Ficool

Chapter 42 - Segunda Temporada: Palabras que tienen peso

—... ¡Saiko Intelli del Departamento General no puede continuar! —la voz de Midnight retumbó en los altavoces, forzada, con un temblor que apenas consiguió disimular. Era la voz de alguien que no anunciaba una victoria, sino que clausuraba una tragedia—. ¡Ganadora del primer encuentro de la Sección B... Akemi Midoriya!

El rugido del público fue inmediato. Una ola de gritos, aplausos y flashes barrió el coliseo, sepultando el silencio que había precedido al anuncio. Pero bajo esa euforia colectiva, Midnight supo lo que nadie más podía ver.

El cuerpo de Saiko cayó con un ruido sordo, sin coordinación, sin reflejo alguno para protegerse, estaba indefensa, igual a una muñeca rota. El movimiento de su pecho era apenas perceptible, irregular. Y aunque las luces de la arena cegaban a todos, Midnight lo notó: un temblor mínimo en las manos, un arqueo involuntario en la espalda. El tipo de gesto que no viene del dolor... si no de la angustia contenida por un muro de inconsciencia.

Su ceño se tensó. Había escuchado algo quebrándose. Pero no sabía dónde, no sabía que había cedido. 

Akemi caminaba hacia la salida, con los látigos de energía aún vibrando en el aire, colgando como sombras líquidas. Su respiración era pausada, sus ojos, opacos. No había emoción ni orgullo, solo la frialdad de quien había terminado un trabajo necesario. 

No la había vencido por gloria. La había ejecutado por deber. Por proteger un futuro que nadie más recordaba.

Los bots médicos irrumpieron en la arena con el sonido metálico de sus pasos, veloces, precisos, arrastrando la camilla hasta la posición de impacto. Las sirenas suaves apenas se oían entre los vítores del público. Midnight avanzó un paso, apretando el micrófono en su mano, fingiendo entusiasmo.

—¡Qué debut tan intenso para nuestra Sección B! —dijo, con una sonrisa que no alcanzó a sus ojos—. ¡Una muestra del potencial de nuestros futuros héroes!

Mientras los asistentes alzaban a Saiko con cuidado, Midnight se inclinó disimuladamente.

El cuerpo estaba inerte, el cuello ladeado, los dedos crispados en un espasmo involuntario. 

—Demasiado flojo para estar simplemente inconsciente —pensó, sus labios apretándose por un momento.

Un nudo le cerró la garganta, pero no podía dudar. No allí.

No frente a las cámaras.

—Llévenla al área médica de inmediato —ordenó en voz baja, alzando el brazo con un gesto teatral para desviar la atención—. ¡Y un aplauso para ambas combatientes, por favor!

El público obedeció, rugiendo otra vez, sin sospechar nada.

En una de las filas superiores, Shinso entrecerró los ojos, observando la escena con una calma incómoda. El bullicio no lo distrajo; su mirada seguía fija en Akemi, que se alejaba lentamente, sin mirar a su oponente.

Chasqueó la lengua.

Un sonido pequeño, casi imperceptible. Ni desaprobación ni sorpresa, solo el cansancio de alguien que reconocía algo peligroso cuando lo veía.

—Tsk... héroes, ¿eh? —murmuró para sí, apoyando la barbilla en su mano.

...

Los bots médicos cruzaron las puertas con la camilla. Saiko, apenas consciente, sintió el movimiento mecánico bajo ella. Cada sacudida hacía vibrar su cuerpo con un dolor seco, interno, imposible de ubicar.

Entonces, con la mirada nublada, captó brevemente una silueta junto a las puertas por la que habría cruzado. Estaba de pie, inmóvil, enmarcado por la sombra de las puertas, la observaba sin moverse, sus nudillos tintados de rojo y envueltos en una opaca aura verdosa se apretaban sin descanso alguna. Su expresión era ilegible, pero en la penumbra de sus ojos carmesí ardía algo que ni él mismo comprendía.

La camilla pasó frente a él. Saiko intentó hablar, pero solo un hilo de aire escapó de su garganta, como un tarareo inconsciente. Hades no respondió. Solo giró y caminó detrás de los bots, en silencio...

Su paso era automático, torpe, como si la realidad se hubiese estrechado en un solo pasillo: el que conducía a la enfermería. 

 Las ruedas metálicas chirriaban sobre el suelo pulido, dejando un eco que se repetía, se descomponía, se mezclaba con el pulso en sus sienes.

El cuerpo de Saiko, inmóvil sobre la camilla, parecía flotar. Las luces frías del techo parpadeaban en secuencias que la hacían desaparecer y volver, como si el mundo intentara borrar su silueta y fallara cada vez.

Hades no pensaba, no podía. Solo sentía un suspiro atascado en algún punto entre la garganta y el pecho, como si una presión invisible se le hubiera instalado en los hombros impidiéndole exhalar. 

