Ficool

Chapter 34 - Segunda Temporada: De vuelta a clases. Parte 1

La noche se deslizaba sin prisa sobre la ciudad, invisible pero presente en el leve movimiento de las hojas, en el temblor casi imperceptible de las cortinas, y en la brisa que se colaba a través de la ventana entreabierta de la habitación. La luna no brillaba. El cielo estaba cubierto. No había estrellas. Solo oscuridad.

Hades dormía, pero no descansaba.

Su cuerpo, vendado y encorvado sobre la almohada, se estremecía con espasmos suaves. Sus dedos, torcidos por el entumecimiento y el dolor, se apretaban en un puño convulso. Su rostro, a medio camino de haber sido desintegrado por las manos de Shigaraki, se contraía como si una sombra invisible se aferrara a sus mejillas.

Gruñó entre sueños. No de dolor físico, si no algo más profundo, un dolor más allá que sentido por la carne. Era... más antiguo. Como un lobo herido que sigue oliendo su propia sangre incluso cuando ya se había curado.

En su inconsciente, el mundo no era un simple sueño incoherente, era una manifestación de recuerdos olvidados.

Una galería de arte que se burlaba de su incapacidad de recordar.

Habían pasillos infinitos, angostos, secos. Las paredes parecían respirar, como si cada rincón supiera que era observado. Cada recuadro era una manifestación de sus traumas.

El eco de sus pasos no sonaba como un eco normal; eran susurros que regresaban transformados, como si alguien lo repitiera justo detrás.

Los cuadros colgaban torcidos, pintados a medias. Otros, cubiertos con lienzos rojizos, que se estremecían levemente como si una corriente de aire inexistente los batiera, en un intento de revelar sus secretos.

Pero, esos no eran los únicos, había unos más... difusos, manchados, tragados por una especie de niebla interna, como si fueran recuerdos rotos que no se dejaban mirar de frente.

Todo olía acre, a pintura vieja que no logró secarse a tiempo y humedeció el propio lienzo envejecido.

Hades caminaba sin rumbo alguno. No buscaba nada en particular. No esperaba encontrar nada. Pero lo hacía igual, en un trance inconsciente, perplejo por estar en una galería dentro de sus sueños. Como un pecador obligado a revisitar sus culpas una por una, eternamente.

—¡Hades!

La voz lo alcanzó desde algún rincón oscuro del pasadizo. No era temerosa, ni solemne. Era clara. Brillante. Como una campanilla en mitad de una iglesia abandonada.

Él se detuvo, sus pasos dejaron de resonar en el ambiente. Sus ojos, secos y pesados, giraron lentamente hacia atrás. La oscuridad lo envolvía, pero esa silueta, tan fuera de lugar en ese lugar condenado, se acercaba a paso ligero.

—¿Qué quieres? —escupió, sin ocultar su fastidio.

Haruto sonrió, como siempre lo hacía, incluso ahí. Incluso en el lugar donde los recuerdos duelen más que los golpes. Su figura era pequeña, inocente. Un contraste absurdo con la muerte que empapaban los cuadros.

—¡Encontré algo! —anunció, como si estuviera en un parque.

—No estoy de humor —gruñó como respuesta, tratando de alejarse.

Pero Haruto ya estaba tomando su mano. Y como siempre, como todos hacían cuando el se negaba, lo empezó a arrastrar contra su voluntad.

—¡Haruto, suéltame, carajo! ¡No me arrastres igual que esas—!

—Vamos —interrumpió, sin mirarlo siquiera—. Esto es distinto.

A regañadientes, Hades lo siguió. Al principio dejando que lo arrastrara como siempre. Pero luego, tratando de tomar algo de control, comenzó a caminar junto a su hermano.

Sus pasos, al principio calmados y chillones sobre el mármol opaco, poco a poco se hacían más rápidos, lentamente comenzaron a ganar carrera.

Porque algo en su estómago se revolvía, algo en su cuerpo lo hacía temblar sin control, su piernas dudaron en cada paso, su postura vaciló. Era una sensación opresiva que hundía su pecho a un nudo frío, casi primitivo.

El pasillo se abrió cuando por fin llegaron. Un muro de mármol desgastado, sucio y agrietado se alzaba marchito sobre las baldosas limpias en un contraste extraño. Y allí, donde el mármol estaba más ennegrecido colgaba un solo cuadro. Uno que ambos habían visto antes...

Y sin embargo, ahora era distinto.

Un único ojo dorado se había descubierto desde el espeso manto rojo que lo cubría. El ojo, sin vida más allá de la plasmada, miraba directamente hacia Haruto. Cómo si el mismo óleo sabía exactamente dónde mirar. Como si esa cosa dentro del cuadro pudiera verlo.

El iris ardía como el sol en el cenit, brillante y calmo, imperturbable más allá de lo pintado. Era como el retrato de una diosa a medio despertar.

Pero, eso no fue lo único, ya que cuernos, blancos y curvos iguales a dagas rituales, emergían de la sombra de su frente.

Detrás de todo, un halo de luz dorada pulsaba suavemente, como si respirara.

Hades comprendió por qué su cuerpo estaba temblando, porque sentía una opresión en todo su cuerpo. Pero no tenía miedo.

Lo que sentía... era reconocimiento.

—Antes solo se veía uno —murmuró Haruto, serio ahora, como si el cuadro mismo le arrancara la alegría—. Solo un cuerno y nada más, ¿recuerdas?

Hades no respondió, su mente comenzó a burlarse de él generando una bruma espesa, una sensación opaca que nacía de no ser visto por el recuadro.

—Pero hoy... cuando estaba deambulando ví como esa cosa roja... —comenzó, tratando de tirar más del manto desgastado—. ¡Se caía un poco y revelaba el resto...! —masculló, haciendo una careta por el esfuerzo de no poder revelar más del cuadro

El silencio se hizo espeso como brea.

Hades tragó saliva. Pero el nudo en su garganta no se deshizo, solo se apretó más. Cómo si una garra estuviera conteniendo con firmeza su laringe.

—¿Recuerdas quién es? —preguntó Haruto, rompiendo la opresión del pecho de su compañero.

—No... no lo sé.

—Yo tampoco lo recuerdo, pero...

—Entonces... ¿por qué carajos siento... sentimos que algo dentro nuestro se aprieta con solo mirarla?

Haruto dudó. Por primera vez en mucho tiempo, parecía asustado. Apretó los labios y sus puños temblaron antes de respirar hondo y continuar.

—Creo que es... —comenzó, casi en un susurro—, algo que perdimos... —masculló, apartando la mirada del cuadro—. algo que pronto desearemos no recordar...

Hades dio un paso atrás, su mano derecha sujetando con firmeza su cabeza. El ojo dorado brilló un poco más. Como si se alimentara de su duda. De su miedo adquirido por recordar.

—¿Por qué demonios no puedo recordar nada...? —murmuró, más para sí que para Haruto.

El silencio se hizo espeso. El cuadro parecía latir, como si su esencia se filtrara a través del marco, como si los estuviera esperando. Hades no podía moverse. No por miedo. Sino por algo más primitivo. Algo que oprimía el pecho con la lentitud de una garra inmensa. De pronto, un latido oscuro le recorrió el pecho.

El recuerdo vino como una flecha fugaz: su voz tan dulce como el veneno, sus manos posándose en sus propios ojos, envolviéndolo en seda y cadenas. Una despedida que jamás fue pronunciada, pero que quedó como ceniza en sus costillas. Recordó el calor punzante detrás de sus ojos, la visión dorada atravesando su mundo, el vacío eterno volviéndose a abrir en su pecho como una vieja herida que nunca terminó de cerrarse.

—Hades... —susurró Haruto, preocupado por el estado de su hermano.

El muchacho no respondió. Su mirada se había quedado clavada en el ojo dorado. Sin pestañear, sin respirar.

Haruto, alarmado, le puso una mano en el hombro. Lo sacudió una vez. Nada. Lo volvió a sacudir, esta vez con más fuerza, y al fin, el mundo se desmoronó.

¡CLAC!

Un golpe seco lo devolvió al presente.

El grito fue ahogado, áspero. El cuerpo de Hades se estremeció en la cama de hospital, su respiración cortada, los ojos abiertos de par en par mientras se incorporaba como un resorte.

—¡Vieja bruja! —gruñó con una mezcla de rabia y desconcierto al observar una pequeña figura borrosa que sujetaba un bastón—. ¿Qué demonios quieres?

Frente a él, Recovery Girl lo miraba con ese gesto agrio y paciente que sólo dan los años y el oficio de lidiar con adolescentes problemáticos. Su bastón seguía en alto, y sin vacilar, le dio un segundo golpe, esta vez en la pierna izquierda. Un relámpago de dolor recorrió la extremidad entumecida de Hades, arrancándole un gruñido más honesto.

—¡Despierta de una vez, zángano! —le espetó con voz cortante—. Ya dormiste todo el día, y para tu desgracia, hoy tienes visitas. Más te vale estar presentable.

Hades bufó, llevándose una mano al rostro.

—No seas exagerada...

—¿Exagerada? —replicó ella, chasqueando la lengua—. Son las dos de la tarde. Dormiste casi veinte horas, bestia.

El joven resopló, aún envuelto en el entumecimiento de los sueños, y murmuró con desdén:

—Me parece poco...

Recovery Girl levantó de nuevo el bastón, y Hades, por instinto, se encogió ligeramente. La anciana lo miró con una media sonrisa y bajó el arma.

—Tu recuperación está casi completa después de cinco días. Pero no te hagas el héroe, porque aún no puedes ni levantar ese brazo sin parecer una hoja temblando —agregó señalando su brazo derecho con el bastón.

Él frunció el ceño. Miró su brazo derecho con desconfianza. Intentó levantarlo. La extremidad tembló, como si pesara el doble, y apenas alcanzó la altura de su hombro antes de volver a caer. Ni siquiera le dolía tanto. Era la sensación de estar roto lo que más le inquietaba.

No dijo nada. Pero el silencio hablaba por él.

El suspiro de la anciana fue casi imperceptible, pero en la habitación silenciosa, cargada con el aroma estéril del alcohol y el metal, resonó como un campanazo. Sus ojos, pequeños y arrugados como viejas semillas de loto, se entrecerraron cuando lo miró de reojo.

—No fuerces ese brazo —le advirtió con una gravedad que no daba espacio para bromas—. Estuvo tan destrozado que por poco te lo amputamos.

