Ficool

Chapter 45 - Segunda Temporada: Cuartos de final llenos de recuerdos...

—¡Los próximos competidores serán... Bakugo Katsuki contra Iida Tenya! —anunció Midnight, elevando la fusta de su látigo hacia el cielo como si estuviera marcando el inicio de un ritual más que de un combate.

El estadio respondió como una bestia despertando.

El rugido del público no fue un simple grito; fue una vibración que recorrió el concreto, que hizo temblar las barandas metálicas y sacudió los paneles luminosos del techo. Las pantallas gigantes parpadearon un segundo antes de proyectar los rostros de ambos estudiantes en proporciones desmedidas, convertidos ya en espectáculo.

En los palcos superiores, los cazatalentos comenzaron a moverse.

Algunos sacaron cámaras con lentes largos, ajustando enfoque con dedos rápidos. Otros abrieron carpetas rígidas, libretas negras, tabletas digitales donde nombres y estadísticas esperaban ser subrayadas. No observaban como fans. Observaban como inversionistas.

Abajo, en los camerinos, Bakugo sonreía.

No era una sonrisa amplia. Era una tensión en la comisura, algo afilado, algo que parecía pedir ruido.

Crujió el cuello hacia un lado. Luego hacia el otro.

El sudor ya perlaba su piel, no por nerviosismo, sino por anticipación. Sus manos se cerraron y abrieron con lentitud, como si probaran la presión exacta que necesitarían aplicar. Sus hombros rodaron una vez. El aire entró en sus pulmones con un silbido controlado.

Empezó a caminar lento. Saboreando la pelea.

Cada paso hacia el arco de salida lo acercaba al centro del estadio, pero en su mente no había Iida. No había estrategia de velocidad. No había análisis.

Solo un nombre.

—Hades... iré por ti —pensó, y la idea no fue una promesa tranquila; fue una declaración interna que ardía.

La compuerta se abrió.

La luz del estadio lo bañó con violencia blanca, y el público rugió de nuevo al reconocer la silueta explosiva de la Clase 1-A.

Bakugo salió sin correr.

Avanzó con la peligrosa calma que precede a una detonación, bajando la cabeza apenas mientras el humo decorativo se dispersaba a sus lados. Una sonrisa más clara marcó su rostro al ver el cuadrilátero esperándolo en el centro como un altar.

Midnight giró sobre su talón con teatralidad.

—¡Y ahí lo tienen! ¡Bakugo Katsuki, de la Clase 1-A! —exclamó, señalando el lado contrario con el látigo extendido—. ¡Y por el otro lado... Iida Tenya! ¡De la misma clase!

El público rugió otra vez, esta vez con expectativa pura.

Un enfrentamiento interno. Dos estilos opuestos. Velocidad contra explosión.

Pero el otro arco permaneció oscuro.

Un segundo.

Dos.

Tres.

Bakugo ya había subido al cuadrilátero. El concreto bajo sus botas respondió con un eco seco. Miró de reojo a Midnight, que mantenía la sonrisa profesional fija en el rostro.

Entonces el auricular vibró.

Midnight llevó la mano a su oído sin perder del todo la postura.

—¿Qué qué? —exclamó, apartando ligeramente el micrófono del rostro—. ¿Cómo que se retiró?

La palabra cayó pesada.

En el estadio, el murmullo empezó a crecer como una ola que aún no rompe.

Bakugo entrecerró los ojos.

Miró al frente.

El otro arco seguía vacío.

No venía nadie.

La impaciencia no explotó; se comprimió. Sus hombros se tensaron apenas. Su mandíbula marcó línea.

Midnight inhaló y recompuso la postura, aunque sus hombros bajaron un milímetro.

—Mil disculpas, querida audiencia —dijo, proyectando la voz con el profesionalismo de quien ha salvado eventos peores—, pero el estudiante Tenya Iida ha tenido que retirarse por motivos... familiares.

La palabra familiares fue pronunciada con cuidado.

En las gradas, algunos abuchearon. Otros soltaron suspiros de decepción. Las cámaras bajaron un poco. Las libretas quedaron abiertas sin nada nuevo que anotar.

Un combate cancelado no vende titulares.

Bakugo escupió al suelo del cuadrilátero sin ceremonia.

El sonido fue pequeño.

Pero seco.

Giró sobre sus talones y caminó hacia el arco por donde había entrado, sin mirar a nadie, sin despedirse del público que minutos antes lo ovacionaba.

—Carajo... esto fue una pérdida de tiempo —murmuró, y la frase no fue un berrinche; fue una frustración dirigida hacia algo más grande que ese combate.

El humo volvió a tragarse su silueta.

El estadio quedó con un vacío incómodo en el centro.

Y, en algún punto que no estaba a la vista del público, el tablero de emparejamientos a manos de Nezu había cambiado las tornas, para su alegría.

Bakugo caminaba por los pasillos internos del estadio con las manos enterradas en los bolsillos del calentador azul. El ruido del público llegaba amortiguado a través del concreto, como el eco de un mar lejano.

Las luces del techo pasaban una tras otra sobre su cabeza mientras avanzaba.

No estaba mirando realmente el camino. Estaba mirando la pelea que no ocurrió.

El impulso que había acumulado en el cuerpo seguía ahí, atrapado bajo la piel como electricidad que no había encontrado dónde descargarse. Sus hombros estaban tensos, su mandíbula también.

Giró en una esquina.

Y ahí los mechones verdes le bloquearon el paso.

Akemi apareció apoyada casualmente contra la pared, como si hubiera estado esperando desde antes de que él llegara. Su sonrisa era demasiado tranquila para el ruido del estadio que retumbaba arriba.

—Oh, Kacchan. ¡Qué gusto verte!

Bakugo ni siquiera disminuyó el paso.

Intentó pasar de largo.

—Tch. No estoy de humor.

Pero apenas dio dos pasos, cuando lo detuvieron.

—No, no, no —interrumpió Akemi, estirando el brazo y sujetándolo del codo antes de que siguiera caminando—. Mi siguiente combate está cerca, y necesito motivación.

Bakugo giró apenas la cabeza, visiblemente irritado.

—¡Ahhh, déjame ir, Deku! —gruñó, intentando avanzar sin jalar demasiado fuerte.

Akemi no soltó.

Ni siquiera pareció esforzarse.

—Si no me das un abrazo —reafirmó con total naturalidad—, no te diré cómo derrotar a Hades.

Bakugo se detuvo en seco.

El nombre quedó suspendido en su cabeza. Ese nombre no era solo un rival. Era una sombra que se había instalado en su subconsciente después del ataque en la USJ. Una cosa que no caía. Una cosa que no dejaba de levantarse.

La tentación apareció en su mente como algo dulce.

Pero su orgullo fue más rápido.

—¡Ja! —bufó, girando la cara con desprecio—. No necesito ayuda para derrotar a ese imbécil.

—Si convierten la pelea en una de resistencia, para demostrar que tus explosiones son mejores. Perderás —interrumpió, sin levantar la voz.

Sus látigos negros aparecieron desde su espalda con un movimiento suave, casi perezoso, y se deslizaron por el suelo del pasillo como serpientes dormidas. Uno de ellos se tensó y empujó ligeramente el hombro de Bakugo, obligándolo a mirarla de frente.

Sus ojos verdes lo sostuvieron.

No había burla ahí. Solo certeza.

—Quiero enfrentarte en la final.

Bakugo no respondió, apretó los labios y por un instante, el pasillo desapareció.

En su mente volvió la imagen que había visto días antes: el cuerpo de Hades siendo golpeado por el Nomu. Los impactos. La fuerza absurda de ese monstruo. El concreto rompiéndose.

Y aun así...

De pie.

Siempre de pie.

Bakugo tragó saliva.

Apretó los puños dentro de los bolsillos.

El impulso de responder le subía por la garganta, pero antes de que pudiera abrir la boca, la voz amplificada de Midnight cortó el aire del estadio.

—¡Disculpen la interrupción! —anunció su voz por los altavoces, vibrando a través de los pasillos de concreto—. ¡Pero ya es hora del siguiente duelo!

La multitud respondió con un rugido inmediato.

Midnight continuó, teatral como siempre.

—¡Akemi Midoriya, de la clase 1-A... contra... Itoshi Shinso, de la clase 1-C!

El nombre recorrió el estadio como una chispa.

Akemi soltó el codo de Bakugo.

Se estiró un poco, como si estuviera despertando el cuerpo antes de una caminata y no antes de una pelea frente a miles de personas.

—Bueno —dijo, girándose hacia el arco que llevaba al cuadrilátero—. Supongo que es mi turno.

Dio un par de pasos.

Luego miró por encima del hombro.

—Piénsalo, Kacchan —culminó, su sonrisa volviendo a su rostro—. Puedes venir a buscarme en el camerino de chicas.

Y sin esperar respuesta, caminó hacia la luz del estadio mientras el rugido del público se hacía cada vez más fuerte.

Bakugo se quedó en el pasillo unos segundos más.

Mirando el suelo.

Apretando los puños.

Pensando en una pelea que todavía no había comenzado, pero que ya estaba instalada dentro de su cabeza.

Akemi respiró profundamente antes de cruzar el arco del estadio.

El aire que salió de sus pulmones se perdió entre el ruido lejano de miles de voces, pero cuando su pie tocó el concreto del cuadrilátero ocurrió algo extraño: el ruido no creció. No hubo ovación inmediata, ni la explosión de aplausos que solía acompañar a los favoritos del torneo. Solo un murmullo incómodo que avanzó por las gradas como una corriente de aire frío.

La multitud la miraba.

No con entusiasmo.

Con cautela.

Todavía recordaban lo que había pasado en su combate anterior: el cuerpo quebrado de su rival, el sonido seco de los impactos, la manera en que ella había permanecido de pie cuando todo terminó, como si la violencia fuera simplemente otra herramienta.

Había algo en su forma de caminar que hacía que algunos tragaran saliva.

Pero ese silencio no duró.

Desde alguna parte del estadio, una voz rompió la tensión.

—¡Destroza a ese tipo con quirk de villano!

El grito salió brusco, cargado de una convicción fea que tardó apenas segundos en expandirse. Las cabezas empezaron a girar hacia la entrada opuesta, donde otra figura subía al escenario con pasos más lentos.

El murmullo cambió de tono al ver a Shinso.

—¿Ese no es el del lavado de cerebro?

—Sí... el de la clase C.

—Ese quirk es peligroso.

—Eso es básicamente lo que usan los villanos.

—No debería estar aquí.

Las palabras no eran gritos, pero juntas formaban algo peor: un juicio colectivo, una condena suave disfrazada de opinión. Los aplausos que empezaron a levantarse lo hicieron en dirección contraria.

—¡Tú puedes, Akemi!

—¡Enséñale!

—¡No lo dejes hablar!

La multitud terminó inclinándose hacia un lado de la balanza sin darse cuenta.

Akemi, sin embargo, no miró al público.

Su atención estaba fija al frente.

Su sonrisa era suave, casi amable, pero había algo en ella —algo sutil, venenoso— que hacía difícil saber si aquella dulzura era real o simplemente otra forma de presión.

Dentro de su mente, mientras avanzaba hacia el centro del cuadrilátero, los engranajes de un plan giraban con calma.

—Bien... —pensó—. Es una suerte que Shinso estuviera contra mí.

