Nota del compilador
Durante el período de burlas y negación, los supuestos avistamientos se multiplicaron de forma exponencial.
Miles de registros circularon por la red:
imágenes borrosas, sombras mal enfocadas, sonidos grabados desde teléfonos antiguos, siluetas que desaparecían antes de poder ser identificadas.
La mayoría de esos archivos no sobrevivieron.
No porque fueran falsos,
sino porque existían únicamente en internet.
Y el internet fue una de las primeras cosas que dejó de existir.
Hoy, reconstruir ese período depende casi por completo del testimonio oral de los sobrevivientes. Relatos repetidos, fragmentados, alterados por el miedo y el paso del tiempo.
Sin embargo, uno de ellos conservaba algo distinto.
Un archivo visual.
Un registro que nunca debió salir al aire…
y que, precisamente por eso, se volvió imposible de borrar.
[Archivo 19 – Transmisión noticiosa / En vivo / Mediodía]
La imagen aparece con interferencias. El logo del noticiero se mantiene en una esquina de la pantalla. El presentador habla con rapidez, leyendo directamente desde un teleprónter.
—Hace apenas unos minutos se registró un incidente durante una misión científica en aguas profundas —dice—. Las autoridades han informado que se trata de una falla técnica aislada.
La imagen cambia.
La transmisión pasa a una cámara en cubierta. El movimiento es brusco, inestable. No parece preparada para salir al aire.
Se escuchan gritos.
—¡Muévanlo, muévanlo ahora!
—¡Corten la transmisión!
—¡¿Dónde está el operador?!
La cámara se sacude mientras varios hombres corren de un lado a otro del barco. Algunos llevan trajes científicos, otros chalecos de seguridad. Sus rostros no reflejan confusión.
Reflejan pánico.
—¡No debimos bajar tan profundo! —grita alguien.
La cámara gira bruscamente hacia la borda.
Allí se ve el submarino científico parcialmente fuera del agua, sostenido por grúas. Su estructura metálica está dañada.
No aplastada.
No perforada.
Marcada.
Surcos profundos recorren el casco. Curvos. Irregulares. Paralelos.
Como si algo hubiera intentado morderlo.
—Eso no es presión —dice una voz, casi en susurro—. Eso no es presión…
Un silencio incómodo se filtra incluso a través del ruido del mar.
—¡Corten! —se escucha—. ¡Corten ya!
La imagen se congela por un segundo.
Luego vuelve abruptamente al presentador en estudio.
Su expresión ha cambiado.
—Lamentamos la interrupción —dice, tragando saliva—. La señal desde la embarcación se ha perdido momentáneamente.
Hace una pausa.
—Reiteramos que no existe peligro alguno para la población. El incidente está siendo evaluado por especialistas.
El presentador mantiene la mirada fija en cámara.
Demasiado fija.
—Continuamos con otras noticias.
La transmisión cambia de tema.
Nota del compilador
La señal no se perdió.
Fue cortada.
Ese detalle fue confirmado por más de un sobreviviente que trabajó en medios durante esa época.
El error no fue mostrar el submarino dañado.
Fue mostrar a los científicos.
El pánico no se puede fingir.
Y no se puede explicar después.
Ese registro nunca volvió a emitirse.
Fue eliminado de los archivos oficiales en cuestión de horas.
Pero alguien lo grabó desde su casa.
Y lo guardó.
Cierre del fragmento
Después de ese día, las burlas disminuyeron.
No desaparecieron.
Pero se volvieron más defensivas.
Cuando el miedo comienza a filtrarse en los gestos de quienes deberían saber qué ocurre,
la negación deja de ser una opción cómoda.
Y el océano,
que durante siglos fue sinónimo de misterio,
comenzó a ser percibido como algo peor:
Un lugar que había estado ocultando algo
mucho antes de que la humanidad decidiera mirar
Nota del compilador
Después de ese archivo, algo se quebró.
No de manera abrupta.
No de forma visible.
Pero el mundo dejó de ser el mismo.
Aun cuando muchos insistieron en llamarlo error técnico, montaje o mala interpretación, las pruebas se habían mostrado en vivo. Sin filtros. Sin edición previa. Sin el margen habitual para negar.
La mentira necesitó más esfuerzo.
Y no todos estuvieron dispuestos a seguir sosteniéndola.
El siguiente registro corresponde a uno de los primeros momentos en que el impacto fue inmediato y personal.
[Archivo 20 – Interior / Tarde / Valparaíso]
La cámara está encendida, apoyada sobre un mueble del living. No parece una grabación planeada. El encuadre es torcido, improvisado.
El noticiero sigue encendido en segundo plano, pero ya transmite otra noticia. El presentador habla de economía. El tono es normal. Forzado.
Matías está sentado en el sillón. No habla. Tiene las manos juntas, apoyadas en las rodillas.
Sebastián está de pie, con los brazos cruzados, mirando fijamente la pantalla, como si esperara que algo más apareciera.
—Eso… —dice Matías finalmente—. Eso no fue montaje.
