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Chapter 196 - Semilla de la Traición

El silencio que siguió a la muerte de Laila Valmorth no fue de paz, sino de una tensión estática, como el aire antes de una tormenta eléctrica. John se quedó de pie junto a la cama, observando cómo el último aliento de la matriarca se disolvía en la opulencia de la habitación. Sus manos, que minutos antes habían presionado la vida fuera de ella, ahora descansaban inertes a sus costados, extrañamente firmes.

La puerta se abrió de golpe. Un guardia de élite de la familia, un hombre corpulento de rasgos afilados y uniforme negro, irrumpió en la estancia seguido por dos médicos. El guardia escaneó la habitación: la almohada en el suelo, la sangre negra en las sábanas y a John, impasible, mirando el cadáver.

—¡Señor John! —bramó el guardia, acercándose para comprobar el pulso de Laila, aunque era evidente que ya no había nada que hacer—. ¿Por qué no activó la alarma? ¿Por qué no llamó a los médicos cuando empezó la crisis?

John giró la cabeza lentamente. Sus ojos, habitualmente llenos de inseguridad o ebriedad, estaban vacíos, oscuros como pozos sin fondo.

—Ella me lo pidió —mintió John con una frialdad que heló la sangre de los presentes—. Dijo que estaba cansada de las agujas y los tubos. Quería morir mirando a un hijo suyo. Quería irse con dignidad, no como un experimento de laboratorio.

El guardia frunció el ceño, incrédulo. Conocía a Laila Valmorth; la mujer se aferraba al poder y a la vida con garras de acero. La idea de que aceptara la muerte pacíficamente era absurda. Sin embargo, al mirar a John, vio algo nuevo. Una autoridad que no emanaba de un rango, sino de alguien que ha cruzado una línea moral de la que no se regresa.

—Entiendo... —murmuró el guardia, decidiendo no indagar más por el momento—. Debemos notificar a Lord Constantine y a Lord Hiroshi de inmediato. Están en camino desde el Valle, pero esto... esto cambia todo.

—Envíenles una carta urgente —ordenó John, dándole la espalda al cuerpo—. Díganles que su madre ha muerto. Y que preparen la ceremonia de sucesión. Constantine es el nuevo líder de la familia Valmorth. Es lo que ella decretó antes de partir.

El guardia asintió y comenzó a dar órdenes por su radio. Mientras los médicos cubrían el cuerpo, el guardia se detuvo en el umbral de la puerta y se giró, con una mueca de duda.

—Señor John... una pregunta más. Con la matriarca muerta y Constantine al mando, ¿cuál es el estatus de la fugitiva?

—¿Hitomi? —preguntó John.

—Sí. La traidora. ¿Seguimos gastando recursos en buscarla o la borramos de los registros familiares y la desheredamos formalmente? Al fin y al cabo, su huida causó esto.

John sintió una punzada de ira en el pecho. Recordó a Hitomi, pequeña, asustada, siempre intentando encajar en un mundo que la quería usar como batería. Recordó que ella, al igual que él, era una víctima de la obsesión de Laila.

John dio un paso al frente, acortando la distancia con el guardia hasta invadir su espacio personal. El guardia, un veterano de guerras encubiertas, retrocedió instintivamente ante la presión que emanaba el joven.

—Cuidado con tus palabras —susurró John, y su voz vibró con una amenaza latente—. Ella no es una "traidora". Ella es Hitomi Valmorth. Es mi hermana. Y sigue siendo parte de esta maldita familia, te guste o no. No porque se haya ido a buscar su propio camino la vamos a tirar a los perros. Si escucho a alguien más llamarla "traidora" o sugerir que la deshereden, me aseguraré de que sea lo último que diga en esta mansión.

El guardia tragó saliva, asintió rápidamente y salió de la habitación, dejando a John solo con el fantasma de sus acciones.

Los días pasaron envueltos en una neblina de nieve y luto protocolar. La noticia de la muerte de Laila Valmorth corrió por el inframundo criminal y aristocrático como un reguero de pólvora. Para el mundo exterior, había muerto una filántropa reclusa; para el mundo real, había caído una de las reinas del tablero global.

