Ficool

Chapter 1 - Tapiz del crepúsculo

El viento aullaba entre las almenas, cargado con el olor metálico de la sangre y el hedor a ozono de los disparos de artillería. Desde su posición elevada en la torre más alta del Castillo Maravilloso, Cassie contemplaba el fin del mundo.

Frente a ella, el páramo se extendía como una herida abierta en la realidad, un mar de ceniza y escombros que parecía no tener fin. Pero al girar el cuello hacia la retaguardia de la fortaleza, la vista no era menos sobrecogedora. Allí se alzaba la última joya de la corona: una ciudad que, aunque no alcanzaba las dimensiones legendarias de Bastión o Ravenheart, seguía siendo un coloso de piedra y acero desafiando al abismo. Enormes muros se erguían como gigantes cansados, confinando la última chispa de civilización mientras repelían el embate frenético de hordas que desafiaban la cordura.

Abajo, en la base de aquellas murallas, la carnicería era total. Lo que quedaba del Dominio del Anhelo luchaba con una ferocidad suicida, hombres y mujeres que ya no peleaban por la victoria, sino por el derecho a morir de pie.

—Resistan... —susurró Cassie, aunque su voz se perdió en el estruendo.

A lo largo de toda la línea defensiva, el Dominio de Sunny se desplegaba como una marea de oscuridad viviente. Sus sombras se retorcían y golpeaban, tejiendo una red de muerte que intentaba contener a las criaturas de pesadilla y a los humanos enloquecidos por igual. A pesar de estar abrumadoramente superados en número, las sombras no cedían; eran el ancla que mantenía a la humanidad unida al mundo de los vivos.

El aire vibró de repente, un zumbido agudo que precedió a un impacto devastador. Cassie levantó la vista hacia las murallas superiores. Allí, la artillería rugía con una precisión sobrenatural. No pudo evitar sentir una punzada de admiración ante el talento de Sunny: él había logrado lo que muchos consideraban imposible, recreando los colosales cañones de riel del Mundo Despierto mediante pura voluntad y esencia.

Cada disparo era un relámpago de energía pura que surcaba el cielo, barriendo secciones enteras del ejército enemigo. La tierra misma saltaba por los aires bajo el poder de los proyectiles magnéticos, borrando del mapa tanto a las abominaciones como a los traidores en un solo parpadeo de luz cegadora. El apoyo de fuego era lo único que evitaba que la marea interminable sepultara a los defensores.

El Castillo Maravilloso no era solo una fortaleza; era un organismo vivo, una extensión de la voluntad de Sunny que latía bajo los pies de Cassie. Como centro logístico del ejército del Anhelo, el Mimic procesaba información a una velocidad aterradora, coordinando suministros, posiciones y relevos con una eficiencia fría y perfecta. Pero ni siquiera la perfección de su estructura pudo evitar que las piedras vibraran cuando el cielo se partió en dos.

Un estruendo ensordecedor, un rugido que no nació de garganta alguna sino de la misma realidad quebrándose, obligó a Cassie a devolver su mirada hacia la lejanía del páramo.

Allí, emergiendo sobre los colosales acantilados de la Costa Olvidada, se alzaba una pesadilla de escamas y sombras. Un Dragón de Obsidiana tan vasto que su sola presencia parecía devorar la poca luz que quedaba en aquel reino maldito. Su envergadura era tal que el recuerdo del dragón de marfil Sevirax, o incluso la tortuga titánica que Nephis describió en su Tercera Pesadilla, parecían apenas sombras insignificantes a su lado.

—Es hermoso... de una forma aterradora —susurró una voz quebrada a su lado.

Cassie no necesitó mirar para saber que Nephis estaba allí. La Estrella Cambiante, la guerrera invicta, se veía desaliñada y consumida. Su armadura estaba manchada de hollín y sangre seca, y sus ojos reflejaban el cansancio de quien no ha cerrado los párpados en semanas. Así era la vida en el fin de los tiempos: una vigilia eterna contra la extinción.

