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Superior Leonel

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Chapter 1 - Superior Lionel

El aire era una pesada manta de ceniza y dolor. Entre las ruinas humeantes de lo que una vez fue un santuario, una silueta diminuta se abría paso. Leonel, de apenas ocho años, no caminaba; flotaba en un limbo de shock y adrenalina. Sus ojos, demasiado grandes para su rostro manchado de hollín, no veían los cuerpos destrozados como personas, sino como fragmentos rotos de un mundo que ya no entendería. El olor a carne quemada y plástico derretido se le había clavado en las fosas nasales, un perfume que nunca olvidaría. Un pensamiento, afilado como un trozo de vidrio, cortaba la niebla de su mente: Kimberly. Tengo que encontrar a Kimberly. Necesito ayuda. No era una esperanza, era una directiva, un último anclaje a la cordura.

De las sombras danzantes proyectadas por el fuego, emergieron formas. Soldados. Sus siluetas eran distorsionadas y grotescas por el calor intenso. Uno de ellos se acercó, sus botas crujían sobre el esqueleto de una casa. La cara del niño se contrajo en una máscara de desafío puro, instinto animal sin un ápice de miedo. Sus manos, temblorosas, buscaron el metal frío de un pistola abandonada, un peso absurdo e inútil en su puño. Antes de que pudiera levantarla, una sombra más densa se materializó tras el soldado. No hubo un grito, solo un sordo chasquido, un silencio violento y el cuerpo del hombre se desplomó como un marioneta cortado. Luego, otra figura, casi etérea en el humo, se movió con una gracia letal, seguida por dos más. No eran un ejército; eran una cirugía, una extirpación precisa y brutal de la amenaza. La matanza duró segundos. Cuando cesó, el único sonido era el crepitar de las llamas devorando los restos de la civilización.

La primera figura, la epicentro de aquella calma destructiva, se arrodilló. Su voz era un grave resonante, desprovisto de empatía, lleno de una certeza antediluviana. "Está a salvo, niño."

La respuesta de Leonel fue un susurro ronco, negando la realidad misma. "No."

"¿Cómo te llamas?" La figura no lo miraba con compasión, sino con la intensidad de un científico observando un espécimen raro y valioso.

"Leonel."

"Yo soy Armand", dijo la figura, y el nombre pareció pesar en el aire. "No temas. Te protegeré. Te enseñaré a no ser una víctima. Te enseñaré a ser la espada que corta el cáncer de este mundo."

El amanecer trajo un cielo gris de luto. No hubo funeral, solo el silencio de los supervivientes enterrando a sus muertos en fosas comunes, una procesión de almas rotas bajo una lluvia fría. Armand se convirtió en la sombra de Leonel, su constante, su torturador y su salvador. Los años siguientes no fueron una educación, fueron una forja. Le enseñó a Leonel el Krav Maga, el Systema, el Eskrima. Le enseñó a desarmar un hombre en tres segundos, a estrangularlo con su propia chaqueta, a convertir una piedra, un trozo de madera, un trozo de cristal, en un arma. Le enseñó a sentir el pulso de una habitación, a leer la microexpresión de una mentira, a anticipar el movimiento antes de que se inicie. Leonel no crecía, se endurecía. Su cuerpo se convirtió en un mapa de cicatrices, su mente en un fortín de lógica fría y estrategia despiadada.

La prueba final fue en un monasterio abandonado en las cimas de las montañas de Nepal, el viento ululaba como una bestia herida. Abajo, en el patio de piedra, esperaban un grupo de asesinos de la Yakuza, contratados para poner a prueba al alumno. Armand le entregó a Leonel una katana forjada en acero al carbón. El frío de la empuñadura se sentía como una extensión de su propio hueso.

"Todo es tu enemigo, Leonel", dijo Armand, su voz cortando el viento. "El aire que respiras, el suelo bajo tus pies, la memoria de lo que perdiste. Todo. Úsalo o te consumirá".

El primer choque de acero fue un relámpago que iluminó el rostro decidido de Leonel. Su oponente, un hombre con el rostro marcado por tatuajes, atacó con ferocidad. Leonel respondió con un ataque bajo, una cuchillada rápida hacia las rodillas, pero Armand, observando desde los escalones, intervino con la suya, bloqueándolo sin esfuerzo. Leonel, sin vacilar, giró su muñeca en un fluido movimiento ascendente, una puñalada hacia el corazón, pero de nuevo fue parada.

