Ficool

Chapter 41 - Segunda temporada: Hierba cortada.

N/A: Chicos! lo siento mucho, actualmente reduciré bastante la duración de los capítulos por temas de universidad, literalmente, este cap iba a llegar hace como 4 días, pero la uni me agarró del hombro y me dijo: Hoy no perra. 

Y me mandaron más de 20 deberes para la semana xD

Bueno, ahora más libre... espero que disfruten el capítulo que sinceramente, iba a hacerlo desde 0, pero... hace mucho que no había un punto de inflexión en la historia.

Sin más que decir...

Let's go!

[Coliseo de la U.A]

El suelo vibraba levemente con la emoción de miles de gargantas coreando, aunque contenidas, expectantes por el próximo enfrentamiento. Las pantallas gigantes se encendieron, proyectando los rostros de las siguientes combatientes.

—¡El siguiente duelo del tercer evento será...! —la voz de Midnight retumbó como un trueno en el aire—. ¡Akemi Midoriya del curso de héroes contra Saiko Intelli del curso general!

Los vítores se mezclaron con un aplauso sostenido, no tan ensordecedor como con Bakugo, pero sí cargado de una tensión palpable.

Midnight alzó el látigo hacia el cielo y señaló hacia una de las esquinas.

—¡Desde la esquina derecha, del curso heroico grupo 1-A... Akemi Midoriya!

El público rugió mientras ella avanzaba con paso seguro. Los latigos negros, serpenteantes, se enrollaban en sus brazos como vendas vivientes, ajustándose a su figura. Sus ojos mostraban confianza absoluta, cada respiración era calma, medida. La electricidad verdosa del One for All chisporroteaba alrededor de sus piernas, como un aviso de la tormenta que estaba por desatarse.

—¡Y en la esquina izquierda... grupo 1-C del departamento general... Saiko Intelli!

Las puertas se abrieron con suavidad. Intelli entró con porte formal, la barbilla ligeramente erguida, los ojos cerrados como si se concentrara en su interior. Sus manos estaban firmemente apretadas contra su uniforme azul de la U.A., sus nudillos blancos del esfuerzo. 

La rectitud de su postura, aunque correcta, dejaba entrever grietas: un ligero temblor en sus hombros, el peso invisible del nerviosismo.

Subió al cuadrilátero y abrió lentamente los ojos. El silencio momentáneo que se formó entre ambas fue como una cuerda tensa a punto de romperse.

Las respiraciones contrastaban: la de Akemi, tranquila, rítmica; la de Intelli, entrecortada, irregular. Era como un contrapunto musical, dos notas opuestas sonando en disonancia, chocando sin fundirse.

Akemi fue la primera en romper el silencio, su voz teñida de seguridad:

—Terminaré esto pronto.

Los látigos que la envolvían comenzaron a contornearse a su alrededor, silbando como serpientes que acechaban.

Intelli, por su lado, alzó la mirada, enfrentándola con firmeza.

—De entre cien peleas... tú me ganarías noventa y nueve.

Respiró profundamente. Su quirk activado fulminaba cada milímetro de su cerebro y la calma sustituyó al nerviosismo en su rostro. La fría precisión invadió su timidez.

—Pero esa única posibilidad... será más que suficiente.

En el momento en que Midnight levantó la mano, el público contuvo la respiración, el momento se pausó en una eterna mirada.

—¡La segunda batalla del tercer evento... comienza en tres! —levantó su látigo, una gran sonrisa naciendo desde las comisuras de sus labios—, dos... —Contuvo la respiración, dando un paso hacia delante—, ¡uno...!

El látigo chasqueó contra el espacio a su alrededor, provocando que el mundo vuelva a girar, y con él, Akemi se lanzó hacia adelante sin la menor duda, impulsada por la energía del One for All que rugía en sus piernas. Su velocidad era brutal, como una bala que buscaba el impacto directo. La electricidad verde iluminaba cada paso, cada músculo de su cuerpo tenso para el golpe final.

No hubo fintas, no hubo precaución. Un solo movimiento bastaría: levantar el brazo y soltar un balanceo simple, directo, devastador. Un golpe crudo que buscaba terminar con todo de inmediato.

Pero ese fue su error... Intelli ya lo había visto venir. 