La tierra volvió a estremecerse, un pulso de calor tan intenso que el aire comenzó a arder. El Dragón de Obsidiana no estaba solo. Se encontraba enfrascado en una danza de muerte con un Gran Titán, un reptil colosal de escamas de un rojo tan intenso que hería la vista. De las uniones de su armadura natural brotaban ríos de magma blanco, una sustancia tan ardiente que incineraba cualquier rastro de materia o concepto en un radio de diez kilómetros. Aquella criatura era un sol en miniatura, una supernova atrapada en carne y hueso que iluminaba la oscuridad de la Costa Olvidada con una luz cruel.

Cassie sintió un escalofrío recorrer su columna. Era el opuesto exacto de la Bestia Invernal. Si aquella congelaba hasta el último pensamiento, este Titán lo reducía todo a la nada absoluta a través del fuego. Nada sobrevivía a su paso... excepto el dragón.

El choque de ambos colosos era una lucha brutal que desgarraba el espacio circundante, dejando jirones de vacío en la existencia misma del Reino de los Sueños. Era como ver a dos bestias de un mito primordial pelear antes de la creación del mundo. Sus voluntades chocaban en un plano divino, haciendo que el tiempo y el espacio se curvaran bajo el peso de su poder.

Ese dragón era Sunny.

Para enfrentar a semejante horror, Sunny había tenido que ir más allá de los límites de un Santo o un Soberano convencional. Estaba encarnando el concepto de la Bestia Invernal, utilizando el frío absoluto para contrarrestar el calor divino de su oponente. Lo lograba gracias a MALDICIÓN, la memoria legendaria que él mismo había tejido, una obra maestra de siete encantamientos que solo podía compararse con la espada Bendición de Nephis.

Gracias a ese artefacto, Sunny podía sumergirse en la esencia de la calamidad sin perder su identidad. Sin su Nombre Verdadero, su avance en la Danza de las Sombras se había visto truncado, pero MALDICIÓN era el puente que le permitía reclamar su poder.

Cassie se estremeció al observar la escala del combate. Se preguntó, no por primera vez, qué tan letal era realmente el legado de Weaver y Sunny. ¿Hasta dónde llegaría cuando su herencia estuviera completa? Era una pregunta que ni ella, con sus ojos que veían el destino, se atrevía a responder.

Por primera vez en la historia, todas las encarnaciones de Sunny estaban presentes en un solo lugar, actuando como una única voluntad de destrucción. Ver la verdadera fuerza de Sunny en su máximo esplendor no era solo impresionante; era una experiencia divina, un testamento de que, incluso en el borde del abismo, todavía quedaba un monstruo de nuestro lado capaz de devorar a los dioses.

Mientras los dos colosos desgarraban el horizonte en una exhibición de poder absoluto, Cassie sintió un vacío gélido en el pecho. No era por el frío conceptual de Sunny, sino por el peso de la memoria. En la aguja de la torre, el silencio entre ella y Nephis se volvía insoportable, un espacio lleno de los fantasmas de un mundo que se había desmoronado mucho antes de que el primer muro cayera.

¿Dónde se había podrido todo? La respuesta tenía un nombre que ya nadie se atrevía a pronunciar en voz alta sin temblar: el Engendro de los Sueños.

Desde su llegada, el precario equilibrio que Sunny, Nephis y ella habían intentado mantener se hizo añicos. El choque de los Soberanos era inevitable, pero nadie previó la naturaleza del enemigo. No buscaba solo tierras o esencia; buscaba la Apoteosis, ascender por la escalera de la ascensión hasta alcanzar lo Sagrado consumiendo a toda la humanidad. Sin embargo, el verdadero horror no era su ambición, sino su esencia. El Engendro no era un individuo al que se pudiera decapitar; era una idea. Y una idea, una vez plantada, es inmortal mientras exista una mente que la albergue.

Así nació el Dominio del Hambre.

Cassie recordó cómo esa idea se extendió por el Dominio del Anhelo como un cáncer silencioso, devorando la voluntad de los hombres. Sus seguidores no eran esclavos encadenados, sino devotos que habían perdido la capacidad de cuestionar. Recordó, con una punzada de náuseas, a uno de los primeros conversos con los que habló. El hombre parecía normal, juraba lealtad a Estrella Cambiante con una sinceridad que incluso Kai, con su don para detectar la verdad, había confirmado.