La frase cayó como plomo fundido en el pecho de Hades. No se inmutó de inmediato; su rostro permaneció estoico, endurecido por costumbre y rabia, pero por dentro una sombra más espesa lo abrazó. Un frío seco le recorrió la columna, como si su cuerpo respondiera antes que su mente. Por un segundo, la imagen de sí mismo sin un brazo le cruzó fugaz porúz la mente: su silueta, quebrada, incompleta. Como un guerrero decapitado del deber. La visión le provocó un reflejo involuntario en el ceño, una mueca que reveló más de lo que hubiese querido.

Pero, antes de que esa línea de pensamientos pudiera profundizar, la voz de Recovery Girl volvió a imponerse, cortante como una lanza:

—Estoy aquí para revisar tus cicatrices.

Hades asintió con parsimonia. Luego suspiró, no por dolor, sino por lo que vendría: exponerse. No solo la carne, sino lo que ella representaba. Marcas de impotencia. Fracaso. Castigo. Todo eso quedaría al descubierto.

Entonces, la anciana chasqueó la lengua con familiar impaciencia y se dirigió a la puerta a paso lento y abriéndola ligeramente.

—¡Chicas, pueden pasar!

Dos enfermeras entraron, ambas en silencio absoluto, como si el aire mismo hubiese entendido la gravedad del procedimiento. Cada una cargaba una bandeja de acero inoxidable. El sonido metálico al posarlas sobre la mesa cercana fue breve, pero provocó que Hades instintivamente apretara los dedos contra la sábana. Una de las bandejas brillaba bajo la luz blanca: tijeras quirúrgicas curvas, pinzas, gasas estériles, una pequeña botella de antiséptico y guantes de látex ajustados.

—Vamos a retirar las suturas, comenzaremos por el pecho —sentenció la anciana, frotando su barbilla.

Hades no respondió. Solo desvió la mirada al techo mientras una de las enfermeras desenrollaba el vendaje que cubría la cicatriz central: la del tórax. Conforme la gasa fue cayendo, lo expuesto era una línea larga y reciente, de color rosa inflamado, que se extendía desde la base del cuello hasta justo por encima del abdomen. No era recta, como una herida de bisturí, sino irregular por los bordes, signo de una intervención desesperada en medio del caos.

Una de las enfermeras se colocó detrás de él. La otra le alzó ligeramente el torso, usando almohadas para mantenerlo elevado. La herida quedó tensa bajo la piel fina. Recovery Girl se puso los guantes, tomó una de las pinzas y la introdujo con cuidado por debajo de uno de los nudos.

—Respira hondo —ordenó.

La pinza sostuvo el hilo negro mientras la tijera quirúrgica hizo su trabajo. Con un corte preciso, el primer nudo se abrió y la anciana tiró con lentitud. El hilo salió arrastrando consigo un leve ardor, como si su carne se aferrara a cada filamento. Hades no emitió palabra alguna, pero su mandíbula se tensó al máximo, las venas del cuello marcándose como raíces bajo la piel.

—¿Duele mucho? —preguntó una de las enfermeras con voz suave.

—No...—gruñó, apretando con fuerza las sábanas debajo de su brazo izquierdo.

Los siguientes puntos fueron retirados uno a uno. Cada uno con un tirón, cada tirón un pequeño disparo eléctrico bajo la piel. A medida que avanzaban, la herida iba cerrándose visualmente, pero para él, se sentía como si la memoria misma de la batalla quedara abierta. Como si no solo sacaran hilo, sino retazos de la pelea en la que pensó que moriría.

—Las suturas internas aún están ahí —murmuró la anciana—. Pero esas se absorberán. Estas eran para evitar que tu nueva regeneración intentara sellarlas antes de tiempo.

Hades soltó una risa amarga, seca como hueso astillado.

—Maldita sea... ni siquiera puedo curarme...

Recovery Girl alzó una ceja, pero no comentó. Solo pasó un algodón con antiséptico por la cicatriz recién liberada. El ardor lo hizo fruncir la nariz, un gruñido ahogado se le escapó de la garganta, retorciéndose levemente.

—Oh por favor, no seas una niña —dijo la anciana, robándole unas pequeñas risas a las enfermeras asistentes.

Acto seguido, repitieron el proceso con el brazo izquierdo. La piel ahí estaba más tensa, más sensible; los vasos cercanos aún inflamados, y el primer tirón de sutura provocó una oleada de punzadas que le subió hasta el hombro.

Esta vez sí apretó los dientes.

—Relájate —ordenó la anciana sin mirarlo—. Te abrirás otra vez si te tensas.

—Relájate tú —masculló entre dientes—. ¡Parece que estás cociendo una manta vieja en lugar de quitarme esa cosa!

La anciana simplemente lo ignoró y apretó la pinza en la piel cercana a la cicatriz. Provocando otro grito ahogado del muchacho.

El procedimiento tardó quince minutos más. Finalmente, quedaron las piernas. Las cicatrices eran más limpias, quirúrgicas, de bisturí; líneas rectas reforzadas con puntos equidistantes a lo largo del trayecto. Pero al retirar los primeros, la piel se contrajo de forma irregular: los rastros de la regeneración descontrolada aún dejaban zonas más gruesas, como si su piel y carne hubiesen luchado para crecer sin permiso.

Cuando terminaron, Recovery Girl lo cubrió con gasas limpias.

—Eso es todo por ahora. Te dejaremos descansar —dijo, golpeando su bastón contra el suelo un par de veces—. Pero en un par de horas tendrás visita, así que trata de parecer menos miserable.

Hades no respondió. Solo se quedó ahí, acostado, sintiendo las marcas sobre su piel, como Miles de llagas pintadas en fuego y brasas. Su cara estaba más pálida de lo normal, y sus cejas formaban surcos profundos por aguantar el dolor.

El suspiro que salió de sus labios fue denso, como si su pecho intentara vaciarse de un peso que no decidió sostener. Sus párpados temblaron al compás del dolor sordo que palpitaba desde lo profundo de su torso. Cada respiración era un sucio recordatorio de su supervivencia.

Con esfuerzo, levantó su brazo izquierdo. La extremidad temblaba como una rama rota a punto de desprenderse del tronco. Sus dedos, lentos y torpes, recorrieron el vendaje nuevo sobre su pecho. Y allí, bajo la tela, sintió bultos duros, extraños. Irregulares. Como si algo no perteneciente a su cuerpo se hubiese quedado dentro. El contacto provocó un latido opaco de dolor, profundo y húmedo. Su carne presentaba palpitaciones que no eran del corazón, sino de la carne misma que se resistía a ser habitada.

Por un instante, la debilidad lo abrazó con fuerza. Se sintió como un guerrero expulsado de su propio templo. Una criatura rota, apenas mantenida por la voluntad ajena.

—¿Esto soy ahora? —murmuró, resignado a su realidad—. ¿Un cuerpo remendado con dolor? ¿Una herida que respiraba en nombre de otros?

Pero entonces, sin previo aviso, algo cálido y liviano cayó sobre sus ojos. Una cascada dorada, como el sol filtrado en medio de un bosque muerto.

Hades se sobresaltó.

No la sintió acercarse. No oyó sus pasos. No escuchó la puerta. Era como si simplemente hubiese estado ahí... Como un fantasma que pertenecía a esa habitación desde antes de que él llegara. Como si su presencia no interrumpiera el mundo, sino que lo completara.

—Buenas tardes, Hades-kun —habló la dulce voz de Inko.

Y junto a ella, otra mucho más tenue, temblorosa:

—Hola...

Himiko, la dueña del cabello que secuestró su panorama, tenía la mirada baja, el rostro enrojecido y las manos aferradas a una pequeña bolsa de papel. Su rubia cabellera aún colgaba sobre los ojos de él, que apenas podía procesar lo que sentía. El susto no se iba del pecho, pero tampoco la extraña calidez que había traído su cercanía. Era tan absurda como reconfortante.

Él frunció el ceño, no por enojo, sino como defensa. Como si su mente aún tratara de sacudirse el sobresalto y recuperar el control.

—Tsk... ¿no saben tocar? —masculló, mirando a otro lado.

Inko, como si no escuchara el tono hostil, caminó hasta él y le acomodó la almohada con ternura. Sus manos eran tibias. Transmitían su amor materno y la sensación hogareña que trae consigo. Le sonrió con ese gesto que solo los adultos que han perdido mucho y aún así siguen amando pueden ofrecer.

—Tu pecho se ve mejor —comentó con dulzura, casi con orgullo—. Hoy traje un poco de té y bollitos de arroz —señaló la bolsa que sostenía Himiko y sonrió con ternura—. Himiko me ayudó a hacerlos.

La joven rubia bajó la cabeza aún más, pero se alejó y apartó su cabello hacia atrás.

—Son... para ti —pronunció en voz apenas audible—. Si quieres... digo... puedes tirarlos si no te gustan...

Él no respondió de inmediato. Solo la miró, buscando el mismo panorama que apreció el día anterior. Ella en cambio, no logró sostener su mirada.

—La comida de este lugar apesta... —comenzó, apartando su mirada y dirigiéndola hacia la bolsa de papel con nueva emoción—. Me lo comeré.

La chica se estremeció apenas un poco y sonrió con timidez reprimida, mirando el cuello del muchacho casi con devoción.

[Mientras tanto...]

[Despacho del Director| U.A.]

Las muletas golpeaban suavemente el suelo de madera con cada paso. Aizawa caminaba con lentitud pero sin perder el porte sombrío de siempre, su cabello aún más desordenado que de costumbre y las ojeras más profundas que antes. Frente a él, el escritorio de Nezu rebosaba de papeles, carpetas y tazas de té medio vacías. El director le hizo una seña para que se sentara.

—Estás más vivo de lo que esperaba —bromeó Nezu con una risa chillona, aunque su mirada era seria.

Aizawa suspiró mientras acomodaba su pierna lesionada.

—Vengo por el festival deportivo.

—Lo sé —respondió, entrelazando los dedos—. Ya tomé una decisión. No lo retrasaremos.

Aizawa lo miró de lado.

—¿De verdad? Creí que...

—Es justo lo suficiente —replicó el roedor, interrumpiendo a su empleado con una pata levantada con una sonrisa indescifrable—. Nuestros alumnos están vivos, Shota. Además, la sensación de seguridad y confianza que nuestra escuela emana, debe prevalecer por encima de todo.

Aizawa se pasó la mano por la nuca al oír sus palabras. Su gesto era típico: ceño fruncido, cara de pocos amigos Negó con la cabeza despacio, como si ya viera venir el alud de correos, llamadas y críticas veladas que los altos mandos comenzarían a enviarles.

—La Comisión de Héroes no va a estar contenta con esto —dijo sin rodeos.

