Ficool

Chapter 12 - capitulo 12

<<< UNA SEMANA DESPUÉS >>>>> En la tarde <<

Caminaba lento por la calle, sin rumbo fijo, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida entre los edificios.

El asfalto aún guardaba el calor del día, pero el aire ya empezaba a enfriarse. La tarde se deshacía poco a poco, y con ella... mis pensamientos se volvían más pesados.

(Pensar)

¿Qué voy a hacer ahora?

Desde que llegué, no lo había pensado demasiado. Había estado ocupado sobreviviendo, adaptándome... evitando pensar en lo demás. A lo mucho, le había echado un vistazo superficial a la "trama" de todo esto, como si fuera un espectador más viendo desde la primera fila.

Pero la verdad...

—No tengo ni idea... —murmuré en voz baja.

Todavía faltaba tiempo para que todo comenzara realmente. Eso me daba margen. Pero también me dejaba en una especie de vacío incómodo.

Suspiré, con pereza.

—Además... tampoco es que tenga grandes metas...

En mi vida pasada, lo que me motivaba era simple. Mi familia. Darles estabilidad, libertad financiera. Quitarles preocupaciones.

Y fuera de eso...

Caprichos.

Un buen carro. Una casa cómoda. Cosas normales. Cosas... pequeñas.

Nada realmente grande.

Nada que definiera un propósito.

—Supongo que eso no ha cambiado mucho... —murmuré.

Pero ahora era diferente.

Ahora tenía habilidades que rompían cualquier lógica. Tenía tiempo. Tenía oportunidades que antes ni siquiera habría imaginado.

Y aun así...

No sabía qué hacer.

Caminé un poco más, pasando frente a vitrinas apagadas y locales cerrando. La ciudad empezaba a quedarse en silencio. No total... pero sí lo suficiente para pensar sin distracciones.

—Bueno... ya veré en su momento.

No tenía sentido forzarlo.

(Pensar)

Lo único claro... es la fotografía.

Asentí levemente para mí mismo.

Eso sí me gustaba. Capturar momentos. Lugares. Instantes que otros no podían ver... o no podían alcanzar.

Y con la teletransportación...

—Podría ganar buen dinero con eso.

Sonreí apenas.

Viajar, tomar fotos únicas, venderlas. Sin costos reales. Sin límites geográficos.

Eficiente...Simple....Funcional.

—En cuanto a la informática...

Hice una mueca.

—Tiene futuro... pero ahora mismo no me interesa tanto.

Sabía que tenía campo. Que crecería. Pero en este momento... no me llamaba. No lo suficiente...mas bine pereza en mi otra vida estaba estudian programcion ...y aver hasta sierto punto es interesante y me trae pero..pero..el quebradero de cabeza que genra al programar y codificar codigo ..olvita no tnago gasn de psar por lo mismo dos veces

—Me quedo con la fotografía por ahora.

Era lo más cercano a una decisión que tenía.

—Bueno... como sea —murmuré, estirando un poco el cuello—. Vamos a casa... y compramos algo de comer de camino.

El pensamiento de comida normal me resultaba... curioso.

Porque en esa semana había descubierto algo importante.

Algo que no había considerado al principio.

(Pensar)

La comida normal... también funciona.

No como la sangre. No de la misma forma. No con esa intensidad inmediata.

Pero sí ayudaba.

Extendía el tiempo.

Mantenía mi cuerpo estable por más tiempo del esperado.

—Eso explica por qué duré tanto sin beber sangre al inicio...

Era conveniente.

Muy conveniente.

Significaba que no estaba completamente atado a eso

Y aun así...Fruncí ligeramente el ceño.

—Sigue sin gustarme...

Porque por más que el sabor fuera... bueno...Había algo dentro de mí que lo rechazaba....No el cuerpo.---La mente....bueno es obvio que sienta rechaso ante todo fui humano durante 18 bueno 

Suspiré.

—Mejor no pensar en eso ahora...

Seguí caminando.

Mi paso era lento, sin prisa. Observando sin realmente mirar. Las calles estaban casi vacías. Un par de personas a lo lejos, algún coche pasando de vez en cuando.

El sol se ocultaba entre los edificios, tiñendo todo de un naranja apagado que se desvanecía rápido.

Las sombras crecían.

Y con ellas... la calma.

