Ficool

Chapter 75 - Capitulo 74

[Liana]

—Uy, condenado niño…

Eso fue lo primero que le dije apenas lo tuve enfrente.

Y no fue lo único que hice.

Le di varios golpes en la espalda, nada suaves, nada simbólicos, golpes bien dados, de esos que llevan todo el susto, el enojo y el alivio acumulado. Él apenas alcanzó a reaccionar antes de que Luneth se me uniera sin dudarlo ni un segundo.

—¡Cuatro días, Neyreth! —le gritó ella mientras también le daba golpes—. ¡Cuatro malditos días más dormido!

—¡Imprudente! —le solté otro golpe—. ¡Estúpido!

—¡Cabeza hueca! —añadió Luneth.

—¡Tonto!

—¡Irresponsable!

—¡Idiota!

Cada palabra iba acompañada de un golpe, y si alguien desde fuera hubiera entrado en ese momento, seguramente habría pensado que lo estábamos atacando… y tal vez no estaría tan equivocado.

—¡Después de lo que hiciste! —seguí hablando sin darle espacio a responder—. ¿En qué estabas pensando, eh? ¿O es que ya no piensas?

Eiren levantó los brazos, tratando de cubrirse.

—Liana, espera, yo—

—¡Nada de "espera"! —le interrumpí—. ¡Casi te rompes por dentro!

Luneth apretó los labios, claramente igual de furiosa.

—¿Tienes idea de lo que fue verte así? —dijo con la voz temblándole—. Sin despertar. Otra vez.

Eso me hizo apretar los dientes.

—Estuvimos vigilándote día y noche —añadí—. Revisando tu respiración, tu pulso, tu mana… esperando a ver si despertabas o si algo salía mal.

Eiren bajó la mirada.

—Yo… no planeé—

—¡Claro que no planeaste nada! —le solté otro golpe en el hombro—. ¡Ese es el problema!

Resoplé, cruzándome de brazos, tratando de contenerme.

—El muy estúpido —murmuré—. Después de todo lo que pasó en el ala de entrenamiento…

Luneth negó con la cabeza.

—Te excediste —le dijo—. Y lo sabes.

—Sí… —respondió él en voz baja.

Eso no me calmó.

—¿Sabes cómo nos dimos cuenta de que despertaste? —le pregunté, inclinándome hacia él.

Eiren levantó la mirada, confundido.

—No.

—Si no hubiera visto al lobo saltar hacia tu ventana —dije señalando con la cabeza hacia el jardín— cuando estábamos abajo, nunca lo habríamos sabido.

Luneth suspiró.

—Estábamos caminando, tratando de despejarnos —añadió—. Y de pronto lo vimos saltar como si nada hasta el segundo piso.

—Y yo pensé: "O ese dragón perdió la cabeza…" —continué— "o ya despertó".

Eiren tragó saliva.

—¿Cuatro días…? —preguntó con cautela.

—Cuatro —repetí—. Sin moverte. Sin hablar. Sin abrir los ojos.

Me acerqué un poco más y le di un golpe final, esta vez más suave, casi sin fuerza.

—No vuelvas a hacer algo así —le dije, más baja—. ¿Me oyes?

Luneth asintió, poniendo una mano en su brazo.

—No puedes seguir forzándote así —añadió—. No esta vez.

El lobo, que había estado observando en silencio desde un costado de la habitación, soltó un resoplido grave, como respaldando cada palabra.

Eiren respiró hondo.

—Lo siento —dijo finalmente—. De verdad.

Lo miré unos segundos más, evaluándolo, y luego aparté la vista con un bufido.

—Más te vale —murmuré—. Porque la próxima vez… no solo te voy a regañar.

Y aunque no lo dije en voz alta, ambos lo sabíamos.

El miedo que sentí al verlo inmóvil esos días…

No estaba dispuesta a sentirlo otra vez.

