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Chapter 5 - Chapter 4: Energy Knowledge

Habían pasado seis años desde que Kira comenzó su entrenamiento con su abuela Sabuko. Ahora, a los diez años, se encontraba en la sala de práctica, concentrada. A su alrededor flotaban diez esferas de hierro, cada una de diez libras, suspendidas en el aire por su mera voluntad. Tenía los ojos cerrados, respiraba con calma, mientras pequeños movimientos de sus manos mantenían el equilibrio de los objetos.

El largo entrenamiento había dado sus frutos. A lo largo de todos esos años, Kira había asimilado todas las enseñanzas psíquicas de su abuela, perfeccionando su control sobre la energía espiritual, la percepción de presencias y la manipulación de objetos con la mente. Su abuela la observaba desde un rincón, satisfecha.

—Has progresado mucho, Kira —dijo Sabuko—. No solo puedes mover objetos, sino que ahora también puedes controlar la energía espiritual dentro y fuera de tu cuerpo, percibir intenciones y sentir presencias a tu alrededor.

Kira recordó las explicaciones que su abuela le había dado al comienzo de su entrenamiento:

Los psíquicos no dependen únicamente de la fuerza física ni de la técnica. Su poder proviene de la energía espiritual, una fuerza que nace de la concentración y la voluntad. La energía espiritual es un reflejo de tu estado mental: tus emociones, tus pensamientos y tu determinación influyen directamente en su intensidad. Los psíquicos pueden manipular objetos, percibir presencias y afectar la realidad a través de su energía, pero todo tiene un límite. Dominarla requiere paciencia, entrenamiento y autoconocimiento. Al controlar tu energía espiritual, puedes expandirla, concentrarla y usarla como arma, escudo o herramienta, según tus necesidades.

Durante esos años, Kira comprendió profundamente estos principios. Sabía que la energía espiritual no era magia, sino la manifestación de su voluntad y control mental sobre el entorno. Gracias a este conocimiento, no solo podía mover objetos con precisión, sino también percibir la intención de quienes la rodeaban, leer la atmósfera y sentir la presencia de otros seres casi instintivamente.

Ahora, mientras las esferas de hierro giraban suavemente a su alrededor, Kira sonrió para sí misma. Su entrenamiento no había sido en vano; su mente, cuerpo y espíritu funcionaban en perfecta armonía.

A pesar de sus pequeñas manos, Kira agarró sin esfuerzo una de las esferas de hierro y la sostuvo frente a ella. Gracias a su entrenamiento psíquico, podía controlar objetos pesados ​​sin dificultad, concentrando su energía espiritual tal como había aprendido de su abuela Sabuko.

Mientras lo hacía, recordó claramente las enseñanzas que su abuela le había dado años atrás:

"Kira, la energía vital es la fuerza que conecta mente, cuerpo y espíritu. No se trata de fuerza física pura, sino de cómo tu voluntad y tu concentración pueden influir en tu cuerpo y en lo que te rodea. Un guerrero que domina su energía vital puede mover objetos, aumentar su fuerza, incrementar su velocidad y percibir las intenciones de los demás. Pero recuerda: esta energía no es mágica; nace del control mental y emocional, de la disciplina y la comprensión de tu propio cuerpo y mente."

Kira cerró los ojos un instante, dejando que esas palabras conectaran con lo que ya había aprendido sobre la energía espiritual y sus habilidades psíquicas. Sabía que, en este mundo donde coexistían poderes extraordinarios y combates extremos, su entrenamiento le permitía comprender y reproducir instintivamente lo que otros lograban.

Kira salió de la sala de entrenamiento y, al abrir la puerta, encontró a su abuela esperándola afuera. Sabuko la miró con una sonrisa cálida y orgullosa.

—Kira —dijo en voz baja—, has logrado algo que yo jamás podría. Eres mejor vidente que yo.

Kira bajó la mirada, algo tímida, y respondió:

"Abuela… Todavía solo puedo usar mi poder psíquico. No he aprendido a invocar espíritus."

Sabuko se inclinó ligeramente hacia ella, colocando una mano sobre su hombro:

"Hijo mío, mi habilidad para invocar espíritus del más allá es innata. Pero con tu talento, estoy seguro de que tú también podrás lograrlo. Y si no, puedo enseñarte magia."

Kira alzó la cabeza, con los ojos brillando de curiosidad y determinación.

