Ficool

Chapter 70 - Capítulo 69

[Luneth]

La puerta principal estaba abierta de par en par.

El aire de la tarde entraba con suavidad al vestíbulo, moviendo apenas las cortinas altas, y frente a mí todo estaba exactamente como debía estar: los mayordomos alineados a la derecha, las sirvientas a la izquierda, posturas rectas, miradas al frente, la coreografía perfecta de una casa ducal recibiendo a otra.

A mi lado estaba Nareth, firme como siempre, con esa quietud que solo tienen quienes esconden emoción bajo capas de control. Un poco más atrás, Isen y Niva observaban con atención, demasiado curiosos para fingir indiferencia.

Sivelle no estaba.

Había insistido en quedarse en el ala de entrenamiento acompañando a Neyreth, y por una vez no se lo discutí. Él la necesitaba más que una bienvenida formal.

El sonido de los cascos se detuvo frente a la entrada.

El carruaje negro con el emblema de Notch se abrió paso hasta quedar frente a nosotros.

La puerta se abrió.

Primero descendió él.

El Duque Notch.

Cabello rojizo como el fuego viejo, ojos rojos intensos que parecían evaluar el mundo incluso antes de pisar el suelo. Su piel morena estaba marcada por cicatrices que apenas se adivinaban bajo la ropa formal: líneas en el cuello, una en la clavícula, otra asomando por la muñeca. Cicatrices reales, no decorativas.

Sonreí apenas.

Siempre igual. Un guerrero incluso vestido de noble.

Luego descendió ella.

La Duquesa Seraphine Notch.

Cabello negro lacio, perfectamente arreglado, ojos café profundos, piel blanca como porcelana. Su porte era elegante, medido, cada gesto calculado… pero no frío. Nunca lo había sido.

Y por último, Rhaella.

Con ropa adecuada esta vez: vestido oscuro, botas limpias, capa bien colocada. Nada del uniforme de capitana. Parecía, al fin, una heredera ducal.

Cuando sus miradas se cruzaron con la mía, lo sentí de inmediato.

La sorpresa.

Seraphine fue la primera en reaccionar.

—…Luneth.

Su voz no cambió, pero sus ojos sí.

Notch parpadeó una sola vez, lento.

—Por los cielos —murmuró—. Así que no era un rumor.

Avancé un paso.

—Notch. Seraphine. —Incliné la cabeza con respeto—. Bienvenidos a mi hogar.

Hubo un segundo de silencio incómodo.

Seraphine fue quien lo rompió.

—No sabíamos que estabas aquí —dijo, mirándome de arriba abajo como si confirmara que era real—. Rhaella no mencionó nada.

Giré apenas el rostro hacia mi ahijada.

Rhaella desvió la mirada.

—Bueno… —empezó—. No me pareció… relevante.

—¿No relevante? —repitió Kaelric, arqueando una ceja—. ¿Que tu madrina, la duquesa del Norte, esté en la capital después de diez años?

—Padre…

—Rhaella —dijo Seraphine con voz suave, pero peligrosa—. ¿Qué más no nos pareció "relevante"?

Rhaella tragó saliva.

Yo suspiré despacio.

—No la castiguen por eso —intervine—. Fui yo quien pidió discreción.

Los dos duques me miraron al mismo tiempo.

—¿Discreción? —repitió Kaelric—. Luneth, te aislaste del mundo durante una década. Solo recibíamos cartas, breves, medidas. Y ahora resulta que estás aquí.

—Las circunstancias lo exigieron —respondí con calma.

Seraphine dio un paso hacia mí, observándome con detenimiento.

—Te ves… distinta.

Sonreí apenas.

—Tú también.

Ella soltó una pequeña risa incrédula.

—Eso no responde nada.

—Nunca lo hace —añadió Kaelric, cruzándose de brazos—. Es su especialidad.

Nareth dio un paso adelante entonces.

—Notch —saludó—. Seraphine.

El duque Notch lo miró y sonrió con más amplitud.

—Nareth Vyrenthal. —Asintió—. Sigues teniendo esa cara de pocos amigos.

—Y tú sigues hablando demasiado —respondió Nareth sin perder la compostura.

Isen soltó una risa que intentó disimular.

Niva observaba a Rhaella con curiosidad abierta.

Seraphine volvió su atención a mí.

—Rhaella tampoco nos dijo por qué venía —dijo—. Solo que debía hacerlo. Urgente.

Miré a mi ahijada de nuevo.

—Tampoco les dijo que vino sin anunciarse —añadí.

—¡Eso fue una decisión táctica! —se defendió Rhaella—. Además, quería ver con mis propios ojos si…

Se detuvo.

Cerró la boca.

Notch la miró con atención.

—¿Si qué?

—Nada —respondió demasiado rápido.

Seraphine suspiró.

—Rhaella…

—Después —intervine—. Hablaremos de todo después.

Hice un gesto hacia el interior de la mansión.

—Por ahora, entren. Han viajado. Descansen. Habrá tiempo para explicaciones.

Notch me sostuvo la mirada unos segundos más, como si quisiera decir algo… o preguntar demasiado.

Finalmente asintió.

—De acuerdo —dijo—. Pero no creas que lo olvidaremos.

Seraphine sonrió con suavidad.

—Es bueno verte, Luneth. De verdad.

—Lo mismo digo —respondí.

Mientras avanzaban al interior, noté cómo Rhaella me miraba de reojo, nerviosa, como si cargara un secreto demasiado grande para seguir ocultándolo.

Y no se equivocaba.

Porque aún no sabían lo más importante.

Ni que él estaba aquí.

Ni que el pasado que creían enterrado acababa de despertar.

El paso se volvió más relajado una vez que dejamos el vestíbulo atrás.

