Ficool

Chapter 45 - Magia de hielo

De regreso en Spinner's End, León y Anya estaban jugando a una guerra, donde los juguetes de Anya se enfrentaban a pequeños soldados de hielo creados por León.

—¡Ríndete, reina Anya! Mi ejército te tiene rodeada —dijo León con voz dramática.

—¡Jamás! ¡La gran Anya no se rendirá! ¡Guardias, liberen a los leones! —ordenó ella.

Con sus manos, Anya manipuló dos peluches con forma de perro y león, que embistieron contra los soldados de hielo, derribándolos uno a uno.

La diversión duró unos treinta minutos, culminando con la victoria absoluta de Anya.

—Hermano, ¿puedes hacer un soldado de hielo más grande? —preguntó Anya con entusiasmo.

—Claro, pero vamos al patio —respondió León—. Cuando se derrita, el agua se filtrará en el jardín y papá no se dará cuenta.

—Aún no entiendo por qué no le dices a papá sobre esto —comentó Anya, señalando las figuras de hielo.

—Piénsalo como nuestro secreto —dijo León—. Ahora empezaré.

Juntó las manos y una ventisca de hielo se formó a su alrededor.

—¡Guerrero de hielo! —gritó.

El hielo se solidificó, tomando la forma de un imponente guerrero de casi dos metros de altura.

—¡Es genial, hermano! ¡Ahora haz que se mueva! —exclamó Anya.

Pero el guerrero permaneció inmóvil.

—¿Qué pasó? ¿Por qué no se mueve? —preguntó Anya.

—No lo sé… con criaturas pequeñas es fácil, pero con algo tan grande no puedo controlarlo —respondió León, moviendo las manos sin éxito.

—No importa. ¡Juguemos a las carreras! —propuso Anya con una sonrisa.

—De acuerdo, pero avisa antes —dijo León, convirtiendo al guerrero de hielo en cristales que se deshicieron lentamente.

—¡Claro! —respondió Anya.

León volvió a juntar las manos y plataformas de hielo comenzaron a formarse en el aire. Anya saltó sobre ellas, corriendo mientras ascendía hacia el cielo.

—¡Vamos, atrápame! —gritó Anya riendo.

León creaba plataformas bajo sus pies, permitiéndole subir, bajar y rodear toda la casa en un recorrido vertiginoso.

—¡Hermano, la resbaladilla! —gritó Anya.

León juntó las manos una vez más y una resbaladilla de hielo se formó al instante. Anya se deslizó hacia abajo entre risas.

—¡Eres increíble, hermano! ¡Nunca me cansaré de esto! —gritó Anya.

Pero León no respondió.

Se quedó completamente inmóvil.

Detrás de Anya, su padre estaba de pie, observándolos con una expresión de absoluta sorpresa.

Snape nunca imaginó que podría presenciar magia sin varita usada con tanta facilidad a esa edad.

Si se tratara de un niño pequeño en sus primeros experimentos, lo habría entendido; la magia suele manifestarse de forma inconsciente en la infancia. Él mismo había pasado por eso.

Pero León tenía doce años. Ya poseía una varita. Aquello no era un accidente.

Era control y poder.

Y, lo que más le inquietaba… control.

—Papá, bienvenido —dijo Anya con naturalidad.

—Padre, bienvenido —añadió León, como si nada extraordinario hubiera ocurrido.

Snape los observó durante un largo segundo antes de hablar.

—León… ¿desde cuándo puedes hacer eso? —preguntó finalmente.

—La magia de hielo… desde hace dos años —respondió León—. Al principio creí que era un superpoder, como los mutantes de los cómics. Pero cuando llegó mi carta de Hogwarts supe que era magia, así que dejé de considerarlo importante.

Snape analizó cada una de sus palabras.

Tenían sentido. Para León, aquello ya no era especial.

Pero la facilidad con la que lo hacía, la magnitud de lo que había creado… eso rompía todos los límites conocidos. Los niños apenas lograban hacer levitar objetos pequeños. Lo que León había mostrado estaba en otro nivel.

—León… ¿puedes hacer una demostración? —pidió Severus.