—¿Magia? —preguntó ella.

—Sí —dijo Sabuko con firmeza—. Para lograr esa hazaña, debes aprender rituales y hechizos. No es fácil, pero sé que tienes la capacidad de dominarlo si te lo propones.

Kira asintió lentamente, sintiendo que cada palabra de su abuela le abría un nuevo horizonte. Sabía que el camino sería largo, pero por primera vez sintió que la combinación de su poder psíquico y su conocimiento mágico podía llevarla más allá de cualquier límite.

Hoy Kira prácticamente se graduaba como psíquica, aunque sabía que aún le quedaba mucho por aprender: su misión no había terminado. Todavía no había logrado dominar la parte más compleja de sus habilidades, y el sistema seguía marcando objetivos pendientes.

Nunca había oído hablar de magia proveniente del mundo de Baki o Kengan Ashura, pero presentía que otro mundo debía estar involucrado de alguna manera. Kira miró sus pequeñas manos reflejadas en el estanque y susurró para sí misma:

"Este cuerpo débil puede volverse fuerte con lo que he aprendido… pero no es suficiente."

Gracias al conocimiento heredado de Maomao, su curiosidad creció aún más. Se dio cuenta de que las sirvientas obedecían todas sus órdenes sin cuestionarlas, y pronto reunió cientos de herramientas con la excusa de que quería crear maquillaje y perfumes naturales. Sin embargo, en secreto, estas herramientas le permitían producir venenos y medicinas.

Aunque poseía el conocimiento y las habilidades, aún tenía que enseñarle a su cuerpo a utilizarlos. Así que comenzó a experimentar: creó y consumió venenos no letales, exponiéndose a pequeñas dosis que fortalecerían su organismo. Poco a poco, su cuerpo fue sometido a un estrés controlado y, gracias a su tenacidad, logró recuperarse en cada ocasión.

Aún no había alcanzado la inmunidad total de Maomao, pero cada día se acercaba más. Kira sonrió para sí misma, sintiendo cómo su cuerpo y su mente comenzaban a adaptarse, comprendiendo que su débil condición física ya no era un obstáculo, sino un desafío que podía superar.

La habitación de Kira era grande para una niña de 10 años y muy diferente de lo que uno podría esperar. Todo era tradicional: no había juguetes ni objetos infantiles, sino estanterías repletas de libros. Además de su cama, había un escritorio grande con diversos materiales de investigación. En varios frascos llenos de un líquido verdoso, reposaban plantas y flores preservadas.

Ese era su espacio, su pequeño santuario, y Kira se sentía feliz allí. Al principio, sintió cierto temor al darse cuenta de que había adoptado las actitudes y pasiones de Maomao. Sin embargo, con el tiempo, descubrió que había desarrollado su propio amor por la ciencia.

Su fascinación por los venenos y la medicina pudo haber surgido al completar la misión y recibir los conocimientos y las cualidades de Maomao, pero en el fondo de su alma sabía que había aceptado esas habilidades por sí misma.

Un ejemplo de su independencia fue que no heredó la personalidad perezosa y sarcástica de Maomao. Esa parte del personaje permaneció ajena a ella; Kira solo tomó aquello que sentía que le pertenecía.

De repente, un sonido metálico familiar resonó en su mente y apareció una notificación:

[Sistema: Desafortunado-Afortunado] ¡Logro obtenido! "Convertirse en psíquico". Recompensa aleatoria obtenida: "Transferencia Mental". Descripción: El usuario puede transferir conocimientos y experiencia a otra persona, incluyendo teoría (idiomas, fórmulas, historia, estrategias) y práctica física (deportes, artes marciales, danza, instrumentos). El receptor aprende instantáneamente tanto la teoría como la ejecución física, como si su cuerpo lo recordara automáticamente.]

Kira parpadeó sorprendida. Esta nueva habilidad le abría un abanico infinito de posibilidades: podía enseñar al instante lo que sabía a otros sin depender del tiempo ni de la práctica habitual.

Kira cerró los ojos un instante, asimilando el mensaje del sistema. Transferencia Mental. Su corazón se aceleró al imaginar las posibilidades. Ahora podía reunir y crear su propia facción.

