Ficool

Chapter 232 - El peso de la ceniza

Bruselas ya no era una ciudad; era una cicatriz de asfalto y hormigón que supuraba bajo una lluvia perpetua. El cielo nunca era azul, sino de un tono plomizo y enfermizo, como el vientre de un pez muerto, iluminado intermitentemente por los destellos de neón de los anuncios corporativos y, de vez en cuando, por la estática anómala de alguna batalla que ocurría en las altas esferas del mundo.

El Inspector Elias Van den Berg estaba de pie en el Callejón 4 de la zona industrial de Anderlecht. El agua resbalaba por la visera de su sombrero manchado de grasa y empapaba el cuello de su gabardina barata. El callejón olía a ozono, a basura fermentada y a carne de cerdo quemada. Pero allí no había cerdos.

Elias dio una calada profunda a su cigarrillo, sintiendo cómo el humo rancio le arañaba los pulmones, un dolor familiar y reconfortante. Frente a él, incrustada en la pared de ladrillos de una vieja fábrica textil, había una sombra negra. No era una sombra proyectada por la luz, sino una silueta calcinada a nivel molecular. La víctima.

Una mujer joven. O lo que quedaba de ella. La temperatura del impacto había sido tan alta que sus huesos se habían vitrificado, fusionándose con la arcilla de los ladrillos.

—Tres mil grados Celsius en una fracción de segundo —dijo el forense, un hombre calvo y pálido que ni siquiera se había molestado en abrir su maletín de instrumental. Estaba fumando, apoyado contra un contenedor de basura—. Impacto térmico focalizado. No hay acelerantes químicos. No hay restos de explosivos convencionales.

—Piroquinesis —murmuró Elias, exhalando el humo lentamente. La ceniza de su cigarrillo cayó al agua estancada a sus pies—. 3ra generación.

—Un adolescente, según los testigos —añadió un joven oficial uniformado, que temblaba de frío y de miedo sosteniendo una libreta empapada—. Hijo de un diplomático de la coalición suiza. Al parecer, la chica no le quiso dar fuego para su cigarrillo afuera del club nocturno, y el chico... bueno. Tuvo un berrinche.

Elias miró la pared. La silueta vitrificada tenía un brazo levantado, un gesto inútil para protegerse la cara. No hubo grito. Sus cuerdas vocales se evaporaron antes de que el cerebro pudiera procesar el dolor. Era una muerte instantánea, sí, pero era el epítome de la crueldad casual. Un dios menor pisando una hormiga por aburrimiento.

—¿Dónde está el chico ahora? —preguntó Elias, su voz áspera como papel de lija.

—En su hotel. En el distrito financiero —respondió el joven oficial, tragando saliva—. El Comisario De Vries ya dio la orden. Inmunidad diplomática y protección de la Asociación. El informe oficial dirá que fue una falla en el transformador eléctrico subterráneo. Un accidente industrial. Nos han ordenado recoger a la familia y hacer que firmen los acuerdos de confidencialidad y la compensación del estado.

Elias no dijo nada. Sacó una petaca de acero de su bolsillo interior, desenroscó la tapa con el pulgar y le dio un trago largo a un whisky que sabía a gasolina y desesperación. El alcohol quemó su garganta, anestesiando levemente la náusea crónica que sentía todos los días al ponerse la placa.

Esta era su vida. Elias no era un héroe. No era un investigador brillante que resolvía misterios imposibles. Era un conserje. Un barrendero del matadero cósmico en el que se había convertido el mundo desde que la 1ra hasta 6ta generación había reclamado la cima de la cadena alimenticia. Su trabajo no era encontrar culpables; su trabajo era esconder la basura bajo la alfombra para que los humanos normales ("los Puros") pudieran fingir que no eran ganado esperando en la fila.

—Inspector... —el oficial bajó la voz, mirando nerviosamente hacia la entrada del callejón—. El padre de la chica está aquí. Llegó hace cinco minutos.

Elias cerró los ojos por un segundo. Guardó la petaca. —Mantén a los de prensa lejos. Yo me encargo.

Caminó por el callejón oscuro, sus botas chapoteando en los charcos manchados de hollín. En el cordón policial, un hombre de unos cincuenta años, vestido con un suéter de lana gastado y empapado, intentaba empujar la cinta amarilla. Tenía los ojos rojos, desorbitados por una incredulidad que pronto se convertiría en locura.