Notch caminaba junto a Nareth, hablando en voz baja; dos duques, dos viejos conocidos midiendo palabras como si fueran piezas de ajedrez. Un poco más atrás, Seraphine caminaba a mi lado, su andar elegante apenas alterado por la evidente curiosidad que le hervía por dentro.

Rhaella iba unos pasos delante, con Isen colgado de un brazo y Niva del otro, como si fueran sacos de trigo particularmente habladores.

—¡Rhaella! —protestó Isen, riendo—. ¡Vas muy rápido!

—No voy rápido —respondió ella sin esfuerzo—. Ustedes pesan poco.

—¡Eso no es un cumplido! —dijo Niva, aunque no soltó el brazo.

Seraphine los observó con una sonrisa suave antes de volver la mirada hacia mí.

—De verdad no pensé volver a verte fuera del norte —dijo—. Después de tantos años… creí que, si había algún evento importante, solo veríamos a Nareth. Como siempre.

—Lo sé —respondí—. Yo misma pensé que sería así.

—Entonces —continuó—, ¿qué haces aquí, Luneth?

No fue una pregunta inquisitiva. Fue genuina.

Respiré hondo.

—Hace casi un año salí del norte —dije—. Por algo importante. Algo que requería mi presencia… y mi investigación personal.

Seraphine frunció el ceño apenas.

—¿Un año? —repitió—. ¿Y no dijiste nada?

—No —admití—. Y sí, sé cómo suena.

—¿Arianne lo sabía? —preguntó enseguida.

—Sí. —Asentí—. La visité hace unos meses, en la ciudad del oeste.

Seraphine se detuvo un segundo al caminar.

—¿Y a nosotros?

La miré de reojo.

—Lo olvidé.

Ella parpadeó.

—…¿Olvidaste avisarnos?

—Olvidé avisarles a ustedes. —Suspiré—. Olvidé avisarle a mis padres. Y a los padres de Nareth también.

—Luneth… —murmuró, entre sorprendida y divertida—. Eso es imperdonable.

—Lo sé —respondí sin discutir—. Pero pronto lo sabrán todo. Solo… quiero presentarles a unas personas primero.

Seraphine me observó unos segundos más y luego negó con la cabeza, sonriendo.

—Nunca cambias.

Seguimos caminando hasta llegar a la sala donde había pedido que esperaran.

Mariela y Miya estaban apostadas a ambos lados de la puerta. Al vernos, inclinaron ligeramente la cabeza.

—Duques —saludó Miya.

Mariela abrió la puerta con cuidado.

Dentro estaban Liana, Roderic, Joren, Alenya y Miriel. Conversaban en voz baja, pero se pusieron de pie de inmediato al vernos entrar.

Los duques de Notch se detuvieron en seco.

—¿…? —Notch entrecerró los ojos—. Luneth, ¿quiénes son ellos?

Liana y su familia se inclinaron de inmediato.

—Es un honor —dijo Roderic con respeto.

Di un paso al frente, soltándome un poco del brazo de Seraphine.

—Notch, Seraphine —dije—. Permítanme presentarles a la familia Higles.

Me giré apenas, colocando una mano suave sobre el hombro de Liana.

—Ella es Liana Higles —continué—. Él es su esposo, Roderic. Y sus hijos: Joren, Alenya y Miriel.

Kaelric los observó con atención.

—¿Higles? —repitió—. No reconozco el nombre.

—No son nobles —aclaré—. Pero son… importantes.

Antes de que pudiera decir algo más...

Grrrrr.

El sonido fue bajo, profundo, vibrante.

Desde el fondo de la sala, el dragón-lobo avanzó un paso, el pelaje plateado erizándose, los ojos fijos en Notch. Su postura no era de ataque… pero sí de alerta absoluta.

Seraphine se tensó de inmediato.

—¿Qué es eso…? —susurró.

Notch dio un paso al frente, instintivo, y el mana de fuego se encendió alrededor de su mano.

—Atrás —dijo con voz firme.

—¡No! —intervine al instante.

Di un paso entre ellos y levanté una mano.

—Notch, no.

El dragón-lobo gruñó de nuevo, más fuerte esta vez.

Me giré hacia él.

—Tranquilo —dije con voz clara—. Está bien. No hay peligro.

El lobo ladeó la cabeza apenas, sin dejar de mirar al duque.

—No es una amenaza —añadí—. Tú magia es desconocida para él, eso es todo.

El gruñido disminuyó poco a poco.

Notch bajó la mano lentamente, aunque el fuego seguía latente.

—¿Me estás diciendo —dijo despacio— que esa cosa entiende lo que dices?

—Sí —respondí sin dudar—. Y que no es peligrosa.

—Luneth… —empezó Seraphine.

—Confía en mí —la interrumpí—. Por favor.

El dragón-lobo dio un paso atrás y se sentó, aunque sin apartar del todo la mirada.

El silencio fue pesado durante unos segundos.

Finalmente, Notch exhaló.

—Cada vez que vengo a esta casa —murmuró—, el mundo deja de tener sentido.

No pude evitar sonreír.

—Aún no han visto nada —respondí.

Y eso… era solo la verdad.

Le dirigí una mirada breve a una de las sirvientas.

Ella asintió de inmediato y se inclinó con respeto.

—Ya enviamos a alguien a traerlos, mi duquesa.

Seraphine frunció ligeramente el ceño.

—¿Traer a quién?

—A Sivelle —respondí—. Y a alguien más.

Notch alzó una ceja.

—¿Sivelle? —repitió—. ¿No debería estar en la academia?

—Debería —admití—. Pero tuve que retirarla un tiempo. Me estaba ayudando con algo… importante. Ya se está preparando para regresar.

Seraphine miró a Notch y ambos se encogieron de hombros al mismo tiempo.

—Contigo —dijo ella—, ya no me sorprende nada.

Nos acercamos entonces a Liana y a su familia.

Notch fue el primero en hablar.

—Somos Mich Notch y Seraphine Notch —dijo con una inclinación formal—. Duques del Sur.