En su mente, los caminos de la batalla se habían desplegado como un tablero de ajedrez, y este era el más obvio, el más predecible.

En el instante exacto en que Akemi alzó el brazo, Intelli dio un paso adelante, tan calculado que parecía natural. Se inclinó con precisión quirúrgica, dejando que el puño pasara de largo por encima de su hombro. En el mismo movimiento, sus manos se cerraron firmemente alrededor del brazo de Akemi, aprovechando el impulso brutal de su oponente. El suelo giró en la perspectiva de Akemi. Sintió su cuerpo perder el centro de gravedad, redirigido con fluidez hacia un lanzamiento impecable. El aire se le escapó de los pulmones, y por un instante, la visión se volvió lenta, casi en cámara lenta.

Ese movimiento... ese redireccionamiento...

Un deja vu ardió en su mente como un relámpago. Esa llave, esa sensación de que la fuerza que la impulsaba era usada contra ella misma. ¿Dónde lo había sentido antes? ¿Quién... quién la había lanzado de ese modo?

Antes de que pudiera responderse, el borde del cuadrilátero estaba peligrosamente cerca, a escasos centímetros. De no hacer algo, Intelli la habría expulsado en el primer intercambio.

Pero algo como eso... no la detendrá. 

A último momento, reaccionó. Los látigos negros se extendieron como garras, hundiéndose en el suelo con un sonido metálico, clavándola con fuerza. El tirón brusco detuvo la inercia y la salvó del desastre. El impulso se disipó, su cuerpo quedó suspendido unos segundos en un extraño equilibrio, antes de reincorporarse.

Intelli retrocedió cuatro pasos, sin perder la compostura, su respiración aún controlada. Sus labios se movieron apenas, lo suficiente para que Akemi —y nadie más— pudiera escuchar.

—Ahí se fue mi uno por ciento...

El público, que había quedado en silencio por la maniobra, rugió de nuevo emocionados por la vuelta en escena de la peliverde, pero pronto, toda su anticipación se silenció de golpe cuando Akemi dio el primer paso hacia adelante. 

No fue un movimiento explosivo, sino una presión gradual, física, casi sofocante. Su cuerpo avanzaba con calma, pero cada músculo irradiaba intención, y aquella sola intención bastaba para obligar a Intelli a reaccionar como si estuviera rodeada de lobos.

El aire se comprimió a cada zancada de Akemi, cada inhalación se hacía más densa, y, sin embargo, ella se mantuvo firme, sus pupilas vibrando como si cálculos frenéticos estuvieran desfilando delante de sus ojos. Su don permitiéndole trazar trayectorias, visualizar variables, ajustar posiciones con una precisión demencial.

Akemi lanzó el primer golpe: una patada que cortó el aire en diagonal, con una violencia contenida. Intelli apenas la esquivó, inclinando el torso hacia atrás con un margen de centímetros, tan cerca que sintió el viento abrasivo rozarle la mejilla.

—Una entre cien posibilidades ... —murmuró entre dientes, y en ese mismo instante contraatacó con un golpe rápido a la altura de las costillas.

Akemi lo bloqueó con el antebrazo, sin inmutarse. No fue un choque violento, pero la diferencia de fuerza era evidente. Intelli retrocedió con la muñeca vibrando de dolor, obligada a dar un paso atrás. No obstante, su mente no se detenía.

Cada paso, cada leve inclinación de Akemi, era capturado y descifrado en una fracción de segundo por su mente. No solo veía el movimiento: lo predecía. Como si cada respiración de Akemi dejara una estela que su cuerpo podía leer antes de que se consumara el ataque.

Akemi avanzó, hombros girando, descargando un golpe recto que rompió el aire con un zumbido seco. Intelli se dejó caer hacia atrás, el filo del viento rozándole el mentón. Sus nudillos pasaron tan cerca que un mechón de su cabello fue arrancado. En el mismo instante, giró sobre su eje, el tacón raspando la superficie del ring, y dejó que la inercia la empujara más allá del siguiente golpe.

El puño de Akemi volvió, un cross relampagueante. Intelli se inclinó a un lado, lo justo para que el impacto le pasara a centímetros del pómulo, sintiendo el calor de la fricción en la piel.