Su voz suena baja. No busca convencer. Solo constatar.
Sebastián no responde de inmediato.
—No —dice después—. No lo fue.
En el fondo del encuadre, los padres de Matías permanecen de pie. No se miran entre ellos. Ambos observan la televisión con expresiones tensas, como si ya no esperaran información… sino confirmación de algo peor.
—¿Viste las marcas? —pregunta Sebastián—. No eran golpes. No eran cortes.
Matías asiente lentamente.
—Parecían… —se detiene—. Como mordidas.
El silencio se vuelve espeso.
La madre de Matías se lleva una mano al pecho.
—Eso no es posible —dice—. No puede serlo.
—Lo fue —responde Sebastián, sin dureza—. Lo vimos.
El padre de Matías exhala con fuerza.
—Eso salió en vivo —dice—. No pueden decir que fue falso.
Nadie responde.
En la televisión, el presentador sonríe levemente mientras introduce el siguiente segmento, completamente ajeno a lo que acaba de ocurrir minutos antes.
Sebastián rompe el silencio.
—Hasta ahora —dice—, todo podía descartarse.
Matías levanta la vista.
—¿Y ahora?
Sebastián tarda unos segundos en responder.
—Ahora alguien tiene que explicar qué fue eso —dice—. Y no lo están haciendo.
La cámara sigue grabando. Ninguno vuelve a hablar.
Nota del compilador
Sería lógico pensar que, después de aquel error en vivo, el internet se volvió un caos.
Que los videos se multiplicaron.
Que la gente compartió fragmentos sin control.
Que la verdad explotó de forma inmediata.
Pero eso no fue lo que ocurrió.
Los pocos sobrevivientes con los que hablé, aquellos que presenciaron ese momento en tiempo real, coinciden en algo inquietante:
El silencio fue casi instantáneo.
Cualquier intento de subir fragmentos del incidente del submarino era eliminado en cuestión de minutos. A veces en segundos. Las cuentas eran suspendidas sin explicación. Los enlaces dejaban de funcionar.
No hubo tendencia.
No hubo debate prolongado.
No hubo repetición.
El mismo gobierno del país donde ocurrió el incidente emitió un comunicado pocas horas después.
Según la versión oficial, el submarino científico había sufrido daños estructurales debido a una caída de rocas en una fosa marina inestable. Un accidente geológico.
Una explicación técnicamente plausible.
Suficientemente vaga.
Suficientemente tranquilizadora.
Un intento deliberado de borrar lo que había sido visto.
El archivo que sigue no es una grabación antigua.
Es una entrevista que realicé durante mis viajes.
[Archivo 21 – Entrevista / Exterior / Sin fecha]
La cámara se enciende lentamente. El encuadre muestra a un hombre anciano sentado frente a mí. Su postura es encorvada. Sus manos tiemblan ligeramente.
El viento mueve la vegetación a nuestro alrededor.
—Usted estaba viendo la transmisión —le digo—. La del submarino.
El hombre asiente sin mirarme.
—Sí —responde—. Estaba almorzando.
—¿Qué pasó después? —pregunto—. Después de que cortaron la señal.
El anciano guarda silencio unos segundos.
—Nada —dice finalmente—. Y eso fue lo peor.
Levanta la vista por primera vez.
—Intenté buscarlo otra vez. Pensé que había imaginado algo. Cambié de canal. Volví. Ya no estaba.
Hace un gesto con la mano, como borrando algo en el aire.
—Prendí el computador. Nada. El video no existía. Nadie hablaba de eso.
—¿Intentó subir algo? —pregunto.
El hombre suelta una risa seca.
—Un vecino lo grabó con el celular —dice—. Quiso mandárselo a su hijo. No pudo. El archivo desapareció del teléfono. Como si nunca hubiera estado ahí.
Aprieta los labios.
—Entonces salió el comunicado.
—¿Lo creyó? —pregunto.
El anciano niega lentamente.
—No —dice—. Porque yo vi las marcas.
Se queda en silencio.
—Eso no fue una roca —añade—. Y ellos lo sabían.
—¿Qué sintió en ese momento? —pregunto.
El anciano tarda en responder.
—Que algo muy grande había pasado —dice—. Y que nadie iba a dejarnos hablar de ello.
Mira hacia un punto indefinido.
—Después de eso… —continúa— la gente dejó de compartir cosas. No por miedo a lo que había ahí afuera.
Hace una pausa.
—Por miedo a darse cuenta de que ya no podían confiar en nada.
La grabación se corta.
Nota del compilador
Esa fue la verdadera ruptura.
No el ataque.
No el avistamiento.
No la criatura.
Sino la certeza de que la verdad podía ser mostrada en vivo…
y aun así desaparecer.
Después de ese día, muchos dejaron de grabar.
No porque no ocurrieran cosas,
sino porque comprendieron que registrarlas ya no garantizaba que existieran.
Y cuando la memoria comienza a ser controlada,
el colapso deja de ser una posibilidad
y se convierte en una cuestión de tiempo.
