para que su brazo derecho saliera primero en una finta recta al rostro que le desgarró los músculos del torso para mantener la postura. La velocidad fue apenas suficiente para obligar a Bakugo a reaccionar. El rubio levantó el hombro y comenzó a girar para esquivar, pero.

El verdadero golpe vino del lado contrario.

Un gancho izquierdo subió corto, brutal, desde abajo hacia afuera, y le impactó el hombro con una fuerza salvaje. El golpe no buscó romperle la cara; buscó desarmarle la base. Bakugo sintió el hombro sacudirse, el cuerpo desequilibrarse y los pies perder contacto limpio con el suelo por una fracción de segundo.

Present Mic casi saltó de su sitio.

—¡Pero qué demonios fue eso! ¡Ese juego de entrada, el codo por dentro, la finta corta y el gancho de elevación...! —giró la cabeza hacia un lado con una sonrisa salvaje—. ¡Eso me resulta demasiado familiar! ¡No me digas que tú le enseñaste eso, Eraser!

Aizawa, que se mantenía de pie junto al perímetro de la cabina, bufó con la bufanda colgando y los ojos cubiertos por sus gafas amarillas.

—Se lo enseñé a golpes —contestó, sin querer hablar de más.

Present Mic tragó en seco, y decidió seguir mirando la pelea.

Abajo, Bakugo cayó mal sobre un pie, pero terminó de recuperar el equilibrio a la fuerza con una pequeña explosión con su mano derecha y escupió sangre al suelo blanco. La saliva roja dejó una mancha torcida entre ambos.

Luego sonrió de forma torcida, feroz, casi rabiosa.

—Esta... —Se limpió la boca con el dorso de la mano—. ¡Esta era la maldita pelea que quería!

Las chispas en sus palmas se intensificaron, provocando que la siguiente explosión fuera más violenta.

Bakugo se impulsó hacia un lado, desapareciendo de la línea frontal de Hades, y apareció casi al instante por su flanco derecho. Lanzó un recto corto al rostro, solo para encadenar inmediatamente un rodillazo ascendente al abdomen. Hades alcanzó a cubrir la primera línea con el antebrazo, pero la segunda le entró, reventándole el aire de los pulmones.

Pero el dolor no impidió que girase el hombro, soltando un crochet de derecha al costado de la mandíbula obligando a Bakugo a retroceder con una explosión defensiva a los pies de Hades.

El suelo crujió bajo ambos. Bakugo aterrizó de puntillas, encorvándose hacia delante y volvió a entrar con un salto.

El ojo derecho de Hades se cerró por un momento, colapsando casi al instante por el calor que proviene de sus huesos rotos.

Su distracción fue aprovechada por Bakugo que soltó un jab reforzado por una pequeña detonación al estar a quemarropa. El golpe le quemó el uniforme desde el cuello hasta el hombro.

Un gruñido se escapó de la boca de Hades, aprovechando la cercanía y deslizándose hacia adentro para lanzar un golpe al hígado, corto y pesado, que hizo a Bakugo apretar los dientes. El rubio respondió con un codo girado al pómulo. Hades lo recibió en parte con la estructura ósea del antebrazo, pero aun así el impacto le sacudió la cabeza hacia un lado.

Bakugo bajó su centro de gravedad de golpe, fintando una patada que se convirtió en un paso hacia su derecha para explotar hacia arriba con un uppercut.

Hades giró tarde y el golpe le rozó la mandíbula, lo suficiente para que la oscuridad dominara su pobre visión por un segundo. Trató de recuperar terreno con un uno-dos rápido, izquierda al rostro, derecha al hombro, pero la derecha llegó más lenta de lo debido. El cuerpo ya no respondía con la limpieza de los primeros segundos.

—¡Te estás cayendo, bastardo! —remarcó Bakugo, sonriendo ampliamente.