La mañana del 5 de enero de 2020, el invierno danés cubrió la propiedad con un manto blanco y sepulcral. Desde temprano, la larga avenida de entrada a la mansión se convirtió en un desfile de poder obsceno. Autos de lujo blindados, limusinas negras con banderas diplomáticas no oficiales y convoyes de seguridad privada empezaron a llegar.

No eran simples invitados. Eran la sangre extendida de los Valmorth. Primos lejanos que controlaban corporaciones en Asia, tíos que gobernaban sindicatos en Europa del Este, sobrinos prodigio que lideraban laboratorios genéticos en América.

Entre ellos destacaban las delegaciones de las familias aliadas y rivales, aquellos que orbitaban el trono de los Valmorth esperando una señal de debilidad.

Ahí estaban los Von Drachen de Alemania, con sus trajes grises impecables y sus implantes cibernéticos apenas visibles bajo la piel, mirando a los sirvientes con desdén calculador. Llegaron también los representantes del Clan Kurogane, silenciosos, moviéndose como sombras, con los ojos siempre atentos a los detalles que nadie más veía. Y los fanáticos de la Dinastía Belmonte, con sus rosarios de cuentas de hueso y cicatrices orgullosas en las manos.

Todos se congregaron en la Sala del Trono Familiar, un inmenso salón con estandartes rojos y negros.

Cuando las puertas principales se abrieron, Constantine Valmorth entró. Vestía un traje ceremonial, su presencia era abrumadora. Caminaba con la certeza de un dios de la guerra. A su lado, Hiroshi caminaba con una tablet en la mano, revisando datos, con la frialdad de una máquina.

Al ver a Constantine, el murmullo de la sala cesó de golpe. Como si una fuerza invisible los obligara, todos los presentes —primos, tíos, aliados y rivales— doblaron la rodilla o inclinaron la cabeza profundamente. Era una señal de respeto absoluto, pero también de miedo. El León había muerto, pero el nuevo León parecía aún más hambriento.

Todos estaban allí. Excepto uno.

Mientras arriba se celebraba la hipocresía del poder, en las entrañas de la mansión, John Valmorth buscaba la única verdad que le quedaba.

Bajó las escaleras hacia el sótano, ignorando el frío y la humedad. Llevaba una botella de whisky caro, pero no había bebido ni una gota. Entró en la celda de Alistar. El viejo maestro ciego estaba sentado en su jergón, percibiendo la agitación en el aire.

John cerró la puerta y se dejó caer contra ella, deslizándose hasta el suelo. El peso de los últimos días, la actuación constante, la mentira, el asesinato... todo se rompió.

—Lo hice, Alistar —sollozó John, su voz quebrándose como cristal—. Ella está muerta. Y yo... yo no siento paz.

Alistar giró su rostro cicatrizado hacia el sonido. No necesitaba ojos para ver el dolor del chico.

—¿Te dijo la verdad antes de irse? —preguntó Alistar con suavidad.

John asintió, aunque el ciego no podía verlo, y las lágrimas comenzaron a brotar sin control.

—Nunca fui su hijo... —confesó entre gemidos—. Me lo dijo, Alistar. Me lo escupió en la cara. Soy el hijo de una sirvienta a la que ella mandó matar. Soy un bastardo nacido de una infidelidad. Toda mi vida... todos esos años tratando de que me mirara, tratando de ser un "buen Valmorth"... y para ella solo fui un perro callejero que permitieron entrar a la casa. Nadie me quiso. Nadie en esta maldita mansión me ha querido nunca. Solo tú... y Luigi.

John se arrastró por el suelo hasta abrazar las piernas del hombre encadenado. Lloró con la fuerza de un niño abandonado, aferrándose a la tela sucia de los pantalones de Alistar. El viejo guerrero, limitado por sus cadenas, logró bajar una mano callosa y acariciar la cabeza de John.