Sus botas chirriaron cuando giró el torso y deslizó el cuerpo entre los latigazos de energía que la buscaban como serpientes luminosas. Uno le rozó la manga; el olor a tela quemada la envolvió.

Cada esquive era una coreografía forjada en el filo del miedo. Sus movimientos no eran elegantes, eran desesperados, torpes en apariencia pero exactos en su propósito. Akemi golpeaba con la frialdad de una máquina de demolición; Intelli, con el pulso tembloroso del que baila al borde del abismo.

Un gancho subió en arco desde abajo. Esta vez, Intelli no retrocedió: se agachó hasta casi besar el suelo, y el puño de Akemi pasó silbando sobre su cabeza. Se impulsó con un giro corto, lanzando un contraataque rápido, un golpe directo al costado de Akemi... pero esta lo bloqueó con el antebrazo. No fue algo medido, no fue algo premeditado... fue un instinto nacido del deja vú.

En ese momento, en el instante en que su cuerpo reaccionó de forma instintiva ante un contraataque inminente, Akemi frunció el ceño. Algo estaba mal.

No era solo que aquella chica predijera sus ataques: era que desglosaba su ritmo. Ese instante diminuto entre la exhalación y el golpe, ese desfase imperceptible que solo alguien familiar con su estilo podría aprovechar. Intelli no reaccionaba; se anticipaba.

El aire se volvió denso. Akemi arremetió con una combinación más agresiva: jab, directo, gancho, paso, rodillazo. Intelli cedía terreno sin perder el equilibrio, esquivando cada embate como si bailara con el propio viento. La multitud apenas seguía la secuencia: un borrón de movimientos, un intercambio donde el silencio de Intelli contrastaba con el retumbar de los impactos errados.

El sudor comenzó a perlar la frente de Akemi. Su respiración seguía controlada, pero algo dentro de ella palpitaba con incomodidad. Ese estilo... esas transiciones... esa lectura anticipada del cuerpo.

Cada vez que Intelli se desplazaba, Akemi veía un reflejo. No en la técnica, sino en la intención.

Un eco. Un recuerdo.

El espectro de alguien más que se movía igual, en otro campo, bajo otra luz, en otro tiempo.

—Dónde... ¿dónde he visto esto antes? —pensó, endureciendo el paso mientras el déjà vu crecía como una espina en su mente. Y entonces, en un parpadeo, comprendió que no solo luchaba contra una rival: estaba luchando contra un fantasma del futuro.

El puño de Akemi impactó contra el suelo, levantando astillas que cortaron el aire. Intelli saltó hacia atrás, sus rodillas casi colapsando, pero logró mantenerse en pie. Su respiración se aceleraba, aunque su rostro seguía frío.

La presión física de Akemi era un muro, un océano que no se detenía. La muchacha avanzaba, imponiendo cada paso como una sentencia. Intelli retrocedía, prediciendo rutas de escape, calculando ángulos, pero cada predicción parecía costarle más esfuerzo, como si su mente tuviera que encenderse al rojo vivo para no ser aplastada.

Akemi, mientras tanto, sentía el conflicto quemándole por dentro.

—No es solo cálculo... no es solo su don... Esto ya lo viví, ya lo enfrenté... —apretó los dientes, haciéndolos crujir brevemente—, ¿pero dónde? ¿Quién demonios es esta mujer?

La duda le entorpecía el ritmo apenas por fracciones de segundo, pero eran fracciones suficientes para que Intelli intentara lanzar contraataques desesperados. Una patada directa al rostro; Akemi ladeó la cabeza. Un codazo hacia el abdomen; Akemi giró la cadera y lo detuvo con el muslo. Un intento de agarre para desestabilizarla; Akemi bloqueó y empujó, casi lanzándola de nuevo hacia el centro de la arena.

La multitud observaba en silencio, como si intuyeran que la batalla ya no era solo física. La presión era tan grande que hasta los espectadores sentían un nudo en el pecho.

Akemi lo sabía: podía aplastarla en cuestión de segundos si dejaba que su cuerpo actuara con la frialdad acostumbrada. Pero su mente no la dejaba avanzar. Esa sombra en su memoria, ese eco de predicciones, la mantenía atrapada en una incertidumbre peligrosa.