El aire pesaba, y cada respiración tenía sabor a hierro.

Los bots aceleraron. Las puertas dobles de la enfermería se abrieron de golpe, chocando contra el tope con un sonido sordo, seco, breve... y el pasillo volvió a quedar vacío, junto al cese, el cuerpo de Intelli desapareció tras ellas.

Hades se detuvo.

Su cuerpo se inclinó levemente hacia adelante, pero las piernas no obedecieron más.

Temblaban. Sus manos, rígidas, buscaban un punto donde agarrarse, pero no había nada.

Solo el aire tibio de la enfermería, impregnado de desinfectante y electricidad.

El eco del "crack" seguía allí. No en el oído, sino en la memoria muscular: un sonido que se repetía dentro de los huesos.

Cerró los ojos por un momento, mientras su respiración era robada por sus propios recuerdos.

Cuando abrió los ojos, las puertas dobles seguían meciéndose por la inercia del golpe anterior, moviéndose apenas unos centímetros, hasta que finalmente se detuvieron. El eco desapareció.

Y solo entonces, Hades soltó el suspiro que llevaba reteniendo desde que rompió las bisagras de la puerta que lo retenían.

Fue un sonido bajo, casi ajeno, como si no le perteneciera. El aire escapó con lentitud, y en ese momento, una voz habló dentro de él.

—Debemos entrar... —susurró Haruto, con una tristeza que parecía doler más que el propio recuerdo.

Hades no respondió. Ni siquiera lo pensó. Su cuerpo se negó a moverse. Las plantas de sus pies se habían adherido al suelo, y por más que quisiera dar un paso, el impulso moría antes de alcanzar los músculos.

El silencio se volvió espeso. Solo la vibración tenue de los tubos eléctricos rompía la quietud.

Haruto volvió a hablar, con voz casi infantil:

—Recién nos conocemos... ¿cierto?

Hades respiró por la nariz, lenta y pesadamente. Su sombra tembló bajo las luces frías.

—Sí —murmuró, apenas audible—. Pero aunque el tiempo haya sido breve... ella... 

Bajó la mirada a sus manos. El cuerno que sobresalía de su sien reflejó un destello pálido, como si respondiera a las palabras.

—Gracias a ella tenemos esto —dijo, tocándolo con los dedos—. Este... tonto cuerno.

Su voz se quebró al final.

Haruto guardó silencio un instante. Luego, suavemente, susurró: 

—Ya lo sé. Ya lo sabía... solo quería oírlo de ti. Saber si sentías lo mismo que yo.

El corazón de Hades dio un golpe seco, y por primera vez en mucho tiempo, la respuesta fue honesta.

—No somos tan diferentes después de todo...

Sus manos se cerraron con fuerza, los nudillos blancos, mientras alzaba la vista hacia las puertas inmóviles.

El pasillo se tragó las palabras. Solo quedó el eco, flotando entre las luces. Y entonces... dio finalmente el primer paso.

...

El aire dentro de la enfermería olía a metal, desinfectante y urgencia. Luces frías bañaban las camillas, multiplicando los reflejos de bisturís, tubos y monitores que pulsaban al compás irregular de una vida sostenida por máquinas.

Recovery Girl se movía entre los bots y sus asistentes humanos con una precisión de reloj. Su bastón resonaba seco contra el suelo cada vez que daba una orden.

—¡Inyecten 2 mg de morfina, ahora! ¡Controlen la presión torácica! ¡No permitan que la saturación baje de ochenta y cinco!

La voz era firme, casi autoritaria, pero el temblor en sus manos la traicionaba. Saiko Intelli yacía sobre la camilla central, el rostro ceniciento, el pecho desnudo cubierto de cables y vendas improvisadas. Un tubo descendía por su garganta, el sonido del respirador llenando el silencio con su jadeo mecánico.

Y entre todo ese caos, la figura de Hades yacía inmóvil en el umbral. Su sombra devorada por el caos del interior.

Los ojos de Recovery Girl se levantaron apenas un segundo, y solo eso bastó.

—Vete de aquí, mocoso —ordenó sin levantar la voz, pero con una autoridad que hizo girar las cabezas de dos ayudantes—. Necesita tratamiento de emergencia de inmediato.

El chico dio un paso. Uno solo.

El eco fue lo bastante fuerte como para que la médica lo mirara directamente, sin pestañear.

—Hades —repitió, más bajo, más cortante esta vez—. Este no es lugar para ti. Vete antes de que llame a los bots de seguridad.

El aire vibró entre ellos.

Hades abrió la boca, las palabras intentando tomar forma, pero su garganta no obedecía.

Finalmente, logró forzar una sílaba:

—Yo... puedo... curar tam—

—¿Y qué? —lo interrumpió con un tono que no admitía réplica—. ¿Vas a hacerle lo mismo que hiciste con esos conejos?