—Shhh... tranquilo, hijo —susurró Alistar. A pesar de su ceguera, sus sentidos agudizados por años de oscuridad captaron algo en la energía de John. No era la energía de un niño roto, sino la vibración inestable y poderosa de una 5ta generación que había despertado a través del trauma—. Puedo sentirlo, John. Ya no eres el mismo. Tu aura... ha cambiado. Es más densa, más oscura, pero más real.

John levantó la cara, con los ojos rojos e hinchados. —No quiero ser el de antes, Alistar. No quiero ser el bufón borracho. Pero tampoco quiero ser como ellos. Quiero que esto pare. Quiero que me ayudes.

Alistar sonrió tristemente, mostrando dientes rotos. —Te ayudaré, John. Porque eres el único que tiene el corazón de Torben. Pero debes saber algo: lo que está pasando allá arriba es solo el comienzo. He escuchado los pasos, los murmullos de los guardias. Esos "parientes" que han venido hoy... los Von Drachen, los Kurogane... no han venido a llorar a Laila. Han venido a repartirse el cadáver del imperio. Van a pelear por casarse con Constantine, por manipular a Hiroshi. Se avecina una guerra civil, John.

John se secó las lágrimas con rabia. —Lo sé. Vi cómo los miraban. Odian a los mestizos. Odian todo lo que no sea "puro". Si Constantine consolida su poder con esas familias, gente como tú, como los sirvientes, serán exterminados.

Alistar se inclinó hacia adelante, tanto como las cadenas se lo permitieron.

—Entonces, te pregunto, John Valmorth... ¿de verdad quieres cambiar? ¿O solo quieres sobrevivir?

—Quiero cambiar —respondió John sin dudar.

—Entonces deja de llorar y empieza a pensar como un rey —sentenció Alistar, su voz adquiriendo un tono de mando—. Si odias lo que ellos representan, si odias que te traten como un bastardo... entonces quítales la corona. Hazte líder de la familia, John.

John se quedó paralizado. —¿Yo? ¿Líder? Constantine me mataría con una mano. Hiroshi me destruiría antes de que pudiera parpadear.

—La fuerza bruta no lo es todo —dijo Alistar—. Tienes algo que ellos no: eres invisible para ellos. Te subestiman. Y tienes un poder que aún no comprendes. Piénsalo, John. El trono no se pide. Se toma.

John salió del sótano con la mente hecha un torbellino. La idea de Alistar era una locura, un suicidio... pero era la única salida que no implicaba huir como un cobarde.

Subió a su habitación, tratando de componer su rostro para el banquete fúnebre. Apenas cerró la puerta de su cuarto, escuchó tres golpes secos y rítmicos.

Abrió. Era Hiroshi.

El hermano mediano no entró. Se quedó en el marco de la puerta, con esa expresión inescrutable que lo caracterizaba. No llevaba luto; vestía un traje azul oscuro, clínico.

—¿No vas a bajar al banquete? —preguntó Hiroshi—. Los Von Drachen están preguntando por el "hermano díscolo". Tienen una hija que quieren presentarte.

—No tengo estómago para fingir, Hiroshi —respondió John, intentando cerrar la puerta.

Hiroshi puso una mano en la puerta, deteniéndola sin esfuerzo aparente. —Es curioso que hables de estómago. Hace unos días, revisé el cuerpo de madre antes de que la embalsamaran.

El corazón de John se detuvo un instante. —¿Y?

—Los médicos dijeron que fue un colapso pulmonar por la sangre negra. Y es cierto, en parte —dijo Hiroshi, bajando la voz, sus ojos fijos en los de John como láseres—. Pero encontré petequias en sus ojos y marcas de presión en el rostro. Y, curiosamente, en la basura del ala oeste, encontré una almohada con un patrón de manchas de sangre muy particular. Sangre que fue forzada a salir, no tosió libremente.

John sintió el sudor frío en su espalda. Hiroshi lo sabía.

—El único que estaba con ella eras tú, John —concluyó Hiroshi.

John sostuvo la mirada de su hermano. Sabía que si flaqueaba ahora, estaba muerto.

—La almohada era para limpiar la sangre que ella escupía —dijo John, mintiendo con una calma que sorprendió incluso a Hiroshi—. Estaba sufriendo, Hiroshi. Se ahogaba. Hice lo que pude para confortarla.