—¡Es mi hija! —gritaba el hombre, con la voz quebrada—. ¡Me dijeron que el transformador...! ¡Déjenme verla! ¡Elena!

Elias se paró frente a él, bloqueándole la vista hacia la pared. La diferencia de tamaño y postura era notable; Elias era alto, ancho de hombros, con la mirada de un perro apaleado que ha aprendido a morder antes de ladrar.

—Señor —dijo Elias, con un tono neutro, monocorde. Un tono que había practicado cientos de veces frente al espejo hasta extirparle cualquier rastro de empatía humana—. No hay nada que ver. Su hija murió instantáneamente por una sobrecarga de la red de alta tensión del distrito. Un arco eléctrico. No sufrió.

El hombre agarró las solapas de la gabardina de Elias. Sus manos temblaban violentamente. —¡Mentira! ¡La gente del club vio a un chico encenderse en llamas! ¡Me dijeron que un maldito monstruo la quemó viva! ¡Dígame la verdad, policía!

Elias agarró las muñecas del hombre. No lo hizo con gentileza, sino con una fuerza férrea, clavando los pulgares en los tendones hasta obligarlo a soltar la gabardina. Lo acercó hacia él, de modo que solo el hombre pudiera escuchar su voz por encima del sonido de la lluvia.

—Escúchame muy bien, pedazo de idiota —susurró Elias, sus ojos fijos en los del padre, grises, fríos y muertos—. Tu hija pisó un cable suelto. Fue un accidente eléctrico. Vas a firmar los malditos papeles que te dé el departamento legal. Vas a cobrar los doscientos mil euros de la aseguradora, vas a enterrar la urna vacía que te vamos a dar, y vas a llorarla en silencio en tu puta casa.

El hombre lo miró con horror, las lágrimas mezclándose con la lluvia en sus mejillas. —¿Cómo... cómo puede decir eso? ¡Asesinaron a mi niña! ¡Quiero justicia!

Elias lo empujó bruscamente contra la patrulla, acorralándolo. —¿Justicia? ¿En qué mundo crees que vives? Si abres la boca, si vas a la prensa, si intentas buscar a ese chico... no te enfrentarás a un jurado. Te enfrentarás a una familia que puede borrar tu código postal entero antes del desayuno. Matarán a tu esposa. Matarán a tus otros hijos si los tienes. Quemarán a tus hermanos. Y nosotros, la policía, estaremos aquí mismo mirando hacia otro lado, llenando otro informe sobre una fuga de gas.

El hombre sollozó, un sonido patético y desgarrador, y se dejó caer de rodillas sobre el asfalto mojado. El espíritu humano rompiéndose en tiempo real.

—Así es como salvas tu vida —murmuró Elias, soltándolo y mirándolo desde arriba como si fuera escombros—. Manteniendo la cabeza agachada y tragándote la ceniza. Vete a casa, viejo. Aquí no hay dioses que escuchen tus rezos. Solo estamos nosotros. Y nosotros no servimos para nada.

Elias se dio la vuelta y caminó de regreso a su coche. No sintió lástima. El nihilismo era un caparazón necesario. Si dejas entrar el dolor de cada alma pisoteada por las generaciones superiores, terminas poniéndote tu propia pistola en la boca antes de cumplir los cuarenta.

El cuartel general de la División de Crímenes Especiales de Bruselas estaba en los subsuelos del antiguo Ministerio de Justicia. Era un lugar sin ventanas, iluminado por tubos fluorescentes que zumbaban con un ruido agónico. El aire acondicionado estaba perpetuamente roto, dejando un ambiente viciado, cargado del olor a sudor rancio, café barato y tinta de impresora.

Este lugar no era donde iban las mentes brillantes a resolver grandes enigmas. Era el sumidero de la ciudad. El departamento encargado de procesar todos los "daños colaterales" causados por la población metahumana que, por cuestiones políticas, económicas o de puro terror, no podían ser procesados penalmente.