Una explosión corta en la planta del pie le dio ángulo y entró con una secuencia salvaje: gancho al costado, cruzado al rostro, codazo al hombro. Hades bloqueó dos, recibió uno. El hombro izquierdo protestó. Aun así contestó con un cabeceo lateral, se metió dentro del espacio y soltó un golpe seco al centro del pecho que hizo retroceder a Bakugo medio paso.

Pero ya no podía sostener ese ritmo por mucho tiempo.

Cada intercambio empezaba a cobrarle. Las costillas le ardían. El pecho parecía cerrársele más con cada golpe. Pero eso no le impedía seguir entrando.

Bakugo volvió a usar las explosiones para fragmentar la distancia. Iba, salía, cambiaba ángulos, reventaba el aire junto a los oídos, reaparecía por abajo. Hades trataba de leerlo con la vista, con el cuerpo, con el instinto. Todo era movimiento puro. Trayectoria. Carga. Impacto.

Un recto de Bakugo le abrió otra vez el labio. Hades respondió con un codazo que fue demasiado lento. Haciendo que Bakugo girase el torso hacia su derecha, esquivando por completo el golpe y aprovechando la apertura para enterrar un gancho en las costillas.

Hades exhaló, pero no se detuvo para saborear su dolor y capturó la muñeca de Bakugo con una de sus manos. Tratando de jalarlo para conectar un cabezazo.

En ese momento, Bakugo soltó una explosión a quema ropa en su rostro, propulsándose y guiando su arranque para mantener la distancia.

Present Mic estaba prácticamente gritando sobre la baranda de los comentaristas.

—¡Esto sí es una final adelantada, queridos espectadores! ¡Bakugo está usando movilidad explosiva para romper el ritmo de Hades! ¡Esto ya no se parece en nada a lo de antes! ¿No es cierto compañero?

—Mmm... —gruñó Aizawa sin quitarle la vista de los guanteletes.

Ya que notó como a medida que el intercambio se volvía más frenético, la superficie ósea empezaba a cambiar.

Al principio fue casi imperceptible.

Pero ahora las fracturas que recorrían ambos guanteletes comenzaron a encenderse desde dentro con un tono anaranjado opaco, como brasas atrapadas bajo piedra. No iluminaban lo suficiente para llamar la atención del público a simple vista, pero desde cerca resultaban imposibles de ignorar. Cada golpe desviado. Cada impacto recibido. Cada roce. Todo parecía dejar algo atrás dentro de aquellas grietas.

Bakugo lo notó en medio de un intercambio.

Entró con una derecha explosiva. Hades levantó ambos brazos y recibió la mayor parte del impacto sobre los guanteletes. El golpe le sacudió todo el cuerpo, sí, pero cuando Bakugo retrocedió para rehacer el ángulo, alcanzó a ver el cambio.

Las grietas que antes eran negras, se tiñeron de color naranja, como lava naciendo entre los huesos.

—¿Qué demonios...?

Pero su impresión se cortó de golpe cuando Hades clavó el pie derecho frente a él. Amagó arriba y soltó un gancho bajo al costado de Bakugo. El rubio lo bloqueó con el codo, pero el golpe bastó para frenarle el avance un instante. Hades trató de encadenar una derecha recta, pero Bakugo se apartó con una explosión mínima y respondió con una ráfaga brutal de golpes cortos al rostro y al torso.

Cada intercambio empezó a empujarse encima del anterior sin terminar de cerrarse, con las explosiones naciendo cada vez más cerca unas de otras y quedándose en el aire el tiempo suficiente como para mezclarse en una vibración continua que recorría el cuadrilátero y obligaba al concreto a abrirse en líneas irregulares de modo que cada paso devolvía una sensación diferente, cediendo más de lo esperado o frenando antes de tiempo, siempre fuera de ritmo con el peso que caía sobre él.

Bakugo se movía dentro de esa misma ruptura sin esperar a que el suelo respondiera, entrando y saliendo antes de que la superficie terminara de acomodarse, dejando detrás zonas que ya no sostenían igual, empujando a Hades a reconstruir la base en cada paso sin llegar a fijarla completa.