Sus pasos resonaron contra el suelo con un eco hueco.

Al otro lado, Shinso la observaba.

Su postura parecía tranquila, pero sus hombros estaban un poco más tensos de lo que él mismo habría querido admitir.

—El encuentro entre Akemi Midoriya y Hitoshi Shinso empezará en tres... —anunció Midnight, levantando los dedos mientras giraba para que las cámaras captaran su perfil—. Dos...

Akemi se detuvo.

Shinso dio un paso adelante.

—Uno.

El látigo de Midnight cortó el aire.

El chasquido resonó como un disparo seco.

—¡Peleen!

Durante un segundo nadie se movió.

Shinso fue el primero en romper el silencio.

Se lamió los labios lentamente, dejando que la sonrisa se estirara con una confianza que parecía más grande de lo que realmente sentía.

—Vaya... aquí está la carnicera —dijo, señalándola con el dedo—. Es curioso... la "gran heroína" del torneo y lo único que sabe hacer es romper gente.

Akemi no respondió.

Solo dio un paso hacia adelante.

Shinso ladeó la cabeza.

—¿Sabes qué es lo gracioso? —continuó—. El público te aplaude como si fueras un símbolo de justicia... cuando lo único que hiciste fue aplastar a Saiko frente a todos.

Otro paso.

—Seguro tus padres deben estar orgullosos —añadió con una risa seca—. Debe ser hermoso ver a tu hija convertirse en una pequeña máquina de violencia en televisión nacional.

Akemi siguió caminando.

El ritmo de sus pasos no cambió.

—Ah, claro... —volvió a hablar Shinso, su voz empezando a temblar—. O tal vez ni siquiera lo están viendo. Después de todo, no parece que alguien así tenga mucho interés en lo que eres ahora.

Otro paso.

Shinso sintió una gota de sudor bajar por su sien.

—También vi tu relación con esa chica de pelo marrón —continuó, forzando la sonrisa—. Qué escena tan tierna... dos "amigas" jugando a ser heroínas. ¿O era una forma elegante de recordarle quién manda?

Akemi ya estaba cerca.

Demasiado cerca.

Shinso tragó saliva.

—¿Qué pasa? —añadió, con la voz un poco más tensa—. ¿Te quedaste sin—

Akemi dio el último paso.

La distancia entre ellos desapareció.

Por primera vez desde que empezó el combate, Shinso sintió algo que no estaba en el guion que había imaginado.

El pánico nació desde su pecho, embotando sus sentidos.

Akemi se inclinó ligeramente hacia él. Su voz apenas fue un susurro que solo él pudo escuchar.

—Gracias por permitirme ver a unos viejos amigos.

Shinso frunció el ceño.

No entendió.

No quiso entender.

—Quieta —ordenó activando su quirk.

La mirada de Akemi se nubló.

Sus hombros se aflojaron apenas.

Su postura perdió tensión.

Y, mientras el estadio contenía la respiración sin comprender exactamente lo que acababa de ocurrir, la mente de Akemi cayó en el silencio profundo donde la esperaban los portadores del One For All.

La oscuridad apareció frente a ella como un corredor antiguo que hubiera estado esperando durante años a que alguien volviera a atravesarlo. No era una oscuridad absoluta; tenía profundidad, temperatura, un silencio que parecía respirar con cada latido del poder que corría por sus venas. Akemi reconoció aquella sensación de inmediato. Era la misma frialdad que había sentido la primera vez que el vínculo del One For All se había abierto dentro de su mente, esa presión suave que no provenía del miedo sino de algo mucho más viejo: nostalgia.

Ella se detuvo un instante, al notar que no llevaba el uniforme de la U.A.

En su lugar, su figura estaba envuelta en un traje oscuro de combate, más sobrio, más funcional, marcado por cicatrices invisibles de uso. Su cuerpo era el mismo... pero no exactamente. Los hombros estaban más firmes, la postura más recta, y en su mirada había algo que no pertenecía a una estudiante.

Akemi observó sus propias manos por un segundo. Y las cerró apretando firmemente.

—Así que... aquí estamos otra vez —murmuró. Dando el primer paso.

El sonido de su zapato resonó en el vacío con una claridad imposible, como si el espacio mismo amplificara su presencia. El eco no era solo sonido: era conciencia. Cada paso parecía despertar algo dentro del poder que la conectaba con todos los que habían cargado ese legado antes que ella.

El pasillo oscuro se extendía frente a sus ojos.

Y al fondo, lentamente, una luz comenzó a dibujar un destino.

Akemi caminó hacia ella sin prisa.

Sabía exactamente a dónde llevaba.

Cuando finalmente atravesó la frontera de la luz, el espacio cambió. La oscuridad se abrió en una sala amplia, sin paredes visibles, donde el aire mismo parecía estar sostenido por una energía antigua y acumulada durante generaciones.

Y allí, estaban siete figuras sentadas en semicírculo, como si hubieran estado esperando durante mucho tiempo el momento exacto de su llegada. Sus presencias no eran fantasmas ni recuerdos simples; eran voluntades condensadas, fragmentos de vidas que habían sido absorbidas por el poder que ahora latía dentro de ella.

Y detrás de ellos...

Había una octava silueta. Difusa. Incompleta. Una forma que apenas empezaba a existir.

—Te hemos estado esperando —dijo la persona sentada en el centro del semicírculo.

El hombre de cabello blanco no levantó la voz. No lo necesitaba. Su presencia llenaba el espacio con una autoridad tranquila que parecía sostener a los demás.

—Bienvenida, novena portadora del One For All.

Akemi sonrió ampliamente, como si aquel saludo confirmara algo que llevaba años sabiendo.

Se detuvo frente a ellos y realizó una pequeña reverencia, más formal que humilde, como quien reconoce una jerarquía pero no se somete a ella.

—Hace mucho que no los veo... grandes predecesores.

Las miradas se cruzaron entre ellos.

El primero en hablar fue un hombre con chaleco rojo, cuyos ojos la observaban con una mezcla de curiosidad y desconcierto.

—Es extraño... —murmuró, inclinándose ligeramente hacia adelante—. Esta es la primera vez que nos encontramos frente a frente.

El hombre a su lado, con una cicatriz profunda cruzándole el rostro, terminó la idea con voz grave.

—Y sin embargo... se siente como si hubiéramos estado conectados contigo durante años.

Akemi no negó aquello.

Era la verdad.

Una mujer de cabello negro recogido la observaba con una intensidad silenciosa, como si estuviera leyendo algo más allá de su expresión.

—Cuando el vínculo del One For All se abrió en tu mente —dijo finalmente—, no solo vimos recuerdos.

Sus ojos se estrecharon ligeramente.

—Sentimos tu dolor... —La frase de un hombre con cabello gris, quedó suspendida en el aire.

—Cada vez que miras a alguien —continuó la mujer—, sentimos lo que se mueve dentro de ti. El peso de las decisiones que todavía no tomaste... y de las que ya tomaste demasiadas veces.

El hombre de cabello blanco intervino entonces, inclinando ligeramente la cabeza.

—Eso plantea una pregunta importante.

Sus ojos se fijaron directamente en los de Akemi.

—¿Vienes del futuro?

Akemi no respondió de inmediato.

Su sonrisa no desapareció, pero cambió. Se volvió más serena, como si esa pregunta fuera un paso inevitable de una conversación que ya había tenido antes.

Finalmente asintió.

—Sí. —Dio un paso hacia adelante—. Vengo de varios años en el futuro.

La reacción entre los portadores fue inmediata.

El hombre con bandana negra exhaló lentamente.

—Los quirks ya son algo aterrador... —murmuró, cruzando sus brazos—. Pero la idea de que el tiempo también pueda ser alterado por una persona...

Un hombre con vestimenta de motociclista soltó una risa corta, sin humor.

—No hace falta especular demasiado. —Se inclinó hacia adelante con los codos sobre las rodillas—. Cuando te conectaste con el poder, vimos fragmentos de lo que llevas dentro.

Sus ojos se clavaron en Akemi.

—Y el futuro... no se ve precisamente brillante.

Akemi asintió una vez más.

—No lo es.

Sus ojos se movieron entonces hacia la única mujer presente además de ella.

—Es precisamente por eso que vine —dijo con calma, dando un paso en su dirección—. Necesito tu quirk. Nana Shimura.

El silencio fue inmediato.

Nana no habló.

Solo la observó.

Pero el motociclista levantó una mano antes de que la conversación pudiera avanzar.

—Ni hablar —su tono fue seco—. Ya tienes suficiente con mi quirk y la fuerza de nosotros.

Sus ojos se movieron hacia los demás.

—Blackwhip no es una habilidad ligera. Requiere control mental constante. Si le añadimos otro quirk ahora...

El hombre de la cicatriz terminó la frase, dando pequeños golpes en el suelo con la suela de sus zapatos.

—El cuerpo humano no soporta ese tipo de acumulación.

—Exacto —continuó el motociclista, chasqueando los dedos—. El One For All ya es una bomba dentro del cuerpo de cualquier portador.

—Agregar más quirks antes de tiempo solo acelera la explosión —culminó, el hombre con cabello gris.

La mujer de cabello negro intervino entonces, con voz más analítica que emocional.

—Sin embargo, hay un detalle que no podemos ignorar.

Sus ojos volvieron a Akemi.

—Ella provocó este encuentro.

El hombre de cabello blanco asintió lentamente.

—Eso significa que logró manipular el enlace mental del One For All desde el exterior.

—Y eso... —añadió la mujer, sonriéndole con aprovación—, requiere un nivel de control que ni siquiera la mayoría de los portadores desarrolló en vida.

El debate comenzó a tomar forma.

—Control no significa estabilidad —replicó el hombre de la cicatriz—. Aún es muy joven.

—Pero sí indica potencial —respondió la mujer, sonriendo ampliamente.

—El potencial no evita que el cuerpo colapse.

—El One For All nunca se basó en seguridad.

Las voces se superpusieron.

Advertencias.

Cálculos.

Memorias de lo que cada uno había soportado cuando el poder todavía era menos pesado de lo que era ahora.

Finalmente el hombre de cabello blanco levantó la mano y el silencio se volvió unánime.

—Hay una pregunta que nadie ha hecho todavía.

Sus ojos se fijaron en Akemi.

—¿Por qué necesitas el quirk de Nana ahora?

Akemi respondió sin vacilar.

—Porque, dentro de tres semanas, habrá un atentado terrorista con armas biológicas que pueden volar.

Las miradas se tensaron.

—Armas biológicas... —murmuró el tipo de la bandana—, ¿está relacionado a ese Nomu que los atacó?

Akemi solo asintió, apretando los puños con temor.

—Secuestrarán a mucha gente para experimentar con ellos y volverlos en Nomus...

Su respiración se volverá errática por un momento, recordando cómo la gente era secuestrada y los héroes no podían hacer nada por los nomus en la tierra.

Todos los antecesores se paralizaron por un instante, sintiendo el dolor de la memoria de Akemi.

El motociclista entrecerró los ojos, aún indispuesto a ceder.

—Eso sigue sin justificar—

—Si no puedo moverme en tres dimensiones —interrumpió Akemi con calma, retomando su respiración tranquila—, moriré.

El silencio volvió a instalarse.

—Y si yo muero... —continuó, esta vez mirando al hombre del centro—, el One For All muere conmigo.

Esa frase cambió el peso de la discusión.