—Claro, padre —aceptó León. Ya no tenía sentido ocultarlo. Ese secreto solo había existido entre él y Anya.

León juntó las manos y luego las abrió. Pequeños animales de hielo se formaron al instante, saltando a su alrededor como criaturas vivas. Después, con un gesto más amplio, creó una enorme pared de hielo, de casi cincuenta centímetros de grosor.

Finalmente, se detuvo, visiblemente cansado.

Snape actuó de inmediato, lanzando varios hechizos de diagnóstico tanto sobre el hielo como sobre León.

Al ver los resultados, soltó un suspiro de alivio.

La temperatura corporal de León se mantenía estable.

El hielo no lo dañaba. Respondía como si fuera una extensión más de su propio cuerpo.

Eso solo podía significar una cosa.

Una habilidad mágica innata.

Distinta de la oclumancia o la legilimancia con las que nacían algunos magos. Distinta incluso de los metamorfomagos.

Tendría que revisar sus libros.

—Todo está bien, León. Descansa —dijo finalmente—. Y ustedes… revisen lo que les compré.

—¡Gracias, papá, te quiero! —exclamó Anya, corriendo hacia los paquetes que Snape sostenía.

Al desenvolverlos, dio un pequeño grito de emoción. Peluches encantados, muñecas que se movían solas, un hermoso libro de cuentos…

Ignoró todo lo demás y tomó el libro con cuidado.

—Papá… ¿podrías leerme un cuento antes de dormir? Por favor, di que sí —pidió Anya.

Snape se quedó inmóvil.

La petición lo transportó a un recuerdo antiguo, a una época antes de que su hogar se rompiera, cuando su madre le leía cuentos o le hablaba de Hogwarts.

—Lo haré —respondió al fin—. Siempre que termines tus deberes.

—¡Claro, papá! Haré mis deberes, pero no te olvides de mi cuento —dijo Anya sonriendo.

Después, Snape le entregó a León sus regalos. Eran, en su mayoría, nuevos implementos escolares: libros, material de estudio y un ajedrez mágico.

León, al verlo, sonrió con sorpresa.

—Gracias, padre. Podemos jugar una partida más tarde, si quieres.

—Claro, más tarde —respondió Snape.

Llegó la noche y cenaron. La comida fue abundante, como siempre. Mientras Loki recogía los platos, Severus pidió la atención de León y Anya.

—Olvidé contarles algo —dijo—. Esta tarde me encontré con unos viejos conocidos: Lucius y Narcisa Malfoy. Les hablé de ustedes y me pidieron conocerlos. Por eso, este fin de semana iremos a su casa de visita.

—¡No hay problema! ¡Vamos! —respondió Anya con entusiasmo—. ¡Será emocionante!

—Yo tampoco tengo ningún inconveniente, padre —dijo León con calma.

Sin embargo, en su mente añadió algo más:

Si Draco insulta a Anya… le daré una lección que no olvidará.

—Pero debemos prepararnos —continuó Snape—. Mañana iremos al Callejón Diagon a comprar túnicas de mago para ambos.

—¿Callejón Diagon? ¿Túnicas de mago? —exclamó Anya, con los ojos brillantes—. ¡Es genial, papá! ¡Estoy emocionada por conocer el centro comercial de los magos!

León sacó el tablero de ajedrez mágico y lo colocó sobre la mesa. Las piezas cobraron vida de inmediato, moviéndose y discutiendo entre ellas con voces diminutas.

—Cuando quieras, padre —dijo León, tomando asiento.

Snape se sentó frente a él sin decir palabra. La partida fue intensa y silenciosa, interrumpida solo por el choque de las piezas al capturar a sus rivales. León jugó con estrategia y paciencia, pero la experiencia de Severus era superior.

Treinta minutos después, el rey de León cayó.

—Jaque mate —dijo Snape con calma.

León observó el tablero unos segundos antes de sonreír.

—Buen juego, padre. Aún tengo mucho que aprender.

—La práctica es esencial —respondió Snape.