Hades avanzó, no porque el camino fuera limpio sino porque detenerse lo dejaba en un espacio donde las cosas llegaban tarde al cuerpo, con las explosiones apareciendo como cortes de luz sin aviso y cayendo cuando ya estaban encima, obligándolo a cerrar distancia por insistencia más que por lectura, apretando el combate hasta donde el cuerpo pudiera tocar antes de entender.

Una detonación baja le comprimió el costado y le desvió el eje lo suficiente como para que el siguiente paso cayera mal; la pierna corrigió tarde, la cadera no acompañó, y el peso se le fue hacia adelante en un avance que no terminaba de ser paso ni caída, sostenido por tensión más que por control.

Bakugo no se quedaba en ningún punto, entraba, detonaba y salía antes de que el espacio se cerrara, dejando el suelo peor cada vez, más roto, más inclinado, más inútil para alguien que necesitaba que el pie respondiera antes de soltar el siguiente movimiento.

El aire cambió antes que la luz.

El polvo suspendido se cortó en una dirección que no correspondía y el torso de Hades giró apenas, arrastrando el resto del cuerpo detrás, lo suficiente para que la explosión le pasara rozando el hombro, abriendo la piel con el calor antes de que el impacto llegara después y lo empujara hacia un punto donde el suelo cedía distinto.

Ajustó sobre ese fallo y avanzó otra vez sin terminar de recomponerse.

—Esto no va a aguantar —soltó Present Mic, más bajo esta vez, sin la energía de antes—... el escenario se está viniendo abajo.

Bakugo entró más bajo, buscando pasar por donde la vista no alcanzaba a reconstruirlo, y el movimiento se sostuvo hasta que el apoyo se deslizó una fracción más de lo previsto, un fallo mínimo que le cortó la salida el tiempo suficiente para que la mano de Hades se cerrara sobre su muñeca sin precisión pero con peso, deteniendo el movimiento más por rigidez que por control.

El tirón no ordenó el cuerpo, lo comprimió mal, arrastrando el brazo hacia arriba con un retraso que cargaba más inercia que dirección, y antes de que el golpe terminara de bajar la explosión entre ambos rompió el contacto y los separó otra vez.

El suelo volvió a ceder bajo ese intercambio, inclinando el plano y obligando a corregir sobre algo que ya no estaba donde debería, y Bakugo no soltó el ritmo sino que lo apretó más, encadenando detonaciones sin dejar espacio para que el cuerpo de Hades terminara de registrar una antes de que la siguiente ya lo estuviera empujando en otra dirección.

Una explosión le sacudió la cabeza y le desalineó la vista del cuerpo lo suficiente como para perder profundidad por un instante, pero el avance no se cortó, dio un paso que no terminaba de asentarse y dio otro que caía encima, hasta que el espacio entre ambos se cerró más de lo que el propio ritmo sostenía.

En ese punto Hades no vio a Bakugo, lo sintió.

Su brazo subió pesado, tarde, acumulando tensión en lugar de velocidad, y el golpe salió clavándose en el centro del torso de Bakugo antes de que la distancia volviera a abrirse, deteniendo su arranque en medio del impacto.

Una bocanada de aire y saliva salió de golpe desde la boca de Bakugo, sin espacio que recuperar, su visión se saturó en niebla y luces que destellaban sin control. Su cuerpo empezó a apagarse por partes, las piernas cediendo sin orden, las rodillas encontrando el suelo irregular sin sostenerlo del todo.

Su respiración no regresó de golpe, quedó atrapada a medio camino, espesa, obligándolo a encorvarse sobre sí mismo.

Cada bocanada arrastraba un rastro áspero que le subía por la garganta y salía mezclado con saliva y sangre en una tos corta, irregular, que no aliviaba nada. Sus hombros subieron y bajaron sin ritmo. Durante un segundo demasiado largo, sus rodillas cedieron, no lo suficiente para hacerlo caer, pero sí para dejar claro que el equilibrio ya no le pertenecía del todo.