Sonrió al pensar en todo lo que podía hacer. Amaba profundamente a sus padres y apreciaba cada muestra de cariño y protección que recibía de ellos. Pero por primera vez, sintió que podía valerse por sí misma, sin depender completamente de nadie. Su cuerpo era infantil, incluso frágil, pero en su interior recordaba con claridad la vida adulta que había tenido antes. Ese recuerdo de quién era, de lo que había logrado y aprendido, la hacía sentir fuerte.

"Puedo… puedo enseñar todo lo que sé… o aprender de los demás, sin límites", se susurró a sí misma. "No importa que mi cuerpo sea pequeño. Mi mente… mi mente es poderosa".

Ese pensamiento la llenó de determinación.

Pasaron varios días, pero para Kira la rutina no era una molestia; al contrario, la encontraba reconfortante. Sabía que, para graduarse y labrarse un futuro exitoso en la universidad, debía aprovechar al máximo cada momento y dedicar su infancia por completo. Cada hora de estudio, cada página leída y cada experimento realizado eran semillas que darían fruto cuando creciera. Ahora comprendía claramente que su futuro dependería directamente del esfuerzo y la dedicación que pusiera en estos primeros años de su vida.

Hoy fue un día peculiar; por primera vez, la rutina no parecía monótona. Su abuelo, Mitsunari Tokugawa, la había invitado a su arena subterránea. Al principio, sus padres se negaron, preocupados por la seguridad de Kira, pero tras insistir y recibir la promesa de Mitsunari de que si a Kira no le gustaba, nunca más la involucraría, accedieron.

Frente a la mansión Tokugawa, Kira fue recogida en un lujoso automóvil con ventanas tintadas. El pasajero bajó para abrirle la puerta y la saludó con una reverencia.

"Señorita Tokugawa".

Al entrar en el coche, vio a su abuelo sentado con una cálida sonrisa. Mitsunari, con entusiasmo y un brillo en los ojos, dijo:

"Kira-chan, tienes que ver la arena subterránea. Allí, los mejores luchadores no pelean por dinero ni fama; pelean para demostrar su fuerza y ​​poner a prueba su voluntad."

Kira miró al anciano, pero gracias a su talento para la actuación, no dejó entrever ninguna emoción en su rostro. Sabía que uno podía emocionarse viendo esas cosas en un anime, pero era muy diferente presenciarlo en la vida real: sentir la tensión, la adrenalina y el fanatismo de su abuelo.

Ya en la entrada del estadio, bajaron del coche y fueron escoltados por guardaespaldas hasta las puertas del recinto.

Al entrar, Mitsunari no dejó de alardear y de explicar los motivos por los que había decidido crear la arena.

"Hace años, observé que el verdadero poder de un hombre no se mide solo por la fuerza o el dinero", comenzó diciendo. "Para entrenar y descubrir a los más fuertes, necesitaba un lugar donde los mejores luchadores pudieran enfrentarse sin restricciones, donde pudieran poner a prueba su voluntad y sus límites. Así nació la Underground Arena".

Gracias a su memoria agudizada, Kira recordaba cada detalle de su vida pasada y, en su mente, reconstruyó la historia: aunque la entrada parecía la de un simple estadio, Mitsunari había llegado a un acuerdo con el gobierno. Solo accedió a financiar el proyecto si se le permitía construir seis plantas subterráneas bajo el Tokyo Dome, con una superficie total de 320 000 metros cúbicos. Era un proyecto titánico, secreto y bajo su absoluto control.

—La arena principal —continuó Mitsunari con un brillo en los ojos— es un campo de combate octogonal con suelo de arena. Tiene dos zonas: la del Byakko, el Tigre Blanco, y la del Seiryuu, el Dragón Azul. Aquí, los luchadores ponen a prueba toda su fuerza, su estrategia y su espíritu. Hay 1500 asientos para los espectadores, seleccionados mediante rutas especiales para garantizar la absoluta confidencialidad. Nadie entra por casualidad.

Al cruzar la fachada del estadio, cada paso le recordaba que entraba en un mundo donde la fuerza, la habilidad y la estrategia se entrelazaban, y donde secretos que aún desconocía podían revelarse en cualquier combate. La magnitud de la arena, el control absoluto que Mitsunari ejercía sobre cada detalle y el aura de poder que emanaba del lugar le provocaban una mezcla de respeto y fascinación.

Kira observó cómo la multitud vitoreaba al ganador del combate. Según su abuelo, cada mes se celebraba una pelea; cualquier artista marcial podía participar, incluso los campeones, pero la arena siempre tenía un campeón, y este debía defender su posición ante cualquier retador.