—Bueno... en comparación con Nueva York... —murmuré, metiendo más las manos en los bolsillos— al menos aquí no hay tanto ruido.

Miré a mi alrededor.

—Es más tolerable.

Más silencioso....Más... manejable....Pero en ese silencio...senti una sencion mi sentido de la udicion comese a escuchar un ruido en particular---Algo no encajaba.

No era un sonido...era una voz

Era una sensación.

Me detuve apenas.

(Escuchar)

Nada evidente.

Pero...

Ahí estaba otra vez....Esa ligera incomodidad...O alguien...

Estuviera fuera de lugar.

Entrecerré los ojos.

—...

Luego negué levemente con la cabeza.

—Paranoia...

Seguí caminando, pero esta vez un poco más atento.

Porque aunque no hubiera nada visible, mis instintos no solían equivocarse.

Esta vez me concentré más en la audición, dejando que el resto del ruido de la ciudad se fuera apagando poco a poco. El murmullo distante de los autos, algún paso aislado, una puerta cerrándose en algún lugar... todo quedó detrás, como si mi mente estuviera filtrando lo importante de lo que no lo era.

Y entonces lo escuché.

No con claridad al principio. Más bien como un hilo de sonido, débil, distante, casi perdido entre el aire de la noche.

Fruncí el ceño.

—Ahora sí, paranoia... creo que necesitaré un psicólogo... —murmuré en voz baja.

Pero la sensación no desapareció.

Al contrario.

Me detuve un segundo.

Escuché otra vez.

Ahí estaba de nuevo.

Giré la cabeza bruscamente y empecé a caminar en dirección a aquella voz. No era una sola. Eran varias.

Mi paso, que al principio había sido lento y despreocupado, cambió poco a poco. Primero más rápido. Luego casi urgente. Después, directamente, corrí.

Las sombras de la calle pasaban a mi alrededor como manchas oscuras. La noche ya había caído lo suficiente para volver todo más confuso, pero cada vez que me acercaba, las voces se volvían más nítidas.

Eran niños.

—¿Pero qué demonios...? —murmuré, confundido.

Entonces lo escuché claro.

Un niño llorando.

Otro gritando por ayuda.

Una voz temblorosa llamando a alguien.

Conté al menos cuatro voces en total.

Me quedé quieto apenas un instante, mirando primero hacia la dirección de mi casa... y luego hacia donde venían los gritos.

—¿En qué me estoy metiendo? —dije, más para mí que para nadie.

No tenía tiempo para pensarlo demasiado.

No lo dudé.

Activé mi teletransportación.

Fijé la mirada en una edificación a lo lejos, apenas visible entre las sombras y las luces dispersas de la calle. El cuerpo se me tensó por un instante... y después desaparecí.

Mi figura se volvió un borrón.

La calle se deshizo ante mis ojos.

Y en una fracción de segundo, aparecí en la cima de un edificio. El cambio fue brusco, casi violento. El viento me golpeó de lleno en el rostro, frío y seco, mientras el mundo abajo se extendía en silencio, roto solo por aquellos gritos lejanos que ahora podía ubicar mejor.

Desde arriba, la ciudad parecía más grande... y más vacía.

Me quedé inmóvil unos segundos, mirando la oscuridad entre los edificios, tratando de ubicar el origen exacto del ruido. El viento me rozaba la cara y hacía vibrar ligeramente la ropa, pero yo apenas lo notaba.

Mis sentidos seguían tensos.

—Creo que la idea de dormir temprano hoy queda descartada... —murmuré con una voz resignada—. Bueno. A trabajar.

Entonces forcé un poco más mis sentidos. Olfato, oído, vista... incluso el tacto, lo agudicé todo al máximo. Era como si el mundo a mi alrededor se hubiera transformado en un mapa vivo, lleno de líneas invisibles, ecos y presencias dispersas. Busqué durante varios segundos, concentrándome con paciencia, rastreando el origen de esos sonidos extraños con la precisión de un radar.

Hasta que por fin lo encontré.

—Te tengo... —dije, con la mirada fija.

Una caja vieja. Una casa de tres pisos. Sucia, oscura, demasiado callada para ser normal.

Sin pensarlo demasiado, me teletransporté directamente a la entrada. El salto fue instantáneo. Un parpadeo después ya estaba frente a la puerta.

Y en cuanto llegué...

Los gritos y llantos de los niños se intensificaron.