Y frente a ella, Intelli, jadeando, con el sudor deslizándose por su cuello, sonrió apenas. No había conseguido acertar ni un golpe, pero seguía en pie. Y en esa resistencia terca, en esa capacidad de sobrevivir bajo una presión que parecía imposible, había algo que la hacía aún más desconcertante.

Akemi estrechó los ojos, avanzando de nuevo, cada paso como una condena.

—¿De dónde diablos te conozco?

El aire vibró cuando ajustó la guardia, los puños cerrados en posición de boxeo, el cuerpo ligero, girando sobre la punta de los pies. No había lanzado más que el 1% del One for All, un mero roce de lo que podía liberar, pero cada movimiento suyo ya bastaba para forzar a Intelli a retroceder.

La diferencia era que ella no retrocedía en pánico: lo hacía con cálculo quirúrgico, midiendo cada paso, cada respiración. Su cuerpo se arqueaba, se doblaba, esquivando los jabs de Akemi por centímetros, como si tuviera la coreografía escrita antes de que sucediera.

Akemi gruñó, lanzando un recto fulminante al rostro de Intelli. Esta inclinó apenas la cabeza, el puño le rozó un mechón de cabello, y respondió con un contraataque veloz, un corte lateral con su pierna, buscando la costilla de Akemi. La heredera bajó el codo y bloqueó, sintiendo el golpe como un latigazo.

—Tch... ¿por qué me siento tan incómoda con este estilo? —pensó Akemi, sin apartar la mirada.

Intelli, por su parte no hablaba. Su rostro era un lienzo vacío, los ojos calculando, las pupilas vibrando como engranajes.

Akemi fingió un paso en retroceso, luego soltó una combinación de ganchos bajos. Intelli los leyó, esquivó el primero, retrocedió del segundo, y cuando iba a reaccionar al tercero, Akemi lo convirtió en una finta, revirtiendo en un uppercut directo a la mandíbula.

El golpe habría destrozado a cualquiera... pero Intelli torció el cuello a última hora, apenas rozada por los nudillos.

La frustración comenzó a escalar en Akemi. Apretó los dientes, el sudor deslizándose por su sien. Cada vez que creía tenerla, Intelli bailaba al borde del desastre y salía ilesa. Como si supiera la ruta de cada golpe antes de que naciera.

Akemi lanzó un resoplido.

—¿Qué eres tú...?

No podía permitirse el lujo de liberar más poder. Ni látigos, ni ráfagas. Solo puro boxeo y destreza física. Porque parte de ella quería revelar este secreto oculto en su subconsciente, quería recordar quien era Saiko Intelli.

Así, comenzó a cambiar el ritmo. Paso corto, finta al hombro, amago de jab que nunca se concretaba, giro de cintura que simulaba un uppercut. Cada movimiento estaba cargado de veneno psicológico, como si quisiera clavar dudas en su cerebro.

Pero ella no cedía. Cada finta era leída, cada engaño era analizado en microsegundos. No respondía a provocaciones. Solo esquivaba, apenas, sin desperdiciar energía.

—!Esto es increíble! Un diamante en bruto a estado escondido en las clases generales de esta generación —vociferó Present Mic, levantando una mano por los cielos.

—Sin duda alguna... —agregó Aizawa, tomando su barbilla—, está controlando la situación con la alumna más fuerte de la generación de heroicas.

—¡La nueva sangre de la U.A. definitivamente es la mejor desde la generación de All Might!

La rabia se mezclaba con intriga en el pecho de Akemi. Esa manera de leer a su oponente sin titubear... ¿dónde la había visto antes? Ese estilo de combate no era improvisado. Había disciplina, frialdad, un patrón que despertaba recuerdos olvidados, como un eco lejano.

—Espera... —murmuró entre dientes, mientras lanzaba un gancho corto al abdomen. Intelli se dobló hacia atrás, dejando que el aire del golpe le rozara la piel, sin un rasguño.

—Lo conozco. Conozco ese estilo. Esa manera de analizar no es la de una cualquiera —dió un paso hacia atrás, recuperando el aliento—. ¿Quién demonios eres, Intelli...?

El conflicto se clavó en la mente de Akemi como una daga. Parte de ella quería aplastarla de inmediato, liberar aunque sea un 5% y acabar con esa arrogancia fría. Pero otra parte necesitaba respuestas. Porque esa precisión... ese reflejo que bordeaba lo imposible...