Los portadores intercambiaron miradas más largas.

Más serias.

Finalmente el hombre de cabello blanco habló.

—La decisión final no es nuestra.

Sus ojos se movieron hacia Nana.

—El quirk es tuyo.

El círculo de miradas se cerró sobre Nana Shimura, quien se levantó lentamente.

Su presencia tenía algo diferente al resto. No era solo la fuerza tranquila que emanaba de ella, ni la firmeza con la que se mantenía erguida frente a los demás portadores. Era algo más profundo: la serenidad de alguien que había tomado decisiones imposibles y había aprendido a vivir con ellas.

Observó a Akemi durante varios segundos. Midiéndola. Pesando.

Buscando en su postura, en la forma en que sostenía los hombros y en la tensión silenciosa de sus manos, la verdad que las palabras rara vez alcanzan a explicar.

—Dime una cosa... —dijo finalmente, dando un paso al frente hasta quedar frente a ella.

Akemi no retrocedió.

Enderezó los hombros.

Las dos quedaron a la misma altura.

Ese detalle no pasó desapercibido para los demás portadores. Durante un instante, la tensión dentro del espacio del One For All cambió. No era la postura de una heredera frente a su predecesora.

Era la postura de dos portadoras frente a frente.

—¿Por qué deberíamos confiar en ti?

Akemi respiró profundamente.

El aire llenó sus pulmones con un peso que no era físico, sino histórico. Cada uno de ellos había vivido una guerra distinta, había cargado el poder en momentos donde el mundo parecía romperse de maneras diferentes.

Y ahora todos ellos la observaban a ella.

No como una niña.

Como el futuro del legado.

Akemi no apartó la mirada.

Sus dedos se cerraron lentamente en puños.

—Porque no retrocedí en el tiempo para jugar —dijo finalmente, con una calma que apenas ocultaba la presión bajo su pecho—. Lo hice para que exista un mañana.

El silencio cayó sobre el círculo.

No fue inmediato.

Fue pesado.

Como si las palabras hubieran dejado caer una piedra en el centro mismo del poder que compartían.

Nana sostuvo su mirada durante un largo momento.

Algo en los ojos de Akemi —algo que no tenía que ver con juventud ni con ambición— parecía resonar con una verdad demasiado familiar.

Finalmente, Nana sonrió.

—Eso... —murmuró, levantando la mano hasta apoyarla sobre el hombro de Akemi—, fue una buena razón.

El contacto fue ligero. Pero en el instante en que ocurrió, el espacio del One For All reaccionó.

Akemi cerró los ojos, sintiendo el poder.

Como un cambio de equilibrio.

Durante años había cargado el peso del One For All como si fuera una gravedad constante tirando de cada músculo, de cada hueso, de cada respiración. Pero ahora, mientras el quirk de Nana comenzaba a entrelazarse con el flujo de energía que recorría su cuerpo, algo dentro de esa presión cambió.

Una ligereza olvidada.

Una sensación que no había sentido en mucho tiempo.

Como si el mundo hubiera perdido parte de su peso.

Los demás portadores observaron el proceso en silencio. Algunos asintieron con gravedad, reconociendo que el legado que habían construido acababa de avanzar un paso más allá de lo que habían imaginado; otros mantuvieron el rostro serio, conscientes de que cada nuevo quirk añadido al One For All era también una nueva carga para quien lo portaba. Finalmente, el hombre sentado en el centro —la primera voluntad que había iniciado aquella cadena de herencias— habló con una firmeza que devolvió el peso de la responsabilidad al momento.

—La próxima vez que vuelvas... —dijo, su voz firme dentro del vacío—, no será tan fácil obtener algo nuestro si no nos entregas resultados.

Akemi no giró para mirarlo. No era necesario. Sabía perfectamente quién había hablado, y también sabía lo que representaba para todos ellos. En lugar de responder con palabras grandilocuentes, simplemente apretó el puño mientras el poder del One For All recorría su cuerpo con una fuerza renovada.

—Dalo por hecho, Yoichi.

El mundo cambió.

No con un estallido ni con violencia, sino con la misma transición silenciosa con la que había entrado a ese lugar. La oscuridad se disolvió y el rugido del estadio volvió a llenar sus oídos, reemplazando el silencio pesado del espacio mental del One For All con miles de voces superpuestas que exigían, gritaban y reaccionaban al combate que seguía desarrollándose en el mundo real.

Akemi abrió los ojos.

Se encontraba en el borde del cuadrilátero.

Un solo paso más, y su cuerpo abandonaría la plataforma, lo que significaba la derrota inmediata.

Los gritos del público la golpearon de lleno.

Miles de voces que exigían que no saliera, que se detuviera, que reaccionara antes de perder el combate de la manera más absurda posible. Al otro lado del ring, Shinso observaba la escena con una satisfacción creciente, convencido de que el resultado estaba decidido. En su mente, el control mental había funcionado exactamente como debía; la heroína prodigio estaba a punto de abandonar la arena por su propia voluntad.

Akemi dio el último paso.

Su pie dejó el borde del cuadrilátero.

Pero no cayó.

Su cuerpo se detuvo en el aire como si la gravedad hubiera olvidado reclamarlo. Durante un segundo completo el estadio quedó en silencio, incapaz de procesar lo que estaba viendo, mientras Akemi permanecía suspendida a pocos centímetros del borde del ring, flotando con una naturalidad imposible.

La incredulidad golpeó primero a Shinso.

—¿Qué...?

La palabra murió en su garganta antes de completarse. Desde la espalda de Akemi surgieron los látigos negros de Blackwhip, desplegándose con la precisión de un músculo entrenado durante años. Las cintas oscuras rodearon el cuerpo de Shinso antes de que pudiera reaccionar, levantándolo del suelo y arrastrándolo fuera del cuadrilátero con un movimiento controlado que no tuvo nada de brutal, pero sí de definitivo.

Akemi descendió lentamente hasta el centro de la arena.

Sus botas tocaron el suelo.

Midnight la observó durante un momento que se hizo más largo de lo que el protocolo del espectáculo hubiera considerado prudente. No porque no supiera qué decir —llevaba años sobreviviendo a cámaras, accidentes y egos heroicos—, sino porque incluso ella necesitó un segundo para procesar lo que acababa de ocurrir frente a todo el estadio: una estudiante al borde de la derrota, suspendida en el aire como si la gravedad hubiera decidido, por un instante, no tocarla. 

Al final suspiró, recompuso la sonrisa profesional que siempre encontraba la manera de volver a su sitio y levantó el micrófono con esa energía brillante que el público asociaba con normalidad.

—¡Y la ganadora de este encuentro es... Akemi Midoriya de la clase 1-A!

El estadio respondió con un rugido tardío, todavía contaminado por la incredulidad. Había aplausos, sí, pero no nacían de una comprensión clara de lo que habían presenciado, sino de esa necesidad automática que tiene toda multitud de llenar el vacío después de una escena imposible. Akemi, en cambio, no miró primero al público. 

Bajó la vista hacia sus propias manos y abrió los dedos con lentitud, como si quisiera comprobar que aquello no había sido una alucinación nacida del vínculo, sino una realidad anclada en su cuerpo presente.

La ligereza seguía allí. Sutil. Delicada. Antigua. No era simplemente un nuevo quirk manifestándose dentro del flujo del One For All; era una sensación que ella había extrañado durante demasiado tiempo, el recuerdo físico de una movilidad que su cuerpo futuro había aprendido a amar hasta convertirla en costumbre. Por un instante, la dureza habitual de su expresión cedió y una felicidad genuina, pequeña pero intensa, le cruzó el rostro.

Entonces levantó la mirada.

En el palco VIP, detrás del cristal que separaba a los héroes del espectáculo que ayudaban a sostener, estaba Toshinori Yagi en su forma encogida, lejos del símbolo de paz que el mundo idolatraba y demasiado cerca, en cambio, del hombre exhausto que había quedado debajo del mito. Permanecía de pie, inmóvil, con la boca completamente abierta y el rostro casi pegado al vidrio, como si la distancia física entre él y la arena fuera de pronto insoportable.

Había en sus ojos una perplejidad tan desnuda que resultaba casi dolorosa de mirar, porque no nacía del análisis ni del miedo, sino del reconocimiento.

Akemi lo vio y le sonrió.

Llevó ambos dedos índices a las comisuras de sus labios y empujó apenas hacia arriba, obligando a que esa sonrisa se ensanchara todavía más, un gesto casi teatral, casi infantil, y sin embargo cargado de una intención que solo alguien como Toshinori podía comprender del todo. No era una burla simple. Era una señal. Un eco. Una herida abierta con forma de recuerdo.

Toshinori quedó petrificado. El temblor que le recorrió la mandíbula fue mínimo, pero suficiente. Sintió cómo una presión desconocida le subía por el pecho hasta instalarse en la garganta, y por más que intentó contenerla con la disciplina vieja de quien ha aprendido a tragarlo todo en silencio, unas pequeñas lágrimas quisieron nacerle contra su voluntad.

Durante un segundo, el estadio, el ruido, la final, incluso el peligro, se disolvieron alrededor de un nombre que regresaba desde años más hondos que el propio cuerpo.

—Maestra... —murmuró.

La palabra salió de él con una fragilidad impropia del héroe que había cargado una era entera sobre sus hombros. Fue casi un rezo. Casi una confesión.

Muy lejos de ese palco, en la zona reservada para los comentaristas, Present Mic seguía mirando la arena con una mezcla de incredulidad profesional y emoción genuina. La energía del estadio todavía retumbaba bajo el concreto, y aun así, por un momento, su voz tardó en salir. Cuando lo hizo, sonó menos explosiva de lo habitual, como si incluso él entendiera que lo que acababa de pasar necesitaba ser tocado con cierta cautela antes de volver a convertirse en entretenimiento.

—¡Vaya! —exclamó al fin, inclinándose un poco hacia adelante sobre la baranda del palco de comentaristas—. ¡Sin duda tus estudiantes son una caja de sorpresas!

Aizawa no respondió de inmediato. Su mirada siguió a Akemi mientras ella comenzaba a retirarse, caminando hacia el arco por el que había entrado con esa tranquilidad inquietante de quienes no celebran una victoria porque hace demasiado tiempo que la victoria dejó de ser algo puro. Él la observó hasta que la figura de la muchacha empezó a ser tragada por la penumbra del túnel, y solo entonces llevó una mano al mentón, frotándolo despacio con un gesto pensativo que, en él, era casi una forma de cansancio.

—Uhmmmm... —arrulló por lo bajo, los ojos todavía fijos en el arco vacío—. Espero que esas sorpresas no sean malas.

Present Mic giró la cabeza de inmediato hacia él, frunciendo el ceño con curiosidad genuina.

—¿Eh? Pero ¿qué dices, compañero?

Aizawa negó con la cabeza, sin apartar del todo la vista del cuadrilátero recién vaciado.

—Olvídalo.

Present Mic entreabrió la boca, listo para seguir presionando, porque era incapaz de dejar sola una frase a medias cuando olía aunque fuera una pizca de drama institucional o de misterio docente.

Pero antes de que pudiera insistir, la voz de Midnight volvió a elevarse por encima del estadio, brillante, hábil, perfectamente calibrada para coser el silencio con espectáculo antes de que la multitud tuviera tiempo de pensar demasiado en lo que había visto.