Nezu soltó una risa baja, casi divertida. Su diminuto cuerpo se deslizó por la silla mientras sacaba una carpeta de cartón color amarillo. El sonido del papel contra madera fue suave, pero tenía una gravedad inconfundible. La empujó hacia Aizawa sin una palabra.

Shota tomó la carpeta. La miró con cautela, como si supiera que el contenido no era algo que uno debiera mirar por mucho tiempo. Abrió con dedos tensos. Solo la primera hoja bastó.

Nombres. Documentos internos. Reportes sin editar. Fragmentos de conversación y fechas con sellos de la misma Comisión que tanto hablaba de moral. Pruebas, como pequeños clavos oxidados, apuntando a una estructura ya carcomida.

Aizawa suspiró, cerró la carpeta con un suspiro contenido, y la deslizó de regreso.

—Debería dejar de sorprenderme —murmuró, frotando sus párpados.

Nezu tomó la carpeta con un gesto metódico, casi ceremonioso, como si la devolviera a una cripta.

—Deseas té, ¿Shota?

El profesor negó de inmediato.

—Esa agua con hierbas me da sueño. Y necesito estar despierto.

Nezu asintió con serenidad mientras servía para sí mismo. El aroma cálido del té llenó el despacho por un instante, haciendo que el aire se volviera denso y apacible.

—No te preocupes por la sociedad —añadió con voz tranquila, casi tierna—. Le pedí a Toshi que hiciera una rueda de prensa conmigo mañana por la tarde. Anunciaremos que el festival se llevará a cabo con normalidad a pesar del reciente incidente.

Aizawa asintió sin convicción y cruzó los brazos.

—¿A qué hora vamos a visitar al mocoso problemático?

Nezu bebió con calma antes de responder, y su sonrisa fue más amplia esta vez.

—Tranquilo, Shota. Partiremos pronto.

Como si el tiempo se hubiera plegado a sus palabras, la puerta del despacho se abrió sin preámbulo. Toshinori, ya en su forma delgada, cruzó el umbral con pasos lentos pero seguros. Sus ojeras se habían marcado más desde la última vez, y su cuerpo seguía mostrando el desgaste, pero su porte no titubeaba.

—Nezu, Aizawa... buenas tardes —saludó con una inclinación breve de cabeza—. ¿Podría tomar el sábado para organizar un entrenamiento en conjunto?

Nezu sonrió como quien recibe una petición que ya había anticipado.

Pero Aizawa habló antes:

—El sábado está ocupado. Vamos a recuperar las clases teóricas perdidas. Pero el domingo está libre.

Nezu alzó su taza, sin decir palabra, en un gesto de aprobación agradecida.

—Perfecto —concluyó Toshinori mientras se acercaba al escritorio, sacando de una carpeta unas hojas cuidadosamente dobladas—. Son las propuestas de ejercicios. Quiero enfocarlos en control de poder sin combate. Solo técnica y cooperación.

Dejó los papeles sobre la mesa, cerca de Aizawa, quien los tomó y los revisó con una ceja levantada.

—A los críos no les gusta cooperar si la situación no lo amerita —comentó, con voz seca.

Toshinori sonrió, cansado pero auténtico.

—Entonces que aprendan a hacerlo —respondió, transformándose en su forma musculosa, flexionando los biceps—. ¡Aunque sea a golpes! Ajajaja.

Aizawa soltó un largo suspiro, pero en sus labios se insinuó una sonrisa, casi imperceptible. Había leído de reojo uno de los encabezados en los papeles que Toshinori había entregado: "Entrenamiento conjunto para el festival." Frunció levemente el ceño, como si algo no encajara.

—¿Y quién te dio la idea? —preguntó con voz seca, áspera, pero cargada de una curiosidad que no pasaba desapercibida para Nezu.

Toshinori, ya en su forma esquelética, carraspeó antes de llevarse una mano al cuello. Era imposible no sentirse ligeramente expuesto ante la mirada cínica del director.

—Mi sucesora —respondió finalmente, aceptando la taza de té que Nezu le ofrecía—. Me entregó esos papeles ayer. Dijo que analizó los quirks de sus compañeros a fondo.

Nezu soltó una risa suave, como un zorro que acaba de oler sangre.

—Eso es mil veces más creíble que pensar que tú ideaste una estrategia tan completa, Toshinori —mencionó, con una amabilidad tan fina que resultaba cortante.

El símbolo de la paz bajó la cabeza, derrotado por esas palabras simples. No había defensa posible contra una verdad tan precisa.

Pero Nezu ya no le prestaba atención. Algo en los papeles había captado su interés con una intensidad incómoda. Tomó una de las hojas, dejó su taza a un lado, y la sostuvo frente a ambos maestros.

—¿Y por qué Hades es el único que aparece sin equipo? —preguntó con voz neutra, pero sus ojos estaban muy abiertos, demasiado atentos—. Momo y Sero están asignados con Midoriya. Pero él... parece aislado.

Aizawa frunció apenas el ceño, tratando de pensar en una razón lógica, pero sin hallar alguna que no sonara improvisada.

Fue Toshinori quien respondió con voz firme, recuperando algo de su compostura:

—La joven Midoriya mencionó que a la joven Yaoyorozu le falta improvisación y análisis rápido. En cuanto al joven Sero, ambos tienen quirks de desplazamiento, logrando beneficiarse de un entrenamiento táctico aéreo, mientras que la joven Yaoyorozu trata de improvisar maneras de derribarlos.

Nezu asintió, pero su mirada ya no se centraba en el razonamiento.

Se centraba en ella.

Akemi.

Volvió a leer la hoja correspondiente a Hades. Su expresión era ilegible, pero sus dedos tamborileaban lentamente sobre la mesa.

El análisis no estaba escrito con emoción, sino con una precisión alarmante. Cada palabra elegida con el mismo cuidado con el que se afilan bisturís. No era simplemente un ejercicio escolar. Era un informe táctico. Frío. Claro, e innegablemente funcional.

Y por eso mismo, profundamente inquietante.

Leyó en voz baja:

> "Hades al poseer un quirk de ataque tan bien desarrollado por su resistencia y reflejos rápidos, recomiendo que entrene en solitario. El uso de sus espadas, aparte de ser punto clave de su arsenal, puede ser peligroso para entrenamientos entre amigos, aparte del uso de sus explosiones que solo lo lastiman a sí mismo. Es por ende que el enfoque que debería desarrollar es la curación y entrenamiento en solitario."

Nezu bajó la hoja muy lentamente.

No porque hubiera terminado de leer.

Sino porque ya había leído lo suficiente.

—Interesante —susurró, más para sí mismo que para los otros dos.

—¿Interesante cómo? —preguntó Aizawa, sin esconder su recelo.

Nezu tomó otro sorbo de té antes de responder, como si calibrara sus palabras con sumo cuidado.

—Akemi Midoriya tiene catorce años... y sin embargo su análisis es profesional y puntual. No subestima, no idealiza, no protege por afecto. Observa, diagnostica, segmenta y optimiza —hizo una pausa, tratando de absorber sus propias palabras, antes de negar con la cabeza y mirar a Toshinori—. ¿Les parece normal?

All Might evitó responder. Aizawa tampoco lo hizo. Ambos sabían que no.

—Podría decir que tiene talento natural —continuó Nezu, dejando su taza a un lado—. Pero eso sería ingenuo. Lo que veo aquí no es solo inteligencia. Es... experiencia. De algún tipo. La clase de experiencia que normalmente solo se adquiere en escenarios donde un solo error cuesta vidas.

—¿Sospechas de ella? —preguntó Aizawa, con un dejo de tensión en la mandíbula.

Nezu sonrió, esa sonrisa tan pequeña que se clavaba como una aguja.

—No. Pero tampoco confío del todo. Y eso la hace... fascinante.

Luego giró la mirada hacia Toshinori.

—Aprobaré el entrenamiento para el domingo. Pero también quiero ver cómo se desenvuelve en campo. Fuera del aula.

Y tras una pausa, su voz se volvió más aguda.

—Observen a su sucesora, Toshinori. No solo como heredera del poder... sino como posible arquitecta de algo mucho más grande que tú legado.

La habitación se llenó de un silencio denso.

Nezu terminó su taza de té con un último sorbo elegante y dejó la porcelana sobre la mesa con un suave clic. Entonces, de un salto grácil —casi felino— bajó del asiento alto que usaba como podio.

—Ya es hora de visitar al muchacho —anunció con tono ligero que tan bien disfrazaba su intensidad.

Aizawa asintió en silencio, poniéndose de pie. No necesitaba nombres para entender que "el muchacho" era ese pequeño dolor de cabeza con mirada filosa y más problemas internos que el promedio de toda la clase junta.

Toshinori parpadeó y los miró, confundido.

—¿A dónde van?

Nezu sonrió sin mostrar dientes, una mueca amable cargada de secretos.

—No te preocupes, Toshi. Solo vamos de visita.

[Hospital Central de Musutafu]

[Habitación 616]

El sol apenas iluminaba los cristales sucios del hospital cuando Hades apretó los dientes y volvió a tratar de flexionar el brazo derecho. Solo tenía que hacer un simple movimiento, un simple gesto... pero nada, no pasó nada.

El codo permanecía rígido, insensible, como si ya no fuera parte de él. Apretó con fuerza el puño —lo único que podía mover con cierta libertad— y forzó el movimiento, con los tendones tensándose hasta que el dolor punzante le subió hasta el hombro.

—¡Tch! —gruñó, sus dientes mordiendo su propio labio con ira contenida.

—Oye, oye, ya basta —la voz de Haruto resonó dentro de su mente, suave pero preocupada—. Te estás lastimando otra vez...

—¡Y qué! —escupió Hades, jadeando—. ¡Podemos curarnos! ¡Esa porquería de quirk sirve para algo, ¿no?!

—Nos prohibieron usarlo —contradijo el muchacho con firmeza casi infantil—. Recovery Girl dijo que si lo activas otra vez sin supervisión, vas a regenerarte torcido como una rama seca... ¿O quieres tener el codo en la espalda?

—¡No me importa lo que diga esa vieja bruja! —gritó, sin importarle quien o quienes escucharan sus delirios, lo hizo con tanta potencia que casi se le zafaron los lentes de la cara.

Y justo entonces...

Chac.

La puerta corrediza de la habitación se abrió con un siseo seco, más amenazante que cualquier víbora.

Un viento gélido entró al cuarto..

Un reflejo pavloviano de respeto y miedo construido por generaciones de estudiantes. Y ahí, en el umbral de la puerta, con su pequeño cuerpo encorvado, su bata médica arrugada y el bastón golpeando el suelo como una campana de juicio, estaba ella.