" Eso es lo que te he enseñado", dijo Armand. "La mecánica. La técnica. Un mono puede aprenderla".

"No", siseó Leonel, sus ojos ardían con un fuego que no era del entrenamiento. "Esto es solo el lenguaje. Ahora hablo".

Armand avanzó. No fue un ataque, fue una avalancha. Su espada cantó en el aire, una sinfonía de acero y muerte. Una diagonal descendente, una estocada recta, un corte inverso, un giro de muñeca que parecía romper las leyes de la física. Leonel no bloqueaba, desviaba. Sus pies bailaban una muerte precisa sobre la piedra helada, deslizándose, girando, siempre a un milímetro del filo. Se sentía el peso de cada parada en sus huesos, el impacto vibrando hasta sus dientes. Tras la ofensiva cegadora, Armand ejecutó un movimiento simple, casi vulgar: un golpe seco con la punta de su botas en el peroné de Leonel. El dolor fue eléctrico. La rodilla de Leonel se dobló y cayó de rodillas, la katana cayendo con un clangor resonante. La hoja de Armand se posó en su garganta, fría como una lápida.

"¿Eso es todo?", preguntó Armand, sin un ápice de arrogancia, solo como un estado de hecho.

"Lo verás", replicó Leonel, y su pierna se disparó en una garra violenta, barrando los pies de Armand. El mentor perdió el equilibrio por una fracción de segundo, una eternidad en su mundo. Fue suficiente. Cayó hacia atrás, y en ese instante, Leonel ya estaba sobre él, rodilléndole el pecho, la punta de su katana presionando el tejido sobre su corazón. La respiración de Leonel era pesada, pero sus ojos estaban claros, fríos como el hielo.

"Ríndete. He ganado".

Armand sonrió, una expresión casi imperceptible. "Nunca te rindas. Solo cambias de posición". Su pierna se enroscó en la de Leonel con una fuerza de una prensa hidráulica, y tiró. Leonel cayó hacia adelante, perdiendo su ventaja. Armand rodó, se puso en pie con una agilidad que contradecía su edad y estatura, y se quedó mirando a su alumno caído.

"Eres talentoso. Un prodigio", admitió Armand. "Pero el talento es una maldición si no está temperada por una verdad insoportable".

Leonel se incorporó, limpiándose la sangre de un labio roto. "¿Qué verdad? ¿Dime cómo salvo este mundo? ¿Cómo extirpo la maldad y planto una paz que no se pudra?"

Armand lo miró, y por primera vez, su rostro mostró una fatiga que parecía tener mil años. "Salvar al mundo... es el sueño de un niño. El trabajo de un hombre es crear un baluarte. Un pequeño jardín en medio del infierno. La naturaleza humana no permitirá la paz para siempre. Está programada para la codicia, el miedo, la tribu. Lo único que puedes hacer es ser el monstruo que aterroriza a los otros monstruos. Ser el lobo que protege el rebaño, sabiendo que un día, el rebaño te temerá a ti también".

Esa noche, sentados bajo un manto de estrellas que parecían diamantes sobre terciopelo negro, el silencio era su única compañía. Armand se acercó con dos tazas de café humeante. «Es hermoso», dijo, mirando el cielo.

«Es bellísimo», respondió Lionel, su voz apenas un susurro.

«Eres más fuerte que tus padres», afirmó Armand, rompiendo el silencio.

«No», replicó Lionel, con un filo de dolor en su voz. «Tú no los conoces».

...un río de diamantes polvoriento sobre un abismo de tinieblas. La belleza era tan aguda que dolía, un recordatorio cruel de la armonía que la humanidad había destrozado abajo. Armand se acercó sin hacer ruido, sus botas deslizándose sobre la grava como si fueran sombras. Se sentó a su lado, no para consolar, sino para compartir la vigilia, y le extendió una taza de metal humeante. El café era amargo, fuerte como un trago de verdad.

"Es hermoso", dijo Armand, su voz un murmullo que no rompía el silencio, sino que se integraba en él.

"Es una mentira", replicó Lionel, sin apartar la vista de las estrellas. "Un lienzo perfecto que nos recuerda lo corrupto que es nuestro cuadro".

Armand tomó un sorbo, el vapor mezclándose con el aliento helado. "Eres más fuerte que tu padre. Lo vi en tus ojos hoy. La misma chispa. Pero la tuya no se apaga. Se convierte en fuego".

Leonel se giró lentamente, su rostro iluminado por la luz lejana de una galaxia. "No lo conoces. No conocías a mi madre".