Mientras guardaban el tablero, Anya bostezó largamente y se frotó los ojos. El cansancio finalmente la había alcanzado. Snape se acercó, la alzó con cuidado y la llevó hasta su habitación.

Al recostarla en la cama, Anya murmuró con voz somnolienta:

—Papá… no olvides mi cuento…

—No lo olvidaré —respondió Snape en voz baja.

Se dirigió a tomar el libro que había comprado ese día, pero antes de abrirlo, Anya volvió a hablar, ya medio dormida:

—Quiero que mi primer cuento sea Blancanieves y los siete enanitos…

Snape se quedó inmóvil unos segundos. Sus labios se tensaron levemente, como si fuera a protestar, pero finalmente suspiró con resignación. Tomó el otro libro y se sentó junto a la cama.

Comenzó a leer.

Su voz era grave y pausada, poco acostumbrada a narrar cuentos infantiles, pero constante. Pasaron apenas veinte minutos antes de que Anya cayera profundamente dormida.

Snape cerró el libro con cuidado, se levantó y acomodó la manta sobre ella, cubriéndola hasta los hombros.

La observó unos segundos más, en silencio.

Luego apagó la luz y salió de la habitación sin hacer ruido.

Pero afuera se encontraba león, esperandolo.

"león que sucede" pregunto Severus

"Que actitud tomaron los malfoy, con respecto a anya, saben que es muggle" dijo Leon

"lo saben y no habrá ningun problema, en cuanto a Draco espero que te lleves bien con el, despues de todo soy su padrino" dijo Snape

"que, bromeas verdad" dijo león dudoso

"nunca he hecho bromas, soy su padrino" dijo Snape

"jajaja claro padre, no te preocupes me llevare bien con Draco" respondió Leon.

La mañana llegó envuelta en una neblina ligera sobre Spinner's End. El silencio habitual de la casa fue roto por pasos apresurados y una voz demasiado entusiasta para esas horas.

—¡Papá, ya es de día! ¡Hoy vamos al Callejón Diagon! —exclamó Anya, irrumpiendo en la cocina.

Snape, que ya estaba despierto y revisando el Profeta Diario mientras bebía su café, alzó una ceja.

León entró poco después, más calmado, ajustándose la ropa de diario.

—Ya estoy listo, padre.

Snape dejó el periódico sobre la mesa y los observó a ambos. Anya llevaba una de sus nuevas prendas muggles y sonreía como si fuera una expedición legendaria; León, en cambio, estaba tranquilo.

—Escuchen bien —dijo Severus—. El Callejón Diagon no es un parque de diversiones. Manténganse cerca de mí y no toquen nada sin preguntar.

—¿Ni siquiera las ranas de chocolate? —preguntó Anya con falsa inocencia.

—Especialmente esas —replicó Snape.

Loki apareció con un ligero pop, sosteniendo una bolsa con algunas monedas y documentos.

—Todo preparado, amo Snape.

—Gracias, Loki. Puedes quedarte —dijo Severus, tomando la bolsa.

Minutos después, los tres se dirigieron a la chimenea. Snape tomó el frasco de polvo flu y repartió las porciones.

—Callejón Diagon —ordenó con voz firme.

Las llamas verdes los envolvieron, girando a su alrededor. Anya soltó una pequeña risa nerviosa, aferrándose a la mano de León, mientras Snape los mantenía sujetos con firmeza.

El mundo se distorsionó… y, en un instante, aterrizaron.

El bullicio del Callejón Diagon los recibió de inmediato: comerciantes pregonando sus productos, lechuzas ululando desde jaulas doradas, niños corriendo de un lado a otro y el olor inconfundible de pergamino nuevo mezclado con dulces mágicos.

Anya abrió los ojos como platos.

—¡Es… es enorme! —susurró, maravillada.

—Y ruidoso —añadió Snape—. No te separes.

León observaba con atención cada tienda, cada hechizo menor flotando en el aire, cada mago y bruja que pasaba. A pesar de haber estado allí antes, esta vez era diferente.

Esta vez… venían como familia.

Snape los guio con paso firme por la calle empedrada.

—Primero, las túnicas —anunció—. Luego, si se comportan, veremos otras tiendas.