—Ahora sí —le dije, cruzándome de brazos—. Me vas a explicar qué diablos sucedió allá.

Eiren parpadeó, todavía un poco desorientado.

—¿Allá…?

—No te hagas —insistí—. Estabas meditando bien. Tranquilo. Todo bajo control. Y de la nada empezaste a levitar, el hielo comenzó a expandirse por todo el lugar y partes de tu cuerpo brillaban como si fueras a romperte en dos.

Luneth asintió con fuerza.

—El mana en la sala se disparó —añadió—. Incluso el dragón tuvo que desconectarse de ti y alejarse. ¿Tienes idea de lo grave que es eso?

El lobo soltó un gruñido bajo, como confirmándolo.

Me incliné un poco hacia Eiren.

—Así que dime —repetí—. ¿Qué diablos pasó?

Eiren se pasó una mano por el cabello, pensativo.

—No lo sé —dijo al fin—. De verdad no lo sé.

—Eiren… —advertí.

—Liana, lo digo en serio —continuó—. Estaba meditando. Todo normal. Y de pronto… puf.

Hizo un gesto con los dedos, como si algo se apagara y encendiera a la vez.

—Estaba en un lugar oscuro.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—¿Oscuro cómo? —preguntó Luneth, tensa.

—Como… vacío —respondió él—. Ya había estado ahí antes. Cuando mi pelea contra Kyot terminó.

Mis cejas se fruncieron.

—¿Ese lugar…?

—Sí —asintió—. Donde recordé lo que el líder de la orden y los magos me dijeron sobre cómo debilitar el sello.

El silencio se volvió pesado.

—Pero esta vez fue diferente —añadió—. No era solo oscuridad. Había luces. Muchas.

—¿Luces? —repetí.

—Sí —dijo—. Y en esas luces… estaban recuerdos.

Luneth abrió un poco los ojos.

—¿Recuerdos tuyos?

—Algunos —asintió—. No todos. Los que he ido recuperando este tiempo. Era como… una librería. O un archivo. Cada luz era algo que había vivido, algo que había recordado.

Tragué saliva.

—¿Y luego?

—Luego ya no recuerdo más —admitió—. Solo sé que de pronto estaba de rodillas, sudando, completamente agotado.

Miró sus manos.

—No sé qué hice. No sé qué pasó ahí dentro. Pero… siento que algo cambió.

Luneth exhaló despacio.

—Eso no es extraño —dijo entonces—. Después de lo que vimos.

Eiren la miró.

—¿A qué te refieres?

Ella ladeó la cabeza, observándolo con atención.

—¿Ya viste tu cabello?

Eiren parpadeó.

—¿Mi… cabello?

—Los mechones negros —continuó—. Desaparecieron por completo.

Fruncí el ceño, observándolo mejor ahora que lo mencionaba.

—Y creció un poco —añadí—. No mucho, pero se nota.

Eiren llevó una mano a su cabeza, palpándose.

—Eso no puede ser…

Luneth se giró sin decir nada y fue hacia el baño. La escuchamos mover cosas por unos segundos, hasta que regresó con un espejo en las manos.

—Toma —dijo, tendiéndoselo.

Eiren lo tomó con cautela y se miró.

Sus ojos se abrieron lentamente.

—…Es verdad.

Se inclinó un poco, girando el espejo.

—Los mechones negros ya no están.

—Te lo dijimos —murmuré.

—Pero esto es imposible —insistió—. El cabello no crece así de rápido.

—Lo del color tiene sentido —añadió él mismo, pensativo—. Ese cambio fue causado por magia. Por la magia residual de la herramienta que absorbí hace años. Si eso desapareció…

—Entonces tu aspecto original está regresando —concluyó Luneth.

Eiren bajó el espejo.

—Aun así… lo del crecimiento…

Luneth apoyó una mano en su hombro.

—Sea lo que sea —dijo con suavidad—, si te sientes mal, deberías descansar otro rato.

Asentí.