Elias cruzó la sala de detectives. Sus compañeros eran sombras de lo que alguna vez fueron policías: hombres y mujeres demacrados, tecleando informes redactados con eufemismos, archivando expedientes en cajas que iban directo al incinerador. Nadie hablaba del clima. Nadie bromeaba. El humor negro había muerto años atrás; la realidad era demasiado sombría para intentar burlarse de ella.

Entró en la oficina del Comisario De Vries sin llamar.

De Vries era un hombre obeso, de rostro enrojecido por la presión arterial y el estrés de besar las botas de los políticos. Estaba sentado detrás de un escritorio de caoba, contando fajos de billetes de un sobre manila sin ningún tipo de pudor.

—El acta de defunción de la chica del callejón —dijo Elias, arrojando la carpeta empapada sobre los billetes del Comisario—. Todo atado. Falla eléctrica. El padre firmó la confidencialidad.

De Vries ni siquiera levantó la vista. Movió la carpeta a un lado y siguió contando. —Bien. Buen trabajo, Elias. Los suizos transfirieron la "donación" para el fondo de viudas y huérfanos del departamento. La mitad va al gobierno de la ciudad, la otra mitad la repartimos. Tienes un bono de tres mil en tu cuenta por la discreción.

—Métete el bono por el culo, De Vries. Solo dame mi próximo expediente para poder irme a beber en paz.

El Comisario finalmente lo miró. Suspiró, frotándose las sienes. —Tengo algo peor que un expediente para ti, Van den Berg. Tengo un castigo. Las altas esferas de Análisis de Datos en La Haya decidieron que nuestra tasa de "casos resueltos formalmente" es demasiado baja. Dicen que no estamos justificando nuestro presupuesto, como si no supieran que nuestra maldita función es precisamente no resolver nada.

—¿Y qué importa eso? —gruñó Elias, encendiendo otro cigarrillo a pesar del cartel de "No Fumar" gigante que había en la pared.

—Importa que nos han mandado a un supervisor. Un traslado forzoso desde Inteligencia y Estadística. Quieren que un analista de campo trabaje directamente con nuestro mejor hombre para "optimizar la recolección de evidencias no comprometedoras". Y mi mejor hombre, desgraciadamente, eres tú.

Elias se echó a reír. Una risa seca, carente de alegría, que sonó como un motor tosiendo polvo. —¿Un analista de traje y corbata pisando los charcos de sangre conmigo? Le doy dos días antes de que empiece a vomitar sus propios intestinos por el estrés, o antes de que una 1ra generación le arranque la cabeza por hacer demasiadas preguntas. No soy niñera, De Vries.

—No tienes opción. Ya está aquí. De hecho, lleva media hora esperándote en tu escritorio.

Elias gruñó, aplastó el cigarrillo en el escritorio de De Vries, quemando intencionalmente la madera de caoba, y salió dando un portazo.

Elias caminó hacia su cubículo, un rincón oscuro lleno de botellas vacías, vasos de plástico con moho y montañas de expedientes apilados sin orden. A medida que se acercaba, notó que varios detectives de la planta estaban reunidos alrededor de su escritorio, riéndose por lo bajo. Hacían chistes crueles y se daban codazos.

—Oye, cuidado no lo pises, Van den Berg —se burló el Detective Jansen, un tipo grande con cara de matón de cantina—. Creo que la oficina de objetos perdidos envió a un niño que se perdió en un circo.

Elias empujó a Jansen a un lado para abrirse paso.

En la silla frente a su escritorio, que era demasiado alta, estaba sentado su nuevo compañero.

Leo Peeters medía exactamente un metro con treinta centímetros. Vestía un traje gris de tres piezas cortado a la perfección, hecho a medida para su complexión. Sus zapatos de cuero negro estaban impecablemente lustrados y colgaban a quince centímetros del suelo. Tenía el cabello rubio oscuro peinado hacia atrás con fijador, unas gafas de montura de alambre redondas que enmarcaban unos ojos de un azul glaciar, y una postura tan rígida y digna que contrastaba de manera grotesca con el ambiente decadente de la comisaría.

A pesar de su acondroplasia, Leo no irradiaba ni una pizca de vulnerabilidad. Sus manos descansaban sobre un maletín metálico en su regazo, y observaba a los policías que se burlaban de él con la misma frialdad con la que un entomólogo observa a unos escarabajos coprófagos peleando por un trozo de estiércol.