Seraphine sonrió con calidez.

—Si Luneth y Nareth los consideran importantes —añadió—, entonces también lo son para nosotros.

Liana se tensó visiblemente.

—No… no es necesario —dijo apresurada—. De verdad. No somos nada especial. Y por favor, no sean tan formales con nosotros.

Miró a su alrededor, incómoda.

—Las diferencias de clase siguen existiendo… ustedes no tienen por qué—

—No hay ningún problema —la interrumpió Seraphine con suavidad—. Yo también fui plebeya alguna vez.

Liana parpadeó, sorprendida.

—¿De verdad?

—De verdad —respondió ella—. Así que estamos en la misma línea.

Roderic se aclaró la garganta.

—Roderic Higles —dijo—. Mucho gusto.

—Joren —saludó su hijo mayor.

—Alenya —añadió la del medio.

—Miriel —dijo la menor con una sonrisa tímida.

Mich asintió, observándolos con atención.

—Entonces… —dijo—, ¿qué hacen aquí? ¿Cómo se conocieron?

Antes de responder, levanté una mano.

—Sentémonos primero —propuse—. Esta historia no se cuenta de pie.

Una vez acomodados, Kaelric volvió a mirarme.

—Ahora sí —dijo—. ¿Qué te hizo salir del norte, Luneth? ¿Fue algún cargamento? ¿Un artefacto? ¿Algo lo suficientemente importante como para abandonar tu aislamiento?

Abrí la boca para responder.

Las puertas se abrieron.

El sonido fue suave, pero el efecto no.

—¡Tía! —se escuchó primero.

Sivelle entró con paso ligero, deteniéndose al ver a los duques.

—Tío, tía —saludó con naturalidad—. Llegaron rápido.

—Sivelle —dijo Seraphine con una sonrisa genuina—. Has crecido.

—Eso dicen —respondió ella con una media sonrisa.

Intercambiaron algunas palabras más, breves, hasta que sentí el cambio en el aire.

No el aire.

El mana.

Se volvió denso. Familiar.

Levanté la vista hacia la puerta.

Él apareció entonces.

Cabello plateado con mechones negros aún húmedos, una toalla descansando sobre sus hombros. Su piel brillaba ligeramente por el sudor, los ojos celestes atentos, cansados… vivos.

Neyreth.

Mich dejó de respirar por un segundo.

Seraphine se llevó una mano al pecho sin darse cuenta.

Neyreth se detuvo al verlos. Su cuerpo reaccionó antes que su mente; pude verlo en la tensión de sus hombros, en la forma en que su mana se acomodó instintivamente.

Me puse de pie.

Caminé hasta él despacio, como si el momento pudiera romperse.

Me detuve frente a Neyreth y puse una mano sobre su brazo.

—Después de diez años —dije, con la voz firme solo por costumbre—. Después de buscarte durante el último año…

Me giré hacia los duques.

—Lo encontré.

El silencio fue absoluto.

—Él es Neyreth —continué—. Mi hijo.

Seraphine negó lentamente con la cabeza.

—No… —susurró—. Eso es imposible.

Mich se levantó de golpe.

—Neyreth murió —dijo—. Lo vimos en los registros. Búscanos por...

—Nunca se encontró —respondí—. Y nunca estuvo muerto.

La mirada del duque tembló.

—¿Estás diciendo…?

—Que la única razón por la que salí de mi aislamiento —dije—, por la que dejé el norte… fue él.

Neyreth tragó saliva, mirando de uno a otro, sin entender del todo el peso de lo que acababa de caer sobre la sala.

—Yo… —empezó.

Le apreté el brazo con suavidad.

—Está bien —le dije—. Ya hablaremos después.

Mich se pasó una mano por el rostro.

—Diez años —murmuró—. Diez años creyendo que estaba muerto…

Seraphine fue la primera en moverse.

No caminó.

Casi corrió.

—No… no, no, no… —murmuraba mientras se acercaba—. Esto no puede ser…

Se detuvo justo frente a Neyreth y, sin pedir permiso, lo tomó de los brazos. Luego de los hombros. Después del pecho, como si necesitara confirmar que era real. Que no iba a desvanecerse.

—Es imposible… —dijo, alzando la vista para mirarlo al rostro—. De verdad eres tú…

Sus manos temblaban.

—Estás diferente —añadió, con una risa ahogada—. Más grande… más… —lo evaluó sin pudor—. Más lindo. Mucho más hecho un hombre. Dioses, estás enorme.

Antes de que Neyreth pudiera reaccionar, Seraphine lo abrazó con fuerza, sin importarle el sudor ni la toalla húmeda sobre sus hombros.

—Es un milagro —repitió—. Un milagro de verdad. Estás vivo…

Neyreth se quedó rígido un segundo. Pude sentirlo incluso desde donde estaba. Ese instante en el que su cuerpo no sabía qué hacer.

Mich no tardó en seguirla.

—Maldita sea… —dijo con la voz quebrada—. Un maldito milagro.

Se colocó frente a él y lo tomó de ambos hombros, apretando con fuerza.

Y entonces lo abrazó también.

Mich no medía su fuerza. Nunca lo había hecho. El abrazo fue tan intenso que Neyreth se elevó apenas del suelo.

—Tiene músculo —dijo el duque, casi riendo—. Y altura. Mucha altura.

Lo soltó apenas para observarlo mejor.

—Se parece tanto a ti, Luneth… —dijo—. Y a Nareth. Ese porte… —sus ojos bajaron a su cabello—. Y ese cabello… plata, pero con negro ese color negro, ¿De dónde salió?

Seraphine asintió con entusiasmo.

—Sí… sí, exactamente eso.

Entonces lo vi.

La mirada de Neyreth.

No era rechazo.

Era desconcierto.

Sus hombros se tensaron. Su cuerpo se encogió apenas, como si no supiera dónde colocar las manos, qué hacer con tanta cercanía, con tanto peso emocional cayendo de golpe.

