Ficool

Chapter 1 - Prólogo

Ubicación: North Blue, isla Muteki

La noche se extendía sobre Muteki como una manta helada. En el interior del bosque, las bestias rugían sin descanso, marcando su territorio con cada sonido. Allí, la fuerza no era un ideal: era ley. Y quien no la tenía… desaparecía.

Aun así, incluso aquellas criaturas salvajes evitaban la zona urbana. Sabían que, al cruzar esa frontera, dejaban de ser depredadores para convertirse en presas. Como peces atrapados en una pecera, incapaces de entender qué había más allá.

Los pocos que ignoraron ese instinto terminaron convertidos en carne para los humanos.

Zona alta de la isla Muteki — Hospital residencial

Casi todas las luces del hospital estaban apagadas, excepto una habitación. En ella, una mujer luchaba por mantenerse con vida mientras daba a luz.

El aire estaba cargado de sangre y sudor. La mujer, pálida como un cadáver, respiraba con dificultad, aferrándose a la cama con uñas temblorosas.

—Señora Moyong, empuje un poco más. El bebé ya está por salir —dijo el doctor, intentando sonar firme.

La mujer soltó un grito que hizo vibrar la habitación.

—¿¡Crees que no estoy empujando, maldito…?!

El ayudante retrocedió un paso, tembloroso. Todos sabían quién era su marido. En Muteki, enfadar a una esposa del jefe Moyong era básicamente cavar tu propia tumba.

El doctor, en cambio, ni parpadeó.

Morirá. Y el bebé también. Igual que siempre.

La energía vital de la familia Moyong era tan monstruosa que casi ningún recién nacido la soportaba. Y las madres… tampoco.

Diez minutos más de sufrimiento.

Gritos. Temblor. Sangre.

Y finalmente, el bebé salió.

Pero su cuerpo estaba frío, marchito, vacío.

—Está muerto —dijo el doctor sin sorpresa—. Es como si le hubieran drenado todo desde dentro… incluso el alma.

El ayudante tragó saliva, petrificado.

El doctor dejó el pequeño cuerpo a un lado sin ningún cuidado.

No vale ni un entierro.

Se iba a quitar los guantes cuando escuchó el grito de la mujer nuevamente.

El doctor giró la cabeza, desconcertado.

¿Imposible…?

La mujer volvió a empujar. Su grito resonó como un rugido desesperado.

—¡Otro… viene otro! —jadeó.

—¿¡Otro!? —repitieron el doctor y el ayudante al mismo tiempo.

No tuvieron tiempo de procesarlo. Solo actuaron.

Y entonces, el segundo bebé salió.

Un llanto estalló en la sala.

Fuerte. Cortante. Como si la habitación entera resonara con esa voz pequeña pero imponente.

El doctor sintió la piel erizarse.

Este… está vivo. Y tiene poder.

La madre estaba ya al borde del final. Sus ojos apenas podían mantenerse abiertos.

El doctor tomó al bebé con cuidado y lo colocó sobre sus brazos.

Es lo mínimo que puedo hacer por quien acaba de traer al próximo heredero.

El llanto del bebé cesó de inmediato. Abrió los ojos…

Negros por fuera. Amarillentos por dentro. La pupila, un punto oscuro que parecía observar con una profundidad antinatural.

El bebé fijó la mirada en su madre.

La mujer sonrió apenas.

—Eres… hermoso… —susurró con una voz que ya casi no existía.

El niño tenía el pelo negro como el carbón, los ojos idénticos a los de su padre, y un pequeño lunar en el centro de la frente. Para la mayoría, sería una visión inquietante. Para ella, era perfecto.

La poca vida que le quedaba se consumía a cada segundo. Pero antes de irse, quería hacer una última cosa.

Reunió todo lo que quedaba de su fuerza.

—Yul-Cheon… —murmuró—. Moyong Yul-Cheon…

Sus dedos se aflojaron.

Su respiración se apagó.

Y la mujer murió abrazando al bebé que, algún día, haría temblar al mundo entero.

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