Hiroshi ladeó la cabeza, analizando los microgestos de John. Hubo un silencio largo, tenso.

—Ya veo —dijo finalmente Hiroshi—. Digamos que te creo. Pero te daré un consejo de hermano, John: no me culpes a mí ni intentes jugar conmigo. Si esa información sale a la luz, Constantine te ejecutará en la plaza pública. Y yo no lo detendré. Mantén tu perfil bajo. No hagas olas. Y tal vez sobrevivas a esta transición.

—No me amenaces, Hiroshi —respondió John, dando un paso adelante, sus ojos brillando levemente—. Y no me culpes abiertamente de algo que no puedes probar sin manchar el nombre de la familia. Si Constantine se entera de que mamá fue asesinada bajo tu vigilancia de seguridad, tú también caerás.

Hiroshi sonrió levemente, una sonrisa sin alegría. —Touché, hermanito. Touché.

Hiroshi se retiró, caminando por el pasillo con elegancia, dejando a John temblando de adrenalina. La guerra había comenzado en las sombras.

John sabía que no tenía mucho tiempo. Hiroshi era una bomba de tiempo. Necesitaba aliados, y necesitaba contactar a la única persona que podía cambiar la balanza de poder: Hitomi.

Esperó a que la mansión estuviera sumida en el estupor del alcohol tras el banquete. Llamó a través del sistema de servicio interno a una persona específica.

Minutos después, una niña pequeña, delgada y de ojos grandes y asustados entró en la habitación. Era Helly, una mestiza de 14 años que trabajaba en las cocinas. John la había defendido hacía unos días cuando un capataz intentó golpearla por romper un plato. Desde entonces, ella lo miraba como si fuera un dios.

—¿Señor John? —preguntó ella con voz temblorosa.

—Cierra la puerta, Helly —dijo John, arrodillándose para estar a su altura. Sacó un sobre sellado con lacre rojo, pero sin el escudo oficial de los Valmorth—. Necesito que hagas algo muy peligroso por mí.

—Lo que sea, señor. Usted salvó mi mano —dijo la niña con firmeza.

—Necesito que te vayas de aquí. Esta noche. La mansión se va a convertir en un infierno para los mestizos ahora que mamá murió y Constantine manda. Tienes que ir a Canadá.

—¿Canadá? —Helly abrió los ojos desmesuradamente—. Pero... eso está muy lejos.

—Lo sé. Pero allí está mi hermana, Hitomi. Según Alistar, está con un hombre llamado Ryuusei Kisaragi. Debes encontrarla y darle esta carta. Es de vida o muerte, Helly. En esta carta le explico todo lo que está pasando, la verdad sobre nuestra madre y... —John dudó un segundo— y le pido perdón.

John sacó un fajo de billetes y un pasaporte falso que había robado de la caja fuerte de Hiroshi años atrás.

—Toma esto. Vete al puerto. Busca los barcos de carga que van a Halifax. Cuando llegues a la frontera o si alguien te detiene en el camino, diles que eres una enviada personal de John Valmorth. Diles mi nombre con orgullo. Nadie de las familias menores se atreverá a tocarte si creen que trabajas para mí en una misión secreta.

Helly tomó la carta y el dinero, apretándolos contra su pecho. Vio la desesperación en los ojos de John, pero también vio esperanza.

—Lo haré, señor John. Le juro por mi vida que entregaré esta carta a la señorita Hitomi.

—Vete, Helly. Corre y no mires atrás.

La niña asintió, hizo una reverencia rápida y salió de la habitación, desapareciendo en los pasillos de servicio como un fantasma.

John se acercó a la ventana y miró hacia la noche nevada. Había puesto en marcha su primera jugada. Había salvado a una mestiza y había enviado un mensaje a la Singularidad. Ahora, solo le quedaba sobrevivir a la cena de mañana, donde tendría que mirar a la cara a los asesinos de su espíritu y sonreír.

—Que empiece el juego —susurró John.