Elias se detuvo frente al escritorio, su imponente metro noventa proyectando una sombra sobre la pequeña figura. Hubo un silencio pesado. Los demás detectives esperaban que Elias destrozara al nuevo con alguna frase lapidaria.

—Así que tú eres la broma pesada que me mandan desde La Haya —dijo Elias, cruzándose de brazos—. ¿Qué pasa, se les acabaron los adultos en el departamento de contabilidad?

Los detectives a su alrededor estallaron en carcajadas. Leo no movió un músculo de la cara. Ni siquiera parpadeó.

Con un movimiento pausado, Leo sacó un pañuelo de seda del bolsillo de su pecho, se quitó las gafas, las limpió lentamente y se las volvió a poner. Luego, miró directamente a Jansen, el detective que se había reído más fuerte.

—Detective Jansen, ¿verdad? —La voz de Leo era profunda, resonante, una voz que no encajaba con su tamaño. Tenía una dicción perfecta y un tono desprovisto de cualquier emoción—. Veo que tiene una mancha de mostaza seca en la solapa izquierda, y sus pupilas están dilatadas un veinte por ciento más de lo normal para esta iluminación. Además, el desgaste asimétrico en la suela de su zapato derecho indica que compensa el peso por un dolor lumbar crónico.

Jansen frunció el ceño, dejando de reír. —¿Qué diablos te importa a ti, enano?

—Me importa porque la dilatación pupilar combinada con la transpiración en su labio superior, a pesar de que la sala está a dieciocho grados, sugiere el uso reciente de anfetaminas de baja pureza —continuó Leo, con una calma robótica—. Y considerando que usted firmó hoy el informe de incautación de narcóticos de la redada en Saint-Gilles... puedo deducir que robó tres gramos de evidencia antes de entregarla al depósito. Un delito federal menor, pero suficiente para quitarle la placa y la pensión en menos de cuarenta y ocho horas si presento un informe analítico a Asuntos Internos.

El silencio que cayó en la oficina fue absoluto. Jansen palideció, apretó los puños y dio un paso hacia Leo, pero Elias interpuso su brazo masivo, deteniendo al detective.

—Largo de aquí, Jansen —gruñó Elias.

Jansen maldijo entre dientes y se alejó rápidamente. Los demás detectives se dispersaron como cucarachas cuando se enciende la luz, volviendo a sus escritorios, fingiendo trabajar.

Elias se giró lentamente y miró a Leo con una nueva perspectiva. El desprecio inicial fue reemplazado por una curiosidad cautelosa. Se sentó en su silla giratoria, que crujió bajo su peso, y abrió un cajón para sacar otra petaca de repuesto.

—Tienes colmillos, Peeters. Te lo concedo —dijo Elias, desenroscando la petaca—. Pero usar amenazas de manual para asustar a un idiota como Jansen no te va a servir en la calle. Esto no es Análisis de Datos. Aquí no hay gráficas de pastel. Si vas a trabajar conmigo, vas a tener que entender que este lugar es un cementerio. Y en un cementerio, los muertos no hablan, y los vivos cavan tumbas. No necesitamos mentes brillantes. Necesitamos palas.

Leo abrió los cierres de su maletín con un par de clics metálicos precisos.

—Los cementerios están llenos de información, Inspector Van den Berg —respondió Leo, sacando una serie de carpetas impecablemente ordenadas—. Las lápidas mienten, pero la tierra removida no. He revisado su historial. Una tasa de resolución de casos del tres por ciento en los últimos cinco años. Para el departamento, usted es un fracaso alcohólico. Para mí, usted es el hombre más pragmático del edificio. Sobrevive cerrando los ojos ante las atrocidades de la 1ra hasta 6ta generación porque sabe que la policía civil es irrelevante en la cadena trófica actual.

Elias se detuvo con la petaca a medio camino de sus labios. —¿Y si ya sabes que somos irrelevantes, a qué demonios vienes? Vuelve a tu escritorio seguro. Sal ahí fuera y alguien te pisará por accidente, literalmente. Eres una presa fácil en un mundo de depredadores absolutos.

Leo apoyó las manos cruzadas sobre el escritorio. Su mirada, de un azul gélido, se clavó en los ojos cansados de Elias.