La frase lo golpeó como un hierro candente. Su respiración se quebró, y el sonido de las máquinas se volvió lejano, distorsionado. 

Los dedos le temblaron al costado del cuerpo, y su mirada cayó, pesada hacia el suelo.

Por un instante, solo se oyó el zumbido eléctrico de los monitores. Entonces, la voz de Recovery Girl cambió. Ya no era la de una médica, sino la de una anciana que comprendía más de lo que decía.

—Yo lo tengo bajo control —murmuró, volviendo a mirar las pantallas—. Ve a ese torneo y da lo mejor de ti. Pelea. Gana. Y cuando todo eso termine... podrás practicar tu curación todo lo que quieras.

Hades permaneció quieto unos segundos más. Luego asintió, lento, como quien carga una sentencia sobre la espalda.

Giró apenas el rostro, a punto de retirarse, cuando escuchó:

—Buena suerte, mocoso problemático.

La frase lo detuvo a medio paso. Sus dientes se apretaron, los músculos de la mandíbula marcándose bajo la piel. Luego, sin decir nada, se giró hacia la camilla.

El cuerpo de Intelli parecía más pequeño bajo la luz blanca. Los tubos se movían al ritmo de una respiración que ya no era suya. Y aun así, Hades la miró como si la reconociera completa.

—Ganaré esta mierda —dijo, apenas moviendo los labios—. Y caminaremos juntos por ese estúpido premio.

Su voz era baja, pero cada palabra pesaba como plomo.

Luego se dio la vuelta, el sonido de sus pasos resonando hasta perderse en el pasillo.

Recovery Girl permaneció allí, inmóvil, observando cómo la puerta se cerraba lentamente tras él. Su bastón cayó unos centímetros, tocando el suelo con un golpecito hueco.

Entonces, llevó ambas manos al rostro. Sus hombros se hundieron un poco, y el suspiro que escapó de ella fue el de alguien que ya había visto demasiadas promesas rotas.

—Eso... será imposible, Hades... —susurró, apenas audible entre el zumbido constante de las máquinas.

El monitor emitió un pitido débil, como si respondiera.

Y la enfermería volvió a llenarse del sonido de la lucha por mantener a una sola vida encendida.

....

[Mientras tanto...]

Midnight alzó la voz de nuevo, imponiendo ritmo, maquillaje y espectáculo.

—¡Damas y caballeros! —gritó, con una energía que rozaba la histeria—. Tras estas primeras batallas llenas de intensidad, ¡los enfrentamientos del segundo bloque están decididos!

A sus espaldas, la pantalla principal se encendió, mostrando los brackets de combate con destellos metálicos. La multitud rugió, sin entender que tras ese brillo artificial, una verdad más oscura se hundía bajo el suelo del estadio.

Midnight exhaló lentamente, apartando el micrófono de sus labios. Aun con el aplauso ensordeciendo el aire, sus ojos se desviaron a la mancha de sangre que se secaba en el centro de la arena.

—Si alguien llega a saberlo... la U.A. no sobrevivirá al escándalo...

Su dedo se movió apenas, tocando el auricular oculto bajo la melena oscura.

—Aquí Midnight —susurró, forzando la voz entre el clamor del público—. ¿Qué ocurre, director?

Por el canal llegó un murmullo estático. Luego, la voz de Nezu, suave y precisa, como un bisturí cortando silencio:

—Recovery Girl acaba de confirmar el diagnóstico. Fractura completa de columna lumbar. Compresión de médula espinal. Destrozo estructural en ambos tobillos.

Midnight parpadeó una sola vez. La multitud seguía rugiendo, ajena, pidiendo más espectáculo.

El aire en sus pulmones se volvió pesado.

—¿Podrá... recuperarse? —preguntó, temiendo la respuesta.

El silencio se alargó entre ellos, el aire comprimiéndole los pulmones, hasta que...

—Lo más probable es que nunca vuelva a caminar.

La sonrisa de Midnight se desmoronó un milímetro. Lo justo para que las cámaras no lo notaran.

Tragó saliva, los dientes chocando levemente mientras su otra mano se aferraba al mango del látigo enroscado en su cintura. La música ambiente seguía sonando. La gente seguía gritando. Pero para ella, el mundo había quedado mudo.

—Nezu... —susurró apenas—, es solo una niña. Esto no era...

—No se preocupe —interrumpió él, su tono inmutable, casi tranquilizador—. La estudiante Midoriya será castigada en consecuencia personalmente por mí.

—¿Castigada...? —repitió Midnight, sin convicción—. Y ella... ¿qué será de ella?

—Saiko Intelli recibirá una propuesta especial. Un ofrecimiento de la U.A. para continuar su formación.

Midnight frunció el ceño, algo dentro de las palabras de su jefe le traía malos recuerdos, pero negó a mostrar esa brecha en su máscara.

—¿Cómo puede continuar si ni siquiera podrá...?