La Mansión Valmorth en Copenhague vibraba con una energía que no tenía nada que ver con el luto. John Valmorth, vestido con un traje negro de corte impecable que ocultaba la tensión de sus músculos, bajó las escaleras de mármol hacia el gran comedor. Lo que vio ante él no fue una reunión familiar, sino un mapa geopolítico de la ambición.

El salón había sido transformado. Las largas mesas de banquete estaban ocupadas por facciones que, en cualquier otro contexto, se habrían matado entre ellas.

A la derecha, dominando el espacio con una frialdad clínica, estaban los Von Drachen. Sus movimientos eran precisos, casi mecánicos. John notó los pequeños puertos de conexión en las nucas de algunos de sus miembros y la manera en que analizaban la comida antes de ingerirla. Eran la perfección alemana llevada al extremo de la eugenesia tecnológica.

A la izquierda, envueltos en sedas oscuras y silencio, se encontraba el Clan Kurogane. No hacían ruido al mover los cubiertos. Sus ojos oscuros parecían absorber la luz de las lámparas de araña. Eran depredadores pacientes, dueños del bajo mundo y de la política japonesa.

Y justo a su lado, incómodamente cerca, estaba la Dinastía Belmonte. John podía oler el incienso y la sangre vieja en sus ropas. Sus manos mostraban cicatrices de auto-flagelación, símbolos de su fanatismo por la "pureza del dolor".

—Lord John —una voz grave lo sacó de su análisis.

Era el patriarca de los Belmonte, un hombre con una oreja cercenada ceremonialmente. A su lado, una joven de belleza voluptuosa y mirada sumisa hizo una reverencia.

—Le presento a mi hija, Leira Belmonte —dijo el hombre, empujando levemente a la chica hacia John—. Tiene veintiún años, una constitución robusta para la maternidad y ha sido educada en la obediencia absoluta. Sería una esposa ideal para un Valmorth que busca redención.

Leira alzó la vista. Era hermosa, sin duda. Sus proporciones eran perfectas y sus ojos grandes suplicaban aprobación. El antiguo John, el borracho y mujeriego, habría aceptado el "regalo" sin pensarlo, llevándosela a una habitación para olvidar sus miserias por una noche.

Pero John miró a Leira y solo vio otra víctima. Otra pieza de carne en el mercado de la sangre.

—Es una mujer encantadora, Lord Belmonte —dijo John con una suavidad diplomática, inclinando la cabeza—. Pero me temo que mi luto por mi madre es demasiado reciente. Mi corazón no está listo para el matrimonio, y no sería justo atar a una flor como Leira a un hombre que aún está aprendiendo a caminar recto.

La sonrisa del patriarca Belmonte se congeló. El rechazo fue educado, pero fue un rechazo al fin y al cabo. En su cultura, despreciar una oferta de matrimonio era escupir sobre el honor de la familia.

—La paciencia no es una virtud que cultivemos cuando la sangre llama, joven John —masculló Belmonte, y sus ojos brillaron con una amenaza velada—. Espero que no se arrepienta de dormir solo en el invierno que se avecina.

El patriarca tomó a su hija del brazo con brusquedad y se alejaron hacia sus asientos, murmurando maldiciones en español antiguo. John soltó el aire que había estado reteniendo. Se había ganado su primer enemigo oficial de la noche.

Buscando un respiro, John se dirigió hacia una esquina más discreta del salón, donde un joven de aspecto nervioso revisaba la lista de vinos. Era Ryan, un mestizo de inteligencia prodigiosa que servía como consejero junior, aunque su sangre impura le impedía sentarse a la mesa principal. John se había hecho amigo de él en los últimos días, reconociendo en Ryan la misma mirada de supervivencia que él tenía.

—¿Mala suerte con los fanáticos religiosos? —susurró Ryan sin levantar la vista de los papeles.

—Quieren comprarme con caderas y sumisión, Ryan —respondió John, tomando una copa de agua—. Pero dime algo... he estado viendo a mis hermanos. ¿Por qué todo este circo con los extranjeros? ¿Por qué Constantine o Hiroshi no se casan con alguna prima lejana o una tía de la rama austriaca? Siempre se ha dicho que debemos mantener la sangre pura.