—Por una vez, haznos caso.

Eiren negó con la cabeza.

—No me siento cansado.

Eso me sorprendió.

—¿Qué?

—Al contrario —continuó—. Me siento mucho mejor que antes. Más ligero. Más estable.

Se levantó un poco, probando su equilibrio.

—No digo que vaya a volver a entrenar —aclaró—. No soy tan idiota.

Lo miré con escepticismo.

—Más te vale.

—Pero en serio —dijo—. Me siento… bien.

El lobo lo observó en silencio, atento.

Suspiré, pasándome una mano por el rostro.

—Entonces algo sí cambió —murmuré—. Y no fue poca cosa.

Lo miré fijamente.

—Solo prométenos una cosa, Eiren.

Él alzó la vista.

—¿Qué cosa?

—Que la próxima vez que algo así empiece a pasar… —dije despacio— no te lo guardes para ti solo.

Luneth asintió.

—No vuelvas a enfrentarlo solo.

Eiren dudó un segundo, y luego asintió.

—Lo prometo.

—Ve a darte un baño —le dijo Luneth, con ese tono suyo que no admitía discusión—. Estás sudado, hueles a magia revuelta y a susto acumulado.

Eiren abrió la boca.

—Pero, yo—

—Nada de "yo" —lo cortó—. Yo pediré que te preparen algo de desayunar. Después veremos qué hacer contigo.

Crucé los brazos y asentí.

—Y por "ver qué hacer" —añadí— se refiere a mantenerte con vida y consciente por más de un día seguido, por si no estaba claro.

Eiren dejó escapar una risa nerviosa.

—No fue mi intención…

—Nunca lo es —refunfuñé—. Y aun así terminas inconsciente, congelando salas enteras o asustándonos a todos.

Luneth respiró hondo.

—Si de verdad dices que te sientes mejor —continuó—, entonces hablaré con Nareth. Es momento de que empiece a enseñarte el método Vyrenthal.

Eiren alzó un poco la cabeza.

—¿En serio?

—Sí —dijo ella—. Ya no podemos seguir improvisando contigo. Cuando todo esté estable, cuando sepamos qué demonios está pasando con tus nodos, entonces podrás experimentar. Combinar tus nodos con el método Vyrenthal, o lo que sea que tu mente termine inventando.

La miré de reojo.

—Porque conociéndote, algo vas a inventar.

Eiren sonrió apenas.

—No prometo nada.

—No —dije, señalándolo—. Promete otra cosa.

—¿Qué cosa?

Me acerqué un poco más a él.

—Basta de quedar inconsciente. Basta de darnos sustos. Basta de caos.

Luneth cerró los ojos un segundo.

—No sé si podría seguir aguantando más de esto —dijo en voz baja—. Cada vez que te desplomas… cada vez que no respondes…

Eiren bajó la mirada.

—Lo siento.

—No —respondí rápido—. No lo sientas. Deténlo.

El silencio se estiró unos segundos. El lobo se sentó cerca de la ventana, observándonos sin intervenir.

Entonces pasó.

Eiren levantó la cabeza, miró a Luneth directamente y dijo, con la voz más baja de lo que le había escuchado nunca:

—Mamá…

Sentí que algo me apretaba el pecho.

Luneth se quedó completamente inmóvil.

—Perdón —continuó él—. Perdón por todo lo que te he hecho pasar estos días. Desde que desperté… solo he causado problemas. Miedo. Preocupación.

Tragó saliva.

—No quise hacerlo. De verdad no quise.

Luneth no dijo nada de inmediato. Caminó hacia él despacio, como si temiera que se desvaneciera otra vez, y le puso una mano en la mejilla.

—Neyreth… —susurró.

—Mamá —repitió él—. Lo siento.

Yo aparté la mirada, fingiendo interés en cualquier otra cosa del cuarto.

Luneth lo abrazó entonces, con fuerza, como si quisiera asegurarse de que estaba ahí, de que no se le iba a escapar otra vez.