Fue suficiente.

Me moví de inmediato y me coloqué entre ellos con un gesto suave pero firme.

—Basta —dije con calma—. Lo siento.

Seraphine parpadeó, dándose cuenta recién entonces.

—¿Luneth…?

—Perdónenos —continué—. Sé que esperaban otra reacción, pero…

Miré a Neyreth un segundo antes de seguir.

—Neyreth tiene amnesia.

El silencio fue inmediato.

—¿Amnesia…? —repitió Mich lentamente.

—Recuerda muy poco de sí mismo —expliqué—. Debido a circunstancias que no entraremos ahora.

Seraphine llevó una mano a su boca.

—Entonces… ¿no nos…?

—No —respondí con suavidad—. No como creen.

Neyreth bajó un poco la mirada.

—Lo siento —dijo él, con voz sincera—. De verdad.

Seraphine negó con la cabeza de inmediato.

—No, no —dijo—. No tienes que disculparte. Dioses… no.

Respiró hondo, obligándose a calmarse.

—Fue encontrado —continué— por la familia Higles. En un estado terrible, hace un par de años. Ahí supieron que no recordaba nada. Vivió con ellos durante dos años.

Miré a Liana y Roderic un instante, agradecida.

—Esa historia… la contaremos después.

Mich apretó los labios, conteniéndose.

—Entonces… —dijo con voz grave—. Está vivo. Aquí. Pero herido de una forma distinta.

—Sí —asentí—. Y necesita tiempo.

Seraphine dio un paso atrás, esta vez con cuidado, mirándolo con una mezcla de emoción y respeto.

—Está bien —dijo—. No vamos a forzarlo.

Sus ojos brillaban, pero su voz era firme.

—El milagro no se va a ir a ningún lado.

Neyreth levantó la vista lentamente.

—Gracias —dijo.

—Sivelle —dije, girándome hacia ella—, ¿puedes acompañar a Neyreth a su habitación? Que se limpie y descanse un poco. Aquí lo esperaremos.

Sivelle asintió de inmediato.

—Claro.

Neyreth dudó un segundo, luego inclinó un poco la cabeza.

—Con permiso… —dijo, educado, antes de girarse.

Salió junto a Sivelle, sus pasos perdiéndose por el pasillo. Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió a caer, pesado, expectante.

Seraphine fue la primera en hablar.

—Luneth… ¿cómo es que…?

Levanté la mano antes de que terminara la pregunta.

—Siéntense —dije con calma—. Todos.

Los duques obedecieron, aún tensos. Nareth se colocó a mi lado. Rhaella abrazó a Isen y Niva con más fuerza de lo normal. Liana respiró hondo, como preparándose para algo que había contado pocas veces… y nunca a personas así.

—Ayer —continué— no les contamos nada. Ni siquiera a Rhaella. No era el momento. Pero ahora sí.

Miré a Liana.

—Empieza tú.

Liana tragó saliva y asintió.

—Fue… hace casi dos años —comenzó—. Un día después de una tormenta muy fuerte.

Roderic apoyó una mano sobre la de ella.

—Había llovido toda la noche —añadió él—. Río arriba. Cuando llueve así, el río baja sucio… con escombros.

Seraphine frunció el ceño.

—¿Escombros…?

—Troncos, ramas, restos de carretas viejas —dijo Liana—. A veces cosas peores.

Respiró hondo.

—Esa mañana, todo el pueblo fue al río. Es costumbre bañarnos allí cuando el calor aprieta. Fue entonces cuando lo vimos.

—Flotando —dijo Roderic, con voz grave—. Entre la suciedad.

Mich se inclinó hacia adelante.

—¿Flotando… vivo?

—Apenas —respondió Roderic—. Si no lo hubiéramos visto en ese momento, el río se lo llevaba.

—Tenía el cuerpo atrapado entre maderas —continuó Liana—. Y sangre… muchísima sangre.

Seraphine llevó una mano al pecho.

—Dioses…

—Yo grité —admitió Liana—. Pensé que estaba muerto.

—Pero uno de los hombres del pueblo vio que se movía —dijo Roderic—. Entonces entramos varios al agua.

—Lo sacaron —continuó ella—. Entre cuatro. Era pesado… incluso inconsciente.

Rhaella susurró:

—¿Estaba herido…?

Liana asintió.

—Flechas —dijo—. Tenía flechas incrustadas en el cuerpo. Dos en el costado. Una en la pierna.

Nareth apretó la mandíbula.

—Y quemaduras —añadió Roderic—. Quemaduras viejas y nuevas. Como si hubiera pasado por fuego… o magia.

Kaelric cerró los puños.

—¿Cuántas heridas…?

—Demasiadas —respondió Liana—. Algunas abiertas desde hacía días… otras más recientes. Estaba frío. Pálido. Apenas respiraba.

Seraphine negó con la cabeza, incrédula.

—¿Cómo… cómo sobrevivió?

—No lo sabemos —dijo Liana con honestidad—. Solo sabemos que lo llevamos al pueblo.

—Nuestro médico —añadió Roderic—. No tiene magia. Solo manos y conocimiento.

—Trabajó durante horas —continuó ella—. Sacando flechas. Limpiando heridas. Cerrando lo que se podía cerrar.

—Pensamos que no lo lograría —dijo Roderic—. Varias veces.

El silencio se hizo denso.

—Pero vivió —dije yo, finalmente.

Liana asintió, con los ojos brillosos.

—Vivió.

—Tardó días en despertar —continuó—. Y cuando lo hizo…

—No sabía quién era —dijo Roderic—. Ni su nombre. Ni de dónde venía.

Seraphine susurró:

—Neyreth…

—Para nosotros fue Eiren —dijo Liana—. Así lo llamamos. Porque necesitaba un nombre.