Mitsunari observaba a su nieta desde arriba, mientras el personal ayudaba al luchador noqueado. Su cuerpo yacía cubierto por la arena dorada del campo.

—¿Qué tal te sentiste? —preguntó Mitsunari, curioso por la reacción de Kira.

En su mente, Kira analizó la situación. No había visto nada impresionante. Los dos luchadores que se enfrentaban habrían sido imposibles de vencer en su vida anterior, pero ahora, incluso con su cuerpo débil, podía superarlos fácilmente con sus habilidades psíquicas. Comparados con los personajes reales de Baki, estos luchadores eran aficionados; incluso los campeones de boxeo parecían simples personajes no jugables. Sus expectativas eran mucho mayores.

A pesar de su expresión cansada, Kira dijo:

«Fue interesante, pero aburrido. Pensé que los luchadores hablarían y harían cosas sorprendentes. En los documentos que leí en la biblioteca de la mansión, Mushashi Miyamoto podía cortar espadas como si fueran papel, partir a sus enemigos por la mitad e incluso, con un solo puñetazo, separar la cabeza de la columna vertebral de alguien».

Mitsunari no supo cómo responder. Su nieta, tan pequeña, hablaba de asesinatos como si fueran hechos históricos, no las palabras de una niña.

El anciano respiró hondo y dijo:

"Entonces, ¿quieres volver el mes que viene?"

Kira negó con la cabeza:

"No, abuelo… estoy muy ocupada estudiando con la abuela".

Mitsunari, algo triste y un poco decepcionado, suspiró:

«Parece que has heredado la opinión de tus padres. Kenzo y Nanami te han educado bien. Estudia mucho… conviértete en médico, científico, abogado o incluso en primer ministro si quieres. Eres un Tokugawa. Aunque no sigas nuestra opinión, cuentas con todo mi apoyo».

El pequeño cuerpo de Mitsunari abrazó a su nieta, que apenas le llegaba al pecho. En ese instante, Kira sintió todo el cariño y la confianza de su familia. Esperaba algún rechazo, como con su padre, pero el anciano le demostró su amor, algo que le conmovió profundamente. Aceptó el abrazo.

Kira siguió a su abuela hasta la parte trasera de la mansión Tokugawa. Hasta ese momento, solo conocía el patio, pero sabía que tras él se extendía un gran bosque. La mansión estaba situada en la cima de una colina, prácticamente en las afueras de Tokio. Esta vez, no había guardias siguiéndolas; su abuela había logrado convencerlos de que las dejaran ir solas.

Entre los árboles, el bosque se abría en un claro perfectamente circular. El suelo era liso y despejado, sin hierba ni troncos que lo obstaculizaran.

"Kira, la mansión Tokugawa fue mi residencia, pero cuando tu padre se casó, se la cedí. Pasé mi juventud y mi adultez viviendo aquí, así que todo mi conocimiento está oculto en este lugar", dijo Sabuko mientras un gesto de su mano disipaba una ilusión.

Desde el suelo emergían unas escaleras de piedra que descendían bajo tierra.

—Ven, Kira, sígueme. Lo que viste no fue más que un hechizo de ocultación —explicó Sabuko.

Mientras descendían, aparecieron piedras brillantes en las paredes, iluminando el camino como si fueran antorchas. Cinco minutos después llegaron a una gran sala, tan ancha como una cancha de baloncesto.

Kira examinó el lugar y vio una pequeña estantería con unos 400 libros antiguos. Algunos carecían de cubiertas, dejando sus páginas al descubierto. Sin embargo, de algunos de esos libros emanaba una oscura sensación, casi palpable. Gracias a su entrenamiento psíquico, Kira pudo percibir las emociones que contenían: estaban malditos.

Sabuko se detuvo frente a su nieta y abrió los brazos solemnemente.

"Kira, nieta… este es mi último regalo para ti. Todo el conocimiento mágico que poseo es tuyo. Desde el hechizo más sencillo hasta el más oscuro, todo te pertenece."

Kira observó la expresión de su abuela. Nunca la había visto así; era intensa, profunda, casi inquietante. En su mente, la comparó con la de alguien con rasgos psicopáticos, aunque no tenía miedo porque sabía que la oscuridad nunca se dirigía hacia ella.