—Estoy aquí porque el mundo está enfermo, Inspector. La humanidad ha cedido el planeta a un puñado de anomalías genéticas por miedo a su poder bruto. Los políticos hacen leyes para protegerlos a ellos, no a nosotros. Usted bebe para soportar esa impotencia. Yo no bebo. Yo analizo. He venido a esta división, el lugar más bajo y despreciado del sistema, porque desde el barro es desde donde mejor se ven las fisuras estructurales del edificio. No vengo a ser un policía de calle. Vengo a encontrar la forma de desangrar a los dioses usando papeleo, logística y observación. Mi altura me hace invisible para su ego. Nadie ve a un hombre de un metro treinta como una amenaza. Esa es mi ventaja táctica.

Elias soltó una carcajada lúgubre, aunque esta vez no fue de desprecio. Fue la risa de un hombre condenado que acaba de conocer a su compañero de celda y descubre que el sujeto está igual de loco que él.

—Eres un psicópata con calculadora, Peeters. Estás muerto y aún no te has dado cuenta.

—Todos nacemos muertos, Inspector. Solo estamos negociando el plazo del entierro —replicó Leo, cerrando su maletín—. Ahora, si ya hemos terminado con las formalidades y las intimidaciones de protocolo, le sugiero que guarde su alcohol. He interceptado una transmisión de radio de la policía militar antes de venir hacia su escritorio.

—¿Qué transmisión? —Elias frunció el ceño, dejando la petaca sobre la mesa.

—Un incidente en el sector de las antiguas catacumbas. La policía militar encontró un contenedor marítimo de transporte de mercancías. Estaba sellado desde adentro con titanio fundido. Tuvieron que usar sopletes de plasma industriales para abrirlo.

Elias sintió un nudo frío en el estómago. —Titanio fundido... Eso requiere control térmico extremo o manipulación de metales. ¿Es de los nuestros o es jurisdicción de la Asociación de Héroes?

—La Asociación lo rechazó porque no hay indicios de actividad enemiga de alto perfil. Lo han clasificado como un "vertedero irregular". El problema, Inspector, es el contenido del contenedor.

—Ve al grano, Peeters.

Leo sacó una fotografía polaroid que había impreso en su maletín portátil y la deslizó por el escritorio, deteniéndose justo frente a Elias.

En la imagen borrosa, iluminada por los reflectores de la policía, se veía el interior del contenedor de acero. No había cajas, ni armas, ni drogas de contrabando.

Había humanos. O, mejor dicho, las cáscaras de cincuenta y dos seres humanos apiladas como leña podrida. Sus cuerpos estaban deshidratados hasta el punto de la momificación extrema. La piel estaba pegada a los huesos, fina como papel de pergamino, y sus bocas estaban abiertas en un rictus de agonía silenciosa. Parecían haber estado muertos durante siglos, pero Leo señaló la fecha en la esquina de la foto.

—La datación por carbono preliminar que ordené hacer en secreto indica que estas personas estaban vivas y completamente sanas hace menos de setenta y dos horas —informó Leo, su tono inquebrantable—. Sus ropas son modernas. Ropa de clase trabajadora, la mayoría inmigrantes sin registro. Alguien, o algo, no solo los mató. Les drenó el setenta por ciento del agua y la vitalidad celular de sus cuerpos en un entorno cerrado, sin dejar un solo rastro biológico en las paredes.

Elias miró la fotografía. El humo de su cigarrillo olvidado subía en espirales hacia el techo ruidoso de la oficina. Conoció ese horror. Ese tipo de absorción vital apuntaba a las habilidades más grotescas de las generaciones superiores, las que se movían en el mercado negro de la longevidad y la curación ilegal. Una masacre de esa escala no era un accidente. Era un banquete.

—Esto es absorción parasitaria... —susurró Elias—. Las leyes de los Holst castigan esto con la muerte, si no es bajo sus reglas.

—Las leyes de los Holst son para ellos —corrigió Leo, guardando la fotografía—. Para los Puros, esto es solo un contenedor de abono biológico. El Comisario De Vries va a recibir la orden de enterrar este caso en una fosa común y clasificarlo como asfixia por tráfico de personas. Si no llegamos a la escena del crimen antes que el equipo de "limpieza" gubernamental, toda la evidencia de la anomalía desaparecerá.