Anya alzó los brazos en señal de victoria.

—¡Prometo portarme bien!

Snape resopló, pero una leve sombra de sonrisa cruzó fugazmente su expresión antes de desaparecer.

La campanilla de la puerta de Madame Malkin: Túnicas para Todas las Ocasiones tintineó suavemente cuando Severus entró, seguido por León y Anya.

—Bienvenidos —saludó Madame Malkin con su sonrisa profesional— ¿Túnicas escolares?

—Dos —respondió Snape—. Una para Hogwarts y otra formal.

Madame Malkin quedo confundida, la tunica para Hogwarts era algo normal, pero tunica formal, que un profesor comprara eso a un alumno es extraño.

Madame Malkin los observó con atención antes de asentir.

—Perfecto. El joven ya tiene la postura de un alumno avanzado —comentó mirando a León—. ¿Y la señorita?

Anya dio un paso al frente, muy seria.

—Yo no voy a Hogwarts…—dijo, enfatizando la última palabra—, pero quiero una túnica bonita.

Snape abrió la boca para objetar, pero Madame Malkin se le adelantó.

—Claro que sí, cariño. Todas las jóvenes merecen una buena túnica.

Snape cerró la boca con resignación.

—Una túnica… discreta —añadió Severus.

—Discreta —repitió Madame Malkin con una sonrisa que claramente no prometía obediencia.

Minutos después, León ya estaba de pie sobre el pequeño taburete, mientras las cintas métricas flotaban a su alrededor tomando medidas con precisión mágica.

Anya, en cambio, había sido colocada en otro taburete… del que bajó casi de inmediato.

—Papá —susurró, estirando la tela de una túnica—, ¿por qué todas son negras? ¿No hay rosas? ¿O verdes? ¿O con estrellitas?

—No —respondió Snape sin dudar—. Definitivamente no.

Anya infló las mejillas.

—Qué aburrido…

La mente de Madame Malkin exploto, esa niña acababa de decir Papa, a Severus Snape, esto es una noticia bomba, debo calmarme, debo calmarme se repetia a si misma.

Madame Malkin ajustaba el largo de la manga de León, Anya comenzó a girar sobre sí misma, observando cómo la tela flotaba y se acomodaba sola.

—¡Mira, León! —rió—. ¡Parece que la túnica está viva!

—En cierto modo lo está —respondió León con una sonrisa—. Tiene encantamientos de ajuste.

Anya se quedó pensativa.

—Entonces… si me porto mal, ¿me va a apretar?

Snape carraspeó.

—No le des ideas.

Madame Malkin, divertida, colocó una túnica de prueba sobre Anya. Era más pequeña, de un verde suave con ribetes plateados.

—Esta es especial —explicó—. No es escolar, pero es resistente y cómoda.

Anya se miró en el espejo y abrió los ojos de par en par.

—¡Papá, soy una bruja importante!

—Eres una niña con demasiada imaginación —replicó Snape, aunque no apartó la mirada del reflejo.

Anya levantó una manga… y luego la otra.

—¿Puedo girar?

—No —dijeron Snape y Madame Malkin al mismo tiempo.

Anya giró igual.

La túnica se onduló como si estuviera hecha de agua, y Anya soltó una carcajada.

—¡Me gusta esta!

Snape suspiró.

—Que sea esa —concedió—. Pero sin más… adornos.

Madame Malkin anotó el pedido.

—Y para el joven —añadió, ajustando el cuello de León—, recomiendo un corte más refinado. Le queda bien.

León miró de reojo a su padre.

—¿Está bien así, padre?

Snape lo observó unos segundos.

—Sí —respondió finalmente—. Te queda… apropiado.

Para Snape, aquello era un gran elogio.

Anya, satisfecha, se acercó a León y le susurró:

—Papá sí sabe, solo que le cuesta decirlo.

Snape fingió no escuchar.

Con las túnicas listas para ser recogidas más tarde, los tres se dirigieron a la salida.

—¿A dónde vamos ahora? —preguntó Anya, saltando ligeramente.

Snape la miró con severidad calculada.

—Vamos por un helado.

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