Ryan ajustó sus gafas y miró alrededor para asegurarse de que nadie escuchaba.

—Es un problema de números, señor John. Constantine revisó el árbol genealógico tres veces. Actualmente, todas las mujeres Valmorth disponibles, incluidas las primas lejanas, no pasan de la Cuarta Generación. Son fuertes, sí, pero no son excepcionales.

—¿Y eso importa tanto?

—Para Constantine, sí. Él está obsesionado con superar el legado de su padre. Busca una Quinta o Sexta Generación para asegurar que sus hijos sean dioses, no solo soldados. La única mujer con ese potencial genético era... bueno, su hermana, la señorita Hitomi. Al irse ella, el pozo genético de alto nivel se secó.

Ryan señaló discretamente hacia la mesa de los alemanes.

—Por eso estas alianzas son vitales. No traen sangre pura, pero traen poder. Mire allá. Esa es Noelia Von Drachen. La chica de cabello azulino y ojos violetas artificiales.

John siguió la mirada. Noelia era imponente, con una belleza gélida y una postura rígida. Parecía más una androide de combate que una mujer.

—Se va a casar con Constantine —reveló Ryan—. Los Von Drachen aportan la tecnología para estabilizar el ADN. Y allá, junto a Hiroshi, está Kaori Kurogane.

Kaori era pequeña, pálida como un fantasma, vestida con un kimono ceremonial negro. Su rostro estaba parcialmente cubierto por un abanico, pero sus ojos denotaban una astucia letal.

—El Clan Kurogane tiene acciones mayoritarias en la Asociación de Héroes de Japón y controla los medios de comunicación en Asia. Hiroshi la necesita para expandir la influencia Valmorth más allá de Europa. Estas bodas no son por amor, señor John. Son fusiones corporativas y militares.

John asintió, procesando la información. Sus hermanos estaban construyendo un imperio sobre los huesos de su madre. Él no tenía nada que ofrecer en ese tablero. Ni tecnología, ni influencias, ni pureza. Solo tenía su rabia.

El sonido de una copa siendo golpeada con un cuchillo silenció el salón.

Constantine se había levantado. Su presencia llenaba la habitación. Alzó su copa y su voz resonó como un trueno controlado.

—Hermanos, primos, aliados —comenzó Constantine—. Hoy despedimos a una reina, mi madre Laila. Pero el duelo de un Valmorth es breve, porque nuestra responsabilidad es eterna. La corona no puede quedar en el suelo.

Hubo un murmullo de aprobación.

—Para asegurar que nuestro futuro sea tan brillante como nuestro pasado, tengo el honor de anunciar la unión de nuestra casa con dos de las potencias más grandes del mundo. Mi hermano Hiroshi unirá su vida con Kaori Kurogane. Y yo tomaré como esposa a Noelia Von Drachen.

Los aplausos estallaron. Fueron aplausos disciplinados, rítmicos. Hiroshi se levantó e hizo una reverencia seca. Kaori y Noelia permanecieron impasibles, como estatuas recibiendo una ofrenda.

Constantine sonrió, una mueca de satisfacción depredadora. Sin embargo, su sonrisa flaqueó al mirar hacia la mesa de los Belmonte, quienes permanecían sentados y con los brazos cruzados, ofendidos por el rechazo de John y la falta de una alianza con ellos. Constantine notó el desaire y frunció el ceño, pero decidió ignorarlo por el momento.

—¡John! —llamó Constantine, haciendo un gesto imperioso—. Ven aquí. Necesitamos una foto de la familia principal con las futuras matriarcas.

John caminó hacia el centro del salón. Sentía las miradas de todos clavadas en su nuca. Se colocó al lado de sus hermanos, sintiéndose pequeño, un intruso en su propia historia. Los flashes de las cámaras parpadearon.

En ese momento de silencio, John supo que era su única oportunidad.

—Constantine —dijo John, lo suficientemente alto para que todos lo escucharan—. Antes de que brindemos... tengo un anuncio.