"No", admitió Armand, y su mirada se perdió en el horizonte, como si viera una escena proyectada en la noche. "Pero conozco el patrón. El hijo supera al padre. Tu padre superó al suyo... hasta que el mundo se volvió demasiado pequeño para su honor". Armand dejó la taza y se frotó las manos, no por el frío, sino por el recuerdo. "Antes de este lugar, antes de la sangre y el acero, yo también tenía un nombre. Tenía una vida. Una mujer que olía a canela y a lluvia. Dos niños que reían con algo tan simple como una mariposa en el jardín". Su voz se había vuelto plana, desprovista de emoción, como si narrara la historia de otro. "Un día, hombres como los que te enseñé a matar llegaron a mi puerta. No les importaba mi vida, mi familia. Eran un obstáculo. Un inconveniente. Aprendí la lección más importante esa tarde: la piedad es un lujo que los buenos no pueden permitirse. Los malos no te darán cuartel. No te darán una oportunidad. La única forma de proteger a los inocentes es convertirte en el más despiadado de todos. Hay que eliminar el cáncer, Lionel. Cortarlo de raíz y quemar el suelo donde creció. Si no, él te devorará a ti y a todo lo que amas".

Las palabras de Armand abrieron una compuerta en la mente de Lionel, y el pasado, que había mantenido encerrado con cadenas de hierro, se derrumbó. De repente, no estaba en la montaña. Volvía a tener ocho años. El calor no era del fuego de una chimenea, sino de las llamas que consumían su mundo. El olor no era de café y pino, sino de plástico derretido y sangre.

Su madre, con su cabello azafrán, lo apretaba contra su pecho, susurrándole canciones de cuna que no podía oír por el estruendo de los disparos. "No mires, mi amor, no mires". Pero él miró. Vio a un hombre con una máscara de hockey, sus ojos vacíos como los de un pez, levantar un rifle. Su padre, un hombre de libros y manos suaves, se interpuso. No era un soldado, pero en ese momento era un muro. Un muro que se desmoronó con el impacto de una bala. Cayó, pero no se rindió. Se aferró a la pierna del soldado, mordió, arañó, una furia desesperada de un hombre que lo daba todo por un segundo más. El enmascarado lo remató con un disparo sin pestañear. Luego, su madre. Ella se derrumbó sobre él, un último calor que se extinguía. El enmascarado se giró, el cañón de su rifle apuntando directamente a los ojos aterrorizados de Leonel. El niño se preparó para el impacto, para la oscuridad. Pero el hombre se detuvo. Una voz en su radio lo llamó. "Necesitamos refuerzos en el sector siete. ¡Márchate!". El enmascarado lo miró un segundo más, una mirada de curiosidad, casi de aburrimiento, y se fue. Se fue.

La rabia que siguió no fue una emoción, fue una eclosión. Una fuerza que tomó control de su cuerpo. Leonel se levantó, no como un niño, sino como un proyectil. Corrió hacia el sonido de la destrucción. Vio a los monstruos con lanzallamas, bañando su casa, el refugio de sus vecinos, en un infierno naranja. Oyó los gritos ahogarse. Se fueron, riendo, dejando atrás un horno. Los soldados lo vieron correr hacia las llamas. No hicieron nada. ¿Para qué? Era solo un niño corriendo a su propia cremación.

El calor lo golpeó como una pared. El humo le desgarraba los pulmones, pero no se detuvo. Dentro, el infierno era real. Los cuerpos, ahora siluetas carbonizadas, se retorcían en posturas de agonía. Las vigas del techo ardían y caían como fósforos gigantes. La lógica había muerto. Solo quedaba el instinto. Kimberly. La vio en una esquina, junto a la bañera, su pelo dorado como un halo sucio, inconsciente. Sin pensarlo, arrastró su pequeño cuerpo, luchando contra el peso muerto, y la metó en la bañera. Abrió el grifo, el agua helada chisporroteando al contacto con el porcelana ardiente. La llenó, sumergiendo a su amiga. Luego, con toallas mojadas, tapó la bañera, creando una pequeña y frágula burbuja de oxígeno en medio del apocalipsis.

Cuando el fuego finalmente se consumió a sí mismo, dejando solo un esqueleto de cenizas y dolor, Lionel salió. Caminó entre los restos de su vida, un pequeño fantasma en un cementerio de su propia creación. Buscó ayuda, o quizás solo buscaba un final. Y entonces, de entre las sombras de la ciudad muerta, lo encontró. La figura oscura. Armand.