Pero entonces, Cassie le hizo la pregunta que todavía la perseguía en sueños:

—Si tu familia estuviera en un bosque y solo hubiera comida para dos, ¿a quién se la darías? —preguntó ella.

—A mis hijos, por supuesto, señorita Cassie —respondió el hombre, extrañado.

—¿Y si el Engendro de los Sueños te ordenara que sobrevivas tú y mates a tus hijos? ¿Lo harías?

El hombre no vaciló. No hubo rastro de duda en su voz, ni conflicto en su alma.

—Por supuesto. Si es por orden de Lord ********, lo haría sin dudarlo.

Aquel recuerdo le provocó un escalofrío que ni el calor del Titán de magma podía disipar. El Dominio del Hambre creció devorando al del Anhelo desde las entrañas. Sunny y Nephis se habían visto atados de manos, atrapados en un dilema moral devastador: para detener la infección, tendrían que masacrar a millones de sus propios súbditos. Se negaron. Hacerlo los habría convertido en los mismos tiranos que una vez juraron destronar.

Ahora, mientras contemplaba el páramo, Cassie se preguntaba si su compasión no había sido su sentencia de muerte. Perdieron la guerra de las ideas, y ella, en un enfrentamiento directo que casi le cuesta la vida, perdió un ojo a manos de esa entidad conceptual. El parche sobre su rostro era un recordatorio constante de que algunas verdades son demasiado oscuras para ser vistas.

El eco de los cañones de riel parecía desvanecerse ante el peso de los recuerdos que asaltaban a Cassie. Mientras el Dragón de Obsidiana y el Titán de Magma convertían el horizonte en un infierno, ella no podía evitar pensar en el catalizador del fin: Mordred.

El Rey de la Nada, siempre agazapado en los reflejos, finalmente se había movido. Colina Roja fue la primera en caer; una ciudadela devorada por el Enjendro de los Sueños en una sola noche de espejos rotos y gritos silenciosos. Antes de que el sol saliera dos veces, el Re de la Nada ya había reclamado los restos. Fue entonces cuando Sunny, envuelto en su manto de sombras, confrontó al príncipe desterrado.

La lógica de Mordred era tan afilada y cruel como un fragmento de vidrio.

—Ustedes ya perdieron —le había dicho a Sunny con una sonrisa gélida—. El Engendro no es un ejército, es un virus. Solo atacaré lo que ya es suyo. Si devoro las ciudades que él reclama, le quito su sustento.

Lo que siguió fue un efecto dominó de carnicería. Una guerra total entre el Engendro de los Sueños y el Rey de la Nada que desgarró los jirones que quedaban de la civilización. Fue una masacre que dejó pequeñas a las tragedias de América y la Antártida combinadas. Cassie miró a Nephis de reojo; la Estrella Cambiante cargaba con el dolor de cada alma extinguida de su dominio, una herida indestructible que amenazaba con apagar su luz para siempre.

La solución era desesperada: borrar el nombre del Engendro. Pero Cassie no tenía el poder... todavía. Sin tiempo para una Cuarta Pesadilla, solo quedaba la Supremacía Natural. Para doblar las reglas del mundo a su voluntad, necesitaba un acto de rebeldía que el Hechizo de Pesadilla no pudiera ignorar.

—Sunny... muéstramelo todo —le había pedido ella.

Sunny dudó. Conocía el peso de su pasado, la oscuridad de su soledad. Pero finalmente cedió. Al abrir sus memorias, Cassie fue golpeada por una marea de dolor, traición y un aislamiento tan profundo que su psique se fragmentó al instante. Pero entre los fragmentos de su mente rota, encontró la verdad.

Recordó al Desconocido. Recordó a Perdido de la Luz.