Era familiar. Dolorosamente familiar.

Los puños se estrellaban en el aire sin tocarse, los insultos se convertían en espadas que chocaban con igual filo. Cada paso hacia atrás que daba Akemi era una derrota contenida, cada respiración una chispa de paciencia que se extinguía. Intelli sonreía con el control efímero que su quirk le daba, pero ese brillo se iba apagando. La tensión era insoportable, un juego de ajedrez en el que cada pieza se tambaleaba en el borde del tablero.

Entonces ocurrió: el primer golpe real. Un derechazo seco que se hundió en la mejilla de Intelli. El eco resonó como campana de inicio, pero lo que vino después no fue lo esperado. Intelli no cayó. No retrocedió. 

Avanzó. 

Con los dientes apretados para no perder el conocimiento, dio un paso que parecía imposible, y en un arranque desesperado se aferró a la cintura de Akemi. El don se desmoronaba como arena entre los dedos, pero su voluntad ardía. Con un movimiento brusco y casi suicida, arqueó su espalda hacia atrás, buscando proyectarla con todo el peso de su abdomen.

Pero Akemi ya no era la niña ingenua que esa maniobra hubiera sorprendido. Antes de ser lanzada, ambas manos se movieron instintivas, y sus látigos negros serpentearon hasta los tobillos de Intelli. El aire tembló con el chasquido de la captura. En un instante, la estratega flotaba, arrancada del suelo como un muñeco, suspendida en las manos de alguien que no debía tener misericordia.

La mirada de Akemi se oscureció. Su respiración cambió de ritmo, profunda, helada. No estaba viendo a Intelli.

La memoria la golpeó como un mazazo en el pecho: un salón blanco, cuerpos sin rostro cayendo, y una voz calmada, que se burlaba de su desesperación.

—La predicción es el arte de morir antes que el enemigo —susurraba aquella mujer...

—Cero... —murmuró, sus músculos tensándose al instante.

Ya que, en ese mismo lugar, en ese mismo instante, no estaba viendo a Saiko.

Ese mismo movimiento. Esa misma trampa desesperada. Esa misma arrogancia en el filo del fracaso. la técnica de Cero, la mujer que en el futuro había sido la mente maestra bajo el mando de All For One, la estratega que había conducido ejércitos y ciudades enteras a su ruina.

Intelli no era solo una rival del presente. Era el eco de la sombra que la había perseguido hasta la muerte.

Los látigos mantenían a Intelli suspendida, su cuerpo colgando con apenas la fuerza de sus manos aferrándose al aire. La multitud, excitada por la inminente conclusión, no podía ver lo que en realidad sucedía detrás de la máscara de Akemi: no estaba luchando contra una compañera de la U.A., estaba luchando contra un fantasma del futuro.

La sombra de Cero se alzaba sobre ella.

Akemi bajó la mirada, los ojos cargados de una ira contenida que no era de este tiempo. 

Entonces... el murmullo que salió de sus labios fue como el silbido de una guillotina cayendo:

—Cortaré el pasto... cuando aún está verde.

Y el primer jab estalló contra el abdomen de Intelli. El segundo, igual de seco. El tercero, más profundo, levantando un gemido ahogado.

Uno tras otro, los puños de Akemi descargaban un vendaval inhumano. No había compasión en la cadencia: era el método de alguien que castigaba no al presente, sino al futuro. Intelli arqueaba el torso con cada impacto, la respiración cortada, los dientes apretados hasta rechinar para no soltar un grito. Si lo hacía, se mordería la lengua, lo sabía, y quizá ni eso la salvaría del dolor que le reventaba los órganos a cada embate.

La multitud rugía, sin comprender. Para ellos, era espectáculo. Para Akemi, era justicia adelantada. Cada golpe la devolvía a un recuerdo.

Los pueblos consumidos en llamas bajo las estrategias de Cero. Las aldeas arrasadas por un enemigo que nunca se adelantaba sin un plan. Las ciudades que caían como fichas de dominó, obedeciendo la mente cruel detrás del tablero.

Y más allá, los países que se doblegaron ante la perfección del cálculo de esa mujer.