El estadio, en contraste respondió como si aquel intercambio hubiera sido una confirmación más de lo que venía prometiendo la pelea desde el inicio, de modo que el silencio contenido que había acompañado los últimos segundos se rompió de golpe en una masa de ruido desordenado, vítores que se superponían unos sobre otros sin dirección clara, gritos que no nombraban nada concreto pero celebraban igual, como si la violencia misma bastara para sostener el entusiasmo; los flashes comenzaron a encenderse en ráfagas irregulares desde distintos puntos de las gradas, pequeños destellos blancos que cortaban el aire cargado de polvo y calor, mientras en los extremos más altos los teléfonos no dejaban de moverse, manos que marcaban, que respondían, que ajustaban cifras en tiempo real sin apartar la vista del cuadrilátero, dejando que el dinero cambiara de dueño al mismo ritmo en que los cuerpos abajo se seguían desgastando.

Bakugo no respondió a ese ruido. Forzó el cuello a levantarse como si el movimiento tuviera que atravesar resistencia, los párpados tensándose en un esfuerzo visible por no cerrarse mientras el aire volvía a entrarle de forma brusca, irregular, obligándolo a jadear antes de encontrar un ritmo mínimo que pudiera sostener. Sus rodillas amagaron con ceder otra vez, pero una pequeña explosión, corta y mal distribuida, le dio el impulso suficiente para reorganizar el peso sobre las piernas con una firmeza forzada que dependía más de la tensión que del equilibrio. Se limpió los labios con el dorso de la mano, arrastrando la sangre sin mirarla siquiera, y cuando volvió a levantar la vista, la sonrisa apareció como una deformación del rostro que se le quedó fija mientras el cuerpo terminaba de asumir que seguía en pie.

El dolor no se movió de donde estaba. No retrocedió con el aire ni se diluyó con el movimiento, se quedó instalado en el centro del torso, empujando hacia afuera cada vez que intentaba expandir el pecho, interfiriendo con la respiración, pero en lugar de frenarlo, terminó cerrando su margen de acción, apretando su forma de moverse hacia algo más directo, más agresivo, donde ya no había espacio para medir ni ajustar con la precisión de antes.

Sus manos se juntaron frente a él sin que mediara una decisión clara, los dedos tensándose con un temblor que no correspondía al miedo, sino a la cantidad de carga que estaba obligando a concentrar en un espacio cada vez más reducido, haciendo que el calor se acumulara en las palmas y empezara a filtrarse hacia los antebrazos como una presión incómoda, demasiado intensa para sostenerla sin consecuencias.

Era una contención forzada, una compresión que le exigía mantenerlo todo dentro cuando su forma habitual de pelear siempre había sido soltar antes de que la presión se volviera inmanejable.

Entonces recordó, como una sensación mal ubicada en medio del proceso, la indicación de Akemi antes del combate, esa idea de cerrar, de juntar, de no dejar escapar la detonación en el primer impulso, y por primera vez desde que empezó a pelear, dudó de su propio cuerpo.

Al otro extremo, Hades no reaccionó a ese cambio como lo habría hecho antes. No hubo ajuste de guardia ni lectura del nuevo ángulo, porque en ese punto ya no estaba procesando la pelea como una secuencia de acciones que debían ordenarse, sino como una única línea de tensión que lo arrastraba hacia adelante sin permitirle decidir cómo recorrerla.

Su cuerpo se mantenía erguido por una combinación inestable de rigidez y soporte externo, las estructuras óseas que lo envolvían no se asentaban como una armadura fija, sino que vibraban levemente, como si todavía estuvieran creciendo o reacomodándose sobre la marcha, y entre las grietas que recorrían su superficie comenzó a filtrarse un brillo opaco, irregular, con una iluminación contenida dentro de la propia estructura, aumentando de intensidad con cada microimpacto, con cada ajuste fallido, con cada intento de movimiento que no terminaba de ejecutarse completo.