Desafiando al Vil Pájaro Ladrón y al olvido impuesto por el destino, Cassie reconstruyó su mente alrededor del nombre de Sunny. Recordó quién la salvó de las profundidades del Mar Oscuro en la Costa Olvidada. Recordó a quién había traicionado creyendo actuar por el bien mayor. Recordó al hombre por quien movió los hilos del destino para darle una segunda oportunidad. Ese acto de recordar lo "olvidado por el mundo" la elevó.

En ese instante, nació la Octava Soberana.

Con su nueva habilidad, [Mente de Colmena], Cassie se entrelazó con los restos de la raza humana. Su dominio residía en la mente de todos los que alguna vez habían oído la Canción de los Caídos. Como una marea purificadora, Cassie barrió el nombre del Engendro de la conciencia colectiva, arrancando la idea del corazón de los hombres y confinando a la entidad a un solo cuerpo mortal. Nephis no desperdició la oportunidad; ese día, su espada bañada en llamas blancas finalmente obtuvo su venganza.

Pero el precio fue una herida que la humanidad difícilmente sanaría. De los tres billones de seres humanos, solo quedaban unos pocos cientos de millones. El Reino de los Sueños terminó de engullir al mundo despierto, y los supervivientes huyeron al único lugar que permanecía extrañamente intacto: la Costa Olvidada.

Fue un shock absoluto para los refugiados descubrir que el Señor de las Sombras, aquel que creían muerto a manos de Estrella Cambiante al final de la guerra de los dominios, no solo estaba vivo, sino que era el Soberano más fuerte que les quedaba. Su reino de oscuridad se convirtió en el último santuario.

Sin embargo, Mordred no se quedó de brazos cruzados. El Rey de la Nada había prosperado en la matanza, aumentando sus fuerzas con cada alma caída. Ahora, con Nephis debilitada y Cassie apenas asentándose en su nuevo trono de Supremacía, él vio su oportunidad.

Lanzó sus fragmentos contra el Dominio del Anhelo, iniciando el asedio que ahora presenciaban. Cassie se preguntó, mientras el suelo volvía a temblar, de dónde demonios había sacado Mordred a ese Gran Titán. Entonces, un recuerdo de Sunny cruzó su mente: las Montañas Huecas. Mordred debió ganar un duelo de almas contra esa abominación ancestral, sacrificando quién sabe cuántos miles de sus propios fragmentos para someterla.

En la distancia, el rugido del Dragón de Obsidiana volvió a reclamar su atención. La lucha final estaba llegando a su punto de quiebre.

El retumbar de la tierra ya no era un temblor, era un lamento geológico. Cassie se aferró a la piedra fría de la torre cuando el impacto final sacudió los cimientos del Castillo Maravilloso. A lo lejos, la escena desafiaba toda lógica física: el coloso de sombras que Sunny había manifestado —una extensión de su voluntad oscura— había logrado lo impensable.

En un intercambio brutal que vaporizó la atmósfera, el dragón de obsidiana hundió sus garras en el cuello del reptil titánico. Las sombras de Sunny se deshacían, perdiendo cohesión bajo el calor blanco que emanaba de las escamas del Titán, pero la distracción fue perfecta.

Sunny abandonó su forma de coloso en un estallido de velocidad tan violento que el espacio mismo se desgarró tras él, dejando una estela de vacío. Mientras lo que quedaba de su sombra mantenía al Titán sujeto en una presa suicida, Sunny invocó a Serpiente. La hoja de la espada no solo era acero espiritual; en ese momento, era el receptáculo de su voluntad de muerte.

Cassie sintió la presión metafísica desde la torre. Sunny canalizó el concepto puro de "Cortar", potenciando el golpe con tres de sus encarnaciones fundidas en su propio ser, mientras las otras cuatro reforzaban el filo de Serpiente. Fue un golpe divino. El acero negro encontró el magma blanco y, por un segundo, el tiempo pareció detenerse antes de que la cabeza del Gran Titán se desprendiera de sus hombros.

La voluntad del Titán se quebró, y con ella, su vida. La cabeza, una masa de proporciones montañosas, cayó contra el firmamento con un peso que fracturó la corteza terrestre en docenas de kilómetros a la redonda. El suelo, que ya era un mar de roca fundida, escupió una ola colosal de magma ardiente que se dirigió como un tsunami de fuego hacia la Ciudad Olvidada.