Rhaella los miró con los ojos muy abiertos.

—¿Y…?

—No podía moverse —explicó Liana—. Apenas hablar. No tenía a dónde ir.

—Así que se quedó —dijo Roderic—. Primero por necesidad.

—Luego porque quiso —añadió ella.

Liana sonrió con tristeza.

—Y porque nosotros… ya no supimos cómo dejarlo ir.

Miró a sus hijos un instante.

—Lo cuidamos. Y con el tiempo… lo adoptamos.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

Seraphine cerró los ojos, dejando escapar una lágrima silenciosa.

Mich respiró hondo, apoyando los codos en las rodillas.

—Entonces… —murmuró—. Mi sobrino estuvo al borde de la muerte… y nosotros nunca lo supimos.

—No —dije suavemente—. Pero ahora lo saben.

Liana respiró hondo antes de continuar. Sus manos temblaban un poco, y Roderic volvió a entrelazar sus dedos con los de ella.

—Durante dos años enteros —dijo— Eiren no recordó nada. Nada de antes del río. No tenía pesadillas, no preguntaba… solo vivía.

Seraphine murmuró:

—Como una hoja en blanco…

—Sí —asintió Liana—. Ayudaba en lo que podía. Aprendía rápido. Era… bueno.

Miró a Joren.

—Hasta que pasó lo del almacén.

Joren apretó los labios un segundo antes de hablar.

—Como siempre —dijo—, después de la cosecha llevábamos los costales al almacén del pueblo.

Mich frunció el ceño.

—¿Solos?

—No —respondió Joren—. Días antes habían llegado soldados… de algún noble. También mercenarios y aventureros.

—Entre ellos estaba Garren —añadió Roderic—. Un viejo amigo de la familia.

—Él nos dijo —continuó Liana— que habían visto movimientos raros. Una posible ola de bestias.

Nareth murmuró, serio:

—Eso no se ignora.

—No lo hicimos —dijo Roderic—. Pero el pueblo no tenía a dónde ir. Solo esperábamos que no pasara nada.

Joren tragó saliva.

—Ese día… Eiren y yo llevábamos los últimos costales. Entramos al almacén.

—Y ahí estaba —dijo Liana, cerrando los ojos—. La bestia.

Seraphine se llevó una mano a la boca.

—¿Dentro…?

—Sí —asintió Joren—. Grande. Rápida. No sé cómo entró.

—Nos atacó —continuó—. Corrimos, pero volvió a embestir.

—Eiren me gritó —la voz de Joren se quebró un poco—. Me dijo que me fuera.

Rhaella se tensó.

—¿Que lo dejaras?

—Porque yo estaba más cerca del caballo —dijo Joren—. Podía salir a pedir ayuda a los aventureros.

—Y entonces… —Joren cerró los ojos— la bestia me alcanzó.

—Cayó del caballo —dijo Liana, con la voz apretada—. De cabeza.

Mich apretó los dientes.

—La bestia iba a matarlo —continuó Joren—. Se lanzó hacia mí.

—Pero Eiren… —abrió los ojos— se movió.

—Nunca lo había visto moverse así —dijo Joren—. Fue… demasiado rápido.

—Golpeó a la bestia —añadió—. Con fuerza suficiente para lanzarla lejos.

Nareth exhaló lentamente.

—Sin magia… —murmuró.

—Eso creíamos —respondió Joren.

—Me gritó otra vez —continuó—. Que corriera. Que no mirara atrás.

—Y esta vez… le hice caso.

Liana apretó los labios.

—Logró salir —continuó—. A medio camino se encontró con los aventureros que ya venían.

—Yo… —Joren bajó la mirada— me desmayé apenas dije que Eiren estaba en peligro.

Roderic tomó la palabra.

—Garren se lo llevó al pueblo para tratarlo —dijo—. Y yo… fui con los aventureros al almacén.

Miró a Mich directamente.

—No soy mago. No soy soldado. Pero eran mis hijos.

Mich inclinó la cabeza en señal de respeto.

—Cuando llegamos… —continuó Roderic— todo estaba congelado.

Seraphine abrió los ojos de par en par.

—¿Congelado…?

—Árboles —dijo—. El suelo. La fachada del almacén.

—Y la bestia —añadió Liana—. Muerta. Hecha hielo.

—Eiren estaba ahí —continuó Roderic—. Inconsciente. Herido.

El silencio pesó.

—Lo llevamos de regreso —dijo Liana—. El médico volvió a tratarlo.

—Pero no despertó —añadió Roderic—. Dos semanas.

Seraphine negó lentamente con la cabeza.

—Dos semanas…

—Durante ese tiempo —continuó Liana— la ola de bestias llegó.

Nareth frunció el ceño.

—¿Y él…?

—No estuvo —dijo ella—. Cuando todo terminó…

—Eiren despertó —añadió Roderic—. Gritando.

Liana cerró los ojos al recordarlo.

—La habitación estaba helada —dijo—. Las paredes. El suelo. El aliento se veía.

—Y eso que el invierno aún estaba lejos —añadió Joren.

Rhaella murmuró:

—Entonces…

—Entonces supimos —dijo Liana— que Eiren tenía magia.

Todos me miraron.

Sentí ese tirón en el pecho de nuevo, el mismo de siempre.

—Suena irreal —dije al fin—. Lo sé.

Seraphine me observaba con atención.

—Pero yo… lo sentí.

Mich frunció el ceño.

—¿Sentiste… qué?

—Un tirón —dije—. Fuerte. Abrupto.

Apreté mi propio pecho.

—Como si algo me arrancara el aire.

Nareth tensó los hombros.

—Una ola de emociones —continué—. Dolor. Miedo. Frío.

—El dolor de Neyreth —susurró Seraphine.

Asentí.

—Lo sentí como si fuera mío.

El silencio se volvió denso.

—En ese momento —continué— creí que era otro episodio de mi trauma.