Constantine lo miró con fastidio. —¿Qué pasa ahora, John? ¿Vas a recitar un poema?

—No —dijo John, adoptando una postura encorvada, deliberadamente patética—. He estado pensando. Mira a estas mujeres increíbles. Mira este futuro brillante. Y luego mírame a mí.

John hizo un gesto vago con la mano, imitando sus días de borrachera.

—Soy un desastre, hermano. Un borracho. Un mujeriego sin remedio. Si me quedo en la mansión, seré una vergüenza para tus hijos. Imagínate a los pequeños herederos viendo a su tío John vomitando en los pasillos o trayendo mujeres de mala vida. No quiero ser esa mancha en tu pintura perfecta.

Algunos invitados soltaron risitas nerviosas. Constantine relajó los hombros, y una sonrisa de burla apareció en su rostro.

—Tienes razón en eso, John. Eres un buen comediante, al menos.

—Por eso... he decidido irme —continuó John, clavando la estocada—. Reclamo mi parte de la herencia, pero no en dinero. Quiero la Hacienda Vindmølle.

El silencio volvió. Vindmølle era conocida por ser un lugar duro, aislado y sin lujos.

—¿Vindmølle? —preguntó Constantine, arqueando una ceja—. ¿Ese agujero en la costa? ¿Para qué quieres irte a vivir con el ganado y los mestizos?

—Para poner mano dura —mintió John, alzando la voz para sonar convincente—. Esos mestizos necesitan disciplina, y creo que el aire de mar me ayudará a... "secarme". Además, es un lugar feo. Tal vez pueda mejorarlo para que no sea una vergüenza cuando vayas de visita.

Constantine soltó una carcajada genuina. La idea de John jugando a ser el capataz en una granja le parecía hilarante y, sobre todo, conveniente. Sacaba a John del camino sin tener que exiliarlo forzosamente.

—Está bien, hermano. Si quieres jugar al granjero, la Hacienda es tuya. Estás invitado a las bodas, por supuesto. Y eres bienvenido aquí cuando quieras... siempre que vengas sobrio.

John sonrió, tragándose el orgullo. —Gracias, hermano. Ah, una cosa más. Como voy a encargarme de la crianza y el mantenimiento... me llevaré a todos los sirvientes mestizos de esta mansión.

La sonrisa de Constantine desapareció por un segundo. —¿A todos? ¿Por qué?

—Para limpiar la casa —dijo John rápidamente—. Dices que quieres una nueva era, ¿no? Que las malas vibras, los viejos sirvientes que vieron morir a mamá, se vayan. Deja que me lleve la "basura" conmigo. Tú contrata personal nuevo, puro, digno de Noelia y Kaori. Confía en mí, te estoy haciendo un favor.

Constantine miró a Noelia, quien asintió levemente, claramente disgustada con la idea de tener sirvientes mestizos cerca.

—Hecho —dijo Constantine, desinteresado—. Llévatelos. Que desaparezcan de mi vista para mañana al amanecer.

John asintió, hizo una reverencia exagerada y se retiró entre las risas de los invitados. Había ganado. Había salvado a su gente.

Esa misma madrugada, el caos controlado se apoderó de las alas de servicio. John no perdió tiempo. Mientras los nobles seguían bebiendo, él coordinaba la evacuación.

Pero quedaba la parte más difícil: Alistar.

John bajó al sótano con el corazón en la garganta. Yusuri, la ejecutora de la familia, estaba haciendo su ronda cerca de la armería. John esperó en las sombras, conteniendo la respiración, hasta que los pasos de Yusuri se alejaron hacia el jardín este.

Entró en la celda y rompió las cadenas de Alistar con un golpe concentrado de energía, amortiguando el sonido con una manta vieja.

—John... —susurró Alistar, poniéndose de pie con dificultad. Sus piernas estaban atrofiadas por años de encierro.

—Sujétate fuerte —dijo John, cargando al anciano en su espalda como si fuera un saco de plumas—. Nos vamos, Alistar. Tengo la Hacienda. Tengo a los mestizos. Y juro por mi vida que dentro de unos días todo esto será un caos. Voy a volver, Alistar. Y voy a matar a Hiroshi. Él lo sabe. Él sabe lo de mamá.