Sentí cómo se me tensaba la mandíbula.

—¿Será una trata de personas? —pensé por unos segundos, con el ceño fruncido—. Bueno... pronto lo averiguaré.

Metí una mano en el bolsillo y saqué un anillo de plata sencillo. Lo observé por un momento, recordando la frase de Dios.

"Este anillo ocultará tu aroma y tus sonidos. Con él, incluso las criaturas más perceptivas no podrán detectarte."

Creo que esta es la primera vez que lo usaré como debe ser.

Lo giré una vez entre los dedos.

—Espero que funcione... —murmuré.

Luego me lo puse.

Y como la primera vez, no sentí nada.

Solo una pequeña presión fría en el dedo... y nada más.

Tomé aire despacio.

—Terminemos esto.

Activé mi intangibilidad y atravesé la puerta como si no existiera.

Dentro, el aire era distinto.

Por fuera la casa parecía maltrecha, olvidada, casi abandonada. Pero por dentro estaba relativamente limpia. Demasiado limpia. Esa clase de limpieza que no encaja con el exterior y que, por alguna razón, te pone más alerta que una suciedad evidente.

Di un paso lento, observando el entorno.

Las paredes estaban en silencio, pero los sonidos seguían ahí. Más cercanos ahora. Más claros.

Y entonces lo olí.

Una mezcla fuerte, penetrante, imposible de ignorar. El olor.

Fuerte.

Pesado.

Inconfundible.

Sangre.

Mi mirada se afiló al instante.

—...

El ambiente estaba impregnado de ese aroma metálico, como si las paredes lo hubieran absorbido con el tiempo. No era reciente del todo... pero tampoco viejo.

Era constante.

Y eso era peor... entrecerrando los ojos.

Lentamente caminé por el pasillo de la casa. No hacía falta revisar cada habitación una por una; los gritos, los llantos y ese olor a sangre me iban guiando mejor que cualquier mapa. Cada paso que daba lo confirmaba: el hedor se volvía más denso, más pesado, casi pegajoso en el aire.

Mientras más avanzaba, más fuerte se volvía.

frunci el ceño

 —menos mal que ya había bebido sangre antes... porque si no, estaría en serios problemas.

Seguí caminando.

Las tablas del suelo crujían levemente bajo mis pies, pero sin hacer ruido real gracias al anillo. Aun así, cada sonido parecía amplificado en mi cabeza.

Di unos pasos más... y me detuve.

—Caminando un poco más... entonces aquí es —murmuré al ver una puerta al final del pasillo.

Y claro.

La última del corredor.

Suspiré por dentro.

—Qué cliché... ¿por qué siempre es la última puerta del pasillo? Como si viviéramos dentro de una película de terror barata.

La miré apenas un segundo más.

Luego activé mi intangibilidad y atravesé la puerta sin tocarla.

Y sí, podía haberla abierto normalmente... pero ya había visto suficientes películas como para saber que una puerta misteriosa siempre venía con trampas, señales, ruido innecesario o, peor aún, con alguien esperando del otro lado. Mejor no darle aviso a nadie.

No di ni medio paso más.

El peor olor que había sentido en mi vida me golpeó de lleno y me invadió las fosas nasales con una brutalidad absurda. Fue tan fuerte que tuve que contener una arcada.

—¡Mareo fuerte! —gruñí, tapándome la boca y la nariz con la camisa—. Pero qué carajos...

Y eso que era difícil hacerme vomitar siendo medio vampiro.

Aun así, aquello era horrible.

No era solo sangre. Era sangre vieja, sudor, encierro... y algo más. Algo agrio, pesado, enfermo. Un olor que te decía que todo estaba mal incluso antes de ver qué había ocurrido.

—Esto huele peor que mierda de perro podriada... qué asco —murmuré, intentando respirar por la boca sin arrepentirme al instante.Me cubrí la nariz y la boca con la camiseta, intentando filtrar un poco el aire.

—Empezamos bien nuestra investigación...

Me obligué a seguir.

Frente a mí aparecía una escalera que bajaba al piso inferior. Oscura, estrecha, con los bordes de la madera un poco gastados. El tipo de escalera que cruje solo por existir.

Tragué saliva.

—Menos mal que tengo visión nocturna —susurré—. Si no, esto sí sería un problema.

Bajé despacio.