Miré al suelo un instante.

—Pero cada vez que esa sensación regresaba… era más real.

Alcé la vista.

—Yo sentí ese dolor como mío —dije al fin, rompiendo el silencio—. Y ustedes saben que entre Neyreth y yo… había algo único.

Seraphine asintió despacio.

—No favoritismo —añadí de inmediato—. Nunca lo fue. Era un lazo. Real.

Mich apretó la mandíbula.

—Por ese lazo —continué— pude sentirlo. Siempre. Cada vez.

Miré mis manos.

—Eso me decía que seguía vivo. Respirando en algún lugar del mundo.

Rhaella frunció el ceño.

—¿Y nadie te creyó…?

Solté una risa breve, amarga.

—¿Creerme? —negué—. Cada vez que tenía uno de esos episodios me descolocaba. Me volvía inestable. Para todos era solo… mi trauma hablando.

Nareth habló con voz grave:

—Hasta que dejó de ser solo tu voz.

Asentí.

Liana retomó la historia.

—Después de que Eiren despertó… —dijo—, las cosas no fueron fáciles.

—La hija de un conde —intervine—. Keny.

—Sí —asintió Liana—. Era aventurera. Se interesó en Eiren cuando supo lo del almacén.

Seraphine ladeó la cabeza.

—¿Por su magia?

—Porque notó que tenía maná —respondió Liana—. Y bastante.

—Ella nos ayudó —continuó—. Trajo estabilizadores. Pócimas curativas.

—Ayudaron mucho —añadió Roderic—. Pero…

—La fiebre no se iba —dijo Liana—. Frío. Siempre frío.

Se detuvo de pronto.

Me miró.

Como pidiendo permiso.

Yo asentí en silencio.

Liana tragó saliva.

—Después de despertar… Eiren empezó a tener pesadillas.

—Recuerdos distorsionados —añadió Joren—. Así les decíamos.

—Se levantaba llorando —continuó Liana—. Gritando que era un asesino.

Seraphine se llevó una mano al pecho.

—Decía que había matado personas —continuó—. Que se veía a sí mismo peleando… contra otros.

Nareth cerró los ojos.

—Una vez —añadió Liana— dijo que alguien lo estaba entrenando.

Mi respiración se volvió lenta.

—Y una noche… —la voz de Liana tembló— se levantó peor que nunca.

—Dijo que había visto a una mujer —continuó—. Ojos celestes… casi blancos.

Seraphine me miró.

—El cielo estaba oscuro —siguió Liana—. Llovía.

—Él colgaba de la mano de esa mujer —dijo—. Y ella lo llamaba Neyreth.

El silencio fue absoluto.

—Pensó que ese era su nombre —susurró Liana—. Y que la mujer era su madre.

No pude evitar cerrar los ojos.

—Luego dijo que caía —continuó—. De un acantilado.

—Y todo se volvía oscuro.

Rhaella murmuró:

—Dioses…

—Los recuerdos seguían viniendo —continuó Liana—. Fragmentos.

—Keny —añadió— le dejó más estabilizadores. Un libro de pócimas para recuperar energía.

—Le propuso un patrocinio —dijo Roderic—. Del conde Vion, del Este.

Kaelric alzó una ceja.

—¿Y se fue?

—Sí —asintió Liana—. Lo dejó todo con Eiren.

—Garren también —añadió—. Le dio cosas para ayudarlo.

—Con el tiempo —dijo Roderic— entrenó. Mejoró.

Hice un gesto con la mano.

—Pero… —dije.

Roderic asintió.

—Ellos ya nos contaron —continué— que Garren le habló de un método de manipulación mágica.

Mich frunció el ceño.

—No lo conocíamos —dije—. Y era inestable.

Nareth habló:

—Porque Neyreth ya había despertado su sangre pura.

Seraphine inhaló con fuerza.

—Sin el método Vyrenthal —continué— su cuerpo no podía sostenerlo.

—Ese método desconocido —añadí— siempre lo dejaba enfermo.

—Días —dijo Liana.

—A veces semanas —añadió Joren.

Roderic retomó.

—Cuando el invierno estaba a la mitad… llegó un grupo de aventureros.

—Entre ellos —dijo— había alguien que conocía a Eiren de antes.

Mi espalda se tensó.

—Pelearon —continuó—. Los campos quedaron destruidos.

—Se fueron al bosque —añadió—. Fue un caos.

—Eiren quedó muy mal —dijo Liana—. Inconsciente otra vez.

—La fiebre helada regresó —añadió Roderic—. Escarchaba toda la habitación.

Seraphine susurró:

—Los estabilizadores ya no funcionaban…

—Tuvimos que inyectarlos —dijo Liana—. No beberlos.

—Y cuando empeoró —añadió— supimos que si se quedaba… congelaría el pueblo.

Rhaella abrió los ojos.

—¿Lo sacaron…?

—Sí —asintió Roderic—. Lo dejamos afuera. En la nieve.

Mich frunció el ceño.

—Nunca se quejó del frío —dijo Joren—. Ni una sola vez.

—Esperamos —continuó Roderic— que el frío lo ayudara.

—Y funcionó —dijo Liana.

—Despertó —añadió— tiempo después.

—Y dijo —continuó— que tenía un sello en el cuerpo.

Mi respiración se cortó.

—Esa noche —dije— uno de los magos iba a sellarme.

Todos me miraron.

—Neyreth se interpuso —continue.

—Recibió el hechizo por mí.

Seraphine apretó los labios.

—Eso fue lo que lo llevó al borde del acantilado. Lo sostuve apenas.

—Hasta que uno lanzó un rayo y cayó.

Liana asintió.

—Eso mismo nos contó Eiren cuando despertó —dijo.

—Dijo que había eliminado el sello.

Nareth respiró hondo.

—Ese día —dijo— dejamos de pensar que Luneth deliraba.

Mich levantó la vista.