—¡Va a alcanzar los muros! —gritó un soldado en la base, pero Cassie no compartió su pánico.

A través del enlace, sintió la voluntad de Sunny cambiar drásticamente. El calor infernal fue respondido por un frío absoluto. Sunny recurrió nuevamente al concepto de la Bestia Invernal, congelando la marea de magma antes de que tocara la fortaleza, convirtiendo la amenaza en una cordillera de cristal rojo y ceniza.

Cassie, utilizando su dominio como Soberana, veía todo no desde la torre, sino a través de los ojos de Sunny, quien todavía llevaba su marca. La conexión mental se estabilizó, y una red de pensamientos unió a los tres supervivientes de la Costa Olvidada.

—¿Sunny? ¿Estás bien? —la voz de Nephis resonó en el canal mental. Estaba cansada, con una nota de vulnerabilidad que solo permitía que ellos escucharan, pero su voluntad seguía firme como el diamante.

—Claro... —la respuesta de Sunny llegó cargada de un sarcasmo agotado—. Solo fue un Gran Titán, Neph. No es la gran cosa. Casi me despeino.

Nephis soltó un suspiro exasperado que vibró en la mente de Cassie como un eco de alivio y frustración.

—Vuelve, Sunny. Necesitamos planear nuestro próximo movimiento. Mordred no tardará en notar que su juguete se ha roto.

—Voy, Neph... solo déjame cosechar el núcleo antes de que toda esta magma se convierta en piedra sólida. No todos los días se consigue un tesoro de este calibre.

Nephis volvió a suspirar por centésima vez en el día. Al lado de Cassie, la Estrella Cambiante bajó los hombros, relajando finalmente la tensión de sus músculos. Ambas habían estado listas para intervenir, dispuestas a quemar lo que les quedaba de esencia si Sunny se veía superado, pero una vez más, el Señor de las Sombras había hecho honor a su reputación. Gracias a los dioses muertos, no fue necesario.

El Consejo de las Sombras

Minutos después, el aire de la sala de reuniones se volvió denso cuando Sunny se manifestó a través de un paso de sombras. No hubo fanfarria. Solo estaban ellos tres: la Estrella Cambiante, la Octava Soberana y el Señor de las Sombras. El silencio invadió la sala mientras analizaban el mapa táctico desplegado sobre la mesa central, un tapiz de luces que mostraba cómo el mundo se cerraba sobre ellos.

Sunny, con el rostro pálido y los ojos hundidos por el esfuerzo de mantener tantas encarnaciones activas, rompió el silencio.

—Chicas... creo que encontré una forma de solucionar todo este lío.

Cassie y Nephis levantaron la vista al mismo tiempo, sus miradas inquisitivas clavadas en él.

—¿Cómo? —preguntaron al unísono.

Sunny se permitió un momento de contemplación, mirando sus propias manos, que todavía temblaban levemente por el retroceso del poder conceptual.

—Desde que conseguí todos los linajes de Weaver, he podido interactuar con los hilos del destino de forma segura. Mi única limitación era mi propia comprensión de esos hilos... pero mientras luchaba contra el Titán, tuve una revelación. Puedo forjar una memoria. Una capaz de regresarnos al pasado.

El aire pareció abandonar la habitación. Cassie fue la primera en reaccionar, su mente de colmena procesando las implicaciones a una velocidad vertiginosa.

—Sunny... ¿un viaje en el tiempo? ¿Cómo piensas conseguir el tiempo suficiente para tejer algo de esa magnitud? Mordred nos tiene asediados, y no sabemos qué horrores enviará en su próxima oleada.

—Tienes razón —admitió Sunny con una sonrisa triste—. Pero es la única forma de revertir el daño del Engendro de los Sueños. La humanidad está herida de muerte. Aunque seamos millones aquí, no somos nada comparado con los miles de Despertados y Santos que perdimos hace un año. No sobreviviremos a largo plazo en esta línea temporal.