—No vuelvas a pedir perdón por existir —le dijo—. Solo… quédate. Eso es todo lo que te pedimos.

Eiren asintió contra su hombro.

—Me quedaré.

Me aclaré la garganta.

—Bien —dije, intentando recuperar algo de normalidad—. Ahora sí. A bañarte. Antes de que decida congelarte yo misma por puro estrés.

Eiren soltó una pequeña risa, todavía abrazado a Luneth.

—Sí… ya voy.

Eiren se soltó del abrazo, respiró hondo y caminó hacia el baño. Cerró la puerta con cuidado, como si temiera hacer ruido de más.

Nos quedamos en silencio unos segundos.

Solo unos segundos.

Entonces Luneth me agarró de los hombros de golpe.

—¡Liana! —dijo, con los ojos brillándole de una forma peligrosamente feliz—. ¿Lo escuchaste?

Parpadeé.

—Si me vas a sacudir así cada vez que tu hijo diga algo importante, voy a terminar desmayada yo.

—¡Me llamó mamá! —dijo, casi saltando en su lugar—. Mamá. Lo dijo. Con su voz. A mí.

—Sí, lo oí —respondí—. Estaba a menos de dos pasos de distancia, difícil no escucharlo.

Luneth apretó mis hombros aún más.

—Pensé que tardaría años —continuó—. Años, Liana. Pensé que quizá nunca pasaría. Que siempre me vería como… como alguien más. Como una figura ajena.

—Luneth…

—No, escúchame —me interrumpió—. He esperado tanto ese momento. Cada día desde que despertó. Cada vez que abría los ojos y me miraba sin decir nada. Cada vez que se alejaba.

Se llevó una mano al pecho.

—Y hoy… hoy simplemente lo dijo.

Sonreí, sin poder evitarlo.

—Milagro confirmado entonces.

—¡Es un milagro! —dijo, riendo quedo—. Pensé que me desmayaría cuando lo escuché.

—Considerando el día que hemos tenido, habría sido lo más normal.

Ella soltó una risa suave, casi temblorosa.

—De verdad pensé que iba a tardar mucho más —repitió—. Que su corazón necesitaba más tiempo. Que yo necesitaba ser más paciente.

—Lo fuiste —le dije—. Más de lo que muchos habrían sido.

Luneth me miró, los ojos húmedos.

—Gracias por quedarte —dijo—. Por aguantar todo esto conmigo. Por aguantarlo a él.

—Alguien tiene que hacerlo —respondí—. Y además… ese condenado niño ya es parte del desastre familiar. No hay vuelta atrás.

Ella rió otra vez, más tranquila ahora.

—No sabes lo feliz que estoy.

—Sí lo sé —dije—. Se te nota tanto que podrías iluminar el pasillo sin magia.

Desde el baño se escuchó el sonido del agua comenzando a correr.

Luneth suspiró, por fin soltándome los hombros.

—Está bien —murmuró—. Todo va a estar bien… ¿verdad?

Miré la puerta del baño, luego al lobo sentado cerca de la ventana, y finalmente a ella.

—No sé si "bien" —respondí con honestidad—. Pero al menos… vamos en la dirección correcta.

Luneth asintió, sonriendo como si eso fuera suficiente.

Luneth comenzó a caminar hacia la salida con pasos ligeros, casi flotando. Sonreía de una forma distinta, como si algo dentro de ella por fin hubiera encajado después de años fuera de lugar. Su espalda estaba recta, su respiración tranquila, y había… luz. No magia, no mana. Algo más humano. Más real.

Y entonces empezó a tararear.

Una melodía suave, antigua, de esas que solo se cantan cuando nadie escucha o cuando el corazón está demasiado lleno como para quedarse en silencio.

Yo simplemente la miré irse.

Sonreí sin darme cuenta.

Diez años.

