Durante los últimos días antes del inicio del año escolar, la casa de Spinner's End había estado llena de pequeñas explosiones, destellos de luz y el eco constante de hechizos chocando.
Las clases de duelo entre Severus y León se habían vuelto cada vez más intensas.
Las paredes del estudio estaban protegidas por múltiples encantamientos, pero aun así era común escuchar golpes, chispas y algún que otro objeto cayendo al suelo.
Loky ya ni siquiera se sorprendía.
Solo suspiraba… y luego limpiaba.
Finalmente, un día antes del inicio del curso en Hogwarts, Severus decidió darle un descanso a León.
—Será suficiente por hoy —dijo con calma—. Ve a preparar tu maleta.
León asintió.
—Entiendo, padre.
Subió a su habitación para comenzar a ordenar sus túnicas, libros y materiales de pociones.
En la sala, Anya observaba la escena con cierta duda.
Había estado pensando en algo todo el día.
Miró a su padre.
Luego miró a León subiendo las escaleras.
Volvió a mirar a su padre.
Respiró hondo y finalmente reunió el valor.
—Papá… —dijo con un poco de nerviosismo.
Snape levantó la vista del libro que estaba revisando.
—¿Sí?
Anya juntó las manos detrás de la espalda.
—¿Puedo ir al andén nueve y tres cuartos?
Durante un segundo, el silencio llenó la sala.
Snape entrecerró ligeramente los ojos.
Sabía exactamente a qué se refería.
El famoso andén oculto desde donde partía el Expreso de Hogwarts en la estación de King's Cross Station.
— El andén nueve y tres cuartos no es un lugar turístico —dijo Severus con su tono seco habitual.
Anya bajó un poco la cabeza.
—Lo sé… pero quiero ver cómo es el tren magico… y despedirme de León.
Snape la observó en silencio.
Era una petición simple.
Pero también peligrosa.
Muchos magos, muchos estudiantes… y demasiada gente curiosa.
Entonces León bajó las escaleras justo en ese momento.
—Yo creo que sería bueno que vaya, padre —dijo con naturalidad—. Solo será un rato.
Snape lo miró.
—¿Ah, sí?
León se encogió de hombros.
—Además, si no la llevamos… probablemente intentará colarse algún día por su cuenta.
Anya abrió mucho los ojos.
—¡No iba a hacer eso!
León la miró.
—Lo harías.
Anya cruzó los brazos.
—Tal vez.
Snape cerró lentamente su libro.
Sabía que ambos tenían razón.
Finalmente habló.
—Bien.
Anya levantó la cabeza inmediatamente.
—¿De verdad?
—Pero —continuó Snape con severidad— te mantendrás a mi lado en todo momento.
Anya asintió rápidamente.
—¡Sí!
—Y no correrás.
—Sí.
—Y no tocarás nada.
Anya dudó.
—…sí.
León sonrió ligeramente.
Snape suspiró.
—Mañana iremos a King's Cross Station.
Anya dio un pequeño salto de emoción.
—¡Voy a ver el tren mágico!
Luego corrió hacia su habitación.
—¡Tengo que preparar mi mochila!
León observó a su hermana subir las escaleras a toda velocidad.
Luego miró a su padre.
—Va a ser un día largo.
Snape respondió con una expresión cansada.
—Lo sé.
Y por alguna razón…
ya estaba preparándose mentalmente para el caos que seguramente ocurriría en el andén nueve y tres cuartos.
A la mañana siguiente, la casa en Spinner's End estaba inusualmente tranquila.
En la mesa del comedor, los tres Snape tomaban desayuno.
Severus leía el periódico mientras bebía lentamente su té. León comía con calma, mientras revisaba mentalmente si no había olvidado nada para el viaje a Hogwarts.
En cambio, Anya apenas podía mantener los ojos abiertos.
Todavía bostezaba mientras sostenía su cuchara.
—Mmm… —murmuró medio dormida.
León la observó por un momento.
Entonces dijo con aparente casualidad:
—Sabes, Anya… si vamos temprano, podrías subir al tren.