—¡Ese fue un enfrentamiento veloz, damas y caballeros! —proclamó, girando el látigo con una soltura tan limpia que parecía imposible que segundos antes también ella hubiera estado desconcertada—. ¡Pero no despeguen la mirada de la arena, porque el siguiente combate promete ser aún mejor!

Las pantallas gigantes, siempre hambrientas, cambiaron de inmediato. El rostro de Akemi desapareció. El nombre de Shinso se extinguió como si nunca hubiera existido. Ahora el sistema pedía nuevos cuerpos, nuevos quiebres, una nueva porción de tensión para venderla al mismo público que unos minutos antes había condenado a un adolescente por el tipo de quirk que poseía.

Midnight alzó el brazo, y su voz cortó el aire con renovada teatralidad.

—¡Ambos del curso de héroes de primero A! ¡Hades... contra Momo Yaoyorozu!

El estadio rugió otra vez, pero esta vez el sonido fue distinto. Menos confuso. Más hambriento.

[Hace 5 minutos]

Hades se mantenía sentado con su brazo izquierdo estirado y lleno de vendas. El olor químico de los fármacos había enturbiado la mente del muchacho, haciéndole perder la noción del tiempo, mientras recordaba cada golpe que Saiko recibía de manos de Akemi.

—Bien, con esto debe ser suficiente —afirmó la enfermera mientras terminaba de ajustar el vendaje alrededor del antebrazo izquierdo—. Ya puedes irte.

La tela blanca quedó firme contra la piel oscurecida por hematomas. Había sangre seca en los bordes de algunos rasguños, marcas de presión donde los golpes habían sido más brutales de lo que cualquier combate de festival debería permitir. La enfermera dio un paso atrás, evaluando el trabajo con la mirada práctica.

Hades gruñó por lo bajo mientras cerraba lentamente la mano vendada, probando la tensión del brazo. El músculo respondió con un tirón doloroso que le subió por el antebrazo hasta el codo, obligándolo a apretar los dientes durante un segundo.

No era una herida incapacitante.

Pero tampoco era leve.

—Ella... ¿estará bien? —preguntó finalmente, comenzando a caminar hacia la salida de la enfermería.

La pregunta salió sin que Hades mirara hacia atrás, justo cuando Recovery Girl apareció entre las cortinas blancas que separaban las camas de la enfermería. El sonido seco de su bastón contra el suelo de baldosas marcó dos pasos antes de que la anciana suspirara profundamente detrás de él.

—Por cuarta vez... sí, estará bien.

La voz de la anciana no era irritada. Era paciente. Pero había en ella ese tono cansado que nace cuando alguien ha tenido que repetir la misma respuesta demasiadas veces para el mismo tipo de preocupación.

Hades se detuvo apenas un segundo.

Luego asintió.

Sus dedos envolvieron el frío pomo metálico de la puerta y la sensación helada se filtró por su piel como un pequeño choque eléctrico. Durante un instante se quedó así, con la mano apoyada sobre el metal, como si el peso de algo invisible estuviera presionando su espalda.

Sus hombros se tensaron al recordar el estado en que había quedado Saiko: los moretones, las heridas, la palidez enfermiza de su piel.

Finalmente giró el pomo.

La puerta se abrió con un chirrido breve y el aire del pasillo, más frío que el de la enfermería, se deslizó dentro de la habitación. El ruido lejano del estadio regresó inmediatamente, amortiguado por paredes gruesas pero imposible de ocultar del todo. Miles de voces mezcladas en una vibración lejana que recordaba, constantemente, que el festival seguía avanzando sin detenerse por nadie.

Hades salió al pasillo.

La puerta se cerró detrás de él con un clic suave.

Por un momento se quedó quieto allí, en medio del corredor casi vacío, escuchando ese rugido distante que subía desde el estadio como el rumor de una tormenta contenida bajo el concreto.

—Por aquí, alumno —habló una voz metálica que venía justo detrás de Hades.

Él se volteó y vio a un pequeño robot asistente de la enfermería.

—Sígueme, sígueme, sígueme —repitió el pequeño bot, adelantándose al muchacho.

Los pasos de Hades se volvieron un eco que se ahogaba lentamente bajo los aplausos y los gritos de la audiencia.

—¡Ambos del curso de héroes de primero A! ¡Hades... contra Momo Yaoyorozu!

Hades se detuvo.

El nombre rebotó contra las paredes del pasillo y se instaló en el aire como un desafío inevitable.

Durante un segundo no se movió.

Luego, lentamente, levantó la mirada hacia el techo.

—Tch... —bufó, apretando los puños.

En ese momento, Hades vio cómo el pequeño robot aceleraba por el pasillo con ese zumbido agudo que tenían todos los asistentes de la enfermería, ruedas girando demasiado rápido para un cuerpo tan pequeño. El bot avanzó unos metros más y frenó justo antes del arco que conectaba con el cuadrilátero del estadio, deteniéndose con un chirrido mecánico que resonó en el túnel.

—Hemos llegado, hemos llegado, hemos llegado —anunció la pequeña máquina, agitando su antena como si fuera un brazo diminuto que señalaba la salida.

Hades apenas asintió. El eco lejano del estadio ya vibraba en el aire, un rugido constante que se filtraba por el túnel como una corriente subterránea de sonido. Tomó una respiración lenta, profunda, dejando que el aire frío llenara sus pulmones mientras daba los primeros pasos hacia la luz del arco.

—Surge... pequeño Larry.

La invocación salió de su boca como un murmullo áspero.

A su costado, el aire se agrietó con un sonido seco, como porcelana rompiéndose desde dentro. Una fisura negra se abrió en el espacio y, desde ella, emergió lentamente un pequeño cráneo. Primero los ojos vacíos, luego la mandíbula, después el resto del diminuto esqueleto que se deslizó fuera de la grieta con un pequeño salto torpe, sacudiéndose el polvo inexistente de los huesos.

—¡Hola, jefe! ¡Cuánto tiempo sin verlo! —saludó Larry con entusiasmo inmediato, trotando hacia las botas de Hades y comenzando a escalar por su pierna como si fuera una pared familiar—. ¿Cuál es la misión esta vez? ¿Espionaje, quizá? ¿Un asesinato silencioso? ¿O tal vez infiltración estratégica con eliminación progresiva de objetivos?

Sus palabras continuaron atropellándose unas sobre otras mientras el pequeño esqueleto alcanzaba el hombro de Hades y se acomodaba allí como si ese fuera su sitio natural.

Hades no le prestó atención.

Porque dentro de su mente, otra voz ya estaba hablando.

—Recuerda, Hades —dijo Haruto con urgencia—. No uses fuerza letal. Especialmente contra Momo.

—Tch —gruñó él mentalmente—. Yo decidiré si hacerlo o no. Especialmente con esa perra.

—¡No, no, no! —insistió Haruto, su tono transformándose en una mezcla de pánico y rabia—. ¡No te dejaré hacerlo, imbécil!

—¿A quién le llamas imbécil?

La discusión interna apenas comenzaba a escalar cuando el rugido del estadio irrumpió desde el otro lado del túnel, aplastando cualquier otro sonido.

Miles de voces gritando al mismo tiempo.

Su nombre.

Larry levantó el cráneo con entusiasmo inmediato.

—¡Jefe, jefe! ¡Mire! —exclamó, señalando con su dedo huesudo hacia una de las enormes pantallas que colgaban sobre el estadio—. ¡Estamos en las grandes pantallas!

La imagen ampliada de Hades apareció proyectada sobre el estadio entero mientras avanzaba por el túnel.

—¡Oh por dios, estamos en un—

La emoción del pequeño esqueleto murió en seco.

Larry bajó la mirada hacia el centro del cuadrilátero.

Momo Yaoyorozu caminaba hacia su posición desde el extremo opuesto de la arena.

El pequeño esqueleto comenzó a temblar de inmediato, escondiéndose instintivamente detrás de la cabeza de Hades como si su diminuto cuerpo pudiera desaparecer allí.

—No... —murmuró Larry—. No... no... no...

Hades también la vio.

Y al hacerlo, algo dentro de su mente se rompió.

La arena desapareció.

El estadio desapareció.

En su lugar regresaron otros recuerdos.

Un parque iluminado por el atardecer.

Hombres vestidos de negro.

Manos sujetándolo.

Golpes.

Risas.

Y una niña observando todo desde la distancia.

Cada impacto volvió con una claridad brutal. Cada insulto, cada carcajada infantil, cada segundo en el que su cuerpo había sido tratado como algo que podía romperse sin consecuencias.

El odio subió por su pecho como una marea negra.

Haruto también lo sintió.

La fuerza de aquellas emociones golpeó su conciencia con tal intensidad que por un momento no pudo hablar.

—Hades... ella...

Pero Hades no respondió.

De su garganta salió un gruñido bajo, animal, un sonido que ni siquiera él había decidido emitir. Sus pensamientos se enturbiaron bajo el peso de aquellos recuerdos que no eran simples memorias: eran heridas todavía abiertas.

—Con ambos competidores presentes... —anunció la voz de Midnight desde los altavoces— ¡este combate comenzará en tres!

La profesora observaba desde su posición con una ligera tensión en la mirada. Había algo extraño en Hades, algo que no coincidía con el comportamiento de un estudiante que simplemente se preparaba para pelear. Y sin llamar la atención de nadie, tomó con ligereza una parte de su traje, lista para rasgarlo si algo llegase a salirse de control de nuevo.

—Dos...

Hades levantó lentamente el brazo derecho.

—Uno...

—¡Equipamiento de cadáver! —rugió.

Pero antes de que el ritual pudiera completarse, Larry saltó desde su espalda y retrocedió varios pasos sobre la arena.

—No... —murmuró el pequeño esqueleto, sacudiendo el cráneo con nerviosismo—. No, no, no... yo no quiero...

Hades lo miró con incredulidad.

Larry nunca había rechazado una invocación.

Nunca.

Pero Momo no se detuvo a observar la escena.

Desde su antebrazo emergió un bastón metálico que se formó lentamente a partir de la luz blanquecina del proceso de creación, el metal extendiéndose hasta tomar la forma de una vara larga con una punta cobriza cuidadosamente diseñada.

Con la otra mano, otro objeto comenzó a materializarse.

Una esfera compacta.

Pequeña.

Densa.

Hades apenas tuvo tiempo de registrar el movimiento cuando Momo se lanzó hacia adelante.

El bastón descendió con fuerza directo hacia su clavícula.

Él giró el cuerpo por instinto, levantando el brazo derecho para interceptar el golpe.

La punta cobriza chocó contra su brazo extendido.

Y entonces la electricidad explotó.

Una corriente brutal recorrió su cuerpo en una fracción de segundo, atravesando músculos y nervios con la violencia de un relámpago comprimido. Sus dientes se apretaron con un chasquido involuntario mientras el impulso eléctrico recorría su columna y bajaba hasta sus piernas.

Momo ya se había separado. El objeto redondo que había creado cayó desde su otra mano hacia el suelo.

El bastón giró en una de sus manos mientras retrocedía dos pasos con una elegancia calculada. Con la otra, se colocó algo dentro de los oídos, mientras la misma luz blanquecina aparecía en su rostro.

—Lo siento —dijo con calma, su voz firme a pesar del ruido del estadio—, pero no perderé esta vez.

La esfera tocó el suelo.