El recordatorio de su precaria situación puso una sonrisa torcida en el rostro de Cassie y devolvió a Nephis a su habitual máscara de frialdad inexpresiva. Sabían que tenía razón. Estaban gobernando un cementerio que se negaba a terminar de morir.

—Te conseguiremos el tiempo —dijo Nephis finalmente, su voz recuperando la autoridad de una reina—. Mordred acaba de perder uno de sus mejores activos. Tendrá que reorganizarse, y eso nos da unos días... una semana a lo mucho. Entre más rápido empieces, mejor.

—Bien. Iniciaré de inmediato.

Antes de marcharse, Sunny caminó hacia Nephis y la envolvió en un abrazo firme. Cassie, que estaba a un lado, no pudo evitar una pequeña sonrisa antes de verse también atrapada en el abrazo de oso de Sunny. Por un momento, no eran Soberanos ni dioses de un mundo moribundo; eran solo tres amigos que habían sobrevivido al infierno juntos.

Cuando se separó para dirigirse a su taller, ambas notaron lo que él intentaba ocultar: su paso era pesado. Aunque su cuerpo físico parecía impecable gracias a su regeneración, sus encarnaciones heridas significaban que su alma estaba literalmente desgarrada. Cassie se estremeció al imaginar el dolor que Sunny estaba soportando en silencio mientras se preparaba para la forja más importante de su vida.

El Tapiz del Crepúsculo

Los días pasaron en un desenfoque de sangre y acero. Mientras Sunny estaba encerrado, no podía permitirse ayudar en la defensa; cualquier distracción o daño por el retroceso de un encantamiento mal tejido en una memoria de nivel temporal podría borrarlo de la existencia. Sin embargo, no las dejó solas. Sus sombras más poderosas —Saint, Serpiente, Fiend y Nightmare— permanecieron en las murallas como centinelas silenciosos, masacrando a todo lo que Mordred enviaba.

Al cuarto día, la llamada llegó a través del enlace mental.

Cuando Cassie y Nephis entraron en la sala de reuniones, encontraron a Sunny iluminado apenas por el tenue brillo de unas memorias de luz. Estaba encorvado sobre la mesa, con el aspecto de un mendigo que hubiera caminado por el desierto durante años. A pesar de eso, Nephis no pudo evitar pensar a través del enlace que era el mendigo más hermoso que había visto jamás.

Sobre la mesa descansaba su obra: un tapiz cubierto de símbolos que herían la vista si se miraban demasiado tiempo.

—Observen mi tercera obra maestra —dijo Sunny, con una chispa de orgullo en sus ojos cansados—. El Tapiz del Crepúsculo.

Ambas se acercaron, sintiendo la inmensa presión que emanaba del objeto.

—Ya está listo —continuó él—. Al poner nuestra sangre en el tapiz, este se conectará con los mecanismos internos del Hechizo de Pesadilla. Lo he programado para que nos regrese al momento exacto en que completamos nuestra Primera Pesadilla. Nuestra sangre funcionará como catalizador y brújula, fundiendo nuestro ser actual de Soberanos con nuestros cuerpos de Durmientes.

No hubo necesidad de más palabras. El destino ya estaba sellado. Los tres extendieron sus manos, cortaron sus palmas con un cuchillo de sombras y dejaron que la sangre cayera al unísono sobre el tejido.

El tapiz brilló con una intensidad cegadora, expandiéndose hasta devorar la sala. Las partículas de oscuridad se disolvieron en el aire y, por un momento, no ocurrió nada. Cassie abrió la boca para preguntar, pero antes de que pudiera emitir un sonido, el espacio frente a ellos se retorció y colapsó.

Un vacío salpicado de estrellas plateadas y constelaciones cambiantes —el corazón mismo del Hechizo— se abrió ante ellos. Una fuerza de succión irresistible comenzó a arrastrarlos.

Sin mirar atrás, sin arrepentimientos por el mundo que dejaban pero con la promesa de salvar el que encontrarían, los tres se dejaron ir. Las cadenas del destino se tensaron una vez más, listos para intentar, por última vez, enmendar los errores que los habían llevado al fin del mundo.

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