Alistar apretó el hombro de John con su mano huesuda.

—La venganza requiere paciencia, chico. Pero antes de irnos... detente. No podemos irnos solo con personas.

—¿Qué? ¡Yusuri va a volver en cinco minutos!

—¡La biblioteca! —siseó Alistar—. El conocimiento es la única ventaja que tenemos sobre ellos. Constantine tiene los ejércitos, Hiroshi la tecnología. Nosotros necesitamos la historia. El Canon de los Cuatro, los registros de las Singularidades, los diarios de Torben... ¡Vacía la biblioteca familiar, John! ¡Ahora!

John entendió. Sin dudarlo, desvió su ruta hacia la biblioteca antigua. Con la ayuda de cinco sirvientes leales que cargaban cajas de vino vacías, saquearon los estantes. Libros prohibidos, pergaminos de genealogía y tomos de estrategias de combate fueron empaquetados frenéticamente.

Salieron por la puerta de servicio justo cuando el sol empezaba a teñir el horizonte de gris.

El viaje a Nørre Nebel fue un éxodo silencioso. Una caravana de camiones de mudanza y autos viejos seguía la camioneta de John. Dentro, Alistar dormía por primera vez en años sin cadenas, y John conducía con los ojos fijos en la carretera, sin mirar atrás.

Llegaron a la Hacienda Vindmølle dos días después. El lugar era imponente pero lúgubre, con sus gigantescos molinos de viento cortando el aire salino y estructuras de hormigón que parecían más barracones que hogares.

Cuando John bajó del auto, el viento helado le golpeó la cara. Pero no estaba solo.

Del edificio principal salieron corriendo decenas de sirvientas, cocineros y trabajadores del campo. Eran mestizos, gente que había sido enviada allí para ser olvidada. Al ver bajar a los sirvientes de la mansión, hubo un momento de incredulidad.

Entonces, vieron a Alistar.

—¿Es él...? —preguntó una mujer mayor, llevándose las manos a la boca—. ¿El Maestro Alistar?

John ayudó a bajar al anciano. Alistar, apoyado en un bastón improvisado, alzó la voz.

—¡Hijos de la sangre olvidada! —gritó, y su voz, aunque rota, tenía la autoridad de antaño—. ¡Hoy se rompen las cadenas! Ya no servimos a tiranos que nos desprecian. De ahora en adelante, esta Hacienda no es un criadero... ¡es un santuario! Y servimos al único Valmorth que nos ve como humanos. ¡Al Amo John Valmorth!

La emoción estalló. Hubo gritos, llantos y abrazos. Amigos que no se habían visto en décadas se reencontraban. Madres abrazaban a hijos que habían sido enviados a la capital. Era una escena de pura humanidad en medio de la desolación.

Uno por uno, los sirvientes, los guardias mestizos y los trabajadores comenzaron a arrodillarse ante John. No por miedo, como lo hacían con Constantine, sino por gratitud.

John miró a las cientos de personas arrodilladas en la nieve. Sintió un nudo en la garganta. Había hecho algo bueno. Por primera vez en su miserable vida, había salvado a alguien en lugar de condenarlo.

Pero al mirar sus manos, John sabía que la bondad no bastaría para protegerlos. Constantine vendría eventualmente. Hiroshi enviaría sus drones. Los Belmonte buscarían venganza por el insulto.

—Necesito poder —susurró John para sí mismo, mientras el viento aullaba—. Necesito aprender a pelear de verdad. Necesito a alguien que no tenga miedo de romper huesos.

La imagen de un hombre con una máscara de zorro y dos martillos gigantes vino a su mente. El hombre que lo había humillado en Rusia. El hombre que tenía a su hermana.

—Ryuusei Kisaragi —murmuró John, apretando los puños—. Odio admitirlo... pero te necesito.

John sacó un teléfono satelital seguro que había robado del despacho de Hiroshi. Tenía que hacer una llamada. Tenía que hacer las paces con el diablo si quería salvar a su nueva familia.

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