Recovery Girl.

—Mira tú —comenzó con tono plano, tan cargado de sarcasmo que podría haber oxidado el instrumental médico—. ¿Bruja, dijiste?

Hades se congeló. Literalmente. Como si le hubieran desenchufado el alma.

—H-Haruto... cambio, ¡Cambio!

—¿Qué? ¡Por qué! ¡Yo no quiero lidiar con ella!

—¡Hazlo, joder, me va a arrancar la cabeza con ese bastón!

—¡No, no, no, no!

Hades cerró los ojos, sudando, y alzó el brazo izquierdo como si eso sirviera de antena para pasar el turno. Respiró profundo. Cedió su conciencia, y entonces...

El cuerpo se relajó. Los hombros bajaron. Los ojos se abrieron lentamente.

Y cuando lo hicieron... brillaban verde esmeralda.

Recovery Girl se detuvo a medio paso.

Sus ojos, entrenados por décadas, no tardaron ni medio segundo en notar el cambio. Su ceño, ya arrugado por naturaleza, se contrajo tanto que pareció que toda su frente se había convertido en una sola línea recta.

—¿Verde? —susurró.

Su bastón cayó de su mano.

CLONC.

Avanzó con paso rápido, la bata ondeando como una capa de batalla. Los monitores cardíacos pitaron nerviosamente mientras Haruto retrocedía sobre la silla de ruedas como si pudiera fundirse con ella.

—¡Hades, maldita sea, no quiero que me pegueee! —chilló con pánico puro.

Un parpadeo.

Y el rojo volvió.

Hades volvió a la superficie justo cuando Recovery Girl se le abalanzó encima, agarrándolo por la barbilla como si buscara abrirle el alma a través de los ojos.

—¡Cómo demonios hiciste eso, mocoso! —le gritó tan cerca que hasta el aliento le olía a pastillas de menta y autoridad—. ¿De dónde salió ese color? ¡Qué clase de mierda hiciste!

—¡Suéltame vieja bruja! ¡No soy una quimera, carajo!

Ella lo zarandeó con una fuerza que no debía tener a esa edad.

—¡No me carajees, malcriado! ¡Te dije que no usaras ese quirk sin supervisión y ahora tienes los ojos como una esmeralda radioactiva! ¿Qué estás escondiendo, eh?

—¡No tengo idea de que diablos estás hablando! ¿Ya estás senil acaso?

—¡No me vengas con estupideces!

La puerta volvió a abrirse.

Esta vez, suavemente.

Y asomando la cabeza, Aizawa entró primero, con los ojos a medio abrir, una pequeña bolsa colgaba desde su hombro, seguido de Nezu, que traía en brazos una pequeña caja de dulces. Ambos se quedaron congelados al ver la escena.

Recovery Girl montada casi como una jinete sobre el pobre cuerpo de Hades, agitándolo como si fuera una piñata, mientras él forcejeaba y gritaba por ayuda.

—Creo que llegamos en mal momento —murmuró Aizawa, rascándose la nuca.

—Para nada —replicó Nezu, con una sonrisa brillante—. Esta es la mejor parte del día.

Hades seguía siendo sacudido como si fuera un criminal que no quería confesar. El bastón de Recovery Girl golpeaba el suelo a centímetros de sus pies, amenazando con subir.

—¡Vamos, muchacho! —exigió la anciana, con la frente casi pegada a la suya—. ¡Hazlo otra vez!

—¡Qué! —Hades parpadeó, desconcertado—. ¿Hacer qué?

—¡Tus malditos ojos! ¡Saca esos verdes, carajo!

—¿Qué verdes? —masculló él—. Señora, póngase lentes, está más ciega que una piedra.

CRACK.

El bastón golpeó el suelo con tal fuerza que hizo temblar la camilla.

—¡Mi visor ocular de escaneo biomédico de última generación vale más que esas estúpidas gafas tuyas que ni siquiera usas! —le gritó, con una vena temblando en la frente—. ¿Crees que no puedo distinguir un cambio de pigmentación? ¡Te vi, mocoso! ¡Tus ojos se pusieron verdes!

Nezu se acercó, su pequeña figura cargando una cajita de dulces con la tranquilidad de quien observa un circo.

Aizawa lo seguía en muletas, parpadeando lento.

Cuando vieron a Recovery Girl agitando a Hades con una fuerza impropia de su edad, ambos se detuvieron a unos pasos.

Aizawa no dijo nada. Simplemente se posicionó detrás de Nezu. Con cuidado. Como si el ratón director fuera un escudo antiminas.

—¿Y bien? —preguntó Nezu, alzando su voz con un tono más complacido que molesto—. ¿Cuál es el alboro—?

—Lo vi —interrumpió la anciana, aún fulminando a Hades—. Estoy cien por ciento segura... Esos ojos cambiaron de color. ¡Pasaron de rojos a verdes esmeralda como los de una rana mutante! ¡Y luego volvió a rojo!

Hades, aún aturdido por el zarandeo, solo logró mascullar:

—...Necesita revisión de vista. Mis ojos siempre han sido rojos.

Recovery Girl lo señaló como si acabara de encontrar al impostor en una nave espacial.

—¡Y aún así gritabas cosas sin sentido! ¡Nombrándote a ti mismo! ¡No me trates de loca, mocoso, tengo mejor memoria que tú y una lista de alumnos con traumas peor que el tuyo!

Eso lo congeló.

Literalmente.

Los músculos de su rostro se tensaron. El corazón, antes acelerado por la adrenalina, pareció dar un paso atrás.

—...Mierda —murmuró, apenas audible.

En su mente, Haruto intentó disimular.

—¿Fue tan obvio...? Yo... entré en pánico...

—¡No debiste llorar, idiota! —gruñó Hades, mentalmente—. ¡Te dije que te callaras!

—¡Pensé que nos iba a pegar! ¡Tenía bastón, Hades! ¡Y arrugas tan profundas que creí que me aplastarían!

Hades suspiró, cansado y lentamente cerró los ojos.

—Tu cagada... tu problema.

Soltó el cuerpo y dejó que Haruto tomase el control.

Y cuando los ojos volvieron a abrirse... no eran rojos, eran colores verde esmeralda.

Como un campo virgen tras la lluvia.

Como un semáforo que cambia de color para anunciar el paso de vehículos.

Nezu se detuvo a medio paso.

Sus pupilas se contrajeron como el lente de una cámara. Su sonrisa se alzó apenas medio milímetro. Aizawa por su parte alzó una ceja. No dijo nada, pero sus pasos lo llevaron apenas un poco más cerca.

Recovery Girl entrecerró los ojos.

—Ahá...

Y entonces, con la espalda tensa, la postura encogida y los dedos jugueteando con el borde de la bata, Haruto alzó la mirada y murmuró con voz baja, casi temblorosa:

—...¿Hola?

Un silencio incómodo nació con su única palabra, cortado solo por el zumbido de la máquina de suero.

Los tres adultos lo observaban como si fuera una criatura extraña, casi recién descubierta. Y Haruto, con la garganta seca, solo logró tragar saliva, intimidado por los ojos inquisitivos que se clavaban firmemente en los suyos.

—¡No me peguen! —gritó Haruto, encogiendo los brazos con torpeza.

El silencio fue instantáneo. Tan brutal que el pitido del monitor cardíaco pareció burlarse del momento.

Y entonces, dentro de su cabeza, resonó una voz cargada de burla, imitando el tono exacto con el que acababa de hablar:

—"No me peguen", qué vergüenza, en serio...

La risa de Hades explotó como un trueno ahogado. Una carcajada seca, áspera.

—¡Es el mismo maldito cuerpo, Haruto! —gruñó, dándose cuenta de la realidad—. ¡Compórtate como un hombre al menos una vez!

—¡Si tanto te jode, vete! —respondió Haruto con el ceño fruncido, mirando a la nada.

—¡No puedo irme, idiota!

—Entonces jódete —masculló el chico, cruzando los brazos como si eso lo protegiera.

Afuera, el cuerpo permanecía inmóvil en la cama. Ojos abiertos, fijos en ningún punto. La expresión congelada en algo entre confusión y resignación.

Recovery Girl, aún montada en la cama como si estuviera intentando domar a un toro testarudo, le chasqueó los dedos justo frente a los ojos.

—¡Eh! ¡Despierta, mocoso!

Haruto reaccionó como si acabara de ser sacado del agua. Parpadeó un par de veces, alzó la cabeza... y se encontró con la cara arrugada de la anciana, apenas a unos centímetros de la suya.

No dijo nada. Solo la observó con la frente levemente fruncida, genuinamente confundido por la situación y por la proximidad.

—¿Cómo demonios hiciste eso? —soltó Recovery Girl, bajando el tono apenas, pero con el mismo filo.

Haruto pestañeó.

—¿Qué?

—¡Eso! ¡El cambio! ¿Cómo hiciste el truco de los ojos verdes y rojos?

—No lo sé... —respondió, bajando la mirada—. Solo... cambié con Hades.

Nezu, al pie de la cama, alzó una ceja. Aizawa, más atrás, se acercó con sus muletas, clavando su mirada cansada en el chico.

—¿Cambiaste... con quién? —preguntó él, arrastrando la voz.

Haruto se frotó la nuca con una sonrisa incómoda.

—Con Hades... mi hermano. Compartimos espacio, supongo.

Recovery Girl arqueó una ceja tan fuerte que pareció una amenaza.

—¿El gruñón?

Haruto asintió.

Ella lo observó un segundo más... y luego se bajó de la cama de un salto que no debería haber sido posible a su edad. Abrió con destreza el pequeño bolso que colgaba de su bata y sacó un viejo teléfono.

Marcó con rapidez, con los dedos arrugados golpeando los botones con precisión antinatural.

—¿Hola? ¿El doctor Shinri está libre el viernes? —dijo apenas escuchó la voz al otro lado—. Sí, tengo un paciente con delirios, actitudes antisociales y agresividad pasivo-activa... no, no soy yo.

Haruto ladeó la cabeza, incapaz de seguir el ritmo.

—¿Eh... está hablando de mí?

—No, cariño. Hablo del cactus que tengo en casa —respondió sin mirarlo, antes de cerrar el teléfono con un clack que retumbó como una sentencia.

Nezu dio un paso adelante, aún sonriendo.

—¿Y tú, cómo dijiste que te llamabas?

Haruto infló los pulmones. Se acomodó en la cama, tratando de parecer menos idiota.

—Yo me llamo Ha...

Parpadeó.