—Tenemos un As para eso, Nemuri —aseguró, y por un momento, su voz sonó demasiado alegre—. Pero no se distraiga, profesora. La prioridad es mantener la calma. Que el público no note nada. La imagen de la U.A. es lo más importante ahora.

El canal se cortó con un clic seco.

Midnight permaneció inmóvil. El viento cálido del coliseo le rozó la piel, trayendo consigo el olor metálico del polvo y la electricidad de los reflectores. En el horizonte de su mirada, los fuegos artificiales del espectáculo seguían ardiendo, como si nada hubiera ocurrido.

Cerró los ojos un instante. Luego chasqueó la lengua, un gesto casi imperceptible, y respiró hondo.

Su rostro volvió a componerse: sonrisa brillante, tono teatral, postura perfecta.

El espectáculo debía continuar.

—Disculpen la breve interrupción, querida audiencia —dijo, su voz resonando con una firmeza que solo el deber podía sostener—. ¡Y ahora, el Festival Deportivo de la U.A. continúa!

El público respondió con vítores, aplausos, pura euforia. Midnight levantó el brazo, girando hacia la gran pantalla que se encendía detrás de ella, los nombres apareciendo uno tras otro como engranajes de un destino implacable.

—¡En el siguiente encuentro, ambos del curso de héroes! —anunció, sonriendo mientras los altavoces rugían—. ¡Momo Yaoyorozu contra Denki Kaminari!

El rugido volvió a llenar el aire. Pero tras esa máscara de profesionalismo, el temblor de sus dedos aún persistía, recordándole el peso invisible de una columna rota y una verdad que no debía salir de ese estadio.

En las gradas, Shinso entrecerró los ojos al ver la transmisión congelada un instante antes del anuncio. Chasqueó la lengua, sin decir palabra. El espectáculo seguía, pero el aire... ya no olía a gloria.

 [Por otra parte]

El pasillo estaba vacío, iluminado apenas por luces frías que zumbaban como insectos eléctricos. Hades caminaba sin rumbo, los pasos arrastrados, los hombros hundidos. Sus pensamientos se derramaban sobre el suelo como sombras líquidas: imágenes rotas, gritos apagados, el eco distante del público que aún celebraba arriba... ignorando que, en otra ala del estadio, alguien acababa de perderlo todo.

Su respiración era un hilo, el aire sabía a polvo y desinfectante.

Entonces, una mano grande y cálida se posó sobre su hombro.

—Disculpa, joven, ¿te encuentras bien?

La voz era amable, pero tenía un matiz de cansancio antiguo, como si hubiese pronunciado esa pregunta demasiadas veces y jamás hubiese obtenido una respuesta que calmara su conciencia.

Hades se giró, y frente a él había un hombre alto, delgado hasta lo enfermizo, con el rostro surcado por líneas de agotamiento y una mirada que parecía conocer más muertes que victorias.

—¿Y tú quién demonios eres? —preguntó Hades, con el ceño fruncido, entre confuso y a la defensiva.

El hombre sonrió, rascándose la nuca.

—Ah, perdona. Soy Toshinori Yagi, profesor en los cursos superiores. No suelo andar por esta zona, pero vi a alguien vagando con esa cara y... bueno, digamos que soy un poco entrometido.

—Me perdí. —Hades evitó su mirada, murmurando con voz quebrada.

Toshinori arqueó una ceja, mirando alrededor.

—Curioso. Este pasillo lleva a los baños privados y a la salida del personal —cruzó sus brazos, levantando una ceja—. No cualquiera pasa por la seguridad de Nezu sin permiso.

Hades no respondió. Solo levantó la mirada y, por un instante, el profesor vio esos ojos: dos pozos carmesí con un brillo apagado, como si alguien hubiese arrancado la fe de su interior con un cincel.

La sonrisa de Toshinori se desmoronó, reemplazada por una expresión que solo un veterano puede tener: una mezcla de culpa y compasión.

—¿Qué pasa, chico?

—Una conocida... resultó herida por la mano de alguien más. —Su voz se quebró por un momento, antes de negar con la cabeza y retomar su tono—. Parecía algo muy grave.

El silencio se volvió una presencia física entre ellos. El anciano héroe bajó los ojos, y por primera vez, Hades notó en él una tristeza tan inmensa que casi emanaba calor.

Toshinori habló despacio, con la mirada perdida en algún punto del suelo, pero con su mente ubicada décadas atrás.

—Hace muchos años... yo también vi caer a alguien —tragó saliva, apretando sus puños—. Era la mujer más valiente que conocí y... —hizo una pausa, sus labios apretados antes de suspirar pesadamente—, murió frente a mí... porque yo no fui débil.

Hades lo observó sin entender, pero algo en la voz de aquel hombre lo obligaba a escuchar.

—Me dijo que los héroes no deben cargar odio. Que el rencor envenena. —Toshinori apretó los puños, las venas marcándose bajo la piel huesuda—. Pero cuando vi cómo él la destruyó... cuando vi cómo la borró, comprendí que hay dolores que no sanan con justicia. 