Elias miró a Leo. El enano estaba de pie, arreglándose los puños de la camisa, preparándose para salir. No había miedo en sus ojos. No había moralidad heroica. Había una sed insaciable de enfrentar el caos con la más fría de las lógicas.

Elias apagó el cigarrillo. Tomó su placa de bronce oxidada y la enganchó en su cinturón. Agarró su revólver, comprobó el peso del tambor y se puso la gabardina empapada.

—Dime una cosa, Peeters —dijo Elias, mientras caminaban hacia la salida, obligando al Inspector a acortar su paso para igualar el de su compañero—. Cuando veamos el rostro del monstruo que se bebió a cincuenta personas como si fueran un maldito cartón de jugo... ¿qué vamos a hacer tú y yo? Mis balas rebotarán en su piel y tú le llegas a la rodilla.

Leo se detuvo frente a las puertas dobles de la comisaría, donde la lluvia gris de Bruselas seguía cayendo como una maldición bíblica sobre las calles de asfalto roto. Se giró hacia Elias.

—No vamos a dispararle al monstruo, Inspector —respondió Leo, abriendo su paraguas negro, que parecía enorme en sus pequeñas manos—. Vamos a encontrar dónde guarda su dinero, a quién soborna, y qué legislador lo protege. Vamos a cortarle el oxígeno al ecosistema que lo mantiene vivo. Los dioses no sangran con balas, Elias. Sangran cuando les quitas el altar.

Elias sonrió, una sonrisa torcida, desprovista de esperanza pero llena de un oscuro y renovado propósito.

—Vamos, pequeño bastardo. Enséñame a profanar tumbas.

Y ambos, el gigante quebrado y el enano implacable, salieron hacia la tormenta, listos para limpiar la sangre que los dueños del mundo se negaban a limpiar. El caso del "Contenedor de Arena" acababa de abrirse, y con él, el descenso final a los ojos del abismo.

son para ellos —corrigió Leo, guardando la fotografía—. Para los Puros, esto es solo un contenedor de abono biológico. El Comisario De Vries va a recibir la orden de enterrar este caso en una fosa común y clasificarlo como asfixia por tráfico de personas. Si no llegamos a la escena del crimen antes que el equipo de "limpieza" gubernamental, toda la evidencia de la anomalía desaparecerá.

Elias miró a Leo. El enano estaba de pie, arreglándose los puños de la camisa, preparándose para salir. No había miedo en sus ojos. No había moralidad heroica. Había una sed insaciable de enfrentar el caos con la más fría de las lógicas.

Elias apagó el cigarrillo. Tomó su placa de bronce oxidada y la enganchó en su cinturón. Agarró su revólver, comprobó el peso del tambor y se puso la gabardina empapada.

—Dime una cosa, Peeters —dijo Elias, mientras caminaban hacia la salida, obligando al Inspector a acortar su paso para igualar el de su compañero—. Cuando veamos el rostro del monstruo que se bebió a cincuenta personas como si fueran un maldito cartón de jugo... ¿qué vamos a hacer tú y yo? Mis balas rebotarán en su piel y tú le llegas a la rodilla.

Leo se detuvo frente a las puertas dobles de la comisaría, donde la lluvia gris de Bruselas seguía cayendo como una maldición bíblica sobre las calles de asfalto roto. Se giró hacia Elias.

—No vamos a dispararle al monstruo, Inspector —respondió Leo, abriendo su paraguas negro, que parecía enorme en sus pequeñas manos—. Vamos a encontrar dónde guarda su dinero, a quién soborna, y qué legislador lo protege. Vamos a cortarle el oxígeno al ecosistema que lo mantiene vivo. Los dioses no sangran con balas, Elias. Sangran cuando les quitas el altar.

Elias sonrió, una sonrisa torcida, desprovista de esperanza pero llena de un oscuro y renovado propósito.

—Vamos, pequeño bastardo. Enséñame a profanar tumbas.

Y ambos, el gigante quebrado y el enano implacable, salieron hacia la tormenta, listos para limpiar la sangre que los dueños del mundo se negaban a limpiar. El caso del "Contenedor de Arena" acababa de abrirse, y con él, el descenso final a los ojos del abismo.

More Chapters