Y al abrir los ojos, el verde había desaparecido. El rojo volvió con el tono seco y muerto de siempre.

—Hades —terminó con la voz rasposa, áspera como papel de lija.

Nezu inclinó la cabeza, interesado.

—¿Tuviste suerte con la cita, Chiyo?

Recovery Girl hizo una mueca.

—Hasta dentro de dos semanas. El consultorio está ocupado por un equipo de baloncesto que escapó de un experimento de inteligencia emocional. Shinri no quiso darme más detalles.

—Curioso... —murmuró Nezu, girándose apenas para ver a su empleado.

Aizawa, apoyado en sus muletas, encendió sus ojos con un leve resplandor escarlata. Dio un paso más, con gesto firme.

—Cámbialo.

Hades apretó los labios y gruñó algo indescifrable, como si estuviera mascando piedras.

Todos lo miraron con caras inexpresivas al adivinar lo quiso decir.

—Dijo "no me des órdenes, vagabundo", ¿cierto? —murmuró Nezu, con una sonrisa cómplice y soltó una risita baja, suave como un ronroneo.

Aizawa soltó el aire por la nariz, resignado.

Y entonces, Hades parpadeó. El rojo volvió a cambiar a su opuesto, y Haruto ladeó la cabeza, encogiéndose de hombros.

—¿Hola?

Aizawa apagó su quirk y volvió a apoyarse, exhalando.

—No puedo impedir que lo haga... —murmuró, pasando sus manos por los ojos, buscando alivio al ardor de la fatiga—. Necesitamos que un buen psicólogo lo vea cuanto antes.

—Shinri-san es el mejor psicólogo de Asia —añadió Nezu, tranquilo—. Lo esperaremos.

Haruto lo miró un poco, parpadeando con el ceño fruncido, antes de que los ojos se tornen rojos una vez más.

—¿Y entonces... para qué vinieron? —refunfuñó, molesto al oír que lo mandarán a un psicologo.

Nezu, por su parte, sonrió con elegancia. Como si lo que iba a decir fuera una buena broma.

—Oh, solo para hablar de un pequeño evento, casi sin importancia... —hizo una pausa, levantando ambos brazos con teatralidad contenida, antes de sonreír ampliamente—. El festival deportivo de la U.A.

Hades entrecerró los ojos con escepticismo. El eco de las palabras aún flotaba en su cabeza, como si necesitara procesarlas otra vez.

—¿Festival deportivo? —repitió, lento, con la ceja arqueada, arrastrando la voz entre el fastidio y la incredulidad.

Nezu asintió con entusiasmo sereno, manos entrelazadas a la altura del pecho, como si presentara una maravillosa oportunidad y no una pesadilla televisada. Pero antes de que pudiera extenderse, Aizawa tomó la palabra, su voz tan seca como el aire del monitor de oxígeno.

—El Festival Deportivo de la U.A. es un evento anual obligatorio donde todos los cursos participan, no solo los de héroes —comenzó, ajustando la muleta bajo su axila sin cambiar de expresión—. Es una competencia pública. Se transmite por televisión internacional. Y está llena de agencias de héroes buscando carne fresca para entrenar.

La última frase no fue una metáfora amable. Fue una disección cruda de lo que era el festival: una subasta.

—Así que no es un simple festival escolar. Es tu primer paso en el mundo profesional.

Hades apoyó la nuca contra la almohada y ladeó la cabeza hacia la ventana. Sus ojos, encendidos en rojo mate, parecían fugarse de la conversación.

—¿Y hay premios o algo? —preguntó con voz adormilada, sin molestarse en ocultar su desgano.

—No estás aquí por premios, mocoso problemático —espetó Aizawa, sin paciencia—. Estás aquí para demostrar de qué estás hecho.

Hades chasqueó la lengua, pero no replicó. El cansancio no era solo físico; era de alma.

—El festival tiene varias pruebas —continuó el profesor, con la mirada clavada en él—: carreras, combates uno contra uno, obstáculos, y cualquier otro evento que sirva para mostrar tus habilidades, tu estrategia... y si tienes control sobre tu quirk o solo eres un accidente con patas.

—Suena a una estúpida propaganda disfrazada de competencia —comentó Hades, girando los ojos hacia el techo.

—Bienvenido al mundo real —le devolvió Aizawa, impasible—. También sirve para que veas cómo te comparas con tus compañeros. Si no te esfuerzas, te vas a quedar justo en el mismo lugar en el que estas... —cerró los ojos, soltando un suspiro—, en el fondo del cubo.

Recovery Girl, aún junto a la cama, enjuagaba unas pinzas con alcohol mientras murmuraba por lo bajo:

—Eso fue directo...

—No tengo tiempo para endulzar palabras —replicó el maestro—. Si quieres que una agencia te note, el festival es tu mejor oportunidad. Aprovéchala... o quédate estancado, autocompadeciéndote. Tú decides.

Hades desvió la mirada, observando el suelo como si buscara una grieta donde hundirse. Se quedó en silencio. Sus dedos jugaron con el borde de la sábana arrugada, doblándola entre los nudillos.

—¿Cuándo será? —preguntó al fin, con la voz apenas un gruñido.

Nezu, con esa sonrisa que nunca parecía quebrarse, fue quien respondió esta vez:

—Será el miércoles de la siguiente semana.

Hades tragó saliva. Una punzada de presión le cruzó el pecho como una línea de plomo. El estómago le dio un vuelco, y los pulmones se encogieron. Había algo oscuro, algo ominoso, arrastrándose por su espalda, como si esa fecha fuera una soga cerrándose alrededor de su cuello.

—¿Tengo... una semana?

Nezu asintió con gentileza.

—Menos de una semana.

Hades no respondió de inmediato. Cerró los ojos un instante, como quien protege una vela encendida en plena tormenta. Luego exhaló, lento, como si hubiera estado conteniendo el aire durante horas.

—Por cierto... —murmuró Recovery Girl mientras se acercaba a un portapapeles colgado a los pies de la cama—. Hoy es miércoles ocho de mayo —añadió, revisando la hoja de ruta con un lápiz en la mano temblorosa pero firme.

Su tono fue ligero, pero el peso del calendario cayó como una losa.

—Espero que participes este año —intervino Nezu, cruzando las manos por detrás de la espalda mientras daba un par de pasos hacia un lateral de la habitación—. Aunque no te daré muchas esperanzas —continuó con ese tono educado y afilado que tanto lo caracterizaba—. Después de todo, incluso si no participas, tu pequeño show contra el Nomu... ya llamó bastante atención.

Hades refunfuñó con un suspiro que infló su pecho y salió por la nariz con una pesadez casi teatral. No necesitaba que le recordaran esa pelea. Apenas la recordaba él mismo. Retazos borrosos, el crujido de sus huesos, el rostro de esa criatura como un eco distorsionado. La sangre. El fuego. La oscuridad.

Aizawa, sin decir nada, caminó hacia adelante con la ayuda de sus muletas. Su andar era lento, pero su mirada seguía igual de aguda. Sacó una pequeña tableta negra de la mochila cruzada que llevaba al hombro, la encendió con un movimiento rápido del pulgar, y sin quitarle los ojos de encima a Hades, preguntó:

—¿Quieres verla?

Hades ladeó la cabeza. Durante unos segundos, no respondió. Como si estuviera decidiendo si huir o enfrentar algo que ya no podía evitar. Finalmente, asintió.

Recovery Girl arqueó una ceja antes de recoger la tableta de manos de Aizawa y caminar hacia el muchacho. Se sentó de nuevo en el borde de la cama, como si aún dudara de que no necesitaba volver a jalarlo por el cuello de la camisa.

—¿Has usado una de estas antes? —preguntó, apretando suavemente el botón de reproducción.

—No —respondió Hades con sinceridad, y acto seguido soltó un largo bostezo que le sacó lágrimas en los ojos.

—A veces olvido que eras un vagabundo atrapado entre un puente de las afueras... —masculló la anciana, aunque lo dijo con un atisbo de ternura.

Sus dedos expertos navegaron por la pantalla hasta hallar el video. En el instante en que la imagen comenzó a reproducirse, con el rugido del Nomu resonando por los parlantes diminutos, los ojos apagados de Hades se enfocaron con lentitud en la escena.

Su expresión cambió. Pero no dijo nada.

[Casa Midoriya]

La habitación estaba iluminada por la luz suave del mediodía. Sobre el escritorio de madera clara, una libreta gruesa y cubierta de notas decoradas con símbolos de estrategia y esquemas de rostros ocupaba el centro.

Akemi mordía la cabeza de su esfero con cierta despreocupación, tarareando una melodía inexistente mientras sus piernas se mecían al ritmo. Sus ojos, fijos en la página, no parpadeaban.

—Probablemente... Hades no participe —susurró, más para sí que para el mundo. Dio un par de toques con el bolígrafo en su mejilla derecha—. Aún no puede ni mover las piernas bien. Y con el entrenamiento conjunto aprobado por All Might... mmm.

Trazó un círculo amplio sobre la esquina del papel, acompañando el gesto con un canturreo suave, antes de escribir con letra elegante:

"Entrenamiento conjunto – ventaja para el primer lugar del Festival."

Sonrió, satisfecha. Luego alzó la mirada, enfocándose en el rostro estilizado de Todoroki dibujado en una esquina del cuaderno. Pasó los dedos por encima del boceto, como acariciándolo.

—Todoroki-chan... —murmuró, casi en un suspiro—. En esta vida también liberarás tu fuego en el festival. Y cuando lo hagas, verás quién realmente te entiende. Te ganaré... y me ganaré tu lealtad.

El bolígrafo giró entre sus dedos como una daga de tinta. Pero entonces, como una hoja atrapada por el viento, el rostro de Hades se cruzó de nuevo por su mente. La mirada cuando creía que nadie lo veía. Su obstinada necedad por resistir, incluso sin entender por qué.

Akemi chasqueó la lengua, resignada.

—Tch. No... no vale la pena —murmuró, con desdén, y tachó su nombre en el margen del cuaderno con una línea firme. La tinta parecía un corte seco. Como una sentencia—. No necesito prestarle atención a una pieza rota —acompañó, con la voz tan dulce como cortante. Y pasó a la siguiente hoja, tarareando suavemente, como si la melodía solo pudiera existir en su cabeza. Su bolígrafo negro giraba entre los dedos con la cadencia de un metrónomo mientras una hoja en blanco esperaba ser mancillada por sus planes.

Con precisión, trazó una línea vertical al centro, el trazo no dudó, no se dobló. Como si su mano estuviera guiada por la certeza de que lo que haría en ese papel cambiaría la balanza de la clase.