Y el mundo explotó en luz.

Un flash cegador llenó el cuadrilátero acompañado por un estruendo seco que golpeó los oídos de todo el estadio como una detonación contenida. El sonido rebotó contra las gradas mientras el humo blanco comenzaba a expandirse sobre la arena.

Momo no se había quedado quieta.

Ya estaba moviéndose dentro del resplandor con un par de lentes negros en su rostro.

La detonación de la granada no llegó como un simple destello de luz. Llegó como una invasión brutal de los sentidos, una irrupción que atravesó el cuerpo de Hades con la violencia de algo que no estaba diseñado para matar, pero sí para desarmar por completo la percepción humana. La luz blanca explotó directamente frente a sus ojos y durante un instante interminable todo lo que existía fue ese resplandor absoluto, una claridad tan intensa que no parecía provenir del exterior sino del interior mismo de su cabeza. Sus pupilas se cerraron por reflejo, pero fue inútil; la imagen ya se había incrustado en su visión como una cicatriz luminosa.

El sonido llegó inmediatamente después, no como un estallido limpio sino como un golpe contundente que atravesó sus oídos y se hundió en el centro de su cerebro. Fue un impacto denso, casi físico, que sacudió su equilibrio y desordenó su orientación espacial con la eficacia brutal de una herramienta diseñada para romper la mente antes que el cuerpo. El estadio entero desapareció detrás de un pitido agudo que empezó a vibrar dentro de su cráneo, un silbido continuo que no dejaba espacio para ningún otro sonido y que parecía multiplicarse con cada segundo que pasaba.

Cuando su cuerpo intentó reaccionar, descubrió que ya no sabía cómo hacerlo.

El suelo dejó de ser una referencia confiable. Sus pies intentaron sostenerlo, pero el mundo se inclinó de manera absurda, como si la arena hubiera perdido su estabilidad y ahora flotara en ángulos imposibles. Arriba y abajo dejaron de tener significado. Sus músculos respondieron tarde, torpemente, tratando de recuperar una postura que su mente ya no podía identificar con claridad.

El primer golpe llegó entonces, directo contra sus costillas.

El impacto fue seco, preciso, acompañado por una descarga eléctrica que atravesó su torso y contrajo sus músculos con un espasmo violento. Su cuerpo intentó girar para responder, pero el movimiento llegó descoordinado, retrasado por la confusión que todavía dominaba sus sentidos.

Antes de que pudiera levantar un brazo para bloquear, el bastón volvió a golpear, esta vez contra su hombro, y la electricidad que acompañó el impacto recorrió su sistema nervioso como un relámpago breve pero devastador.

Momo no estaba atacando con furia ciega. Su postura era controlada, calculada, cada movimiento medido con la precisión que había entrenado durante semanas desde su derrota anterior contra Akemi.

Mientras el humo de la granada todavía flotaba en el aire y la luz residual distorsionaba la visión de su oponente, ella avanzó con una disciplina fría, manteniendo la distancia justa para golpear sin exponerse. El bastón descendía una y otra vez en ángulos distintos, buscando hombros, costillas, espalda y muslos, lugares donde el dolor acumulado podía debilitar sin destruir.

Para Hades, sin embargo, los golpes no tenían dirección.

El pitido dentro de sus oídos convertía cada movimiento en un caos sensorial. Sus ojos estaban abiertos, pero el mundo se descomponía en manchas blancas y sombras que se movían sin lógica. Intentó levantar sus manos frente a su rostro, pero no estaba seguro de dónde estaba su rostro. Intentó dar un paso hacia atrás, pero su pie encontró arena en el momento equivocado y su cuerpo se inclinó hacia un lado como si el suelo hubiera cambiado de posición.

Otro golpe cayó sobre su espalda.

La descarga eléctrica lo recorrió desde el cuello hasta las piernas, haciendo que sus músculos se contrajeran en direcciones contradictorias. Intentó contraatacar con un movimiento instintivo, lanzando el brazo hacia adelante con la intención de golpear, pero lo único que encontró fue aire vacío. El bastón volvió a descender, esta vez contra su abdomen, arrancándole el aire de los pulmones en un espasmo involuntario que dobló su cuerpo.

Mientras todo eso ocurría en el centro del cuadrilátero, Larry observaba desde el borde de la arena.

El pequeño esqueleto había retrocedido durante la explosión, refugiándose detrás de uno de los límites del combate, pero desde allí podía ver perfectamente lo que estaba sucediendo. Sus huesos diminutos temblaban mientras seguía con la mirada cada golpe que Momo descargaba sobre Hades. La escena se desarrollaba demasiado rápido para alguien tan pequeño, pero cada impacto parecía resonar dentro de su propio cuerpo como un eco doloroso.

El miedo fue lo primero que sintió.

Ese miedo antiguo que conocía demasiado bien, el mismo que había nacido en un parque donde hombres vestidos de negro gritaban órdenes mientras otros cuerpos sufrían.

Su instinto más básico le ordenó retroceder, esconderse, desaparecer de la escena antes de que algo peor ocurriera. Sus pequeñas piernas dieron un paso hacia atrás, y luego otro, mientras su mirada seguía clavada en la figura tambaleante de Hades.

Pero entonces vio algo más.

Vio cómo Hades intentaba levantarse, cómo sus brazos se movían en direcciones equivocadas, cómo su cuerpo se sacudía bajo las descargas eléctricas que acompañaban cada impacto del bastón. El odio que había sentido antes en el aire del combate había desaparecido, reemplazado ahora por una imagen mucho más cruda: un hombre completamente desorientado recibiendo golpes que no podía anticipar ni bloquear.

Larry volvió a mirar el bastón.

La punta cobriza se elevó nuevamente en las manos de Momo.

Esta vez el movimiento era diferente.

Más directo.

Más definitivo.

El pequeño esqueleto sintió cómo el miedo volvía a subir por su cuerpo, pero ahora ya no lo empujaba hacia atrás. Algo dentro de él, algo que no tenía que ver con huesos ni con recuerdos de miedo, comenzó a tensarse lentamente. Sus pequeñas manos se cerraron, y durante un segundo dudó entre obedecer al terror o desafiarlo.

Cuando el bastón comenzó a descender, Larry ya se estaba moviendo.

Corrió sobre la arena con pasos rápidos y torpes, sus huesos golpeando el suelo mientras se lanzaba directamente hacia el espacio entre Hades y Momo. El movimiento fue tan inesperado que el tiempo pareció comprimirse en ese instante diminuto en el que el pequeño esqueleto saltó frente a su invocador.

—¡No!

La punta del bastón se detuvo.

No por decisión consciente.

Simplemente porque ahora había un pequeño cráneo exactamente en la trayectoria del golpe.

Hades, todavía atrapado en el caos sensorial de la granada, logró finalmente abrir los ojos con algo de claridad. El blanco que había dominado su visión comenzó a retirarse lentamente, revelando formas borrosas que empezaban a adquirir contornos reconocibles. Frente a él, en el espacio donde esperaba ver descender el bastón de Momo, apareció otra imagen.

La de un pequeño niño con cabello rubio.

El recuerdo llegó sin pedir permiso.

La arena desapareció de su mente.

El estadio, el ruido, la pelea, todo se disolvió como si alguien hubiera arrancado la escena actual y la hubiera reemplazado por otra mucho más antigua. El bastón de Momo ya no estaba frente a él; en su lugar quedaba la figura de aquel niño que se había interpuesto años atrás entre él y algo mucho peor.

Y en ese mismo instante, tanto Hades como Momo dejaron de ver el presente.

Ambos cayeron dentro del mismo recuerdo.

La luz blanca se retiró lentamente del mundo de Hades como una marea que retrocede después de una tormenta. Cuando abrió los ojos, el rugido del estadio ya no existía, ni el humo, ni el bastón de Momo suspendido en el aire. En su lugar apareció algo completamente distinto: un cielo de atardecer teñido de naranja apagado, un río que corría lento bajo un puente viejo, y el sonido distante de agua golpeando piedras desgastadas por el tiempo.

Hades no sintió su cuerpo.

No sintió el dolor.

Ni siquiera sintió la arena bajo sus pies.

Era como si estuviera flotando dentro de la escena, atrapado detrás de sus propios ojos mientras el recuerdo se desplegaba frente a él.

Y entonces, vio a un niño caminando sobre el puente.

Era pequeño, demasiado pequeño para estar solo en un lugar como ese a esa hora. Su sombra se alargaba sobre el concreto del puente y avanzaba delante de él como si fuera su único compañero. El sol descendía lentamente detrás de los edificios lejanos y la luz tenue del atardecer dibujaba el contorno de su figura con una tristeza silenciosa.

Sus pasos eran erráticos.

Inseguros.

Cada paso parecía nacer del impulso de seguir adelante aunque no hubiera ningún destino claro al final del camino.

Sus dedos, pequeños pero desgastados, se movían de forma espasmódica contra el aire frío. Se crispaban, se cerraban, se abrían otra vez, como si el niño estuviera tratando de agarrar algo que no estaba allí.

Y su voz murmuraba.

Una y otra vez.

—Papá...

—Mamá...

—¿Dónde están...?

La cabellera rubia del niño estaba sucia, teñida de un marrón apagado por polvo, barro y días sin lavarse. No reflejaba la luz del atardecer como debería haberlo hecho; parecía absorberla, como si el brillo hubiera sido arrancado de él hacía mucho tiempo.

Sus pasos se detuvieron de golpe.

No porque hubiera decidido detenerse.

Sino porque algo llamó su atención.

Justo detrás de uno de los postes de luz que bordeaban el puente, un segundo niño estaba sentado en el suelo. A su alrededor había latas esparcidas: algunas vacías, otras aplastadas, algunas oxidándose lentamente como si hubieran estado allí demasiado tiempo.

El niño levantó la mirada.

Tenía cabello negro desordenado y ojos verdes.

Durante unos segundos que parecieron mucho más largos de lo que deberían haber sido, ambos niños se quedaron mirándose en silencio. Ninguno sabía exactamente qué decir. Ninguno parecía acostumbrado a encontrarse con alguien como él.

Finalmente, el niño de cabello negro habló.

—¿Estás... solo también?

La pregunta fue tan simple que el aire pareció detenerse alrededor de ellos.

El niño rubio tardó un momento en responder.

Luego asintió.

Y ese gesto, pequeño y casi invisible, cambió algo en el mundo.

Desde el lugar donde observaba, Hades sintió cómo el recuerdo comenzaba a expandirse, desplegándose como una serie de escenas que se deslizaban unas dentro de otras.

Los días empezaron a pasar.

Los dos niños aparecieron caminando juntos por las calles, primero con la torpeza cautelosa de quienes aún no saben si pueden confiar el uno en el otro, y luego con una naturalidad que solo aparece cuando dos soledades encuentran un lugar común.

Aprendieron a buscar comida.

Primero en los contenedores detrás de las tiendas, donde los restos de comida aún conservaban algo de calor si uno llegaba lo suficientemente temprano. Después empezaron a mendigar a los transeúntes, acercándose con sonrisas torpes que no siempre funcionaban, pero que a veces lograban arrancar una moneda o un trozo de pan.

Hubo noches frías.

Noches en las que se sentaban juntos bajo el mismo puente, compartiendo una manta vieja que uno de ellos había encontrado en un contenedor. El sonido del río era constante, como una respiración profunda que acompañaba el sueño inquieto de dos niños que todavía no sabían cuánto podía doler el mundo.