Diez malditos años creyendo que su hijo estaba muerto. Años de duelo contenido, de noches en vela, de culpas silenciosas. Luego verlo otra vez, inmóvil, inconsciente durante dos meses, sin saber si volvería a abrir los ojos. Y después… estas dos semanas. Caos, miedo, sustos constantes, magia fuera de control, hielo, fuego, nodos que nadie entiende y un dragón que aparece cuando quiere.

Y aun así.

Ese instante.

Ese solo instante en el que Eiren dijo mamá.

Ese había sido el primer momento verdaderamente suyo.

El primero real.

Me apoyé un poco contra la pared, dejando escapar un suspiro lento. La felicidad de Luneth era contagiosa, pero también… dolía. No de mala manera. De esa forma extraña en la que uno entiende cosas que preferiría no entender del todo.

Porque esas sonrisas tímidas… esa forma de bajar la mirada cuando decía algo importante… esa palabra dicha en voz baja.

Yo ya las había visto antes.

Las había recibido yo.

También Roderic. Joren. Alenya. Miriel.

Durante más de un año.

Palabras dichas sin miedo. Risas torpes. Abrazos espontáneos. Secretos compartidos en noches largas. Confianza construida a golpes de silencio y sangre.

Cosas que Luneth no tuvo.

No porque no las mereciera.

Sino porque le fueron robadas.

Sentí un nudo leve en el pecho.

No era celos. No era culpa. Era conciencia.

La familia Vyrenthal no solo había perdido a un hijo. Había perdido años. Gestos. Primeras veces. Vínculos que se forman cuando nadie mira.

Eso no se recupera de un día para otro.

Pero se puede volver a construir.

Miré hacia el baño. El sonido del agua seguía ahí, constante, tranquilo. Eiren estaba vivo.

Despierto. Caminando. Llamando a su madre por su nombre verdadero.

Eso ya era un inicio.

Desde el pasillo, ya lejos, escuché a Luneth murmurar, con una risa apenas contenida:

—Se lo voy a presumir a Nareth… aunque me mire feo.

Negué con la cabeza, sonriendo más abiertamente ahora.

Sí.

Que lo presuma.

Se lo ganó.

*****

[Eiren]

El aire estaba frío, pero no de ese frío que muerde la piel, sino del que se queda suspendido, quieto, obediente. El jardín de entrenamiento era distinto a la sala cerrada donde había meditado días atrás: cielo abierto, muros bajos cubiertos de runas antiguas, muñecos de prueba alineados a distintas distancias. Un lugar hecho para fallar sin consecuencias… o eso decían.

Rhaella estaba de brazos cruzados, firme, observándolo todo con esa mirada que no se le escapaba nada. Sivelle, en cambio, parecía más relajada, aunque la conocía lo suficiente como para saber que estaba evaluando cada detalle.

—Empieza con algo simple —dijo Sivelle—. Hielo, con cántico. Sin círculos. Y no uses los nodos.

Asentí.

Respiré hondo.

Era extraño no apoyarme en ellos. Los nodos siempre estaban ahí, como un reflejo, como mover un brazo sin pensarlo. Ignorarlos era… incómodo.

—Frixa glacies, responde a mi voz —recité, en un cántico corto.

El mana respondió, algo torpe, pero respondió. Un proyectil de hielo se formó frente a mi mano y salió disparado, impactando contra el muñeco más cercano. El hielo se incrustó en el torso de paja, rompiéndolo parcialmente.

—Otro —pidió Sivelle sin perder tiempo.

Volví a recitar. Y otra vez. Y otra más.

Los disparos salieron, algunos más rectos que otros. El tercero se desvió un poco. El cuarto tardó en formarse.

Fruncí el ceño.

—Lo estás forzando —dijo Rhaella de pronto—. Tu mana va antes que tu intención.

La miré de reojo.

—¿Eso es malo? —pregunté.

—Es ineficiente —respondió con calma—. En combate real, eso te mata.