—Yo... —murmuró, escribiendo su nombre con una caligrafía cuidada en el lado derecho.

Al otro lado, escribió con calma metódica: 1-A.

Luego, como una contadora de almas, fue anotando los nombres de sus compañeros uno por uno en la columna izquierda. Todoroki, Yaoyorozu, Asui, Sero, Midoriya, Bakugo, Aoyama, Ashido, Kirishima, Iida, Shoji, Tokoyami, Jiro, Ojiro, Koda (no tomar en cuenta), Sato, Hagakure, Ochako...

Cuando hubo terminado, observó la lista. Sus ojos bailaban entre líneas y letras como un general contemplando su campo de batalla. Luego, con movimientos lentos y calculados, comenzó a trazar líneas curvas desde algunos nombres hacia su lado de la hoja.

Bakugo, Ochako, Sero, Tsuyu, Iida, Momo.

Seis nombres. Seis piezas. Su pequeño ejército.

Con el último trazo, suspiró, casi aburrida.

—Muy pocos... —musitó, casi decepcionada, bajando el bolígrafo y recostándose de espaldas sobre la cama.

El techo blanco no tenía respuestas. Solo el cuaderno, sostenido entre sus manos sobre su pecho, ofrecía el consuelo del control. Sus ojos buscaron una última vez el margen del cuaderno. Allí, aislado, en la esquina inferior del lado izquierdo, estaba el nombre de Hades.

Quiso llevarlo hacia su lado, su mano se movió apenas, pero negó con la cabeza.

—No habrá un gran desastre esta vez... —susurró—. No te necesitaré.

Y sin más, dejó caer el cuaderno suavemente sobre su rostro, ocultándose bajo él como una sombra ligera.

—Esta vez... —murmuró entre la penumbra del papel—, seré la heroína número uno.

....

[Instalaciones de entrenamiento – U.A.]

El aire olía a sudor, metal caliente y esfuerzo puro.

El sonido de botas contra el suelo retumbaba. Dos sacos de boxeo, sujetados con correas sobre los hombros de Iida, oscilaban como péndulos cada vez que el muchacho aceleraba a toda velocidad entre los muros acolchados.

—Hah... ¡uno más...! —gritó, clavando los dientes y propulsándose con un impulso relampagueante que rompió el aire.

A pocos metros, Kirishima aguantaba firme, endureciendo su cuerpo mientras Bakugo lo golpeaba sin piedad con ambos puños envueltos en explosiones cortas, controladas pero brutales. El ritmo era casi salvaje.

—¡Raagh! —exclamó Bakugo, arrojando un último derechazo que lanzó una pequeña onda de presión hacia los costados.

Kirishima resistió... hasta que el sonido cesó. Los tres se detuvieron al mismo tiempo, como si una cuerda invisible se hubiera roto. Iida dejó caer las lonas con un estruendo, jadeando con la espalda arqueada. Bakugo bajó los brazos, dejando que sus muñecas colgaran como si pesaran el doble. Kirishima se dejó caer sentado, con la cabeza hacia atrás y los brazos extendidos a cada lado.

—Una sesión... bastante fructífera —declaró Iida entre resoplidos, limpiando el sudor con la manga de su traje.

—Hehe... sí, no estuvo nada mal —rió Kirishima con voz ronca, tocándose el abdomen entumecido.

—Hmpf... aún podría durar más... —gruñó Bakugo, asintiendo en silencio mientras caminaba hacia una de las bancas cercanas.

Los tres se dejaron caer uno a uno, como soldados que habían sobrevivido una refriega.

—Ahh... se siente bien tener algo de tiempo libre —agregó Kirishima con una sonrisa entrecortada—. Unas pequeñas vacaciones...

—¡Vacaciones malgastadas! —exclamó Iida, enderezando la espalda a pesar del cansancio—. ¡Cada minuto lejos de la instrucción es un paso perdido hacia el progreso profesional!

—Tsk... no se trata de aflojar —interrumpió Bakugo, sin mirarlos—. Solo de seguir presionando. Eso es todo.

—Ah, por cierto —interrumpió Kirishima, girándose—. ¿Notaron que Akemi-san estaba saliendo justo cuando entramos?

Iida asintió con seriedad.

—Seguramente estuvo entrenando más temprano que nosotros. Un gesto admirable de perseverancia y disciplina. Ella demuestra verdadera vocación heroica.

Bakugo soltó un suspiro seco, sin mover la cabeza.

—No quiere que se repita lo del ataque de los villanos...

El silencio se deslizó entre ellos como una sombra malintencionada.

—Es cierto... —dijo Kirishima, bajando el tono—. La única grabación que no se logró recuperar fue la suya.

—Probablemente destruyó las cámaras con sus látigos —añadió Iida, como quien defiende el honor de una camarada—. Y a varios villanos también.

Pero entonces, Bakugo recordó con clara nitidez como el traje estaba desgarrado. Las varias marcas en su cuello y el temblor leve en sus manos. Pero... lo que más le molestaba, era esa mirada tan... vacía que nacía desde sus verdes cuencas esmeraldinas.

Sus puños se cerraron con fuerza, como si el recuerdo lo quemara desde adentro.

—No dejaré que eso pase otra vez... —pensó, apretando las pupilas con odio contenido.

¡Plash!

Una botella de agua impactó con suavidad en su mejilla.

—¡La buena hidratación es fundamental para una recuperación óptima! —anunció Iida con energía, extendiendo otra botella hacia Kirishima.

—Gracias... Iida-san. Eres como una mamá motorizada —rió el pelirrojo.

Bakugo bebió en silencio. Para su alegría, el agua estaba helada. Pero no tan fría como la furia que aún ardía en su pecho. 

....

[Mansión Yaoyorozu] 

La tarde se estiraba con la lentitud de las horas muertas. El sol comenzaba a inclinarse hacia el horizonte, filtrando sus últimos rayos por entre las cortinas del dormitorio. Una brisa leve rozaba las hojas del gigantesco libro abierto sobre la cama de Momo Yaoyorozu, quien se encontraba sentada con las piernas cruzadas, el cabello atado en un moño alto y su ceño ligeramente fruncido.

—Granadas aturdidoras... fórmula 3-4-7 con disolvente catalizador en base de acetato... —murmuraba para sí, copiando con letra limpia en el cuaderno que yacía junto a ella, apoyado sobre una tabla de apoyo rígido que usaba para estudiar en la cama.

El cuaderno estaba meticulosamente dividido. En el centro de la página, cuatro nombres escritos en letras grandes y pulcras:

Todoroki, Bakugo, Akemi, Hades.

Debajo de cada uno, varias anotaciones flotaban como ramas de un mapa mental.

Junto a Todoroki: Humo denso, dispersión controlada.

Con Bakugo: Granada sónica + núcleo de espuma adhesiva.

Bajo el nombre de Akemi: Trampa de estelas – riesgo de contragolpe.

Y junto al de Hades... solo una línea: Flashbang + protección ocular.

—La tercera ronda suele ser de combates uno contra uno... —murmuró, pasando suavemente la yema del dedo sobre una de las fórmulas químicas anotadas. Volvió al cuaderno. Su lápiz se deslizaba con firmeza, como si estuviera completando piezas de un rompecabezas invisible.

—Akemi... —musitó, golpeando ligeramente su bolígrafo contra su labio inferior. Endureciendo su mirada—. La única gran demostración de su poder, fue en la prueba de aprehención de quirks... Pero sus látigos... 

Una línea de tensión se dibujó en su garganta mientras tragaba saliva.

—Espero que no me toque pelear contra ella...

Se quedó en silencio unos segundos, sintiendo su propio miedo replegarse bajo su determinación.

—Pero si lo hago, daré todo lo que tengo. Estoy aquí para dejar una marca. No voy a desvanecerme entre los nombres más ruidosos.

Entonces, sus ojos se detuvieron en el último nombre, aquel que consideraba como el más ruidoso.

Hades.

El lápiz se detuvo. El aire pareció congelarse a su alrededor por un instante.

—Su quirk... —comenzó a hablar en voz baja, como si temiera que algo la escuchara—. No se entiende del todo... pero los golpes directos contra él parecen inútiles. Acumula el daño... y luego lo refleja. O lo redirige, no lo sé con certeza...

Apoyó el mentón sobre su mano, pensativa. Su otra mano pasó la hoja del cuaderno, buscando sus notas del entrenamiento de hace unos días.

—Sus espadas... son enormes y pesadas. Más propias de un ejecutor que de un estudiante... —recordó la imagen con claridad perturbadora.

Hades, alzando su arma como si fuera parte de su cuerpo... y lanzándola contra Bakugo como un proyectil de hueso.

—Y luego... aquella katana oxidada... —susurró, recordando los labios sellados, su expresión completamente muda. Y esa arma que parecía más una reliquia corroída que una herramienta mortal.

—Ni siquiera parecía afilada... pero si me toca... o si esa cosa me roza... —inhaló lentamente, tragándose el nudo que se formó en su garganta—, me haría pedacitos —Su voz apenas fue un suspiro, mientras cerraba los ojos por un instante. Luego tomó el lápiz otra vez, con la expresión endurecida, y anotó con letra precisa bajo el nombre de Hades:

Granada flash + lentes protectores.

Evitar cuerpo a cuerpo. Priorizar visión periférica.

Levantó la vista hacia su reloj y vio que eran las 5:00 p.m. exactos.

Volvió a centrarse en el gran tomo abierto frente a ella. Pasó a la siguiente sección: Bombas de dispersión de gas no letal. El estudio no se detenía. La preparación era su escudo. Y el festival deportivo se aproximaba como una tormenta que no todos sobrevivirían.

[Hospital de Musutafu: Habitación 616]

La pantalla parpadeó una última vez antes de volverse negra. El sonido del monitor quedó suspendido, como si la habitación exhalara junto a él. Hades soltó un suspiro pesado, uno de esos que salían desde el esternón, lentos, cargados de esa resignación que no brota por tristeza, sino por rabia contenida y cerró los ojos.

—...Ni siquiera dándolo todo... lo derroté.

Su voz era ronca. La confesión cayó como una piedra sin eco, quebrando el aire con su peso seco.

A su izquierda, sentado en una pequeña silla con ruedas, Nezu seguía hojeando documentos sin alzar la vista. El silencio del director era tan medido que parecía premeditado. Finalmente, habló con su tono educado, casi alegre.

—No fue del todo en vano. Como pudiste ver... All Might no tuvo que sacrificar su tiempo para ganar.

Hades alzó ligeramente la mirada, la ceja derecha arqueada, los labios torcidos en duda.