—Esa tarde —continuó Nareth— yo, Luneth, Sivelle… y los mellizos… Sentimos el mismo tirón.

El silencio fue total.

—Ahí supimos —dije— que seguía vivo.

Seraphine susurró:

—Por eso saliste del norte…

—Sí —asentí—. Por eso lo busqué.

—Fui de pueblo en pueblo —continué—. Siguiendo rumores de hace diez años.

—Fantasmas —dije—. Nada actual.

—Hasta la ciudad del oeste —añadí.

Seraphine me miró.

—Con Mariela —continué—. Visitando a Arianne.

—Y ahí —dije— lo escuché.

—Un nombre.

—Neyreth.

Mich se inclinó hacia adelante.

—¿El mismo hombre…?

Asentí.

—El mismo.

—Mariela y yo lo seguimos —continué—. Le hicimos preguntas.

Respiré hondo.

—Y ahí empezó el interrogatorio.

Miré la puerta por donde Neyreth había salido antes.

—El joven nos dijo que conocía a Neyreth porque habían pertenecido a la misma orden —continué.

Mich entrecerró los ojos.

—Pero sí dijo algo más —añadí—. Que, según lo que se decía, Neyreth había traicionado a esa orden.

Seraphine abrió la boca, indignada.

—Eso es absurdo.

—Lo es —respondí sin dudar—. Pero esa fue la versión que corrió.

Liana intervino con suavidad:

—Eiren recordó esa parte… tiempo después.

Todos giraron hacia ella.

—No fue una traición voluntaria —dijo con firmeza—. Fue inculpado.

Roderic asintió.

—Un plan —continuó Liana—. Algo orquestado.

—Cuando lo emboscaron —añadió—, Eiren ya había eliminado a muchos miembros de la orden.

Rhaella frunció el ceño.

—¿Entonces…?

—Eso fue parte del complot —respondí—. Una "prueba".

—Un favor forzado —añadí— al hombre que lo inculpó. Así podían señalarlo como traidor sin discusión.

Mich apretó los puños.

—Malditos…

—Cuando el joven me dijo dónde había estado Neyreth —continué—, partí de inmediato.

Respiré hondo.

—Pero llegué tarde.

Seraphine bajó la mirada.

—Meses tarde —añadí—. Neyreth ya no estaba ahí.

—Había decidido ir al Este —dije—. Aceptar el patrocinio del conde Vion.

—Y ahí entró Sivelle.

—Ella era la más cercana al Este —expliqué—. No había tiempo que perder.

—La enviamos —continué— a encontrarse con Neyreth.

—Él viajaba con los hijos del conde Vion —añadí—. Keny y Kyle.

—Y con un marqués —dije—. Shtile.

—Neyreth lo rescató tiempo atrás —continué—. A él y a sus dos hijas.

Seraphine exhaló lentamente.

—Así que el encuentro era inevitable…

—Lo era —dije—. Sivelle y Neyreth debían encontrarse.

Mich habló entonces:

—Pero ya sabemos lo que pasó en el bosque del Este.

—Sí —asentí—. Ya debieron recibir el informe.

—Tres sub-capitanes —continuó Mich—. De órdenes distintas.

—Enviados a investigar una anomalía —añadió.

—Y se toparon con bestias —dijo Seraphine.

—Y con una mujer de negro —añadió Mich—. Controlándolas.

—Exacto —respondí.

—Sivelle venía de la capital —continué—. Se topó con ellos en plena batalla. Y se unió —dije con orgullo contenido.

—Desde el otro extremo del bosque —añadí— estaba Neyreth. Con los Vion y los Shtile.

Rhaella murmuró:

—Dos frentes…

—Ambos grupos se encontraron en el interior del bosque —dije.

—Pelearon juntos —continué—. Dos veces más. Contra las bestias —añadí—. Y contra la mujer.

Nareth habló por primera vez en un rato:

—Hasta eliminarla.

Asentí.

—Después de eso —dije—… Neyreth cayó en coma.

Seraphine cerró los ojos.

—Un mes entero —continué— solo para salir del bosque.

—Y otro mes aquí —añadí—. En la capital.

—Dos meses en total.

Rhaella susurró:

—Dioses…

—Despertó hace cuatro días —dije.

—Pero volvió a dormir dos más.

—Ayer —continué— fue cuando realmente despertó.

Mich levantó la vista.

—¿Y ahora?

—Ahora —dije— su cuerpo está inestable.

—Exigido —añadí—. Demasiado.

—Se está recuperando —continué.

—Hace un rato —dije— venía de entrenar con Sivelle.

El silencio se asentó sobre la sala.

—Y esa… —concluí— es toda la historia hasta ahora.

Seraphine se llevó una mano al pecho.

—Diez años —susurró.

Kaelric apretó los labios.

—Diez años creyéndolo muerto.

Miré hacia la puerta, sabiendo que Neyreth estaba al otro lado de la mansión.

—Y sin embargo —dije en voz baja—… está aquí.

—Vivo.

—Y eso —añadí— ya lo cambia todo.

Mich frunció el ceño de pronto, como si una pieza hubiera encajado tarde.

—Espera… —dijo despacio—. Eiren. Ese nombre apareció en los informes.

Todos lo miramos.

—¿Estás diciendo —continuó— que Eiren… era Neyreth?

Asentí.

—Sí —respondí.

Seraphine abrió los ojos, incrédula.

—¿Neyreth… con un dragón? —repitió, casi riendo por nervios—. Eso suena irreal.

Negó con la cabeza.

—Leí el informe —añadió—. Ese "Eiren", que ahora sabemos que es Neyreth, mostró un liderazgo inigualable.

Rhaella se tensó.

—Decía que luchó solo —continuó Seraphine—. Uno a uno contra la mujer que controlaba a las bestias.

—Una mujer —remarcó— a la que ni los sub-capitanes con rango de Maestros pudieron hacerle frente.