Pero, a pesar de eso, también hubo risas. Risas verdaderas que nacían del alma.

Momentos en los que corrían por las aceras persiguiéndose el uno al otro, o inventaban historias absurdas sobre héroes que salvaban ciudades enteras con poderes imposibles. A veces se acostaban sobre el concreto caliente del día y miraban el cielo nocturno entre los edificios, imaginando cómo sería tener una casa, o una familia, o una vida donde nadie tuviera que preocuparse por la próxima comida.

—Cuando sea grande... —decía el niño rubio una noche, mirando las estrellas— quiero ser un héroe.

—¿Un héroe? —respondía el niño de ojos verdes, girando la cabeza hacia él.

—Sí. Los héroes siempre ayudan a los demás. Nadie vuelve a estar solo cuando hay un héroe cerca.

El otro niño permanecía en silencio unos segundos.

Luego sonreía.

—Entonces yo también seré uno.

—¡Sí, nosotros seremos el dúo de héroes más grandes de la historia!

Y así, lentamente, los días empezaron a tener una forma distinta.

No dejaron de ser pobres.

No dejaron de pasar hambre.

Pero ya no estaban solos.

Con el tiempo aprendieron otras cosas también.

Cosas que los niños de hogares cálidos nunca necesitan aprender.

Aprendieron a observar bolsillos.

A notar cuándo alguien dejaba su bolso descuidado.

A identificar qué tiendas tenían cámaras y cuáles no.

El primer robo fue torpe.

Un paquete de pan que cayó al suelo cuando intentaron salir corriendo de una tienda demasiado vigilada. Pero después vino otro, y luego otro, y cada intento les enseñaba algo nuevo. No era algo que celebraran. Era simplemente otra habilidad necesaria para sobrevivir.

Con el tiempo se volvió más fácil. Más natural.

Una tarde, mientras el sol ya estaba cayendo ambos niños se sentaron en uno de los bancos más alejados del sendero principal del parque. El concreto aún conservaba algo del calor del día, y el viento que venía desde el río movía lentamente las hojas de los árboles que rodeaban el lugar.

Entre los dos descansaba un pequeño trozo de pan duro que habían conseguido horas antes.

El niño rubio lo partió con cuidado.

Siempre lo hacía igual.

Primero lo miraba unos segundos, como si estuviera calculando algo muy serio, y luego lo rompía en dos pedazos desiguales.

La mitad más grande terminó, como siempre, en las manos de Haruto.

—Toma —dijo el niño rubio, encogiéndose de hombros cuando Haruto lo miró.

—Ese es más grande.

—Es que tú tienes más hambre.

Haruto sabía que no era verdad.

Pero también sabía que discutirlo nunca cambiaba el resultado.

Comieron en silencio durante un rato, escuchando el agua del río golpear contra las piedras bajo el puente.

Después de un momento, el niño rubio habló.

—Cuando seamos héroes... —comenzó, hurgando en su pantalón y sacando una pequeña chapa con la cara de All Might—, nadie volverá a pasar hambre.

La frase quedó flotando entre ellos como algo demasiado grande para dos niños sentados en un banco roto.

Haruto levantó la mirada, hacia uno de los bancos al otro lado de ellos y masticó lentamente antes de responder.

—Entonces primero tenemos que sobrevivir —dijo, señalando hacia el frente.

Fue entonces cuando la vieron.

Una niña estaba sentada en otro banco, unos metros más adelante.

Tenía el cabello negro recogido en una coleta alta que se movía suavemente con el viento. En su regazo descansaba un pequeño monedero abierto, tan lleno que las monedas brillaban bajo la luz del atardecer. En una de sus manos sostenía un helado que parecía demasiado grande para ella.

La niña estaba completamente distraída.

Observando a los patos del estanque cercano.

Riéndose sola de algo que solo ella podía ver.

El niño de cabello negro y ojos verdes miró el monedero.

Luego miró a su amigo.

Y por un momento ninguno dijo nada.

—Bien... este es el plan —susurró el niño de cabello negro mientras ambos permanecían agachados dentro de unos arbustos que crecían al borde del sendero—. Yo la distraigo por el frente. Cuando levante los brazos... tú tiras una piedra y le tumbas el helado. Mientras esté mirando eso, agarro el monedero y salimos corriendo.

Su voz no sonaba cruel, sonaba práctica. Era la voz de quien había pensado por mucho tiempo como conseguir comida para mañana.

El niño rubio, en cambio, no compartía ese tono. Permanecía de rodillas en la tierra húmeda, con los dedos enterrándose lentamente en el suelo mientras miraba a la niña sentada en el banco. Sus ojos seguían el movimiento del helado en su mano, el brillo de las monedas sobre el monedero abierto, y cada segundo que pasaba parecía hacerlo sentirse más incómodo.

—Uhm... Haruto... —murmuró finalmente—. ¿Estás seguro de esto?

Haruto lo miró de reojo.

El niño rubio bajó la mirada.

—Se supone que... vamos a ser héroes... —continuó con una voz mucho más baja y guardando la pequeña chapa en su pantalón—. Y... no sé... no quiero hacer esto...

Haruto suspiró con cansancio.

Ese cansancio que solo aparece en niños que han tenido que aprender demasiado pronto que el mundo no funciona como los cuentos que otros niños escuchan antes de dormir.

—Después de esto no tendremos que preocuparnos por unos días —respondió, señalando con la barbilla hacia el banco—. Mira esa bolsa. Ahí hay mucho dinero. Podemos comprar comida de verdad... algo caliente.

El niño rubio siguió mirando el monedero.

El brillo de las monedas parecía exagerado bajo la luz del atardecer.

Finalmente asintió.

Sus dedos buscaron una pequeña piedra entre la tierra y la levantaron con torpeza.

—Cuando me veas levantar los dos brazos... —repitió Haruto mientras apretaba los puños—, esa es la señal.

El niño rubio volvió a asentir, aunque su expresión seguía siendo la de alguien que no estaba convencido de lo que estaba a punto de hacer. Había en sus ojos una incomodidad profunda, casi dolorosa, como si una parte de él estuviera intentando resistirse a algo que sabía que no debía ocurrir.

Desde el lugar donde observaba el recuerdo, Hades sintió ese momento con una claridad que apretaba el pecho.

Ese niño todavía creía en los héroes.

Todavía pensaba que robar era algo incorrecto.

Y aun así estaba dispuesto a hacerlo.

Porque lo necesitaban para poder dormir con el estómago lleno.

Haruto salió de los arbustos.

El crujido suave de las hojas llamó la atención de la niña sentada en el banco, que levantó la mirada con curiosidad. Sus ojos recorrieron lentamente la ropa desgastada del niño, los zapatos gastados y el cabello desordenado, y en su expresión apareció algo que no era miedo ni sorpresa, sino una mezcla de desconfianza infantil y superioridad aprendida.

—¿Qué quieres? —preguntó sin esfuerzo alguno por ocultar su desagrado.

Haruto se detuvo a unos pasos del banco, lo suficientemente cerca como para que la conversación pareciera natural, pero no tanto como para que ella se sintiera invadida.

—Hola —saludó, usando la mejor sonrisa que pudo armar.

La niña inclinó ligeramente la cabeza mientras observaba su apariencia con atención crítica.

—No te acerques demasiado —dijo finalmente, acomodándose mejor en el banco mientras daba un pequeño mordisco a su helado—. Mi padre dice que no debo hablar con gente extraña.

Haruto dio un paso hacia atrás, bajando un poco la cabeza.

—No quería molestarte.

—Ya lo estás haciendo.

La niña lo miró con una frialdad despreocupada que solo tienen los niños que nunca han tenido que preocuparse por nada.

—¿Sabes quién soy?

Haruto negó con la cabeza. Y la niña sonrió.

—Soy Momo Yaoyorozu.

Lo dijo con una naturalidad que dejaba claro que esperaba reconocimiento.

—Mi familia es muy importante. —Le dio otro mordisco al helado—. Y tú hueles raro. ¿Tu mamá no te baña?

La frase cayó sobre Haruto como una pequeña piedra invisible. Por un segundo la sonrisa en su rostro se tensó ligeramente, pero logró mantenerla.

—Lo siento, pero...

Mientras hablaba, sus ojos se desviaron un instante hacia los arbustos.

El niño rubio seguía allí. Esperando.

Cuando Haruto levantó ambos brazos desde el sendero, el niño rubio ya tenía la piedra en la mano. Sin embargo, su brazo no se movió de inmediato. Durante un segundo demasiado largo, sus dedos se tensaron alrededor de la roca mientras observaba a la niña sentada en el banco.

El niño rubio tragó saliva.

Sabía que debía lanzar la piedra.

Sabía que ese era el plan.

Pero algo dentro de él dudó.

Finalmente lanzó la roca, pero lo hizo tarde. El movimiento salió torcido por la indecisión acumulada en su brazo y la piedra voló en una trayectoria ligeramente desviada que jamás llegó a tocar el helado. En lugar de eso, golpeó directamente contra la cabeza de la niña con un sonido seco que cortó el silencio del parque como un disparo.

Durante un segundo Momo permaneció completamente inmóvil, como si su mente estuviera intentando comprender lo que acababa de ocurrir.

Luego las lágrimas aparecieron.

El helado cayó de su mano.

Y el llanto estalló.

Un grito agudo, lleno de dolor y sorpresa, atravesó el parque silencioso como una alarma.

Ese grito lo cambió todo.

Dos figuras que hasta ese momento habían permanecido discretamente alejadas comenzaron a moverse entre los árboles con rapidez profesional. Sus trajes negros se deslizaron entre la gente del parque mientras sus ojos buscaban el origen del ataque.

Uno de los hombres se lanzó directamente hacia los arbustos.

Su mano atravesó las ramas con brutalidad y agarró al niño rubio por el cuello de la camiseta, sacándolo de su escondite con una facilidad aterradora.

El niño gritó.

Haruto sintió cómo el mundo parecía detenerse por un segundo.

—¡Ataquenlo! —gritó Momo entre lágrimas, señalando al niño con furia infantil.

Los hombres no dudaron.

El primer golpe fue brutal, directo al estómago, y el pequeño cuerpo del niño se dobló sobre sí mismo mientras el aire escapaba de sus pulmones en un sonido quebrado. El segundo impacto lo lanzó contra el suelo del parque, donde la grava raspó su piel mientras intentaba levantarse.

—¡Haruto! —gritó el niño, pero un golpe directo a su cabeza, hizo que se mordiera la lengua—, ¡ayúdame!

Haruto no se movió.

El miedo lo atravesó de golpe.

Otro golpe cayó.

Luego otro.

Los puños y las botas de los hombres descendían con una eficiencia fría, como si no estuvieran golpeando a un niño sino eliminando un problema.

—¡Haruto! —volvió a gritar, su voz quebrándose al instante.

Haruto dio un paso hacia adelante. Solo uno. El impulso de correr hacia él atravesó su cuerpo con la fuerza de un reflejo, como si todo su ser estuviera tratando de obligarlo a regresar. Sin embargo, en ese mismo instante uno de los guardias levantó la cabeza y sus ojos se clavaron directamente en él. No había rabia en esa mirada, ni siquiera sorpresa; solo había cálculo. Fue suficiente.