—¿A qué rayos te refieres con "su tiempo"?

Antes de que Nezu respondiera, una voz afilada como una cuchilla de bisturí intervino:

—Eso es un secreto que el propio Toshinori tendrá que contarte... con sus palabras.

Recovery Girl sonreía. Pero su sonrisa era de esas que ponían los pelos de punta. No tenía dulzura. Tenía intención. Nezu soltó una risita suave, volviendo a sus papeles. Aizawa, sentado junto a él, bebía de una bolsa de puré de fruta como si aquello fuera lo más importante del mundo.

—¿Y cuándo se pondrá de pie este mocoso? —preguntó el profesor, sin mirar a nadie en particular.

—Si aplico mi quirk hoy y mañana... podría estar en muletas o en silla de ruedas para el sábado —respondió Recovery Girl, encogiéndose de hombros.

Aizawa asintió lentamente. Su mirada se dirigió a las muletas apoyadas en la pared. Las observó con la resignación de quien ya conoce el dolor, pero igual las tomó y se puso de pie con dificultad.

—Espero verte en clases este sábado, mocoso problemático.

Hades no respondió. Solo lo vio alejarse, arrastrando su presencia como una sombra deshilachada. Recovery Girl fue tras él, cruzando la puerta con su andar calmo y su mirada gélida.

Entonces, solo quedaron dos.

Nezu dejó el último documento a un lado, lo ordenó con precisión, y rompió el silencio con voz liviana.

—He encontrado dos nuevos prospectos para los Underdogs.

Hades lo miró de inmediato, el entrecejo fruncido.

—¿No era yo el único?

Nezu rió. Esta vez con una nota juguetona, como si la idea lo divirtiera de verdad.

—Un equipo no consta de una sola persona, aunque uno de sus miembros padezca de delirios de personalidad múltiple.

Hades rodó los ojos. Nezu, sin perder su ritmo, sacó dos fotografías y las puso sobre la bandeja metálica al lado de la cama. El chico no reconoció los rostros.

Uno era un joven de cabello púrpura, con expresión apática, casi somnolienta. El otro, una chica de cabello blanco, corto, y un monóculo que contrastaba con su uniforme ordinario.

—Ambos están en las clases generales del primer año. Por sus quirks y mentalidades... me he tomado la libertad de observarlos con más detalle —comentó el director, mientras guardaba las imágenes.

—El festival deportivo —prosiguió—, no es solo una subasta —La palabra cayó con una gravedad extraña, mientras se arreglaba la corbata—. Es también donde las gemas en bruto empiezan a brillar entre el barro de las clases olvidadas.

Hades asintió en silencio, entendiendo la comparación.

—Si quieres un buen maestro —continuó—, deberás llegar a la tercera ronda y hacer que tu brilles.

—No necesito esa estupidez —respondió, tratando de cruzar los brazos.

Pero Nezu se detuvo. Y su voz, sin subir de volumen, adquirió otro peso.

—¿Ah, no? ¿Y deseas seguir sintiéndote impotente por no acabar con un enemigo? ¿Deseas que alguien más termine lo que tú comenzaste? ¿Deseas... ser opacado por otros, incluso cuando tú diste hasta tu propia vida?

—Yo... 

—No me des excusas, Hades, dame resultados, demuéstrame que no eres un simple vagabundo sin nombre que tuvo suerte de llamar mi atención.

Hades bajó la cabeza. Su quijada tembló, sus dientes se apretaron. Su cuerpo comenzó a tensarse, como si sus músculos recordaran la batalla antes que su mente. Pequeñas manchas rojas brotaron en su vendaje del pecho, producto de una presión interna que lo desgarraba más que cualquier herida.

Y lentamente... comenzó a sentarse.

Nezu, por su parte, no lo detuvo. Solo lo observó.

Cuando Hades se incorporó, su respiración era profunda, forzada, como si luchara por no gritar y levantó la cabeza, chocando sus gemas carmesí sobre las canteras de carbón.

—Nunca más... —dijo con voz rota, pero llena de resolución—. Nunca más quiero sentirme como una mierda.

Nezu rio, pero no fue una risa cruel. Fue júbilo, su carcajada llena de emoción genuina. Se puso de pie, recogiendo sus documentos con manos diminutas.

—Espero que tengas la suerte de llegar al sábado —hizo una pausa, dándose la vuelta—. Después de todo... dudo mucho que sobrevivas a lo que viene.

—¿Qué...? —Hades frunció el ceño—. ¿A qué te refieres?

Cuando sus palabras se desplomaron sobre la habitación, el chirrido de la puerta se hizo presente, abriéndose lentamente.

Y, entre la luz casi cegadora, estaba Chiyo, sonriendo ampliamente con una vena palpitante en su frente.

Hades se congeló.

Nezu salió tranquilamente por la misma puerta, pasando junto a la anciana que entró arrastrando los pies... como si saboreara cada segundo.

—Espero verte el sábado... en una sola pieza —culminó, cerrando la puerta con suavidad, saboreando los últimos instantes de silencio.

Y entonces, el eco retumbó por los pasillos:

—¡Estúpido mocoso, te abriste las heridas!

—¡Aaaaaaaah espera espera espera, no es necesario que saques una navaja!

Nezu, desde el otro lado del pasillo, solo rio mientras se alejaba, tarareando una antigua canción de cuna que nadie reconocía.

....

[Al día siguiente...]

El vendaje sobre la cabeza del muchacho, ya no palpitaba como el día anterior. La protuberancia roja y grotesca que decoraba su cráneo había desaparecido tras unos segundos del don de Recovery Girl. Un brillo verde lo envolvió con suavidad, disipando hematomas y sellando capilares como si los deshiciera con caricias.

La anciana exhaló con pesadez, apagando su quirk. A su lado, Hades no se movía.

—Mañana irás a casa —dijo secamente, como si le estuviera dictando una sentencia.

Recogió su tablilla, caminó hacia la puerta y desapareció. En el pasillo, le entregó las instrucciones de seguimiento a la primera enfermera que encontró, luego se fue refunfuñando en voz baja sobre una molesta entrevista que estaba por llegar.

Mientras tanto... dentro de la habitación, todo quedó en silencio.

Pero dentro, algo ocurría.

Los párpados de Hades no se abrían. Su cuerpo no respondía.

Ni siquiera temblaba. Un vacío absoluto dominaba sus miembros, como si estuvieran desconectados del resto de él.

—Tch... —quiso decir, pero no salió sonido alguno.

Su lengua no se movía. Su garganta no vibraba. Estaba atrapado, dentro de su propio cuerpo. Era... estar consciente dentro de una cárcel de carne muerta.

El pulso, apenas un eco lejano. La respiración, reducida a un vaivén mínimo. Y sin embargo, su mente... aún brillaba. Estaba más despierto de lo que había estado en semanas. Las ideas fluían. Recordaba cosas. Palabras. Voces. Rostros. El dolor, la impotencia, la rabia. Todo hervía justo detrás de los ojos cerrados.

—Quiero moverme. Quiero... moverme, joder

Pero, no pasó nada.

Y entonces...

Algo estalló dentro.

Un chispazo. Una sacudida tan repentina que no tuvo tiempo de sentir miedo. Fue como si le hubieran inyectado fuego en los músculos. Un empujón sin aviso. Un latido que no le pertenecía. Sus ojos se abrieron de golpe, como si lo hubieran tirado contra la superficie desde el fondo del mar.

—¡Khgg...! —gimió con fuerza. El aire lo golpeó al entrar. Tosió. Jadeó con fuerza, arrancando el aire circundante.

El corazón latía como si quisiera romperle las costillas. Todo su cuerpo vibraba. Dolía. Pero se movía.

Su mano derecha tembló. Se alzó, lentamente, con torpeza... pero se alzó.

—¡Ja...! —Una risa rota se escapó. Un sonido ronco y entrecortado, más animal que humano. No sabía qué pasaba. Solo sabía que podía moverse con libertad otra vez.

Por un segundo, se sintió invencible.

—¿Lo ves? —murmuró entre dientes, apenas un susurro para sí mismo—. Aún estoy entero... Soy... jodidamente genial.

Pero entonces, la visión se nubló. Su pecho se cerró como una trampa. La energía que lo impulsó se evaporó como una ilusión. El brazo cayó como un cadáver... y él, también.

Su cuerpo colapsó, sin entender que diablos había sucedido.

[Salón de eventos: U.A.]

La sala de conferencias era un cubo blanco, impoluto, con muros insonorizados, cámaras estratégicamente ubicadas, y cuatro micrófonos dispuestos sobre una larga mesa negra. Detrás, colgado como una cortina, el escudo dorado de U.A. brillaba bajo los focos.

Frente a la mesa, al menos medio centenar de periodistas y camarógrafos sostenían grabadoras, libretas o micrófonos, mientras las cámaras en vivo proyectaban la escena a millones de pantallas en todo Japón.

Cuando Nezu subió a su asiento —un podio elevado adaptado para su estatura—, un murmullo cruzó la sala como un viento breve. A su izquierda, Aizawa se sentó con los brazos cruzados y el ceño profundo. A su derecha, Recovery Girl acomodó su bata. Y al final de la mesa, con su figura inmensa y su habitual sonrisa esculpida a la fuerza, estaba All Might.

Las cámaras enfocaron a Nezu. El director sonrió.

Y la conferencia comenzó.

—Buenas tardes. Soy Nezu, director de U.A. —dijo, con una voz suave y cortés que contrastaba con la tensión que le rodeaba—. Antes de comenzar con preguntas, me gustaría abordar directamente la principal preocupación que ha circulado estos días tanto en redes como en medios formales: el Festival Deportivo no será postergado.

La declaración detonó el primer parpadeo frenético de flashes. Algunos reporteros ya levantaban la mano, pero Nezu alzó una garra diminuta, elegante, y prosiguió sin inmutarse.

—Sí. Somos conscientes de que el ataque al USJ fue un evento grave. Sí, fue un atentado directo hacia nuestros estudiantes y nuestro sistema de seguridad. Y sí... lo sabíamos.

La frase cayó como plomo en el pecho de los presentes. Se escucharon murmullos, sillas agitándose, y un par de reporteros giraron de golpe hacia sus productores. Pero Nezu continuó, su tono sin una sola vacilación.

—No sabíamos el día exacto, ni el modo de operación, ni cuántos estarían involucrados. Pero teníamos informes desde hace meses de una organización con intenciones hostiles hacia U.A. Y si bien la magnitud nos tomó por sorpresa, nuestros protocolos no estaban dormidos.