No levantó los brazos de inmediato. El movimiento empezó tarde, arrastrado más por la tensión acumulada que por una decisión consciente, y cuando los codos intentaron cerrarse, el sonido seco que recorrió la articulación fue cargado, como si algo estuviera cediendo y reforzándose al mismo tiempo. Los antebrazos subieron entre contracciones irregulares, sostenidas por la propia estructura que los rodeaba, que se endureció lo suficiente como para fijarlos en esa posición sin permitirles temblar.

El dolor llegó con una presión que atravesó el brazo completo y se extendió hacia el pecho, obligando al resto del cuerpo a reaccionar tarde, las rodillas cediendo por debajo de él mientras la postura se quebraba en varios puntos al mismo tiempo, hasta que columnas de hueso emergieron desde las articulaciones con un impulso seco y se clavaron en el suelo irregular, fijándolo con una estructura de trípode improvisado.

De entre sus manos no apareció nada de forma limpia. La presión que venía acumulándose en las grietas encontró un punto de concentración entre ambos brazos, pero no tomó forma, sino que empezó a comprimirse y a deformarse al mismo tiempo, como si todo lo que había absorbido hasta ese punto estuviera tratando de ocupar un espacio menor al que podía sostener, vibrando con una inestabilidad que hacía que pequeñas filtraciones escaparan en pulsos irregulares antes de volver a ser arrastradas hacia el centro. No era una esfera clara ni una energía controlada, era una masa oscura, densa, que parecía colapsar sobre sí misma sin terminar de hacerlo, sostenida por la misma tensión que lo mantenía en pie.

El ruido del estadio no desapareció de golpe, pero dejó de crecer. Las voces empezaron a cortarse unas a otras, los movimientos en las gradas se ralentizaron sin detenerse del todo, y en los bordes del cuadrilátero, los héroes se tensaron casi al mismo tiempo, porque algo en la forma en que ambos cuerpos se estaban sosteniendo dejó de parecer un intercambio normal.

Mirko apoyó un pie sobre la barandilla sin apartar la vista, inclinando el cuerpo hacia adelante en un gesto que no terminaba de ser un salto ni una espera, mientras Hawks dejaba de moverse por un instante más largo de lo habitual, evaluando una distancia que ya no se mantenía constante.

Bakugo no esperó a que esa presión se estabilizara. No podía. La carga en sus manos había superado el punto en el que podía sostenerla sin liberarla, y el impulso salió antes de que terminara de acomodar el cuerpo, las palmas se separaron apenas lo suficiente para dejar escapar la detonación en un frente comprimido que no se expandió de inmediato, sino que avanzó como una masa densa de calor y presión, arrastrando el aire con ella en lugar de dispersarlo.

—¡Muere! —rugió, sus fuerzas drenándose a cada segundo.

El movimiento no fue limpio, el eje no estaba perfectamente alineado, y la explosión no salió exactamente en la dirección en la que habría querido, pero ya no había margen para corregir.

Hades no respondió en sincronía. La liberación de lo que se acumulaba entre sus brazos llegó con retraso, como si el cuerpo necesitara un instante más para ceder completamente antes de soltarlo, y cuando lo hizo, colapsó en la misma línea en la que la presión se había concentrado, encontrándose con la explosión de Bakugo.

Fue un impacto bruto en un punto donde ambas fuerzas intentaron ocupar el mismo espacio sin poder desplazarse una a la otra.

El aire colapsó sobre sí mismo.

La luz no se expandió de inmediato. Se apagó.

Durante un instante que no llegó a ser silencio pero tampoco ruido, todo pareció plegarse hacia ese punto de contacto, la presión acumulándose en una dirección que no correspondía al impacto, arrastrando fragmentos de polvo, restos del suelo y calor hacia el centro antes de que la estructura completa cediera de golpe y liberara la carga en una expansión blanca, densa, que salió como una liberación tardía de algo que ya había colapsado antes.