Kira se sentó frente a su abuela, con la luz de las piedras brillando suavemente sobre sus rostros. Sabuko respiró hondo y comenzó a hablar con voz firme y clara:

"Kira, la magia no se trata solo de invocar espíritus o controlar energías. Es una fuerza que conecta todo lo que existe: materia, energía, tiempo y espacio. Es la esencia misma del universo, y lo que llamamos hechizos o rituales no es más que una forma de canalizar esa energía."

Kira ladeó la cabeza, tratando de comprender.

«Piensa en la energía espiritual que ya conoces o en la energía vital», continuó Sabuko. «La magia funciona de manera similar: fluye por todas partes, pero no todos pueden percibirla ni usarla. Para controlarla, necesitas concentración, disciplina y comprender tus propios límites».

"Entonces… ¿puedo moldearlo con mi voluntad?", preguntó Kira.

—Sí —asintió Sabuko—, pero recuerda: la magia no tiene moral propia. Solo refleja lo que hay en tu corazón. Si tu intención es noble, su efecto será constructivo; si es egoísta o maliciosa, puede volverse peligrosa incluso para ti. Cada hechizo, cada gesto, cada palabra que usas es una extensión de tu voluntad, de tu energía vital.

Kira respiró hondo, recordando todo lo que había aprendido sobre su energía espiritual y su entrenamiento psíquico:

—Entonces mi energía vital y mi magia están conectadas —susurró—. Si entiendo bien cómo funciona mi energía, podré usar la magia correctamente.

Sabuko sonrió, extendió la mano y un suave resplandor azul danzó entre sus dedos.

Kira cerró los ojos, concentrándose en el hilo de energía que Sabuko le había mostrado. Su abuela continuó, con voz firme pero tranquila:

"Kira, hay algo que debes entender sobre la magia: aunque es poderosa, no es ilimitada. Cada hechizo que realizas tiene un precio. Usarla puede agotar tu energía vital, desgastarte físicamente o incluso afectarte mentalmente si no controlas tu voluntad."

Kira abrió los ojos, intrigada.

"¿Como cuando me siento cansada después de usar mi chi (energía vital)?", preguntó.

—Exacto —asintió Sabuko—. La magia es similar, pero más compleja. Además, algunos hechiceros dependen de fuentes externas: entidades, artefactos o incluso planos mágicos que canalizan energía. Sin ellos, muchos hechizos no funcionarían.

Kira frunció el ceño, asimilando la idea.

"Entonces… ¿mi energía no es suficiente?"

Para algunos hechizos muy sencillos, sí. Pero para los más complejos, necesitarás recurrir a algo externo, aunque solo sea para guiar tu fuerza. Y por último —Sabuko hizo una pausa para enfatizar—, debes saber que la magia puede ser vulnerable. Otros hechiceros pueden anular tus hechizos, o incluso tu magia puede ser neutralizada por fuerzas opuestas. Nunca olvides que siempre hay alguien más poderoso o circunstancias que pueden superarte.

Kira asintió lentamente, comprendiendo que el poder no es absoluto:

"Entonces, debo aprender a medir mi fuerza, comprender mis límites y respetar la energía que manejo."

Sabuko sonrió y se acarició el cabello:

—Exacto, Kira. Dominar la magia no se trata solo de lanzar hechizos; se trata de conocer tus propios límites, proteger tu energía y aprender a interpretar el flujo de poder que te rodea. Solo así podrás usarla con sabiduría y seguridad.

Kira volvió a cerrar los ojos, dejando que cada palabra de su abuela quedara grabada en su mente.

Aunque Sabuko ya había mostrado en ocasiones cierta inclinación hacia la oscuridad, jamás intentó desviar ni manchar el camino de Kira. Sabía que su nieta no debía seguir sus pasos ni repetir sus errores. Su única misión era enseñarle todo lo que sabía, brindarle las herramientas y el conocimiento necesarios para que pudiera tomar sus propias decisiones.

—Kira —dijo Sabuko con tono serio pero tranquilo—, todo lo que aprendas aquí, tanto los hechizos sencillos como los más oscuros, estará a tu alcance. Pero recuerda: cómo uses este poder dependerá únicamente de ti. Puedes convertirte en una maga benevolente que ayuda a los demás, o elegir un camino más oscuro y convertirte en una bruja que siembra el miedo y la destrucción.

Kira escuchó atentamente, comprendiendo que la responsabilidad de su poder no recaía en su abuela, sino en ella misma.

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