Haruto entendió algo con una claridad brutal. Si volvía, no ayudaría a su amigo. Solo terminaría en el suelo junto a él.

Ese pensamiento lo paralizó durante una fracción de segundo.

Luego el miedo ganó.

Haruto se dio la vuelta.

Y corrió.

Corrió mientras se cubría los oídos con las manos, intentando ahogar el sonido de los golpes y los gritos que seguían resonando detrás de él. Sus pies golpeaban la tierra del parque con torpeza, resbalando a veces sobre raíces o piedras ocultas, pero el impulso del miedo lo mantenía avanzando con una velocidad desesperada. Aun así, por más que intentaba enterrarse dentro de ese movimiento ciego, la voz del niño seguía alcanzándolo.

—Haru... to, no te... vayas...

El nombre lo persiguió por todo el parque mientras las sombras del atardecer se alargaban sobre el suelo.

Y aun así...

Haruto no se detuvo.

El nombre lo perseguía como un eco imposible de silenciar, rebotando entre los árboles, entre los bancos vacíos, entre el sonido cada vez más distante de los golpes que seguían cayendo.

Desde el lugar donde ahora existía solo como espectador, Hades permaneció inmóvil. No estaba corriendo; no podía hacerlo. Lo único que podía hacer era mirar. Y lo que veía era insoportable.

El niño rubio seguía en el suelo.

Los dos hombres vestidos de negro descargaban su fuerza sobre un cuerpo demasiado pequeño para soportarla, como si cada golpe fuera una respuesta automática a la orden que habían recibido. El sonido de las botas contra el cuerpo, de los puños chocando contra carne y hueso, se mezclaba con el llanto distante de la niña y con el viento que comenzaba a enfriar el parque.

Hades sintió cómo algo se retorcía dentro de su pecho.

No era rabia dirigida hacia los hombres.

Era algo mucho más venenoso.

Era rabia contra sí mismo.

Contra ese niño que estaba viendo correr en la distancia, ese niño que había decidido huir cuando el mundo exigía que se quedara. Una cobardía infantil, sí, pero una cobardía que había dejado una cicatriz demasiado profunda para desaparecer con el tiempo. Hades apretó los puños con tanta fuerza que sus dedos comenzaron a temblar, pero aun así no apartó la mirada del cuerpo que yacía sobre el césped.

La escena empezó a cambiar lentamente.

Los golpes cesaron.

Los hombres se apartaron mientras uno de ellos se agachaba junto a la niña de coleta negra, que seguía llorando entre sollozos cortos. Sus manos temblaban mientras se tocaba la cabeza, repitiendo una y otra vez que le dolía, que le dolía mucho, que sentía la cabeza arder.

El otro guardia observó al niño rubio tirado sobre la hierba con la frialdad con la que se observa un problema ya resuelto.

Hades sintió cómo su memoria comenzaba a entrelazarse con el recuerdo.

Recordó el día en que había visto a Momo por primera vez en la U.A.

Recordó cómo la había sujetado del cuello.

Cómo había apretado sus dedos con odio.

Cómo había creído que ese odio estaba dirigido hacia ella.

Pero ahora, mientras observaba aquella escena con la claridad brutal que solo da la distancia del tiempo, comprendió algo que le hizo sentir un vacío frío en el estómago.

Ese odio nunca había sido para ella.

Había sido para él mismo.

Para ese niño que corría.

Para ese niño que había abandonado a alguien que confiaba en él.

Uno de los guardias levantó a la niña en brazos. Momo se aferró al traje del hombre mientras sus lágrimas seguían cayendo, y durante un instante sus ojos se cruzaron con el lugar donde Hades se encontraba observando.

Entonces, Hades pudo ver que había miedo en esos pequeños ojos que estaban manchados de lágrimas. Pero eso no era lo único.

También había confusión, arrepentimiento. Y una culpa que apenas comenzaba a entender lo que había provocado.

Hades no se movió.

El tiempo pareció estirarse alrededor de él. El sol desapareció detrás de los edificios, dejando que el parque se hundiera lentamente en la penumbra del anochecer. Las luces de las farolas se encendieron una tras otra, dibujando círculos pálidos sobre el suelo mientras los hombres se alejaban con la niña en brazos.

El silencio llegó después.

Un silencio pesado.

Hades finalmente dio unos pasos hacia adelante.

Caminó despacio, como si cada metro que lo acercaba al cuerpo del niño fuera también un descenso hacia algo que había estado evitando durante años. Cuando llegó junto a él, se arrodilló sobre la hierba húmeda, el parque ya estaba casi vacío. El sonido del río continuaba fluyendo bajo el puente con una constancia tranquila que resultaba insoportablemente indiferente a lo que había ocurrido allí.

Una farola cercana parpadeaba a intervalos irregulares, proyectando círculos de luz amarillenta sobre la hierba, mientras más lejos un columpio abandonado se movía lentamente empujado por el viento del atardecer. Todo el lugar tenía esa calma incómoda que aparece cuando el mundo sigue funcionando a pesar de que algo terrible acaba de suceder.

Fue entonces cuando Hades notó algo pequeño junto al cuerpo.

Del bolsillo del pantalón del niño rubio había caído un objeto metálico que descansaba medio oculto entre las hojas y la hierba aplastada. La chapita estaba rayada y opaca por el uso, pero incluso bajo la luz temblorosa de la farola todavía podía distinguirse el dibujo gastado de una sonrisa demasiado grande y demasiado heroica para aquel lugar: el rostro de All Might grabado en un círculo de metal barato.

Hades la reconoció de inmediato.

El niño la llevaba siempre.

La limpiaba a veces con la manga, como si el simple gesto de quitarle la suciedad fuera suficiente para devolverle el brillo de los sueños que representaba. Era su tesoro más valioso, el símbolo silencioso de una promesa que repetía una y otra vez: que algún día sería un héroe.

La chapita había caído cuando lo golpearon.

Ahora yacía allí, abandonada en la hierba, reflejando débilmente la luz amarilla de la farola.

Hades sintió que algo dentro de su pecho se hundía.

Entonces levantó la mirada. Y miró directo hacia los ojos del niño rubio que seguían abiertos. Pero no miraban el cielo.

No miraban el parque.

Estaban fijos en el sendero por donde Haruto había huido.

Como si todavía esperara verlo regresar.

Solo una quietud fría que parecía absorber toda la luz que quedaba.

Ese abismo silencioso hundió a Hades en un remordimiento tan profundo que por un momento olvidó incluso que era solo un espectador dentro de su propio recuerdo.

—Lo siento... —susurró, extendiendo la mano hacia el rostro del niño.

Intentó cerrar sus ojos.

Pero sus dedos atravesaron el cuerpo como si fuera humo.

El recordatorio brutal de que no podía cambiar nada de lo que estaba viendo lo lastimó más que cualquier golpe que pudiera recibir.

—Perdóname... Yūgure...

El nombre se escapó de sus labios como una confesión.

En ese instante, el recuerdo se fracturó.

Desde el fondo del parque apareció una figura corriendo desesperadamente entre los árboles. Sus pasos tropezaban con el suelo mientras su respiración se rompía entre sollozos y gritos.

—¡Yūgure! —gritó Haruto mientras corría hacia el cuerpo.

El mundo se rompió.

La luz del parque se desgarró como un papel quemándose desde los bordes, y la escena entera comenzó a desintegrarse en fragmentos de memoria.

Hades sintió cómo el recuerdo se cerraba sobre sí mismo.

Y un segundo después, tanto él como Momo regresaron al presente.

El rugido del estadio regresó primero como un murmullo distante, como si el mundo real estuviera muy lejos y todavía tardara un instante en volver a encajar dentro de su cabeza. La luz del festival deportivo, los colores del cuadrilátero, las gradas llenas de espectadores... todo reapareció de golpe, superponiéndose a la escena del parque que aún vibraba dentro de su mente.

El bastón seguía allí.

Suspendido en el aire.

La punta cobriza todavía apuntaba hacia abajo, hacia el pequeño cuerpo que se había interpuesto entre el golpe y el pecho de Hades.

Pero algo había cambiado.

Los dedos de Momo temblaron.

Y el bastón cayó.

El metal golpeó el suelo del cuadrilátero con un sonido seco que se extendió por toda la arena.

Nadie entendía lo que estaba pasando.

La joven heredera de los Yaoyorozu, una de las estudiantes más brillantes del curso de héroes, había soltado su arma en medio del combate.

Momo dio un paso.

Luego otro.

Y finalmente cayó de rodillas frente al niño.

El pequeño seguía allí, con el cabello rubio moviéndose suavemente por el viento que cruzaba el estadio abierto. Su figura parecía frágil en medio de aquel enorme escenario, como si perteneciera a otro lugar, a otro tiempo.

Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro de Momo antes de que pudiera detenerlas.

Sus manos temblaron cuando rodeó el pequeño cuerpo del niño con cuidado, abrazándolo contra su pecho como si temiera que desapareciera en cualquier momento.

Su voz salió quebrada.

—Yūgure...

El nombre escapó de sus labios con una suavidad temblorosa, cargada de una reverencia que no pertenecía al ruido ni a la violencia del estadio. Ahora lo sabía. Lo había visto todo dentro del recuerdo que había compartido con Hades: el puente teñido por la luz del atardecer, el parque silencioso junto al río, el pequeño trozo de pan partido en dos con manos infantiles que intentaban fingir generosidad, la chapa desgastada de All Might que brillaba como una promesa oxidada, el error torpe de una piedra lanzada demasiado tarde, los golpes que siguieron después y, finalmente, la huida desesperada de un niño que corría sin mirar atrás mientras otro gritaba su nombre.

Todo aquello estaba ahora dentro de ella, incrustado en su memoria con la claridad cruel de algo que no podía deshacerse.

Mientras tanto, Hades permanecía tendido sobre el suelo del cuadrilátero, respirando con dificultad mientras sus sentidos terminaban de recomponerse después de la explosión cegadora de la granada aturdidora. El mundo aún giraba ligeramente a su alrededor, como si la arena entera estuviera balanceándose bajo su espalda, pero poco a poco los contornos del presente empezaban a estabilizarse y la realidad recuperaba su forma. Fue entonces cuando vio la escena frente a él: Momo arrodillada en medio del combate, abrazando al pequeño cuerpo del niño rubio como si aquel gesto tardío pudiera devolverle algo de la dignidad que el pasado le había arrebatado.

Durante un instante, el brazo de Hades se levantó por instinto.

Sus dedos se extendieron hacia ellos con una lentitud torpe, como si su cuerpo intentara alcanzar algo que había perdido mucho tiempo atrás y que de pronto volvía a estar al alcance de su mano. Sin embargo, en el mismo momento en que ese impulso lo atravesó, el recuerdo regresó con una violencia silenciosa.

La imagen de su propia espalda alejándose entre los árboles apareció en su mente con una claridad insoportable, acompañada por el eco de los golpes cayendo sobre carne frágil y por la voz infantil que lo llamaba desde el suelo. Ese instante de memoria bastó para detener su gesto. Su mano se quedó suspendida en el aire durante un segundo que pareció demasiado largo, y luego descendió lentamente hasta apoyarse otra vez sobre el suelo del cuadrilátero mientras la culpa se retorcía dentro de su pecho con una fuerza capaz de robarle el aire.