El aire se densificó. La luz parpadeó sobre su rostro, deformando su sombra en la pared.

—La venganza —continuó, con voz áspera—, no redime, ni devuelve lo perdido. Pero a veces... es lo único que mantiene vivo el corazón de un héroe roto. 

Su mirada se alzó hacia Hades, y en sus ojos, por un instante, el símbolo de la paz desapareció por completo: solo quedaba un hombre cansado, humano, buscando un sentido para su dolor.

—Si alguna vez llegas a ese punto... asegúrate de que tu venganza no te haga olvidar por qué comenzaste a proteger.

Hades apretó los dientes. Su respiración se volvió irregular, pero constante. El fuego volvió a sus ojos, tenue pero real.

—Gracias, viejo... —dijo al fin, con un respeto que no entendía del todo—. Creo que ya sé lo que debo hacer.

Toshinori le dedicó una sonrisa pequeña, sincera.

—Entonces ya vas un paso por delante de mí, chico.

Dobló la esquina del pasillo y se perdió entre las luces.

Hades se quedó solo, la mano temblando junto a su costado. El silencio lo envolvió de nuevo, pero ahora, en medio del eco de sus pasos, una sola palabra se formó en su mente, nítida, afilada.

—Tomaré ese camino... Akemi.

Y siguió caminando, sin mirar atrás.

[Por otro lado]

Los pasillos de la arena estaban vacíos, bañados por una luz blanca que parecía pulir los bordes de cada sombra. Los pasos de Akemi resonaban con eco metálico, lentos, casi ceremoniales. Por fuera, su rostro era una máscara de luto: mirada baja, labios sellados, el temblor justo en las comisuras para parecer humana.

Pero por dentro... su corazón latía con un ritmo extraño, cálido, casi eufórico.

Aún podía sentir en los nudillos el eco del impacto; la vibración del hueso cediendo, el pequeño sonido húmedo que solo alguien acostumbrado a la violencia podría reconocer como éxito. Y pensó, con una calma escalofriante:

—Evité que naciera ese monstruo.

Una sonrisa apenas perceptible rompió la rigidez de su rostro. Las pecas en sus mejillas parecieron encenderse por un segundo, como brasas diminutas. Se permitió un suspiro breve, casi dulce.

Pero, en ese momento, un muro se atravesó a su camino.

Frente a ella se alzó un muro gris, sólido, inmóvil. Al alzar la vista, Akemi se encontró con la mirada pétrea de Cementoss. Sus ojos —planos, como bloques sin fisura— no contenían ni ira ni compasión: solo peso.

—Midoriya Akemi. —Su voz sonó como un portón cerrándose—. El director Nezu te espera al final del evento.

Akemi se quedó inmóvil. Su garganta quiso formar palabras, una excusa, una sonrisa inocente. Pero el profesor continuó antes de que pudiera fingir siquiera.

—Y considérate afortunada. —Su tono bajó a un tono aplastante—. Si no fuera por intervención directa de él, estarías expulsada ahora mismo.

El eco de su voz rebotó entre las paredes.

Akemi bajó la cabeza, los hombros encogidos, el cuerpo temblando lo justo. Su respiración se volvió trémula, como si estuviera al borde del llanto. Todo en ella gritaba culpa.

Cementoss observó en silencio, su estructura de roca apenas moviéndose. Vio a una niña —una estudiante más— quebrándose ante la magnitud de sus actos y suspiró con cierta pena.

—Aprende de esto, muchacha. —Su tono se suavizó, lo suficiente para parecer humana—. No puedes construir justicia con ruinas.

Ella asintió lentamente, sin levantar la mirada.

—Sí... sensei.

Y cuando él giró para marcharse, el silencio volvió a llenar el pasillo.

Fue entonces cuando Akemi alzó el rostro.

Sus labios, tensos hasta hace un segundo, se curvaron en una sonrisa diminuta pero nítida. Sus ojos, aún humedecidos, se iluminaron con una chispa oscura. El temblor en sus hombros no era de miedo. Era risa contenida.

—Qué suerte... —susurró apenas, mientras caminaba hacia la luz del pasillo siguiente—. Podré reunirme con mi sensei una vez más...

Y su silueta se perdió entre los muros, dejando tras de sí solo el eco de unos pasos demasiado ligeros para una culpable.

[Coliseo de la U.A.]

El cuadrilátero ardía bajo la luz de los reflectores. El aire vibraba con el zumbido eléctrico de los generadores y el murmullo expectante del público. Midnight había dado la señal, y por unos segundos, nadie se movió.

Momo respiró hondo. La textura rugosa del suelo bajo sus botas la mantenía anclada a la realidad. Frente a ella, Denki Kaminari sonreía con esa mezcla de nerviosismo y fanfarronería que lo caracterizaba, el uniforme de deportes ligeramente abierto en el cuello, con una leve chispa cruzándole la mejilla.