Ahora entendía. Ahora sabía por qué el déjà vu. Intelli no era solo una estudiante con talento. Era ella. El germen de la estratega que algún día se convertiría en Cero. Y si la dejaba crecer... si le daba tiempo... el futuro se repetiría.

El abdomen de Intelli ya estaba amoratado, su respiración un jadeo rasposo que parecía romper costillas con cada inhalación. Sus ojos, aun semicerrados, brillaban de lágrimas que no soltaban. No lloraba de dolor, lloraba de impotencia. Y aun así, apretaba los dientes. No imploraba. No gritaba. Se tragaba cada puño, cada cuchillada invisible que abría su cuerpo.

Akemi la sostenía con los látigos, como verdugo que no dejaba caer al condenado...

Entonces, en un acto de pura rebeldía ante ella, Intelli logró marcar una sonrisa teñida de su propia sangre... 

—Acaso... ¿te molestó que Hades-kun prefiriese venir conmigo...?

En el camerino, Hades no logró pestañear. Miraba cada golpe como si el tiempo se detuviera entre uno y otro. Miraba cómo Intelli se retorcía bajo la sombra de Akemi, y algo desconocido brotó en su pecho. No era el fuego ardiente del odio puro, sino un resentimiento sordo, pesado, que se le colaba entre los huesos. Sus puños se cerraron tan fuerte que los nudillos se tornaron blancos.

Dentro de su mente, Haruto temblaba con la misma sensación. Ambos lo sabían: aquello no era una victoria deportiva, no era un duelo. Era un castigo. Era un intento de asesinato con excusa de competencia.

El rugido del estadio llegaba amortiguado, como si el mundo se hubiese hundido bajo el agua.

Hades miraba la pantalla sin respirar. No parpadeaba. No se movía. Solo observaba mientras Akemi —esa figura que hasta hace poco sonreía con una calma fingida, siempre midiendo, siempre adelantada al resto— destrozaba, golpe a golpe, a su compañera.

Esos no eran simples golpes. Cada impacto tenía peso. Propósito. Como si ella no peleara contra una compañera, sino contra una sombra que debía ser extirpada del mundo.

El cuerpo de Intelli se doblaba con cada puño, los sonidos huecos de su respiración cortada eran seguidos por el chasquido de los látigos tensándose. Hades sintió que algo dentro de él vibraba al mismo ritmo que esos golpes, un pulso enterrado bajo la piel, naciendo de un lugar que no sabía que existía.

—...¿Qué estás haciendo...? —murmuró sin darse cuenta.

El aire a su alrededor se comprimió. Su pecho subía y bajaba, irregular. Su cuerpo se tensó en un espasmo involuntario, los músculos de los antebrazos abultándose como cuerdas. El rostro de Akemi en la pantalla no tenía expresión. Ninguna. Esa ausencia era lo que más lo aterraba.

Por un instante fugaz, el recuerdo se impuso a la realidad: Una suave brisa cayendo sobre su palidez. Su piel quemada y desgarrada por los fuertes vientos del huracán. Y ella —la misma Akemi— sujetándole con manos temblorosas, infundiéndole calor, suplicándole que resistiera.

Sus lágrimas se habían mezclado con sus mejillas.

Pero ahora... esa misma mano destrozaba a otra persona sin pestañear. Como si lo que salvó aquella vez hubiera sido solo una máscara.

Un sonido escapó de él. No fue un grito. Fue algo más bajo, un gruñido que nació en su estómago y le arañó la garganta al salir. Haruto tembló dentro de su mente, su voz infantil filtrándose como un eco quebrado:

—Esa no es ella... no puede ser... esa no es la Akemi que conocemos...

Hades no respondió. No podía.

El dolor se volvió físico. Lo sentía en la espalda, en las manos, en los dientes apretados hasta doler. La respiración se le trabó, y sin pensarlo, se levantó. La silla se volcó atrás, el sonido metálico de sus patas resonó en la habitación vacía.

Cruzó hacia la puerta. El pomo frío giró, pero no cedió.

Una vez. Dos. Luego tres y volvió a intentarlo.

El aire se volvió más pesado con cada intento. Empujó con el hombro. La madera tembló. El marco crujió. Su puño golpeó una y otra vez, el eco de los golpes llenando el cuarto, mezclándose con los jadeos ahogados que venían desde la televisión.

