Ficool

Chapter 8 - ODIO LAS SERPIENTES

La decimotercera vez…

no empezó con sangre.

No empezó con gritos.

No empezó con muerte.

Empezó con algo que Nao había olvidado que existía.

Normalidad.

Pasó un día…luego una semana…luego meses.

Y nada.

Ningún demonio.Ninguna señal.Ningún castigo.

El mundo siguió girando sin él como centro.

Nao trabajaba. Comía. Dormía. Hablaba lo justo. Respiraba sin pensar en ello. La gente reía, discutía, vivía… y moría, pero de formas normales. Enfermedad. Edad. Accidentes.

Nada sobrenatural.

Nada personal.

Por primera vez desde que todo comenzó…la vida no lo estaba mirando.

Y eso era lo más inquietante.

Al principio esperó el ataque.

Luego lo anticipó.

Después… lo dudó.

Y finalmente…

lo aceptó.

Un año.

Un año completo sin demonios.

Sin el rey.Sin el sistema.Sin Eclipse.

Nao empezó a olvidar.

No los eventos.Sino el peso de ellos.

Como si alguien hubiera bajado el volumen del sufrimiento hasta dejarlo en un murmullo lejano.

Una noche, antes de dormir, pensó:

—Quizá… terminó.

Y ese fue su error.

Porque en ese mundo, nada termina.

Solo espera.

Nao cerró los ojos.

Y al abrirlos…

ya no estaba en su cama.

Estaba de pie, descalzo, sobre tierra húmeda.

Un bosque.

Silencioso.

Demasiado perfecto.

Las hojas no se movían. El aire no corría. No había insectos, ni sonidos, ni vida.

Solo quietud.

Entonces la vio.

Una serpiente.

Larga. Negra. Sus ojos no eran animales. Eran conscientes.

Se deslizó hacia él sin prisa, como si supiera que no había escapatoria.

—Has vivido tranquilo —dijo la serpiente, con una voz suave, casi amable—.¿Te gustó?

Nao no respondió.

La serpiente continuó avanzando hasta quedar frente a él. Entre sus colmillos sostenía una fruta oscura, brillante, demasiado perfecta para ser natural.

—Come —susurró—.La fruta prohibida.La respuesta.El fin del juego.

Silencio.

Nao la miró.

Luego miró la fruta.

Luego volvió a verla.

Y, sin dudarlo…

la tomó por el cuello.

Sus dedos se cerraron con fuerza.

La serpiente siseó, retorciéndose, intentando escapar.

—No —dijo Nao, con voz baja.

Apretó más.

—Ya no juego a eso.

El cuerpo de la serpiente empezó a deshacerse.

Pero no en carne.

En realidad.

El bosque se agrietó como vidrio. Los árboles se doblaron hacia adentro, el suelo desapareció, el cielo se rompió en fragmentos blancos.

Todo colapsó.

Hasta que solo quedó…

el vacío.

Ese mismo espacio infinito. Blanco. Sin dirección. Sin tiempo.

Nao soltó lo que quedaba de la serpiente, que ya no era nada.

Miró a su alrededor.

Y, por primera vez en mucho tiempo…

sonrió levemente.

—Nunca pensé que diría esto… —murmuró—pero… extrañaba estar aquí.

No había eco.

Pero sus palabras pesaban.

Caminó unos pasos en la nada, como si recordara cada rincón de ese lugar que no tenía forma.

—En este lugar horrible… —continuó—al menos me sentía vivo.

Silencio.

Entonces algo apareció.

No una figura.

No un enemigo.

Un símbolo.

Un círculo… y dentro de él, una figura geométrica simple.

Un triángulo.

Luego otro.

Y otro más.

Formas flotando en el vacío, observándolo sin ojos.

No atacaban.

No hablaban.

Esperaban.

Como si estuvieran evaluándolo.

Como si hubiera pasado una prueba… o estuviera a punto de comenzar otra.

Nao los miró sin sorpresa.

—¿Qué sigue? —preguntó.

Una de las figuras se movió ligeramente.

Y por un instante…

Nao sintió algo que no había sentido en todo el año.

No miedo.

No dolor.

Anticipación.

Porque entendió algo.

El año de paz no fue un regalo.

Fue un descanso entre rondas.

Y este lugar…

no era el final.

Era la sala de espera.

Donde los jugadores que no mueren…esperan a ver qué tipo de juego viene después.

El vacío comenzó a cerrarse lentamente.

Y las figuras se acercaron.

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