—Tranquila, vicepresidenta —dijo, levantando las manos—. Prometo no freírte... demasiado crujiente.

El chico rió brevemente por su propia broma. Pero Momo no. Su rostro, una máscara llena de cálculo se mantuvo en silencio. Apoyó una mano sobre su abdomen, se levantó su camisa y activó su quirk. De su piel brotó un par de tonfas de un tono oscuro, mate, con un acabado cerámico. 

Kaminari alzó una ceja.

—¿Eh... madera? ¿Planeas golpearme con palos?

—Solo necesito tocarte una vez —respondió, avanzando lentamente.

Él chasqueó la lengua y, con un suave movimiento de muñeca, liberó una descarga leve. 

Zas. 

Una línea de electricidad recorrió el suelo hasta sus pies.

Momo retrocedió justo a tiempo, la piel del brazo erizada por el calor.

Kaminari rió por lo bajo, pero sus ojos no se apartaron de ella, mientras la miraba como se movía con cuidado, demasiado cuidado. 

Cada descarga del muchacho era medida, contenida. No podía permitirse sobrecargarse; lo sabía mejor que nadie. Su límite firmemente establecido lo ataba con firmeza. Un paso de más, y su cerebro se apagaba como una bombilla fundida.

Justo en ese momento, el combate se convirtió en una danza tensa.

Kaminari mantenía la distancia, disparando ráfagas breves como advertencias.

Momo giraba entre ellas, los tonfas cruzándose frente a su rostro, tratando de cerrar terreno, de encontrar una brecha.

Pero él no la daba.

—¿Qué pasa, Yaoyorozu? —gritó Kaminari, respirando con fuerza—. Pensé que eras la genio de la clase.

Momo apretó los dientes. Sus brazos dolían, el sudor caía por su cuello. Intentó producir algo más, pero su quirk exigía energía, concentración, grasas. Y cada segundo que pasaba, el cuerpo le pedía descanso.

—Necesito acercarme... No puedo dejar que siga marcando el ritmo...

Kaminari dio un paso atrás, cargando de nuevo. Un resplandor amarillo tiñó el aire, los sensores del campo de contención chispearon brevemente. El chico entrecerró los ojos, controlando su respiración.

—Solo un poco más... no te sobrecargues, no te sobrecargues...

La descarga salió disparada. Momo apenas alcanzó a cubrirse. La energía golpeó sus tonfas y se desvió, pero el impacto la empujó hacia atrás.

Cayó sobre una rodilla, el aire escapándole de los pulmones.

El público rugió.

Kaminari sonrió, pero su mano temblaba. La piel de sus dedos tenía un tono rojizo, como si la electricidad estuviera empezando a quemarlo desde dentro.

—Maldita sea... no puedo subir más la potencia... —pensó.

Aun así, siguió disparando. Cada chispa era un paso hacia el colapso.

Momo lo notó. Sus ojos se fijaron en su respiración irregular, en el parpadeo errático de sus manos. Había un patrón. Cada vez que lanzaba una descarga, el hombro izquierdo se adelantaba apenas un segundo antes.

Y ese segundo... era todo lo que necesitaba.

Tomó una de sus tonfas y la arrojó con precisión hacia la cabeza del chico, pero él la desvió con una descarga. 

—¿Qué pasa? ¿Tomando medidas desesperadas? —se burló, volviendo su mirada hacia Momo, pero en ese momento, desde el interior de su escote, comenzó a materializar una pequeña esfera metálica, del tamaño de una nuez—. ¿Qué es eso?

Sin responder, apretó el mango de su única tonfa y un mecanismo se activó con un leve chasqueo. De ella emergió un cañón corto y cilíndrico como un mosquete moderno de propulsión neumática.

Entonces, Momo cambió su postura. Apretó los dientes, deslizó una de sus manos dentro de su escote y, mientras retrocedía, colocó la esfera en el cañón recién formado de su tonfa.

Una bruma blanca se escapó del cañón mientras insertaba una pequeña esfera traslúcida en el compartimento frontal.

Kaminari parpadeó, confundido. 

—¿Qué demonios es eso?

Pero no hubo respuesta. Solo el estallido seco del aire comprimido al disparar.

La esfera salió despedida, girando, cortando el aire entre destellos de electricidad residual que aún flotaban en el ambiente. Kaminari reaccionó por puro instinto, levantando la mano para detenerla con una descarga.

Ese... fue su error.

La esfera absorbió el rayo como si lo invitara. Un destello cegador llenó el cuadrilátero, y al instante la esfera se partió, liberando una sustancia viscosa y luminosa que lo cubrió de hombro a torso.

—¿Qué...? ¿Agua? —murmuró, preparándose para lanzar otra descarga—. ¡Entonces puedo—!