Sivelle levantó una mano.

—Bien, cambia —dijo—. Ahora sin cánticos. Usa círculos.

Suspiré.

Esta parte siempre se me había dado peor.

Extendí la mano y tracé un círculo frente a mí con mana. La forma era correcta, pero le faltaba… algo. Activé el hechizo y el hielo se formó, aunque más lento, más rígido. El proyectil salió, pero explotó antes de llegar al objetivo.

—Ahí está —murmuró Sivelle.

—Exacto —añadió Rhaella—. Falta fluidez. Tus círculos son… mecánicos.

Bajé la mano.

—Lo sé —admití sin discutir—. Dejé de usarlos hace mucho.

Sivelle me miró de lado.

—Desde que creaste los nodos.

—Sí.

Rhaella chasqueó la lengua suavemente.

—Eso explica muchas cosas.

Me volví hacia ella.

—¿Cómo qué?

—Que seas peligroso —dijo sin rodeos—, pero dependiente. Tus nodos son una herramienta increíble, Eiren, pero si algo interfiere con ellos, o los sobrecargas, tus bases se caen.

Sivelle asintió.

—Durante el incidente del bosque usaste cánticos para no agotarte —dijo—. Eso significa que tú mismo sabes que algo está mal en tu práctica con los medios tradicionales.

No lo negué.

—Lo sé desde hace tiempo —respondí—. Simplemente… no recordaba cómo lo hacía antes. Y cuando los nodos aparecieron, me enfoqué solo en ellos.

Rhaella caminó un poco, observando los muñecos dañados.

—No eres el primero —dijo—. Muchos magos que desarrollan un método propio descuidan las bases. La diferencia es que tú olvidaste las bases primero.

Sivelle sonrió apenas.

—Por eso padre quiere enseñarte el método Vyrenthal —añadió—. Te ayudará a reorganizar tu control. No solo con nodos, sino con todo.

—Y mientras tanto —intervino Rhaella—, nosotros te vamos a hacer practicar.

La miré.

—¿Nosotros?

—Sí —dijo con una leve sonrisa—. Yo no uso hielo, uso fuego. Pero la estructura del hechizo, la intención, el ritmo… eso es universal.

Sivelle se giró hacia mí.

—Además, los hechizos de hielo Vyrenthal son los mismos en ejecución —explicó—, pero nunca en resultado. Padre y madre pueden recitar el mismo cántico y el hielo se manifiesta distinto.

Pensé en eso.

—Como contigo —dije.

Ella asintió.

—Y contigo será diferente otra vez. Ya lo es.

Rhaella inclinó un poco la cabeza, observándome con más atención.

—Tu hielo no es solo hielo —dijo—. Tiene… otra cosa mezclada. No es fuego, no es rayo. Pero está ahí.

No respondí de inmediato.

Pensé en el punto azul en mi pecho. En la sensación al usar variaciones altas. En cómo el mana se movía ahora, más… despierto.

—Lo sé —dije al final—. Solo que aún no sé qué es.

Sivelle sonrió con calma.

—Entonces aprende —dijo—. Esta vez, sin saltarte pasos.

Rhaella cruzó los brazos otra vez.

—Y sin desmayarte —añadió—. Eso también sería ideal.

No pude evitar reír un poco.

—Haré lo posible.

El viento pasó entre los árboles del jardín, moviendo las hojas y el aire frío alrededor.

Sivelle se quedó pensativa unos segundos, observándome como si estuviera armando algo en su cabeza. Luego habló con cuidado, como si no quisiera empujar demasiado.

—Espera, ¿Recuerdas algún hechizo poderoso? —preguntó—. Algo que hayas usado en el pasado… y que quizá volviste a usar después, aun sin darte cuenta.

Me quedé en silencio.

Cerré los ojos.

No era un recuerdo claro, no como los otros. Era más una sensación, una imagen rota, fragmentos sueltos que no terminaban de encajar.