Se apoyó levemente en el podio. Su sonrisa seguía siendo educada, pero los ojos... eran otra cosa.

—Dicho eso, la seguridad del Festival Deportivo ha sido multiplicada en siete capas nuevas, en colaboración directa con la Comisión de Seguridad de Héroes, la Policía Metropolitana y, claro está, nuestros propios instructores.

Sacó un documento delgado, lo agitó con suavidad y lo dejó sobre el podio.

—Habrá más de veinte héroes profesionales en servicio activo durante cada fase del evento. Las rutas de evacuación han sido modificadas para cubrir ataques internos o externos, y nuestros nuevos drones de patrullaje aéreo —prototipos desarrollados por el Departamento de Ingeniería— estarán funcionando en tiempo real, conectados directamente con los quirks de respuesta rápida del equipo de defensa.

Volvió la mirada al público. El murmullo empezaba a ceder. Lo escuchaban.

—¿El festival es peligroso? Por supuesto que lo es. Toda competencia real siempre lo es. Pero lo que enseñamos en U.A. no es a esquivar el peligro, sino a enfrentarlo con cabeza fría, cuerpo firme y corazón claro.

Respiró hondo, sin perder el tono gentil.

—Postergar el evento sería reconocer que el miedo nos cambió los planes. Y no lo hizo.

Se inclinó hacia el micrófono con una sonrisa tan sutil como amenazante.

—Así que no. No vamos a esconder a nuestros estudiantes. Vamos a dejar que el mundo vea de qué están hechos.

Y entonces, con ese cierre seco pero calculado, bajó la vista. Solo por un segundo.

Las cámaras temblaban por el frenesí de los flashes.

Desde la mesa, Aizawa asintió levemente. Recovery Girl entrecerró los ojos. All Might solo mantuvo la sonrisa.

El primer periodista, atónito, levantó la mano.

Pero antes de que las preguntas comenzaran, Nezu dijo, aún con la voz serena:

—Ahora daré paso a nuestros instructores. Si desean detalles operativos, el profesor Aizawa podrá responderlos.

Y se hizo a un lado en su podio, como si jamás hubiera disparado una bomba al rostro de todo Japón.

Aizawa giró lentamente la cabeza hacia los micrófonos. Su mirada, tan densa como el plomo, iba cargada de esa resignación familiar que parecía haber nacido con él. Soltó un suspiro tan largo, tan pesado, que algunos reporteros juraron ver una nube gris flotando por encima de su cabeza.

Una avalancha de manos se alzó al instante.

—¡Profesor Aizawa! —gritó el primero— ¿Puede explicarnos por qué los héroes asignados al USJ no respondieron a tiempo al ataque?

Él no se molestó en aparentar cortesía.

—Porque fueron dispersados —dijo con la voz seca, sin énfasis—. El enemigo usó un quirk de teletransportación para fracturar nuestras líneas. Los héroes de refuerzo fueron alejados y aislados desde el primer segundo del ataque. Eso no fue una coincidencia, fue planificación.

—Pero estaban en el área, ¿no? —insistió otro periodista— ¿Dónde estaban All Might y los demás?

Aizawa asintió, lento.

—All Might estaba en una misión prioritaria, lejos del perímetro. En cuanto fue alertado, acudió. El resto de los héroes fueron teletransportados a ubicaciones aleatorias. Pese a ello, logramos rastrearlos uno a uno y reinsertarlos al operativo. No hubo pérdidas.

—¿Y qué hay de los profesores que sí estaban presentes?

—Éramos dos que estaban directamente involucrados en el entrenamiento —respondió sin rodeos—. Trece, y yo. Trece sufrió una compresión severa en la zona lumbar. Su traje la protegió de daños irreversibles. En mi caso, me fracturé la pierna izquierda durante la contención del primer frente. No me detuvo. Seguimos operando hasta el arribo de los refuerzos.

Una nueva voz surgió, distinta.

—Profesor Aizawa, los videos difundidos por la Liga de Villanos muestran imágenes escalofriantes. Fueron liberados en redes minutos después del ataque. ¿Qué tiene que decir sobre eso?

Los ojos de Aizawa se entrecerraron.

—Ellos querían controlar el relato. Así que grabaron todo desde el inicio. No fue una filtración, fue propaganda. Buscaban sembrar miedo. Pero... al hacerlo, también mostraron de qué están hechos nuestros estudiantes.

—En uno de esos videos, se ve claramente cómo los alumnos se reorganizan en menos de un minuto tras la intrusión —añadió otra reportera—. ¿Quién lideró esa respuesta?

Una pausa breve.

—Akemi Midoriya —respondió—. Tomó el liderazgo inicial y priorizó la reagrupación. Los demás la siguieron. Se movieron bien. Pensaron con rapidez. Sobrevivieron porque cooperaron.

—¿Qué hay del estudiante llamado Hades que enfrentó al Nomu? ¿Cómo es posible que una sola persona resistiera a ese monstruo durante tanto tiempo?

Aizawa se cruzó de brazos.

—No daré detalles sobre el quirk de ninguno de mis estudiantes —dijo sin suavidad—. Menos aún si están en recuperación. El alumno peleó. Fue herido. Pero está vivo. Eso basta.

—¿Sigue consciente? —insistió una voz— ¿Cuál es su estado?

Recovery Girl, arregló su micrófono, con su bastón en mano. Ajustó sus lentes con un dedo.

—Está bien —dijo con claridad—. Estable. Lucido desde hace días. Su cuerpo responde favorablemente y, si mantiene ese ritmo, estará recuperado en menos de dos días.

—¿Sin secuelas?

—No permanentes.

—¿Y cómo escaparon los villanos? —interrumpió otro— Sabemos por los videos que uno de ellos estaba gravemente herido, ¿por qué no se les detuvo?

El ambiente se tensó de inmediato.

All Might, que hasta ahora había estado en silencio, tomó el mando, hablando fuerte y claro.

—Cuando llegué al núcleo de combate, ya habían comenzado la retirada. El mismo quirk warp que dispersó a mis queridos compañero y pupilos, fue utilizado para evacuar. Hubo una secuencia planificada, a manos de los cabecillas del ataque.

—¿Tienen idea de quién era ese villano? ¿Aquel estudiante estará en el festival?

—No confirmaremos identidades mientras la investigación esté en curso —zanjó Aizawa, retomando el control.

Los murmullos crecieron al instante. Micrófonos se cruzaban. Lentes temblaban. Pero la voz de Recovery Girl se impuso una vez más.

—Y en cuanto al estudiante... —dijo con gravedad—. Su recuperación, por ahora, es la mayor anomalía médica que he visto en años. Y sin embargo, lo más extraño... es que, pese a todo, sonríe.

Aizawa bajó la cabeza. Pero no por cansancio, sino porque ya no recordaba cuántas versiones había contado de la misma historia. Nezu cruzó las patas sobre la mesa, sin dejar de sonreír.

Los flashes volvieron a iluminarlo todo como si la sala fuese una tormenta atrapada en un bolsillo, mientras Recovery Girl tomó un sorbo lento de la botella de agua que tenía a su costado, como si con ello quisiera enjuagar el regusto amargo de sus últimas palabras. Porque, si bien era cierto que el chico seguía vivo y que su recuperación era "milagrosa", lo de la sonrisa... había sido una licencia poética. Ese muchacho no sonreía, solo gruñía, maldecía. Se autocompadecía y refunfuñaba como un perro viejo. 

Un nuevo reportero se adelantó:

—Con el festival deportivo a una semana, ¿pueden confirmar qué artistas estarán presentes? ¿Y qué héroes asistirán como invitados?

Nezu se incorporó en su asiento con esa energía que solo él parecía conservar intacta.

—Ah, sí, el festival. Me alegra que lo mencione —dijo con entusiasmo—. Tenemos confirmada la participación de una invitada poco convencional... que ha decidido asistir pese a su fama de evitar multitudes. Una pequeña sorpresa que, estoy seguro, encantará a todos los asistentes.

Se escucharon susurros entre los periodistas, pero Nezu continuó.

—También estarán presentes los héroes número 2 y... bueno, el número 1 —continuó mirando a All Might con una sonrisa ladeada—. Después de todo, aún le pago el salario, ¿no es así?

All Might le devolvió la sonrisa con un gesto contenido, su postura se encorvó ligeramente, levantando una palma, algo nervioso por el mal chiste.

—Confiamos en que este evento mostrará lo mejor de nuestros jóvenes. Esta generación, sin lugar a dudas, es la más prometedora que hemos tenido en muchos años —añadió All Might, cruzando los brazos sobre la mesa —. No por el poder de sus quirks, sino por su resiliencia. Han sobrevivido a una pesadilla. Y ahora... les toca brillar.

—¿Se mantendrá el formato tradicional del festival? —preguntó alguien más— ¿O habrá modificaciones por razones de—

—Habrá protocolos reforzados —interrumpió Aizawa—, pero mantendremos el espíritu del evento. Los jóvenes merecen ese escenario. Y el país, en estos tiempos... necesita esperanza.

—¿Habrá presencia militar? ¿O solo agencias de héroes?

—Ambas —respondió con naturalidad—. Aunque no entraremos en detalles. La seguridad no se anuncia... se ejecuta.

Varias manos más se alzaron con urgencia, pero Nezu ya estaba bajando del estrado.

—Eso será todo por hoy. Gracias por su atención.

—¡Director! ¡Una más! ¿Qué hay de los rumores sobre...?

—Nos vemos en el estadio —terminó, ignorando las súplicas periodísticas como si fueran gaviotas chillando en un muelle.

Los flashes aún buscaban captar más de él, pero ya era demasiado tarde. Nezu, Aizawa, Recovery Girl y All Might abandonaban la sala bajo una lluvia de murmullos, preguntas sin responder y el zumbido frenético de las redes sociales explotando.

[Mientras tanto...]

En un bar ruinoso, enterrado entre la decadencia de un barrio olvidado por el sistema, temblaba ligeramente por la estática de una televisión polvorienta colgada en la esquina. La rueda de prensa seguía repitiéndose en un canal de noticias.

Shigaraki, con las uñas llenas de sangre seca y las manos crispadas, miraba la pantalla sin parpadear. La luz azulada le recortaba la silueta, amplificando cada tic nervioso de su cuerpo flaco y febril.

—Hipócritas... —murmuró, raspándose la mejilla con los nudillos—. Héroes de pacotilla... blandiendo sonrisas como si fueran espadas. Deberíamos mandar a la unidad terrorista. Hundir su festival en sangre. Que vomiten sus sonrisas con fuego en la garganta...

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