El sonido fue brutal. Su propio rayo rebotó en el gel, que en lugar de conducir la electricidad, la contuvo y la devolvió en una implosión blanquecina. Kaminari gritó —más de sorpresa que de dolor— mientras la electricidad corría dentro de su propio cuerpo, atrapada sin salida.

Los músculos se contrajeron, la mandíbula se tensó. Un segundo más y el sobrevoltaje lo habría dejado inconsciente.

Pero Momo no le dio tiempo. Avanzó con un impulso desesperado, la tonfa describiendo un arco limpio. Golpeó su antebrazo, desviando su intento de contrataque, y luego impactó su pecho con fuerza.

El golpe resonó seco, contundente. Kaminari cayó hacia atrás, los ojos en blanco por un instante, humo saliendo de su uniforme chamuscado.

El estadio estalló en gritos y vítores. Nadie había entendido qué había pasado. Pero todos tenían la certeza de que la heredera de la clase 1-A había vencido.

Momo se quedó quieta. Las piernas le temblaban. Se apoyó en la tonfa como si fuera un bastón. El sudor le empapaba el rostro, pero su mirada no se apartó de su oponente.

Midnight alzó el brazo.

—¡Ganadora del segundo encuentro: Momo Yaoyorozu!

El rugido de la multitud ocultó el sonido de su respiración entrecortada.

Kaminari, todavía en el suelo, abrió un ojo con una sonrisa débil.

—Heh... maldición... no debí confiarme de la más lista del salón.

Momo negó suavemente, dejando caer la tonfa al suelo. Entonces, dio un paso atrás y añadió, apenas audible, mientras observaba el cuerpo chamuscado de su compañero:

—Era un gel dieléctrico... diseñado para bloquear flujos eléctricos.

Y mientras el público aplaudía su ingenio, Momo sabía que había ganado por un margen tan delgado... que si Kaminari hubiese tenido un segundo más de control, ella estaría en el suelo.

El humo ascendía aún del cuerpo de su oponente, y la multitud celebraba un duelo que había sido más ciencia que fuerza, más desesperación que talento. 

[Camerinos de la U.A.]

 El camerino olía a desinfectante y metal tibio. Akemi empujó la puerta con un leve chirrido, dejando que el silencio la envolviera como una sábana vieja. La luz blanca del techo parpadeaba con pereza, proyectando su sombra sobre el suelo como una figura partida.

Cerró la puerta detrás de sí, exhalando con un suspiro que bordeaba la satisfacción. El aire le sabía a victoria.

Se dejó caer sobre una de las bancas metálicas, el peso de su cuerpo deslizándose con un leve chirrido del acero. Por primera vez desde la pelea, dejó que sus hombros bajaran. Sus dedos, aún con el temblor residual de la adrenalina, se entrelazaron frente a su rostro mientras apoyaba el codo sobre la pierna.

Miles de pensamientos cruzaban en espiral: frases, excusas, análisis, planes. Qué decirle a Nezu cuando llegara el momento. Qué tono usar. Qué palabras exactas lo harían inclinar la cabeza, satisfecho, creyendo que todo había sido parte de su control.

Porque él lo había sido todo, alguna vez. Su mentor. El hombre que la tomó bajo su ala cuando All Might cayó, cuando el mundo se vino abajo y solo quedaron los restos del ideal.

Y ella... ella había aprendido a sobrevivir entre esos restos.

Con un suspiro breve, buscó el control remoto y encendió el televisor. La pantalla se iluminó con el logo del festival deportivo, y por un instante creyó que solo sería ruido de fondo.

Pero el nombre la detuvo.

—"¡Ganadora del segundo encuentro: Momo Yaoyorozu!"— anunció Midnight desde la transmisión, con esa voz teatral que arrastraba el fervor del público.

Akemi alzó una ceja, apenas. Luego sonrió, leve, casi imperceptible.

—Lo veía venir —susurró—. Después de todo... siempre fue una genio.

Se recostó contra la pared fría, dejando que la luz azulada del televisor le bañara el rostro. La sonrisa duró apenas un segundo; después, el sonido familiar del teléfono rompió el aire como una cuerda tensa.

Un tono brillante, heroico, tan fuera de lugar que parecía burla: el tema principal de All Might.

Ella frunció el ceño.

El móvil vibraba dentro de su mochila, arrojando destellos azules entre los casilleros del camerino. Se levantó, caminando entre el pasillo de metal y pintura vieja. Cada paso resonaba hueco, como dentro de un túnel.

Se detuvo frente a su casillero.

Y por un momento, su mano no se movió. La vista clavada en el pomo.

El aire pareció densificarse, trayendo un recuerdo que no había pedido: el olor rancio del vestuario masculino, el crujido leve del metal, y luego la mirada asustada de Mineta, emergiendo de entre los casilleros.

El rostro del muchacho, entre asombro y pánico reflejó en su voz un tono alarmante.