El reflejo de la pantalla parpadeaba sobre su rostro, pintándolo de verde y negro, como si cada destello del One for All lo marcara con cicatrices de luz.

Y entonces, lo escuchó.

Un crack breve, claro, inconfundible. El sonido seco de huesos rompiéndose.

Su cuerpo se detuvo. Todo su impulso, su rabia, su respiración... se congelaron.

Giró la cabeza hacia la pantalla, despacio, con los ojos muy abiertos. Intelli estaba inmóvil.

Colgaba de los látigos, los tobillos retorcidos en un ángulo imposible, el cabello manchado de polvo. Su pecho apenas subía y bajaba.

Y Akemi... Akemi se alejaba de ella con pasos lentos, controlados. Ni una emoción en su rostro. Ni una sombra de remordimiento. Solo un leve movimiento de su mano, como quien sacude el polvo tras arrancar una raíz.

El ruido del público era distante, indistinto. En la mente de Hades, solo había silencio.

—...¿por qué lo hizo?... —susurró Haruto.

Pero Hades no lo oyó. Su mirada seguía fija en la pantalla, como si intentara comprender algo que escapaba a toda lógica. El odio que nació en él no fue una explosión. Fue una grieta.

Una línea delgada, invisible, que se abrió lentamente dentro de su pecho.

Una grieta que no sanaría.

.....

.....

[Hace 20 segundos...]

Los látigos de energía la sostenían de cabeza, girando lentamente sobre sí misma como un animal cazado, expuesto a la crueldad del cazador. Intelli apenas respiraba; cada intento de inhalar era ahogado por un nuevo impacto. Los puños de Akemi descendían con ritmo metódico, sin rabia ni compasión, tan solo con la precisión de quien tala un árbol joven que creció torcido. Un sonido seco, húmedo a ratos, marcaba el compás de aquella ejecución.

El estadio callaba. El eco de los golpes se mezclaba con el temblor del aire. Luego, vinieron las voces. Primero un susurro, luego un murmullo que recorrió las gradas como una corriente helada:

—¿Eso... no es demasiado?

—Ya no parece un combate...

—¡Se está pasando!

Akemi no escuchaba. No podía. Cada movimiento de hombro, cada rotación de cadera era el resultado de un cálculo minucioso. Su cuerpo era una máquina bien afinada para la destrucción.

Y mientras sus puños castigaban la zona más cercana a su pelvis y el pecho de Intelli, un látigo comenzó a serpentear desde el suelo, buscando la línea de su columna. Se deslizó por la espalda arqueada de la chica... por un instante, un solo músculo en su mejilla titiló, como si algo en ella quisiera detenerse... pero no lo hizo.

Intelli, con su conciencia titilante, lo único que logró sentir, fue una presión creciente dentro de su cuerpo. Sintió cómo algo cedía. 

Y entonces... el mundo se detuvo junto a un simple sonido.

Crack

La respiración del público se quebró. Intelli convulsionó, sus dedos se abrieron y cerraron buscando un punto de apoyo que no existía. La sangre cayó en un hilo espeso desde su boca, dibujando en el aire una curva antes de tocar la lona.

En la cabina, Aizawa se inclinó hacia el micrófono. Su voz no tembló, pero en sus ojos se asomaba una sombra de disgusto.

—Midoriya —hizo una pausa, sus ojos ardiendo de carmesí mientras su quirk borraba el de Akemi—. Basta.

Pero Akemi no lo oyó. Giró sobre sí misma y descargó un uppercut al estómago de Intelli. El impacto dobló su cuerpo en un ángulo imposible; los látigos se tensaron, vibraron, y desaparecieron. El cuerpo de Intelli cayó como una ofrenda maldita, rodando fuera del ring con un golpe seco que reverberó más que los aplausos.

Akemi comenzó a salir de la arena. Su respiración era serena. No había rabia, ni orgullo. Solo esa calma peligrosa que antecede al olvido. El sudor le corría por la sien, y en sus pensamientos —afilados, helados, ajenos a la compasión— solo quedó una frase que sonó como sentencia:

La hierba ha sido cortado.

CONTINUARÁ.

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