Te vi al amanecer,
envuelta en bruma,
como un secreto que guarda la espuma.
Tus ojos,
dos lunas de un cielo sin nombre,
me hablaron de amores que el tiempo esconde.
Tus labios decían lo que el alma callaba,
un temblor de vida,
una dicha olvidada.
Y en ese instante,
tan breve y sagrado,
mi corazón fue un templo consagrado.
Dejé tras de mí la ruta del hombre,
que busca fortuna,
poder y renombre.
Por ti,
renuncié a la gloria y la espada,
por tu voz que al viento dejaba su nada.
Mas llegó la tarde,
con su manto incierto,
y el sol,
muriendo,
cubrió tu desierto.
Te fuiste,
amor mío,
sin decir adiós,
dejando en mi pecho un eco feroz.
Desde entonces,
cada rosa en mi jardín
lleva el perfume que tuvo tu fin.
Y cuando el silencio me viene a buscar,
te encuentro dormida...
en mi soledad.