—Tú... tu tu, ¡eres una chica!

Akemi apretó el pomo. Los nudillos se le pusieron blancos.

El teléfono seguía sonando, con esa melodía absurda.

Inspiró hondo. Exhaló despacio. Y negó con la cabeza.

Un nuevo recuerdo tomó su lugar dentro de su mente: los tentáculos emergiendo, la presión húmeda, el crujido sordo del hueso, la resistencia cediendo. Recordó aquella mañana en el supermercado, en el ataque terrorista donde su madre murió en su antigua vida. Una satisfacción antigua le recorrió el pecho como un suspiro al recordar la sensación de la cabeza de ese tipo explotando entre sus propias extensiones, el calor de la sangre y el silencio después del acto.

Y entonces, abrió el casillero.

El teléfono seguía vibrando dentro de la mochila. Lo tomó, lo giró en la palma con la frialdad de un cirujano y miró la pantalla. Sus pensamientos, dispersos por un instante, se realinearon en su mente con precisión.

—Pronto habrá otro ataque terrorista en Ozu... pronto volveré a verlos... muy pronto, senseis.

 La melodía persistía, absurda, heroica, tan fuera de contexto que casi parecía una provocación.

Akemi inspiró de nuevo, y por un momento, su rostro se suavizó. Solo por un momento.

Luego deslizó el dedo por la pantalla, aceptando la llamada.

—Hola, mamá —dijo con voz tranquila, casi dulce—. Qué sorpresa.

 [Coliseo de la U.A.]

El cuadrilátero volvió a iluminarse con un destello dorado. Las pantallas gigantes del estadio enfocaron el rostro sonriente de Midnight, su voz amplificada resonando por los altavoces:

—¡Y ahora, damas y caballeros! —anunció, con teatralidad—. ¡El siguiente enfrentamiento del día! ¡Desde el curso de héroes... Uraraka Ochako!

Los aplausos estallaron como una ola, acompañados de un rugido de vítores. Las cámaras giraron, enfocando a Ochako mientras caminaba hacia el centro del campo, su rostro decidido, el cabello ondeando con el aire.

—Y frente a ella —continuó con una sonrisa serpenteante—, otro talento oculto proveniente del curso general... ¡Shinso Itoshi!

El público murmuró, intrigado. Los reclutadores, en sus asientos, alzaron sus libretas y comenzaron a anotar.

Shinso apareció desde el otro extremo, caminando con pasos lentos, las manos en los bolsillos y la mirada medio velada por el flequillo. A cada paso, el aire parecía volverse más denso.

Midnight levantó el micrófono:

—¡El combate comienza en tres...!

Entonces, la voz de Shinso se coló, suave y venenosa, interrumpiendo la cuenta:

—Oye... mejillas.

Ochako se tensó. Su ceño se frunció apenas, conteniéndose. En ese momento, recordó como Akemi le había dicho antes de que se fuera.

—Nunca le respondas al chico de cabello púrpura. No importa lo que diga.

Pero Shinso siguió, con esa cadencia suya, pausada, casi indiferente, que sonaba más cruel que cualquier grito:

—No sabía que en el curso de héroes eran tan buenos... aplastando a los que no pueden defenderse. —Su sonrisa fue ligera, casi cordial—. Aunque supongo que la compasión no puntúa alto en los exámenes de ingreso, ¿verdad?

Midnight, sin perder el ritmo, anunció:

—¡Dos...!

Ochako apretó los puños, bajando la mirada. 

—No lo escuches... no lo escuches.

Pero él la observó con una mezcla de lástima y burla calculada.

—Bueno... aunque, pensándolo bien, tú no pareces del tipo que manda. —Su tono se volvió más frío, más bajo y burlón—. Supongo que te resulta fácil seguirle el paso a es perra de verde...

El silencio entre ellos pesó como plomo. Shinso en cambio, alzó dos dedos en forma de "V", llevándolos a sus labios con una mueca insolente, casi teatral.

—No me digas que son tan cercanas... —susurró, dejando que el aire hiciera el resto—. Sería... decepcionante ver que la heroína sonriente también tiene un precio.

Ochako sintió un golpe en el pecho. Las palabras, aunque no eran un insulto directo, la atravesaron por completo.

—¡Cállate...! —escapó de sus labios antes de poder detenerse.

Y entonces, algo cambió. El rostro de Shinso se endureció, la sonrisa se desvaneció, sus ojos adquirieron una calma inhumana.

Midnight levantó la mano:

—¡Uno...!

Shinso dio un paso adelante, su voz resonando ahora como una orden disfrazada de susurro:

—Ahora... sal de aquí. Y ve a llorar con esa sádica de sonrisa perfecta que tanto admiras.

El sonido del gong retumbó en el estadio.

Y Ochako, por un instante, sintió cómo el suelo se volvía liviano bajo sus pies, mientras salía de la arena.

CONTINUARÁ.

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