Cada paso parecía más pesado que el anterior. No porque estuviera cansado, sino porque el lugar tenía esa clase de silencio raro que no te deja relajarte. Era un silencio falso. Uno que parecía esperar a que cometieras un error.

El olor se volvió todavía más intenso cuando llegué al final de las escaleras.

Entonces lo vi.

Me quedé inmóvil.

La respiración se me atascó un instante en el pecho, no por miedo, sino por la mezcla de rabia y repulsión que me cayó encima de golpe.

—No jodas... —susurré apenas.

Había un cuarto más adelante. La puerta estaba entreabierta. Y desde ahí venía el sonido. Lloros apagados. Sollozos pequeños. Respiraciones temblorosas.

Niños.

Me tensé entero.

Mis ojos se afilaron.

Ya no era solo curiosidad. Ya no era solo investigar. Eso había dejado de ser un misterio hace rato.

Ahora era una mierda seria.

Avancé sin hacer ruido, pegado a la pared, intentando escuchar mejor.

El corazón me latía con fuerza, pero mi mente estaba demasiado clara. Demasiado fría.

Apreté la mandíbula.

Si había niños allí abajo... y si ese olor significaba lo que yo creía, entonces más me valía prepararme para repartir golpes a quien fuera que estuviera detrás de todo esto.

—Listo o no... aquí voy —susurré.

Una sonrisa apareció en mi cara, pero no era una sonrisa de verdad. Era de esas que salen cuando sabes que la situación ya se fue al demonio y aun así decides seguir adelante.

Respiré hondo.

Mala idea.

La náusea seguía ahí, dándome vueltas en el estómago, pero la aparté con fuerza. No podía permitirme caer ahora. No después de haber llegado tan lejos.

Me acerqué a la puerta con pasos lentos.

Llegué justo a tiempo.

Me incliné apenas y miré por la rendija.

Lo que vi me heló la sangre.

La habitación era un desastre de horror y silencio. Las paredes estaban teñidas de sangre vieja, seca en algunas partes, todavía oscura y húmeda en otras. Había símbolos extraños tallados por todas partes, marcas torcidas y retorcidas que no reconocía, como si alguien hubiera querido convertir aquel sitio en algo sagrado... o maldito.

El olor era insoportable.

Tenía que hacer un esfuerzo real para no vomitar allí mismo.

Entonces la vi.

Abrí los ojos de par en par.

—No puede ser verdad... —murmuré, casi sin voz. —Esto tiene que ser una broma...

Apreté los dientes con fuerza.

—Dios... más te vale tener una buena explicación para esto.

Porque no era posible.

No en este mundo.

No en el de Crepúsculo.

A un lado, encerrados en una celda improvisada, estaban los niños. Algunos lloraban en silencio. Otros apenas se movían, acurrucados unos contra otros, con los ojos abiertos por puro miedo.

Y frente a ellos...

Una mujer.

Si es que a eso todavía se le podía llamar mujer.

Tenía la piel grisácea, reseca, agrietada. Los ojos, negros como un pozo sin fondo. No había compasión en su rostro. Ni cansancio. Ni siquiera furia.

Solo vacío.

Y una crueldad tan fría que daba más miedo que un grito.

Además, olía a putrefacción...era nuerte

No a sangre. No a tierra. A algo peor.

A algo muerto que todavía seguía caminando.

—Una maldita bruja... —susurré, sintiendo cómo se me endurecía la expresión—. Y no cualquier bruja.

Una imagen una pelicula se me cruzó de inmediato por la mente....Hansel y Gretel: Cazadores de brujas.— me lleva la madre—...Muy bien....Genial...Perfecto.

—dios...espero que esto tenga una explicación... —murmuré, mientras el enojo me subía por el pecho—. Porque si no, ... más te vale que no te vuelva a ver.

Me quedé inmóvil un segundo más, observando la escena completa.--Los niños...La celda.

Los símbolos.

Y algo dentro de mí... se acomodó....La duda desapareció.

El cansancio, el asco... todo quedó atrás.

Solo quedó una cosa.

Intención. determinacion

—...Se acabó —murmuré...— la partir la cara hasta no poder mas que se armen los putasos

sin vasilar Activé la intangibilidad una vez más.

Y atravesé la puerta...Sin hacer ruido...Sin aviso.

Directo hacia el infierno.

CONTINUARA

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