Las palabras tardaron un segundo en procesarse.
Luego Anya abrió los ojos de golpe.
—¿¡QUÉ!?
Se enderezó inmediatamente en la silla.
—¿¡Puedo subir al tren!?
Snape no levantó la vista del periódico, pero tampoco negó la afirmación.
Lo cual, viniendo de él, era prácticamente una confirmación.
Anya miró a León.
Luego a su padre.
Luego otra vez a León.
—¡EL TREN MÁGICO!
Y sin decir más empezó a devorar su desayuno a una velocidad alarmante.
—Anya —dijo Severus con frialdad—, mastica.
Pero la niña ya estaba en modo misión.
Un bocado.
Otro bocado.
Un sorbo de jugo.
Casi se atraganta.
—¡Más despacio! —dijo León empujándole un vaso de agua.
Anya tragó y respiró hondo.
—¡Tenemos que ir rápido!
León sonrió ligeramente.
—El tren sale de King's Cross Station dentro de dos horas.
Anya se quedó congelada.
—…
—¿dos horas?
León asintió.
—Sí.
La niña lo miró con los ojos entrecerrados.
—Hermano…
—¿Sí?
—Me engañaste.
León se encogió de hombros.
Snape dobló lentamente el periódico.
—Si ya terminaron el espectáculo matutino —dijo con su habitual tono seco— deberíamos irnos antes de que el andén nueve y tres cuartos se convierta en un caos absoluto.
Anya saltó de su silla.
—¡Voy por mi mochila!
Y salió corriendo escaleras arriba.
León terminó tranquilamente su desayuno.
Desde el segundo piso se escuchó la voz emocionada de Anya.
—¡PAPÁAAAA! ¿PUEDO LLEVAR GALLETAS PARA EL VIAJE?
Los tres Snape salieron de Spinner's End temprano por la mañana.
El aire aún estaba fresco y las calles casi vacías mientras caminaban varias cuadras en silencio.
Anya iba saltando de vez en cuando, incapaz de contener su emoción.
—¿De verdad subiré al tren mágico? —preguntó por quinta vez.
—Sí —respondió León con paciencia—, pero solo un rato.
—¡Igual cuenta!
Severus caminaba delante de ellos, con el abrigo negro moviéndose con el viento.
Cuando llegaron a una calle despejada, levantó la varita con gesto preciso.
Esperó.
Nada ocurrió.
El autobús no apareció.
Snape frunció el ceño.
Volvió a levantar la varita.
Nada.
La tercera vez ocurrió lo mismo.
A la cuarta, Severus ya estaba visiblemente irritado.
—Padre… —dijo León con cautela— tal vez—
—Silencio.
Levantó la varita por quinta vez.
Esta vez se escuchó un estallido repentino.
Con un fuerte chirrido de frenos apareció el caótico y desgarbado autobús noctambulo, deteniéndose justo frente a ellos.
La puerta se abrió de golpe.
—¡Bienvenidos al Autobús Noctámbulo para brujas y magos perdidos! —empezó a decir el cobrador, Stan Shunpike.
Pero Snape ni siquiera lo dejó terminar.
Subió al autobús con paso firme y dijo con frialdad:
—A King's Cross Station.
Stan se quedó con la boca abierta un segundo.
—Eh… sí señor.
El autobús arrancó instantáneamente.
Salió disparado como un cohete por la calle.
Los edificios parecían doblarse para dejarlo pasar mientras el vehículo zigzagueaba a velocidades imposibles.
Anya soltó una carcajada.
—¡WOOOOOO!
Se agarraba a una barra mientras el autobús saltaba por una esquina.
—¡Esto es increíble!
Otra curva brutal.
—¡Otra vez!
En cambio, León estaba completamente serio, Severus, sentado a su lado, también mantenía un rostro inexpresivo.
El autobús volvió a dar un salto violento.
Anya seguía riendo.
Al llegar a la estación King's Cross, Severus y León caminaron con tranquilidad hasta las plataformas 9 y 10, seguidos por Anya.
La niña miraba a su alrededor confundida.