...Armand ayudó a Kimberly en un hospital, y Leonel la vio por última vez antes de irse.

El olor a antiséptico del hospital era una afrenta al perfume a humo y ceniza que aún impregnaba el alma de Lionel. Armand, una estatua de sombra y voluntad al lado de la puerta, le había dicho: "Despídete. No es tu vida. Es un ancla". Lionel asintió, pero el movimiento fue mecánico. Entró en la habitación blanca, demasiado blanca, demasiado silenciosa. Kimberly estaba en la cama, pálida, conectada a máquinas que susurraban el ritmo de su vida. Sus ojos se abrieron lentamente, y cuando se posaron en él, no había miedo, solo una tristeza antigua que parecía haber vivido mil vidas.

Se sentaron en silencio durante lo que pareció una eternidad. Él no sabía qué decir. ¿Cómo se le explica a alguien que fue salvado del infierno por la misma persona que ahora te está preparando para ser el demonio que lo prevenga?

"¿Lo hiciste tú?", susurró ella, su voz rasposa. "¿Sacarme de allí?".

Lionel solo pudo asentir. La verdad era demasiado compleja. Él no la había salvado. La había escondido. La había demorado. El verdadero milagro, la verdadera intervención, había sido Armand. Y ese milagro tenía un precio.

"Vi... vi a los demás", dijo ella, y una lágrima solitaria se deslizó por su sien. "A todos... quemados".

Lionel sintió una punzada de dolor, una fisura en la coraza de hielo que Armand había construido a su alrededor. "Lo siento".

"No", dijo Kimberly, y su mano, conectada a una vía, se movió lentamente hacia él. Él no la tomó. Se quedó rígido, como si el contacto lo quemara. "No te culpes. Eran... malos. Los vi reírse mientras... mientras...". Se quebró, y el sonido fue como un cristal rompiéndose en el silencio de la habitación. "¿Por qué, Lionel? ¿Por qué nosotros?".

Esa era la pregunta. La que había estado devorándolo desde que el fuego consumió su mundo. La que Armand le había respondido con la brutal honestidad de un cirujano: porque podían. Porque la maldad no necesita una razón, solo una oportunidad.

"Ya no importa el por qué", dijo Lionel, y su voz sonó más fría de lo que pretendía. "Solo importa el qué ahora. Y el ahora es que tienes que vivir. Tienes que olvidar". Olvidar. La palabra más cruel que jamás había pronunciado. Porque él nunca olvidaría. Olvidar era un lujo que no se podía permitir.

Kimberly lo miró, y por primera vez, en sus ojos no había solo tristeza, sino un destello de miedo. No miedo a él, sino miedo por él. Vio la oscuridad que empezaba a anidar en su mirada, la dureza que estaba esculpiendo su rostro juvenil. Vio al niño que había sido, desvaneciéndose.

"No eres tú", susurró. "El niño que jugaba a las escondidas en el bosque... ese se ha ido".

"Él murió en el fuego", respondió Lionel, y fue la verdad más pura y terrible que había dicho nunca. "Y yo soy lo que quedó".

Se levantó. El adiós era un corte, una amputación. No podía permitirse un lazo, un recuerdo cálido que lo desviara de su camino. Su camino era de sangre y acero.

"Adiós, Kimberly".

No esperó una respuesta. Se giró y caminó hacia la puerta, sin mirar atrás. Sintió su mirada clavada en su espalda, una carga fantasmal. Al cruzar el umbral, Armand estaba allí, esperando. No preguntó nada. Simplemente asintió, como si aprobara una prueba superada.

Mientras caminaban por el pasillo estéril, lejos del único trozo de su pasado que aún respiraba, Armand habló. Su voz no era de consuelo, era de forja.

"El corazón es un arma de doble filo, Lionel. Puede darte fuerza, pero también puede usarse en tu contra. Acabas de cortar el tuyo. Felicidades. Ahora estás un paso más cerca de ser imparable".

Lionel no respondió. Miró por una ventana la ciudad de abajo, con sus luces parpadeando como estrellas artificiales. Ya no veía un mundo de gente. Veía un campo de batalla. Veía objetivos. Veía un cáncer que extirpar. Y en el reflejo del cristal, por un instante, no vio al chico de dieciocho años que era. Vio a un hombre hecho de cenizas y cicatrices, con los ojos de un lobo y el alma de un arma. Y ese hombre acababa de empezar a cazar.