—¡Muévanse! —gritó All Might, corriendo con todas sus fuerzas hacia Bakugo.

Poco después, el impacto recorrió el cuadrilátero como una onda irregular, levantando placas de concreto en ángulos distintos, sacudiendo la estructura completa del estadio en una vibración que no se asentó de inmediato, obligando a quienes estaban más cerca a reaccionar sin margen. La presión rebotó entre superficies rotas, subiendo por las gradas en una sacudida que hizo temblar barandillas, cámaras y cuerpos por igual, como si el aire mismo hubiera perdido la forma durante un instante demasiado largo.

Entonces la luz llegó.

No como un destello limpio, sino como una expansión opaca que invadió todo el espacio a la vez, cubriendo el estadio en una claridad densa que anulaba contornos, borrando sombras, atravesando las cámaras que quedaron saturadas en blanco sin poder registrar forma alguna.

Durante esos dos segundos no hubo referencia, ni arriba ni abajo, solo una presencia que parecía ocuparlo todo sin desplazarse, como si el punto de contacto hubiera decidido extenderse en lugar de estallar. Y del mismo modo en que apareció, se contrajo hacia sí mismo, plegándose con una rapidez abrupta en un único punto que se cerró sobre sí mismo hasta desaparecer sin dejar rastro visible, como si nunca hubiera ocupado espacio en primer lugar.

El sonido regresó después.

Primero en fragmentos, luego en capas completas.

Cuando el entorno volvió a definirse, lo primero que se vio fue la imponente figura del héroe número uno sosteniendo a Bakugo entre los brazos, el cuerpo del estudiante colgando sin tensión, inconsciente, con la cabeza ladeada y el pecho moviéndose apenas en respiraciones cortas que todavía no encontraban ritmo. El héroe permanecía de pie, firme, pero no intacto; la superficie de su traje mostraba zonas oscurecidas por la quemadura, y su característico peinado, normalmente erguido y sólido, se encontraba doblado, opaco, como si el calor lo hubiera vencido lo suficiente para deformarlo.

A su alrededor, las estructuras levantadas por Cementoss comenzaron a retroceder. Las placas de concreto que se habían alzado como barreras protectoras cedieron lentamente, deshaciendo su forma en bloques que descendían y se fundían otra vez con el suelo del estadio, cerrando grietas, cubriendo huecos, intentando devolverle una coherencia mínima al terreno destrozado.

El propio Cementoss dejó caer los hombros en ese proceso, exhalando un suspiro largo, pesado, más cercano al agotamiento que al alivio.

Pero nada de eso retuvo la atención por mucho tiempo.

Lo que se impuso, lo que realmente quedó en el centro de todas las miradas, fue el cuerpo de Hades que seguía en el cuadrilátero.

No estaba en pie, tampoco era sostenido por aquellas estructuras que lo habían mantenido activo hasta el último momento.

Estaba tendido sobre el suelo irregular, sin rastro de hueso cubriéndolo, sin las placas, sin las extensiones que lo habían deformado durante el combate. Su cuerpo había quedado expuesto otra vez, reducido a su forma original, pero cubierto por una fina capa de partículas blancas que no terminaban de asentarse, desprendiéndose de su piel y de su ropa en pequeños fragmentos que flotaban apenas antes de deshacerse en el aire, como si fueran restos de algo que ya no podía mantenerse unido.

Durante un segundo, el estadio no reaccionó.

El silencio no fue absoluto, pero sí lo bastante denso como para sentirse como una pausa real, como si miles de personas estuvieran tratando de reconstruir lo que acababan de ver sin encontrar una forma inmediata de hacerlo. Y entonces, desde algún punto alto, alguien gritó el nombre de Hades.

Otro lo repitió.

Y luego otro.