—Papá… ¿dónde está la plataforma 9¾? —preguntó Anya.
Severus se acercó a ella y se agachó para quedar a su altura.
—La entrada se encuentra escondida por hechizos protectores y de repulsión para alejar a los muggles —explicó con calma—. Está ubicada exactamente entre las plataformas 9 y 10. Solo tenemos que caminar directamente hacia la barrera.
Anya abrió los ojos con asombro, aunque todavía parecía dudar.
León notó su expresión y sonrió ligeramente.
—Anya, solo mírame.
Empujó su carrito con el baúl y comenzó a correr directo hacia el espacio entre las dos plataformas.
Anya contuvo el aliento.
León atravesó la barrera…
y desapareció.
—¡Oh! —exclamó Anya, sorprendida.
Luego miró a su padre.
—Ahora lo entiendo, papá.
—Es nuestro turno —dijo Severus.
Tomó la mano de Anya y, con un movimiento discreto de su varita, lanzó un pequeño hechizo protector sobre ella para contrarrestar los encantamientos repelentes para muggles.
—No te detengas.
Ambos caminaron hacia la barrera.
Durante un instante Anya sintió como si atravesara una pared de aire espeso…
Y al siguiente segundo aparecieron en la plataforma mágica.
Frente a ellos se alzaba una enorme locomotora roja: el Hogwarts Express.
Una nube de vapor blanco escapaba de su chimenea mientras el silbato resonaba por el andén.
Sobre un arco de hierro se encontraba el letrero:
Plataforma 9¾
El lugar estaba lleno de estudiantes.
Muchos arrastraban pesados baúles, otros llevaban jaulas con lechuzas, gatos o sapos.
Algunos padres se despedían de sus hijos mientras los prefectos organizaban el embarque.
Anya miraba todo con los ojos brillantes.
—¡Papá… esto es increíble!
Giraba la cabeza de un lado a otro intentando verlo todo.
—¿Todos esos niños van a Hogwarts?
—Así es —respondió Severus con serenidad.
León se acercó a ellos desde unos metros más adelante.
—Pensé que tardarían más —dijo con una pequeña sonrisa.
León miró a su hermana, que seguía observando todo con ojos brillantes.
—Subamos al tren. ¿No querías verlo por dentro?
Anya asintió inmediatamente.
—¡Sí, subamos!
Ambos hermanos subieron al Hogwarts Express.
Anya caminaba por el pasillo mirando todo con enorme curiosidad: los compartimentos, las ventanas grandes, los asientos rojos y los portaequipajes sobre las cabezas.
De pronto vio cómo una puerta se abría cuando un grupo de estudiantes se acercaba.
Sus ojos se iluminaron.
—Hermano… ¿estas puertas son mágicas? ¿Se abren solas?
Pero cuando se acercaron a un vagón vacío, la puerta no se abrió.
Anya se quedó frente a ella unos segundos, esperando.
Nada pasó.
León soltó una pequeña risa.
—Todo por dentro es normal, Anya.
Entonces abrió la puerta manualmente y la dejó pasar.
Anya entró al compartimento y se sentó en uno de los asientos, mirando a su alrededor con curiosidad, como si esperara que algo extraordinario ocurriera.
Pasaron unos segundos.
Luego suspiró con resignación.
—Entiendo…
Se levantó y volvió a mirar a su hermano.
—Hermano, ¿cuánto tiempo demora este tren en llegar a Hogwarts?
León respondió con tranquilidad.
—Llegamos cerca de las siete de la noche.
Anya abrió mucho los ojos.
—¡Pero tu carta dice que el tren sale a las 11:00 de la mañana! Eso significa que… no es muy rápido.
León sonrió con diversión.
—Correcto, detective Anya.
Ella cruzó los brazos con gesto pensativo.
—Entonces es un tren muy grande… pero muy lento.
León soltó una pequeña risa.
—Algo así.
Luego miró hacia el pasillo.
—Pero es hora de regresar con papá.
Anya asintió.
—Sí.
Ambos salieron del compartimento y caminaron de regreso por el pasillo del tren.