—Sí… uno —dije al fin—. Creo que era un hechizo de área.

Rhaella alzó una ceja.

—¿"Crees"? —repitió.

—No lo veo completo —expliqué—. Pero recuerdo el resultado.

Sivelle inclinó un poco la cabeza.

—¿Qué pasó?

Respiré hondo.

—Creé un círculo enorme —dije—. Mucho más grande que cualquier círculo normal. Mientras recitaba, el mana… se salió de control. El hielo se expandió con violencia, como si explotara desde dentro. No fue solo congelar. Fue… caos. Una explosión de frío.

Rhaella silbó bajo.

—Eso suena encantador —murmuró.

Sivelle, en cambio, estaba completamente seria.

—¿Recuerdas el cántico? —preguntó.

Abrí los ojos y la miré.

—Sí —respondí sin dudar esta vez.

Las palabras salieron solas, como si siempre hubieran estado ahí, esperando.

—Sírhen vel'raen… aeth'na vor… fros'tael… Fros'tael rhein na'thir.

El silencio cayó de golpe.

Sivelle abrió un poco los ojos.

—Eso… —empezó, y se detuvo.

Rhaella la miró de inmediato.

—¿Qué? —preguntó—. ¿Lo conoces?

Sivelle asintió lentamente.

—Sí —dijo—. Es un hechizo de alto nivel.

La miré, tenso.

—¿Alto nivel cuánto?

—Demasiado para que lo use alguien sin un control perfecto —respondió—. Y definitivamente demasiado para usarlo de forma improvisada.

Tragué saliva.

—¿Cuándo lo usaste? —preguntó ella.

La respuesta me pesó más de lo que esperaba.

—La noche antes de que Liana y Roderic me encontraran en el río —dije—. La noche en que me inculparon.

Rhaella dejó de apoyarse en el muro.

—Eso fue justo antes de que casi murieras —dijo.

—Lo sé.

Sivelle apretó los labios.

—Ese hechizo… —continuó— es uno que madre usaba. Muy rara vez.

La miré con sorpresa.

—¿Mamá?

—Sí —afirmó—. Es un hechizo de devastación en área. Puede congelar todo dentro del radio… y al mismo tiempo destruirlo. El hielo no preserva, rompe. Colapsa estructuras, cuerpos, mana.

Se me heló la espalda, y no por magia.

—No tengo idea de dónde lo saqué —dije—. Tal vez ella me lo mostró una vez. Tal vez lo vi. Tal vez lo escuché.

Negué con la cabeza.

—No lo sé.

Rhaella cruzó los brazos, pensativa.

—¿Y no recuerdas nada más? —preguntó—. ¿Ni cómo lo aprendiste, ni cuándo?

—Nada —respondí—. Cuando se trata de mi uso de la magia antes de perder la memoria… no hay absolutamente nada.

Sivelle me miró con una mezcla de preocupación y algo más. ¿Miedo? ¿Asombro?

—Eiren… —dijo despacio—. Replicar un hechizo así no es algo que se haga solo por verlo una vez. Menos aún en un estado emocional extremo.

Bajé la mirada.

—Pero lo hice —murmuré.

Rhaella suspiró.

—Eso significa dos cosas —dijo—. O eres absurdamente talentoso… o algo en ti aprende incluso cuando tú no recuerdas.

Levanté la vista, sintiendo ese leve pulso en el pecho, casi imperceptible.

—O ambas —dije.

Sivelle asintió.

—Por eso vamos a ir con cuidado —añadió—. Nada de hechizos de ese nivel. Nada de improvisar. Hasta que el método Vyrenthal esté bien asentado.

—Y hasta que entiendas qué diablos eres capaz de hacer ahora —remató Rhaella.

Miré mis manos.

Ese hechizo no me dio orgullo ni poder.

Solo miedo.

—Está bien —dije al final—. Esta vez… haré las cosas bien.

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