Hasta que la reacción se propagó sin orden, multiplicándose en las gradas en una ola que no tenía coordinación, pero sí intensidad, voces que se superponían, que celebraban, que afirmaban sin necesidad de confirmación oficial lo que acababan de decidir por sí mismas:

—¡Hades ganó!

El ruido regresó con más fuerza que antes, como una descarga, como necesidad de llenar el espacio que la luz había dejado vacío segundos atrás.

Más arriba, Hawks inclinó apenas la cabeza, siguiendo la dirección de ese ruido mientras sus ojos se desplazaban hacia un punto cercano, donde Mirko estaba a su lado, de pie, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante, el traje marcado por zonas quemadas y el pelaje de sus orejas oscurecido por restos de polvo y calor.

Había llegado ahí sin que él notara el momento exacto en que se había ido, y eso, más que la explosión misma, le arrancó un silbido bajo, corto, cargado de una sorpresa que no intentó disimular.

—Primera vez que te veo moverte así por un mocoso —comentó, ladeando la sonrisa sin apartar del todo la vista del cuadrilátero.

Mirko no respondió. No giró, no confirmó ni negó. Simplemente desvió el peso de un pie al otro y, sin decir palabra, se dio la vuelta y comenzó a alejarse, dejando atrás el comentario como si no hubiera tenido suficiente peso para retenerla un segundo más.

Abajo, en la arena, varias unidades médicas ya se estaban movilizando. Los bots descendieron con trayectorias precisas, evitando los restos de concreto aún inestables mientras se aproximaban tanto a Bakugo como a Hades, desplegando brazos mecánicos que evaluaban estado, fijaban puntos de apoyo y preparaban el traslado sin interferir con los héroes que todavía ocupaban el espacio inmediato. Aizawa se encontraba ya junto a All Might, inclinándose apenas para revisar a Bakugo con rapidez, mientras su mirada se desviaba por momentos hacia Hades, midiendo algo que no terminaba de traducirse en palabras.

Midnight avanzó un paso hacia el centro, el micrófono aún en la mano, pero su expresión no acompañaba el anuncio que estaba obligada a dar. Se notaba en la tensión de la mandíbula, en la forma en que tomó aire antes de hablar, en el breve segundo de silencio que dejó pasar antes de proyectar la voz hacia todo el estadio.

—Por decisión oficial... —comenzó, y el ruido tardó en bajar lo suficiente como para que sus palabras se distinguieran con claridad—, ¡el ganador de este combate es Hades... quien avanza a la gran final del Festival Deportivo!

La reacción fue inmediata, un nuevo estallido desde las gradas que no esperó a que terminara la frase para imponerse sobre ella.

Midnight no levantó la voz para competir con ese ruido. Esperó lo justo, dejó que la ola pasara lo suficiente como para retomar, y continuó con un tono más firme, aunque la incomodidad seguía presente en cada palabra.

—Además... tengo que darles una mala noticia... —añadió, mirando de reojo el terreno a su alrededor—. Debido a que el cuadrilátero ha sufrido daños estructurales considerables, se pospondrá el siguiente enfrentamiento —sonrió, sosteniendo su máscara más de lo necesario—. Estimamos que tardaremos una hora en arreglar el lugar...

Hizo una pausa breve, obligándose a mantener la formalidad incluso con el entorno todavía vibrando por lo ocurrido.

—Durante ese tiempo, son más que bienvenidos a visitar los kioscos dirigidos por nuestros estudiantes en el patio de la U.A. —concluyó, levantando sus brazos—. ¡El evento continuará una vez que el área esté completamente reparada!

Abajo, el movimiento no se detuvo. Los bots médicos elevaron a ambos combatientes, separándolos del suelo que todavía no terminaba de estabilizarse, mientras el estadio seguía lleno de ruido, de nombres gritados, de interpretaciones que ya empezaban a construirse sin haber terminado de entender lo que realmente había pasado en ese punto donde, segundos antes, todo se había plegado sobre sí mismo.

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