Ficool

Chapter 2 - Capítulo 2: El Examen de Tobirama

El amanecer encontró a Kaito despierto.

No había podido dormir. Cada vez que cerraba los ojos, las dos memorias peleaban en su cabeza como bestias enjauladas. Recordaba el olor del café por las mañanas en su vieja vida, y al segundo siguiente sentía el frío de la tierra húmeda de esta nueva realidad. Recordaba el rostro de su madre —la de verdad, la de su mundo— y luego veía las caras vacías de los otros huérfanos a su alrededor.

Pero cuando los primeros rayos de sol atravesaron las grietas de la madera, Kaito se puso en pie.

Sobrevive esta noche, había dicho Tobirama.

Lo había logrado. Ahora tocaba lo difícil.

El edificio de la Academia era imponente incluso en aquellos tiempos primitivos. Madera oscura y piedra, con el símbolo de la Hoja recién tallado sobre la entrada principal. Kaito se mezcló con otros niños —todos más limpios, mejor alimentados, con ropas que no eran harapos— y esperó.

Su nuevo instinto, ese sexto sentido que había descubierto la noche anterior, no dejaba de palpitar. Cientos de firmas de chakra a su alrededor. La mayoría pequeñas, inconsistentes, como velas a punto de apagarse. Pero algunas... algunas ardían con intensidad. Niños prodigio, supuso. Hijos de clanes poderosos.

—¡Silencio!

La voz cortó el aire como un latigazo. Tobirama Senju estaba frente a ellos, y a su lado, un hombre mayor de mirada cansada pero brazos gruesos como troncos. Hiruzen? No. Demasiado mayor. Su padre, quizás.

—Este es el examen de ingreso al programa especial —anunció Tobirama, sin preámbulos—. Pasarán tres pruebas. Inteligencia. Habilidad. Combate. Los que sobrevivan, servirán directamente bajo mi supervisión.

Sobrevivan. La palabra resonó en el silencio. Nadie se movió.

—Primera prueba. Inteligencia.

Tobirama sacó un pergamino y lo desenrolló. En él había un problema escrito en caligrafía antigua. Kaito entrecerró los ojos para leerlo:

"Tres shinobis deben cruzar un río infestado de enemigos. Tienen una balsa que solo soporta a dos personas a la vez. El primero tarda 1 minuto en cruzar. El segundo tarda 2 minutos. El tercero tarda 5 minutos. ¿Cuál es el tiempo mínimo para que los tres crucen?"

Kaito parpadeó.

¿En serio? ¿Un problema de balsa?

A su alrededor, los niños fruncían el ceño. Algunos levantaban la mano para preguntar. Otros hacían cálculos con palos en la tierra. Kaito sintió una oleada de algo muy parecido a la nostalgia. En su mundo, esto era un problema de lógica de secundaria. Aquí, parecía un acertijo imposible.

—¿Alguien? —preguntó Tobirama, impaciente.

Nadie respondió.

Kaito dudó. Si respondía demasiado rápido, delataría que no era normal. Si no respondía, perdería la oportunidad de entrar en el programa. Y necesitaba entrar. Necesitaba estar cerca del poder, entender este mundo, encontrar un propósito.

—Diez minutos —dijo en voz baja.

Todos se giraron. Tobirama alzó una ceja.

—Explica.

Kaito tragó saliva. Había cruzado el punto de no retorno.

—Van dos juntos. El de 1 minuto y el de 2 minutos cruzan primero. Tardan 2 minutos. El de 1 minuto vuelve con la balsa. Tarda 1 minuto más. Total: 3 minutos. Luego cruzan el de 5 minutos y el de 1 minuto. Tardan 5 minutos. Total: 8 minutos. El de 1 minuto vuelve. Tarda 1 minuto. Total: 9 minutos. Finalmente, cruzan el de 1 minuto y el de 2 minutos. Tardan 2 minutos. Total final: 11 minutos.

Silencio.

Tobirama lo miró largo rato. Luego, algo brilló en sus ojos. No era admiración. Era... curiosidad. El mismo tipo de curiosidad que un científico siente ante un espécimen extraño.

—Once minutos —repitió—. La respuesta correcta.

Los otros niños murmuraron. Algunos con envidia. Otros con rabia. Kaito sintió sus miradas como agujas en la nuca.

—Segunda prueba. Habilidad —continuó Tobirama, ignorando el revuelo—. Seguidme.

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El campo de entrenamiento era un claro en el bosque, rodeado de árboles altísimos. En el centro, un poste de madera de unos diez metros.

—Deben llegar a la cima —explicó Tobirama—. Sin manos. Solo usando los pies y el control de chakra.

Kaito observó el poste. Liso. Resbaladizo. Los niños comenzaron a intentarlo, pegando las plantas de los pies a la madera y subiendo centímetro a centímetro. Algunos caían. Otros lograban avanzar.

Cuando llegó su turno, Kaito apoyó el pie derecho en el poste.

Y entonces lo sintió.

El chakra.

Podía sentirlo fluir desde algún lugar profundo de su cuerpo, como agua caliente recorriendo sus venas. Sin pensar, sin saber cómo, lo dirigió hacia la planta de su pie. Una capa fina, pegajosa, invisible.

Caminó hacia arriba.

No trepó. Caminó. Con la misma naturalidad con la que alguien sube unas escaleras. Diez segundos después, estaba en la cima. Miró hacia abajo. Tobirama lo observaba con los brazos cruzados.

No hagas esto, pensó Kaito. No llames tanto la atención.

Pero ya era tarde.

—Baja —ordenó Tobirama.

Kaito obedeció. Cuando sus pies tocaron tierra, el Segundo Hokage estaba a menos de un metro de distancia.

—¿Quién te enseñó a hacer eso? —preguntó. Su voz no era acusatoria. Era directa. Quería respuestas.

—Nadie —respondió Kaito con honestidad—. Simplemente... lo sentí.

Tobirama entrecerró los ojos.

—Sientes el chakra, ¿verdad? No solo el tuyo. El de los demás.

Kaito no respondió. No hizo falta. El silencio era respuesta suficiente.

—Interesante —murmuró Tobirama, más para sí que para Kaito—. Muy interesante.

Dio media vuelta y se alejó.

—Tercera prueba. Combate. —Señaló a Kaito y luego a otro niño, un chico mayor, con el símbolo del abanico Uchiha en la espalda—. Tú y tú. En el centro. A muerte o hasta que yo lo pare.

El niño Uchiha sonrió. Una sonrisa fría, calculadora.

Kaito sintió su chakra. Ardiente. Agresivo. Como un incendio a punto de desatarse.

Genjutsu, pensó Kaito instintivamente. Si puedo enredar su mente antes de que...

—¡Ya! —ordenó Tobirama.

El Uchiha se lanzó como una flecha. Rápido. Letal.

Y Kaito, sin saber cómo, se movió.

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