En las gradas, el estadio entero había caído en un silencio absoluto. Miles de personas observaban lo que estaba ocurriendo sin comprenderlo realmente, incapaces de reconciliar lo que acababan de ver con las reglas simples de un combate deportivo.

Para ellos todo había sucedido demasiado rápido y de forma demasiado extraña: habían visto a Momo atacar con su bastón electrificado, luego la aparición inexplicable de un niño rubio que se interponía en medio del golpe y, finalmente, a la heredera de los Yaoyorozu soltar su arma y arrodillarse en el centro de la arena para abrazarlo. Nadie sabía qué decir, ni los comentaristas ni los profesionales ni los estudiantes que miraban desde las gradas.

El silencio que se había instalado sobre el estadio era pesado y denso, como si todo el lugar contuviera la respiración al mismo tiempo. Pero de entre todos... Mirko que hasta ese momento estaba en silencio, soltó:

—¿Qué demonios acaba de pasar...?

Momo inhaló profundamente mientras sus dedos buscaban la pequeña mano del niño. Cuando la sostuvo, lo hizo con una delicadeza casi temerosa, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper la frágil presencia que todavía permanecía allí.

—Lo siento mucho... —susurró finalmente.

Yūgure no respondió con palabras. Su cabeza descendió ligeramente, en un gesto tan pequeño que casi podría haber pasado desapercibido, y luego su cuerpo dio un paso hacia atrás. Después dio otro más, retrocediendo lentamente en dirección a Hades como si un hilo invisible lo estuviera llamando desde allí.

Momo entendió.

Sus dedos se soltaron con suavidad y permaneció arrodillada unos segundos más, inmóvil, como si quisiera decir algo que las palabras no lograban formar. Finalmente se puso de pie con movimientos lentos y pesados, giró sobre sí misma y caminó hacia el borde del cuadrilátero sin volver la mirada. Cuando cruzó la línea que marcaba el límite de la arena, lo hizo en silencio, abandonando el combate sin una explicación ni un gesto dramático.

La pelea había terminado.

Hades continuó tendido sobre el suelo, mirando el cielo abierto del estadio mientras una sensación amarga comenzaba a extenderse dentro de su pecho como un peso frío. No había alivio en esa victoria ni tampoco la satisfacción que había imaginado tantas veces cuando pensaba en enfrentarse a Momo. En lugar de eso, lo único que sentía era una incomodidad persistente que se instalaba entre sus costillas y que no parecía tener intención de desaparecer.

La persona a la que había odiado durante años había llorado por su amigo, había pronunciado su nombre con respeto y había pedido perdón con una sinceridad que no podía fingirse. Y él, que había cargado ese odio durante tanto tiempo, no había sido capaz de pronunciar ni una sola palabra frente al niño al que había abandonado.

Yūgure permaneció a su lado durante unos segundos más, observándolo con esa misma quietud silenciosa que había tenido al final del recuerdo. Luego su figura comenzó a desvanecerse lentamente, como si el aire del estadio lo estuviera deshaciendo en partículas de polvo dorado que el viento dispersaba sobre el cuadrilátero. Cuando el último rastro del niño desapareció, la voz de Midnight finalmente rompió el silencio que había paralizado al estadio.

—E-el ganador de este combate... es... Hades.

Incluso ella sonaba confundida, como si todavía intentara comprender qué había ocurrido realmente en el centro de la arena.

El público tardó varios segundos en reaccionar. Mientras tanto, pequeños robots asistentes médicos ya avanzaban hacia el centro del cuadrilátero con movimientos rápidos y eficientes. Dos de ellos se inclinaron junto al cuerpo de Hades y lo ayudaron a incorporarse con cuidado antes de acomodarlo sobre una camilla flotante que comenzó a elevarse lentamente.

Hades no dijo nada. Ni siquiera levantó la mirada hacia las gradas. Mientras los robots lo sacaban del cuadrilátero, la sensación incómoda seguía creciendo dentro de él como una herida abierta que acababa de ser expuesta a la luz.

Había ganado.

Pero no se sentía como una victoria.

El estadio tardó en recuperar la respiración.

Durante varios segundos después de que los robots médicos se llevaran a Hades del cuadrilátero, el enorme recinto quedó sumido en un silencio incómodo, un silencio demasiado pesado para un festival deportivo que, apenas unos minutos antes, estaba lleno de gritos, apuestas y energía juvenil. La escena que acababan de presenciar había dejado una grieta extraña en el ambiente, algo que nadie terminaba de comprender del todo, pero que todos sentían como una incomodidad que se arrastraba entre las gradas.

Los estudiantes de distintas escuelas intercambiaban miradas confusas.

Algunos murmuraban entre ellos, tratando de reconstruir lo que creían haber visto.

Otros simplemente guardaban silencio.

—¿Viste eso...? —preguntó Jiro desde una de las gradas superiores.

—¿Ese niño... apareció de la nada? —respondió Kaminari, todavía inclinado hacia adelante como si esperara que alguien diera una explicación lógica.

—¿Fue el quirk de Hades...? —preguntó esta vez Kirishima, rascando su cabeza.

—¿Pero entonces por qué Momo salió de la arena? —terminó Tsuyu, con un ligero croar.

Las preguntas se multiplicaban como pequeñas ondas en un lago perturbado.

En el palco de comentaristas, Present Mic mantenía el micrófono cerca de su boca, pero durante unos segundos no dijo nada. Su habitual entusiasmo parecía haberse quedado atrapado en la garganta, como si incluso él necesitara procesar lo que había ocurrido antes de volver a ponerse en modo espectáculo.

A su lado, Aizawa observaba el cuadrilátero con los brazos cruzados y la mirada entrecerrada.

—Hmmm... —murmuró finalmente, frotándose lentamente el mentón.

Present Mic lo miró de reojo.

—No me digas que tú también estás confundido, amigo.

—No estoy confundido —respondió con calma—. Estoy preocupado.

No añadió nada más.

Su mirada seguía fija en el lugar donde había estado Hades.

En otra sección de las gradas, Mirko permanecía de pie con los brazos apoyados sobre la barandilla, mirando el centro de la arena con el ceño ligeramente fruncido. No parecía molesta ni impresionada.

Solo... desconcertada.

Fue entonces cuando una sombra pasó sobre el estadio.

Un instante después, un par de alas rojas se plegaron con elegancia mientras Hawks descendía suavemente desde el aire y aterrizaba junto a ella. En una mano llevaba un enorme balde de palomitas, y en la otra varias bolsas de snacks de zanahoria que dejó caer en el asiento de Mirko.

—Listo —dijo con naturalidad mientras dejaba caer las alas detrás de su espalda—. Me perdí todo porque la fila estaba terrible.

Mirko giró la cabeza lentamente hacia él.

Hawks se llevó un puñado de palomitas a la boca y masticó con tranquilidad antes de mirar el estadio.

—Entonces... —preguntó casualmente—, ¿qué pasó en mi ausencia?

Mirko lo observó durante un largo segundo.

—No tengo ni idea —respondió finalmente.

El silencio volvió a instalarse sobre el estadio.

Pero solo por un momento.

Porque en el palco de comentaristas, Present Mic finalmente inhaló profundamente, sacudiendo ligeramente la cabeza como si estuviera intentando expulsar la confusión que se había instalado en el ambiente. Luego levantó el micrófono y forzó su voz a recuperar ese tono energético que definía su estilo.

—¡Bien! —anunció con un entusiasmo que sonó ligeramente forzado—. ¡Eso fue... sin duda... un combate inesperado!

Las pantallas gigantes volvieron a encenderse.

Las cámaras comenzaron a moverse otra vez.

El espectáculo tenía que continuar.

—¡Pero el Festival Deportivo de la U.A. no se detiene! —continuó, levantando el volumen de su voz hasta llenar el estadio—. ¡Y el siguiente enfrentamiento promete ser igual de impresionante!

Las puertas del cuadrilátero comenzaron a abrirse en lados opuestos de la arena.

—¡Directamente desde el curso de héroes de la Clase 1-A...! —gritó, señalando hacia el arco— ¡Mina Ashido!

Mina apareció caminando hacia la arena con una energía que parecía más nerviosa que confiada. Sus pasos eran rápidos, pero su mirada estaba inquieta, como si todavía estuviera tratando de procesar lo que había ocurrido minutos antes y la pelea que le tocaba ahora.

—¡Y enfrentándola...! —continuó Present Mic, esta vez señalando hacia el lado contrario—, ¡el usuario de hielo que ha dejado a todo impresionados, Todoroki Shoto!

Todoroki avanzó desde el lado opuesto con la misma expresión indiferente de siempre, como si el extraño episodio anterior no hubiera alterado en absoluto su concentración.

Midnight volvió a colocarse en el centro del cuadrilátero, su látigo descansando sobre su hombro mientras evaluaba a ambos estudiantes.

—Muy bien —anunció con profesionalidad—. Combatientes listos...

Mina respiró hondo.

Todoroki no se movió.

—¡Empiecen!

El hielo apareció.

No fue una explosión violenta ni un ataque espectacular.

Simplemente surgió.

Desde el pie de Todoroki, una capa de escarcha comenzó a extenderse sobre el suelo del cuadrilátero con una velocidad silenciosa, como si el frío estuviera respirando lentamente sobre la arena. El hielo avanzó en una línea que serpenteaba directamente hacia Mina y, antes de que ella pudiera reaccionar, alcanzó sus pies y comenzó a trepar por sus piernas como raíces cristalinas que buscaban inmovilizarla.

Mina intentó reaccionar.

Sus manos se iluminaron con el brillo ácido de su quirk mientras trataba de liberar sus piernas derritiendo el hielo.

Pero el frío era demasiado rápido.

Demasiado preciso.

El hielo subió hasta sus rodillas.

Luego hasta sus muslos.

Todoroki la observaba sin moverse.

—Ríndete —dijo finalmente, con la voz tranquila.

Mina siguió intentando disolver el hielo durante unos segundos más, pero pronto comprendió lo evidente.

El suelo entero estaba congelado.

—Ríndete antes de que te conviertas en una paleta de fresa.

Mina suspiró.

El ácido que brillaba en sus manos se disipó lentamente.

—Está bien... —dijo finalmente, levantando ligeramente las manos—. Me rindo.

Midnight levantó el látigo.

—¡El ganadora de este combate es...! ¡Shoto Todoroki!

El estadio volvió a aplaudir.

Pero el ambiente todavía se sentía extraño.

Mientras tanto, lejos del ruido de la arena, en uno de los pasillos interiores del estadio, Hades permanecía sentado en el suelo con la espalda apoyada contra una pared de concreto.

Los robots médicos seguían intentando ayudarlo.

—Por favor coopere —dijo uno de los pequeños bots con su voz mecánica—. Debemos trasladarlo a la enfermería.

—Lárguense...

—Negativo —repitió otro.

Hades negó con la cabeza.

—Déjenme solo... —murmuró.

Su cuerpo estaba inclinado hacia adelante, con los brazos apoyados sobre sus rodillas y la mirada perdida en el suelo.

Los robots dudaron.

—Debe recibir tratamiento.

—Después —respondió Hades con un hilo de voz.

Los bots intercambiaron miradas digitales entre sí.

Y permanecieron allí.

Esperando.

Mientras él seguía sentado en el suelo del pasillo, encogido sobre el peso de algo que ninguno de ellos podía medir.

CONTINUARÁ.

More Chapters