Mich apretó la mandíbula.

—¿Cómo es posible?

—Por sus habilidades —respondí sin dudar—. Por supuesto.

—Neyreth nunca fue un mago común —añadí—. Y ahora… menos aún.

Hubo un silencio pesado, hasta que Mich habló de nuevo, esta vez con tono más frío.

—Entonces… ¿volverán a abrir el caso del ataque de hace diez años?

Seraphine asintió.

—Si lo hacen —dijo—, ayudaremos. Más de lo que ayudamos en ese entonces.

—Los responsables deben ser castigados —añadió— como corresponde.

Nareth negó con la cabeza.

—No es necesario.

Ambos duques lo miraron.

—Según lo que Luneth me contó —continuó Nareth—, Neyreth ya se encargó de ellos.

Rhaella abrió la boca.

—¿Cómo que… se encargó?

—Tres familias nobles —dije—. Del Este, del Sur y del Oeste.

—Orquestaron el ataque —continué—. El que nos hizo caer.

—Las eliminó por completo.

Seraphine palideció.

—¿Qué casas…?

—Mirthel —enumeré.

—Agthea.

—Setril.

El silencio que siguió fue absoluto.

Mich exhaló lentamente.

—Esas casas… —murmuró—. Cayeron en momentos distintos. Siempre se dijo que fue por conflictos internos o ataques externos.

—No lo fue —dije—. Fue Neyreth.

Seraphine se llevó una mano a la boca.

—Entonces…

—Según el joven que conocía a Neyreth —continué—, él se había ido de la orden a la que pertenecía.

—¿Expulsado? —preguntó Rhaella.

—No —respondí—. Con autorización.

—Se fue sin enemistad —añadí—. Sin problemas.

Mich frunció el ceño.

—¿Entonces por qué no regresó antes?

Seraphine asintió con fuerza.

—Si ya se había ido… ¿por qué no volvió?

Respiré hondo.

—Tiempo después —dije—, Neyreth regresó a esa orden.

—Todos se sorprendieron o eso me contó el joven —añadí—. Nunca explicó por qué volvió.

—Y la verdad… —miré a Nareth un segundo— nosotros tampoco lo sabemos.

Nareth continuó:

—No sabemos por qué no regresó cuando aún podía hacerlo.

—Antes de que lo inculparan —añadió—. Antes de casi matarlo. Antes de que perdiera la memoria.

Seraphine bajó la mirada.

—¿Y ahora?

—Ahora… —dije con honestidad— tampoco lo sabe. O tal vez lo sabe —añadí— y no quiere decirlo.

Rhaella tragó saliva.

—¿Crees que miente?

—No —respondí—. No a propósito.

—Pero hay cosas —continué— que ni siquiera él entiende de sí mismo.

Mich apretó los puños.

—Un niño cargando con decisiones que nadie más quiso tomar…

Seraphine cerró los ojos.

—Y pagando el precio.

Miré hacia el pasillo por donde Neyreth había salido antes.

—Aún hay huecos en su historia —dije en voz baja.

—Y cuando se llenen…

Levanté la vista hacia ellos.

—Nada volverá a ser simple.

Seraphine se giró entonces hacia Liana y su familia. Su postura cambió por completo: ya no era la duquesa del Sur, ni la mujer de mirada firme que había escuchado informes de guerra y política durante años.

Era… familia.

—Liana —dijo con voz suave—. Roderic.

Ambos se tensaron un poco, inseguros, y se inclinaron por reflejo.

—No —los detuvo ella al instante, levantando una mano—. No hace falta eso.

Liana dudó.

—Yo… no...

—Por favor —continuó Seraphine—. Déjeme decir esto.

Respiró hondo.

—Neyreth es como un sobrino para nosotros —dijo—. Desde que nació.

Mich asintió con gravedad a su lado.

—Lo vimos crecer —añadió—. Y perderlo… fue como perder a un hijo.

Seraphine volvió la mirada a Liana.

—Ustedes lo encontraron cuando estaba al borde de la muerte.

—Lo cuidaron —continuó—. Lo protegieron.

—Le dieron un hogar cuando no tenía ninguno.

Liana apretó las manos.

—Nosotros solo hicimos lo que cualquiera haría —dijo en voz baja—. Era un niño herido…

—No —interrumpió Seraphine con firmeza, pero sin dureza—. No cualquiera hace eso.

—No cualquiera arriesga su seguridad —añadió—. Ni su estabilidad.

—No cualquiera adopta a un extraño.

Roderic tragó saliva.

—Gracias —dijo Seraphine con un leve temblor en la voz—. Por todo.

Mich dio un paso al frente.

—Los Vyrenthal y los Notch somos prácticamente familia —dijo—. Y ustedes cuidaron de uno de los nuestros.

—Desde hoy —continuó—, la familia Higles contará con el respaldo del Ducado Notch.

Liana abrió los ojos.

—No importa el estatus social —añadió Mich.

—Ni si aceptan o rechazan la ayuda.

—Nuestra gratitud no cambia.

Seraphine asintió.

—Serán resguardados —dijo—. Ayudados.

—Porque cuidaron de nuestro sobrino.

Roderic negó con la cabeza, nervioso.

—De verdad, no es necesario…

Antes de que pudiera decir algo más, Rhaella dio un paso al frente.

Sin arrogancia.

Sin orgullo.

Se inclinó junto a sus padres.

—Como heredera del Ducado Notch, les agradezco.

—Gracias —dijo con claridad—. Por cuidar de mi primo.

Liana se llevó una mano a la boca, visiblemente afectada.

—Yo… —su voz se quebró—. Solo queríamos que viviera.

Seraphine sonrió, con los ojos brillantes.

—Y lo lograron.

—Eso —dijo— es más de lo que muchos nobles pueden decir.

El silencio que siguió no fue incómodo.

Fue… cálido.

Familiar.

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