Ficool

Chapter 1 - Origen

Aquella mañana, Soren corría para llegar a tiempo a la primera clase. Por lo general,

la puntualidad le importaba poco, pero esa vez era diferente: debía rendir la última prueba de matemáticas y, si llegaba tarde, suspendería la materia sin derecho a reclamo.

Al cruzar la puerta del aula, jadeando y empapado en sudor, percibió de inmediato que algo andaba mal.

El silencio era absoluto. Todos sus compañeros permanecían quietos, incluso

Cecilia, la más ruidosa de la clase. Soren tragó saliva.

¿Acaso el profesor Kennet habrá preparado un examen imposible de aprobar? Pensó.

Su nerviosismo disminuyó cuando se dio cuenta de que el profesor aún no había llegado. Caminó hasta su asiento y se sentó junto a Erik.

—¿Qué pasa? ¿Por qué están todos tan callados? —susurró mientras colgaba la mochila en el espaldar del pupitre.

Erik tardó en responder. Apretó los labios, como si dudara, y al final habló en voz muy

baja:

—El profesor Kennet dijo que hay malas noticias…

—¿Malas noticias? ¿De qué hablas?

—¿Recuerdas lo del nuevo virus que mencionaron en las noticias la semana pasada?

—Sí…

—Acaban de anunciar que se han registrado treinta millones de muertos en todo el mundo.

Las palabras cayeron como un golpe seco. Soren lo miró, incrédulo.

—¿Treinta millones? —repitió—. ¿Y qué va a pasar ahora?

Erik se encogió de hombros.

—El profesor nos pidió que esperáramos aquí. Luego nos reuniremos en el patio para escuchar un anuncio del director. Supongo que… —calló un instante— solo queda esperar lo peor.

—No digas eso —intentó animarlo Soren—. Tal vez encuentren una vacuna o un antídoto.

Hasta entonces deberíamos quedarnos en nuestras ca—

No terminó la frase. Un par de lágrimas resbalaron por las mejillas de Erik.

Soren se quedó en silencio. Lo conocía desde la infancia, pero nunca antes lo había

visto llorar. Comprendió que no había palabras capaces de aliviar la tristeza

de su amigo.

Mientras aguardaba la llegada del profesor Kennet, sintió cómo una inquietud fría

comenzaba a apoderarse de su pecho.

Por más que lo intentó, ya no pudo disimularla.

 

 

 

 

 

 

 

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